VER LA VIDA (40)

Oscar Tenreiro

Avanzaba la edad en nosotros y con ella las preferencias y la importancia de lo importante en la vida adulta: la afirmación del sí mismo, de la personalidad, de las expectativas, de la mirada individual hacia el mundo, hacia el otro y los otros. Y fuera de conceptos sociológicos o psicológicos, se asomaba en nuestra conciencia – sin ser invocado– el mandato bíblico[1]esencial. Avance del tiempo que se revela en lo que he venido narrando: en el ocio, en la diversión, en la contemplación, en el intercambio con los demás. Y yendo más a la intimidad, en el proceso lento y trabajoso de la formación personal.

He hablado aquí de lo que primero se mostró en mi memoria, pasando por alto algunas cosas significativas. Y es que resulta inevitable que, por razones no aparentes, ciertas cosas que tienen peso se muestren en segundo término. Olvidé mencionar por ejemplo entre mis lecturas, Las aventuras de Tom Sawyer y su secuela Las aventuras deHuckleberry Finn, clásicos de Mark Twain que llegaron a la casa como siempre en manos de Jesús, quien tuvo noticia de ellos no sé por qué vías. Se quedaron por allí un tiempo para abrirnos una ventana hacia un mundo propio, al margen de las imposiciones de los adultos y en plena convivencia con un ambiente natural. Reparé en el inexplicable olvido luego de leer por estos días el comentario que Jorge Luis Borges en 1935 le dedicó a Twain, publicado en la revista Sur de Victoria Ocampo. En el cual no sólo, como fue típico de Borges, se sitúa ante el escritor con ánimo de entender su especificidad por la vía de lo menos aparente, sino que destaca su admirable papel de evocador de la fluvial circunstancia en la que toman vida ambos personajes, papel que expresa Borges en la feliz e ingeniosa frase que busca resumir –en pocas palabras, dice– su mérito literario: Mark Twain compuso Huckleberry Finn en colaboración con el Mississippi, río americano y barroso. El caso es que me identifiqué con Tom y Huck, los hice mis amigos, viajé con la imaginación hasta el gran río, y construí una versión personal del paisaje que discurre en sus riberas, versión desmentida drásticamente muchos años después cuando pude visitar Nueva Orleans, a manos del manto de uniformización que se ha extendido sobre los distintos paisajes urbanos –ciudad tras ciudad se empeña en asemejarse a un insistente suburbio– de la inmensa geografía de los Estados Unidos. No sé si me recuerdo mal, pero lo que retengo de la visita es que, si bien el Mississippi, como es previsible, no se había ausentado, a la ciudad no le interesaba mostrarlo ni acercarse a él, y a ningún residente amigo siquiera se le ocurrió –formaba yo parte de un grupo venezolano– que podíamos tomar algo mientras veíamos el río, o que había un lugar desde donde pudiera observarse la majestuosidad de las arcillosas aguas.

Mi decepción fue análoga a la que se apoderó de mí cuando vi por primera vez el Orinoco y esperaba en una de sus márgenes –la del norte– la chalana que transportaba los vehículos al otro lado cuando no había puente. ¿Así que esto que veo –pensaba yo– esa agua marrón que corre lentamente bañando la sucia ribera desordenada y llena de tarantines es el río que corta selvas y marañas fabulosas descrito por exploradores y poetas? Y así como el Orinoco es muchísimo más que aquella primera impresión, el Mississippi está presente lleno de sugerencias, en las páginas de las dos fundamentales novelas de Twain. Y a pesar de que hoy poco retengo de la trama, me quedó la admiración por la libertad de movimiento de Huck, la amistad a toda prueba de él y Tom,  a la vez que retengo múltiples detalles que me llamaron la atención entre los cuales la constante mención a la Escuela Dominical, reunión semanal formativa-educativa en la iglesia –protestante– del pueblo, análoga a mis tardes de catecismo antes de la Primera Comunión. También que un dólar alcanzara para tantas cosas, el curioso nombre de la extraña golosina –regaliz– que masticaban ambos personajes, y finalmente que la lectura hiciese nacer en mí el deseo –que me duró mucho tiempo­– de construir una balsa como las que Huck, un amigo y Tom guían por el río americano, deseo estimulado un tiempo después por otra lectura que tampoco mencioné, esta vez de Selecciones del Reader’s Digest: la de la expedición de Thor Heyerdahl en la balsa Kon-Tiki [2], la aventura más divulgada  de esos años cincuenta del siglo veinte.

La Kon Tiki

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Y nuestra balsa fue construida y tripulada, lo he dicho antes. Hizo de agua –mar o río– el pavimento de mosaicos del segundo patio, y la balsa la formaban partes de las cajas donde venían las neveras del negocio de papá. Sobre ellas armamos mástiles y velas dejando un espacio para la cocina, todo a punto para navegar con el máximo respeto por el figurado mar que nos obligaba a estar sobre la balsa rodeándonos con olas, profundidades peligrosas y alguno que otro tiburón de gran tamaño que decíamos avistar.  Destacaban en esta representación rasgos del carácter de cada quien. Yo me tomaba tan en serio el que los mosaicos fuesen el mar, que no se me ocurría por nada del mundo pisar fuera de la madera. No recuerdo que se embarcara Pedro Pablo, pero sí a Edgardo y Carlota que se destacaron como serios y ordenados tripulantes cada quien en lo suyo: Carlota empeñada en preparar alguna bebida que mamá había traído mientras construíamos la balsa y Edgardo con un celo similar al mío dispuesto a poner orden a bordo. Jesús participaba en los preparativos ayudando con las tablas y aportando equipamiento y terminaba como parte de la tripulación estimulado por nuestro entusiasmo. Gracias a su condición de hermano mayor se aseguraba el rango de capitán, pese a que nadie había hablado de jerarquías durante el armado de la nave, pero tal como acabo de decir, en la conducta que se mostraba en estos juegos colectivos se mostraba el carácter de cada quien, y si de buen grado Jesús proponía cambios en el arreglo general de la balsa e iniciaba sin reparos la travesía, al poco tiempo, incomodado con el exceso de convicción acerca de la realidad marina de la experiencia empezaba a fastidiarse de tantas limitaciones de espacio y disciplina y de los gestos y conversaciones que emulaban la realidad imaginada, los cuales yo me empañaba en imponer. Fastidio que lo llevaba a un punto en el que harto de tanta niñería virtual, resolvía no seguir jugando y en medio de la discusión y el conato de pelea, se iba como si tal cosa, caminando por el agua como su divino tocayo, dejándonos a los demás con la rabia de ver boicoteado el juego y derribado el montaje imaginativo.

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El tigre de la Malasia.

Tenían que llegar a nuestras manos las novelitas de aventuras de Emilio Salgari https://es.wikipedia.org/wiki/Emilio_Salgari inventor de Sandokan, el tigre de la Malasia, sus secuaces Los tigres de Mompracem, el Corsario Negro, cuyo señorío estaba en el Caribe, y muchos otros personajes que actuaban en las más diversas geografías. Se publicaban en formatos pequeños con una portada dura a color y tenían un atractivo especial que me cautivó, al igual que a muchos de mis amigos y miles de lectores regados por el mundo. Soy incapaz hoy de recordar las peripecias de estos personajes, pero me ayudaban a transportarme a los más remotos lugares acompañando a estos piratas que en fin de cuentas no eran mala gente sino atractivos aventureros cuyas hazañas eran seguidas por muchachos –Salgari encantaba al mundo juvenil– regados por todos los continentes. De nuevo la lectura llegaba a cada uno de nosotros ayudándonos a viajar hacia lugares desconocidos, a transportarnos muy lejos, a reproducir las imágenes que el escritor proponía haciendo el ejercicio de construir paisajes, personas, lugares; y si éramos capaces, a saltar a un mayor nivel de comprensión hacia las ideas, los conceptos, la maduración de puntos de vista; en fin, todo lo que viene a ser la capacidad casi milagrosa que la palabra escrita –la literatura– tiene. Y al decir eso a propósito de mi lejana infancia aterrizo en el presente, el cual no podría navegar superando las circunstancias que en Venezuela oprimen el corazón y embotan la capacidad de pensar, si no fuera porque cuento con esta posibilidad de hilar palabras y esperar con ellas, siguiendo al filósofo, decir lo que se pueda decir. Entre tantas cosas, este ejercicio difícil de intentar la superación del olvido que nos aguarda a todos, me ha permitido pensar y al pensar recuperar, reencontrar, desarrollar para usar la palabra del verso de Vallejo[3] para reponerme de la un poco enfermiza tendencia a la tristeza que me viene acosando en el último año.

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Y he aquí que encuentro apoyo para desarrollar, para moverme con el pensamiento, en la anécdota sobre la cual he hablado varias veces en este blog[4], protagonizada por mi hermano Jesús y su gran amigo Mory Krasner, quienes  actuaron –estudiaban sexto grado de primaria, 1945-46– como Alejandro Magno y el filósofo Diógenes de Sínope https://es.wikipedia.org/wiki/Diógenes_de_Sinope en una velada del colegio San Pedro Alejandrino, que convirtió al pequeño teatro del Ateneo de Maracay en un pedazo de la ciudad griega de Corinto, donde según la leyenda se encontraba de paso con sus ejércitos vencedores Alejandro Magno. Corría el siglo cuarto a.C. Diógenes el perro, hijo de Icesio, banquero, natural de Sínope [5], filósofo, vivía allí, se alojaba en un tonel y dependía de la caridad de los demás para su subsistencia, escandalizando con ello a la ciudad donde dejó la huella de frases, desplantes y modos de actuar que quedaron en la historia. Entre ellas, se decía que se desplazaba portando una linterna con la cual buscaba a un hombre genuino; figura, la del hombre sabio portando la luz que le permitirá descubrir el ser auténtico oculto en la hojarasca del mundo, que se convirtió en tema del arte haciéndola perdurar y llegar hasta nosotros.

Diógenes, por José de Ribera (1636)

Diógenes buscando un hombre, de Jacobo Jordaens (1642)

Alejandro Magno y Diógenes por Gaetano Gandolfi (1792) Publicado ya el 5-3-16

Y fue por iniciativa de Mercedes Hernández, la directora y dueña del colegio, que nuestros dos niños recitaron, Jesús como Alejandro cubierto con el cubrecama de mamá, Mory como Diógenes, en traje de baño, el poema de Ramón de Campoamor (1817-1901)https://tonazo.wordpress.com/2008/04/23/alejandro-magno-contra-diogenes-el-cinico/que recrea en lenguaje poético el imaginado diálogo que se produjo cuando el poderoso Alejandro quiso conocer a Diógenes en su pobrísimo tonel. Diálogo que termina cuando cada uno impreca al otro: ¡Miserable!…y Jesús-Alejandro hacía un gesto violento con su túnica y salía raudo de la escena ante el regocijo de la audiencia.

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Y es la mirada que pasa a través de la maraña lo que me sorprende. Que rememorar un episodio que podía haber sido intrascendente me haya llevado a mí, simple relator 75 años después, tan lejos como para indagar en las enseñanzas de aquel distante y pintoresco filósofo encarnado por nuestro amigo Mory una tarde provinciana en un lugar perdido del planeta. Enseñanzas concentradas de modo singular en la anécdota del encuentro entre príncipe y sabio, la cual –lo obtengo de Internet– dice el hoy muy conocido filósofo alemán Peter Sloterdijk (1947), en su Crítica de la Razón Cínica, que “es tal vez, no sin justicia, la más conocida anécdota de la antigüedad griega. Ella demuestra en una pincelada lo que la antigüedad entendía por sabiduría filosófica –no tanto un conocimiento teórico sino un duradero espíritu soberano…el hombre sabio da la espalda al principio subjetivo del poder, de la ambición, de la urgencia a ser reconocido. Es el primero, suficientemente desinhibido, como para decir la verdad al príncipe. La respuesta de Diógenes niega, no sólo el deseo del poder, sino el poder del deseo en sí mismo.”

Cuando Mercedes Hernández escogió el poema de Ramón de Campoamor que frasea el famoso diálogo, demostraba en primer lugar una curiosidad cultural que sorprende en alguien dedicado a la enseñanza primaria, a la vez que indicaba su preocupación sobre la dimensión ética de su labor de educadora pues obviamente su selección no estaba desprovista de contenido educativo, de intenciones de mostrar una visión ética que si bien podía escapársele a los más niños estaba abierta a la reflexión de los mayores. En todo caso, sean cuales hayan sido sus intenciones, ella no podía haber imaginado que muchísimos años después (tanto ella como los niños ya ausentes de la vida), el episodio escolar sería recordado por un imprevisible cronista de ciertas cosas del mundo en el cual ella vivió, al cual yo personifico, para recoger el eterno mensaje que nos muestra la imagen del  hombre sabio que da la espalda al principio subjetivo del poder…

Y es esa sorprendente concurrencia de acciones que parecen inconexas y se mezclan entre sí para llevarnos a pensar y repensar, a reflexionar sobre lo que es la vida con su inmensa complejidad expresada en el tejido de vivencias que terminan abriendo puertas no previstas, lo que justifica el esfuerzo un tanto insensato en el cual me he embarcado por voluntarioso o por empeñado, al recordar en estas notas autobiográficas tantas cosas del espacio físico y psíquico en el que transcurrió mi infancia y la de mis hermanos.

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Pero el voluntarismo tiene sus límites y la memoria no alcanza demasiado, por lo cual hoy llego al fin de estos relatos. Me han sido útiles, espero que lo hayan sido para otros. Entre los comentarios que he recibido, los menos frecuentes han sido los de gente cercana en afecto o amistad, mientras que lejanos y a veces desconocidos lectores me han hecho llegar palabras más sensibles identificadas con mis deseos de evocación. He debido luchar conmigo mismo para vencer la tendencia a abandonar la tarea, la cual he temido que sea vista como innecesario exhibicionismo. Sin dejar de recordar que en la primera nota dije que mi intención al comprometerme con esa parcial reconstrucción de mi pasado y del de mis hermanos, fue la de darle voz a personas que han sido parte de mi historia personal y no han tenido, como sí ha sido mi caso, posibilidades de permanecer vivos, gracias a la escritura, para gentes que al leer se asoman a lo que fue. Tratando además al narrar episodios reales, de re-crear atmósferas, ambientes, modos de actuar, que forman parte de un patrimonio común: el de quienes hemos nacido y crecido en este lugar del mundo. Cuestión por cierto que reafirma una convicción muy personal: la de que estos países inmaduros, contradictorios y de muy corta historia, precisamente por ser así, recién llegados, por estar libres en cierto modo del peso de muchas generaciones anteriores cargadas de mensajes, aportan a la tarea de crear cultura, entre otras muchas cosas, una frescura que es propia e intransferible y origen de buenas cosas que nosotros mismos somos incapaces de reconocer.

Y esas buenas cosas se dan en todas partes y todas circunstancias. No hay vivencia por modesta que sea en sí misma que no lleve en ella el germen de algo que la trasciende. Esa tal vez sería la mejor enseñanza que este ejercicio me ha dejado. Y debo decirlo con claridad porque a mí mismo se me olvida, se me escapa podría decir, sobre todo en esos momentos de desaliento o impaciencia que se han venido haciendo característicos de estos tiempos venezolanos.

Y no digo más. Simplemente me despido, por ahora. En Noviembre de 2020 a cuatro días de mi 81 cumpleaños.

[1]Génesis 1:28

[2]El cruce del Pacífico de la Kon-Tiki, desde El Callao-Lima hasta la isla polinesia de Raroia, a la cual llegó el 7 de Agosto de 1947 https://es.wikipedia.org/wiki/Kon-tiki_(expedición)

[3]Intensidad y Altura. César Vallejo. De su libro Poemas Humanos (1939).

[4]Me referí a ella varias veces. La primera publicación fue el 3 de Septiembre de 2011 con el título No me tapes el sol. También el  5 de Marzo de 2016, con el título Confecciones (9), la cual fue la mención más completa y sugerente. Invito a leerlas para entender mejor de lo que hablo.

[5]Frase tomada de Vidas de Filósofos, de Diógenes Laercio, Pág. 13. Vol. 2. Editorial Iberia, Barcelona 1986.

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