VER LA VIDA (24)

Oscar Tenreiro

Pedro Pablo, el segundo en edad de los hermanos, tenía grandes orejas heredadas del lado Tenreiro. Muy parecidas a las de Monseñor Tenreiro. Característica física muy difícil de disimular que insiste en aparecer en sucesivas generaciones para incomodidad tanto del que la tiene como de la de sus padres. Aunque afortunadamente hoy la operación de cirugía plástica que las domestica no es costosa y se practica de modo regular. En realidad, todos éramos orejones –las fotos lo dejan claro– pero en Jesús y Carlota el rasgo se atenuó en la adolescencia, yo lo tuve disminuido, al igual que Edgardo siempre discreto con su apariencia.

De bebé tenía otro rasgo que mamá hacía notar cuando mostraba fotos: Pedro Pablo ponía sus piernas rígidas cuando lo sentaban en la cama o en una poltrona amplia, tal como aparece en esta foto junto a Jesús la cual por detrás tiene una dedicatoria con fecha. La foto debió haberse tomado cuando tenía cinco meses y apenas se sentaba (nació el 27 de Agosto del 37).

Jesús y Pedro Pablo en Valencia en mayo de 1938

Y siempre según mamá y deduciéndolo de su postura en las fotos en las que siempre aparece como esperando autorización, fue un bebé muy dócil y risueño que dio muy poca guerra y se adaptaba fácilmente a las disciplinas típicas de esas edades: para comer, para dormir, para sus necesidades básicas. Lo cual no siempre fue así, porque cuando empezó a ir al colegio era inquieto y poco dado a seguir las pautas escolares. Y deduzco de su manera de ser cuando pude empezar a conocerlo mejor, que tenía como suspendido, es decir como impulso no expresado del todo, el deseo de evadirse de lo que lo rodeaba. De dejarse llevar por su vida interior. Rasgo que me parece que conservó hasta adulto si me atengo a una mínima conversación cuando ambos éramos ya bastante maduros.

Abajo a la izquierda Pedro Pablo en 1941. Edgardo en brazos de la abuela Elizabeth.

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Si me voy hacia atrás y exploro su huella en el ámbito familiar, es evidente que Pedro Pablo vivía sin ese deseo de mostrarse, de hacerse presente en los demás, que tenía por ejemplo Jesús y que yo he tenido toda mi vida. Para no hablar de la actitud adulta de Carlota, poco antes de su muerte, que exacerbó ese rasgo, el cual Jesús describió una vez diciendo que era capaz de contarle su vida a un compañero de ascensor mientras iba de la Planta Baja al piso quince.

Por ser el segundo y porque la precocidad del primero era avasallante, Pedro Pablo daba la impresión de ser callado y discreto. Lo cual era una simple impresión porque Pedro más que discreto era cauteloso. Mamá siempre dijo que él era de los hermanos el más parecido en carácter a papá. Y papá era cauteloso. Siendo de personalidad fuerte Pedro Pablo trataba de expresarse en forma contenida; un modo distinto, incluso opuesto al de su hermano más figurante que era Jesús. Pedro, en efecto, pese a su cautela desarrolló una personalidad claramente autónoma capaz de llevarlo muy temprano en edad, a decisiones que eran de él y de nadie más. Personalidad que incluía una característica que lo hizo muy especial entre nosotros: era contemporizador y afable y nunca buscaba los conflictos, muy al contrario de lo que ocurría conmigo. Y ni qué decir de Jesús.

Pedro, Carlota y Jesús en Maracay, tal vez en Septiembre de 1939. Uno de los mecedorcitos siempre a la mano para las fotos.

Foto tomada en el Hotel Jardín, en una fiesta de carnaval en 1938. El risueño Pedro Pablo y Jesús.

Piñata de los dos años de Carlota en Maracay. Pedro Pablo y Jesús esperan instrucciones. A la derecha mi corral.

Detalle de una foto con Pedro Pablo muy atento.

Una vez tuve una pelea muy fuerte con él, no recuerdo por qué motivo. Fue dura, de irnos a las manos con violencia. Y en un momento dado, mientras me apretaba contra su pecho tratando yo de zafarme lo mordí en el pecho con rabia; y aparte de gritar y suspender drásticamente el pleito por el dolor, los dientes le quedaron marcados en una herida de color morado que se veía bastante mal. Acúsome padre, es lo que se me ocurre decir cuando lo recuerdo, a la vez que reflexiono y me digo que entre hermanos puede en efecto haber violencia cruel, lo sabemos desde tiempos bíblicos. Nunca le pregunté si recordaba aquella pelea. A mí me quedó el arrepentimiento.

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Tuve poca conexión con él en tiempos de la infancia, poco me enteraba de lo que hacía, de lo que prefería, de lo que inventaba (por ejemplo sacarle la máxima espuma –casi sólida– al jabón azul con agua en un plato hondo de peltre, lo cual hacíamos de cuando en cuando), pese a que al menos en una ocasión inventamos algo juntos que tuvo consecuencias importantes y la narro así, de entrada. Un día de mis cinco o seis años, Pedro Pablo siete u ocho se presentó ante mí a media mañana, probablemente de un sábado, con un paquete grande de muchas cajas de fósforos de los de palitos de madera, que eran los que circulaban en Venezuela antes de la creación de la Fosforera Nacional. Lo interesante, lo atractivo de una caja de fósforos para un niño no es que se use uno por uno para prender algo sino que se prendan todos los fósforos a la vez dentro de la caja, saliendo la correspondiente llamarada, como creo que todo niño ha visto alguna vez y ha hecho mientras no lo ven. Y eso fue exactamente lo que se nos ocurrió a Pedro Pablo y a mí cuando se presentó con su paquete: prenderíamos una a una cada caja y así tendríamos una buena cantidad de llamaradas. Conseguimos pues una ponchera de peltre donde iríamos poniendo una a una las cajas encendidas. Y nos escondimos a entregarnos a ver las llamas en el sitio menos indicado: la sala de la casa, detrás del sofá. Empezamos inmediatamente, una caja, dos cajas, tres… y todas las cajas prendidas se iban juntando en la ponchera. Pero de repente un ruido, era mamá que llegaba de la calle, había que esconder todo. Y se nos ocurrió rodar la ponchera que todavía tenía algunas llamas hacia debajo del sofá. Hola mamá y demás saludos fue el siguiente capítulo, lo cual hicimos sin que pensáramos que debajo del sofá pasaba algo. Y pasaba. El forro del asiento empezó a quemarse y Cacá dio unos griticos de alarma al ver el humo mientras nosotros ayudábamos a mover el sofá, que por cierto era bastante pesado. Sí, se estaba quemando el forro, no con llamaradas, pero quemándose. Corrieron a coger agua, creo que nosotros ayudamos, alguien volteó el sofá y el agua, que se lanzaba salpicándola para no dañar el resto del mueble, calmó el avance de lo quemado. Se veía un gran hueco y los resortes del asiento sonaban shhhhhh con el salpique del agua.

Ya controlado el incendio vino el regaño; no hubo azotes porque eso ya no se acostumbraba, pero lo merecíamos.  Y el castigo consistió en dejarnos sentados el resto del día en los mecedorcitos que había a la entrada de la sala y del cuarto de Edgardo y yo; en los cuales están sentados Jesús y Pedro Pablo en la foto que acompaño.

Esta foto de Jesús y Pedro Pablo en los mecedorcitos en Maracay -1943 (donde nos sentaron castigados a Pedro y a mí) ilustra bien ambas personalidades. Al fondo el cuarto de Edgardo y yo.

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Lo anterior no quiere decir que Pedro Pablo fuese muy travieso sino simplemente que podía aparecerse de repente con un paquete de cajas de fósforos de procedencia desconocida. Aunque repensando ahora el incidente parece lógico pensar que lo había sacado de la despensa de la cocina, porque curucutear era una de sus habilidades. Yo sabía que como papá fumaba, compraba los fósforos por paquetes de muchas cajas, pero no se me había ocurrido curucutear en la despensa y menos aún en su escaparate, en cuyo cuarto, sin embargo, hacíamos incursiones para sacarle algunos bolívares de su monedero, incursiones en las cuales Pedro Pablo y Jesús tenían amplia experiencia. Y lo curioso es que papá nunca se quejó, lo cual me hace pensar que simplemente aceptaba la travesura, o, como lo que nos llevábamos era el sencillo (yo lo usaba para comprar estampillas), no se daba cuenta.

Y sea con dinero regalado, sea inocentemente sustraído del monedero de papá, Pedro Pablo tenía una habilidad especial para aparecerse con cosas que generalmente eran producto de una sagacidad natural –¿malicia tal vez?– que los demás no teníamos, sumada a una curiosa capacidad para ahorrar, no sólo dinero, sino cosas, con lo cual quiero decir que de repente se aparecía con algo que había encontrado no sé donde y podía ser usado en actitud de juego. Como lo que mencioné: un pedazo de jabón azul, agua, todo en un plato de peltre, y un tenedor para batir. Por eso tenía como una especie de reserva en las gavetas de su escaparate o en alguna otra parte, cosas que tenían algún interés o que podían aportarse a un determinado juego. Como lo del paquete de fósforos. Y por eso también, cuando era mayor, se aparecía con cosas bastante más sustanciales producto de su tendencia a sumar recursos –de dinero– es decir ahorrar, que sumaba pacientemente sin decírselo a nadie y así mostrar repentinamente el resultado.

Diploma de Cuarto Grado: era buen estudiante.

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Más o menos a sus once años nos mostró un buen día un radio portátil de pilas que había comprado. Yo me sorprendí muchísimo y aunque nunca supe en detalle cómo había logrado adquirirlo, lo más probable es que haya ahorrado guardando los regalos de cumpleaños en efectivo de los tíos. Porque los hermanos de mamá nos regalaban dinero con bastante generosidad y entre cumpleaños y navidad podíamos reunir bonitas sumas, hasta el punto de que recuerdo haber llegado a tener una vez hasta quinientos bolívares. Así que Pedro Pablo pudo haber reunido algunos cientos hasta completar una cantidad que mediando una ayudita menor de mamá pudo comprar el radio. Lo cierto es que un día se apareció con el artefacto, porque se trataba de un artefacto. Era marca Andrea y tenía forma de maletín grueso, voluminoso, con asa porque las pilas eran pesadísimas, y estuvo prestando servicio a la familia durante un cierto número de años. Estaba por supuesto a disposición de todos los hermanos, de modo que yo lo usé para oír mis juegos de béisbol durante algún paseo y Jesús para oír música clásica por Radio Nacional. Pedro Pablo se lo llevó cuando lo inscribieron en el internado del Colegio San José de Los Teques, para estudiar el cuarto año de secundaria y de allí en adelante no vi más el radio que bien pudo transformarse en algo inútil gracias al avance de la tecnología.

El radio de Pedro Pablo formó parte de la vida familiar un tiempo. Aquí un ejemplo de Internet

Otra muestra de su capacidad de ahorro fue cuando tenía unos catorce años y se apareció un día con una cámara fotográfica bastante elemental pero de cierta calidad (porque si mal no recuerdo era marca Zeiss o Voigtländer), con la cual se podían tomar fotografías con buena técnica básica, como lo prueban las dos que aquí muestro. Una la debe haber tomado él cuando Jesús, Carlota y yo junto a los hermanos Lairet (Julio y Andrés ambos hoy médicos, Andrés cardiólogo) íbamos por el Playón de Ocumare en dirección al cerro desde donde arrancaba el camino que iba hacia la bahía de Maya, vecina de Ocumare. También es de él la foto de Edgardo y yo frente al reventadero de Ocumare con cielo gris de lluvia, yo de aproximadamente trece años poco antes de mudarnos a Caracas. Pero no desarrolló Pedro Pablo una afición a la fotografía, sino que tomaba fotos aquí y allá de las cuales se han conservado muy pocas. Sin embargo, a mí me sirvió su cámara para iniciar mi propia afición, que fue muy intensa y, más moderada, la tengo hasta hoy.

Caminando por El Playón de Ocumare, Julio y Andrés Lairet con nosotros. Pedro fue el fotógrafo. Tal vez 1950.

Otra foto tomada por Pedro Pablo el mismo año de la anterior.

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Pedro Pablo era particularmente ordenado con sus cosas, algo necesario para una persona previsiva, porque fue con esa virtud como se fue perfilando en el ámbito familiar, rasgo que se hizo muy fuerte en él con la mayor edad hasta convertirse para una persona como yo, muy poco previsiva, en un punto de incomodidad en nuestras relaciones. Pero en la infancia la previsión no sólo es una rareza sino una indiscutible virtud si se manifiesta en una familia numerosa. Si por ejemplo faltaba algo cuando íbamos a pescar al muelle de Ocumare, Pedro Pablo lo tenía. El hilo de algodón número ocho que era el recomendado para poner el anzuelo por su resistencia y por ser difícil de ver –se suponía– para los peces, lo tenía Pedro Pablo, también los anzuelos adecuados e incluso conocía bien cómo amarrarlos al hilo y donde poner el correspondiente peso de plomo. Y sacaba catacos (una sardina más grande) con bastante facilidad. Yo, por el contrario, me iba de pesca sin tener completo lo necesario, víctima de una actitud un poquito atropellada que todavía padezco.

Esta silueta le fue hecha a papá en un tarantín de los de la Feria de Chicago de 1934. El parecido con el perfil de Pedro Pablo es claro. Mamá lo decía.

Ya un poco mayorcito su tendencia en el ámbito escolar a dejarse llevar le trajo algunos problemas. Estando en el Liceo Agustín Codazzi estudiando el segundo Año, por ejemplo, simplemente no iba a clases, si bien salía de la casa diciendo que iba. Y preferentemente con su gran amigo de ese tiempo Andrés Osechas, se iba a jugar tenis al Hotel Jardín (podía entrar el que quería y además conocían a papá), o a bañarse en la piscina y practicar clavados, en los cuales ya dije que adquirió soltura. Ante la alarma de sus mayores que pensaban que esa distracción era una grave falta que ameritaba correcciones drásticas, las cuales, por cierto, y sobre todo en esa época donde se respetaba poco el fuero de la infancia o la adolescencia, siempre tienden a ser inadecuadas. Y no sé si él estaría de acuerdo en lo que yo señalo ahora: pienso, lo pensé siempre, que no fue la mejor decisión tratar de corregir las escapadas de Pedro Pablo poniéndolo como interno en el Colegio San José de Los Teques[1], pero allí lo inscribieron y estuvo separado de nosotros durante el Cuarto Año, y si hablo por mí, nos hizo falta su presencia en la casa. Aunque había un lado positivo: cuando lo íbamos a visitar los fines de semana, pasábamos por el internado de mujeres –que se llamaba María Auxiliadora– a saludar a una de las hermanas Angarita (Omaira creo) que era gente amiga de la casa. Para mí en esas visitas se hacía realidad el sueño que todo hombre tiene de estar rodeado en plan de simpatía o de alegría (sin que necesariamente figure el componente escabroso) de decenas de niñas lindas que se interesaban en estos muchachones que éramos nosotros –los cuatro varones porque Pedro nos acompañaba– durante el tiempo que duraba la visita. A uno se le iban los ojos con las más bonitas.

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Andrés Osechas era hijo de un odontólogo que nos atendió a todos, y una señora francesa muy agradable y graciosa, de nombre Lissette, en mi recuerdo una hermosa mujer, dulce como no puede esperarse de un francés, que nos cantaba en su idioma Mon pays et Paris (https://www.youtube.com/watch?v=ciGz2zgR3nE) canción que ahora sé que es de Josephine Baker y que ella –la señora Osechas– tenía la delicadeza y la disposición de ánimo para, como si fuese un teatro familiar, cantar en el segundo patio de nuestra casa ante unos niños como nosotros que la escuchábamos alelados, entre ellos como espectador también su hijo. Y la cantaba agregando una invención vocal como estribilllo (un pihuihuihui hui), que se nos quedó grabado a todos y que ahora, desde este momento crepuscular en el cual evoco a mi hermano, me parece un pequeño milagro ocurrido en López Aveledo Sur Número 1, Maracay, Estado Aragua, año indefinido, probablemente 1947.

[1]Era un internado muy conocido en el centro de Venezuela regentado por los Salesianos y su muy celebrado director era el Padre Ojeda.

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