LOCURA

Oscar Tenreiro

En estos días, con la muerte del Gran Cubano, se multiplican los comentarios y pareciera que cada analista político lucha por situarse ante lo que fue este monstruo, supuestamente el último de los de su clase, soberano de tantas conciencias, personaje insustituible en cualquier relato sobre los acontecimientos del siglo anterior. Y me siento llamado a sumar mi testimonio a la catarata ya disparada porque soy uno más entre las decenas o centenas de millones para quienes el escenario político es como un telón de fondo que determina, que influye, que nos llama y nos pregunta, pero en el cual no somos actores, y tampoco analistas. Y hemos vivido en los remolinos de la estela que por el mundo dejó ese monstruo, o cualquier otro, sin el propósito de hacer profesión de la política, distantes del empeño de delimitar campos ideológicos, de moverse al abrigo de una secta, viviendo la vida para tratar de hacer, tropezándonos con los baches, obstáculos u oportunidades que hay en el camino común. Aspirantes a vivir de lo que queremos o sabemos hacer. Como cualquier persona.

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Y lo primero que debo decir es que cuando la política me tocó de modo directo en mis tiempos iniciales de estudiante universitario era yo un adolescente que lo ignoraba todo acerca de ese mundo de controversias. Mis padres me habían legado una especie de lealtad hacia valores que indudablemente se enraizaban en la visión cristiana, algo que puedo decir hoy pero de lo cual en aquellos tiempos, como es de suponer, no tenía conciencia alguna. Valores no distintos de los que llenaban el espacio anímico de mis amigos, de mis compañeros, de las familias cercanas o lejanas; porque aunque de ello no nos demos cuenta, nuestro vivir colectivo es un vivir cristiano en el sentido cultural y en ciertos casos en el más profundo. Si me decido a usar el antipático lenguaje sociológico, diría que yo era un miembro joven de una familia típica de la clase media provinciana (vivíamos en Maracay cuando esa ciudad era sólo un pueblo semidormido) que compartía visiones del mundo con muchos otros miembros de mi edad, de esa misma clase media. Y como nos habíamos mudado a Caracas cuando estaba en la mitad de mis estudios de escuela secundaria, ya habíamos pasado a ser capitalinos integrados al acontecer caraqueño de la clase media venezolana en esos años, 1953 y siguientes.

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Cuando entré a estudiar arquitectura, en 1955, empezó la política a asomar su cara: vivíamos una dictadura y ocurrían cosas que funcionaban como manchas en un panorama de aparente normalidad. Se filtró primero como una incomodidad, la sensación de no estar de acuerdo, primero muy sutilmente a través de alguna conversación, luego más intensamente. Creo que es un rasgo de carácter, eso de expresar el desacuerdo, heredado de mi madre, quien era crítica e irreductible a su manera sonriente (maneras que por cierto no tengo), que me llevó a apreciar que había algo podrido en mi dinamarca. Me llevaba a protestar los atropellos, a rechazar la arbitrariedad, a no aceptar la autoridad impuesta por la fuerza. Y me sumé sin pensarlo demasiado a una resistencia sin ideología, a una disidencia adolescente, casi ingenua, de la cual ya he dado cuenta en otros escritos. Que llamaría escuetamente moral porque nada tuvo que ver con la inundación de lemas marxistas-populistas que habría de venir en los tiempos inmediatos. Era en suma una apuesta juvenil a favor de una idea de democracia que se identificaba inconscientemente con búsquedas anteriores de nuestra historia venezolana (una historia de búsqueda de los derechos humanos), actitud que es familia lejana de la que hoy en día lleva a los jóvenes ucranianos a quererse europeos para separarse del ruso.

Nada tuve que ver pues con esa simpleza que corren por allí los marxistas arrepentidos según la cual es imposible ser joven sin ser marxista; o adulto sin rechazar ese pecado. No, no fue mi caso ni el de mucha gente que conozco y que podrían decirlo así como yo lo digo: me interesé por buscar la democracia desde un origen ético alejado de las convenciones ideológicas mayoritarias. Y no fui el único, éramos muchos los que transitábamos esa vía.

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En medio de las tantas incidencias que rodearían la experiencia venezolana antidictatorial, a partir de Enero del 58 cuando despegó de la Carlota el avión del Dictador, en las cuales nos vimos envueltos directa o indirectamente, empezó a verse con más claridad lo que iba pasando en Cuba.

Se sintonizaban por ejemplo las transmisiones de la Radio Rebelde que emitía desde la Sierra Maestra. Seguíamos las noticias del avance de la guerrilla que se nos aparecía como un indispensable ataque a las estructuras del Poder dictatorial cubano que asociábamos, llevados por una solidaridad juvenil que no hacía diferencias, con la resistencia venezolana que habíamos apoyado y en la cual habíamos participado levemente. En algún momento del primer trimestre de 1958 estuve en la campaña Un Millón de Bolívares para la Sierra Maestra vendiendo bonos de un bolívar, unos papelitos amarillos agrupados en una libreta de cien unidades, en el semáforo de Chacaíto en la Ave. Miranda, millón que se consiguió muy rápidamente. Y apoyaba sin reservas el deseo mayoritario de ver a Cuba libre de Batista a manos de los guerrilleros montañeses, tal como tanta gente en todo el mundo latinoamericano. Y hasta en el norteamericano como podía leerse en la entrevista que Herbert Mathews (la cual mencionó Simón Alberto Consalvi en un texto que ha circulado estos días por Internet) le hizo a Fidel Castro para el New York Times, publicada en El Nacional. Para muchísimos como yo no era el comunismo lo que acechaba desde la guerrilla de la Sierra, era una liberación, una lucha dura para abrir un país que veíamos como entrañable (¡así cambian los tiempos y los modos de ver!) hacia un horizonte de libertad. Algo que desde la perspectiva de hoy es imposible siquiera imaginarlo.

Y así fuimos viendo desde aquí, al compás de los muy variados y peculiares accidentes del proceso venezolano de renacimiento democrático, que en Cuba iba apagándose la resistencia del poder dictatorial ante la revuelta armada que avanzaba. Me impresionaban mucho en lo personal, lo encontraba terrible, difícil, injustamente cruel, lo de las ejecuciones a manos de la resistencia armada de supuestos colaboradores del Régimen de Batista cuyos cadáveres, según las noticias de nuestros diarios, eran dejados en las calles de La Habana o en algún carro abandonado llevando colgado al cuello el letrero de chivato; así como nos impresionarían negativamente hasta plantearnos preguntas sin respuesta las ejecuciones sumarias ocurridas en masa en los días posteriores al primero de Enero de 1959 (ejecuciones que por cierto, como Internet me ha permitido saber, incluyeron el apellido Tenreiro, que existe en Cuba y es del mismo origen que el mío).

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Empezó muy poco tiempo después del triunfo de la Revolución el desfile de venezolanos a Cuba, desfile que incluyó a unos cuantos conocidos que venían de allá inflamados de fervor por lo que consideraban una luminosa epopeya que por supuesto debía re-editarse aquí, dejando atrás los melindres democráticos. Peso muerto para ellos, movidos como estaban por el impulso de los conversos, pero no para quienes como yo, buena parte de mis compañeros y muchos más de los que cumplieron la tarea, generalmente testimonial y distante del activismo, de oponerse a la ventisca revolucionaria. Gentes, lo repito, no necesariamente alineadas con posiciones políticas excluyentes o sectarias pero genuinamente convencidas de la importancia de la apertura hacia la democracia que tantas generaciones nuestras han perseguido. Convicción que configuró un fundamento construido en ideas y acción, sobre todo en el mundo universitario, que serviría de obstáculo a las intenciones de llevar a la sociedad venezolana hacia una especie de repetición del salto al vacío que en ese momento ya se perfilaba como la definición de la Revolución Cubana.

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Y repentinamente me llegó el momento de ser yo el que desfilase. Había en La Habana, comenzando el primer día de Mayo de 1960, uno de esos encuentros de juventudes que se hicieron característicos de la propaganda soviética y se repetían en la nueva política cubana. Se disponía de un avión completo, un Superconstellation de la Línea Aeropostal Venezolana no sé pagado por quien, para los delegados venezolanos, mayoritariamente miembros de las juventudes comunistas o de partidos alineados con la Revolución (el MIR, sectores de la juventud adeca, miembros de la izquierda de URD). Me correspondía un lugar como ex-presidente del Centro de Estudiantes de Arquitectura, además del que tenía Rafael Iribarren, en ese momento el Presidente. También estaba Régulo Arias, de Copei (tempranamente fallecido). Éramos, me lo parece hoy, tres ovejas negras dentro de un grupo rojo-rojito.

Nos recibieron en el aeropuerto y nos llevaron a los alojamientos, que en el caso de los delegados de mayor rango era el Havana Hilton llamado ahora Habana Libre y en nuestro caso de estudiantes un edificio confiscado a algún batistero, recién terminado pero sin tabiquería, de modo de que cada planta funcionaba como un dormitorio común con sanitarios en los extremos. Y si mal no recuerdo llegamos el mismo día primero, a tiempo para trasladarnos hasta la Plaza de la Revolución donde se celebraría una concentración atenta al inevitable discurso kilométrico del Comandante Supremo que ya había inaugurado su ciclo vital de peroratas justificadoras de sí mismo y sus impulsos.

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Desde ese momento empezó a despertarse en mí un rechazo a todos los rituales revolucionarios y al naciente culto al Cubano Mayor. La escena de la Plaza de la Revolución esa tarde era impresionante. Desde las distintas calles y Avenidas que desembocan en ella venían en grupos no muy grandes los milicianos formados en hileras con pendones de distintos tamaños, cantando adelante cubano que Cuba premiará vuestro heroísmo…una y otra vez, una y otra vez… melodía que aún recuerdo, pegajosa e insistente, que oíamos claramente, aún en el caso de los grupos más lejanos que avanzaban hacia la Plaza, desde la tribuna principal donde fuimos acomodados apenas a unos cuantos metros de donde ya estaba instalado el Supremo Comandante y la plana mayor. Creo que si lo hubiera querido habría podido avanzar hasta el sitio donde hablaría el Gran Conductor y confundirme con él a la manera del Zelig de Woody Allen, posibilidad que recalcaba un desenfado respecto a la seguridad en esos tiempos tempranos que tenía mucho de atractivo, de especial en el sentido de lo inédito, de lo singular, aspectos que sedujeron a muchos europeos y norteamericanos en los años que iban a seguir.

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Se decía alrededor nuestro que en la enorme plaza había un millón de personas. Seguramente era verdad. No he vuelto a ver en mi vida otra congregación de personas de ese tamaño. Tomé unas fotos que se me han ido perdiendo dejándome un par que mostraré cuando la consiga entre mis desordenados archivos. Cuando en un momento dado el Supremo comenzó su discurso, me encontraba sumergido en cavilaciones mezcladas con el repaso visual de todo lo que nos rodeaba. Cavilaciones dirigidas hacia mí mismo, ya en ese momento tocado por un fervor religioso muy fuerte, nacido en los meses anteriores, en los años ya pasados en la vida universitaria y en la persecución de proyectos de vida afectivos, personales, íntimos podría decir, que me separaban radicalmente de lo que veía, me situaban en una especie de limbo que congelaba un poco mis pensamientos y que hoy trato de reconstruir. Todo aquello no era conmigo, no podía ser conmigo ni con las gentes de mi afecto que evocaba. Marcaba distancia, en cierto modo sentía, lo digo hoy tal vez haciendo un poco de literatura, que era un escenario de locura del cual no podría surgir sino locura.

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Lo que quería hacer a lo largo de ese viaje estaba en una parte ajena a esa celebración que comenzaba a construir el altar para adorar al Máximo Jefe durante cinco décadas. Queríamos hacer contacto con algunos grupos de jóvenes católicos que ya se encontraban en la mira de los cuerpos represivos cubanos porque habían participado en una manifestación (cercada en sus inicios por la policía, reprimida duramente, la primera protesta contra la confiscación de la revolución por el comunismo) contra Anastas Mikoyan, Viceprimer Ministro de la Unión Soviética, uno de los responsables de la represión a la revuelta húngara de Octubre de 1956, quien en el mes de Febrero anterior (la manifestación fue el 5 de ese mes) había visitado La Habana.

Se trataba de jóvenes universitarios (de la Universidad de La Habana y la Católica) con quienes conectamos con la naturalidad facilitada por la edad y quienes se convirtieron en nuestros acompañantes e interlocutores durante esos cuatro o cinco días. Retengo el nombre de algunos de ellos: Joaquín Pérez Rodríguez quien después emigraría a Venezuela, José Ignacio Rodríguez Lombillo, a quien por una de esas raras casualidades había conocido en un hotel de Moscú un año atrás durante un memorable viaje y hoy me han dicho que vive en Brasil, y Antonio García-Crews quien entiendo que después sufrió cárcel durante largos años y ejerce hoy su profesión de abogado en Miami (traté de contactarlo personalmente sin éxito hace muy poco). Nos atrajo su disposición abierta, su entusiasmo, un optimismo que habría de ser derrotado por el proceso perverso que agobiaría la sociedad donde se formaron. Y compartíamos, eso era lo más importante, desde nuestra circunstancia venezolana, su empeño de convertir en objetivo a lograr en la evolución política de nuestro momento histórico, el desarrollo y afirmación en la práctica política de un concepto que durante gran parte del siglo veinte intentó establecer sin éxito, vencida por realidades que superan los confines de la ideología, la militancia de inspiración cristiana: que había una tercera vía para superar la polarización entre capitalismo y comunismo, la de un humanismo (término que circuló mucho en los grupos cristianos de esos años) de raíz cristiana, respetuoso de la persona humana (Maritain) que permitiría escapar del materialismo marxista análogo al de la fría opresión económica del capital. Pensaban ellos, lo pensábamos nosotros por igual, que esa concepción podía oponerse a la del comunismo dogmático y totalitario que habría de apoderarse del país donde habían nacido, desencadenando una de las más terribles tragedias sociales del mundo contemporáneo, cuyas consecuencias están todavía por estudiarse.

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Nos vimos varias veces con nuestros amigos habaneros. Una vez fuimos a cenar lechón asado al San Pedro Bar, un lugar en las afueras de la Habana, reunión de la cual guardo una imagen que aquí reproduzco mientras encuentro la de la manifestación de la Plaza. Nos quedábamos tarde en la noche intercambiando anécdotas y buscando conocer lo que venía ocurriendo en Cuba, a veces todos juntos en el carro de uno de ellos (todavía en la Cuba de entonces había comercio libre) conscientes, ellos nos lo hacían notar, de que nos vigilaban de cerca los del G2 que ya comenzaba a ganar protagonismo. Nos contaron infinidad de cosas que se me han borrado por influjo del tiempo transcurrido, gracias al viento huracanado que son los cambios que comienzan a los veinte años y por supuesto arropadas por el manto grueso, oscuro e impenetrable que cubrió desde entonces a una nación que tiene mucho más que ofrecer que la simple, penosa y endurecida imagen que le otorga el estar poseída, avasallada, anonadada por la sombra de un falso profeta y sus cohortes. Mucho más que ofrecer que lo que es hoy seis décadas después, sociedad semidormida, que ostenta ante el mundo un nivel educativo que sólo sirve para ostentarlo ante el mundo porque puertas adentro hay muy poco que hacer aparte de ser burócrata inmóvil y persistente. Mendicante del imperio soviético cuando era imperio y de los dólares petroleros vía una Venezuela secuestrada por un charlatán con grandes cualidades de imitador del Gran Clown de barba y uniforme militar.

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Para llegar hasta allí, para edificar ese monumento a la manipulación política a manos de una Revolución cuyo verdadero logro es el cuidadoso, refinado, eficiente y distintivo sistema represivo que ahoga toda disidencia, que controla cada iniciativa desde sus redes extendidas verticalmente por todos los niveles sociales, modelo patético para todo Régimen que aspire a ser totalitario como lo ha sido la opereta mediocre montada en Venezuela; para llegar a ello, repito, fue necesario convertir al personaje de barba rala y aparatosa oratoria, centro de atención esa tarde en La Habana, en gestor implacable de vidas y destinos, como ocurrió en el caso de aquellos muchachos con quienes compartí esperanzas y expectativas. Pero sobre todo en objeto selecto de culto para todo buen revolucionario gracias a su extraordinaria capacidad de darle nuevo rostro a los lugares comunes derivados de las aspiraciones de cambio social radical que impregnaron el siglo veinte y se prolongan hasta hoy. Culto del cual hacen ostentación también los líderes menores, coyunturales, que han echado algunas raíces en el mismo catecismo y cuya insuficiencia los obliga a cubrirse con la sombra del fetiche. Como es el caso de la señora Bachelet, quien tal vez afectada del mismo desapego que los chilenos muestran por todo aquello que no los afecta directamente, acumula respiración suficiente para lanzar al aire elogios vacíos que retratan su propio vacío, o el de López Obrador en Méjico que llega hasta fabricar el exabrupto de compararlo con Mandela, líder esencial que se ubicó en la Historia por ser exactamente el reverso de quien el mejicano quería elogiar con entusiasmo infantil e irreflexivo. Sin que dejemos de registrar a muchos otros, como ese personaje simulador e insincero que es Correa el ecuatoriano, de la misma estirpe de unos cuantos más que mejor no nombro, exponentes de esa curiosa obsesión latinoamericana por elogiar a Cuba y a su Gran Conductor, una muestra selecta de la hipocresía oportunista dirigida a la galería donde reina lo que otras veces he llamado la enfermedad del izquierdismo. Actitudes que revelan claramente el estado de inanidad en el que todavía se mueve la política de esta parte del hemisferio y explican el silencio de esas mismas dirigencias frente a los atropellos y violaciones que la democracia ha sufrido en nuestro país, llevándonos a la ruina y muy cerca de la anarquía.

(Y entre toda esa mezcla de palabras vacías y gestos de ocasión cabe la pregunta ¿Por qué allí el Rey de España? ¿Tan desencaminada está la monarquía de la Madre Patria?)

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Pero hablaba antes de que lo acontecido en la Plaza de la Revolución en ese entonces lejano se me asemejaba, sin yo lograr hacerlo consciente, a la locura. Veo ahora con más claridad que esa locura es hija directa de la locura personal que ha hecho presa de quien ignora o pasa por alto sus propias limitaciones y se decide a convertirlas en virtudes para hacer de rector supremo de un proceso social. De quien acepta y amplifica el rol de Máximo Conductor a la manera de antiguos emperadores, de monarcas absolutistas, sin detenerse un momento ante la evidencia (que los más primarios niveles de sabiduría permiten conocer) de que el error es una posibilidad cierta y a todos nos limita, que tenemos defectos, que podemos desorientarnos, que a veces la torpeza nos golpea, que el ánimo puede ser cambiante y en algunas cosas somos cortos, en otras largos.

¿Qué le concede a un ser humano el derecho de ignorar estas mínimas verdades y como consecuencia torcerle la vida a millones, apoderarse de un paisaje humano, hacerse dueño de voluntades, decir esto sí aquello no? Una sola cosa: la ausencia de Temor de Dios y su correlato, el desprecio a la Razón. Eso es locura. Nos lo dice la Historia.

Desde la izquierda José Ignacio Rodríguez Lombillo, Régulo Arias, un amigo cubano cuyo nombre no retuve, mi persona, Antonio García-Crews y Rafael Iribarren, luego de cenar lechón en el San Pedro Bar de La Habana el 3 de Mayo de 1960.

Desde la izquierda José Ignacio Rodríguez Lombillo, Régulo Arias, Antonio Crespo Oliveros, mi persona, Antonio García-Crews y Rafael Iribarren, luego de cenar lechón en el San Pedro Bar de La Habana el 3 de Mayo de 1960.

(Hacer los comentarios a la dirección otenreiroblog@gmail.com)

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