CONFECCIONES (16)

Oscar Tenreiro

De todo lo vivido en esa especie de inmersión anual en fragmentos de naturaleza, abriéndonos a vínculos humanos que nos descubrieron un modo de vida menos cargado de convenciones, quedó en mi espíritu y también en el de mis hermanos, cada quien asimilándolo a su manera, una relación muy especial con el mar venezolano y sus gentes. Ya adulto, esa relación se me hizo imprescindible e intenté realizarla por muchas vías, pero lo más significativo ha sido, tal como hoy lo veo, la intuición que esas vivencias despertaron en mí acerca de la manera como el medio natural deja huella profunda, singular e insustituible en la sensibilidad personal. Cómo la transacción permanente entre el ser humano y el medio se convierte en el fundamento de un modo de ver y actuar en el mundo. Que es el núcleo, la zona más profunda y verdadera, de toda cultura.

Sé que al decir esto no estoy sino repitiendo lo que se ha dicho de mil maneras; pero el percibirlo desde la intimidad le da un sentido especial.

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Recorrí casi toda la costa venezolana con la sola excepción del litoral zuliano movido por un fuerte deseo de conocerla de primera mano, aparte de que mi afición por el mundo submarino, adquirida desde la primera adolescencia, me impulsaba a la exploración con los medios que estuvieran a la mano. Medios que desde mediados de los años setenta hasta un poco avanzados los noventa incluyeron una embarcación que me permitió conocer bien el hermosísimo rosario de islas que se interponen entre nuestra frontera Norte y el Caribe más amplio.

Aparte del disfrute simple que ese transitar proporcionaba, tener una percepción de nuestro litoral desde afuera hacia adentro, desde el horizonte marino hacia el borde costero, me hizo más consciente de algunas cosas sobre nuestro mundo físico y humano. Destaco dos que veo hoy como las más notorias. Una, la razón de que hayan sido Cumaná y La Vela de Coro los puntos de penetración iniciales hacia nuestra tierra interna por parte de la colonización europea, cuestión que para quien haya navegado a lo largo de nuestra costa resulta obvia:  son lugares de aguas protegidas, fondeaderos amplios sin riesgos de oleajes imprevistos, desde los cuales la marcha tierra adentro no encontraba altas montañas, o espesuras, tierras inundables e insalubres. La segunda fue percibir la importancia que la explotación pesquera a escala del hombre y sus medios más inmediatos, lo que hoy llamamos la pesca artesanal, significó y sigue significando como soporte de la cultura del hombre de mar venezolano. A pesar de todas las interferencias de un progreso inmaduro y destructivo, sigue vivo, con particular intensidad y persistencia en lo que llamamos nuestro oriente, un modo de vida que se alimenta a sí mismo y se mantiene vigoroso. En la línea costera que comienza desde Cumaná y el Golfo de Cariaco y pasando por las Penínsulas de Araya y Paria termina en el Delta del Orinoco, parece resistir firme la pesca artesanal con sus ciclos, destrezas e instrumentos trasmitidos por generaciones. También en Margarita, isla asediada por todas las presiones de una sociedad que no sabe entender el valor real de sus dones naturales y se empeña en deformarlos, pese al impacto de un turismo nunca bien dirigido, la presencia del pescador y todo lo que lo acompaña ha sido un agente que no cede terreno, sobre todo en Juan Griego y más hacia el Oeste en el relativo aislamiento de la península de Macanao.

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Todo lo cual subraya lo que acabo de decir sobre las raices de una cultura, porque es ese diálogo con el mar, o mejor ese comercio que sacándole provecho le entrega tributos humanos es lo que dió vida y estableció el arraigo de la sangre aborigen caribe, mezclada después durante la conquista y la colonia sobre todo con la sangre canaria. Mezcla que continuó a causa de la inmigración que desde el lejano archipiélago vino a fines del 19 y comienzos del veinte. Porque desde allí llegar a nuestra costa era fácil: prácticamente dejarse llevar por los alisios en tiempos de mar tranquila (Junio, Julio, Agosto, Septiembre) para recalar un mes después, rozando Trinidad, en Paria, y entrar a Venezuela por Carúpano si no decidían más bien llegar hasta Margarita. Una repetición constante de la ruta de Colón en su Tercer Viaje.

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Y la pervivencia de este modo de vida tiene su más importante soporte en la riqueza pesquera de nuestras costas y especialmente como he dicho las orientales, condición favorecida por el aporte permanente de nutrientes arrastrados por las aguas del Orinoco y los pequeños ríos que bajan desde la Cordillera Oriental a lo largo de la Península de Paria. De lo cual no se benefician del mismo modo Tobago, Barbados, Granada y las Granadinas, más alejadas en dirección Norte y rodeadas de mar profundo razón por la cual, en comparación con nuestro espacio marítimo, son mucho más escasas desde el punto de vista pesquero.

La masa de agua dulce que sale desde el Delta, cargada de sedimentos y mezclada con la del Oceano Atlántico, se convierte, con la diferencia de mareas, las oceánicas de un metro o más y las Caribeñas mucho menores, en una especie de torrente que trasvasa, ora en una dirección ora en la otra, enormes masas de agua entre ambos mares a traves del Golfo de Paria. Pude constatar la importancia que este torrente tiene, casi como un caudaloso río que atraviesa la zona central del Golfo, durante una navegación a mediados de 1992 cuando cruzábamos hacia Trinidad desde el Promontorio de Paria y la Boca del Dragón. Lo cual por cierto me llevó a leer el relato de Colón, en el cual deja constancia de las dificultades que causó el fenómeno en su flota en ese año,1498, cuando quiso elogiar la hermosura de esa costa de Paria con bosques generosos que nacen desde el mismo borde del mar y la llamó Tierra de Gracia.

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Cuando ya desde los años noventa del siglo pasado desde España se anunciaba un programa de asistencia a distintos países de América Latina orientado hacia la preservación y restauración del patrimonio construido con motivo del Quinto Centenario del Primer Viaje de Colón, en Venezuela comenzaron comentarios y noticias sobre lo que debía hacerse para insertarse en el programa. Se empezó a hablar entonces sobre la necesidad de hacer algo en Macuro, pequeño pueblo en el lado Sur de la Península de Paria en la costa del Golfo, lugar donde la tradición señala que puso pie por primera vez en América, en el curso de su Tercer Viaje, el navegante genovés.

En realidad no hay informaciones claras de un desembarco, pero sí se sabe que la flota de Colón ancló durante un tiempo, con precaución debido a lo ya dicho sobre los problemas causados por las mareas y sus consecuencias para fondear con seguridad, antes de proseguir viaje tocando el lado Norte de la Península y siguiendo después a Margarita. En todo caso, Macuro ha quedado en la historia como el lugar del primer desembarco europeo y por ello mismo se habló entonces con insistencia de hacer allí un monumento conmemorativo. Lo cual tenía algo de surrealista, porque entre los problemas del pueblo de Macuro, subsistiendo gracias a una mina de yeso vinculada a la industria cementera (hoy paralizada) y mínima actividad económica, sin acceso por tierra, padeciendo de una aguda marginalidad, de ninguna manera tenía prioridad la construcción del tal monumento. Ni tampoco otras ideas de transformación cosmética (fachadas pintadas, arreglos escenográficos) que se manejaban con ligereza e improvisación.

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Este cuadro despertó mi interés en un momento dado, por lo cual propuse a mediados de 1991, unos semestres de estudio del tema a mis estudiantes del Taller de Diseño en la Facultad de Arquitectura. Pude conocer así Macuro, su costa y un sector del Norte de la Península de Paria a raíz de un par de viajes de estudio realizados para obtener la información que permitió luego, en colaboración con el Instituto de Urbanismo de nuestra Facultad, la realización de un grupo de proyectos completos de restauración hechos por profesores y un plan de mejoramiento urbano de todo el pueblo, a cargo de los estudiantes bajo la dirección de nuestro cuerpo profesoral; proyectos que finalmente, como es usual entre nosotros, fueron engavetados.

Ya dije antes lo especialmente hermosa  que es la naturaleza de esa zona, caracterizada por un contraste muy particular entre la cara Sur de la Península y la Norte, divididas por la serranía de la Cordillera Oriental. Del lado Sur vegetación moderada y un mar de aguas relativamente turbias por la influencia del Orinoco, costa de playas semipedregosas; del lado Norte una masa verde exhuberante que llega hasta el borde mismo del mar y que sube hasta las cimas de la serranía, cruzada por riachuelos que terminan en algunos casos en cascadas que caen directamente al mar a lo largo de una costa donde se suceden pequeñas bahías de playas estrechas y aguas tranquilas. Un paisaje de gran belleza, acogedor, que no podía sino suscitar en los visitantes de siglos anteriores palabras superlativas como las de Colón en su Carta del Tercer Viaje : “…Luego vino mucha gente, y me dijeron que llamaban a esta tierra Paria, y que hacia el Poniente estaba más poblado…navegué hacia ese rumbo andadas unas ocho leguas, más allá de una punta…hallé las tierras más hermosas del mundo…Llegué allí una mañana, antes del mediodía, y por ver este verdor y esta hermosura acordé fondear…Tengo sentado en el ánima que allí es el Paraíso Terrenal…”

 (Hacer los comentarios a través de la dirección otenreiroblog@gmail.com)

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