RAFAEL ARÉVALO GONZÁLEZ: CONSTANCIA, SACRIFICIO Y ESPERANZA (3)

Oscar Tenreiro

Mi respeto por los autores que he mencionado me impide pensar que fueron sus prejuicios los que los llevaron a ubicar a Arévalo González en la parte semioscura de la escena histórica, verlo desde lejos, o simplemente no verlo. Pero lo que ocurrió con ellos exige buscar allá del simple pasar por alto para mejorar nuestra percepción de lo que ha ocurrido y viene ocurriendo entre nosotros los venezolanos. Por una parte, cuando se lanza la mirada hacia el pasado con deseos de indagar y entender, lo haga una persona de limitadas luces o un intelectual de alto vuelo, lo primero que capta el interés son los hechos más significativos, y a partir de ellos se va penetrando en los procesos que los determinaron y las personas que formaron parte de la intrincada red de pequeños y grandes aportes, individuales o de grupos, que les dieron forma. Hablar de hechos en ese tiempo venezolano es sobre todo hablar de luchas entre partidos o facciones con vistas a debilitar o afirmar las palancas del poder, o de conjuras destinadas a derribar o exaltar liderazgos, asuntos que no se vinculan directamente con la actitud de vigilancia crítica que ejerció Arévalo González orientada a la controversia pública civilizada –la prensa– y no a promover asociaciones políticas. Por eso, Arévalo González es respecto a esos hechos, en cierta medida, lo que en inglés se llama un outsider, alguien un poco forastero, que opina y promueve sin estar directamente involucrado en el manejo de los hilos del confuso juego general.  Lo hace notar –lo cité más arriba–Guillermo Meneses (1911-1978) el importante escritor venezolano, con admiración pero sin duda también con extrañeza, lo cual nos advierte que en un contexto en el cual lo que predomina es la conjura, la zancadilla política y la constante y con frecuencia irracional disensión, pase desapercibido su aporte, acaso por considerarlo irrelevante.

Por otra parte, Arévalo González fue en realidad un derrotado, un derrotado que estuvo prisionero durante veintitantos años de su vida sin que esa entrega de su libertad tuviera, aparentemente, repercusión alguna en la marcha general de las cosas [1].Y siendo completamente cierto que de los prisioneros poca gente se acuerda (como vemos que ocurre en el tiempo actual venezolano) mientras la vida sigue un curso ajeno al padecimiento de quien está aislado en una cárcel, estar preso implica el riesgo cierto de ser relegado al olvido. No creo por ejemplo que nuestros líderes de la Independencia o la opinión pública aún restringida que hubiere entonces, se ocuparan de Francisco de Miranda, el visionario impulsor del inmenso despertar de un continente. Desde que se le hizo preso [2]hasta morir en 1816 su ausencia no se hizo notar –­no se le menciona más– y lo que es más significativo,  la memoria histórica apenas permite conocer algunas cosas sueltas, y  sus dos años finales de reclusión en La Carraca están sumergidos en una casi total oscuridad. Así pudo ocurrir en esa pocilga indigna que era La Rotunda. Allí en cierto modo desaparecía Arévalo cada vez que lo apresaban. En alguna medida se perdió tras los sucios muros la huella más inmediata de su andar. Allí se congelaron sus sueños y debió pensar en las madrugadas tristes y silenciosas en las cuales hablaba consigo mismo, que todo lo que sacrificó lucía vano, olvidable. Difícilmente podría haberse imaginado que la  persistencia de su legado se impondría por sobre la crueldad que lo quiso acallar.

De nuevo los calabozos de La Rotunda (Internet)

Un preso político (anónimo) en La Rotunda, portando perno y grillete en los tobillos para impedir su movilidad: los grillos que impusieron Castro y Gómez (Internet)

De nuevo aquí el cuadro (fragmento) de autor desconocido que muestra a Rafael Arévalo González en su celda

Los grillos, en los pies de Arévalo (pesaban diez kilos y producían llagas)

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Cabe decir además que cuando Picón Salas escribe Los días de Cipriano Castro, no habían sido publicadas las Memorias de Arévalo. Al igual que es probable que la investigación que debió hacer Picón Salas, llevada a cabo en tiempos dictatoriales –Pérez Jiménez (1948-58)– haya tropezado con limitaciones en sus fuentes de información, de modo que las omisiones de quienes habían historiado los comienzos de nuestro siglo XX pudieron filtrarse hasta él.

Pero si bien pueden ser esas las razones en su caso, hay otro aspecto de la cuestión que no sólo lo afectaría a él sino a Polanco, Caballero, o cualquiera que en los tiempos que fueron publicados sus libros hubiera tenido noticias de la vida de Arévalo González: no se había instalado aún, de pleno derecho y claramente identificada como conducta de contenido subversivo de corte político, la no-violencia y uno de sus correlatos: la resistencia pasiva. https://es.wikipedia.org/wiki/Resistencia_no_violenta  Siendo cierto por ejemplo que la huelga como derecho obrero en ciertas condiciones es una forma de resistencia no-violenta, activa, que se practica desde larga data, la huelga de hambre, de tipo pasivo, era muy poco común y hoy en día su utilización se ha extendido por el mundo[3]. La no-violencia irrumpe en la conciencia mundial hace menos de un siglo impulsada por la conducta y las enseñanzas de Mahatma Gandhi (1869-1948). Es sobre todo a partir de su ejemplo y su singular liderazgo ético cuando se empiezan a considerar en todo su valor moral y su posible impacto para influir en las conciencias de los detentadores del poder, las distintas formas de resistencia no-violenta [4], entre ellas –es importante notarlo– el encierro voluntario.  Hoy se ha convertido en un tipo de conducta de alta jerarquía ética, herramienta utilizada por los espíritus superiores que entienden que es un medio para convencer sin violentar, para expandir una idea sin imponerla, un instrumento de especial contenido cívico en un ámbito social y político que aspira a ser democrático. Nada de eso estaba del todo claro en tiempos de la vida Arévalo González, y aún hasta casi terminado el siglo XX. Sin embargo, intuitivamente, siguiendo convicciones que podemos conjeturar, este hombre obstinado y valeroso actuó según esos principios convirtiéndose sin proponérselo en un temprano pionero de la no-violencia en el mundo americano y tal vez en el ámbito universal.

Mahatma Gandhi siendo confrontado por un policía durante una manifestación pacífica en Suráfrica en 1913 (Internet)

Martin Luther King fue un apóstol de la resistencia no violenta. Aquí hablando en una concentración en 1962 (Internet)

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  Digamos finalmente, para abundar desde una perspectiva más personal en el tema del olvido, que si me atengo a lo que ha sido mi modo de ver la historia venezolana pos-independencia, la de quienes conozco y podría decir que la de mi generación –y de las que han seguido–resulta lógico que una personalidad como la de Arévalo González no figure entre la constelación de referencias que se nos presentan para entender mejor lo que hemos sido. Porque su legado, como ya he dicho muchas veces, es de carácter ético; su actuación estuvo motivada por principios. Y aparte de que en nuestra educación temprana se nos hablaba sólo de la etapa heroica, auténtica o disminuida, de la Guerra de Independencia, cuando correspondía hablar de los inicios republicanos, más que de los fundamentos de una ética republicana, se hacía referencia a la lucha de más de cinco décadas entre facciones que se suponía constituidas a partir de ideas y principios que solo se enumeraban, lo cual es casi lo mismo que ignorarlos. En resumen, la narración predominante sobre el período republicano, la que recibí yo y mis compañeros de generación, se atiene sobre todo a los hechos, sólo marginalmente a las ideas que orientaron a los distintos grupos de opinión que los impulsaron. Ideas que muchas veces se usaban como pretextos sin realmente examinar sus consecuencias, por lo cual muchos se autocalificaban, sin serlo, de liberales o conservadores[5] –federación o centralismo– movidos más bien por conveniencias y apetitos que por las ideas que decían orientarlos y muy pocos sabían explicar. Y los hechos son, vuelvo a decirlo, un batiburrillo de difícil comprensión que se examinaba muy superficialmente. Si como excepción en ese escenario borroso puedo referirme en mi caso personal a la admiración que me inspiró Fermín Toro (1806-1875), se lo debo a Gonzalo García Bustillos (1929-2004)[6], quien muy jovencito y recién graduado de abogado, durante una suplencia que ejerció estudiando yo cuarto año de secundaria en el Colegio La Salle de Tienda Honda, nos habló con pasión y admiración de este importante personaje, hombre de ideas que además tenía fama de excelente orador. Nos leyó algunos párrafos que afirmaban los principios democráticos del discurso inaugural de Toro en la Convención de Valencia de 1858  https://es.wikipedia.org/wiki/Convención_Nacional_de_Valencia. Lo hizo con vehemencia y destacaba algunos párrafos entre los cuales recuerdo vagamente uno que aludía a quienes como perros famélicos aspiraban a cargos públicos para robar el dinero del pueblo. Y podría explicarse esta excepción porque García Bustillos era en ese momento –1954– un opositor activo a la dictadura de Pérez Jiménez y a través de las palabras de Fermín Toro buscaba despertar en nosotros el celo democrático.

Fermín Toro. Retrato de Antonio Herrera Toro (1897) (Internet)

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Celo era precisamente lo que movía a Arévalo González, con la característica fundamental de que Arévalo nunca tuvo una figuración en la marcha institucional de la república distinta del alcance de su modesta labor de periodista. No formó parte de los principales partidos en liza –liberales y Conservadores– ni se vinculó a grupos de opinión o mundillos intelectuales[7]. En resumen, no participaba de modo activo y comprometido en conexión con allegados que se apoyan mutuamente siguiendo el patrón típico de la sociedad venezolana. Mundillos que en el lenguaje coloquial nuestro se denominan roscas. Grupos mayores o menores análogos a los que abundan en la adolescencia y definen muchas cosas –quien es y quien no es– en el espacio provinciano de relacionados, amigos o amigotes, que terminaban –y terminan hoy por igual– decidiendo muchas cosas en los medios políticos de una sociedad inmadura. Sociedad que demuestra su fragilidad y su ausencia de espesor cultural al cultivar lo que se ha llamado el amiguismo, origen de muchos males aún en la Venezuela contemporáneaY allí tocamos tierra, porque según lo que puede leerse en sus Memorias, el carácter puntilloso de Arévalo González –siempre insistiendo en sus principios– lo mantuvo alejado de las distintas roscas perdonavidas y excluyentes del tiempo en el que vivió. ¿No es este andar solo algo que usualmente entre nosotros programa o impone el olvido? ¿No podemos acaso decirlo a partir de la experiencia de nuestras vidas?

Antonio Leocadio Guzmán, uno de los fundadores del Partido Liberal venezolano. Retrato de Martín Tovar y Tovar. Su hijo, Antonio Guzmán Blanco, como Presidente de Venezuela fue un autócrata manipulador disfrazado de demócrata. Y se enriqueció groseramente (Internet)

Tomás Lander (1787-1845) fue también uno de los fundadores del partido Liberal (Internet)

Bandera del Partido Liberal de Venezuela.

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La mixtificación de nuestras herencias históricas se ha hecho corriente entre los jerarcas del Régimen que hoy ahoga a Venezuela y para ello ha contado con el aporte de su intelectualidad cómplice, muestra clara de su mediocridad e ignorancia selectiva. Se ha centrado con frecuencia en la manipulación interesada de los motivos que rigieron los actos de algunas de las figuras del pos-independentismo y particularmente en los acontecimientos bélicos en los cuales participaron. La violencia armada se presenta como una especie de necesidad coyuntural cuya inevitabilidad exige aceptación y por supuesto justificación. Y así se habla de un acontecimiento que marcó mucho los acontecimientos del tiempo de Arévalo y que con justicia puede considerarse la insensatez colectiva mayor de nuestra historia si no incluimos la que ahora estamos sufriendo: me refiero a la llamada Guerra Federal. Ella se describe y se comenta en términos militares de enfrentamientos entre enemigos sin destacar la inmensa torpeza moral que fue, las tragedias que desencadenó. Y su futilidad, en particular a la vista de lo que ocurrió después de concluida: continuaron, incluso con mayor fuerza, los vicios que se querían derrotar y el federalismo político e institucional fue en realidad letra muerta, la guerra no sirvió ni para justificar su nombre. Fue insensatez como es insensatez toda guerra. Y me refiero a ella de modo específico porque sólo es ahora cuando leo en las memorias de Arévalo González de manera clara, una condena al absurdo que fue, juicio que deja de lado cualquier comentario atenuante que intente justificarla aún parcialmente: …Fui, pues, engendrado y concebido en días calamitosos, cuando nuestra desventurada Venezuela estaba dando traspiés, aniquilada, desangrada, empobrecida, recién salida de una guerra de cinco años, que tronchó un sinnúmero de vidas, que, vorágine tremenda, devoró riquezas y riquezas; todas las riquezas acumuladas por la laboriosidad de los hijos de esta tierra tantas veces empapada en sangre de hermanos[8]

Y lo irónico, lo que debería hacernos reflexionar, es que quienes han justificado la Guerra Federal como manifestación de una violencia justiciera o porque ven que lo que cada bando decía defender es una temprana escenificación de la lucha cruenta entre buenos y malos que promueven, son los mismos que hoy han destruido a Venezuela. Los mismos que en nombre de una sedicente revolución que anida en sus almas –un poco frustradas– justifican la iniquidad y se han hecho cómplices de la indignidad que actualmente padecemos. Son los descendientes directos de quienes quisieron callar a Arévalo González.

Acuarela de autor desconocido (1860), probablemente un viajero extranjero, representando soldados federalistas durante la Guerra Federal (1850-1863) (internet)

[1]He usado muchas veces esta frase para designar el acontecer, el devenir histórico de cualquier sociedad. Lo tomé de la obra Principios de la Ciencia Nueva (1725) del filósofo napolitano Giambattista Vico (1680-1744) que leí hace muchos años. Me llevó a ella un ensayo (no recuerdo el título, tal vez fue La Expresión Americana) del escritor cubano José Lezama Lima (1910-1976). De cuya obra sólo puedo decir además de elogiar ese excelente ensayo, que intenté leer su novela Paradiso y me fue imposible.

[2]Estuvo primero en el Castillo de San Carlos de Puerto Cabello, luego en El Morro de Puerto Rico y finalmente en La Carraca desde fines de 1814 (murió en Julio de 1816).

[3]La Asamblea Médica Mundial  AMM adoptó en 1991 la Declaración de Malta en la cual instruye sobre las medidas a tomar respecto a la Huelga de Hambre (Internet)

[4]Así la define Wikipedia:La resistencia pasiva está basada en la doctrina de la no violencia la cual es descrita como: una ideología que representa toda una propuesta en positivo para entender los conflictos y transformar la sociedad. Desde una perspectiva no-violenta, los avances históricos de la humanidad han sido posibles por su capacidad de evolucionar cooperativamenteLa Resistencia pasiva se define a su vez así: La resistencia pasiva o pacífica es una forma de lucha política, basada en la doctrina de la no violencia, consistente en diversos tipos de acciones pacíficas hostiles al poder político, tales como la desobediencia civil, manifestaciones y marchas pacíficas, encierros voluntarios…

[5]Lo mismo que ocurrió cien años después entre adecos, supuestamente social-demócratas, y copeyanos, supuestamente social-cristianos.

[6]Vinculado al partido social-cristiano Copei desde muy joven. Abogado, Hombre culto, de ideas, muy discursivo y cordial, fue Embajador de Venezuela ante la OEA, Embajador en Cuba y Ministro de la Secretaría de la Presidencia en el gobierno de Luis Herrera Campins (1979-1984).

[7]Fundó una revista literaria, Atenas, pero la manejaba más como administrador y garante de su publicación que como integrante de un grupo literario.

[8]Pág. 86 de las Memorias

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