EN ADVIENTO, DEJARSE LLEVAR

Oscar Tenreiro

Semanas atrás, junto al mar, iban y venían cerca de nosotros esos pajaritos negros típicos de nuestra costa que llamamos tordos o torditos. Se posaban en la arena y saltaban buscando las migajas dejadas por quienes nos protegíamos del sol bajo esos toldos para parejas o familias que se han generalizado en todas las playas. No tienen ningún atractivo, tal vez por su color y porque no cantan.

Viéndolos sin mirarlos me dejé llevar tiempo atrás, hacia los torditos que se movían entre las ramas de los almendrones y el suelo arenoso del patio trasero de la modesta casa de bloques de cemento y techo de asbesto construida por mi padre frente al mar de Ocumare de la Costa donde pasábamos las vacaciones.

Como la casa y los muros laterales actuaban de barrera para la brisa marina, a veces un poco fuerte, el calor allí era pesado. Poco se sentía el ruido de las olas, o apenas llegaba, así que reinaba un silencio sólo interrumpido por el gorjeo ocasional de los tordos y su deambular entre los dos o tres almendrones y un par de cocoteros que había hecho sembrar mi padre. El patio descendía desde la casa hacia el muro trasero y su portón, más allá del cual comenzaba El Playón, la llanura inundable (lo cual me consta porque la vi una vez desde la ventana del cuarto de mi padre convertida en laguna) que se extendía en dirección a las montañas, cruzado por la carretera, hecha sobre un terraplén. Era un espacio saneado en los años anteriores durante las campañas contra la malaria, el suelo hasta donde alcanzaba la vista en dirección a las montañas era de barro cuarteado por el sol, cubierto aquí y allá de verdolaga, planta rastrera típica de nuestras costas. Y como ya he dicho que la brisa marina apenas se sentía, me parecía que vivir allí con tanto calor y aridez tendría que ser muy incómodo, opinión que no impidió que en los años siguientes se fuese llenando de viviendas, algunas de las cuales se levantaban sobre columnas buscando la brisa. Pero en esos primeros tiempos cuando la casa nuestra estaba recién construida, la llanura se extendía desértica y pelada hasta más allá de la carretera, y debíamos cruzarla cuando queríamos ir hacia las zonas arboladas que comenzaban a subir hacia las montañas, con la idea de cazar alguna palomita de monte (que nunca apareció) utilizando nuestras chinas.

 

Y decía que en ese patio trasero de aquella casa que recuerdo encariñado pese a sus muchos defectos y carencias, reinaba el calor y un silencio apenas cruzado por el leve rumor de las olas…y la agitación de los torditos.

¿Eran acaso estos pajaritos negros que saltaban en la arena ahora, cincuenta años después, los mismos de entonces? Porque me pareció súbitamente que contemplaba unos seres vivos inmutables, en cierto modo eternos, mientras yo había envejecido, cambiado de apariencia, me había transformado en otro. Y si sabía (¡oh filosofía) que no eran los mismos, que no podían ser los mismos, era problemático para cualquiera, pensé, demostrarlo en términos precisos e irrefutables. Un tordito es igual a otro tordito, a otro y a otro… y si en un futuro lejano alguien tuviera a la mano los despojos de los de mi infancia junto a los que contemplaba, se requeriría de complicadas pruebas científicas demostrar que habían vivido con medio siglo de diferencia.

El dejarme llevar ponía pues ante mí inesperadamente, tal como a veces se nos presentan ciertas verdades, el tema de la inmutabilidad de lo natural frente a lo transitorio de la vida humana. Nuestra singularidad frente a lo que pudiéramos llamar anonimato. La ensoñación de ese instante me llevaba a pensar en el alma, en la necesidad de su trascendencia. Mi capacidad de pensar y ver más allá de lo aparente, de trasladarme a lo largo del tiempo vivido, el don de imaginar, de anticipar, de esperar con o sin paciencia, de ser lo que soy frente a lo que me rodea, contrastado con la estabilidad muda e inescrutable, cerrada sobre sí misma, irremediablemente.

Tordito

Tordito

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El nacionalismo, denunciado como fuente de muchos males entre los cuales terribles guerras globales, va recobrando fuerza. Se retoma el empeño en señalar las diferencias entre grupos humanos, culturas, naciones, tradiciones, para separar, para levantar barreras. Y en las que llamamos sociedades avanzadas florece la idea, cada vez con mayor audiencia, de cerrarse sobre sí mismas, dejando fuera, rechazándola incluso, toda idea de hermandad que pase por alto las diferencias físicas, que vaya más allá de lo conocido, familiar, lo compartido en lenguaje, hábitos, rutinas, sensibilidades, modos de ver las cosas, de entretenerse, coincidencias sobre gustos o inclinaciones. La solidaridad que echa raíces en territorios del alma, uno de los más importantes fundamentos de la Buena Nueva del cristianismo original, se ha reducido hoy en las sociedades que se presentan como herederas de esa tradición a reclamo publicitario a cargo de oenengés que tratan de llamar la atención sobre los terribles dramas desencadenados por hambrunas, tragedias naturales, la extrema pobreza, y sobre todo guerras fratricidas. Muchas de ellas, es lo paradójico, de origen religioso, porque viene prosperando en el entendimiento de millones de seres humanos el deseo de aniquilar al otro en nombre de Dios, del Dios mío diferente del tuyo, intolerante, atizador de odios.

La derrota, el aniquilamiento de los infieles se hace tarea, dándole la razón a quien piensa, como lo pensaba por ejemplo José Saramago, que las guerras, los odios entre quienes están llamados a reconocerse como hermanos, pueden atribuirse al efecto Dios, el impulso por imponer por la fuerza y hasta las últimas consecuencias una idea de Dios que excluye y agrede a quien no la comparte, buscando su aniquilación.

Arrastrados por esa marea donde confluyen razones políticas, estructuras ideológicas fundadas en la arrogancia, intimidados por las diferencias y con legítimo temor de las agresiones cada vez más arteras del terrorismo y la expansión armada del odio religioso, sectores que se autodenominan cristianos regresan a momentos históricos oscuros y dejan en segundo término el mandato de amar al prójimo como a ti mismo viéndolo como una claudicación inaceptable ante la agresión del extranjero. Enarbolan su idea del mensaje evangélico como si se tratase de un escudo protector que exime de todo esfuerzo por entender la complejidad humana, de situarse ante ella con la mirada comprensiva y receptora que se exalta, tal vez sin entender del todo las obligaciones que conlleva, en estos tiempos navideños. Sin darse cuenta que la Fe, cualquier tipo de Fe, invita a correr riesgos, entre ellos entender a quien te agrede.

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Recuerdo una conversación de hace más de veinte años con el Padre Anselmo José Cerró a quien he mencionado en estas cosas que escribo, con quien me unió la amistad y otras historias comunes, en la que me hizo notar que en el seno de la Iglesia clerical se hablaba mucho, ante la evidente pérdida de repercusión de los valores cristianos, sobre la necesidad de una nueva evangelización. De desplegar a lo largo y ancho de la llamada cristiandad universal un esfuerzo de renovación de las noticias (de la Buena Nueva) que para la humanidad derivan, surgen, germinan, desde el mensaje evangélico. Oí yo su reflexión sin elaborar nada, sin comentar, casi sin pensar, pero me sorprende extraordinariamente que sus palabras se me hayan quedado grabadas como si las hubiera pronunciado ayer.

Y lo digo así porque precisamente en estos tiempos navideños se hace agudo el contraste entre el discurso de Paz, Amor y Solidaridad que acompaña las celebraciones, con las realidades que nos circundan. Son evidentes las contradicciones entre el llamado tradicional hacia una elevación moral que en estas fechas se hace en todas las sociedades del planeta vinculadas a las tradiciones cristianas, y la cara visible, el cuadro completo, que esas sociedades ofrecen a cualquier observador formado en otras tradiciones como las que han conformado la historia asiática o la del oriente cercano, donde el Evangelio no logró expandirse, desde la cual se mira al occidente cristiano con recelo y donde aún existe la persecución religiosa.

Como la ejercida por el Califato Islámico, que agrupa y motiva la agresión armada y el fanatismo terrorista. Y suma voluntades para esa lucha entre gente joven que asume su entrega religiosa aceptando el terrorismo suicida como una forma suprema de martirio que abre las puertas del Paraíso eterno. En definitiva una cuestión de Fe. Fanática, pero Fe al fin que le da sentido a su sinsentido. Una situación que hace muy posible que el joven dispuesto a entregar su vida y llevarse con él la del enemigo, (joven que ha habitado o es ciudadano de la misma sociedad que aspira aniquilar, como ha ocurrido en muchos casos), se haya interesado en distintos momentos de su vida por observar las realidades que se ocultan detrás de la cara visible de las naciones que se autodenominan cristianas. Para situarse mejor ante ellas e identificar los rasgos que la hacen aborrecible y enemiga de su Dios

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Si ese observador buscara orientación en lo que se expresa de modo más inmediato, más superficialmente, a través de la red de información que los medios informáticos han extendido por todas partes, no podría sino asombrarse ante la profusión de mensajes contradictorios. Y estará obligado a hacer un esfuerzo intelectual para entender que en las sociedades modernas la evolución de los derechos democráticos hace de la algarabía de diversísimas voces, del entrecruce de puntos de vista que con frecuencia buscan anularse entre sí, algo parecido a un requisito, una condición necesaria para garantizar una libertad de expresión sin duda enraizada en la noción cristiana del valor esencial de la persona humana.

Pero si eso podría comprenderlo, mas difícil le resultaría, por ejemplo, justificar la enorme y avasalladora presencia, la más notoria en las redes de la información, de la industria del entretenimiento. Que reina en la sensibilidad de miles de millones de seres humanos, y se caracteriza en sus rasgos más aparentes por el culto a la vanidad, la búsqueda del éxito como aceptación mayoritaria, rasgos inducidos y estimulados por la codicia de los enormes capitales que le dan sustento, junto a la invitación constante, aparente o no, a crear paraísos artificiales con uso de sustancias cuyo tráfico se ha convertido en una de las actividades más importantes de la economía mundial. Y como escenario de fondo verá como se destaca la guerra publicitaria a favor de todas las posibilidades de consumir, de hacer que se multiplique el sacrosanto imperio de la transacción comercial. Guerra que ha hecho explosión gracias al artefacto que permite hacer del mensaje publicitario un asunto personal, el teléfono inteligente, segundo cerebro para miles de millones de seres humanos: los mensajes que llegan a través de él constituyen las nuevas escrituras, y Facebook parece el libro sagrado de los nuevos tiempos.

Nuestro observador muy probablemente, si es muy joven, si además desea ser fiel a sus convicciones, será poseído por el estupor, y si aspira a la pureza y la entrega total, si está formado con fidelidad a concepciones religiosas incompatibles con la confusión que observa sin poder discernir mejor, optará por un rechazo que puede fácilmente transformarse en indignación. ¿No es ese el trayecto que ha llevado a muchos jóvenes musulmanes hacia la radicalización criminal en nombre de una Fe que defiende?

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Poco ayudará a ese hipotético observador la rutina interpretativa o el pretendido desentrañamiento de los textos bíblicos mediante discursos repetitivos muchas veces abusivos y descaminados, propia del ámbito clerical. Cuya literalidad y excesiva certidumbre, cuya sorprendente pasividad frente a las contradicciones del medio en el cual prosperan, ajena a los misterios que todos deseamos desentrañar, se sobrecarga de deberes y correcciones, oscureciendo sus valores más permanentes. Y sobre todo muy alejada de la idea de hermandad y apertura hacia el distinto, uno de los aspectos esenciales de la Buena Nueva, que en sus orígenes, en medio de la enorme diversidad étnica del Imperio Romano, arraigó en las conciencias como una forma de entendimiento universal. Aspecto éste, el de acoger lo ajeno sin reservas en nombre del Amor Superior, que parecen haber olvidado los grupos religiosos que en todo el orbe de la llamada cristiandad, de esa que precisamente señalaba el Padre Anselmo como posible sujeto de una nueva evangelización, cultivan el discurso de la exclusión.

Son los mismos, con vestiduras de otros colores y argumentos adaptados a condiciones específicas, que apoyaron el desatino de entregarle la dirección de la más importante democracia del planeta a un ignorante que rebosa arrogancia. ¿Cómo justificarlo si no es en la confusión, en la incoherencia, en definitiva en la incapacidad de toda una sociedad para ser digna del papel que ocupa en el mundo? ¿No es esta una razón para calificar de hipocresía la audacia de algunos de sus dirigentes al llamarla cristiana?

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Pero se me ocurre ayudado por la libertad que me da el escribir desde una cierta intimidad, proponerle algo positivo, un modo de resolver sus dudas a ese hipotético observador, una respuesta a sus inquietudes, para acercarlo a la Paz que se recuerda en estos días. Y le propondría que más que poner atención al discurso clerical o a la reiteración a ratos obsesiva de la letra bíblica en el seno de las múltiples iglesias, explore ese río caudaloso que ha sido, a partir del nacimiento en Belén y motivado por lo que desde allí se difundió en el alma humana, el discurrir del pensamiento a lo largo de los siglos. El Pensamiento Humano, como decía Teilhard de Chardin, va a través de los tiempos en continua ascensión hacia la búsqueda de la Verdad. Es lo que en la Iglesia Católica se llama la Tradición, pero que desde una perspectiva personal  trato de llevarla más allá de los límites de la ortodoxia, hacia las múltiples direcciones del inmenso espacio cultural desplegado a partir de la nueva libertad entregada a la humanidad desde el momento en el que se habló de la Paz a los Hombres de Buena Voluntad.

En él están incluidas y a la mano de quien indaga, las respuestas a preguntas disparadas por la confusión actual. Dejó allí su huella la palabra, el Verbo, induciendo modos de actuar, impulsando un filosofar clarificador que va sumando aportes al mejor entendimiento. Allí están las enseñanzas dejadas por las luchas a veces crueles y ciegas producto del deseo de reformas, del empeño de la humanidad por liberarse de los persistentes yugos que conspiran contra la Paz. Incluso aquellas que terminaron en dolorosos cismas, como fuente inagotable de enseñanzas que pueden contribuir al señalamiento de lo esencial y permanente.

Descubrirá entre otras cosas, que es sólo en tiempos recientes cuando se entiende plenamente el sentido de la frase evangélica…a Dios lo que es de Dios, al César lo que es del César, raíz primera de uno de los más importantes logros de la democracia moderna: la separación entre Iglesia y Estado, el rechazo al Estado Confesional. Para ello fue necesario superar prejuicios, privilegios y tradiciones que durante siglos se erigieron en obstáculos que impedían señalar las distorsiones inducidas por la integración forzada entre lo institucional religioso y lo institucional público. Distorsiones que irremediablemente erosionan los derechos individuales y atentan contra lo que más recientemente se ha llamado la dignidad de la persona humana, por hacerla vulnerable a presiones surgidas desde las estructuras del poder político que tocan zonas profundas del alma. Como las que precisamente sufre nuestro observador, y millones como él, una de cuyas finalidades, en contextos como el de los conflictos actuales en el Medio Oriente, es transformarlo en arma de guerra. O afiliarlo al desatino terrorista.

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Juego con esa hipotética conversación a partir de mi experiencia personal.

Porque el ejercicio de hurgar en esa dirección, incluyendo no sólo lo que me dicen personas excepcionales, autores y artistas a través de lecturas u obras, sino la mucha más modesta pero significativa presencia de quienes me dieron vida y afecto y están en mi recuerdo ayudándome a conocer lo que soy, sumados a los interlocutores cómodos e incómodos que han poblado mi acontecer personal, me ha sido muy útil para encontrar respuesta, aún sólo parcial, a inquietudes personales que han puesto en duda seguridades de tiempos anteriores. Me ha ayudado dejarme llevar por la confianza en quienes me antecedieron, testimonios de una autoridad de la cual carezco para pasar por alto las dudas inspiradas en una búsqueda de razón en lo que la razón no abarca.

Búsqueda que me ha mostrado la importancia de lo que en todas las religiones se llama contemplación, práctica que se me hacía casi imposible de entender en los años juveniles, cuando oía decir que algunas de las más importantes órdenes religiosas de la antigüedad la adoptaba como asunto central. Cuando se es joven, en efecto, la actividad, la búsqueda intensa de la posibilidad de hacer, se nos presenta como lo más valioso e impostergable, y uno duda mucho en apreciar la intención de remontarse hacia niveles superiores del entendimiento desde la reflexión dirigida hacia sí mismo o la observación atenta a lo que ocurre alrededor. Desprecia o desdeña todo lo que implique dejar en segundo plano la actividad. La juventud nos invita a ser activistas de múltiples causas, arrastrándonos sin resistencia por los trajines desordenados y vanidosos propios de la civilización actual, alejada ya de modo radical, lo hemos dicho ya bastante, de sus raíces cristianas.

Y la mayor edad me permite entonces entregarme a momentos de contemplación, entendida ésta en su sentido más amplio, como práctica que no sólo surge de los límites de lo estrictamente religioso sino fundada en la capacidad de dejarse llevar por el pensamiento a partir de las lecturas que voy repasando y me entregan frases, reflexiones, me indican cosas que me permiten deambular por la memoria y estimular mi pensar, junto a la observación ocasional de los objetos con los cuales nos hemos rodeado, de arte algunos, otros simples señales de momentos vividos, que alguna mañana (porque es en las mañanas cuando contemplo) adquieren repentinamente la capacidad de decir un par de cosas. Incluyo los retratos de seres queridos, en pose frente al fotógrafo, con sus ojos fijos en el lente y desde allí a los nuestros, cuando los vemos, y a veces los veo. Y de vez en cuando, en momentos favorables, disfruto la conversación con quien ha sido mi compañera de vida pese a todo y por sobre todo. Son buenos esos momentos mañaneros, no muy largos, asediados sin embargo por el día a día que exige atención, cumpliendo el papel de un pecado original.

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Y como he tenido la fortuna de construir aquí muy cerca, con lentitud y una escasez que limitaba drásticamente los medios disponibles, una casa para mis hijos que se suma al conjunto donde me refugio, he podido también dejarme llevar por la arquitectura. Estoy tranquilo con el resultado pese a los muchos pequeños errores y omisiones, así que la modesta experiencia me ha proporcionado alegría con su luz, sus muros, texturas, colores, perspectivas. Como aún está deshabitada me traslado hasta ella y me instalo aquí o allá, observando y contemplando para apreciar lo que me ofrece. Placer del arquitecto el de estar en paz con lo construido, hasta cierto punto una forma de contemplación.

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Al escribir estas cosas me pregunto si le estoy dando la razón a William Niño Araque, de cuyo fallecimiento se cumplieron seis años este pasado 18 de Diciembre, cuando me llamaba predicador. Y al recordar a William lamento una vez más su ausencia porque a pesar de todas nuestras evidentes distancias podía encontrar en él una valiosa correspondencia que echo de menos, tal vez debida a su constante disposición de ir hacia adelante para embarcarse en nuevos proyectos, actitud con la que nos hacía olvidar un poco el drama político que hemos vivido. Y también porque asumía el ejercicio de la crítica de arquitectura con autonomía intelectual, sin esa gravedad afectada, de apariencia neutral pero en definitiva ajena a los intereses reales de la arquitectura y los arquitectos, que tanto ha marcado el discurso de quienes han ejercido la crítica y pretendido hacer la historia de la arquitectura entre nosotros. Aparte de su mayor virtud, la de mantenerse a distancia de los fantasmas ideológicos que tanto daño han hecho para la formación de un recuento crítico abierto y desprejuiciado de las luchas, logros y los fracasos de los arquitectos venezolanos.

Y cuando hablo de fantasmas ideológicos se coloca en primer plano el empobrecimiento cultural que hemos sufrido a lo largo de los últimos dieciocho años de manipulación y distorsión en nombre de la ideología, tiempo de radical estancamiento de nuestro debate cultural incluyendo el arquitectónico y sumándole un empobrecimiento real económico y social de dimensiones inusitadas, sin precedentes en la historia reciente.

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Concluyo pensando en la sorpresa de saber que lo que expreso en estas líneas debo agradecerlo a los torditos de esa mañana playera hace unos meses. Me hicieron pensar y me llevaron a encadenar, con una dificultad que en algunos momentos me paralizó, puntos de vista, inquietudes y motivos difíciles, algunos de los cuales sé bien que se alejan de los propósitos iniciales de este blog pero que tengo fuertes deseos de comunicar. Se me ocurre que esa dificultad que me llevó muchas veces a enfrentarme al espacio de escritura de modo tan infructuoso como frustrante, tal vez me ayude a definir el curso que deberá seguir mi presencia aquí. Esa es una de las cosas que espero del año que comienza hoy.

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