INSEGURIDADES

Oscar Tenreiro

Me habla un amigo arquitecto de sus inseguridades (que ve como un impedimento y le aseguro que es más bien una virtud) y me permite con ello rozar aquí un tema que considero esencial y de especial importancia para nosotros los arquitectos.

Y es que la inseguridad por excelencia está expresada en el estado de ánimo de Jesús de Nazaret en las horas previas a su crucifixión y en el sufrimiento posterior, cuando humanamente angustiado piensa en la posible futilidad de su sacrificio. Esas dudas, siendo inexplicables y desconcertantemente misteriosas, son, me parece, una de las enseñanzas centrales del mensaje cristiano. No es este el espacio, o el momento, para adentrarme en las razones que me llevan a decirlo, pero siempre me conmueve profundamente la idea del hombre Dios haciéndose esas preguntas.

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Pero no es cuestión en este momento de adentrarnos en el lado más profundo del tema, sino en lo que pudiéramos llamar las derivaciones hacia nuestra vida y nuestra actividad.

En mi caso me viene bien recordar, con la frecuencia que me lo permiten las circunstancias, la enorme inseguridad que sentí cuando me encontré frente a un atril que sostenía una gran hoja de papel y más allá una reproducción en yeso de un discóbolo heleno (el Discóbolo en Reposo o de Naukydes), dentro del salón donde Charles Ventrillon ejercía como profesor de Dibujo a Mano Suelta en nuestra Facultad de Arquitectura, y yo intentaba dibujar con carboncillo por primera vez. No sabía qué hacer y Ventrillon se limitaba a hablar generalidades sobre observación, ritmo, proporciones, que nada me decían. Veía a los más dotados estirar el brazo y examinar las proporciones y por imitación comencé a hacer los mismos gestos. Y de allí, poco a poco, a entender mejor, hasta que un buen día, el viejo dijo algunas palabras amables sobre el dibujo que intentaba hacer. Fue ese un momento especial para mí. Al fin comenzaba a entender palabras que inicialmente encontraba ajenas. Cumplía el pedagogo, Ventrillon, con hacer surgir inquietud de la inseguridad. Y esa inquietud despertó en mí junto a la reiterada pregunta de si acaso yo servía para aquello, el deseo de esforzarme y exigirme una respuesta. Nunca podré agradecer suficientemente lo que ese momento, el del elogio a lo que había hecho, fue para mí como descubrimiento de mis limitadas capacidades y lo que habría de aportar sentido a lo que vendría después. Por eso lo conservo, único dibujo de esos tiempos, los demás los botó mi madre en una de esas operaciones limpieza que acometen las amas de casa muy escrupulosas. Y aquí cerca lo tengo, enmarcado, haciéndome recordar.

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Y no sólo los muy pequeños tenemos ese tipo de experiencias. La historia está llena de las inseguridades de los grandes, para recordarnos que de la duda en nuestras capacidades surge el encuentro si persistimos en tratar de entender. Las uvas no están demasiado verdes, no, allí están para que nos arriesguemos a tomarlas.

Menciono lo que me contaba Augusto Komendant, quien me honró con su amistad, sobre las inseguridades de Louis Kahn, cuando acompañados de unos tragos vespertinos, de visita en su casa de Upper Montclair, New Jersey, le trasmitía su inquietud frente a las críticas que hablaban de decadencia poco después de la construcción de las Torre Médicas. En la confidencia con el amigo (porque el ingeniero es como el sastre, conoce tus imperfecciones), en la intimidad, revelaba precisamente lo que lo hizo grande, lo que le permitió abrir puertas para la arquitectura: cuestionarse, preguntarse si podía seguir descubriendo, asunto clave de su modo de abordar la arquitectura.

Y también he mencionado algunas cosas respecto a Corbu que me comunicó José Oubrerie cuando convivimos aquí en mi casa con ocasión de una de sus visitas a Caracas. La pregunta sobre el qué hacer, pregunta nacida como toda pregunta de una determinada inseguridad, era relativamente frecuente en él respecto a ciertas decisiones que podían afectar al conjunto. Dudas que por cierto nos ayudan mucho porque nos confrontan con las dificultades que impone, cuando el edificio va tomando forma, la obligación de decir alguna últimas palabra sobre un detalle, la conformación final de una superficie, la ubicación aquí o un poco más allá de un muro.

Circunstancias por cierto que revelan la necesidad de que el arquitecto esté siempre atento a lo que va diciendo la obra, asunto imposible (recalco la palabra imposible) de decidir en toda sus consecuencias en la etapa de proyecto, en el dibujo, en la representación previa. Lo que nos diferencia del trabajo de ingeniería, por cierto, y que por eso mismo se hace tan difícil de entender en medios de poca tradición arquitectónica como el nuestro.

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Y si hay algo que inspira ciertas sospechas en el modo de actuación de muchas de las estrellas actuales de la arquitectura es la aparente ausencia de inseguridades.

Si bien es verdad que al decir Renzo Piano recientemente en una entrevista que los arquitectos necesitan mucho años para aprender y que por eso convendría vivir mucho más tiempo, y con ello revelar un relativo sentido de la humildad, su arquitectura parece sostenerse de modo reiterado en la misma clave expresiva, muy atenta a evitar disonancias respecto a lo que pudiéramos llamar su estilo personal.

De los más famosos me da la impresión de ser él quien más se atreve a recorrer caminos nuevos, los que aportan inseguridad. Porque una buena parte de los del estrellato confirman lo que se ha dicho y que por mi parte he reiterado: que se los llama para que sigan haciendo lo que los caracteriza. No surprises please es lo que les piden.

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He mencionado en otras oportunidades (es verdad que uno gira siempre en torno a los mismos temas) la aparente boutade de Jorge Luis Borges cuando dijo que los imitadores eran mejores que el original. Aludía precisamente a la ausencia de inseguridades. Lo más duradero y fundamental del descubrimiento de nuevas cosas por parte de los grandes creadores, está en buena parte en la inseguridad que las caracteriza. Abren la puerta pero con dudas y de algún modo eso puede notarse en las relativas imperfecciones de lo que surge novedoso y sorpresivo. Pero el imitador ya tiene su modelo y se atiene a él ocupándose de expresarlo de modo muy cuidado, ya no tiene que lidiar con la inseguridad de quien trata de descubrir, sino que discurre desde la novedad que imita con todo cuidado porque no está amenazado por un posible paso en falso.

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Admitamos a este respecto que en la obra de los grandes pioneros de la arquitectura, los maestros modernos, la cuestión se plantea de modos muy diversos. Si hay algo que me atrae en extremo de Wright, por ejemplo, es su permanente búsqueda, que puede trazarse con cierta precisión a través de sus mejores obras, las menos rutinarias. Las conocidas experiencias pioneras en el protagonismo del gran techo como abrigo que se destaca; sus voladizos de concreto armado como en la Casa de la Cascada; su estudio de fundaciones en el Hotel Imperial de Tokio; sus hongos de Wisconsin para la Johnson Wax (una innovación técnica de especial importancia) o su experimentación con materiales naturales (presentes siempre) en Arizona, son todas cosas que hablan de inquietud por descubrir pero igualmente de inseguridad, digamos espiritual, sobre lo ya hecho. Y mucho podría decirse de los saltos de Le Corbusier sobre los mismos obstáculos que él había puesto y que en cierto modo encorsetaron a muchos de sus contemporáneos, imitadores, podría decirse. Sus saltos surgían sin duda de preguntas que al hacerlas sin las referencias inmediatas, sólo contando con las que cultivaba de la observación de la historia, tenían que estar asociadas a la inseguridad.

Ya tendré oportunidad de seguir con el tema. Por lo pronto acompaño imágenes del Discóbolo y de su fragmento dibujado, dejando para la semana que viene las de arquitectura

 

El Discóbolo de Naukydes (Louvre)

El Discóbolo de Naukydes (Louvre)

Fragmento del Discóbolo de Naukydes, esquema por OT

Fragmento del Discóbolo de Naukydes, esquema por OT

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