ATRASO (2)

Oscar Tenreiro

En relación con lo de la semana pasada me escribe un colega, treinta años más joven que yo, y me dice lo que sigue, entre otras cosas:

la responsabilidad que en eso ( la Misión Vivienda) tienen los arquitectos en el poder, más que un fracaso personal , es el fracaso de la arquitectura en Venezuela. …Podríamos decir que hoy no hay una arquitectura venezolana, no se consolidó a pesar de la reconocida obra de Villanueva y la siguiente generación de arquitectos. La razón sería el escaso campo para desarrollar la experiencia. Hoy nos movemos en la orfandad, no hay una tradición que nos señale un camino de experimentación. Yo me cuento entre los huérfanos porque, aún habiendo compartido años (con gente interesante) vengo de una formación académica muy incompleta y (aquella) experiencia ha sido también, lamentablemente, muy escasa…Yo creo que soy parte de una generación perdida, no recogí suficiente de mis antecesores y no estoy traspasando nada a los que vienen. Veremos si estos superan el asombro por lo que viene de afuera y empiezan a crear cultura, a elaborar a partir de lo que han tomado, y entonces sí podríamos pensar en reconocer una arquitectura nuestra….

No podría expresarse mejor lo que ocurre entre nosotros. Pese a algunas precisiones que me hace por otra parte un amigo más viejo señalándome algunas cosas positivas de los últimos años (aprovecho para advertir que no soy de los que creen que todo ha sido negro) el saldo final es realmente frustrante por su pobreza y sobre todo por su falta total de dinamismo.

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Y cuando hablamos de dinamismo hay simplemente que decir que, sobre todo hoy en la época de la información, en una sociedad donde reina la represión (no al crimen que es quien ejerce aquí como un verdugo más, sino a la gente en general) las experiencias que pueden tener rasgos positivos están condenadas a cerrarse sobre sí mismas y a no producir conocimiento compartido. Sin democracia, aunque sea imperfecta (y aquí rige una dictadura que se quiere lavar la cara ) no es posible el intercambio hasta llevar las experiencias a todos y favorecer su asimilación como cultura. Los patéticos intentos del Museo de Arquitectura oficialista de favorecer un diálogo cuando su gestión ha sido radicalmente sesgada y excluyente no son sino una pantomima dirigida a borrar la mala conciencia.

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Y es obligatorio, lo menciona mi joven lector, referirse a uno de los programas gubernamentales que mayores recursos ha ocupado y que nos concierne directamente: la Misión Vivienda, sobre la cual me he expresado otras veces y por ello me repetiré.

No sólo fue una gigantesca empresa dominada por un grupo mínimo de profesionales que ejercieron en secreto e impusieron criterios de diseño que debían ser aceptados y que (es lo peor) nunca han sido explicitados para abrir debate, sino que lo realizado en Caracas específicamente se hizo con prescindencia total de consideraciones urbanas más amplias para beneficiar a la ciudad con las inversiones puntuales. Porque de todos es conocida la absurda decisión que repito aquí en beneficio de lectores menos informados, de confiscar terrenos donde los hubiese y construir allí sin respetar las variables urbanas aisladamente, sin idea alguna respecto a la ciudad distinta de la de promover la subversión. Se actuó con el mismo criterio de un capitalista de dimensiones monstruosas que, dueño de centenares de lotes esparcidos sin concierto, decidiera construir por su cuenta muchas, muchísimas viviendas, respondiendo a la única regulación de las posibilidades del lote sin ser molestado por nadie ni siquiera para decir haga una acera aquí, una placita allá, un pre-escolar o escuela en alguna parte, retribuya por favor. En la Revolución del Siglo XXI se actuó según la noción más extrema de capitalismo salvaje o de anarco-libertarismo, para seguir una moda conservadora.

Nunca se ha sabido cuanto costaron los terrenos, si se pagó por ellos o se adeuda. Y menos aún cuanto costó cada vivienda de las que se regalaron después, entregándose los condominios a grupos controlados políticamente.

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Y allí se yerguen los edificios cada uno en donde puede, como los vi ayer, rápidamente, en uno de mis raros paseos por la zona central de Caracas, específicamente la del lado Sur.

Imposible intentar entrar a alguno de los edificios para formarse un criterio: ya lo dije, están controlados por grupos que ejercen una especie de vigilancia estricta, excluyente y dictatorial, sobre habitantes o visitantes.

Y si uno pudiese elogiar en algunos casos el uso de materiales más nobles en acabados exteriores (en ciertos casos mosaico de cerámica, en otros chapilla de ladrillo, superando la funesta práctica de abaratar heredada de la democracia anterior), resulta chocante darse cuenta de la ausencia total de consideraciones de mejoramiento en la vecindad inmediata a cada edificio.

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¿Cómo puede justificarse un proceder así con la ciudad por parte de una inversión de Estado de tan enorme magnitud? ¿Cuál puede ser la justificación de tal desdén por la ciudad?

No hay respuesta, no puede haber respuesta porque la única razón es el logro de una meta política, populista-petrolera, para mantenerse obstinadamente en el Poder. Y en el fondo la ciudad no importa. La calidad urbana, sería la razón que anima ese modo de actuar, es asunto de burgueses despreciables.

Y esto nos lleva al tema de la cultura: en la forma de proceder de la Misión Vivienda hay un rechazo brutal a cualquier noción de cultura urbana porque la respalda un desdén por la ciudad que no viene de un conocimiento sino de un prejuicio excluyentemente político.

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Y mi recorrida me llevó hacia la zona de Quinta Crespo donde se ubica uno de los más importantes Mercados Mayoristas de la ciudad. Caos total. Abandono. Anarquía. Suciedad. Fealdad por doquier. ¿Cómo no contrastar ese abandono con las inversiones de la Misión Vivienda y Caracas? ¿Cómo entender ese desequilibrio sino a la luz de la más insólita cerrazón intelectual asociada a la noción cada departamento haga lo que quiera mientras sea fiel a la Revolución aunque sea de palabra que parece guiar al Régimen?

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Y no he tocado otro caso ajeno a un orden urbano en grado extremo, que es lo que se ha hecho en Fuerte Tiuna, enormes terrenos militares (de nuevo informo a los lectores) que ocupan la entrada a Caracas desde el centro-oeste de todo el país.

Cualquier acción allí tenía que estar vinculada a las necesidades de la ciudad si se procediera según un mínimo conocimiento de sus enormes carencias. Y allí están los grandes bloques de vivienda. Hieráticos, vueltos hacia adentro, obstruyendo para siempre cualquier acción de hacer ciudad en un sector de las más significativos de la capital. El mismo error de omisión lamentable y ya casi irreversible como tantas cosas de las que han ocurrido en estos diecisiete años.

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Y todo esto nos lleva al tema de la semana anterior, la tarea de transformar en cultura las experiencias.

Habrá que decir que de este paso por el poder de un sector político obsesionado por el control férreo de la sociedad, de un marxismo-comunismo mal asimilado y dirigido con ignorancia, con soberbia y sobre todo contrariando los procederes más lógicos, todo usando el enorme caudal de dinero petrolero para sostener lo insostenible; de este paso por el poder, de esa forma de actuar, repito, lo que quedará sobre todo es la cultura de lo que no debe hacerse. La experiencia que se nos llama a transformar en conocimiento es, por decirlo así, una experiencia fundada en los errores, lo cual podría ser meritorio y extremadamente útil. De lo vivido lo mejor, pues.

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Y termino en el aspecto más importante de todo este discurso porque va a la realidad personal, al ámbito de la asimilación individual de las experiencias para convertirlas como decía la semana pasada en cultura personal, y en consecuencia en cultura colectiva, en conocimiento que se trasmite.

El panorama es devastador. Unos cuantos de los arquitectos que han pasado por importantes (y tal vez lo han sido) en Venezuela, arquitectos que manejan con destreza las consecuencias de aciertos aislados o el manejo de un prestigio, permanecen callados. Esperan el próximo encargo o hilan fino para tener acceso a oportunidades personales. Se mantienen silenciosos ante tanto agresivo proceder para no comprometerse. Y hasta pueden convertirse (hay un caso) en plañideros llorosos que elevan su voz lamentando la pérdida del Ausente.

Y junto con ellos una especie de pequeña legión de enchufados como se los califica coloquialmente, que prosperan en un medio donde no hay oportunidades sino para los que callan cualquier crítica.

Nuestra asociación profesional, menguada por su falta de apoyo jurídico, sobrevive en una medianía que sólo trata de superarse organizando eventos que muy poco reflejan las realidades. Y en las Universidades a veces parece que vivieran en otro mundo. Se mantienen con estoicismo los programas dirigidos a sostener la escolaridad. Estoicismo en ocasiones digno de admiración. Pero mínimo debate, sólo casos aislados de intercambio que siendo dignos de elogio se quedan demasiado cortos frente al panorama general. Silencio parece ser lo más característico. Y hasta podría calificarse de sepulcral si comparamos su débil murmullo con la gigantesca irresponsabilidad que hemos vivido ante la ciudad y la arquitectura.

¿Y los urbanistas y gerentes de la ciudad? Repiten las mismas generalidades, insisten en los mismos conceptos de sobra ventilados, inocuos en su ambigüedad. Nociones sacadas de libros o de normativas que no inciden en crear debate y sobre todo asombro ante la irresponsabilidad. (A veces dan la impresión de que no tienen argumentos claros)

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Sí, tal vez tiene razón mi joven amigo con lo de generación perdida. Pero no sólo es la de él; en relación con la cultura arquitectónica es la de todos nosotros. Las experiencias aisladas, que las hay y siempre las habrá no son suficientes para producir espesor cultural. No hay más remedio que aceptarlo. El atraso nos ha golpeado muy duro.

(Para comentarios usar la dirección: otenreiroblog@gmail.com)

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