VER LA VIDA (30)

Oscar Tenreiro

Se dice que la afición a la música es una virtud familiar. Sobran los ejemplos de familias en las cuales cada quien domina un instrumento con mayor o menor habilidad y es común que padres que viven con la música tengan hijos que los emulan y los superan.  Porque en general el gusto por la música y la pasión por dominar un instrumento y la facilidad para hacerlo parece convertirse en parte de una identidad que se comparte o se hereda junto con el oído musical y la habilidad motriz correspondiente.

En nuestra familia inmediata había poco de eso, pero algo había. Ya dije que papá cantaba  y en La Victoria lo hacía en los saraos. Mamá tocaba algo de piano y guitarra, y cuando soltera gustaba de cantar acompañadose. Tenía una bonita voz que oíamos ocasionalmente  cuando pequeños porque a veces tomaba la guitarra y nos cantaba. No lo hizo más y a  papá nunca pude oírlo. Porque la música no estaba presente en ellos con la intensidad que caracteriza a las familias musicales. Así que nuestras aficiones de tiempos pre-adolescentes (como cuando aprendimos a tocar cuatro, sobre lo cual contaré algo) tenían que ver más con un afán imitativo que con el hecho de alguna facilidad especial o lo del buen oído. Sin que pueda ser esto demasiado terminante.

Porque el tema merece un examen más cercano. Si la ausencia de la pasión o de práctica habitual de un instrumento podía ubicarse en Chucho y Cecilia, no podía extenderse tan fácilmente al resto de la familia, particularmente del lado de la abuela Elizabeth. En su casa en Valencia permanecía en vida latente una familiaridad con la música que venía de lejos. En la sala había un piano que pasó a nuestra casa en Maracay y terminó en Caracas para las lecciones que Carlota recibió durante un par de años. Y abuela lo tocaba a veces para entretenernos siendo nosotros muy pequeños durante las visitas a Valencia con motivo de Año Nuevo o el primero de diciembre para su cumpleaños. Ocasiones en las que abuela tomaba las partituras apiladas en la parte superior del instrumento y tocaba para nosotros. Celebrábamos especialmente una de las piezas que aludía a un tren cuyo pito lo figuraba la repetición de una nota alta, momento que era nuestro preferido del pequeño concierto. Tía Alesia también tocaba un poco, pero parecía ser que sus habilidades pianísticas habían quedado en su pasado como quedaron las muy leves de mamá.

Además, entre los sobrinos de abuela había un violinista: Enrique Guillermo Aigster hijo del tío Carlos Aigster, conocido en Valencia por su arte, más bien menor, que practicaba en la Catedral y en clases privadas.  Y el propio abuelo Guillermo tocaba, según parece muy bien, la flauta, instrumento que se conservaba en uno de los escaparates de la abuela junto a la leyenda familiar de que había pertenecido a José Laurencio Silva el prócer de la Independencia (1791-1873). En eso, el ser melómano, y muchas otras cosas, era fiel a su ascendencia alemana, porque es bien sabido que los alemanes parecieran llevar la música en la sangre, y no cualquier música sino lo que pudiéramos llamar los fundamentos de la música, el tronco del cual han salido las principales ramas del desarrollo musical de occidente. Y eso no solo se siente en la vida normal de Alemania o de un alemán de cierto nivel cultural (tal vez se puede decir algo análogo de otros países de Europa), sino en lo que pudiéramos llamar las preferencias musicales características de ese país.

Así pues, lo que venía del lado materno puede verse como un fundamento, si no decisivo, sin duda de significación respecto a la inmensa pasión por la música que tuvo nuestro hermano Jesús. Y en alguna medida si se estiran más las cosas, en la opción de vida como educador musical y compositor de uno de los biznietos de la abuela, Alfonso Tenreiro Vidal, hijo de nuestro hermano Edgardo e Isabel Vidal, compositor venezolano residente en EUA suficientemente conocido en su medio. En él, como lo fue en Jesús cuando vivía, la música está presente como un modo de ver la vida.

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Pero hay una muestra particularmente significativa de pasión por la música que quedó en la casa de Valencia como huella de los intereses del abuelo, fallecido 25 años antes de que nosotros apareciéramos por su casa. De ella voy a hablar haciendo primero un pequeño paréntesis dedicado a su interés en la filatelia, del cual nos enteramos no tanto porque nos lo hubieran dicho, sino porque tuvimos a nuestra entera disposición –porque a nadie más le interesaron– una colección de álbumes que estaban guardados en algún escaparate. Eran alemanes por supuesto y los revisábamos asombrándonos de algunas cosas, entre ellas el valor impreso en las estampillas de los primeros años de hiperinflación de la República de Weimar entre 1918 al fin de la Primera Guerra y 1922 cuando él murió. Era de varios millones de los marcos de entonces, lo que nos llevaba a fantasear sobre ir a Alemania a venderlas para hacernos ricos en marcos…de los posteriores a la guerra, que valían bastante. Álbumes por cierto que me arrepiento hoy de no haber conservado, sobre todo tomando en cuenta que por un tiempo, en Maracay, me interesó la filatelia y tenía mi propio álbum, así que me hubieran venido bien los ejemplares del abuelo.

Estampillas de la hiper-inflación alemana de tiempos iniciales de la República de Weimar. (internet)

Y vuelvo a la música para decir que la muestra de la cual hablo respecto al legado musical del abuelo estaba allí silente pero claramente demostrativa en el tocadiscos y sus alrededores, zona que pudimos explorar exhaustivamente cuando en 1946 estuvimos como ya dije exiliados durante un año en Valencia. El tocadiscos estaba en un mueble ubicado frente al patio, pegado a la parte externa del dormitorio de abuela. Siempre terminábamos llegándonos hasta allí, siendo Jesús el que se sentía suficientemente apto para manipularlo, nosotros los más chiquitos más bien como mirones, él oyendo lo que le llamaba la atención. Estaba casi enteramente picado de polillas, con otros muebles pegados a él donde se guardaban los discos –bastantes– y libros vinculados a la música, es decir, lo que tenía relación con un oyente asiduo de los años veinte del veinte. El aparato en sí era muy viejo, de los que había que cambiarle la aguja –de un acero que supongo especial– cada tres o cuatro discos, que se tomaban de un recipiente cercano donde estaban a un lado de otro recipiente para las usadas, que con frecuencia se confundían con las nuevas. Giraba a 78 revoluciones por minuto, porque habría que esperar hasta 1948 para la aparición del long play de Columbia Records de 33 1/3 r.p.m., hecho de vinilo en lugar de goma laca. Ese era el material de los de 78, se tocaban por un solo lado, se quebraban fácilmente, eran bastante pesados y se guardaban en álbumes muy voluminosos. Pero estaban por todas partes.

Victrola RCA Victor 1930 (Internet). Parecida a esta era la Victrola de casa de la abuela.

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Entre los discos disponibles, que yo recuerde, había sobre todo música clásica, sin que yo sea capaz hoy de dar más que unos cuantos nombres. Había piezas de piano, muchas áreas de ópera interpretadas por Caruso [1], aparte –esto probó ser muy importante para Jesús– de gruesos álbumes de muchos discos con un par de óperas completas que tal vez eran de Richard Wagner, estandarte alemán sin duda, el compositor que se convirtió después para él, ya mayor, en una especie de icono casi religioso.

Y también había en los muebles de los discos algunos libros, parte de ellos en alemán pero uno en español que probó ser, junto con los discos, el verdadero abreboca de lo que sería la pasión musical del mayor de los hermanos: una Enciclopedia de la Ópera. Allí, en los ratos de ocio característicos de la infancia, pudimos ver que aparte de las muy conocidas había muchísimas otras de compositores menos nombrados que formaban parte de esa especie de universo autónomo que es el de la ópera, constituido por millones de personas en el mundo que funcionan como una secta un tanto excluyente y del cual yo, sin exagerar porque amo muchas óperas y las disfruto ocasionalmente, me resistí siempre a formar parte a pesar de la fuerte presión que en cada uno de los hermanos ejerció Jesús. Porque sin duda la música fue para él pasión, permanente disfrute y parte esencial de su identidad y su modo de ver la vida. Y las raíces de esa pasión comenzaron a formarse en esos discos y libros que como tributo al inevitable olvido habían quedado del deseo humano de solaz y esparcimiento de un hombre –el abuelo– para florecer y expandirse en el alma de un niño de un modo impredecible, sorpresivo.

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Es difícil describir los caminos que siguió el interés por la música en cada uno de nosotros, pero lo que sí es muy claro es que en el caso de Jesús el mayor, los discos y libros de la casa de la abuela en Valencia tuvieron algo, tal vez mucho que decir, respecto a su muy temprano interés por adentrarse en ese universo. Para él, casi desde los tiempos de la curiosidad en torno al tocadiscos, la música se hizo constitutiva de su personalidad. Porque Jesús vivió con la música como permanente compañera. Apoyo y punto de partida para lanzar la imaginación lejos. Para tal vez ausentarse de la realidad inmediata, práctica que a todos nos resulta necesaria.

Mientras los hermanos menores tratábamos de ejercitarnos de un modo light tocando sinfonía o rasgando un cuatro, Jesús Antonio ya recorría caminos musicales avanzados. A sus catorce-quince años era selectivo y afirmaba sus preferencias. Y no estoy hablando de la música popular, todavía no invadida por la tradición rock de guitarra eléctrica, batería, etc., hoy de rigueur, entonces nonata, sino de la que llamamos música clásica. Siguiendo su especial precocidad, apoyado por papá que como ya he mencionado compró un tocadiscos Philco para la casa en el cual ya habían sonado los discos de 78 rpm heredados y unos cuantos comprados; al empezar a venderse los de 33 1/3 y gracias a que la Casa Philco tenía la distribución de Columbia Records para Maracay, Jesús le hacía a papá encargos específicos. Cuando los discos eran producidos por Columbia –que casi copaba el mercado– papá se los incluía en sus pedidos comerciales, y cuando eran de otros sellos Jesús los encargaba a Don Disco, en Caracas y le pedía a papá que los recogiera cuando viajaba, lo cual ocurría con cierta frecuencia. Así, pudo  formar una pequeña discoteca que iba mucho más allá de lo básico y muy conocido. Por qué vías fue posible para él ir pasando de ser oyente de los discos de 78 del abuelo a sus propios gustos que iban echando raíces, es algo que se me escapa y de lo cual nunca conversamos, pero haciendo los esfuerzos memoriosos de ahora me sorprendo. Porque ya en el año anterior a nuestra mudanza a Caracas en 1953, en su modesta colección estaba una pequeña pero significativa parte del mundo musical. Recuerdo vagamente por ejemplo que estaban Bach y Mozart no representados muy ampliamente, algunos de los conciertos de Beethoven y varias de las Sinfonías incluyendo la Sexta tan popularizada entonces por la película Fantasía de Walt Disney que fue estrenada en Venezuela en 1947-48 [2]y la vimos varias veces; un par de sinfonías de Brahms; las óperas italianas más conocidas,  la ópera Fausto de Gounod con las desventuras de Margarita que a todos nos conmovían cuando nos sentábamos con Jesús a oírla y él nos explicaba el argumento; El Holandés Errante (la única ópera de Wagner que me atrae, tal vez por el ámbito marino y porque es corta) y si mal no recuerdo Lohengrin, Tanhäuser, La Walkiria y Tristán e Isolda entre las de Richard Wagner compositor a quien le profesó siempre una inmensa admiración. Y podría seguir, a riesgo de que se me confunda –ya me habrá pasado– lo de Maracay con lo que estuvo después en su muy amplia discoteca. Pero lo cierto es que un muchacho de diecisiete años, que era su edad cuando nos mudamos, tenía una discoteca tan provista como la de cualquier adulto y ya había quedado atrás el tocadiscos Philco para ser sustituido por uno High Fidelity de marca que no recuerdo, que apareció un día en la casa gracias al apoyo de papá. De allí en adelante el refinamiento técnico de sus equipos de sonido fue en continuo mejoramiento y yo por mi parte conté siempre con su asesoría para adquirir los míos.

La ópera Fausto de Gounod. Reproducción de la puesta en escena inglesa de 1864 (Internet) Al fondo Margarita. Mefistófeles en primer plano y el viejo Fausto mira a su amada. La desdicha de Margarita nos golpeó…

Cuadro de Albert Pinkham Ryder (1896)  inspirado en El Holandés Errante, ópera de Richard Wagner (Internet). Los misterios del mar…

[1]No entiendo por qué, me ha quedado en la memoria –o lo he inventado­– que uno de los discos era el aria E lucevan Le stelle de la ópera Tosca de Puccini, cantada por Caruso, aria que termina con las conmovedoras frases, hoy tan significativas para quien esto escribe: ¡Y nunca he amado tanto la vida! ¡Tanto la vida!  https://www.youtube.com/watch?v=D9Y1TRvXB-4

[2]Fantasía fue estrenada en Estados Unidos en 1940, pero fue relanzada con modificaciones en 1946 . Nosotros debemos haberla visto en el Cine Roxy de Maracay en 1947 cuando yo estudiaba Quinto Grado. La vimos varias veces –yo dos o tres– y Jesús criticaba fuertemente la vulgarización que la música sufría al convertirla en música incidental para dibujos animados.

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