VER LA VIDA (17)

(Haciendo click en la sección Textos de este Blog se tiene acceso a la Entrevista a Marcos Pérez Jiménez realizada por Oscar Tenreiro en Febrero de 1995)

Oscar Tenreiro

Durante los años colegiales de Maracay hubo ocasionalmente situaciones y personas que iban a exigirme asumir conductas que pueden resultar difíciles para un niño y lo impulsan a recurrir a su intuición, que no es otra cosa que un sentimiento, una idea, una impresión acerca de lo que corresponde hacer, que no surge de razonamientos, sino que como dice Jung[1]se presenta como un todo que emerge en la conciencia. Los niños en general pueden ser muy intuitivos y esa forma de actuar que obedece a impulsos no razonados, ese sexto sentido como se le dice también coloquialmente,tal vez está en el origen de la muy hermosa leyenda cristiana del Angel de la Guarda, personalidad inmaterial protectora –un ángel, claro– que nunca te abandona y te dice cómo actuar.

Ante esas circunstancias me apoyé en Cecilia, por ejemplo, como ya he contado, en los incidentes escolares con alguna maestra o lo que tenía relación con mi comportamiento. Pero las madres pueden resultar en ciertas situaciones, particularmente para el hijo varón, demasiado apegadas a la protección y por ello mismo distantes de la dinámica de las relaciones entre pares que se resuelven de maneras que son difíciles de encasillar en los típicos consejos maternos no hagas esto o aquello. Cuanto de esa distancia de las realidades inmediatas que pudiera llamarse incompatibilidad hay en el desarrollo normal (sé que este término se cuestiona hoy pero no tengo otro, a menos que diga usual)[2] de la sexualidad infantil del hijo varón con su madre es asunto que habrán estudiado los especialistas, pero si me atengo a la experiencia personal es un hecho incuestionable: la madre resulta distante en cuanto a sus recomendaciones por excesivamente convencional. Es uno quien debe asumir el mando de sí mismo según su criterio personal, una actitud que se manifiesta en el niño –lo sabemos todos por experiencia– muy tempranamente.

Yo era naturalmente confiado y abierto como lo es cualquier niño, solo que en mí se hizo un rasgo característico. No ejercía esa forma de la sospecha que es la malicia. Creía que toda persona que trataba de acercárseme lo hacía con la mejor de las intenciones. Cualidad o virtud que resulta incompatible con las formas de trato, los hábitos y las derivaciones muchas veces perversas de esa carga ideológica que es el machismo, muy activa y vigente en esos años en la Venezuela que emergía de un mundo rural, y particularmente fuerte en una ciudad pequeña de corte esencialmente rural como era Maracay en ese tiempo.   Así que necesité del ángel una que otra vez y tuve la fortuna de conducirme con el tino necesario para superar situaciones y episodios en los cuales debí ejercer un carácter que mi aspecto –de catirito protegido– no revelaba.

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Y es que en el mundo infantil que me tocó vivir estaban presentes, no abiertamente, pero acechando, esas derivaciones hechas ya distorsiones, particularmente en cuanto al ejercicio de la masculinidad y desde luego también de la femineidad, muy distantes de la espontaneidad –y pureza– de los enamoramientos que ya narré. Distorsiones que eran toleradas gracias a una especie de sombra de silencio surgida de la hipocresía social de la sociedad machista. No es que ese riesgo fuese permanente, sino que a lo largo de los años se presentó en algunos momentos con vestiduras engañosas y el ángel –o la intuición–tuvieron necesidad de actuar.

Repito que en esas instancias se me planteaba un problema muy común en el varón que va creciendo y haciéndose persona. Si me permito una licencia coloquial, no era admisible para mí asumir conducta de niñita. Yo era un hombre y debía afrontar la situación como hombre, no siéndolo todavía en edad y desarrollo. Y en instancias como estas es cuando queda más claro el error que comete el padre, que lo cometió Chucho con nosotros, al alejarse, al evitar la presencia diaria en el acontecer infantil, el cual sabemos además que evoluciona con una enorme rapidez. Es en ellas cuando se hace evidente, cuando se muestra en toda su significación la importancia para el niño de las visiones complementarias que vienen desde el modo de ver la vida masculino y femenino y sobre lo cual aún hay mucho terreno que estudiar y debatir para superar esa especie de estancamiento políticamente correcto en el cual se están moviendo hoy las cosas. Estancamiento que se expresa en la creación de categorías en las que cada quien se encasilla, que funcionan, es lo asombroso y absurdo, como si se tratase de sectas que proponen formas de proceder y adquieren una representatividad completamente artificial que prospera en los medios de comunicación y tanto impide la mejor comprensión de los procesos de formación de la conducta.

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Como Cecilia era una intensamente practicante católica y mantenía además relaciones estrechas con las actividades eclesiásticas, de las cuales he dicho que su centro de operaciones –la Iglesia de Maracay– quedaba muy cerca de nuestra casa, podría pensarse que de ese ámbito podía surgir una manera de ver las cosas que contrarrestase esa especie de manto de niebla que configuraba la forma de pensar predominante. Pero en esos tiempos la iglesia venezolana era sumamente limitada en su alcance. Una parte importante de la clerecía, por ejemplo, era extranjera y sobre todo española, y en general la iglesia tenía una voz muy débil sobre los asuntos del mundo secular. Y debo decir algo que no he visto decir mucho: en mis tiempos de infancia, adolescencia y buena parte de mi vida adulta, en Venezuela había mucha antipatía antiespañola, incluso se hacía mofa del modo de ser español. Por eso, a pesar de que aparecían algunos curas más jóvenes (el Padre Cabrera tenía mucha edad) estos eran siempre españoles, de vez en cuando algún italiano, y por lo tanto eran vistos con distancia, aparte de que en general, tal vez como herencia de los tiempos de la dictadura de Gómez, los curas no se hacían sentir respecto a la forma de ver la vida sino que centraban su discurso en aspectos relativos al culto o de carácter estrictamente religioso, hasta el punto en que las homilías de la misa de los Domingos nunca que yo recuerde tocaban aspectos de la vida en general desde la perspectiva evangélica. La iglesia, el edificio, parecía siempre un ambiente vetusto y descuidado, poblado de beatas, como se llamó siempre en Venezuela a las ancianas o pre-ancianas habituales en las iglesias, en donde lo masculino no tenía presencia sino muy leve: era un mundo de mujeres, y sobre todo de mujeres viejas. Hasta el punto que los hombres al acudir a misa asumían un lenguaje corporal particular que subrayaba su distancia calculada al lugar. Por ejemplo, asistir a misa de pie y desde muy atrás, lejos del altar, arrodillarse con una sola rodilla en los momentos solemnes y rezar para adentro, en voz muy baja. Lo contrario a todo esto era cuestión de mujeres. Y para completar este cuadro no muy favorable a la vida corriente, los concurrentes habituales, como los monaguillos, el que hacía de sacristán, las señoras que cantaban y tocaban el armonio (órgano de pedal para acompañarse) que eran las hermanas Olivo[3], y en general los fieles habituales, eran gente que parecía sacada de algún libro de estampas antiguas. Aparte por supuesto de que quien tenía funciones parecidas a las de los sacristanes, incluyendo el toque de las campanas era una persona de conducta dudosa[4], lo cual exigía guardarle distancia.

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Los recuerdos de lo que me correspondió vivir en el ambiente escolar no son demasiado amplios y los detalles han desaparecido. Sería injusto decir algo distinto a que la vida diaria al compás de las obligaciones de alumno era grata y seguía las rutinas que sigue en general la vida de todo niño.  La vida proseguía con sus exigencias y hubo una de ellas que como expresión muy visible de la hombría fue tomando forma en mi ambiente y terminó tocándome un buen día: la necesidad de demostrar esa hombría con la violencia. Porque toda diferencia fuerte entre compañeros de estudio debía resolverse a golpe limpio, a menos que no te importase ser etiquetado como cobarde …gallina o niñita. Así que me caí a golpes un par de veces cuando estaba en Quinto Grado, el último que iba a cursar en el San Pedro Alejandrino de María de Lourdes de Poveda antes de pasar al Colegio Valles de Aragua para el Sexto Grado de Primaria, y el Primero y Segundo Años de Secundaria.

La primera de esas peleas casi no la recuerdo. Fue, como siempre ocurría, a raíz de alguna diferencia en el colegio. Al salir fuimos hasta frente al Teatro del Ateneo, allí nos dimos unos cuantos pescozones y sé que no me fue del todo mal. Pero fue la segunda la que se me quedó grabada porque el contrincante era un compañero que había sido hasta ese momento mi amigo, por lo que me quedó después la idea de que la violencia había carecido de sentido. Su apellido era Sadovnik y nos llevábamos bien hasta el día del pleito.

El ceremonial a seguir era también típico de la forma de proceder universal versión venezolana: se formaba un corro alrededor de los contrincantes que los acompañaba hasta el sitio escogido y allí convertirse en audiencia para aupar a alguno de los dos.  Recuerdo que esta pelea fue en la calle Santos Michelena precisamente en la acera de enfrente de la familia González, amigos de la casa.  Tiramos los bultos al suelo y empezamos a darnos golpes hasta que con el ruido salió de la casa la Sra. Josefina de González, amiga de Cecilia, y horrorizada intervino y de paso me dio un regaño tremendo aparte de quedar impresionada porque yo todavía temblaba mientras me tomaba un vaso de agua.

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La segunda pelea –aunque en realidad no lo fue– la causó la fama que los viernes de copas le habían creado a Chucho en Maracay. Uno de mis compañeros de Quinto Grado –yo nueve años, él once tal vez– se burló de papá de modo estridente en uno de los recreos de la mañana luego que le reclamé algo. Lo gritó en medio de la discusión hiriendo en lo profundo mi orgullo personal y llegué a la casa apesadumbrado y con rabia. Y tal como he dicho que Jesús actuaba en cierto modo como padre subrogante, así fue en ese momento: Jesús dispuso que yo estaba obligado a resolver el asunto a golpes. Con el apoyo de mamá, también con su orgullo herido, me dio Jesús instrucciones sobre cómo debía acercarme al otro –se llamaba Óscar también– al día siguiente y golpearlo al apenas verlo. Muy fuerte tenía que ser y debí ensayarlo frente a él dándole golpes al bulto escolar con toda la fuerza que podía. ¿Así estará bien? le preguntaba, mientras él –mamá observaba– daba su aprobación.

Así, bajo la influencia de tan particulares instrucciones pasé la noche sin mayores ansiedades, pero al día siguiente me levanté, como puede esperarse de un niño ante tal situación, sumamente tenso y dispuesto a ponerme a prueba.

Y ocurrió algo muy curioso, cómico en realidad: no asistió el culpable por alguna razón sino su hermano –estudiaban ambos conmigo– y cediendo a la presión que sentía tomé una decisión rápida: darle unos buenos golpes…a su hermano. Todavía recuerdo la cara sorprendida del muchacho –quien por otro lado era amigo mío– ante lo que veía como una agresión inexplicable porque no estaba enterado de los insultos de su hermano. Llegó a llorar y se armó un escándalo porque fue al inicio de las clases de la mañana, lo cual mereció que a ambos nos dejaran, sentados uno junto al otro, en el ya mencionado cuarto al lado de la Dirección, al principio los dos muy serios y distantes y a la media hora ya congeniando como amigos. Mamá se presentó junto con Jesús. Entre los dos discutieron con la Directora y le decían si ella se habría quedado tranquila si su padre hubiera sido insultado. Argumento que por supuesto no evitó que se me viera como un problema.

Ese día se decidió que a Edgardo, Carlota y a mí nos cambiarían de colegio. Jesús y Pedro Pablo ya estaban en secundaria en el Liceo Agustín Codazzi frente a la Plaza Girardot, diagonal con la Iglesia. Adiós al San Pedro Alejandrino, comenzaba otra etapa.

La Catedral de Maracay hoy en foto de Internet. La foto es tomada desde donde estaba el Liceo Agustín Codazzi que fue demolido y el lote convertido en plaza.

[1]A lo largo de su obra y su discurso.  Lo desarrolla in extenso en su libro Tipos Psicológicos que ha sido editado muchas veces y se encuentra en sus Obras Completas.

[2]En el ámbito gay se prenden alarmas cuando se usa el término normal, por razones bastante conocidas que aparecen con frecuencia en el periodismo. Sin embargo, ese es el término que corresponde usar en lo que voy diciendo.

[3]Las Olivo eran un par de hermanas que cantaban en las misas, una de ellas tocando el armonio, un órgano de pedal, unas señoras muy meritorias, sesentonas o setentonas, de voces chillonas fáciles de ridiculizar. Eran como el símbolo de una iglesia desteñida. Lo más curioso para mí es que vinieron a ser con mi segundo matrimonio parte de mi parentela porque mi suegro era Juan Bautista Rodríguez Olivo, ya fallecido.

[4]Esta anécdota merece algún desarrollo que haré más adelante. Jesús me contó una vez de los avances de este personaje, que él rechazó y lo hicieron alejarse del día a día en la iglesia.

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