CULTURA Y ARQUITECTURA (5)

Oscar Tenreiro

He mencionado desde el comienzo de estas notas el clima de optimismo que caracterizaba la Venezuela de los cincuenta del siglo pasado. Y de cómo el dinamismo que se derivaba de ello, que dejaba su huella en la pequeña pero muy viva comunidad arquitectónica, venía a ser la compensación de las evidentes fallas de nuestra formación, afectada (lo vemos claro con la perspectiva de hoy) de improvisación. Es hacia ese aspecto, hacia el telón de fondo ante el cual transcurría el ejercicio de la disciplina y a la indudable influencia que en su desarrollo como expresión cultural tuvo, hacia donde me interesa llamar la atención. Porque insisto en su carácter compensatorio fundado en el deseo que lo motivaba de conectarse con el mundo arquitectónico. Deseo que demandaba una actitud en la que necesariamente prosperaba la discusión sobre el valor relativo de lo que se hacía, sobre las transformaciones urbanas que parecían estar al alcance, sobre lo que ocurría extra-fronteras; en definitiva pensamiento arquitectónico si recordamos lo que ya he hecho notar: el pensamiento es el edificio, lo demás, comentario.

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Como una muestra de la intención de ampliar las referencias culturales a nuestro alcance he hablado por ejemplo del buen nivel que tenían las actividades de extensión de nuestra jovencísima Facultad, manejadas por un catalán emigrado, Abel Vallmitjana, artista e intelectual que dejó huella duradera, organizando actividades que nos vinculaban confortablemente con un mundo cultural amplio y estimulante.

En los meses justamente anteriores a nuestro comienzo, había tenido lugar una exposición sobre Leonardo da Vinci, en la cual Vallmitjana puso en juego no sólo su cultura personal sino su capacidad para sumar esfuerzos, logrando reunir material fotográfico de primera línea (pude apreciar algunas cosas que habían quedado dispersas luego del desmontaje de la muestra) sumadas a unas impresionantes maquetas en escala natural de unas cuantas de las máquinas diseñadas por el genio renacentista.

Y eran igualmente importantes las conferencias que se realizaban en el modesto espacio que ocupaba el departamento.

Una que aún recuerdo fue la de Niemeyer cuando estuvo en Caracas durante el Congreso Panamericano (o tal vez, no lo tengo claro, algo después cuando Inocente Palacios le encargó el proyecto del Museo de Arte Moderno). En ella hizo gala de su capacidad para dibujar con carboncillo sobre papel desplegado en un atril sus ya conocidos dibujos, publicados en el libro de Papadakis que ya circulaba y estaba en la Biblioteca, de esquemas que ilustraban soluciones volumétricas y estructurales tachadas con una cruz dejando intacto el que correspondía a la solución adoptada finalmente. Manejaba el carboncillo con seductora soltura y limpieza de gestos, sin hacer demasiados comentarios pero con una seguridad especial que parecía dejar por sentada su autoridad: nada de dudas, o preguntas, lo que había hecho tenía que ser así. Y tan grande era ya su prestigio que al concluir la charla los estudiantes de las primeras filas se abalanzaron sobre los dibujos para apropiárselos como botín de guerra.

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Pero todos sabemos lo que es simplemente lógico hasta convertirse en lugar común: que la arquitectura surge de un contexto social, económico, político que la determina. Y el contexto de entonces tenía muchos temas fundamentales no resueltos, se fundaba en un voluntarismo alimentado de dinero rentista (el petro-estado como figura de la Venezuela moderna) que se había erigido sobre procesos políticos truncos que esperaban por manifestarse. Lo que vendría a ser después la fuerte impronta del populismo de raíz marxista se cosechaba ya entre sectores que cuidaban de expresarse demasiado abiertamente. Un modo de ver las cosas que tenía que prosperar intensamente sobre lo que he llamado improvisación, formación incompleta y sobre todo ausencia de tradición construida. Era un modo de ver la disciplina (ahora lo vemos mucho más claro, a la luz de la experiencia política reciente, sesenta años después) que apoyándose en la coartada de la responsabilidad social, del respeto a las visiones colectivas mayoritarias, menospreciaba los aspectos disciplinarios basados en la búsqueda de la calidad; que sobre-valoraba el mito de unas necesidades sociales que actúan como prejuicios contra cualquier mirada fresca e imponen el adocenamiento, por sobre la ampliación del marco de lo posible a partir de la innovación o la modificación de puntos de vista.

 

La marcha general de las cosas (Vico) estaba afectada pues por procesos sociales y políticos no resueltos que iban a dejar su huella firme en los acontecimientos de los años inmediatos. Mi adolescencia me hacía difícil ahondar para tratar de ver mejor, pero progresivamente, al compás de mi maduración personal y la de mis compañeros, y de la extraordinaria fluidez de los acontecimientos en una sociedad como la venezolana, se me iban revelando aspectos de la realidad mucho más problemáticos.

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Ya a comienzos de 1957 mi visión de lo que acontecía me iba revelando un mundo de insatisfacción política que hasta el momento me había pasado desapercibido. Comenzaron a hacerse fuertes las preguntas sobre los derechos democráticos, sobre la ausencia de libertades, sobre la corrupción (mal endémico aquí, terrible y arraigado), sobre la represión y su influencia en la actividad general como huella negativa y retrógrada del Régimen dictatorial que estaba establecido en Venezuela. Ya los logros materiales de la ambiciosa política de obras de infraestructura que se promovía desde el Poder no podía encubrir o hacer olvidar las históricas luchas a favor de la democracia que estaban interrumpidas o represadas. Se fue haciendo claro el mismo fenómeno que estamos viviendo en la situación venezolana de hoy: no es posible aplastar la disidencia, acallarla, atropellarla en nombre de los intereses específicos de un sistema político que llegó al control de las cosas precisamente en nombre de la disidencia. Tarde o temprano la energía desplegada para mantener esa nueva estructura termina cediendo, se desvanece, y reaparece bajo nuevas formas la disidencia reclamando su espacio. Y la misma apertura hacia el mundo que marcó de entusiasmo las realizaciones de ese período terminó mostrándonos, en particular a nosotros los más jóvenes, una realidad externa, que parcialmente también se expresaba en el resto de Latinoamérica y nos inducía a buscar nuevos caminos. (Digo entre paréntesis, que la nostalgia que algunos hoy tienen de lo vivido en ese tiempo pensando que debió permanecer, pasa por alto un importantísimo ingrediente que ha movido la historia de nuestro país en los últimos dos siglos: la búsqueda de la perfectibilidad de los procesos políticos, en definitiva la búsqueda de la democracia).

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Empezamos (aunque no éramos tan numerosos) a diferenciar entre la transformación del escenario físico que se imponía como argumento definitivo y poderoso y las carencias promovidas por la restricción de las libertades sociales. La adolescente mirada del espacio estudiantil empezó a estar consciente de que la expansión económica se afirmaba sobre bases demasiado endebles. Era una situación inestable y era necesario hacer conocer un descontento que de algún modo devaluaba lo que venía ocurriendo.

En lo personal, experimenté una situación análoga a la que desde una perspectiva sociológica habría de vivir la sociedad venezolana: los fundamentos prevalecieron y terminaron imponiendo su peso sobre lo accidental. Lo que se hacía perdió importancia frente a lo que debía hacerse. Y quedó al descubierto la fragilidad de ese mundo promisorio que descansaba sobre una especie de voluntarismo carente de soporte duradero. La necesidad de reorientar los esfuerzos colectivos se fue haciendo convicción generalizada. Al principio en unos pocos, en un momento dado (como ocurre en todo acontecimiento político significativo) se manifestó en forma explosiva. La sociedad pasó por un punto de inflexión: se retomaba el proceso de alcanzar la democracia.

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Y todo lo que ocurrió después tuvo una palabra definitiva, casi demoledora, en la evolución de nuestra arquitectura.

 

(Hacer los comentarios a través de la dirección otenreiroblog@gmail.com)

 

Abel Vallmitjana. Botes (1959) Colección del Dundee City Council UK)

(c) Dundee Art Galleries and Museums Collection (Dundee City Council); Supplied by The Public Catalogue Foundation

(c) Dundee Art Galleries and Museums Collection (Dundee City Council); Supplied by The Public Catalogue Foundation

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