CONFECCIONES (21)

Oscar Tenreiro

En 1960, entre el 7 de Abril, un jueves, y el 11 de ese mismo mes que era Lunes Santo, se realizó un viaje de grupo de nuestra Facultad de Arquitectura a Los Roques que vale la pena reseñar. Lo sé con tanta exactitud porque entre las cartas que conservo de tiempos de mi noviazgo epistolar con la madre de mis primeros cuatro hijos, hay una que describe los pormenores de esta experiencia. Y digo que vale la pena reseñar el viaje porque se hizo en un barco de la marina venezolana que había sido el yate privado del Dictador Marcos Pérez Jiménez, un detalle que no es tan detalle y que muestra las muy positivas relaciones que en esos años existían entre la Universidad Central y las Instituciones del Estado venezolano, (hoy la revolución asfixia a las Universidades) aparte de ser una muestra de las facilidades que se ponían al alcance de la docencia universitaria. Que también era propia, es justo decirlo, de tiempos de la Dictadura cuando, pese a todas las restricciones que podían esperarse desde el punto de vista político, estaban a disposición de la docencia equipos de ultima generación. Así ocurrió con el levantamiento topográfico del pueblo del Gran Roque que mencioné la semana pasada. Y sabíamos que había ocurrido antes, por ejemplo cuando Charles Ventrillon nuestro profesor de Dibujo tuvo a su disposición equipos de cine y grabación de última generación para realizar con los estudiantes de uno de los primeros cursos de la Facultad un documental sobre los Diablos de Yare, o cuando Abel Valmitjana organizó una excelente exposición sobre Leonardo da Vinci a la cual me he referido varias veces. Inercia positiva que continuó ya caida la Dictadura, un ejemplo de lo cual fue la creación de la Imprenta Universitaria, dotada de los más actualizados equipos, o la excelente dotación del nuevo edificio de la Facultad de Odontología.

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El viaje tuvo relación con el entusiasmo por el lugar que he mencionado ya, aparte de la preocupación por los contenidos sociales del ejercicio de la Arquitectura a los cuales tanta importancia se les asignaba en esos tiempos venezolanos. Participamos estudiantes y profesores del Taller Galia, donde cursaba mi último año (se estudiaba aún con ciclos de un año) y se trataba de hacer propuestas para una Ciudad Vacacional. Los cursos estaban organizados en grupos en los cuales los estudiantes más avanzados actuaban como preparadores de los cursos inferiores, así que me correspondió viajar pese a que mi trabajo de fin de carrera versaba sobre un tema diferente.

Sabíamos que el famoso yate de Pérez Jiménez había sido puesto a disposición de la Universidad en alguna otra oportunidad por lo cual se hicieron las gestiones con las Fuerzas Navales hasta que nos encontramos el día Jueves 7 de Abril en la mañana embarcándonos en él, llegando a Los Roques en torno a las cinco de la tarde. Viajó mucha gente, 46 personas, porque además de los estudiantes iban diversos tipos de acompañantes (novios y novias, madres y padres), además de los profesores y sus familias, lo cual, siguiendo lo consignado en la carta, daba la impresión de que el grupo estuviera haciendo “un viaje turístico en lugar de un viaje de estudios”. Así son y han sido siempre las cosas entre nosotros.

Había en todos la natural curiosidad por esa embarcación sobre la cual en la prensa habían aparecido diversas cosas, unas reales y otras inventadas. Pero la verdad era que su apariencia era más bien modesta. Se trataba básicamente de un pequeño barco de transporte que había sido remodelado. Tenía varios camarotes con baño privado y aire acondicionado (que en el viaje fueron ocupados por las mujeres, los hombres dormíamos en colchonetas en diversos puntos del barco), con acabados y detalles más bien utilitarios sin lujo alguno. El camarote principal, el Presidencial, permaneció cerrado y no se nos permitió conocerlo, y aparte de una piscina bastante pequeñita (¿4 x 4 metros?) que estaba tapada y sin agua, todo lo demás parecía bastante normal, utilitario, incluyendo un comedor grande sin ninguna clase de estridencias. Y como único detalle que recordaba las andanzas del Dictador, estaba fijo en cubierta, semiabandonado, uno de esos trineos submarinos abiertos autopropulsados, para dos personas, porque Pérez Jiménez era aficionado a la exploración submarina.

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Como todo lo de este viaje se ha evaporado en mi memoria ha sido con la ayuda de la carta como he podido repasar lo que ocurrió. He escrito ya que localizar a Mercedes Mata para saludarla era siempre lo primero que hacía en cada visita a Los Roques y así fue esta vez. La carta ha hecho que regresen a mi memoria algunos nombres que han disparado asociaciones e iluminan parcialmente el sentido de algunos de los trayectos emocionales recorridos desde aquellos años. Y por eso los cito, pensando que los niños serán casi viejos y los que eran mayores acaso seguirán con vida.

Cito primero el de Adelaído, un niño que nos había acompañado durante nuestro viaje de casi tres años atrás y que mi hermano Jesús me recordaba ocasionalmente por la gracia que le hacía su nombre. Lo busqué enterándome a través de sus hermanos menores, Luis y Neri, que había sido enviado a La Guaira a seguir sus estudios. Su madre, Magdalena, con Gregorio de apenas dos meses de edad en brazos y seis más incluyendo a Adelaído, nos recordaba de cuando la visita anterior. Y su vecina, Carmen Velásquez, nos decía que desde la caída de la Dictadura les traían agua con menor frecuencia. Estaba embarazada y hacía cuatro meses que se le había muerto su último hijo de gastroenteritis.

Después de nuestros recorridos Hernán Dupouy (compañero de estudios fallecido hace ya muchos años) propuso organizar la tarde del Domingo 10 una piñata como despedida, para lo cual utilizamos la sede del Club del Pueblo, Club Social Unión, en la plaza, que ya he mencionado que servía además de Gallera. La animó el Sr. Marín, quien aparentemente fungía de animador del pueblo desde su papel de directivo del Club todos los domingos, usando un altoparlante que esta vez sirvió para convocar especialmente a los niños. Y a la plaza parece ser que acudieron, según mi reporte, más de cincuenta. La piñata la improvisaron Hernán y otros más con una caja de cartón adornada con “papeles de colores, llena de caramelos, chicles, lápices, vasitos de plástico” chucherías compradas en las bodeguitas del pueblo, aparte de algunos para los adultos que se entregaron al final. Alegría total fue lo de esa tarde, así lo relaté en la carta, música con concurso de baile para los niños, que contagió a los adultos y a una buena parte de nuestro grupo a echar un pie. El DJ, como se diría hoy, fue el Sr. Marín, quien terminó la fiesta con palabras especiales que insistían en que siempre se recordaría a los estudiantes de Arquitectura

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El regreso en el famoso yate fue agitado. Todo el mundo mareado y hasta yo, que me vanagloriaba de aptitudes marinas, me sentí mal. Y aparte de esa etapa del viaje, de la cual me ha quedado la imagen de las olas de un mar difícil golpeando contra los bordes de la proa de este barco cuya fama era que navegaba muy mal, vistas desde la cubierta superior donde me agazapé para combatir el malestar, nada me ha quedado en el recuerdo de lo que ocurrió con la Ciudad Vacacional, y no hay carta que lo consigne, tal vez alguno de los estudiantes de entonces podría decirlo. Pero yo tenía interés sólo en terminar el último trabajo de carrera y seguir con mis planes, que incluían ya matrimonio, algo demasiado importante como para quitarlo de la vista y de las preocupaciones.

En lo que sí participé fue en un esquicio (palabra que viene del francés esquisse y se refiere a la tradición Beaux Arts de hacer un trabajo de diseño que dura sólo un día, modalidad que se practicó en nuestra Facultad hasta esos primeros años sesenta), cuyo tema era el Club de Los Roques y ha resultado ser el único trabajo que conservo de mis tiempos de estudiante. Fue calificado A+ por Galia, nuestro profesor Jefe de Taller, y tal vez por eso y por su pequeño tamaño (cinco hojitas doble carta) lo he conservado. Aquí lo muestro.

Portada

Portada

Perspectiva

Perspectiva

Planta. El concreto coralino de los muros es el cirial que ya he mencionado

Planta. El concreto coralino de los muros es el cirial que ya he mencionado

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Son dibujos en copias heliográficas quemadas retocadas con lápiz Prismacolor

Son dibujos en copias heliográficas quemadas retocadas con lápiz Prismacolor

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¿Qué queda en cada uno de experiencias como esta, signadas por una especie de profundo deseo, juvenil e ingenuo sin duda, de solidaridad? ¿Qué me dicen hoy, cuando escribo apoyado en unos nombres y acontecimientos modestos, personales, que emergen de una vieja carta?

Creo que una primera cosa, la más importante quizá, es que la solidaridad es característica de la juventud. Cuando se tienen pocos años pareciera que no se concibe el mundo sin una sensación de estar compartiendo con el otro. Y sólo son los atavismos heredados, los prejuicios fabricados por sectores sociales, por grupos de interés, por distorsiones del sentimiento religioso, por las perversiones de la ideología política, por la indiferencia arraigada en el egoísmo, lo que borra del entendimiento juvenil esa necesidad de andar juntos. Es cierto que decirlo así parece un lugar común, pero si hemos tenido la fortuna de ser padres o la experiencia de ejercer de alguna manera imperfecta la docencia, se revela como un fragmento de verdad.

Y lo segundo e igualmente importante va hacia la arquitectura y sus circunstancias. Apunta a la vez hacia lo más y lo menos interesante de ser arquitecto en un país como el nuestro. Del lado positivo está la capacidad que nuestra formación y nuestro entrenamiento nos da para descubrir por encima de lo inmediato las posibilidades para convertirse en parte de nuestro mejor patrimonio cultural de los múltiples lugares urbanos o en proceso de serlo que han tomado forma en nuestro territorio en tiempos recientes o fruto de una historia que también es reciente. Y que precisamente por su relativa novedad están por decirlo así, vírgenes, intocados, abiertos y desprejuiciados, todo un panorama que excita con muy pocas restricciones nuestra capacidad de imaginar. Y del lado negativo comprobar que esa capacidad de imaginar se enfrenta en una lucha siempre ardua con nuestras carencias como sociedad, con nuestras inadecuaciones políticas y económicas, con una funesta incapacidad de perseverar que devalúa toda propuesta, que oscurece todo sueño. Nuestras expectativas de arquitectos que buscan comprometerse con la fisonomía futura de nuestro patrimonio, se enfrentan regularmente, descarnadamente, agresivamente, con la falta de condiciones para asumir compromisos a largo plazo que tiene una sociedad asediada por las contradicciones. Convivir con estos dos polos que pareciera ser que se anulan mutuamente, es parte de la tarea de ser arquitecto en una realidad como la venezolana.

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Y debo culminar diciendo que tristemente, casi llega a ser frustración, hay que decir que muy pocas cosas han cambiado respecto a las contradicciones e incapacidades de la dirigencia política, económica y social desde los tiempos de la piñata hasta el día de hoy, hace algo más de cincuenta y seis años.

Sabemos por ejemplo que el pueblito ha perdido en gran medida su encanto, sucumbiendo a la improvisación y a una explotación del turismo desatenta del un compromiso serio y sostenido con el lugar. Sabemos también fragmentariamente algunas otras cosas igual de decepcionantes en relación a las fuentes de energía o al suministro de agua potable que tal vez logre aclarar si supero el rechazo (y me sobra algún dinero para hacer el viaje) que me produce ponerme la ropa de turista dominguero roqueño por 48 horas. Los Roques, siendo la joya natural que es, permanece como lugar disponible sólo para privilegiados que en cierto modo lo ignoran.

¿Y me pregunta usted por la revolución? Allí está, aferrada al Poder en medio de la catástrofe.

 

(Hacer los comentarios a través de la dirección otenreiroblog@gmail.com)

 

 

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