VER LA VIDA (31)

Oscar Tenreiro

Pero la vida continúa de un modo muy distinto al de los mundos virtuales. Si podía ser importante sumergirse en las atmósferas creadas por la música, lo era por igual vivir la infancia sin pasar por encima –como si no existieran­– sus demandas, sus visiones, sus episodios vitales, su simplicidad que no es tan simple, su magia en fin como la vemos cuando somos adultos y se hace recuerdo. Eso era lo mío. Vivir una cotidianidad en la cual iba apareciendo el mundo real con sus exigencias. Se perfilaban pues las diferencias entre los hermanos: la puerta por donde debía yo entrar, como en el cuento de Borges, era distinta de la de mi padre subrogante. Era otro mi modo de ver la vida. 

Caminaba diariamente de la casa al Valles de Aragua, mi nuevo colegio del cual hablaré, recorriendo unas escasas tres cuadras que incluían el paso por la Plaza Girardot frente a la Catedral, en una de cuyas esquinas estaba el terminal de los autobuses o camionetas que hacían el viaje hasta Valencia. El paso por la plaza podía ofrecer algunas diversiones gracias a la vida pueblerina. Una de ellas –cómica– me ocurrió al regresar del colegio cuando me integré a un pequeño grupo formado alrededor de un ciego que tocaba la sinfonía de boca y esperaba donativos. Quedé en la primera fila después de unos minutos y en un momento dado, cuando el ciego había terminado una pieza y había algún silencio, detrás de mí un guasón dijo en voz alta como hablando conmigo pero en realidad para que todo el mundo lo oyera: …¡dile que te toque la paloma y te la pare de golpe [1] frase que todo el grupo oyó y especialmente el ciego quien  lleno de indignación cívica regañó en voz muy alta al gracioso –que se había escabullido–  quien para el ciego era quien estaba frente a él…o sea yo. Pocas veces en mi vida me he sentido peor. El resto del público me miraba con reproche y yo no hallaba cómo explicar que la insolencia no era de mi autoría.

Pero lo más característico de mi rutina de las mañanas al pasar frente al quiosco de periódicos instalado en la esquina opuesta a la de la Catedral (el Valles de Aragua quedaba en la Ave. Bolívar) frente al Liceo Agustín Codazzi, era repasar los titulares de los periódicos –sección deportiva– para enterarme del resultado del béisbol, si no lo sabía ya gracias a mi radio nocturno. Pero también de cuando en cuando me sentaba en alguno de los bancos junto con mis compañeros de clase a echar los últimos cuentos antes de llegar a casa un tiempo antes del almuerzo. Tiempo en el cual disfrutaba como si fuese la más espléndida bebida, de un vaso de pepsicola con hielo mientras leía El Nacional sentado en el mismo mecedor de mis mañanas de ahora –Cecilia lo conservó y lo heredé. O me permitía comerme con especial deleite unos cuadritos del chocolate Savoy que guardaba escondidos en mi gaveta del escaparate, botín de la última celebración del cumpleaños. Y cuando apareció en la misma cuadra frente a donde estaba el negocio de papá, más allá de la casa de la familia Taylhardat, un negocito regentado por italianos recién llegados, muy limpio, minúsculo, todo era nuevo, reunía algo de mis ahorros y compraba por dos bolívares un sandwich de jamón que la señora preparaba con un cuidado que parecía litúrgico. Y yo, el único y asiduo cliente un par de veces por semana –no perdía por ello el apetito del próximo almuerzo– me acercaba a ver oficiar a la señora y comer algo sabroso de aperitivo.

El mecedor de mi madre es hoy mi mecedor.

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Tal vez podría decirse de la música, tal como ocurre con las artes en general, que para lograr abrir la primera trinchera que permitirá la ocupación posterior del territorio sensible de una persona con el objetivo ulterior de apreciarla y gozarla es necesario ejercer una forma benigna de violencia. Hay infinitas experiencias personales al respecto. Y sin saberlo, eso era lo que hasta cierto punto hacía Jesús cuando en Maracay nos invitaba a sentarnos con él a oír sumúsica. A esa suave violencia le debo yo y sé que se lo debieron en parte mis hermanos incluyendo a Carlota, los fundamentos sobre los cuales cada quien iba a desarrollar sus personales vivencias musicales. El deseo de compartir su entusiasmo se empezó a expresar siendo él aún un niño, cuando en Valencia organizó la asistencia de toda la familia –con Cecilia incluida– a un concierto de la Orquesta Sinfónica de Venezuela dirigida por Vicente Emilio Sojo en el Teatro Municipal, concierto en el cual me propuse llegar al final sin bostezar demasiado y del cual retengo la característica figura de Sojo con sus frondosos bigotes.

Vicente Emilio Sojo (1887-1974)

Fue durante nuestro exilio valenciano y yo tenía ocho años. Ya más adelante en Maracay y a lo largo de los años durante los cuales iba formando su discoteca, la invitación a oír música junto con él en la sala de la casa frente al tocadiscos era insistente. Con frecuencia interfería con planes personales y buscábamos maneras de escabullirnos, lo cual era mi caso, pero Carlota fue su bastante asidua compañera de audición de ópera, al igual que Pedro Pablo quien habría de desarrollar después un gusto especial por esa forma musical. En todo caso lo que era común era que Jesús inundara de música la sala de la casa y sus alrededores inmediatos incluyendo el cuarto de Edgardo y yo. Inundación que mucho más tarde, ya cincuentón o sesentón, siguiendo lo que le dictaba su estado de ánimo convertía su hogar a ciertas horas en zona de exclusión para quien no fuese atento oyente. Y nunca quiso oír música con audífonos, lo consideraba inaceptable interferencia…y los demás debían oír lo que él.

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Asomaba tímidamente en mí el deseo de buscar un camino hacia la música que iba a depender de mi sensibilidad, distinta y, tal como lo descubrí después, en algunos aspectos antagónica a la de Jesús, distinción de la cual desde luego yo no era consciente ni lo fui durante mucho tiempo. Para él sin embargo nosotros sus hermanos o la gente en general, como acabo de decir, debíamos seguir sus pasos. Sus inclinaciones, sus preferencias musicales, eran para él las que garantizaban el rigor y la profundidad necesarios. Cualquier otra vía la consideraba, podría decirse, menor o desdeñable. Así se iba perfilando su modo de ver la vida: a partir de sus pasiones y del modo excluyente como las cultivaba dependía su aceptación del otro o de los otros.

Pero aún así, escabulléndome de tan fuerte influencia traté en esos años infantiles y de primera adolescencia de acercarme a la música por mi cuenta. Lo cual se expresa en lo que ocurrió un día cuando estando Jesús fuera de casa, me puse a curucutear en su discoteca y tropecé con un disco Columbia de formato pequeño (venían en formatos de 10 y de 12

Mi primera selección en disco.

pulgadas) que era la grabación[2]de la Obertura de la Gran Pascua Rusa de Rimsky Korzakov https://www.youtube.com/watch?v=hbDYtAHTQoE por uno de los lados y por el otro la Sinfonía Clásica de Prokofiev, nombres que estimularon mi curiosidad y la puse en el tocadiscos. La obra de Korzakov, que fue la que oí, es una pieza melodiosa con un tema que podría llamarse pegajoso que se repite insistentemente al tiempo que utiliza los máximos recursos sonoros de la orquesta sinfónica completa a la manera de una tradición musical rusa que construye la obra usando la abundancia. Y me ocurrió que la disfruté e incluso quedé con ganas de volver a oírla. ¡Sí había una música que quería volver a oír! Y me quedé sentado oyendo música en el mismo sofá en el que me había aburrido.

Busqué esa tarde un poco más en la discoteca y di con ese clásico del cual ya había oído el nombre: la Quinta Sinfonía de Beethoven. Que ya desde el tan tata tan del comienzo me hizo ver que no todo en la música tenía que rendir tributo a razones, historias y textos, o remontarse a mitologías cantadas (Wagner) en un alemán que me parecía en aquellos días demasiado áspero y duro. Por el momento en mi horizonte aparecían cosas más ajustadas a mi comprensión que no exploré sino muchos años después cuando me esforcé en acercarme a la música y vivirla. Permanecer en su periferia sin tratar de profundizar era una falla en mi formación que no podía permitirme.

Así era la primera colección de música clásica de Columbia Records en vinilo 33 r.p.m.

 

Jesús me invitó una vez a acompañarlo para recoger en un lugar hacia los lados del Colegio San Pedro Alejandrino unos discos que habían llegado de Caracas porque pensaba que en la parrilla de su bicicleta podría no caber todo el paquete. Así que fui con él y dividimos el paquete para el regreso. Recuerdo dos de los álbumes del pedido. Uno de ellos incluía varias obras para orquesta entre las cuales la Obertura de Rienzi, ópera de juventud de Wagner, que tocamos inmediatamente –forzado Jesús por mi curiosidad– al llegar a la casa. Se me reveló al oírla una liviandad y encanto inesperado si mi referencia era lo que hasta ese momento conocía del repertorio wagneriano, porque es una obra facilona, para oídos poco exigentes, muestra temprana del genio de Wagner en el manejo de la orquesta. Mis comentarios, sin embargo, motivaron en Jesús la actitud de un entendido que me hizo saber que se trataba de una obra menor que muy poco representaba del desarrollo maduro del compositor y podía perfectamente dejarse de lado. Me di cuenta con su advertencia de lo que muchos años más tarde pude entender mejor, que nos separaba no sólo el conocimiento de una obra cualquiera sino la actitud crítica surgida de la capacidad de distinguir y adelantar juicios sobre lo que oía. Se había convertido –lo pienso ahora– desde tan temprana edad, en un wagneriano, no sólo por esa observación que se apoyaba en manifestaciones del mismo compositor en su etapa madura sino porque ya en esas fechas había cumplido el requisito que se le exige a todo fan de Wagner: haber leído la autobiografía del compositor Mi vida [3], el cual cumple el papel de guía para acercarse a la figura del genio romántico tan bien representada por este personaje esencial.

Edición actual en alemán de Mi Vida, de Richard Wagner.

 

Y aquí me permito una licencia cronológica: siendo ya Maracay un recuerdo lejano, quise llenar en lo posible las lagunas de mi formación musical a fines de mi tercera década de vida con cuatro hijos y ya construida la casa del Alto Hatillo, donde aún veo recortarse sobre el cielo del amanecer las montañas de nuestro norte caraqueño. Y no dejo de pensar que hay un hilo conductor claro entre aquellas tardes de Maracay con la música a todo volumen en la sala de la casa y el deseo, que se convirtió para mí en proyecto personal, de profundizar mis conocimientos musicales para ser capaz de gozarla y discernir acerca de lo que más me interesaba conocer en profundidad amplificando mi goce de oyente.

Fui en esos años formando una discoteca y adopté paralelamente, en busca de una forma ordenada de ir hacia los distintos momentos de la evolución de la música, una de las rutinas heredadas directamente de Jesús: oír Radio Nacional de Venezuela de modo sistemático, institución que bajo la Dirección Musical de Alfredo Gerbes Izaguirre (1930-2018), amigo cercano de mi gran amigo y colega de los veintitantos años Gonzalo Castellanos Monagas, emitía una programación de primerísima calidad que incluía obras de distintos momentos de la historia de la música escogidas con un tino realmente ejemplar, dedicando los domingos a la ópera. Sin que dejaran de difundir la música contemporánea como ocurrió por ejemplo con las obras del polaco Krzystof Penderecki (1933-2020) quien visitó Venezuela varias veces como director invitado de la Orquesta Sinfónica de Venezuela o como integrante de coloquios sobre música promovidos por el Consejo Nacional de la Cultura. Recuerdo por ejemplo que su obra Treno a las víctimas de Hiroshima https://www.youtube.com/watch?v=Pu371CDZ0ws que lo hizo muy famoso, fue difundida por Radio Nacional antes de su estreno en Venezuela en 1979 en el Aula Magna  de nuestra Universidad Central con Luis Morales Bance dirigiendo un programa dedicado a cuatro obras de Penderecki. Pieza corta –9 minutos– que recordé y oí de nuevo precisamente el pasado 6 de Agosto de 2020 al cumplirse 75 años de aquel holocausto.

Penderecki poco antes de su muerte el 29 de Marzo de este año 2020

Y no puedo dejar de mencionar al recordar mi experiencia como oyente y sus consecuencias en mi formación y en la de muchos que encontraban en Radio Nacional un invalorable respaldo a sus expectativas como oyentes, la extraordinaria labor de Gerbes[4], a quien muy rara vez se lo nombra cuando se habla de la evolución de la cultura musical venezolana, pero quien de manera callada le dio espesor, rigor y alcance a la programación musical de esa emisora ejerciendo un tipo de pedagogía que tuvo muy extendidas repercusiones. Tenía Gerbes un conocimiento enciclopédico de la música, siempre renovado y muy al día y su labor la hizo modestamente, sin aspavientos publicitarios y con recursos económicos muy limitados (Radio Nacional tenía muy poco apoyo presupuestario) si se comparan por ejemplo con los enormes subsidios que el estado venezolano dedicó a los proyectos de José Antonio Abreu (1939-2018) carnada para convertirlo en áulico del Régimen. La contribución de Gerbes fue esencial no sólo en Radio Nacional sino en la Emisora Cultural de Caracas, radio privada que trasmitía en FM fundada por Humberto Peñaloza (1975-2006) a la cual se integró activa desde su fundación hasta 2005 cuando la presión de la dictadura obligó a su venta y posterior desaparición.

Alfredo Gerbes y su esposa en tiempos de la Radio Nacional (foto suministrada por su hija Karin Gerbes)


Alfredo Gerbes cuando ya estaba en la Emisora Cultural de Caracas (foto suministrada por su hija Karin Gerbes)


Alfredo Gerbes a la derecha, con Humberto Peñaloza y Jaime Suárez de la Emisora Cultural de Caracas. Reportaje de Lisseth Boon para Estampas del diario El Universal

[1]Para quienes no son venezolanos va la información de que en el lenguaje coloquial nuestro, paloma es el pene.

[2]Casi todas las grabaciones Columbia de esos años (1950 etc.) eran con la Orquesta de Filadelfia dirigida por Eugene Ormandy (1899-1985) húngaro que sustituyó como Director Titular de esa orquesta al famosísimo Toscanini.

[3]Tengo dudas respecto a que ese libro lo hubiese leído Jesús en Maracay (antes de sus 17 años), pero lo que sí puedo asegurar es que fue una lectura importante para él en su adolescencia.

[4]Alfredo Gerbes (1930-2018) entró a dirigir la programación musical de Radio Nacional de Venezuela en 1963 donde permaneció hasta 1974 cuando se integró al equipo de la Emisora Cultural de Caracas, fundada por Humberto Peñaloza (1975-2006)donde estuvo hasta 2005. En esta última emisora su labor como asesor musical fue igualmente intensa y fundamental.

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