CONFECCIONES (22)

Oscar Tenreiro

Este reciente recorrido por el pasado personal, apoyando mis recuerdos espontáneos con los más precisos proporcionados por cartas que conservaba y nunca había releído, ha tenido la particular virtud de permitirme reproducir lo que pudiera llamar el escenario emocional de mi tránsito entre la adolescencia y la adultez. Pedazo de vida que me lleva directamente hacia un aspecto de la realidad venezolana que ha tenido un peso fundamental en nosotros los de aquí, por acción u omisión, durante el último medio siglo. Me refiero a la lucha de la sociedad venezolana por encontrar un camino institucional estable, en definitiva el afianzamiento pleno de una democracia cuya legitimidad sea compartida por todos los sectores sociales. Es de la escena política de lo que estoy hablando.

Y no cabe duda que en una sociedad como la nuestra, en virtud de las especificidades que agigantan la presencia del Estado en todos los rincones, la política domina el panorama; si hacemos comparaciones, es evidente que se impone en el intercambio social de modo desproporcionado.

Lo puedo decir con mucha propiedad, como lo podría decir cualquier venezolano, si simplemente me remonto a las conversaciones de los adultos, sonido de fondo a lo largo de mi infancia, en las cuales retumbaba siempre la referencia al gobierno como un motivo recurrente, referencia asociada a las anécdotas, a los chismes, al recuerdo adornado de las disidencias, a los rumores de desavenencias militares, a las últimas votaciones si las había, a la reputación de tal o cual líder. Ese murmullo, a veces tan fuerte que se imponía sobre todo lo demás en tiempos de revolución (porque los venezolanos hemos vivido entre revoluciones) caracterizó mi vida durante tiempos iniciales pero nunca cesó de estar allí a lo largo de todos los años que siguieron, circunstancia que he compartido con mi generación.

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Esa es una de las más importantes diferencias entre un país que camina con dificultad hacia la consolidación de sus instituciones y otro que dejó atrás ese tránsito hasta hacerlo historia. En estos últimos, olvidando el afán guerrerista afincado en los nacionalismos que hasta el siglo pasado estuvo activo, si bien las crisis ocasionales, los eventos derivados de coyunturas, de controversias, (el reciente Brexit, el soberanismo catalán, el temor al terrorismo, la crisis de los refugiados, las luchas por y contra las reformas, el racismo), activan la vena política, la vida social se orienta hacia lo que cada quien hace, a la realización de los talentos y las llamadas individuales, hacia el trabajo diario y sus resultados. Resumiendo, la vida social gira, lo he recordado otras veces apoyándome en Rafael López Pedraza (1920-2011), en el instinto de hacer y sus consecuencias.

Porque la necesidad de hacer es fundamental en el ser humano, y resulta frustrante y en cierto modo ha sido la peor característica de sociedades como la nuestra, que lo que haya ocupado de modo avasallante nuestras vidas haya sido la actividad política, o más aún en muchos casos, el activismo político, que es un sustituto del hacer con la palabra, un hablar de hacer que no hace nada sino se supone crea las condiciones para que se haga algo.

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Y cuando me refería a la relectura de cartas y recuerdos sobre lo ya vivido, se me revela la enorme importancia de otro factor que se agrega pesadamente a la predominancia de la política como obstáculo al hacer: la constante presión de los reformadores radicales que actúan como una especie de barrera que quiere frenar todas las opciones para imponer la propia, la máxima verdad ya no sólo política sino universal: la de los revolucionarios, la del supuesto hombre nuevo (frase de eterno retorno), la del ejército de los buenos. La de los liquidacionistas, calificativo feliz usado por Felipe González para referirse a los sectores poíticos que hoy pretenden erigirse en Europa como fundamentalistas de un renacer que no es sino la misma letanía fundamentalista de derechas o de izquierdas adornada con otras palabras.

El discurso revolucionario explícito o implícito se apoya en sus medias verdades para prescindir del fluir democrático que transforma las oposiciones en compromisos. Se hace catecismo, evangelio, norma superior, que actúa como constante Espada de Damocles amenazante que desde hace tres cuartos de siglo gravita sobre la búsqueda democrática venezolana al igual que la de toda Latinoamérica. Porque Latinoamérica ha demostrado ser par excellence, el territorio mejor abonado para el discurso, para la articulación de las monsergas ideológicas, gracias a razones antropológicas, sociológicas, culturales o lo que sea, demostradas y sustentadas por el trayecto político recorrido por el continente desde comienzos del siglo 19, cuando supuestamente nos emancipamos, hasta el día de hoy, apoyado por esa especie de culto a un moralismo social tan solemne como vacío. El mismo que deja espacio para que un anciano dictador, tirano más tirano que todos los tiranos vivos, Fidel Castro, escupa ideología desde su cama de hospital ante la boba admiración de unos supuestos líderes latinoamericanos que se garantizan así el perdón ideológico de los revolucionarios.

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En nuestra adolescencia, recién recuperado en Venezuela el ejercicio democrático, vivimos en carne propia la amenaza estridente de esa Espada de Damocles. Venidos de un simple vivir según una enseñanza modelada por el mundo familiar sin conexión alguna con un activismo político de vanguardias, joven con sueños juveniles, nos sentimos impulsados, por razones que nunca podré explicar bien, a hacerle frente a las pretensiones hegemónicas del bando revolucionario recién alimentado por el furor universal despertado por la revolución cubana. Fue una lucha difícil, desigual, de adolescentes desprovistos tal como yo lo estaba, ante una especie de maraña de grupos, grupúsculos, las llamadas células, dirigidas o asociadas a personalidades ya maduras detentadoras de la verdad que ejercían apoyados por las superestructuras universales del marxismo-leninismo, en aquella época potentes, dominadoras, filtradas a través de todas las grietas. Las cartas a las que he aludido me recuerdan cuan intenso fue ese forcejeo, cuan desigual, cuan descarnado y también cuan ejercido con coacción, cuan estructurado a partir de la idea de la violencia necesaria, de la lucha cruenta que habría de conducir en los años siguientes venezolanos a dramas que esperan aún por ser reseñados, perdidos como están en la vena olvidadiza de una sociedad frágil y por ello mismo carente de memoria.

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En una situación como la que he descrito era lógico que no sólo en mi caso sino en el de muchos más, la arquitectura o cualquier otra actividad y el hacer vinculado a ellas fuese en cierto modo dejado en segundo plano, como a la espera de que las aguas regresaran a cauces más favorables. Y así fue una vez superados los momentos más duros de la controversia, aquellos en los cuales parecía inminente que los sectores revolucionarios asaltaran el Poder.

El tiempo pasó y la marcha general de las cosas se orientó hacia una vida más plena menos cargada por expectativas colectivas negadoras de la perspectiva personal. Y lo que parecía impensable en medio de los enfrentamientos también pasó: los más activos personeros del rupturismo se fueron incorporando al establishment político o académico hasta hacerse figuras de consenso. Los liquidacionistas se hicieron en definitiva más humanos, aceptaron ser lo que somos todos, parte de una sociedad que pugna por superarse sin pretender aplastar definitivamente al distinto, y en algunos casos dejaron atrás la rebeldía siempre necesaria hasta apaciguarse demasiado. Algunos hasta se hicieron vacas sagradas que repiten un discurso monótono e inocuo.

Una transformación que subraya dramáticamente cuanto de inútil hubo en aquel forcejeo que en sus etapas peores provocó pérdidas humanas innecesarias, destrucciones absurdas, desencuentros artificiales, tristes vestigios del afán de imponer la máxima verdad y sus instrumentos.

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Pero el daño estaba hecho. Los términos de la tensión política marcados por la amenaza subversiva revolucionaria influyeron decisivamente en la caída del crecimiento económico que continuó atado a la dependencia del rentismo petrolero. Y la necesidad real o ficticia de responder a la inundación de ideología venida desde los sectores marxistas, favoreció una contra-ideologización que fue el mejor caldo de cultivo de una especie de populismo de izquierdas que desde ese momento en lo sucesivo marcó fuertemente la acción del Estado. Lo he discutido en escritos anteriores en lo que se refiere a la arquitectura y la ciudad, porque esa visión populista que se generalizó en la actuación de todos los sectores políticos influyó en el rechazo ideológico de muchas de las buenas experiencias de tiempos de la dictadura y contribuyó al progresivo decaímiento de las exigencias de calidad en la arquitectura institucional pública promoviendo además una centralización burocrática que cerró puertas a la participación de los arquitectos o se hizo estrictamente clientelar. En resumen, el hacer arquitectónico fue drásticamente disminuido tal como ocurrió con todos los otros aspectos de la realidad social y cultural venezolana, una situación que se iría a revertir lentamente hasta que a partir de comienzos de los años setenta se acercó a la normalidad. Alterada de nuevo, no ya por las arremetidas de la subversión revolucionaria sino por la explosión populista alimentada por el inesperado boom petrolero de la segunda parte de la década de los setenta que desencadenó una euforia de gasto público irresponsable durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, y abrió las puertas a la corrupción de un modo que sería emulado y superado ampliamente durante la última revolución.

Y si bien es verdad que el populismo se afirmó y prosperó desde ese momento en adelante con títulos propios y fuera de la influencia ideológica directa del marxismo radical, las distorsiones que promovió en la acción pública fueron un factor decisivo en el deterioro del juego democrático venezolano. Y así puede decirse que es el credo populista y su erosión institucional el que sentó las bases iniciales de lo que se ha llamado el chavismo. Es la inercia populista, la demagogia exacerbada, la manipulación del fervor popular, el combustible que alimentó la deriva hacia la ideología marxista de la caricatura llamada revolución bolivariana.

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El resumen de todo lo dicho señala como las principales razones para la dramática situación que vive actualmente Venezuela a dos factores principales que funcionan como polos: por una parte la amenaza revolucionaria, inicialmente como subversión y en los tiempos actuales como liquidacionismo de lo que la democracia imperfecta fue logrando, también adornado como revolución. Y por la otra el populismo de izquierdas como fundamento ideológico nacido como reacción frente a la ideología revolucionaria y mantenido como coartada para justificar la errática gestión de la economía y el fomento del paternalismo de Estado por los partidos que ocuparon el poder alternativamente antes de 1998. Dos factores que han actuado como enemigos de la continuidad, de la estabilidad, de la necesaria confluencia de esfuerzos sostenibles (palabra de moda que en este caso ayuda) para que una sociedad como la nuestra avance.

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Este recorrido que hago motivado por el simple ejercicio de observar mi tránsito desde edades tempranas hasta un momento, el de hoy, me descubre las razones de fondo de las grandes dificultades para hacer fructífero hasta mostrar logros precisos, el esfuerzo que ha orientado mi vida de arquitecto hacia lo institucional público, por inclinación personal por una parte y porque el espacio de lo privado  se me hizo esquivo. Y pienso hoy que la principal de ellas, la determinante, en cierto modo la que se impone sobre todas las demás, es la presencia constante en la realidad venezolana de los dos polos que he descrito. Que han impedido de manera sistemática, vuelvo de nuevo a lo ya dicho, un hacer arquitectónico (en general y muy específicamente en el sector público) actualizado, acorde con los niveles de otras sociedades como la nuestra menos afectadas por nuestras taras político-económicas, libre en el sentido de sus exigencias internas para el desarrollo de un lenguaje, de una gramática culturalmente significativa, con influencia en la construcción de la ciudad y en la corrección de sus deformaciones. Impedimento que ha afectado fuertemente tanto a mi generación como a la de los que nos siguen y aún a la de los que vinieron después. Han impedido el prosperar de una arquitectura de aquí.

Mucho se ha hablado de este problema, generalmente ante audiencias restringidas, sin consecuencias, sobre todo cuando se repite la frase de que en Venezuela los buenos arquitectos construyen muy poco, o no lo hacen, frase que debería despertar conciencias, que debería suscitar esfuerzos por parte de los mismos arquitectos, pero que en definitiva ha quedado sin repercusión. Y el resultado es particularmente alarmante, bastando para ello darse cuenta de que en el último medio siglo es difícil enumerar una docena de obras de arquitectura venezolanas con vocación patrimonial. Y lo peor: en los últimos diecisiete años en los cuales hemos nadado en dólares petroleros, mientras en el mundo en general se han construido centenares de edificios dignos y de especial interés, en Venezuela apenas podríamos llegar a cuatro o cinco; y lo que es infinitamente peor: casi todos castigados ya por el deterioro y el abandono.

(Hacer los comentarios a través de la dirección otenreiroblog@gmail.com)

 

 

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