CONFECCIONES (17)

Oscar Tenreiro

No deja de ser motivo de especulaciones el que la presencia humana en nuestra dilatada costa a lo largo de siglos no haya dejado huella construida ni siquiera de mínima importancia. Claves para saber las razones se pueden encontrar en lo que podríamos llamar la amabilidad de la naturaleza en nuestra región costera.

Porque no es una simple figura literaria calificar de amable a nuestro mar. Lo afectan ciclos de lluvia y sequedad o la mayor o menor intensidad de unos vientos Alisios de constante moderación, comprensivos, discretos, alterados sólo de vez en cuando como consecuencia de los huracanes que pasan distantes. Y se alzan entonces ocasionales mares de leva, de muy fuerte oleaje pero de corta duración que apenas cambian la impresión de que es un mar en el cual generalmente prevalece la tranquilidad y una cierta prudencia; relativa claro, porque la naturaleza ofrece sorpresas.

Muy rara vez los huracanes tocan el extremo oriente de Venezuela: el último caso, muy mal documentado por cierto, fue en Paria en los años treinta del siglo pasado. Así que en general en nuestro litoral reina la calma, que sumada a la riqueza pesquera es la explicación de la conseja que dice que nuestra gente de la costa vive siempre al día, le basta con lo que tiene a la mano, el sustento siempre estará al alcance. No es al tipo humano de nuestras costas, que puede ignorar la necesidad de atesorar lo que el invierno hará necesario, a quien se le podría recordar la fábula sobre la Cigarra y la Hormiga, ese elogio de la previsión frente a la dificultad que viene desde los tiempos de Esopo y cuya versión de La Fontaine aprenden desde muy pequeños los niños franceses. Y siendo así ¿no podría ser esa una de las explicaciones de nuestra tendencia a la improvisación? ¿La convivencia con una naturaleza que pocas exigencias hace lo que impulsa a aceptar lo provisional, lo efímero, como se ha hecho característico de nuestro modo de ser colectivo?

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Descubrí, o mejor dicho, se me hizo consciente esa particular relación de nuestra vida en la costa con la presencia permanente de los Alisios, de un modo inesperado, cuando en conversación a bordo del velero de una pareja de franceses que después de haber cruzado el Atlántico habían recalado en nuestro Archipiélago de Los Roques, ella dijo en una pausa: …los Alisios ¡qué bendición!… frase espontánea que me disparó asociaciones. No nos damos cuenta por tenerla siempre a la mano, parte inseparable del modo en el que vivimos nuestro mar, que esa brisa permanente en dirección al atardecer, a veces fuerte pero nunca de temer, era singular, era característica, en ninguna otra parte del mundo se da de la misma forma. Es un acompañante que alguna palabra dice en la conformación de nuestro carácter.

Y hay más. Mientras escribo estas líneas me topo en El Espejo del Mar de Joseph Conrad, libro que retomé hace una semana pues había abandonado su lectura, con el siguiente fragmento que la agudeza de Conrad en relación con su experiencia marinera convierte en afirmación de lo que vengo diciendo: …Los reinos intertropicales de los Vientos Alisios son propicios a la vida normal de un buque mercante. Rara vez llevan sus alas el toque de rebato a los atentos oídos de los hombres apostados en la cubierta de los barcos. Las regiones gobernadas por los Vientos Alisios de noreste y sudeste son tranquilas…

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Para Arnold Toynbee (1889-1975), los desafíos de orden social y religioso junto a las dificultades en la relación con la naturaleza, figuran entre las causas del surgimiento de las grandes civilizaciones. A la lucha con el medio natural, al esfuerzo por ganarle terreno a la naturaleza, de superar los obstáculos que pone, le asigna Toynbee una importancia especial como acicate a la voluntad del hombre, como resistencia para no ser vencido, como aspiración de permanencia. Me atrajo de esa noción y tal vez por ello la rememoro con cierta frecuencia, su carácter paradójico; porque uno tiende a pensar que es el acuerdo y la paz con el entorno inmediato lo que favorece el progreso humano, y no la lucha y la dificultad. Quizás por eso atrajo mucho mi interés cuando hace muchos años tuve entre mis manos y leí fragmentariamente una edición resumida de su obra cumbre Estudio de la Historia.

Por ese mismo tiempo, mediados de los sesenta, el historiador británico, quien se convirtió en un personaje muy celebrado, visitó Venezuela como invitado del Ateneo de Caracas en cuya sede pronunció una conferencia a la que asistí con bastante curiosidad para comprobar que ese tipo de charlas a cargo de autores muy reconocidos pocas veces valen la pena. Pero mi interés por el personaje continuó y seguí intentando la lectura hasta abandonarla descorazonado porque mi poca preparación histórica me lo hacía muy trabajoso. Pero no se me ha olvidado nunca su paradójico punto de vista.

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La conexión entre lucha y civilización me lleva a pensar que fue precisamente lo que he llamado amabilidad del mar venezolano, (que puede extenderse al Caribe en general si dejamos de lado el paso eventual y azaroso de los mortíferos huracanes), es ese disponer seguro del sustento, ese diálogo en cierto modo plácido con el medio, lo que actuó a favor de la levedad de la presencia de la etnia caribe, sin embargo muy extendida en todo un inmenso territorio, de su ausencia en términos de huella del hombre en el paisaje, de la escasez de manifestaciones destinadas a modificar el espacio físico. Ello sin mencionar el hecho de que la proximidad al mar como condición para la supervivencia hace que los asentamientos surjan en una frontera variable, inestable, disputa entre agua y tierra, la línea costera, territorio poco favorable a la permanencia. Y sabemos que uno de los rasgos de toda civilización es la estabilidad, la permanencia frente al paso del tiempo.

Y entregándome a las especulaciones, me pregunto sobre la medida en la cual de estas dos condicionantes de la cultura caribe favorecieron la provisionalidad en el modo de establecerse, la continua sustitución de lo efímero con lo efímero sin dejar huellas perdurables. Advirtiendo que hay casos en la cultura universal en las que esa sustitución se hizo con el propósito contrario, con la idea de que la sustitución fuese un acto ritual repetido a lo largo de los siglos. Como ocurre en el Santuario de Ise, el lugar más sagrado de la religión Shintö, en Japón, parte del cual se ha venido reconstruyendo cada veinte años desde tan lejos en el tiempo como el siglo VII de nuestra era. Allí la sustitución de lo efímero con lo efímero, tiene un fuerte contenido religioso como tributo cíclico, ritual.

Santuario de Ise en Japón. Ciertas secciones se reconstruyen cada veinte años, desde el siglo seis de nuestra era.

Santuario de Ise en Japón. Ciertas secciones se reconstruyen cada veinte años, desde el siglo seis de nuestra era.

 El "naiku" del Santuario de Ise es de acceso restringido, por eso la foto desde fuera de las vallas protectoras.


El “naiku” del Santuario de Ise es de acceso restringido, por eso la foto desde fuera de las vallas protectoras.

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Así, en nuestros asentamientos pesqueros, pese a que es lógico suponer que están construidos en los mismos sitios donde mucho tiempo atrás se ubicaron los ancestros de sus actuales ocupantes, de ello no queda señal alguna. Prescinden de toda noción de permanencia, atienden sólo a las necesidades inmediatas. Son improvisados, sumatoria de materiales y modos de construir actuales sin rastros de artesanías de construcción heredadas del pasado. La única técnica constructiva de mínima antigüedad es la del concreto cuyo agregado principal en lugar de la piedra picada es el coral seco sacado de los arrecifes, del tipo cacho de venado (Acropora cervicornis) llamado también entre nosotros cirial o (o sirial según algunos autores), vaciado como relleno entre parales de madera para formar paredes que sirven de sostén al techo de madera y lámina metálica. Es una técnica que produce una textura muy atractiva y se usó mucho en todo el país hasta fechas recientes (años cincuenta del siglo pasado) pero que ya está en desuso y prácticamente ha desaparecido.

 Acropora cervicornis


Acropora cervicornis

Sistema constructivo típico de parales y horcones

Sistema constructivo típico de parales y horcones

Muro externo de una casa de Los Roques (hace treinta años) construido con hormigón de cirial. Obsérvense las conchas de Guarura (o botuto) en la parte inferior.

Muro externo de una casa de Los Roques (hace treinta años) construido con hormigón de cirial. Obsérvense las conchas de Guarura (o botuto) en la parte inferior.

Los asentamientos más característicos están en Margarita, en la península de Macanao, del lado occidental de la isla. Es el caso de Boca del Río, Punta Laguna de Raya (o Punta Raya), Boca de Pozo, Robledal, y algunos otros de menos importancia. Conjuntos de viviendas agrupadas desordenadamente, bastante precarias, con mínimas comodidades aunque se trate de los hogares de dueños de embarcaciones que producen buen dinero, organizadas cada una a partir de un núcleo básico que alberga los servicios sanitarios, parte de la cocina (que generalmente se expande hacia afuera), un estar para recibir visitas y los dormitorios. Y la expansión hacia afuera se hace con techos rudimentarios más livianos que se extienden en forma de enramadas que protegen del sol.

En lo esencial es el mismo modo de vida también de los campamentos, las llamadas rancherías, que se instalan en las islas o en las bahías más aisladas como apoyo de las campañas o temporadas de ciertos tipos de cosecha pesquera (que se distinguen de las que se conducen desde barcos de cierto tamaño sin poner pie en tierra, sobre todo hacia el Delta del Orinoco, apoyadas por hieleros, barcos con refrigeración, que trasiegan la cosecha hasta el puerto más cercano). A esas rancherías las caracteriza también la enramada que protege las actividades de mantenimiento de las redes o el reposo diurno, hecha con bambú arrastrado por los ríos y con ramas secas de los siempre presentes cocoteros, o con desechos de madera complementados con lonas en el caso de las rancherías en las islas. Estas últimas se construyen para durar sólo lo que dura la campaña, y se abandonan a los elementos hasta desaparecer, mientras que las que complementan las viviendas son más permanentes pero igualmente frágiles requiriendo reparaciones frecuentes, fáciles de ejecutar, a base de superposiciones de materiales tan efímeros como los que sustituyen.

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Incluyo unas fotografías de Macuro tomadas con ocasión de los viajes de estudio de la Facultad de Arquitectura. Luego unas fotos de nuestro proyecto del Museo Conmemorativo que debía construirse en el estribo del muelle de tiempos de Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez (construido entre 1907 y 1910).

Macuro. Desde la punta arrancaba el viejo muelle. Allí se propuso el Museo Conmemorativo.

Macuro. Desde la punta arrancaba el viejo muelle. Allí se propuso el Museo Conmemorativo.

En el horizonte, Trinidad.

En el horizonte, Trinidad.

La casa del General Balduz en Macuro, foto de hace más de veinte años. Abandonada a pesar de ser un vestigio importante de la época de reconstrucción de Macuro a comienzos del Siglo Veinte. Es de bahareque. El trabajo de la madera es con celosías.

La casa del General Balduz en Macuro, foto de hace más de veinte años. Abandonada a pesar de ser un vestigio importante de la época de reconstrucción de Macuro a comienzos del Siglo Veinte. Es de bahareque. El trabajo de la madera es con celosías.

Nuestro Proyecto para el Museo Conmemorativo de Macuro

Nuestro Proyecto para el Museo Conmemorativo de Macuro

Un dibujo de los que acompañaban el Proyecto del Museo Conmemorativo de Macuro.

Un dibujo de los que acompañaban el Proyecto del Museo Conmemorativo de Macuro.

 

(Hacer los comentarios a través de la dirección otenreiroblog@gmail.com)

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