(3) ANTONIO OCHOA-PICCARDO

Oscar Tenreiro

Hay otro libro editado recientemente acerca del trabajo de un arquitecto venezolano al cual quiero dedicarle algunos comentarios que resumen y amplían las distintas cosas que dije tanto de él como de su autor en la presentación pública, que tuvo lugar el pasado Sábado 21 de septiembre en la sede de la Fundación Herrera Luque, Plaza de Los Palos Grandes. Palabras que en mi caso (acompañé a la periodista Angela Oráa y al colega Enrique Larrañaga), tuvieron un sesgo especial porque Antonio Ochoa Piccardo fue mi alumno en la Escuela de Arquitectura de la UCV, esa Universidad nuestra que resiste al acoso de la dictadura, el Alma Mater de tantos venezolanos comprometidos con el celo y el rigor de su disciplina. Y también es mi amigo pese a la diferencia de edad. Conozco y aprecio mucho a su familia y hemos mantenido un contacto cercano y estimulante a través de largos años.

Antonio ha trabajado en China, en Beijing para ser más exactos, durante los últimos casi-treinta años –desde 1993– y es allí donde ha logrado ir haciendo realidad sus talentos y algunas de sus expectativas como arquitecto. Y digo algunas porque los arquitectos, como todo ser humano, nunca realizan sus expectativas. Nació en 1956 en Julio, 63 años, hijo de Víctor José Ochoa y Sara Piccardo.

Víctor José, quien falleció el primero de Octubre de 2018, fue en su juventud un dirigente político muy activo de las izquierdas radicales (si bien fue miembro de un partido moderado que era URD–Unión Republicana Democrática) y precisamente a raíz de ello debió tomar el camino del exilio (a China porque Víctor José tenía relación con ese país) en 1967, iniciándose así para sus hijos, que son cuatro incluyendo a Antonio (Víctor, él, Adolfo y Sara), una experiencia de vida que tuvo a China y sus embrujos milenarios en el centro de la vida de estos muchachos venezolanos. A ello se refiere él en una parte del libro, y hace notar que llegaron a Beijing en medio del complejo y en muchos sentidos perverso proceso –perversidad que él señala– que fue La Revolución Cultural, lanzado por Mao en todos los rincones de su país.

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De qué modo conformó la personalidad de los hijos la experiencia, y cuál fue en el caso de Antonio la influencia que ella tuvo en su modo de ver las cosas y entre ellas la arquitectura, queda para especular, pero lo que sí es evidente es que parte importante de su infancia transcurrió en un ambiente singular, completamente alejado geográfica y culturalmente del de su país natal y en circunstancias especiales que resultan muy llamativas y Antonio rememora en una parte del libro. Si bastara un ejemplo para disparar la reflexión sobre el tema, baste decir que en una determinada etapa de su estancia allá, él y sus hermanos siguieron la rutina de los laodong, períodos de reforma personal por el trabajo previstos por la Revolución Cultural, tiempo en el cual, relata en el texto, regresaban del campo o iban a él a hacer labores, cantando junto a otros niños canciones revolucionarias, las cuales mientras más fuerte las cantaran mejor eran valorados por los que dirigían la actividad. O sea que en lugar de cantar venid y vamos todos con flores a María, como por ejemplo cantaba yo en mi infancia, Antonio cantaba canciones prescritas por el Partido Comunista Chino.

Pero ni Antonio, ni dos de sus hermanos que conozco mejor, iban a convertirse en adalides de la China de Mao, sino que más bien con el tiempo, y a distancia de su padre, han resultado conciencias despiertas ante los aspectos más dañinos de la visión totalitaria y las estridentes fallas del socialismo real y particularmente del Estado Vigilante que es la China actual. Lo cual permite destacar que lo que ejerció influencia duradera en ellos, mucho más que la ideologización, fue en realidad la cultura china y la manera china de estar en el mundo, lo cual llevó a Antonio a regresar e instalarse como arquitecto en Beijing en 1993, reanudando el contacto interrumpido cuando toda la familia regresó del exilio a Venezuela en 1970 y quedándose hasta cuando hace poco se estableció en Madrid manteniendo activa su oficina de Beijing.

Mucho antes que Antonio hubiese decidido regresar a China, su hermano mayor Víctor, quien por un período breve había sido mi estudiante –mucho más de mi hermano Jesús– en Caracas, a fines de los setenta, a la altura del segundo año de carrera, se fue en busca del embrujo chino–como se me antoja llamar la atracción que sentía por el lejanísimo Oriente– para terminar Arquitectura allá, radicarse en Beijing, aprender a hablar el mandarín a la perfección y hacerse chino podría decirse, tan fuertes fueron los nexos personales que estableció. Cuestión que al Estado Chino poca mella le hace porque al cumplir Víctor sesenta años las regulaciones para extranjeros le quitaron la autorización para trabajar bajo contrato, lo cual lo forzó, a pesar de sus cuarenta años de residencia, a salir de China. El desastre venezolano se opuso a sus deseos de radicarse aquí de nuevo, y siempre deseando mantener el contacto con China aún fuese como visitante, se trasladó a Kuala Lumpur, Malasia, donde ahora vive.

Como puede verse pues, los esfuerzos educativos de Víctor José padre tuvieron éxito, no en el sentido ideológico-político que él presumiblemente imaginaba, sino en cuanto a la búsqueda de un contexto más amplio, nutrido por una cultura y un modo de vivir, que les permitiera crecer como personas: todos sus hijos varones tuvieron fuerte relación con China, porque incluso el tercero, Adolfo, vivió seis años en Beijing y dos en Shanghai completando sus estudios de medicina. Hoy ejerce como Anestesiólogo en Caracas. Y esa experiencia de un padre como él puede servirnos de ejemplo a otros padres porque nos dice que lo que más vale de las relaciones padre e hijo son los contenidos éticos –en Víctor padre el deseo de formar a sus hijos, de no dejarlos derivar en el tumulto general– y mucho menos el señalarle una dirección precisa a esa formación.

Antonio Ochoa-Piccardo el día de la inauguración de la Plaza Bicentenario, cuando esta era una promesa.

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El libro, si me tocara definirlo en una frase, es una explosión de imágenes, mayoritariamente de trabajos de diseño interior tanto en Beijing como en otras ciudades chinas. También incluye renderings de concursos o encargos no realizados. Son imágenes potentes, que revelan el deseo de crear atmósferas mediante el predominio de un color determinado o con combinaciones de fuertes contrastes, asociadas a grafismos o sinuosidades en paredes, techos y pisos; y en algunos casos introduciendo objetos: cáscaras que definen sub-espacios dentro del espacio general, plafones que nacen desde el suelo o a media altura, o volúmenes de formas libres que presumiblemente rodean elementos estructurales o canalizaciones técnicas, dando a los recintos un particular dinamismo que pudiera caracterizarse como un modo de expresión personal. Siguiendo una idea que el mismo Antonio expresa personalmente, la intención fue mostrar las imágenes paseando al observador por ellas, como un coffee-table book, llevándolo de un proyecto a otro sin establecer diferencias claras entre ellos –ni siquiera cronológicas porque un mismo proyecto se incluye en páginas separadas– e identificándolos sólo en un índice fotográfico al final del libro. Se entiende así que la intención es conectar a quien recorre las imágenes con un universo estético unitario que no depende tanto de las exigencias del proyecto como de las intenciones del proyectista. Un universo en el cual los materiales, el color y las texturas –señalados como secciones del libro, como también el espacio– son las herramientas esenciales que se utilizan para definir lo que corresponde a las necesidades prácticas, dejando deliberadamente en un segundo plano hasta el punto que ni siquiera se enumeran, la descripción de estas. Lo cual permite pensar que se nos está diciendo con este libro, o mejor dicho con el trabajo de Antonio Ochoa, que el diseño interior es antes que un ejercicio práctico de distribución de actividades en un recinto, una oportunidad para una búsqueda plástica visual y táctil que sin embargo responde a exigencias sobre todo utilitarias.

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La explosión de imágenes, si se quiere aprender de ella, exige escoger preferencias. En mi caso aquí las menciono, advirtiendo que no estoy excluyendo sino señalando.

Comienzo con un trabajo de arquitectura que desde que lo conocí –sólo por fotos porque cuando mi única visita a Beijing en 1999 no estaba construido, ni siquiera proyectado– me impresionó especialmente. Es la única experiencia de arquitectura del proyecto a la construcción incluida en el libro, y por eso mismo, por su valor como statement arquitectónico, impulsa a desear que Antonio pueda construir durante muchos años más.  Porque la Cantilever House (2002), como se llama, que forma parte de un conjunto de casas construidas cerca de la Muralla China en Beijing (el nombre del conjunto es Comuna de la Gran Muralla) es una obra muy interesante. No sólo tiene la nada común virtud de situarse en el paisaje inmediato de un modo no sólo correcto sino impecable, apenas modificando la topografía y dejando que la pendiente pasea través de ella, sino que su volumen, su color contrastante con el entorno, ejerce como contrapunto naturaldel verdor de su entorno. Además, sus generosas terrazas-balcones son casi un manifiesto tropical en una ciudad donde ellas escasean tal vez por los rigores climáticos, tal vez por las herencias, tal vez por los temores chinos, que los hay y muchos, todos atributos –y otros que no menciono– que hacen de esta casa, de lejos, la mejor de las que se construyeron en la Comuna. Sin que sea ocioso mencionar que entre los arquitectos que en ella participaron –cada uno una casa– hay unos cuantos que se han convertido en celebridades (vale mencionar por ejemplo a Shigeru Ban, el japonés Premio Pritzker), circunstancia que permite recurrir al adagio que nos dice que más vale caer en gracia que ser gracioso, tan aplicable al juego de celebridades en el que participan los países poderosos. Juego sobre todo mediático al cual, debo decirlo, por su vaciedad y superficialidad, le presto mínima atención.

La Casa “Cantilever House” parte de la Comuna de la Gran Muralla, en Beijing. Doble página del libro.

El gran balcón de la casa: un “statement” personal y cultural.

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Uno de los trabajos mostrados es la sede de la Corporación Changyou, del 2014. Antonio no tuvo intervención en la arquitectura sino en los interiores: el edificio fue adquirido como obra gris. Según me explicó verbalmente (echo de menos en el libro ese tipo de explicaciones, al igual que planos o diagramas) Antonio hizo que la relación de las áreas de trabajo con el exterior se efectuara, por decirlo así, desde un territorio interno y no desde la fachada, creando algo como un segundo edificio, separado de la fachada por un espacio de circulación, identificándolo de modo claro y fuerte con un color distintivo aplicado en muebles, estructura, alfombras, conductos etc. Rasgo que se hace evidente sobre todo de noche, como lo muestra la impresionante la fotografía nocturna que se incluye y aquí vemos.

La sede de la Corporación Changyou, los interiores son obra de Antonio. Un manejo impactante del color que se percibe sin artificios desde fuera.

El gimnasio. Aquí el verde es el motivo.

 

El Kindergarten Muffy de 2011 también me interesó, sobre todo por el juego gráfico, aplicado en elementos que emergen de la fachada como franjas verticales superpuestas a ella, de color su revestimiento de mosaico de cerámica llegando a crear lo que pudiera llamarse un arcoíris petrificado cuyos tonos se repiten en superficies y rincones del edificio.

El Kindergarten Muffy. El edificio existía y fue intervenido interna y externamente.

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Y en clave más modesta por sus menores dimensiones destaco tres trabajos.

El Restaurant Garden of Delights en Beijing, del cual fue socio el arquitecto.  Se organiza en un difícil espacio largo y estrecho correspondiente al retiro de un edificio. El techo es una bóveda de medio punto de madera construida con durmientes de producción industrial, que sirve de encofrado a un sandwich de poliestireno y mortero con malla metálica. La bóveda se interrumpe regularmente por láminas traslúcidas de policarbonato también de perfil cilíndrico que dejan entrar la luz natural y son a la vez  fuente de  luz artificial.  El color se relega aquí a ciertos sitios,  los sanitarios por ejemplo,  dándole más bien protagonismo al mobiliario y a la madera –bóveda, paredes y piso– en búsqueda de calidez.   Un lugar muy especial que lamentablemente debió cerrar operaciones.

El restaurant Garden of Delights

El sanitario de Garden of Delights

En segundo lugar el Loft Cao Chang Di, un trabajo temprano, de 2006, con el cual me identifico tal vez por la forma como la estructura penetra, mostrándose, el techo falso de madera con sección en arco.

El Loft Cao Chang Di de 2006

Y en tercer término la casa Sampson´s Courtyard House, un trabajo que confieso me atrae fuertemente tal vez por tratarse de un tipo –la casa-patio– que he explorado personalmente y aquí está resuelto de modo soberbio. Se trata de una casa tradicional cuya hermosa, sencilla y mínima fachada externa es de piedra. El patio interno es alargado y estrecho, configuración muy típica en zonas urbanas de China. La fábrica estaba tan deteriorada que sólo se conservaron – me lo comunica Antonio porque no hay texto que lo diga– las paredes, siendo necesario reconstruir todo lo demás para lo cual se utilizó básicamente material de demoliciones, incluyendo la madera de la estructura del techo la cual se reconstruyó siguiendo modos de construcción tradicionales. Por su altura, por la dimensión de sus elementos y por su construcción muy tramada y llamativa, la estructura se hace protagonista de los espacios principales de la casa, contribuyendo a darle una atmósfera cálida, serena, muy hermosa. Al patio se le da un valor visual unitario rodeándolo de celosías de madera y además se lo altera con la atrevida inserción en él de la cocina, que lo divide en dos permitiendo además el paso protegido entre las alas a cada lado de él. La cocina tanto interna como externamente es de diseño industrial muy refinado, lo cual hace que contraste felizmente con las celosías.

La fachada de la Casa-Patio Sampson

Se reconstruyó la estructura del techo según pautas tradicionales con materiales de demolición.

La cocina, como objeto casi abstracto de factura industrial, irrumpe como contrapunto en el patio rodeado de celosías de madera.

Uno de los dos dormitorios. Madera y piedra.

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Para culminar esta descripción de preferencias, menciono a la Sala VIP del Museo de Planeamiento de Beijing (2004), en el cual paredes y techo se funden en un solo envoltorio de madera compuesto por delgadas láminas que se insertan a manera de tejas en un esqueleto como de cuadernas del casco de un barco, tejas que esconden a media altura del espacio lámparas que complementan la iluminación inserta en la cumbrera –la arista  más alta sobre la mesa central– solución que aparte de su atractivo visual garantiza una buena condición acústica. La mesa, foco principal del ambiente, es un diseño que revela conocimiento de las propiedades estructurales de la madera porque el tablero superior es un doble voladizo de canto particularmente esbelto, y su calidad de ejecución excepcional. En resumen se logró aquí un espacio visualmente muy rico a partir de componentes de diseño de muy difícil ejecución, facilitada ésta no sólo por el rigor constructivo chino, sino porque según Antonio le comunica al crítico chino Fang Zhenning en la entrevista inserta a lo largo del libro, fue posible utilizar un software CAD –Rhino– cuyo manejo estuvo a cargo de una colaboradora de origen británico que trabajó en este proyecto. Del cual puede decirse, en resumen, que por sí solo amerita ser publicado y conocido.

La sala VIP del Museo de Planeamiento de Beijing.

El plafón abovedado… ¡la mesa!

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Luego de este vuelo de pájaro sobre el contenido del libro, es necesario destacar que una de las virtudes de este joven –porque se es joven a los sesenta– arquitecto venezolano, es sin duda la modestia. Una modestia tranquila. Porque si cualquiera pudiera pensar al considerar que el libro fue publicado a sus expensas, que se trata del deseo de usarlo para gritar por encima de la muchedumbre, cuando se conoce el modo quieto como Antonio espera las reacciones de quien lo ve, sin ansiedad alguna, sólo dejando espacio para que cada quien considere lo que ve, queda claro que lo que ha deseado el autor es comunicarse, darle permanencia mediante la publicación a una experiencia ya larga que sin duda destaca por su singularidad, esperando del lector una reacción meditada, una palabra reflexiva.  Y digo yo por mi parte sin seguir especulando sobre la actitud del autor, que me alegra muy especialmente que un hijo de este país difícil deje de ser imitador y construya un lenguaje propio, cultive una visión estética y se mantenga firme hasta la realización de una obra sólida en un medio radicalmente distinto al que lo vio nacer. Medio que, si piensa uno que pese a esa presumible radicalidad ha permitido que un extranjero construya tan especiales cosas, pudiera ser que en el fondo no sea tan radicalmente distinto. Conviene dejarse espacio para pensar que el lejanísimo oriente no es en verdad tan lejano. Que pudiera estar más cerca de nosotros que aquellos geográficamente inmediatos. La historia de los Ochoa-Piccardo nos invita a considerarlo. Y después de todo, la obra de Antonio Ochoa, venezolano de pura cepa, ha sido construida  en esa lejanía.

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Y cierro con una acotación útil.

En la entrevista a la cual aludí antes, Antonio Ochoa hace distintas críticas, bien razonadas, a ciertos aspectos del modo como en China se ve, se practica y se debate la arquitectura. Críticas por cierto que los medios occidentales registran sólo de un modo muy leve, tal como si fuese delicado –o impertinente– ver lo que ocurre en China en tono distinto de la aquiescencia y la admiración acartonada –lo milenario, la sabiduría, lo legendario…– que se ha hecho típica de todo aquel que desde los países centrales se asoma al lejanísimo oriente. La cuestión es tan notoria que hace pensar que todo arquitecto (o crítico de arquitectura porque a ellos también les pasa) maneja sus opiniones sobre el ambiente chino con extremo cuidado no vaya a ser que sus opiniones le resten preferencias a la hora de una invitación, un homenaje, o una llamada a hacer un proyecto. Se hace gala pues de prudencia interesada, algo que siempre flota sobre la relación arquitecto-poder. Y los chinos tienen mucho poder, de eso no hay duda.

Es por ello que la sinceridad y agudeza con la cual Ochoa se expresa, diciendo cosas no complacientes, tiene un valor especial en cuanto revela honestidad intelectual, deseos de transparencia y muy especialmente algo que valoro en sumo grado: libertad para expresar puntos de vista sin el peso de lo políticamente correcto, sin temor a no ser tomado en cuenta o, más aún, sin el deseo de darse importancia como alguien plenamente integrado –que acepta todo de modo acrítico– a un contexto considerado exótico y que por ello mismo da imagen, da bomba como se dice en Venezuela. Está muy lejos su actitud de la de esos arquitectos estrellas que se pasean por el mundo como seres neutrales que solo hablan de sí mismos.

No voy a detallar las distintas opiniones con contenido crítico hacia el contexto chino que hace Antonio pero me quedo con dos: la que hace notar las arbitrarias y negativas transformaciones que sufrió el proyecto del Teatro de Ópera de Beijing de Paul Andreu (1938-2018) a manos de la burocracia arquitectónica, y el carácter puramente escenográfico-cosmético al cual fue reducido por esa misma burocracia el enorme envoltorio externo del Estadio Olímpico de Beijing –llamado el Birds Nest– de Herzog y De Meuron, que pasó de cumplir funciones estructurales a ser un costoso entramado metálico que oculta y aparenta. Reducciones o alteraciones que, en el caso de Andreu se conocieron sólo parcialmente casi como chismes; y en el del Estadio, presumiblemente por las razones que acabo de anotar, los arquitectos nunca las ventilaron públicamente.

A esa actitud de Antonio Ochoa hay que darle un valor especial. Es la de una persona libre de ataduras.

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