VER LA VIDA (23)

Oscar Tenreiro

El texto que sigue fue leído en la Iglesia del Cementerio del Este en Caracas, el 13 de Diciembre de 2007, durante la Misa de Cuerpo Presente que allí se celebró en memoria de Jesús Antonio Tenreiro Degwitz. En la entrada de la semana pasada (llamada 2) prometí hacerlo conocer aquí. Lo ubiqué en mis archivos y así lo hago.

EN LA AUSENCIA DE JESÚS EL JOVEN

Cuando todavía éramos niños y vivíamos en Maracay, todos los hermanos Tenreiro vimos en el cine Roxy, que quedaba a media cuadra de nuestra casa, una película que nos impresionó. Era de aventuras, y trataba sobre el amor de hermanos. Transcurría en el desierto y creo que terminaba con la quema de una figurita vestida de uniforme que representaba a uno de los hermanos, fallecido en la lucha. Todavía recuerdo que salí del cine inflamado por una solidaridad fraternal infantil y poderosa. No tengo claro si hablábamos de la misma manera sobre la experiencia, pero de lo que sí estoy seguro, tan vivo es el recuerdo, es de que esa solidaridad nos invadió a todos durante cierto tiempo. Para mí fue la temprana e inesperada conciencia de lo que podría ser el amor entre hermanos de sangre.

Los cinco hermanos, hijos de Jesús el viejo y Cecilia, no hemos sido un dechado de concordia fraternal. Ha habido entre nosotros episodios difíciles que han dejado su huella. Pero siempre he tenido la impresión de que la religiosidad piadosa y expansiva de Cecilia y la rebelde e íntima de Jesús el viejo, quienes nunca renunciaron a encontrarse, nos señalaron la importancia del hilo misterioso y poderoso que es la relación entre hermanos de sangre.

Ya Carlota se fue hace más de veinte años arrastrada por una tragedia incomprensible. Ahora abandona el juego Jesús, como gustaba hacer en nuestras diversiones infantiles.

Pero entendemos mejor esta partida.

Cuando hace nueve años superó la crisis que casi lo llevó a la muerte, se inició una etapa que para mí fue la mejor de su vida. Porque se abrió al mundo y a las cosas con generosidad. Saltó por encima de los desencuentros y ejerció desde su sillón habitual una especie de sacerdocio de la aceptación y de la búsqueda de sentido en las cosas de antes y las de ahora. No pocas veces me ayudó a superar una tendencia depresiva vinculadaal desasosiego por la marcha de las cosas en esta tierra nuestra. Jesús creía que vendrían mejores tiempos y vimos una muestra de ello el mismo día en el que comenzó su último calvario. Su cuerpo sufría, sin embargo, constantes disminuciones.

Ese mensaje de dignidad y de superación de la adversidad física es para mí su mejor legado. No quiero decir que se convirtió en otro, pero el Jesús joven de tiempos recientes fue más bien como un regazo paternal. Creo haber vuelto a encontrar a través de él, a lo largo de estos últimos años, la solidaridad fraternal, infantil y bienvenida de aquellos días de Maracay. También mantuvo una Fe sólida en la trascendencia vinculada al misterio cristiano, que marcaba con fuerza algunas conversaciones que incluían con frecuencia alusiones a un día como éste. Por eso, sabemos que recibirá tranquilo una oración personal.

Caracas 13 de diciembre de 2007

 

El texto lo leyó Juan Antonio Tenreiro Rodríguez, el más joven de mis siete hijos, quien tenía diecisiete años. Lo hizo con una sencillez y transparencia que todavía hoy al recordarla me conmueve, contribuyendo a darle a ese momento un sentido especial.

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Agrego hoy un par de cosas.

La primera es que el 10 de diciembre de 2018, casi exactamente once años después de Jesús, falleció mi hermano Pedro Pablo,  segundo en edad. En su memoria podría decir muchas de las cosas que escribí sobre Jesús, particularizando en lo que para mí fueron sus últimos tiempos en la vida: lo haré más adelante, cuando estos intentos de hurgar y reconstruir un pasado familiar vayan acercándose al presente

Recalco algo importante: en mis tiempos de niño hubiera dado todo por cualquiera de mis hermanos y pienso que ellos lo habrían dado todo por mí. Agrego además, que de toda familia no afectada por patologías psicológicas o fragmentaciones traumáticas, se puede decir lo mismo: los hermanos-niños se profesan un amor sin reservas del cual no son conscientes. Amor en fin, que todo diga y cante, pero no un amor a la mujer como en el verso de Rubén Darío[1] sino amor desinteresado hacia quien compartiendo contigo el origen de sangre te acompaña a descubrir la vida con el mismo entusiasmo tuyo, la misma pasión tuya, entendiendo los sueños tuyos, sueños infantiles que quieren remontar todos los ríos.

Sin embargo, ese amor se resquebraja, se oscurece o, siguiendo a César Vallejo se hace espuma, [2]con el paso del tiempo. La llegada de la adolescencia y después la adultez con su más amplia comprensión del mundo, con frecuencia también afectada por muchas distorsiones, altera las relaciones al interior de la familia, al decir lo cual no estoy sino reafirmando lo que es experiencia general y ha sido señalado desde siempre. Pero a ese cuadro habría que agregar algo que se menciona más recientemente y fue nuevo para mí cuando hace más de treinta años, lo dijo refiriéndose a los desencuentros y enfrentamientos entre quienes se suponen llamados a la concordia, el cura católico amigo nuestro desde Maracay, Anselmo Cerró: la emergencia de la sospecha en la conciencia. La sospecha entendida tal como la define de modo muy simple el diccionario, como creencia o suposición que se forma una persona sobre algo o alguien a partir de conjeturas fundadas en ciertos indicios o señales. La sospecha se revela como distancia y a la vez recelo respecto a la conducta de quienes hasta ese momento hemos amado sin reserva alguna; dudas sobre sus razones, motivos, impulsos, puntos de vista, que vemos como parcialmente ajenos a las razones, motivos, impulsos y puntos de vista nuestros. En otras palabras, empezamos a reconocernos diferentes, diferencia que erosiona la capacidad de amar, de identificarse con el otro.

Y la sospecha fue progresivamente apareciendo en los hermanos haciendo que ese sentimiento fuerte, desinteresado y en muchos sentidos elevado, de amor entre nosotros, comenzara a alejarse hasta que, con la adultez, con los matrimonios de cada quien (trayendo consigo las naturales conjeturas de las respectivas parejas), con la vida en fin, se presentaron las disensiones, los desacuerdos y las separaciones que son características en muchas familias. Y no fuimos –lo digo en el texto que escribí– el dechado de concordia y amor fraterno que parecía anunciarse. El conflicto estuvo muchas veces a flor de piel y las separaciones se mostraron sin excusas. Sin rompimientos definitivos, pero con distancias calculadas, de las que ensombrecen.

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Unas palabras sobre la película, cuyo argumento no describiré, con la confianza de que los medios disponibles ahora para poder llegar a ella, moverán a quien se interese en asomarse a los incontables caminos por los cuales el cine –rico en sugerencias como todo arte– lleva mensajes a la conciencia.

Éramos habituales sin duda del Cine Roxy, ya lo he dicho varias veces. Los sábados en matiné (3 de la tarde) pasaban las películas de aventuras para público infantil y juvenil –algo viejas– y también cortos de dibujos animados, o series de cinco o seis episodios repartidos entre igual número de sábados generalmente dedicados a westerns –de vaqueros– o esos personajesque los americanos han decidido bautizar con el inadecuado nombre de los super-héroes: Batman (a quien llamábamos El Murciélago) y Superman. Debe haber sido pues un sábado en matiné cuando pasaron la película que todos los hermanos veríamos por lo menos dos veces a causa del gran impacto que tuvo entre nosotros hasta arrancarnos muy sentidas lágrimas de emoción: el título era Beau Geste y había sido producida en 1939 (https://lamanodelextranjero.com/2014/04/30/beau-geste-un-entierro-vikingo-en-el-infierno/   https://www.zendalibros.com/beau-geste-vivio-como-quiso-murio-como-quiso/). Estaba basada en la novela de Percival Christopher Wren de 1924 y los actores principales eran Gary Cooper, Ray Milland, Susan Hayward y Broderick Crawford, siendo el Director William Wellman. Trataba de las incidencias relacionadas con tres hermanos ingleses que deciden alistarse en la Legión Extranjera Francesa.

No mentí al decir que luego que la vimos se exacerbó en nuestra conciencia la importancia de la relación de hermandad. Es ciertamente una película de aventuras, pero para nosotros fue una especie de homenaje al amor fraternal, homenaje sintetizado en el proverbio árabe que cierra (o abre, no lo recuerdo bien) la película y el cual reza así: El amor de un hombre hacia una mujer aumenta o disminuye como la luna…pero el amor de hermano hacia hermano es sólido como las estrellas y resiste como la palabra del Profeta.

El proverbio árabe, tal como aparece en la película

Ese proverbio – poco importa si era auténtico o lo inventó Wren– era la suma emocional de lo que la película nos dejó, lo que anidó en mí y en los otros cuatro niños como resultado de la saga de los hermanos Geste narrada en ella. Sencilla, sin pretensiones y también comercial como casi siempre el cine, sin embargo con el poder de convicción del buen cine capaz de reavivar en nosotros el orgullo de ser hermanos. Es eso sobre todo y no tanto los detalles de la trama lo que nos importó.

Sorprendente efecto por cierto en la sensibilidad infantil que se presta a un comentario breve dirigido a los sociólogos ideologizados que ven en toda huella del enfoque americano una amenaza cultural: en una familia modesta cualquiera, de un pueblo modesto cualquiera, de un país modesto cualquiera, de la modesta Hispanoamérica, un producto típico de Hollywood puede hacer florecer buenas cosas. ¿No suele ocurrir lo mismo con todo lo que la vida ofrece, venga de donde venga?

El libro

El poster

El fuerte Zinderdeuf, escenario básico de la película

Durante la filmación de una de las escenas claves

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Si Jesús hubiera podido asistir en persona a su funeral, pienso ahora que tal vez se habría sonrojado al ver que en tan solemne y crucial momento, en lugar de hablar de filósofos importantes, de alguno de los compositores admirados por él, o de su cultivo insistente de la psicología junguiana de los arquetipos (tal como lo hizo el sacerdote que habló después de la lectura de Juan) yo había escogido hacer referencia a una película intelectualmente simple y hasta esquemática. Tendría que haberle dicho para quitarle el sonrojo, que por eso mismo fue que la tomé como punto de partida: por su sencillez y ausencia de pretensiones, por ser instrumento al alcance de cualquiera, y por su relación inesperada y  especial, con lo que vivíamos inconscientemente los hermanos cuando no era la muerte el tema, sino la vida y el optimismo de estar abriéndose a ella con la permanente alegría y espontaneidad que está a la mano cuando se tienen pocos años.

Y podría haberle dicho también si le hubiera hablado como ahora hablo, que quise saltar por encima de todo lo acumulado en tantos años a causa de la lucha de cada quien por abrir su propio espacio, para ver su muerte –esperando la mía– ligero de equipaje [3]como uno pensaba que podría vivir cuando el afecto se imponía sobre todo lo demás. Sin que deje de reconocer que en mi escrito hay también el deseo de alejarse de los entramados del intelecto que se hacen ideología y en muchas familias –lo fueron en la nuestra– terminan impidiendo los encuentros basados en la simple expresión del afecto.

Que uno se ha querido, pudiera ser lo que más importa decir cuando se lamenta una ausencia, porque el amor puede olvidarse, pero no desaparece. Si se profesó en total sinceridad, aunque fuese por un instante, tiene sentido recordarlo.

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Y es tan hermoso el poema de Antonio Machado de cuya estrofa final menciono un verso,  tan a propósito en relación a Jesús Tenreiro –y a lo que ha motivado nuestra vida– que aquí está completo:

Retrato, de Antonio Machado

 

[1]La frase está en el primer verso de una de las estrofas del poema Divagación de Rubén Darío:  Amor en fin que todo diga y cante / Amor que encante y deje sorprendida / A la serpiente de ojos de diamante / Que está enroscada al árbol de la vida. Lo usa Mariano Picón Salas para el título de sus reflexiones sobre el amor incluidas en su libro Regreso de Tres Mundos (Obras Selectas, UCAB 2008, Pág, 1452)

[2]Es del primer verso del poema Intensidad y Altura de César Vallejo (1892-1938): Quiero escribir, pero me sale espuma,

[3]De la última estrofa del poema Retrato publicado en 1912, de Antonio Machado (1875-1939) : Y cuando llegue el día del último viaje, / y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, / me encontraréis a bordo ligero de equipaje, casi desnudo como los hijos del mar.

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