¿HASTA AQUÍ HEMOS LLEGADO?

Oscar Tenreiro

(Para quienes fueron amigos y se alejaron atraídos por el Poder y la coartada revolucionaria, seducidos por quien fue también cercano y figuró como actor importante de la página más oscura de la historia de Venezuela. Y para algunos colegas más que espero se sientan aludidos: los cómplices. Me incomoda insistir en hablarles, pero las circunstancias obligan.)

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Ya no hay excusas: el Poder público venezolano está en manos de una dictadura. En cuyo vértice de poder está una persona que ha ejercido abiertamente el cinismo, que ha mentido, que se ha enriquecido con el dinero público y ha permitido que también se enriquezcan gentes de su entorno. Que es responsable de asombrosas torpezas que nunca podrán justificarse.  Que ha cerrado los ojos ante gentes entregadas a la corrupción, no sólo denunciada por enemigos políticos sino por ex-compañeros de ruta. Que conoce porque lo conocemos todos, cómo las altas jerarquías de las Fuerzas Armadas que lo apoyan están gangrenadas con todas las formas posibles de tráfico de influencias e ilícitos; y las bajas también, basta mencionar la red de extorsión de la Guardia Nacional que me niego a llamar bolivariana. Que el número dos es un ladrón conocido a escala internacional. Que nuestro pueblo sufre carencias de todo tipo. Que las familias se han desmembrado con el exilio voluntario e involuntario. Que se ha arruinado un país entero. Que la desesperanza asola a jóvenes y viejos. Que…no sigo enumerando porque son demasiadas cosas negras.

¡Sí, no hay excusas! Es una dictadura criminal, no sólo en el sentido represivo sino (atención a esto porque ello es único en la historia Latinoamericana) en el sentido penal: el poder está en manos de gentes manchadas con crímenes: el narcotráfico es uno de ellos. Se hacen con el poder total un grupo de personas que desprecian todo argumento a favor de una ética de la autoridad, que no les importa delinquir; quieren el poder para practicar la más extensa impunidad dejando de lado todo intento de argumentación en defensa de la maraña de acusaciones que se ciernen sobre ellos. Es un ejercicio descarado de la inmoralidad: huyen hacia adelante manteniendo prisioneros y a su merced, usando las estructuras de extorsión, chantaje e intimidación que tienen casi dos décadas construyendo, a una legión de mujiquitas o de tibios dispuestos a venderse por cualquier plato de lentejas. En este caldo espeso vino a convertirse la revolución bonita.

Y les digo entonces: ¿Van a seguir apoyando esta barbaridad? ¿Van a seguir viendo hacia otro lado? ¿Van a seguir creyendo en la letanía, más que desmentida por los hechos, de lemas a favor del pueblo, de la redención de los humildes, de despojo a los poderosos y toda la retahila revolucionaria que gusta de repetir aquel, quien indigno de la admiración que le profesan, decidió convertirse de la noche a la mañana en promotor de esta locura y les dio un pedacito de poder (él tuvo demasiado) para poder arrastrarlos por el despeñadero cuya sima es el desastre en el que está ahora Venezuela? ¿Van a seguir pensando que valió la pena? ¿Es que no se dan cuenta que todo lo que antecedió a este momento fue un preludio engañoso de la toma del poder total por una pandilla? ¿Que el comandante eterno, ensimismado y arrogante, pese a lo que ustedes le reconocen como virtudes, sentó las bases para que la iniquidad pudiera autosostenerse?

Esta bien, aceptemos que algunos de ustedes se embarcaron mal para poder alimentar a su familia. Que otros lo hicieron porque no tenían opciones claras de trabajo y a nosotros los arquitectos pareciera que la simple esperanza de ver levantar un muro, nuestro muro, nos reblandece. Que otros tuvieron sueños de ser grandes y que hasta lograron construir algunas cosas. Que unos cuantos, los que llamo cómplices, cedieron a una muy común tendencia a adoptar la neutralidad en espera de oportunidades. Y finalmente otros que son pura y simplemente oportunistas. Y reconociendo todo eso como atenuantes les digo sin embargo: rectifiquen, súmense a la imprescindible repulsa junto a la immensa mayoría de ese pueblo que ustedes, confundiendo los medios, han querido enaltecer. No es suficiente decir en privado que no están de acuerdo. Manifiéstense, hagan conocer su desacuerdo. Apoyar a una dictadura de canallas es condenarse al desprecio. Recuerden que los colaboracionistas son siempre los peores. ¿Dirán ustedes, finalmente, hasta aquí hemos llegado?

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