VER LA VIDA (16)

(A partir de esta fecha, haciendo click en la sección Textos de este Blog se tiene acceso a la Entrevista a Marcos Pérez Jiménez realizada por Oscar Tenreiro en Febrero de 1995)

Oscar Tenreiro

La carretera acompañaba al río en su descenso hacia el mar en los últimos kilómetros antes de llegar al pueblo de Ocumare. Desde el carro, si nos ayudaba estar en la punta y no en el asiento del medio, veíamos muy cerca las riberas pedregosas abrigadas por los grandes árboles y ocasionalmente lugares donde el agua clara, como la de todos los ríos de esas montañas de la costa, formaba los pozos –unas piscinas naturales– rodeados de grandes peñascos redondeados que como dije me intrigaban. Naturaleza amable que invitaba a quedarse un rato en la ribera viendo y apreciando, deteniendo un poco el tiempo como muchas veces quería uno que ocurriera, sabiendo que deseos así no cambian los planes de los adultos. Además, nuestro destino estaba junto al mar, se iba haciendo tarde y debíamos proseguir, llegar a donde había que llegar, obsesión que hace imposible cumplir con lo que generalmente desea un niño, quedarse un rato y curiosear, reconocer, prolongar el tiempo bueno. Detenerse a contemplar sin importar seguir lo deseé muchas veces junto a ese río y lo hice sólo una vez hará veinte años, la contemplación alterada por el constante miedo venezolano a un asalto. Aunque debo admitir que esa idea de la amabilidad del río la alteraban unos letreros de color negro con letras blancas que se hacían presentes en los lugares más atrayentes advirtiendo que el río tenía bilharzia[1]. Y también los relatos de las inundaciones, uno de ellos de Jesús Antonio el mayor que en uno de los últimos años de vacaciones cuando ya él manejaba, fue testigo de una, precisamente cuando se encontraba cerca del pueblo. Contaba de como lo había impresionado que el río se ponía marrón, rugiente, y en las partes en las que se salía del cauce se iba metiendo por todos los recovecos obligando a apresurar la marcha para llegar a zonas protegidas. Y también lo vimos nosotros crecido otras veces.

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El pueblo no era muy atractivo. Supongo que lo habían fundado en ese lugar por la necesidad de quedar próximo a las tierras cacaoteras o caucheras, pero ni el sitio ni el pueblo llamaban nuestra atención. Sólo la iglesia edificada por voluntad de Gómez y entonces semiabandonada por carecer de párroco, destacaba entre un puñado de casas grandes que tal vez eran de funcionarios de tiempos del caucho y la exportación de cacao.  El resto tenía poca vida, calles desiertas y polvorientas con unas cuantas bodegas que poco vendían. Y mucho calor porque en esa zona no corre la brisa.

Ya desde unos kilómetros antes de llegar al pueblo la carretera se había angostado –lo dije más arriba– sólo la mitad pavimentada y debía irse más lentamente ante la posibilidad de otro vehículo en dirección contraria. Al salir del pueblo luego de pasar del lado derecho el muro y la puerta de entrada a la hacienda de una familia de Caracas, se circulaba por unos kilómetros con una acequia de otro lado y luego del muro grandes árboles del otro, que separaban de tierras de cultivo antes de llegar a las colinas, estribaciones de la cordillera, que separan a los valles de Ocumare con los mucho más estrechos y menos profundos de Cata. Así hasta llegar al paso del río, del cual se había alejado la carretera y ahora debíamos cruzarlo porque desembocaba en el mar del lado este de la bahía, mientras que las casas del pueblito, y ya junto al mar las casas vacacionales, quedaban del lado oeste.

El cruce se convertía en una especie de espectáculo dado el estado del puente, colgante y de madera, hecho construir por Gómez. Podría tener unas tres décadas de terminado, que no es demasiado, pero ya en 1944 año que tal vez podría haber sido el primero de nuestras vacaciones playeras, crujía de lo lindo al paso del carro y cuando se iba en autobús los pasajeros debían bajarse y pasar a pie. Me imagino que fui testigo de este ceremonial porque alguna vez usé el autobús, pero no creo que por edad lo haya hecho solo y hoy soy incapaz de recordar la circunstancia en la cual fui pasajero siendo el chofer nuestro amigo Ciro. En 1946 el pintoresco y vetusto puente fue sustituido por uno metálico.

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El nombre de lo que califico como pueblito era el Playón, nombre que en realidad correspondía a una llanura inundable que se extendía unos tres por tres kilómetros desde allí hasta poco antes de la playa, y se convertía en laguna –una vez la vi así desde nuestra casa– con las grandes crecidas del río, lo cual obligó a cruzarla de canales de drenaje con motivo de los programas de saneamiento contra la malaria que se hicieron en Venezuela a partir de 1941. Luego de las crecidas, el suelo quedaba con esa costra de limo seco fracturado que uno ve siempre en todo fondo de laguna que se ha secado. Suelo en el cual nacía y proliferaba la bonita yerba silvestre llamada verdolaga, de hoja suculenta, que caracterizaba esa llanura y es común en las fronteras entre arena y tierra de todas las playas de la costa central venezolana.

El pueblito en realidad no era pueblito sino unas cuantas casas construidas cerca de una capilla muy sencilla y escasa, todo en torno de un claro que hacía las veces de plaza y un poco más allá el puente. Allí estaba la bodega de Evaristo Velásquez, amigo de la casa, persona muy especial querida por toda la comunidad quien habría de ser unos años después Prefecto de Ocumare. Y de su bodega, una de las cosas que recuerdo y mencioné más arriba era que se iluminaba de noche con lámparas de carburo, un par de ellas sobre el mostrador. Nunca supe exactamente como funcionaban; eran de latón, un cilindro con un cono adosado, que terminaba en punta con un orificio por el cual salía el gas –acetileno– producido por la mezcla de carburo de calcio y agua ubicada en el cilindro inferior. El gas se quemaba en una llamita que iluminaba bastante bien y a un costo mínimo. Me llamaba mucho la atención el que ese polvito, el carburo que también se vendía en la bodega, al mezclarse con agua generara un gas inflamable. Y supe después que podía usarse para matar cangrejos de esos grandes, azules, de río, con impresionantes macanas, un poco repulsivos –según Internet comestibles en Asia– que habitaban por miles en madrigueras cerca del río. Un amigo me lo explicó: se echaba el carburo por el hueco, luego se agregaba agua, se esperaba un rato y se lanzaba un fósforo consiguiéndose producir una pequeña explosión que hacía salir al cangrejo. Y una tarde, tiempo después, yo estaba más grande, salimos en expedición de cangrejos, compramos el carburo en la bodega de Evaristo donde ya no estaba Evaristo y nos adentramos en la ribera arcillosa poblada de manglares y llena de madrigueras que son como túneles del ancho de un puño que descienden –¿casi un metro?– al subsuelo. Probamos una docena de veces hasta que se nos acabó el carburo. El fracaso fue total, apenas logramos una minúscula explosión. Regresamos derrotados.

Estos cangrejos azules, intimidantes sus grandes macanas y su apariencia, eran muy comunes hacia la desembocadura del río. A veces se aparecían en las casas ante la alarma general. Aparentemente son comestibles. En Ocumare nunca lo oí decir. (Foto de Internet)

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Después de un par de casas vecinas a Evaristo comenzaba una carretera engranzonada, construida sobre un terraplén para protegerla de las inundaciones, que iba en línea recta hasta la mitad del Playón y allí torcía a noventa grados para enfilar directo al centro de la bahía cerca de donde comenzaba la arena. Cuando después de haber saludado a Evaristo y, si era el caso, recoger la llave de la casa que se había alquilado, ya empezaba la fiesta para nosotros. El mar iba a aparecer y comenzaría nuestra nueva libertad. La carretera llegaba a un grupito de construcciones frente al mar. En el centro destacaba un kiosco grande muy elemental con techo metálico al lado del cual había una casona de dos pisos ya bastante derruida que servía de hotel regentado por la señora Lourdes cuyo apellido nunca se mencionó. Del otro lado la casa donde llegaban unos años después los Ríos Gómez, unas adolescentes muy lindas, amigas nuestras. Entre el kiosco y el mar había un árbol de uva de playa –un uvero– viejísimo testigo de muchas cosas entre las cuales el noviazgo de Chucho y Cecilia y la fractura del brazo de un primo nuestro que se cayó jugando. El Kiosco, el comedor del hotel, y el uvero, se convertirían a lo largo de las vacaciones en centro de operaciones en la tarde-noche cuando nos reuníamos con los amigos.

Una amiga de Cecilia, Josefina de González, Calle Santos Michelena de Maracay, pintaba. Hizo del uvero junto al kiosco un tema que es hoy la única imagen que puedo mostrar de un lugar entrañable. La foto se la envió a mi hermano Edgardo un amigo hace unos años y la he publicado antes. Aquí va de nuevo, gracias a Josefina. A la izquierda la casa de los Ríos Gómez. En el centro, el tronco –o raíz– curvado que sirvió de asiento por décadas, como lo fue para Chucho y Cecilia de novios (Ver la Vida 8) o para todos los que quisiesen disfrutar de la sombra y la brisa marina.

Lourdes ofrecía un buen pescado frito, pero mamá hacía notar con insistencia que la cocina era muy desaseada y que allí no se debía comer. Y efectivamente, lo habremos hecho a lo sumo un par de veces. En cuanto a la casona[2], que fue el hotel de Lourdes, desapareció unos pocos años después y quedó el Kiosco junto al cual, del otro lado después de la casa de los Ríos Gómez había unas tres o cuatro casas separadas entre sí del tipo de las que los americanos construían en los campos petroleros. Chucho alquilaba alguna de ellas –la disponible, eran propiedad pública– para nosotros durante varias vacaciones, tal vez entre 1944 y el 47. Se llegaba a ellas viniendo del kiosco por una calle que corría paralela a la parte de atrás de las casas, cuyas fachadas principales abrían directamente a la franja de arena de la playa, bastante ancha en Ocumare por su condición de bahía abierta, y luego ¡por fin! el mar de fuertes olas que esperaba por nosotros.

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El comienzo de la franja de arena estaba en una cota más alta que la del Playón, por lo cual al llegar por la calle de atrás no se podía ver el mar. Y a uno le daba cosquillas en la barriga cuando al fin se detenía el carro, sabiendo que luego de correr unos metros subiendo hasta el comienzo de la arena con su verdolaga, iríamos a ver la inmensidad azul y el lejanísimo horizonte luego de la espuma del reventadero [3]. Era un momento especial y mamá nos dejaba solos con nuestras carreritas de entusiasmo mientras comenzaban los preparativos de limpieza y el acomodo que empezaría formalmente al llegar el camión con los corotos.

Porque en esas casas no había nada, así que en esos años iniciales las vacaciones eran una verdadera mudanza. Eran enteramente de madera y tenían unas cuantas virtudes entre ellas su comportamiento climático gracias a la ventilación cruzada y a que el techo estaba aislado con un plafón muy elemental. Estaban construidas levantadas del suelo un metro y las columnas de soporte hasta la arena atravesaban una batea de cemento que debía llenarse de agua para controlar el paso de insectos. De ellas ya he hablado en cierto detalle en otra parte por lo cual no voy a hacerlo ahora, pero baste decir que las recuerdo como confortables y gratas.

Nos trasladábamos con camas, mesa para comer y sillas, hamacas, ollas y demás, vajilla, cavas para hielo y me ha quedado grabado que mamá compraba hule para forrar la mesa de comer y poder limpiarla con facilidad. Así que lo que llamo el acomodo, si bien ayudaba la gente del camión, Cacá y mamá a cargo, era una labor fuerte que podía durar varias horas mientras a nosotros no se nos exigía –la sobreprotección– otra cosa que jugar.

Pasábamos entonces esas tres primeras horas jugando en la playa junto al mar, ya en traje de baño, a pleno sol, sin ninguno de esos recursos de protección solar de ahora, poniéndonos rojos como langostas por el solazo. Para convertirnos en la noche en quejumbrosos pacientes que requerían un tratamiento de agua con almidón para aliviar el dolor y poder conciliar el sueño. Quemaduras de sol cuya molestia iba desapareciendo al día siguiente hasta que nos curtíamos, sin que la nariz dejara de quemarse y pelarse –se nos formaba una costra– tres o cuatro veces durante la temporada. Un proceso que le pondría los pelos de punta a cualquier madre de estos tiempos porque ni siquiera se nos ponían camisetas o sombreros. Para usar el modismo venezolano, hoy un poco en desuso, sol parejo era lo nuestro.

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[1]La bilharzia es un parásito que compromete fuertemente la salud. El vector es un caracol típico de muchos de esos ríos. Por esos años había campañas gubernamentales para evitar el progreso de la enfermedad que es endémica en Venezuela

[2]Me entero leyendo la biografía de Gómez de Tomás Polanco que esa casa era propiedad de Juan Vicente Gómez. La casa estaba ruinosa y en muy mal estado cuando la conocimos y me imagino que Lourdes había quedado como depositaria. Un destino parecido, tuvieron muchas otras propiedades de Gómez en Ocumare.

[3]Así llamábamos al lugar donde revientan las olas, la verdadera frontera entre mar y playa.

 

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