(1) 14 de Septiembre de 1992

Oscar Tenreiro

Me entero revisando mis papeles que precisamente hoy se cumplen 27 años de la muerte de Augusto Komendant, nacido en Estonia, hecho ingeniero en su país y en Alemania, emigrado a los Estados Unidos después de la guerra, amigo y compañero de trabajo de muchos arquitectos entre los cuales en lugar fundamental Luis Kahn, con quien construyó y soñó obras maestras; innovador –entre los más importantes del siglo veinte– de la tecnología del concreto armado.

La fecha me habría pasado desapercibida, como me sorprende que me pase con las fechas de las muertes de algunas de las personas más importantes de mi vida, si no hubiera sido porque estaba dedicado por un par de días a recordar y documentar mi relación con este personaje excepcional, amigo y sobre todo maestro, visitante de nuestro país un par de veces al compás de algunos de los trabajos que hicimos juntos. Y la recordé, no porque lo tuviera presente en la memoria sino porque casualmente se encontraba en Venezuela hasta ayer un coterráneo suyo, curador de una gran exposición sobre la obra y la vida de Komendant en el Museo de Arquitectura de Estonia, presencia que me obligó a revisar planeras y archivos en búsqueda de información que complementase la ya recogida por este joven estonio –su nombre es Carl-Dag Lige– en otra visita de hace algo más de un año.  Y entre los papeles apareció una tarjeta que me mandó su hija titulada In Memoriam en la cual bajo un dibujo de la cara de su padre estaban las fechas de su nacimiento – 2 de Octubre de 1906 – y de su muerte.

Esa inmersión por estos días en documentos que reviven el pasado, me despertaron no sólo las obsesiones de hace más de treinta años (mi última experiencia con Komendant fue en 1987) sino puntos de vista y modos de ver nuestra disciplina que todavía viven en mi conciencia como certidumbres que se oponen a la marea de simplificaciones y reduccionismos características de los tiempos que vivimos. Una de ellas, propia de la que se ha llamado la arquitectura del espectáculo, ve al ingeniero como una especie de traductor pasivo en términos técnicos de las ideas elevadas e inspiradoras del arquitecto; situándose en el polo opuesto otra que se cultiva en los países más atrasados o con menos tradición arquitectónica –como es el caso de Venezuela– según la cual el arquitecto es una especie de embellecedor, siempre suave y amanerado, de las ideas recias y realistas de un ingeniero que deberá tener siempre el control sobre lo que debe hacerse.

**********

Komendant y Jesús Tenreiro en mi casa. Probablemente en 1985.

A Komendant no era posible encasillarlo entre esos dos extremos. Desde el manejo de los primeros esquemas, su papel era extremadamente activo en la definición del camino a seguir. No asumía un papel rector imponiendo soluciones, sino que actuaba a la manera de un pastor que evitaba que las ovejas –llamando así a las ideas que están en juego al comienzo de todo trabajo– se descarriaran fuera del espacio de lo racional y justificable desde su perspectiva de ingeniero. Con la particularidad de que en él lo racional y lo justificable se afirmaban en una amplísima y variada experiencia y un manejo técnico de primera mano, recortados sobre el telón de fondo de un conjunto de principios éticos nacidos de su convicción de que estructura y arquitectura son inseparables y que la concepción de la arquitectura debe incluir siempre principios estructurales y constructivos firmes. Para él, entre los atributos de la arquitectura perdurable están los que atañen a la estructura y su construcción: no hay gran arquitectura que no atienda y dé respuesta apropiada y meritoria a las necesidades constructivas. Para él la arquitectura adquiría su dimensión más alta si respondía, al unísono con sus respuestas a necesidades y aspiraciones materiales y poéticas –estéticas– a las demandas y exigencias del ámbito de lo constructivo, entre las cuales siempre incluía, junto al rigor técnico, a la eficiencia y la economía. Y lo defendía buscando superar lo rutinario, situándose fuera de la zona de confort fundada en el camino ya recorrido, porque Komendant amaba la innovación, aceptaba el riesgo, quería ir más allá de lo que estaba asegurado por la repetición acrítica de lo que otros –o él mismo– habían hecho ya. Y sin embargo rechazaba la arbitrariedad, las decisiones basadas en caprichos o impulsos individuales.

Esa visión, que coincidía ampliándola y enriqueciéndola con la que comenzaba a desarrollarse en mi conciencia de ser arquitecto, estaba sin duda enraizada en el Movimiento Moderno, algo de lo cual Komendant no necesariamente era consciente, debido a que, más que una actitud intelectual, surgía en él de la práctica: de su manera natural de asumir la disciplina. Y no está demás decir que las tesis del posmodernismo, que ya tomaban forma cuando tuve el privilegio de trabajar con él, alimentaron una visión contraria defendida aún hoy, según la cual las necesidades artísticas –personales: el estilo propio– se imponen sobre la racionalidad constructiva. Postura que obligó a aplicar el adjetivo tectónico a la arquitectura como la veía Komendant y seguimos viéndola muchos, hasta dar la impresión de que la verdadera arquitectura –sin adjetivos– es la que admite el juego de los caprichos y las inspiraciones más o menos arbitrarias dictadas por la búsqueda de la novedad. O por una falsa idea de la creatividad o de los contenidos artísticos de la disciplina.

Komendant, el recientemente fallecido “Flaco” Alvarez y mi persona en la galería del Consulado de Vzla. en Nueva York el 10 de Abril de 1986, en la apertura de la exposición que organizamos “Graphics on Venezuelan Architecture”

**********

Ya he escrito en este mismo Blog y quienes me conocen de cerca me lo han oído más de una vez, que Komendant me cedió los derechos de la traducción al español y la edición del libro Dieciocho años con el arquitecto Luis Kahn que publicó en 1975, un año después de la muerte de Kahn, el cual es un examen de las circunstancias y experiencias que tuvo como participante en la concepción de las obras maestras de un arquitecto esencial: el último maestro del siglo veinte. Fue posible la traducción gracias al patrocinio y financiamiento del Colegio de Arquitectos de Galicia, institución que respaldó los esfuerzos del colega gallego Carlos Pita hasta hacer posible la salida del libro en 2001. Pocos lo conocen aquí en nuestro país porque fue imposible que nuestra Facultad se interesase en divulgarlo, pero tiene el mérito de hacer accesible al espacio de nuestro idioma una útil herramienta para comprender mejor la naturaleza de las relaciones entre dos personas excepcionales, compensando este las deficiencias de aquel y viceversa, y sobre todo las distintas y contradictorias facetas –porque el recuento de Komendant es sincero y no oculta lo problemático– que se presentan en el proceso de hacer realidad una arquitectura que supera lo rutinario y aspira a la permanencia. Es una contribución clave a la tarea de ampliar y profundizar el conocimiento de nuestra disciplina, despojándola del aura de coto cerrado dominado por los impulsos y las chispas creativas, alejado de la comprensión general.

Portada del libro “18 años con el arquitecto Luis Kahn” en español. Publicado en 2001.

Porque es necesario y siempre conveniente, lo he dicho muchas veces a propósito de este libro, ver a alguien digno de especial admiración, aquí Luis Kahn, como una persona común en el sentido de que lo afectan, como nos afectan a todos, períodos difíciles de desencuentro consigo mismo, dudas respecto a lo que debe hacer, o inseguridades originadas en fluctuaciones del ánimo. Ese papel tan esencial lo cumple con creces este libro el cual por otra parte pone en primer plano, al desentrañar la colaboración entre dos personalidades que son referenciales, la importancia de lo personal como oposición al anonimato típico de las grandes empresas de consulting que ya comenzaban a copar la escena en los años ochenta del siglo pasado y que hoy parecen haberse impuesto. La calidad de los resultados expresada en edificios como las Torres Médicas de Filadelfia (1957-61), los Laboratorios Salk en La Jolla, California  (1959-65) o el Museo Kimbell en Dallas Fort Worth (1967-72), todos ellos de valor patrimonial universal, son una reivindicación del diálogo personal entre responsables, el mejor antídoto contra la imagen del arquitecto genial y aspaventoso, dueño único de un lenguaje que se impone por encima de todo otro criterio en la configuración de la forma final del edificio.

**********

La importancia del diálogo interpersonal viene a ser uno de los mensajes que deja la entrevista que le hice a Komendant en Enero de 1985 –hace más de treinta y cuatro años– en su casa de Upper Montclair New Jersey, la cual incluí en la traducción española. Aún conservo la grabación en un cassette que decidí donar al Museo de Arquitectura de Estonia, pero fue necesario digitalizarla llevándola al formato de audio mp3 para quedarme con una copia antes de entregársela al curador visitante. Debí pues oírla de nuevo recordando y reviviendo algunas de las cosas de mayor importancia que aprendí de este hombre que tuve el privilegio de tratar de modo muy personal y con quien tuve experiencias venezolanas de mucho peso en mi vida profesional. El trabajo que originó nuestro contacto personal, que fue el Terminal de Transporte y Mercancías en los terrenos de la actual Mersifrica (1975), sólo llegó hasta Anteproyecto y se lo tragó el juego político, así como se tragó al proyecto de la Galería de Arte Nacional en Caño Amarillo –lo que iba a ser el Parque Cultural de Caracas (1980)– en este caso sumándose al oportunismo de colegas de cuyo nombre es mejor no acordarse. Hubo sin embargo otras oportunidades entre las cuales destacan la Plaza Bicentenario y el Teatro del Oeste (1981), edificios que pese a su destino desigual y también en gran medida difícil, se hicieron realidad parcial. Uno de ellos, el Teatro, muy fragmentariamente, y la Plaza, aunque castigada por la indiferencia y el deterioro típicos del poder público venezolano no pierdo la expectativa de verla algún día rescatada e integrada a los espacios públicos a disposición de los habitantes de Caracas, tal como fue concebida.

Primera Etapa (reconstrucción reciente en 3D-en gris claro las etapas sucesivas) del Terminal de Transporte y Mercancías con comercio y oficinas, propuesto en los terrenos del Mercado Mayorista de Coche

Corte fugado del módulo base del terminal. Es una estructura de vigas Vierendeel de concreto postensado.

La Plaza Bicentenario, junto a Miraflores, en 1986.

Komendant en visita de obra a la Plaza Bicentenario a fines de 1982, en diálogo con los ingenieros Martín Meiser (fallecido hace unos tres años) y Andrés Prypcham

Corte Fugado del Teatro del Oeste- Versión inicial

Lo que se construyó del Teatro del Oeste en lo que iba a ser el corazón del Parque Cultural de Caracas-Caño Amarillo

Lo que iba a ser el Parque Cultural de Caracas. A la izq. arriba la Plaza Bicentenario junto a Miraflores; a la derecha, diagonal a la estación del Metro la Galería de Arte Nacional y el Teatro del Oeste junto a la Quinta Santa Inés en cuyo lado izquierdo se ubicaba la escuela de Artes Plásticas Armando Reverón cuyo proyecto completo fue autoría de Henrique Hernández y Jesús Tenreiro. Hacia la derecha puede verse en “La Planicie” el Museo de Historia Militar. Abajo, parcialmente en los derechos de aire del Metro, un desarrollo de vivienda. Fue este un parque activo para Caracas, sueño truncado por la ambición política y el oportunismo.

En todo caso, este volver a vivir lo experimentado en carne propia, me lleva a ocuparme durante un par de entradas próximas en este blog, de completar mi testimonio de discípulo que habla de uno de sus maestros mediante algunas observaciones de carácter estrictamente personal que pueden serle útiles a otros para la tarea de comprender mejor la letra pequeña –que muchas veces se hace grande si bien un poco oculta– en la descripción de los procesos característicos de nuestra disciplina.

**********

Tarea por cierto, la de ser útil a otros, que es una de las finalidades de la publicación del libro que presentamos este próximo Viernes a las cinco de la tarde, sobre mi trabajo y aspectos de un modo de ver las cosas, el cual lleva el título Todo llega al mar, libro que fue publicado –ya lo he dicho aquí– por la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Valencia, España, y podrá estar a disposición de los interesados aquí en Venezuela, precisamente a partir de este 20 de Septiembre.

El libro es antológico, abarca más de cincuenta años de ejercicio. Eso lo hizo grande y profuso: tiene 421 páginas y 800 y tantas ilustraciones. Su presentación permitirá, aparte de llevar al conocimiento de los presentes los aspectos más o menos anecdóticos que condujeron a la publicación, oír las reflexiones del colega Enrique Larrañaga, las palabras que envió desde Valencia el colega español José María Lozano, y la visión que desde la ingeniería aportará mi hijo Esteban Tenreiro-Picón, además de unas palabras finales a mi cargo. Junto con ello explicaremos el proceso que se seguirá para adquirir los ejemplares que podrán ser vendidos (los de la edición actual tienen carácter no venal).

 

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.