DIGRESIONES (37)

Oscar Tenreiro

No puedo dejar de mencionar aquí, luego de hablar de la ventilación cruzada como de obligatoria consideración en nuestra arquitectura, el interés especial que tuve durante mi estancia en Francia con una beca de mi universidad, en un libro del ingeniero francés Jacques Dreyfus (titulado Le Confort dan L’habitat en pays tropical – Ediciones Eyrolles, París 1960) quien le había dado al grupo del cual yo formaba parte una conferencia en la cual desarrolló esquemáticamente el tema del título (El Confort de la vivienda en país tropical). Compré el libro y traté de seguirlo pese a sus detalles técnicos, y aparte de todas las cosas que aprendí (alguna de las cuales me recordaron los criterios que nos expuso también en una conferencia en nuestra Facultad cuando aún yo era estudiante el arquitecto brasileño Rino Levi (https://pt.wikipedia.org/wiki/Rino_Levi) quien era un moderno extremadamente interesado en el tema climático. Me interesó especialmente un capítulo que se extendía acerca de la conveniencia de la ventilación a través de estrechas ventanas verticales de piso a techo cuya efectividad elogiaba en relación al movimiento de las masas de aire dentro de los espacios internos. Constituían la legitimación técnica un tanto inesperada del aérateur vertical de Le Corbusier, artificio que él incluía en su propuesta del pan de verre ondulatoire que se convirtió en parte esencial de su lenguaje tardío y que suscitaba en mí un interés muy especial que no tardé en incluir en mis primeras experiencias como arquitecto muy joven y específicamente en mi propia casa, en la cual he experimentado su excepcional eficiencia como recurso a la vez funcional y –diríamos– gramatical. Un ejemplo por cierto de que lo imitatorio (actué imitando) es y siempre ha sido un medio de aprendizaje, sobre todo cuando se trata de elementos de carácter técnico de utilidad concreta. La imitación sería parte de una evolución y puede producir un relanzamiento (Ortega) como reinterpretación.

Los aireadores verticales en mi casa intercalados –amarillo y rojo– en una reinterpretación del “pan de verre ondulatoire”(1966)

Aireadores verticales como parte de la ventana en la casa de mi segunda hija (2005)

Los aireadores verticales en la casa de uno mis hijos (2016)

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Podemos intentar ahora, como juego, estímulo o ejercicio reflexivo, hacer un esfuerzo análogo al que hizo el Corbusier de los Cinco Puntos para una nueva arquitectura en 1926-27, los cuales resumo: 1. Los pilotes (construir sobre columnas independizándose del suelo y formando un esqueleto estructural); 2. El Techo Jardín; 3. La Planta Libre (independizar los recintos internos de la estructura); 4. La Ventana Horizontal; 5. La Fachada Libre (al separar las columnas de la fachada, retirándolas hacia el interior del edificio, las aberturas pueden seguir cualquier diseño).

Hago énfasis en que todos son de carácter técnico –­lo he hecho notar otras veces– con excepción de la Planta Libre. En efecto, ni la Ventana Horizontal, el Techo Jardín, la Fachada Libre o Los Pilotes requieren una interpretación. La Planta Libre en cambio (que puede verse como el capítulo inicial de la fluidez espacial típicamente moderna que discutí en Digresiones 35) se entiende como un deseo de evitar que los espacios internos se delimiten siguiendo la estructura o dependiendo de ella, pero ese deseo está afectado por particularidades (dimensiones generales de la planta, los usos, las necesidades) que lo regulan o restringen a veces drásticamente haciendo relativa –sujeta a controversia– la deseada liberación. Esa relatividad le da carácter de concepto, ya no podemos en ese caso hablar de un recurso técnico. Pero si es verdad que los otros cuatro puntos no requieren interpretación, hay dos de ellos –la ventana horizontal y los pilotes– que son excesivamente precisos y hasta dogmáticos lo cual llevó a su repetición en términos que pueden efectivamente ser llamados estilísticos, uno de los argumentos para que críticos e historiadores, especialmente del mundo anglosajón, hablaran del Estilo Internacional.  Los Pilotes son de aplicación problemática por razones económicas o de uso, pero la ventana horizontal se generalizó hasta extremos casi empalagosos por todo el mundo, quedando entonces como verdaderos recursos técnicos de aplicación completamente abierta al alcance de cualquiera, hoy en día en plena vigencia –como opción y no necesariamente como obligación– la Fachada Libre y el Techo Jardín. Con lo cual queda dicho que esas herencias originadas en las preocupaciones de los inicios del Movimiento Moderno, sumadas a otras que se han incorporado al repertorio técnico de la arquitectura a lo largo de las décadas siguientes hasta hoy no han perdido su razón de ser y sería erróneo considerarlos rasgos de un estilo. La modernidad no engendró un estilo, inició un desarrollo. Lo Moderno nunca pretendió ser un estilo, fue un origen.  Bastantes veces lo dijeron explícitamente, o lo sugirieron, los Maestros.

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 El esfuerzo análogo sería la enumeración de algunos Puntos para una arquitectura en el mundo tropical, producto de todas las consideraciones que vienen acompañando el proceso iniciado al irrumpir en nuestro espacio cultural los cambios que desde los países centrales se introdujeron en el discurso sobre arquitectura, algunas de las cuales he examinado en las reflexiones precedentes. Repito que hacerlo tiene algo de juego o de ejercicio retórico porque está muy lejos de nuestra intención convertirlos en mandamientos ideológicos.

Son cuatro los más evidentes:

  1. La provisión de espacios intermedios.
  2. La búsqueda de la sombra.
  3. La orientación como control de la insolación.
  4. La ventilación cruzada.

De ellos, el tercero es sin duda de aplicación universal, pero habría que hacer la salvedad, ya mencionada antes, de que la confianza ante la capacidad que los medios técnicos y particularmente la climatización tienen en la creación artificial de niveles adecuados de confort térmico, han relegado a un segundo término la cuestión de la orientación, desconociéndose la importancia de elementales criterios de ahorro energético. No cabe duda por otra parte que ha prosperado un deseo de liberarse de las imposiciones propias de principios físicos generalizables. Hay, por decirlo así, un desdén respecto al rigor impuesto por decisiones básicas que responden a la influencia del medio natural: el discurso sobre razones y motivos de las decisiones de diseño se relega frente a los impulsos puramente formales o artísticos. Muy atrás han quedado los tiempos en los cuales, por ejemplo, las consideraciones climáticas y de control de la luz natural –particularmente la reducción del glare o resplandor– de Luis Kahn en su proyecto nunca construido para el Consulado de los Estados Unidos en Angola (1961) se conocieron y se debatió sobre ellas en los medios arquitectónicos de todo el mundo con repercusión muy especial, de la cual fui testigo, en Jesús Tenreiro quien aplicó algunos de los principios en el diseño de las aberturas de la Casa Palacios-Tenreiro de 1963, Caracas, y en el Edificio Sede del Concejo Municipal de Barquisimeto; ejemplo que seguí después por mi parte en mi proyecto no construido de la Sede del Banco del Libro en el Parque del Este, Caracas.

Corte esquemático del proyecto (1961) de Luis Kahn para el edificio del Consulado de Estados Unidos en Luanda, Angola, donde se ve el techo solar, superficie permeable que arroja sombra sobre el techo real. Una propuesta cuyo diseño suscitó un enorme interés. Además se aprecia el efecto de las pantallas que para lograr la protección del resplandor reciben luz solar también del lado interno.

Kahn en Luanda. Obsérvese el diseño del techo solar. Este dibujo se conoció por todo el mundo.

La Sede del Concejo Municipal del Distrito Iribarren en Barquisimeto, Venezuela proyecto (1966) de Jesús Tenreiro (1936-2007) reinterpreta los principios de Kahn respecto a la protección solar.Fue el resultado de un Concurso y es hoy edificio patrimonial.

Detalle de la maqueta de mi proyecto para el Edificio Sede del Banco del Libro (una Biblioteca modelo) de 1968, no construido. Puede hablarse aquí de una doble influencia: de Luis Kahn a través de la interpretación de Jesús Tenreiro

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He cuestionado las enumeraciones (Digresiones 34) y me dediqué a enumerar. Por lo cual aclaro que no estoy apuntando virtudes y aciertos de lo ya construido –a eso aludí en el texto anterior– ­sino requisitos que siempre se han conocido aunque no se mencionan, ocultos por el impacto de lo más aparente y seductor. Son además puramente técnicos, no sujetos a interpretación, muy simples, muy directos. Pero –se me puede decir– ¿tiene sentido recordar lo elemental, lo fundamental, lo que se da por aprendido desde los primeros años, en momentos en que la arquitectura es objeto de los mayores refinamientos, su mundo formal y tecnológico apuntando cada vez más fino, alta industria disfrazada de modestia? ¿No son consideraciones como las que hago señal de atraso, de estar en cierta manera fuera del juego? Sí, es verdad, sería mi respuesta, pero a veces volver al origen, como ya he dicho bastante que decía Gaudí, es lo original. Lo que apunta hacia lo verdadero entre nosotros, más que en la imitación de retóricas opulentas puede echar raíces renovadas en lo que es básico, en los fundamentos. En lo que está, por decirlo así, antes del proyecto o la construcción, lo que se lleva en los bolsillos para tenerlo siempre a la mano. Son además requisitos implícitos, contenidos en toda buena arquitectura aún sin ser fácilmente identificables. Forman, con seguridad, parte indiferenciada de la síntesis arquitectónica que admiramos como parte de nuestro patrimonio cultural, y al insistir en nombrarlos –repito que desde que nos abrimos a la arquitectura se hicieron presentes en la palabra– estamos volviendo a valores pedagógicos esenciales y sobre todo a lo que más específicamente nos concierne en esta parte del mundo. Dimensión, la pedagógica, que puede ser muy oportuna cuando constatamos las limitaciones del espacio cultural en el cual se mueven las inquietudes –me preocupa en especial el mundo estudiantil– en los últimos tiempos venezolanos.

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Es verdad por una parte que un país detenido como el nuestro a manos de una dirigencia embriagada, en el cual prácticamente ha dejado de existir todo debate en relación a aspiraciones culturales, asediado durante décadas por el simplismo de unos promotores de la arquitectura sin autor, demagogos oportunistas con ropaje radical, nos cierra a sus ciudadanos el acceso a un debate amplio sobre limitaciones y aspiraciones. Eso, aparte de que las condiciones reinantes hacen problemático actuar fuera de los círculos del privilegio. Y si estamos además convencidos de que la arquitectura es construcción; que el debate anterior (o posterior) a ella puede ser interesante pero no es germinación, concluimos en que aquí y ahora adquiere un sentido especial, esencial, orientar el discurso crítico hacia lo pedagógico, lo que permita replantear el camino a seguir, a corregir lo que se ha desviado. Es en cierto modo, exagerando y tal vez fantaseando, preparar el nacimiento de una realidad más fresca. A esta parálisis perversa debe seguir un renacer, esa sería la respuesta para quienes se pregunten acerca de la pertinencia de esta preocupación por el binomio edificio-medio natural en tiempos en los cuales pareciera haberse establecido un lenguaje universal que convirtió al sol, el aire y la lluvia en preocupaciones secundarias.

 

 

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