INTERREGNO

Oscar Tenreiro

Desde hace varias semanas me vengo preguntando sobre mi permanencia en este espacio electrónico. Quienes lo siguen se habrán dado cuenta de mis dudas porque mis intervenciones se han hecho irregulares.

Y es que el impulso que me llevó a iniciarlo, vinculado estrechamente a mis colaboraciones semanales iniciadas hace casi diez años en el diario venezolano TalCual, nacido como una voz disidente ante la locura que comenzó a apoderarse políticamente de Venezuela desde 1998, ha venido haciéndose cada vez menos intenso, por razones también estrechamente vinculadas con esa misma locura. Por una parte el asedio del Régimen obligó a TalCual a reducirse y eliminar desde Junio de 2015 la sección donde escribía, con lo cual, pese a todo lo que se dice de las redes sociales y lo poblado de lectores que está el espacio electrónico, me impactó como una especie de erosión: me pareció (será porque me hice persona mientras existían los periódicos impresos) que se estrechaba el ámbito para el cual escribía. Pero de todos modos seguí haciéndolo con el mismo entusiasmo y así he continuado hasta que fueron acorralándome las dudas acerca de las que escribo ahora.

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Ese deseo de revisión tiene sin duda relación con que Venezuela se ha convertido en un país detenido en el cual la supervivencia de cada quien es la máxima prioridad. Una camarilla de canallas, muchos de ellos delincuentes, patéticos ejemplos del hombre nuevo prometido por la revolución bolivariana, herederos de un largo proceso de perversión de las instituciones que les ha permitido controlar el Poder y obstaculizar la expresión de la voluntad popular, apoyados por una red de represión intimidatoria extendida por todos los niveles de lo público, tanto los tradicionales como los creados a instancias de la burocracia represiva cubana que lo ha penetrado todo, se niega a reconocer la realidad e insiste en cerrarle el paso a todo intento de restitución de los derechos democráticos.  Y sirve de marco protector de un saqueo de los dineros públicos de una magnitud abrumadora: la corrupción es su norma moral.

Y sostienen una política económica tan absurda como los argumentos puramente ideológicos que la justifican, razón fundamental de un proceso general de empobrecimiento de magnitudes pavorosas, inédito en la historia nacional y en el ámbito universal, el cual a pesar de que las grandes mayorías venezolanas en elecciones recientes se pronunciaron claramente por un cambio político, no se detiene o cambia de rumbo porque un control institucional abiertamente dictatorial lo permite, control cuyo objetivo evidente es preservar el dominio del Poder para evitar que la camarilla comparezca ante una justicia libre. Asociado a un adoctrinamiento intenso y persistente ejercido en todos los niveles y escenarios a lo largo de más de una década.

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Y es precisamente eso, convertir al Poder en una tabla de salvación para unos pocos por encima de cualquier proyecto colectivo, desmintiendo todas las protestas de redención de los humildes que se enarbolaron como coartada en los años iniciales, lo que revela la bajeza moral del Régimen. Su abuso de la palabra revolución, utilizada sólo para embaucar o justificarse hasta impulsar la catástrofe que es el ahogamiento de la democracia en una sociedad que ha luchado a lo largo de su historia para ganarla y preservarla. Catástrofe que mucha gente en el mundo ya reconoce, pese a lo doloroso que resulta la prudencia de la dirigencia democrática de nuestro continente frente a lo que está ocurriendo aquí, frente a esta tragedia de la lógica, del entendimiento, de la honestidad, de la ética y su prolongación en los fundamentos del Estado de Derecho. Doloroso e injustificable. Imposible aceptarlo aunque entendamos que es así como funciona la solidaridad diplomática, tan cautelosamente que en definitiva la ruindad se sale con la suya.

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La parálisis del país es análoga a la que se sufriría en los centros urbanos de retaguardia, como efecto de una guerra. Podría pensarse que estoy exagerando porque en los medios de comunicación los presupuestos de publicidad siguen tratando de que el escaso poder de consumo se oriente hacia quien paga la pauta, pero habría que recordar que en los momentos más álgidos de la Segunda Guerra Mundial, en Berlín o Nueva York seguían funcionando los restaurantes costosos y se bailaba hasta altas horas de la noche; o en Damasco, hoy, se sirven platos de alta cocina y la gente circula con normalidad mientras miles de refugiados, sus compatriotas, sufren tratando de ser aceptados por países enredados en prejuicios racistas. Contraste que hacía notar en estos días el periodista norteamericano Declan Walsh, en un reportaje para el New York Times.

Hasta da risa por lo absurdo ver, como recientemente en las trasmisiones deportivas internacionales, que la publicidad específica para Venezuela era la de una marca de relojes carísimos y la de un banco respaldado por una cancioncita sentimental y cursi que muestra caras felices manipulando dinero. Tan absurdo y falso como la andanada de declaraciones cínicas que se vienen haciendo desde la llamada Conferencia de los No Alineados que se desarrolla actualmente en nuestra Isla de Margarita, cónclave de regímenes dictatoriales o autoritarios (allí está nada menos que Corea del Norte, amenazando) que incluye representaciones diplomáticas de algunos países democráticos que con su presencia allí revelan su inconsistencia política, su incoherencia ideológica.

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Todo lo que vengo diciendo habla de la desaparición (que sabemos coyuntural pero que dura ya años) de las referencias que nos han identificado a lo largo de la vida con la sociedad donde nacimos y nos hicimos personas. Desaparición que no ha sido a causa del cambio normal de las cosas con el paso del tiempo, sino por la interferencia interesada de fuerzas surgidas del abuso y la violencia política. Esa es la cara más negativa, la verdaderamente lamentable de procesos como el que ha vivido Venezuela y que tristemente han sido comunes en la historia de América Latina. Si esa especie de borrón incluye el marco afectivo que nos esforzamos en construir durante años, destruyendo amistades, seduciendo a quienes creíamos fuertes, desorientando a los más centrados, separando familias, invitando a la huida, ya no es sólo algo de lamentar, sino que se somete a prueba nuestro equilibrio psíquico. Y en edades como la mía, cuando uno se sabe cerca del retiro definitivo, te invita a preguntarte hacia donde orientar los esfuerzos. De una pregunta análoga pero no tan marcada por la idea de que el tiempo se agota surgió la decisión de comenzar a escribir en TalCual y darle forma a este Blog algunos años después. Y me entregué a la tarea de vincular las preguntas universales respecto a la arquitectura, a edificios específicos y los arquitectos que nos han interesado, a la historia, a las principales dimensiones de nuestra disciplina, siempre a través del sesgo local, filtradas con nuestra circunstancia. También he hecho lo posible por contribuir a que pensemos críticamente los acontecimientos venezolanos, lo cual hoy se ha extendido fuertemente revelando la importancia del malestar colectivo con el Régimen. Artículos, ensayos, libros se publican dando cuenta de toda la amplitud del desastre, ante lo cual parece que no es necesario agregar otra voz, sumar otros enfoques: la llamada a dar testimonio que me impulsó al comienzo de mis esfuerzos se ha modificado, tiene otro carácter.

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Todo el panorama actual, en definitiva, me agudiza el deseo persistente de pensar hacia adentro. Me lleva a preguntarme donde debo seguir escribiendo. No sobre si debo o no hacerlo, sino donde.

Y he decidido hacerlo para mí, para consumo personal. Entro en otra etapa en la cual necesito moverme de otra manera.

Me atrae, y casi me parece urgente, recorrer en plan memorioso mi pasado, tal como lo he hecho fragmentariamente en las Confecciones de las últimas semanas. Se trata de un acercamiento a lo íntimo, espacio que es una dimensión algo extraña a lo que ha sido este Blog desde su comienzo (lo habrán percibido así, me imagino, los lectores) y que por eso mismo me propone otro ámbito, un medio distinto para comunicarme.

El instrumento no será una escritura atada a la comparecencia semanal y la actualidad. Debo escribir sin finalidades inmediatas.

No clausuro el blog, de cuando en cuando regresaré.

 

(Hacer los comentarios a través de la dirección otenreiroblog@gmail.com)

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