DIGRESIONES (38)

Oscar Tenreiro

Ha pasado algo más de mes y medio desde la última Digresión. Reaparezco comunicándole a quienes leen estas líneas algunas cuestiones que explican mi ausencia temporal y el enfoque que en lo sucesivo le daré a las entradas de este Blog.

Pero antes siento la obligación de comentar algo acerca del drama venezolano, el cual se profundiza cada vez más mientras sus causantes, la criminal camarilla cívico-militar que se apoderó de Venezuela en nombre de una revolución que se convirtió en caricatura del absurdo, simula tratar de solucionarlo echando más leña ignorante al fuego del sufrimiento de todos nosotros. Las cosas han llegado a unos extremos que son difíciles de creer, hasta llegar a convertir lo ocurrido aquí en el argumento más terminante en contra del radicalismo de izquierdas y los lugares comunes que lo acompañan. Es más, cualquier cultor de ese tipo de radicalismo que sin embargo crea en la democracia, si quiere seguir otorgándole racionalidad a su posición, debería ser el primer enemigo de quienes manejan el poder público en Venezuela: nuestro país se ha convertido en símbolo de todo lo que no hay que hacer en el ejercicio de la autoridad. Razón suficiente, me podría decir cualquiera, para estar permanentemente en pie de lucha, en lo cual estamos. Pero ese mismo estar despiertos para contribuir a un movimiento masivo que diga ya basta, movimiento que se producirá tarde o temprano, nos somete a tal tensión que podemos dejarnos llevar –lo he dicho otras veces– hacia un ánimo depresivo, riesgo que obliga entonces a centrar la atención más allá del problema diario del sobrevivir hacia lo más positivo que esté al alcance. Es lo que he hecho, decisión que me lleva a una especie de línea de reserva, dispuesto a lo que el movimiento me exija pero manteniéndome un poco alejado de lo más público –que en definitiva se ha expresado casi exclusivamente en este Blog– para concentrarme en ciertas tareas personales que tienen la virtud de profundizar mi permanente intención de comunicarme.

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Han pasado un par de cosas estimulantes.

La primera de ellas es que hay la posibilidad de que la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Valencia (España) publique un libro sobre mi trabajo. Lo planteó, luego de una charla que dicté en su cátedra, el colega José María Lozano, quien fue Decano de esa Escuela, anuncio que constituyó para mí una magnífica y bienvenida sorpresa.

La segunda es que conjuntamente con la aparición del libro a fines de primer trimestre del próximo año, se haría una exposición del trabajo gráfico vinculado a los distintos proyectos y obras, actividad que fue siempre muy importante para mí y mis colaboradores y cuya dimensión pictórica los hace de interés para el público en general, aparte de que son imágenes que en cierta manera funcionan como manifiestos a favor de la arquitectura que he construido o quise construir.

A las dos cosas les estoy dedicando todo mi tiempo, y estamos concibiendo la exposición como un medio para financiar la producción del libro mediante la venta de parte de lo que se expondría. Esto se hace necesario porque el proceso de digitalización de los trabajos, indispensable hoy como medio de representación, es bastante complejo y requiere mucha dedicación en horas-hombre, costos que se suman a los de reproducción fotográfica y digital, todo lo cual en el contexto venezolano sobredimensiona las limitaciones del financiamiento y hace necesario recaudar fondos. Próximamente se resolverá cuando y donde se presentará la muestra.

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El libro será hasta cierto punto autobiográfico, tal como si se tratase de una Memoria, pero el punto de partida del relato estará en el transcurrir de mi formación y desarrollo como arquitecto, para lo cual hablaré de lo experimentado desde que entré a la Universidad y de todas aquellas cosas que contribuyeron –el contexto, las vivencias, los encuentros personales, lecturas, intereses, éxitos y fracasos– con mi deseo de hacerme parte de ese complejo ámbito dominado por la intención de construir una arquitectura capaz de dejar una mínima huella cultural. Expondré cuestiones de diversas procedencias (tal como he manejado los textos de este Blog) buscando un diálogo que interese más allá del territorio de los arquitectos. Y trataré de que sea un reflejo lo más cercano posible a lo que ha sido mi circunstancia en un país cuyas notorias contradicciones socio-culturales y económicas convierten el ejercicio de la arquitectura, especialmente cuando se trata del espacio institucional, en una carrera de obstáculos sin final feliz.

Para lograr esta conexión entre lo que es testimonial-literario con lo más especializado y no dejar de incluir los ejercicios de crítica que he cultivado desde hace más de veinte años, he pensado organizar el libro en cuatro partes. La primera sería la que ya he llamado Memoria, con todas las características que he mencionado. Incluiré en ella, apoyándome en algunas imágenes, comentarios en general rápidos –algunos con más detalle– sobre lo que he hecho desde que entré a la Escuela en 1955 hasta hoy; la segunda, mostrará al menos diez obras y diez proyectos en planos, dibujos y fotografías y toda la información usual; la tercera se la dedicaré a una selección de los textos de crítica cuya forma de presentación está por decidirse; y una última que contendrá un texto crítico del promotor del libro, el colega de Valencia José María Lozano.

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Y junto con la información general que acabo de dar, le participo a los lectores de este Blog algo que tiene un tinte novedoso a pesar de que se fundamenta en modalidades no tan lejanas de la tradición literaria, particularmente la del siglo diecinueve: me propongo publicar el texto de la Memoria (es decir, la Primera Parte del libro) semanalmente en este Blog a razón de tres o cuatro páginas por semana. Comenzaré desde la próxima semana; no siempre podré incluir las mismas imágenes que irán en la edición definitiva, pero trataré de hacerlo. El título que llevarán estos fragmentos será el mismo del libro, título que por cierto tiene una historia  entrañable:

“TODO LLEGA AL MAR”

Una frase que habla del impulso para dar una respuesta que se unirá en un solo cuerpo a las de otros para ampliar y enriquecer nuestros esfuerzos. Sin tener demasiada conciencia de su presencia puedo decir que ha estado como escenario de fondo en la tarea de comunicar, ya de larga data, que usando éste y otros medios me he impuesto, llevándome además a buscar en la amplitud de la cultura y de la vida en general, más allá de los límites de nuestra disciplina, razones para reflexionar y tal vez, sólo tal vez, mejorar lo que podemos hacer o al menos entender cual podría ser su valor como modesta suma a ese cuerpo que acoge todos los ríos. Mucho tiempo atrás me llevó la mirada hacia esa frase alguien a quien he admirado. Viene muy a propósito, no sólo respecto al proyecto con el que ahora me comprometo, sino que me sirve para explicar el deseo que tengo de decir algunas cosas a raíz de mis lecturas recientes, deseo que tendré que posponer mientras dedico todas mis energías al texto de la Primera Parte del libro, posposición que sin embargo me obliga a decir algunas cosas sobre las lecturas y la importancia que les concedo.

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Luego de leer la biografía de Humboldt de Andrea Wulf que comenté en la Digresión 30 y en alguna de las posteriores, fui directamente a su libro sobre Colón,titulado                                            Colón y el descubrimiento de América publicado en Venezuela en 1992 por la Editorial Monte Avila, otra buena institución masacrada por la Revolución, libro que, a pesar de ser de lectura difícil me produjo especial satisfacción.  Está inundado de notas que abren ventanas muy atractivas hacia la historia y apoyan un texto elegante, de particular claridad, que deja percibir ese enamoramiento apasionado de Humboldt con nuestro pedazo de mundo, destacando el extraordinario valor de las navegaciones de exploración que antecedieron el Descubrimiento y permitieron la decisiva del Almirante, cuya personalidad escruta con particular respeto. Y siempre, especie de Dios tutelar, imagen que acompaña tantas peripecias, pareciera que junto con Humboldt nos habla el Océano Atlántico, inmenso campo de lucha entre el hombre y el mundo natural que antecede al fabuloso y exuberante mar Caribe, progenitor nuestro. Son tantas cosas que inspiran ideas y puntos de vista que ayudado por esa noción de que todo se funde en una misma materia –idea por lo demás cristiana, hay que decirlo– las traeré a este espacio al igual que traeré cosas sugeridas por otra lectura que me impactó por igual: el último tomo –titulado El Manto del Profeta– de la biografía de Joseph Frank (1918-2013) sobre Fedor Dostoievski a la cual me he referido en algunas de las entradas recientes.

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El último tomo de tan completa biografía me trajo ideas y pensamientos complementarios a los que me sugirió Humboldt: desde una sintonía con los estímulos de la naturaleza, descritos desde el pasado arrojando luz sobre lo que somos hoy, entré en la grandeza del alma personal, la de un hombre excepcional que nos legó con su escritura páginas que son patrimonio de la cultura humana y atisbos de la complejidad del mundo psíquico. Fue como el tránsito de lo exterior a la más profunda intimidad, en la cual el compromiso cristiano sentido de modo único y la fe en las virtudes de su gente, pueblo con el cual convivió y creyó comprender en los años de la cruel prisión a la que fue sometido en años de juventud, ocupó su alma y lo convirtió en una suerte de misionero entre sus contemporáneos. Ayudándolo también a conocer los riesgos, las estridentes carencias del radicalismo político que habría de culminar tres décadas y tanto después de su muerte en el drama que fue la Revolución Rusa. Los cuales denunció, profundizó en ellos, buscó las raíces de sus múltiples errores y los comunicó a sus contemporáneos –y a nosotros– a través de los personajes de sus novelas, revelándonos las desastrosas consecuencias de las construcciones ideológicas fundadas en el materialismo arrogante que reduce los alcances de la psique humana. Consecuencias de las que somos testigos hoy quienes vivimos en esta tierra venezolana, circunstancia que me lleva a comprometerme, motivado, lo reitero, por la idea de que todo concurre hacia un mismo fin, a avanzar más allá de la arquitectura hacia terrenos de otro arte, el literario.

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Y finalmente tengo que dedicarle un comentario a otra lectura, la de parte de los papeles de Francisco de Miranda (1750-1816) reunidos con el nombre de Colombeia.

Tenía los seis volúmenes editados por la Presidencia de la República en 1983, regalo ya remoto de la gran amiga Gema Santéliz, pero no había pasado de hojearlos distraídamente hasta que ahora los leí con toda atención a lo largo de varias semanas. Me quedé maravillado desde el primer momento, entre otras cosas porque me puse en contacto con la persona de un modo que nunca imaginé. Dejó Miranda de ser para mí una figura un tanto acartonada, sujeto a una especie de permanente abuso de fabuladores u oportunistas que reducen su múltiple dimensión, humana, intelectual y política al estereotipo del criollo afrancesado o al latin lover–de esto último se ha abusado con desvergüenza– alejándonos de la verdad de este hombre múltiple, de amplísima cultura, verdadero precursor como se le ha llamado de la emancipación de un continente, de especial calidad humana y extrema inteligencia para el trato con las figuras políticas más importantes de su tiempo, y además –fue ésta una sorpresa para mí– conocedor del arte y particularmente de la arquitectura en una medida muy especial. Acaricio el proyecto de recorrer con él (siguiendo sus descripciones y sus vivencias) en un libro con imágenes de la mejor calidad posible algunos de los más importantes monumentos arquitectónicos del mundo europeo de fines del siglo dieciocho. Es una deuda que saldaré, me comprometo aquí formalmente con ello además de lo que he dicho sobre Humboldt y Dostoievski , y mientras tanto seré fiel a mi compromiso de insertar semanalmente, por entregas, el texto de la Primera Parte de mi libro. Lo de ahora y lo de más tarde, arropado bajo la consigna de que todo llega al mar.

 

 

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