VER LA VIDA (39)

Oscar Tenreiro.

En las vacaciones de Semana Santa de 1952 [1]estuvo por Ocumare Gladys Cova, cuya edad –un par de años más que Jesús– y condiciones familiares le permitían manejar un jeep que estuvo dispuesta, cediendo a nuestra presión y disfrutando también de la gozadera que la actividad producía, a poner a nuestra disposición para que aprendiéramos a manejar; eso sí, con ella a bordo y supervisando. Esta oportunidad parecía un regalo del cielo para nuestra dinámica adolescente porque por esos tiempos era de rigueur aprender a manejar por cuenta de uno y jamás usando un auto-escuela, institución que todo hombre joven consideraba apta sólo para damas. Así como suena.

Pero como éramos muchos, para sentarse al volante había que esperar turno, lo cual equivalía a ser espectador durante toda la mañana, abarrotado el jeep mientras daba vueltas por los lugares sin tráfico, con todos los postulantes en plan festivo. Y apenas después del baño de mar y ya entrada la tarde, podía uno sentarse durante media hora, que era el tiempo fijado, al volante del artefacto. El cual por cierto tenía todo el atractivo que siempre tuvieron los jeeps, cuando la industria automovilística del mundo y particularmente la norteamericana explotaba los aportes industriales estimulados por la guerra y producía siguiendo el concepto, hoy olvidado, de que sus productos fuesen affordables (asequibles) en todas partes del mundo. Y el jeep era así, tal como lo fue unos años después el beetle (escarabajo) de Volkswagen, un vehículo al alcance mayoritario. El de nuestra amiga era básico, con carrocería superior de lona y tubulares metálicos, y estaba bastante trajinado. Circulaban muchos en Venezuela a principios de la década de los cincuenta del siglo veinte. Tenían tracción en las cuatro ruedas, y además mocha que activaba altas revoluciones en el motor para aguantar la marcha o desarrollar potencia extra en grandes pendientes o en algún atasco en barro, esto último muy propio de los caminos improvisados del llano venezolano, difíciles en tiempo de lluvias, lo cual hacía imprescindible al jeep.

Cuando me tocaba mi turno al volante, me parecía un privilegio especial sentarme allí y ser yo el que iba siguiendo el camino para ir a donde decidíamos, previa aprobación de la dueña, que a veces perdía un poco la paciencia ante tanto muchacho deseoso de aprender. Porque sabemos que aprender a conducir es para el adolescente una asignatura indispensable y particularmente placentera, que tiene por otra parte la particularidad de que una vez adquirida una mínima destreza y de matar la fiebre que da en los primeros tiempos, se convierte en algo rutinario y automático sin interés alguno, salvo el utilitario.

Como el jeep era de velocidades como todos los vehículos de esos años cuando no existía la caja de cambios automática, había que usar el embrague (en Venezuela el cloche)[2]para iniciar la marcha. Momento crucial porque si no se tiene el tacto necesario y se saca el cloche demasiado rápido o lo contrario, se producen situaciones un poco ridículas (saltos del vehículo antes de apagarse el motor o un tiempo excesivo antes de empezar a moverse) que hacen recaer en el principiante reprobaciones y burlas. Y por supuesto, nadie quería parecer un niño torpe, así que el momento de arrancar adquiría la importancia de una especie de examen final.

Y andábamos pues por todo Ocumare, el jeep sobrecargado de aprendices de chofer, la dueña como copiloto, atenta y corrigiendo. Y fueron estas lecciones de manejo asunto central de toda la temporada, a pesar de que después de los primeros días ya Gladys ponía cara de fastidio cuando aparecíamos nosotros queriendo continuar el jolgorio. Me parece que le daba la muy fundada impresión de que nadie tenía particulares deseos de estar con ella sino que el objeto de interés era su vehículo, nada más.

Omar Gonzalez, una muchacha amiga de Gladys Cova, yo, Cheo Angarita, Carlos Barreto atrás, adelante sentado Mario Pacheco, un pariente de Gladys Cova al volante y Edgardo cortado, en Ocumare, con el jeep protagonista.jpg

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Un día llegaron de Caracas quienes se convertirían en dos nuevos amigos: Mario Pacheco y su hermana Hermenegilda (le decían Meneja), sonoro nombre que se explicaba porque eran descendientes directos de Gómez el dictador, cuya madre y una de sus hijas se llamaba así, parientes pues de la familia amiga –los Ríos Gómez– que tenían una casa al lado del uvero junto al Kiosco de Lourdes, la cual he mencionado un par de veces. Mario congenió muy bien con nosotros hasta llegar a ser, unos meses después, novio [3] de Carlota por un tiempo corto, y en la temporada siguiente, yo de catorce años, volvimos a vernos, esta vez Mario manejando un Chevrolet que su padre le cedía –estaba cerca de los 18 años– para que se moviera por Ocumare, autonomía de movimiento que administraba con prudencia y recato, lo cual no fue obstáculo para que un imprudente, en este caso yo, produjera un episodio que pudo haber sido peor de lo que fue.

Una noche, cerca de las nueve, cuando nos encontrábamos en el Kiosco de Lourdes, me vino la tentación de manejar el Chevrolet de Mario. Ya sentía yo, con la experiencia con el jeep en la Semana Santa y algunas oportunidades de manejar que había tenido en Caracas, que dominaba los secretos del volante, y llevado por mi tendencia permanente de saltarme etapas y hacer las cosas en caliente, resolví pedirle prestado a Mario su Chevrolet para ir de paseo junto con mi primo de Valencia, Carlitos [4], hasta el pueblo de Ocumare, cuyas principales motivaciones eran echármelas [5]de adulto y matar la fiebre de manejar.

Y Mario, si bien lo dudó un poco, me dio las llaves y salimos juntos, yo al volante y Carlitos de copiloto.

Desde el kiosco de Lourdes hasta el puente sobre el río, unos tres kilómetros, era una carretera razonablemente buena; de allí en adelante hasta el pueblo, lo he dicho antes, tenía la particularidad de que solamente estaba pavimentado –con concreto– el canal de ida limitado de un lado por una acequia profunda (unos dos metros) que caía verticalmente. El canal del otro lado era de tierra, así que se circulaba por el canal pavimentado y al encontrarse con un vehículo que venía del pueblo, este debía pasarse al de tierra.

Ya he dicho que era de noche, Carlitos y yo sintiéndonos muy adultos. Luego de pasado el puente comenzaba el canal único y por allí tomamos. Algo después quise cambiar las luces, me distraje e incluso vi hacia los pedales por un segundo, lo suficiente para que la rueda trasera derecha cayera del borde hacia la acequia lo cual produjo en mí la reacción instintiva de tratar de salir dándole al volante en dirección contraria y acelerando…para salir de la acequia fuera de control pasando el canal de tierra hacia la zona boscosa lateral y saltar sobre la enorme raíz de un árbol sobre la cual se detuvo el vehículo, las ruedas traseras dando vueltas en el aire. Apagué el motor y nos enfrentamos al silencio y a la realidad de haber tenido un accidente. Pudo haber sido mucho peor si hubiéramos embestido al árbol y no sólo la raíz, pero no era eso lo que me pasó por la mente sino la culpa y la vergüenza de haber dañado un vehículo ajeno y tener que regresar a contarlo y dar excusas.

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Nos bajamos del carro ilesos pero desconcertados, y empezamos a lamentarnos en voz alta en medio de la oscuridad de una manera que si no hubiera sido porque había pasado algo importante era más bien cómica.

¿Qué hacer? estábamos a medio camino del pueblo o de la playa, así que resolvimos caminar por el medio de la carretera hacia el punto de partida, mientras proferíamos toda clase de lamentos. Yo no hacía sino decir en voz alta una y otra vez, coño é la madre, esa maldición tan venezolana, hasta que Carlitos me llamó la atención diciéndome que dejara las groserías que con eso no lográbamos nada (y nos ganaríamos la reprimenda del mundo sobrenatural, creo que pensó) así que nos fuimos calmando mientras caminábamos en medio de la oscuridad…agarrados de manos como si fuéramos una pareja de recién casados. Y no tardó mucho en pasar sin detenerse el primer carro de desconocidos hasta que ocurrió lo previsible: gente conocida se detuvo y nos interrogó sobre lo que andábamos haciendo por allí, a lo cual respondimos con cualquier excusa seguramente muy poco creíble, y seguimos caminando hasta llegar al puente donde pedimos una colita[6]hasta el kiosco de Lourdes en donde nos debíamos enfrentar a Mario.

Y la verdad es que Mario lo tomó con una tranquilidad y generosidad sorprendentes. No se lamentó en ningún momento de las consecuencias y más bien se ocupó al día siguiente de asumir los gastos de una grúa que sacó al vehículo del atasco en la raíz (quedó como suspendido, un metro y medio más arriba del suelo las ruedas traseras) y asumió las reparaciones suponiendo que papá respondería. Y papá respondió no sólo respecto a lo económico sino con sabiduría, lo cual agradecí y fue aplaudido por todos. Me oyó al día siguiente con calma y dijo que se pondría en contacto con el padre de Mario para las reparaciones, que se realizaron sin que yo supiera más del asunto. No me regañó ni me dijo nada fuerte mientras yo le informaba que habíamos ido en la noche misma a inspeccionar el carro, que no había sufrido mucho sino por debajo el tren delantero, y que Mario estaba ya gestionando lo de la grúa. Y sabiendo yo que el asunto iba a tener costos no previstos, me sorprendió enormemente que no se quejara, y que sólo me dijera que nunca se debía pedir un carro prestado. Eso fue todo.

Asunto este último que demostraba algunas cosas. Una, que papá tenía una capacidad de comprensión que podía mostrarse y se manifestó de nuevo años más tarde cuando debió ofrecerle apoyo a Carlota en los conflictos que la afectaron en su matrimonio, lo cual ella siempre valoró especialmente. La otra, que cuando un adolescente reconoce un error, que fue mi caso, la mejor respuesta es la comprensión porque en el reconocimiento de la falta está implícito el deseo de rectificar. Y finalmente que habían quedado atrás los tiempos en los cuales papá sentía la necesidad de apartarse y replegarse sobre sí mismo.

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En cuanto a Mario, dejando volar la imaginación con ingenuidad y sin interferencias, pienso que sólo por la actitud de esa noche tendría asegurado un puesto bueno en el más allá.  Y lo digo teniendo en cuenta algo sin duda triste: el trágico destino que tuvo un par de años y pocos meses después cuando perdió la vida en un accidente de tránsito en la vía Caracas-Los Teques, él al volante, no sé bien las circunstancias. A todos nos afectó mucho la noticia, así como me afecta ahora rememorarla cuando lo veo en las fotos que aquí muestro. No sólo porque fue una persona tranquila, afable y generosa durante su cortísima vida, sino también porque uno cuando es viejo puede apreciar mejor, me parece, la tristeza que da dejar el mundo. Así lo pienso ahora, y descubrí que lo comparto con ese ícono de la cultura venezolana que fue Arturo Uslar Pietri, quien lo expresa hermosamente en su poema Oficio de Víspera incluido en su libro Manoa publicado en 1973 cuando Uslar tenía 67 años. He aquí un fragmento:

Soy una criatura,

siento la angustia de irme solo

y de borrarme en sombras,

no quisiera

como los viejos lagartos herrumbrosos,

como las lentas escolopendras incompletas,

que terminara todavía,

el tibio sol de esta tarde.

Saqué el libro de mis estanterías donde estaba un poco perdido en la mañana en la que escribía estas cosas. Lo heredé de mi hermana Carlota quien murió no tan joven como Mario, colmada de vida, a los 41 años. Y pienso que también pudo haber deseado que no terminara su propio sol.

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Unos dos años y un poco más después de lo del accidente nuestro, ya más crecidos. Desde la izquierda Pedro Gluecksman, yo, Mario Pacheco, Simón Guevara, en Turiamo. Foto tomada no mucho tiempo antes de la trágica muerte de Mario. Tal vez el carro es el mismo que me tentó.

Carlota de 17 años (1956). Foto tomada por mí en ocasión de un paseo a Cata. Ya nos habíamos mudado a Caracas.

Carlota poco tiempo antes de su muerte.

[1]No estoy seguro de esta fecha pero es la más probable. Yo tenía trece años y unos meses.

[2]El cloche, adaptación de la palabra clutch del inglés, es como se le dice en Venezuela al sistema que permite separar los engranajes de tracción de las ruedas de la acción del motor. La palabra correcta del español es embrague.

[3]Ser novio no pasaba de ser entonces una compañía que permitía intimidades básicas, así que el término es exagerado. Hay países de Hispanoamérica que usan términos para ese estado previo a un noviazgo más estable, como el pololeo en Chile. En Venezuela se usó hace unos años empate pero sigue en uso novio novia.

[4]Carlos Degwitz Figueredo, dos meses menor que yo, mantuvo mucho contacto con nosotros en tiempos adolescentes. Se pasó esa temporada vacacional completa en Ocumare. El diminutivo en su nombre lo heredó de su padre, el tío Carlitos.

[5]Echársela, es un modismo típicamente venezolano. Equivale a presumir. No te la eches es decirle a alguien que no sea presumido.

[6]Un aventón dicen los mejicanos, y autoestop los españoles

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