CONFECCIONES (20)

Oscar Tenreiro

Nuestra primera visita a Los Roques motivó a los pocos meses un segundo viaje, esta vez asociándola a los intereses que en torno a la arquitectura se iban intensificando en mí, que recién terminaba el Primer Año, y se desplegaban mucho más intensos en mi hermano Jesús completados sus estudios de pre-grado, intereses que nos llevaron a intentar documentar de algún modo y según nuestras posibilidades, el pueblo del Gran Roque.

Nos había llamado mucho la atención la forma en la que las viviendas se habían agrupado a lo largo de la costa dejando un espacio interior que funcionaba como calle principal limitado por una segunda hilera de casas del lado interno. Era de forma irregular siguiendo los improvisados alineamientos, tal como se hablaba en la Facultad respecto a los pueblos medievales, lo cual nos inducía a ver una inesperada (y muy distante geográfica y culturalmente) analogía con el pueblito nuestro. Ese espacio se ampliaba en torno a la gallera (el único centro de entretenimiento, también servía de cine) configurando una plaza cuyo suelo, tal como el de las calles, era de arena coralina blanca. Desde allí salía una nueva calle en dirección a la costa con el mar azul turquesa que se entreveía al fondo de las puertas abiertas hacia los patios internos de las casitas de ese lado, todas orientadas al mar. Una secuencia de eventos espaciales espontánea, que nuestro típico talante pretencioso de arquitectos en ciernes nos hacía valorar con entusiasmo.

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También captó nuestra atención un lugar muy especial en el flanco norte, donde terminaban las casas: el cementerio. Habíamos leído en el libro sobre Los Roques y La Orchila que nos había prestado el Hermano Ginés, que uno de los más graves problemas del lugar era la altísima mortalidad infantil causada por la falta de agua dulce. En esos tiempos cada casa de Los Roques tenía un tanque destinado a almacenar agua de lluvia porque la que podía obtenerse mediante pozos era salobre y de muy mala calidad como para considerarla potable. Cuando se agotaban las provisiones almacenadas (no todas las casas tenían tanques de buen tamaño), la usaban hervida y mezclada con leche en polvo para los lactantes o niños pequeños lo cual producía una alta incidencia de graves afecciones gastrointestinales causa de una muy alta mortalidad infantil. En el cementerio en efecto, ubicado en el extremo Norte del pueblo, había muchas lápidas de niños fallecidos a muy temprana edad y, aparte de ello se apreciaba en las tumbas una habilidad artesanal muy particular expresada en motivos decorativos con conchas marinas, guirnaldas de alambre y policromías a base de la misma pintura usaba en los botes pesqueros, que le daban al lugar una personalidad singular.

El Gran Roque

El Gran Roque

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Decidimos en consecuencia, ya que Pedro Gluecksmann tenía acceso a una filmadora Paillard Bolex de 16 mm. de su padre y ya tenía alguna experiencia en la edición como aficionado, hacer un documental durante un segundo viaje que buscaría captar las particularidades del pueblo, además de las bellezas naturales del mar y de los cayos. Logramos planearlo para las vacaciones del 57 lo cual permitiría que fuese más largo y al objetivo del documental agregamos, siguiendo nuestros impulsos de juveniles exploradores submarinos, el plan de hacer inmersiones en la isla de Cubagua, unas ocho millas náuticas al sur de Margarita, atraídos por las noticias que se habían divulgado en los meses anteriores acerca de las excavaciones arqueológicas en Nueva Cádiz considerada la primera ciudad fundada por los españoles en Suramérica e igualmente la primera de Venezuela. Las noticias hablaban del descubrimiento en el lecho submarino de lo que parecían ser los restos de las viejas estructuras del muelle de la antigua ciudad (declarada oficialmente ciudad por Carlos V en 1528), lo cual excitó extraordinariamente nuestra curiosidad.

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La generosidad familiar nos permitió de nuevo viajar en el King Fisher en Julio del 57.  El grupo era grande: Jesús Tenreiro, Pedro Gluecksmann, Max Pedemonte, Edgardo Tenreiro, Luis Van Dam y Carlos Sosa Franco (durante los primeros días), y mi persona. Disponíamos ya de un compresor para la recarga de las botellas de aire comprimido lo cual nos facilitaba el buceo (en el cayo Dos Mosquises del lado Oeste del archipiélago descendimos por primera vez hasta los cincuenta metros) y los planes para Nueva Cádiz. De nuevo nos tocó lidiar con los explicables recelos del capitán alemán, sobre quien por cierto vale la pena decir algunas cosas que ilustran ciertos hechos de la historia reciente de Venezuela. Se llamaba Bruno y era un alemán severo y de pocas palabras que había sido Primer Oficial de un mercante (el Sesostris III) que escapando del asedio de buques franceses y británicos se había refugiado en Puerto Cabello en Diciembre de 1941. Venezuela era aún neutral (rompió sin embargo, ese mismo mes, relaciones con Alemania, Italia y Japón) pero tomó partido contra el Eje y en 1944 le declaró la guerra. La situación era pues razón suficiente para que el Almirantazgo alemán para evitar acciones confiscatorias del gobierno venezolano, ordenara a la tripulación el incendio del barco, acción en la que por supuesto debe haber participado Bruno con responsabilidades principales. Así que incendiaron el barco, ante lo cual las autoridades venezolanas del puerto ante el peligro de que se hundiera junto al muelle, lo hicieron remolcar fuera de la rada hasta el islote de Isla Larga, dos o tres millas al Este de Puerto Cabello donde se hundió, proa en tierra, y allí ha seguido como sitio atractivo para el buceo, lo cual nos llevó a Pedro y a mí a explorarlo al año siguiente, dicho sea de paso.

La participación de Bruno en el incendio le valió cárcel aquí no sé durante cuanto tiempo, y al salir decidió quedarse en Venezuela y por caminos que no tengo claros terminó de capitán del King Fisher. Ese era el personaje, nada menos que un posible nazi de segundo o tercer grado encargado de seguirle el paso a un grupo de muchachos exploradores.

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Muchachos y todo, nos tomamos sin embargo con toda seriedad lo de la documentación, para lo cual fueron de muchísima ayuda nuestros amigos, estudiantes de Ingeniería, Luis Van Dam y Carlos Sosa Franco, quienes apenas anclamos frente al Gran Roque se encargaron de hacer un levantamiento básico del pueblo con teodolito, cintas métricas y equipo adicional, todo cedido por la Escuela de Ingeniería de nuestra Universidad Central. Carlos y Luis estuvieron un par de días con nosotros y se regresaron después por su cuenta pidiendo una colita hasta Caracas en alguna de las avionetas que ya frecuentaban el Gran Roque, favor que en ese tiempo era posible esperar sin mayores problemas.

Luego de mucho trabajo de edición hecho por Gluecksmann con mi apoyo ocasional, quedó terminado un documental de treinta minutos en Kodachrome que proyectamos en muchas ocasiones y cuya pista perdí hasta que después de la muerte de Pedro confirmé su irremediable extravío.

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El levantamiento fue de bastante utilidad. Sirvió de base, junto con nuestro documental como referencia, al trabajo pionero (porque se harían otros después) hecho por los alumnos de último año en la Facultad de Arquitectura en el curso que comenzó en Septiembre de 1958, el cual incluímos junto a otros temas, a cargo de cursos inferiores, en la exposición que presentamos en el Congreso de Estudiantes de Arquitectura realizado en Santiago de Chile en Septiembre de 1959. Gonzalo Castellanos Monagas, a quien acompañé como delegado a ese Congreso (yo era Secretario de Cultura del Centro de Estudiantes), conocía bien lo hecho para Los Roques, pese a no haber participado directamente. Lo realizó el curso de la que sería la Promoción Ocho (¿o Siete?), entre cuyos miembros apenas alcanzo a recordar porque mi memoria flaquea, a Elías Toro, Magalie Ruz, Rafael Puig, Nelson Douaihi y Edmundo Díquez. En él se proponía la construcción de nuevas viviendas que buscaban ordenarse manteniendo y complementando la estructura del pueblo existente. No puedo decir muchas cosas sobre la propuesta pero sí recuerdo muy bien que la expresión gráfica, que quería ser un eco del tratamiento multicolor típico de nuestra arquitectura costera y que en Los Roques se reproducía a pesar de su aislamiento, le daba al trabajo especial atractivo. La técnica que usaron fue la de lápiz de color Prismacolor sobre copias heliográficas en cartulina un poco quemadas para lograr un fondo sepia que acentuaba la brillantez de la policromía. Logro que produjo no poca admiración cuando durante el Congreso Gonzalo mostró las diapositivas que llevamos y que igualmente proyectamos después en la Facultad de Buenos Aires, donde nos recibió muy amablemente y nos facilitó las cosas Roberto Segre, entonces estudiante (o tal vez ya había terminado), quien habría de ser más adelante figura conocida de la crítica de Arquitectura latinoamericana.

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Interrumpo un poco el hilo para hablar de la gente de Los Roques.

Porque en esos tiempos en los cuales el aislamiento y la falta de servicios básicos podía hacer mella en el ánimo de quienes allá vivían, les era sin embargo característica una apertura hacia el visitante, una calidez sin reservas tan especial que no podía uno dejar de encariñarse con quienes conocía. No habían llegado a interferir en su actitud las distorsiones del turismo y la invasión de la fauna de dueños de avionetas dispuestos a dar generosas propinas y a crear hábitos artificiales, lo cual hoy debe haber llegado a cotas muy altas con la suma del negocio turístico nacional e internacional (debe haber porque mi última visita fue hace casi treinta años), razón por la cual era posible estar con la gente sin que se estuviera esperando de uno algún beneficio. Resaltaba pues inmediatamente en ellos, la bonhomía y llaneza cordial de la gente del oriente venezolano (casi todos provenían de Margarita), rasgos que lo convertían a uno, en un instante, en roqueño desde siempre.

Y entre quienes conocimos ya en el primer viaje de 1956, hace ya pues sesenta años, hubo una señora no sé si nacida allá pero sí que era una de las pobladoras más antiguas del Gran Roque, que se encargaba con celo especial del cuido de la capilla, a quien le tomé apego y a quien siempre busqué en mis visitas posteriores, que fueron muchas hasta que, hace ya casi treinta años ya no tuve embarcación con la cual regresar. Se llamaba Mercedes Mata.

Y llegamos a ella porque cuando conocimos la capilla de Los Roques, minúscula y muy hermosa en su modestia y extrema sencillez, nos la abrió ella porque la tenía a su cuidado. Se movía feliz enseñándonos el altar y haciéndonos algún comentario. Y se sentía orgullosa de su papel de custodia del templo.

El Gran Roque. A la izquierda se vislumbra la capilla

El Gran Roque. A la izquierda se vislumbra la capilla

Una foto de muy poca resolución mostrando la capilla como la conocimos, sin las innecesarias adiciones recientes.

Una foto de muy poca resolución mostrando la capilla como la conocimos, sin las innecesarias adiciones recientes.

Y aquí evoco mis sentimientos religiosos de entonces. Porque el celo especial de Mercedes con el pequeño monumento y su orgullo por ser la depositaria de la llave (vivía muy cerca de la capilla, a unos metros) se me antojó verlo como una suerte de mensaje personal. Sé que exagero y que por supuesto hago un poco de literatura, pero ahora sentado aquí escribiendo es lo que me viene a la mente expresar: la capilla y con ella Mercedes, se me convirtieron en ese momento en una especie de símbolo espiritual.

Por eso, como dije antes, la buscaba cada vez que regresaba al Gran Roque. Era como un ritual que me recordaba el primer encuentro y nos permitía conversar un poco. Así fue hasta mi última visita hace ya casi treinta años cuando ya Mercedes había ido perdiendo la vista debido a la diabetes sin que se hubiese ido de ella esa sensación de vivir la vida de modo completo y teniendo siempre en su ánimo el papel tutelar que sin duda cumplió entre su gente. Le tomé entonces una foto sentada a una mesa de su casa y luego otra afuera con su marido, además de algunas otras de gente cercana a ella, que amplié y monté adecuadamente para llevárselas en una próxima visita que nunca sucedió.

Sé que Mercedes murió ya hace algún tiempo y también su marido. Con estas líneas le hago un homenaje personal. No supe el nombre del bebé que fotografié, ni tampoco el de la familia sentada en el porche de la casa que creo estaba muy cerca de la de Mercedes. Sus fotografías siguen en una gaveta, montadas, ya un poco descoloridas. Las digitalicé y aquí las pongo. Y tal vez algún lector podrá hacerlas llegar hasta quienes aparecen en ellas, ya hoy con casi treinta años más de vida.

Mercedes Mata, hace casi treinta años.

Mercedes Mata, hace casi treinta años.

Un bebé, tal vez de la familia de Mercedes "hace casi treinta años"

Un bebé, tal vez de la familia de Mercedes “hace casi treinta años”

Familiares de Mercedes "hace casi treinta años"

Familiares de Mercedes “hace casi treinta años”

Otro grupo familiar

Otro grupo familiar

Mercedes Mata y su marido "hace casi treinta años"

Mercedes Mata y su marido “hace casi treinta años”

(Hacer los comentarios a través de la dirección otenreiroblog@gmail.com)

 

 

 

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