TODO LLEGA AL MAR (1)

Oscar Tenreiro

En la Venezuela de mi primera juventud era posible entrar como estudiante a la Universidad con sólo quince años. Esa era mi edad cuando ya inscrito en la Facultad de Arquitectura caminaba por los pasillos cubiertos de la Ciudad Universitaria de Caracas –que desde entonces me resultaron particularmente atractivos– para cumplir con los deberes del día. Mientras observaba los recién construidos edificios delcampusIba pensando lo que se puede pensar cuando se cumple la rutina de llegar a tiempo a clases, sin que me dejara de dar muchas vueltas en la cabeza la pregunta sobre mis capacidades para responder a las exigencias que veía venir en mi nuevo papel universitario, una sensación de inseguridad que me asaltó desde que tomé la decisión de estudiar arquitectura. Inseguridad que se me presenta en el recuerdo asociada a la imagen recurrente de mi caminar esa mañana deOctubre de 1955, fusión en mi memoria de muchas otras parecidas –trayecto diario de mi casa a la universidad– que se repitieron desde que me hice aspirante a arquitecto. Sensación incómoda, origen de ansiedad y dudas, compañera constante en mi intimidad durante esos primeros meses en los que me afanaba por ser fiel a lo que se esperaba de mí. Sombra habitual en los próximos años, que persistió ya terminados los estudios formales y cumplido los requisitos legales para ser arquitecto. Más o menos intensa según las circunstancias, no siempre reconocida por mi conciencia gracias a su capacidad de presentarse en diversas maneras, de vestirse con ropajes cambiantes, tropiezos en la tarea que me impuse de acercarme a la arquitectura, de descubrir cuál sería la palabra que me correspondería decir.

El pasillo junto a la entrada principal de la Ciudad Universitaria. Del lado derecho está el pie de la colina del Jardín Botánico de modo que la vista se orienta hacia el Campus. Termina más adelante junto a la Plaza del Rectorado.jpg

El pasillo cubierto de Ingeniería. La foto es tomada desde el pequeño atrio de la entrada al edificio donde funcionaba nuestra Escuela. En el podio recubierto de baldosas de arcilla vidriada nos sentábamos entre clases.jpg

En este edificio funcionaba la Escuela de Arquitectura en 1955,jpg

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Hablo de una decisión cuando en realidad fue un encadenamiento de circunstancias lo que me llevó a la escuela de arquitectura. Fui seducido por lo que percibí a través de mi hermano mayor, Jesús Antonio, quien ya estaba al fin de la carrera. Y me gustaba lo que decía, el ambiente en el que se movía, sus preferencias, sus amistades, lo que sabía de sus rutinas de estudiante y de sus muy tempranas andanzas como arquitecto de la parte rica de la familia (porque mi familia tenía una parte rica y otra modesta que era la nuestra). A Jesús se le habían abierto muchas puertas gracias a su desbordado talento y aguda inteligencia, virtudes que le permitieron desde el segundo año de la carrera imaginar casas para los primos, edificios para los tíos, uno de ellos realizado y muy bueno por cierto (hoy demolida la mitad, la otra mitad irreconocible), tareas que asumía con sorprendente madurez para sus escasos dieciocho años. Todo ello en un escenario de estímulos culturales, prematuramente intelectuales podría decirse, cercano a lo que sospechaba eran mis inclinaciones y tal vez, un tal vez apremiante, a mis capacidades, muy distintas, mucho más limitadas que las del joven prometedor que era mi hermano. Y así fui dejando deslizar en mi visión del futuro inmediato el deseo de ser arquitecto, inventando razones cuando me preguntaban, tratando de hacer claro lo brumoso.

De modo que fue el dejarme llevar por los estímulos más inmediatos, tan propio de la adolescencia, la verdadera razón para querer abrir la puerta de la arquitectura, que nunca imaginé tan difícil, engañado como se engaña uno con el mundo pretencioso y argumentativo típico de cualquier espacio universitario, al creer que se trataba de un aprendizaje más o menos lineal apoyado en mis deseos de aprender y no lo que resultó ser, un largo y trabajoso camino cargado de incertidumbre que no podía presentir subyugado como estaba por la sensación de que se me había abierto el espacio, que podría llamar social pero que era sobre todo psicológico, de la Escuela de Arquitectura. En el cual me ayudaba a moverme la estela dejada por mi hermano mayor y sus compañeros, algunos de ellos muy versados, muy seguros, apoyados en una visión demasiado optimista de su futuro rol profesional. Lo cual me daba una ventaja que podría llamar social al permitirme tratar con alguna familiaridad a los mayores, saber hasta cierto punto quien era quien, otorgándome un cierto privilegio del cual disfruté a lo largo de la carrera. Me ayudaba a responder a las exigencias con más tino; no vencía del todo la inseguridad pero ayudaba a dar la impresión,asunto siempre útil.

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Sentí que se me interpelaba, que se esperaba de mí una respuesta a la altura de las circunstancias, en la primera sesión de la cátedra de Dibujo a Mano Suelta con el profesor Charles Ventrillon-Horber.

Charles Ventrillon. Foto tomada en un campamento a orillas del Orinoco, ya en labores como entomólogo, su otra actividad luego de la experiencia en Arquitectura. La foto es de los años posteriores al tiempo en nuestra Escuela y es tomada de Internet.jpg

Según entiendo Ventrillon había sido estudiante de la conocida Academie Julian de París, centro formativo esencial en el siglo XIX, donde estudiaron nuestros Arturo Michelena, Tito Salas, o después Pascual Navarro, y donde fue importante profesor en su tiempo Jean Paul Laurens (1838-1921), una referencia constante en la conversación de este francés interesante, profundo, culto, enamorado de Venezuela, donde había llegado justo después de la guerra.

San Juan Crisóstomo y la Emperatriz Eudoxia-1893- de Jean Paul Laurens (Internet).jpg

La escena representada por Laurens ocurre en Santa Sofía-Estambul. Para comprender mejor el rigor que era constitutivo de la pintura académica, vale la pena apreciar al fondo del cuadro de Laurens, detrás de la Emperatriz los capiteles de los deambulatorios de Santa Sofia y compararlos con la foto que tomé no hace mucho en nuestra visita a ese monumento. La similitud es asombrosa. jpg

Ejercía en esa joven Escuela de Arquitectura una autoridad indiscutible como ductor, como guía, no sólo por estar plenamente convencido de que servía de instrumento para descubrir aptitudes, identificar motivos, abrir caminos, estimular o corregir rumbos, para aprobar o reprender, sino porque tenía un enorme respeto por la cátedra que había fundado que consideraba clave en nuestra formación y de hecho la convirtió en punto de partida para que sus estudiantes pudieran conocer los rasgos primeros de una identidad personal. Ese fue mi caso y el de muchos otros, entre los cuales mi hermano Jesús, uno de sus alumnos preferidos, quien le profesó siempre a mesié Ventrillon, –como lo llamábamos– un gran respeto. Y es que a este francés podría uno imaginarlo como un sacerdote cuyos acólitos eran los modelos de yeso que dibujábamos (muchísimos, al menos unos treinta, desde el Discóbolo en reposo hasta La Dama de Elche) que había hecho comprar para el comienzo de sus actividades como profesor en 1946, en la Escuela recién fundada, vaciados de excelente calidad que aún hoy vigilan algunos rincones del edificio actual, inaugurado en 1957 cuando cursaba yo el Tercer Año. Y parecía Ventrillon tener el secreto para soltarnos la mano, para hacernos atacar la lámina de papel, carboncillo en mano, dejando atrás las dudas y las timideces. Nos hablaba de la distancia ante el plano de trabajo, la de la longitud del brazo, y de la importancia del gesto amplio al hacer el trazo, todo basado en la observación cuidadosa de direcciones y proporciones. Así conseguía que domináramos el movimiento, el ritmo de la figura que copiábamos; y así un buen día sin darnos cuenta casi, comenzábamos a sentir que dibujábamos, como cuando hice un esquema en escorzo del Discóbolo que mereció su elogio y aún conservo como si fuese un trofeo.

Mi dibujo del Discóbolo en reposo (llamado de Naukydes, su escultor).jpg

El Discóbolo en Reposo o de Naukydes (Louvre) del Siglo V a.c.jpg

Nos acercábamos a Ventrillon, si conseguíamos superar la barrera un tanto intimidante que creaba con su actitud seca, máscara de una profusa cordialidad apenas uno lo conocía mejor, y le dejábamos ver nuestras dudas y aventurábamos algunas preguntas. Las mujeres más agraciadas y desinhibidas, explotaban su evidente inclinación a favorecerlas, lo cual era motivo para que las menos glamorosas le tomaran cierta antipatía y todavía hoy digan haber sido discriminadas. Algo parecido a lo que ocurría del lado masculino con los que presumían de ser populares, los entradores (los buenos tercios se decía entonces), a quienes mantenía a raya, como lo hacía con quienes pensaban que sabían dibujar gracias a los trucos aprendidos, que para él nada valían frente a lo que trataba de enseñarnos. Insistía en la observación, en evitar el trazo que respondía a la inercia de lo que ya sabía el dibujante y no de lo que le mostraba el objeto o la escena. Y el antídoto para esta enfermedad a veces aguda era observar y asimilar…observar y asimilar para entender mejor. Enseñanza que me acompaña aún.

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Si en el caso del profesor francés las cosas marchaban bien, no era lo mismo en otra de las materias típicamente beauxarts que se dictaban, como la de Modelado con barro a cargo de un profesor español que carecía de casi todas las virtudes que brillaban en el francés. Era de muy pocas palabras, distante, burocrático en el manejo de las relaciones con nosotros, incapaz de algo más que un mínimo consejo sobre cómo afrontar la tarea que nos esperaba: cada quien debía valerse de su intuición, de sus habilidades naturales o de su capacidad para imitar a quienes se desenvolvían mejor. Para mí fue el primer encuentro con una estirpe,la de los profesores burócratas muy poco interesados en quienes recibían sus enseñanzas. De estos había unos cuantos, tal vez demasiados porque la extrema juventud de los estudios de arquitectura en Venezuela hacía difícil conseguir profesores y unos cuantos de ellos habían sido en cierta manera reclutados entre la pequeña comunidad profesional de un país de apenas cuatro millones de habitantes. Entre los cuales evidentemente este profesor quien por cierto en un momento dado debió dejar la cátedra por alguna razón de fuerza mayor asumiendo la suplencia para nuestra fortuna, Charles Ventrillon quien desde el primer momento imprimió otra dinámica al curso.

Y lo primero que nos hizo entender fue que modelar era una forma de construcción. En lugar de quitarle material en puntos precisos a una gran pelota de barro, que era lo primero que uno se le ocurría –o al menos a mí–nos propuso construir el volumen agregando pequeñas bolitas. Debíamos primero, eso era fundamental, dibujar el objeto a copiar para entenderlo, en lo posible desde varios puntos de vista. El dibujo sería la guía del proceso de formación de los volúmenes y debía ser explicativo, con notas aclaratorias señalando lo no aparente. Siguiéndolo y siempre observando al objeto, iríamos sumando materia, no erosionando una masa como lo veníamos haciendo. Y ese simple cambio de técnica, una manera de proceder que seguía la lógica propia de toda construcción –el dibujo como proyecto, la construcción como un proceso de crecimiento (un camino contrario al que se sigue cuando se esculpe, acción de sustracción y no de sumatoria) nos presentaba con una luz completamente diferente la tarea de modelar, el cambio de técnica nos permitió usar de modo mucho más efectivo nuestras capacidades lo cual constituyó una enseñanza que identifico mejor ahora: la de que el método que se sigue para responder a una tarea, es la clave que permitirá o no desarrollar los recursos personales del aprendiz. Y así fue en mi caso, de sufrir con mi torpeza para darle forma a una hoja de acanto, la primera tarea que nos había dado el profesor saliente. pasé a ser el orgulloso autor de una réplica de pequeño tamaño de una de las cabezas de caballo del Partenón, el modelo que nos puso mesié.

Ese caballo y su dibujo fueron mi segundo trofeo. El dibujo, junto con los que acumulé a lo largo de dos años con Ventrillon, era parte de un rollo abandonado en un rincón del closet de la habitación que ocupé en la casa familiar junto a mi hermano Edgardo hasta que salí de Venezuela hacia Chile con el propósito de casarme, ya terminados mis estudios. Y un día cualquiera los impulsos de limpieza de mi madre, (ya yo en Chile, y con un hijo en camino) la llevaron a tirarlo a la basura para librarse del polvo de carboncillo y dejar espacio a otras cosas más útiles. Un destino menos noble que el que tuvo la escultura, la cual fue pasando de estantería en estantería hasta ser colocada en lugar distinguido en la casa que me construí en 1966-67. Me causó placer verla allí –estaba sobre la muy corbusiana baranda de concreto antes de entrar al estudio en el cual aún paso mis días– durante un par de semanas hasta que cayó la primera lluvia, una fuerte tormenta que la derritió y redujo de nuevo a una bola de barro que cayó rompiendo un vidrio. Así que el sentido práctico de toda limpieza doméstica por una parte, y por la otra la ignorancia que me hizo suponer que el barro seco resistiría bien la lluvia, se combinaron para convertir en puro recuerdo mis logros de dibujante (sólo tengo el discóbolo en escorzo) y una de las dos esculturas que he hecho en mi vida.

El caballo del Partenón. Aquí el original que está en el Museo Británico (Internet).jpg

 

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