RECOMENZANDO (2)

Voy regresando a la difícil realidad del día a día en mi país luego del interregno en el cual la exposición y la publicación de un libro sobre mi trabajo han copado mi tiempo.

El libro salió de imprenta a fines del pasado mes de Abril. La exposición se abrió como estaba previsto el 14 de Febrero en la Sala de Exposiciones de la ETSAV, y cerró el 29 de Marzo. El acto de apertura estuvo a cargo de los curadores (José María Lozano y el ex-estudiante, colega y amigo Antonio Ochoa Piccardo) y las autoridades tanto de la Universidad Politécnica como de la Escuela y el Colegio de Arquitectos de Valencia (Marilda Azulay, Vicerrectora; Iván Cabrera, Director de la Escuela y la Subdirectora María Teresa Palomares; Luis Sendra, Decano del Colegio). Nos acompañaron también, el arquitecto valenciano Vicente Vidal y llegando desde Madrid y Barcelona Rafael Moneo y Jaume Bach, viejos amigos desde 1989 cuando los invitamos a Caracas como parte de una memorable semana de arquitectura española. También un grupo de colegas venezolanos residentes en España y Europa (Alejandro Stein y Monique Wehrle residentes en Suiza; Isabel Sánchez Silva profesora en Barcelona; María Teresa León también de Barcelona y Adriana Figueiras profesora en Alicante, las dos últimas ex-estudiantes nuestras de la Facultad de Caracas). Y por supuesto muchos venezolanos amigos sumados al público natural de la Escuela.

Mi esposa Nubia toma una foto en la zona dedicada a los videos.

En primer plano los Curadores, José María Lozano y Antonio Ochoa Piccardo, luego parte del público el día de la apertura.

Aplaudiendo las palabras de la Vicerrectora, de derecha a izquierda las manos de José María Lozano, Iván Cabrera, Luis Sendra, Marilda Azulay Vicerectora, Jaume Bach, Rafael Moneo, Vicente Vidal, mi persona y mi esposa Nubia Rodriguez.

De izq. a der. Isabel Sanchez, María Teresa León. mi persona, Adriana Figueiras y José María Lozano. El día de la apertura.

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Puedo decir luego de la experiencia que quien se acercó a la muestra lo hizo con el deseo de apreciar posibles méritos, de asomarse inquisitivamente, sin que pesaran sobre él otros prejuicios que no sean los propios de las diferencias culturales. Lo cual deja claro que la calibración sociológico-política del valor de la arquitectura a la cual se le ha rendido tanto tributo en el ámbito latinoamericano y que tan especialmente dañina ha sido en el venezolano, en el medio español ha quedado relegada. Si dejamos fuera la presencia aún fuerte de lo espectacular o lo mediático, que hace mella siempre en el medio periodístico, en Europa y específicamente en España el juicio de valor sobre la arquitectura se fundamenta mucho más en criterios y puntos de vista derivados de la práctica de la disciplina que en consideraciones marcadas por la ideología política, o puntos de vista de raíz sociológica.

Eso por supuesto dicho en términos generales porque hay sin duda excepciones, algunas importantes. La aproximación a la arquitectura es, se me ocurre decirlo así, más espontánea, más personal cabría decir, menos asociada a militancias de cualquier tipo. Siempre que no sea, vale decirlo por el peso que tiene, la que depende de las posiciones personales, del individualismo que parece irse imponiendo en la lucha por destacarse, por ir hacia el éxito personal. Prevalece pues en el observador cultivado, tal vez no tanto en el estudiante o el público más amplio, el deseo de asomarse al espaciocultural que motivó las respuestas arquitectónicas, lo cual invita a quienes estamos sujetos a examen a fundamentar lo que hacemos, a indagar sobre el por qué de nuestras preferencias, nuestras intuiciones, inclinaciones, motivaciones. En resumen, a esforzarnos por conocer, en lo posible, la raíces de los sesgos de origen cultural que nos informan.

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El texto que debí redactar para la publicación es el núcleo unificador de un libro concebido según la misma narrativa cronológica de la exposición, ilustrado con buena parte de las imágenes de aquella pero independiente en cuanto a su carácter de instrumento literario de comunicación de ideas, intuiciones y razones. Asumí su redacción tomando distancia de la marea de palabras típica del lenguaje crítico al uso, siendo fiel a un modo de discurrir sobre arquitectura que he practicado desde este blog, objetivo que no siempre he logrado pero que orienta permanentemente mi actividad de escribidor. Durante varios meses en Caracas, conjuntamente con mi ex-estudiante y colega Augusto Terán Barreto, nos ocupamos de mejorar y ampliar, apoyándonos en su dominio de los recursos informáticos, la documentación gráfica que durante años conservé, labor a la cual sumamos la librería de imágenes que de algunos aspectos de mi trabajo venía preparando con sus estudiantes  de la Escuela de Arquitectura de la UCV el colega Ramón Fermín. Y a todo este material, luego de mi llegada a Valencia invitado por la Escuela Superior de Arquitectura de Valencia, representada por ese personaje tan especial en su generosidad, desprendimiento y genuino interés por la arquitectura en su diversidad y multiplicidad que es José María Lozano, se sumaron las gestiones de todo tipo realizadas bajo su dirección, incluyendo el apoyo de un equipo de diagramación para el libro y otro para el montaje de la exposición que dispuso de los mejores recursos técnicos y humanos.

Pero ni el libro ni la exposición hubieran sido posibles si no hubiese mediado el apoyo en momentos claves de la Fundación para la Cultura Urbana y del Archivo de Fotografía Urbana, instituciones venezolanas representadas en las personas de Herman Sifontes y Diana López, quienes fueron motivados por Luis Pérez Oramas, crítico de arte venezolano e internacional, poeta de reconocida reputación, quien jugó un papel instrumental.

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Todo Llega al Mar –que así se llama el libro– tiene para mí, en la medida dictada por mi edad y las enormes dificultades de mi país, casi imposibles de olvidar, un valor testamentario. Y al verlo realizado no puedo evitar emocionarme. Es un testimonio de lo que he venido pensando desde hace ya años: que el discurso sobre arquitectura que nos abre la mejor puerta hacia la comprensión de nuestro oficio es el que escriben –o comentan con la palabra– sobre sus obras o proyectos, los arquitectos que las concibieron y realizaron. Cuando es ese el caso, se crea una obligación de sinceridad que  llama  a dejar atrás el adorno –o el embrujo como dijo el filósofo– del lenguaje, para ser más preciso –o veraz– acerca de las intuiciones, razones o impulsos que llevaron a tomar las principales decisiones. Los arquitectos sabemos cuanta hojarasca –conceptos o juegos de palabras– recubre innecesariamente el deseo de explicar lo que hacemos, y si esa hojarasca a veces nos halaga o gratifica, también oculta o enmascara. A ello me refiero en el texto cuando  insisto en señalar que la más completa publicación de crítica de arquitectura del Movimiento Moderno fueron los distintos volúmenes de las Obras Completas de Le Corbusier, sumadas a la serie de libros que Jean Petit y el propio Corbu publicaron, documentos que se caracterizan precisamente por su sinceridad y el uso sin complejos de la descripción en detrimento consciente de la explicación, la culpable de nuestros excesos verbales.

La sinceridad por otra parte abre espacio para reconocer y valorar un aspecto que casi ha desaparecido de la literatura crítica al uso: los fundamentos técnicos. Carencia que borra las huellas dejadas por los procesos que llevan a la construcción de la arquitectura, reduciendo lo que es en su esencia amplio y complejo y llevándolo a una simplificación que facilita la pose y el disfraz, rasgos que hasta cierto punto se han convertido en típicos del arquitecto que exhibe al mundo su rol de creador, de artista de marca, actitud que se imita o caricaturiza y lleva al arquitecto exitoso a vivir de la apariencia o de una sublimación forzada, puertas afuera, de los recursos que utiliza.

Y por último, la sinceridad invita también a referirse a los aspectos de la realidad que presionan, limitan o ensanchan el espacio en el que actuamos, para ubicar en el relato las dificultades o estímulos que llevan a tomar una u otra dirección, a considerar los horizontes espirituales o materiales, los afectos y las exigencias  entre los cuales transcurre nuestro día a día. En resumen, a incluir a la realidad en el cuadro descriptivo. En todas sus dimensiones, las positivas y las negativas, las que obstaculizan y las que facilitan. A presentarnos como parte del mismo mundo en el cual todos luchamos.

Fue con ese  espíritu que redacté el texto. Ya juzgará el lector si le fui fiel.

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Una doble página dedicada a la Catedral de Guayana.

El libro tiene 420 páginas y unas ochocientas ilustraciones en color y blanco y negro. Es del formato que en Europa se denomina DIN A4, muy similar a lo que en nuestro país llamamos tamaño Oficio (21 x 29.7 cm.), muy usado en revistas. Tiene tapa dura para facilitar su manipulación y conservación. Mi texto está precedido por sendos ensayos introductorios a cargo de Iván Cabrera, Maite Palomares y Ana Portalés, Kenneth Frampton y Antonio Ochoa Piccardo, a los cuales sirve de colofón un estupendo acercamiento a lo que he hecho de parte de ese múltiple promotor de la arquitectura y el pensamiento que es José María Lozano. No puedo sino agradecer el rigor de sus observaciones y el interés genuino que mostraron en conocer y analizar algunas de los aspectos más significativas de mis luchas con la arquitectura.

Finalmente hago notar que se trata de una edición no venal, es decir, no se hizo para la venta. De ella  me correspondieron un número limitado de ejemplares que llegarán próximamente a Venezuela. Los destinaré a distribución selectiva entre quienes puedan estar interesados y lo manifiesten usando la dirección de correos de este Blog.

 

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