ENTRE LO CIERTO Y LO VERDADERO

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Oscar Tenreiro / 19 Julio 2007

Sostengo que las cárceles venezolanas son unos infiernos porque las edificaciones son infernales, es decir, son unos depósitos de seres humanos carentes de las condiciones de dignidad mínimas, antros de degradación física y moral.

Cuando uno dice algo así siendo arquitecto se corre el peligro de ser acusado de “deformación profesional¨, es decir, de una visión sesgada, centrada en sólo un aspecto del problema. Pero pienso que si no es esa la única razón para que las cárceles sean sitios perversos e inaceptables, es no obstante una de las principales y tiene precedencia sobre las demás. Porque si uno analiza el problema del castigo al delito como confinamiento físico y no en su dimensión sociológica, y además lo hace desde una visión humanista y no puramente represiva, como corresponde a los tiempos que vivimos, es obligatorio, en primer lugar, contestar la pregunta sobre donde confinar al delincuente. Que tiene como primera respuesta el edificio, no la forma de administrarlo ni los procedimientos. Si uno tuviese el mejor personal del mundo y los mejores sistemas para que pongan en práctica sus conocimientos, ese personal no aceptaría ejercer en lugares que no llenan las mínimas condiciones para una vida humana digna.

Claro, una visión así sería una visión humanista, o más bien humanitaria, porque si prevaleciera la visión del castigo como asunto fundamental y como medio de evitar la reincidencia, pensaríamos más bien que se necesita una reclusión cruel, dura, destinada al un escarmiento que no ha sido históricamente sino una media verdad. Así se procedió durante siglos y las cárceles fueron ejemplo de crueldad, de degradación, de ofensa a la dignidad del hombre.

Pero ya hoy no pensamos así. Hoy pensamos, o deberíamos pensar, que la cárcel debe ser un sitio de educación, o de reeducación si lo preferimos. ¿Y cual debe ser entonces su característica esencial? La de ser un lugar que estimule la reflexión, que induzca al examen del destino individual y colectivo. Que, siendo un sitio en el que se limita drásticamente la libertad física, bien esencial en todo hombre, y por ello mismo un lugar donde se inflige un castigo, hay condiciones en él para incidir positivamente en lo que pudiéramos llamar el espacio psíquico del recluso. El objetivo de cualquier reclusión tiene que ser que el delincuente pueda verse mejor a sí mismo. Un objetivo que no siempre puede lograrse, de eso no hay duda, pero es criminal (y en este caso lo es el Estado) obstaculizarlo con la degradación de las condiciones de vida.

Vistas las cosas así, contestar cómo debe ser una cárcel es un tema clave en el mundo moderno. Lo ha sido en los países avanzados, donde desde hace décadas se ha ido humanizando la prisión. Y debería serlo en un país como el nuestro si de verdad se quiere avanzar hacia una mayor lucidez en lo social. Y en ese contexto, sin que dejemos de admirar, por ejemplo, la labor extraordinaria de Humberto Prado en el Observatorio Nacional de Prisiones, a quien oímos hace unos días muy completas y alarmantes consideraciones sobre el problema carcelario, quisiéramos insistir aquí y proponerle a él que lo considere, que el principal problema en el caso venezolano, o el de muchos países latinoamericanos, es que los edificios carcelarios son inaceptables.

Y si además reconocemos que la inseguridad es el primer problema nacional, la conclusión inmediata es que construir nuevas cárceles es una tarea de primerísima prioridad en Venezuela.

Ahora bien ¿cómo ha respondido a este reto nuestro gobierno revolucionario del socialismo del siglo 21, que proclama sus objetivos sociales?

Aparte de que hasta ahora no ha tomado medidas de fondo para mejorar el manejo carcelario y ha dejado de lado a todos los que aquí conocen del problema, seguramente porque no son sumisos políticamente, para atender el problema de las edificaciones ha recurrido a firmar un gigantesco contrato llave en mano con España, donde se hacen los proyectos, entregándole después de muchas vueltas en las que la gente se peleaba por esa tajada, la Gerencia del Proyecto a una gran Consultora venezolana (Otepi) que hará la “ingeniería de detalle”, o sea traducir a Venezuela el proyecto extranjero. Todo sin que haya habido discusión pública entre conocedores locales de la materia ni informaciones distintas a las de las páginas web, y pasando por alto cualquier posibilidad de que equipos de arquitectos venezolanos, aparte de los miembros del staff de la consultora, pudieran asumir la tarea de producir modelos nuestros para dejar en nuestro medio la experiencia y sobre todo la posibilidad de aportes. Un gran contrato sin duda, pero de ninguna manera una muestra de participación. Una caja negra más, pagada en dólares, como sabe hacerlo cualquier bolivariano que se respete. Puro capitalismo tecnocrático, nada menos socialista, nada menos revolucionario. Y como escenario de fondo de tamaño desprecio por el país está el militar-ministro prometiendo soluciones a cortísimo plazo, tal como lo hacían algunos ministros de la Cuarta, cuando en realidad lo que se requiere es colocar el problema carcelario como problema de Estado y darle una prioridad que está muy por encima de casi todas las simplezas que diariamente enuncia el Gran Conductor. Para afrontar este problema se necesita mucho más que declaraciones vacías y contratos que muy poco dejarán para el patrimonio profesional venezolano aparte de la eficiente parafernalia de las Consultoras. Se necesita lo que no tiene esta “revolución”: seriedad. Y auténticos deseos de cambiar las cosas.

Y vuelvo de nuevo a preguntarme qué es lo que pasa por la mente de los “arquitectos de la revolución”. Me pregunto cómo pueden permanecer silentes ante tamaño fracaso (¡ocho años es mucho tiempo!). Un fracaso humano y cultural que debería despertarles dudas sobre la cháchara del “hombre nuevo”. ¿No podría corresponder alguna voz crítica por la responsabilidad real del estado venezolano ante los terribles eventos recientes de la cárcel de Coro? Pero ya sabemos la respuesta: estamos en una transición, después todo será mejor. Hasta allí puede llegar el oportunismo y el autoengaño.

PARA LOS ARQUITECTOS (Y PROFESIONALES) “REVOLUCIONARIOS”.

Un crítico de arquitectura, Peter Buchanan, asevera que “los principios del funcionalismo (arquitectónico) se fraguaron, a finales del siglo dieciocho, con el diseño de cárceles y hospitales”. Se puede estar de acuerdo sólo parcialmente con Buchanan, pero no negar que construir una cárcel es una oportunidad para la arquitectura.

Y los partidarios del régimen podrían preguntarse por qué se aplica en Venezuela, en lugar de la experiencia del arquitecto Esteban Bonell con la construcción de una cárcel para la Generalitat de Cataluña, el recurso nuevo-rico de contratar en dólares a una empresa del “capitalismo salvaje”. La respuesta es clara: hacerlo de este ultimo modo es más fácil y hay más oportunidad para triquiñuelas.

Hemos dicho que si este régimen quisiese construir un modelo socialista tendría que promover la creación de conocimiento desde una base social amplia. Eso es lo que dicen buscar sus portavoces cuando hablan de cooperativismo. Y lo mínimo que se pide a los jerarcas nacional-socialistas es que crean en los principios del cooperativismo. Y entre ellos, en el nivel profesional, está el estímulo a pequeños y medianos grupos de creación de conocimiento y acumulación de experiencia.

Estaría pues el régimen obligado a estimular a las pequeñas y medianas oficinas de arquitectura y diseñar una política de Estado dirigida a su favor. Las grandes empresas Consultoras que ya venían invadiendo el campo de la arquitectura en tiempos de la Cuarta, quedarían así más limitadas a la esfera industrial, donde pueden desempeñarse con ventaja. Por eso es contradictorio lo que se viene haciendo con las cárceles y se hizo con la mayor parte de los estadios de la Copa América: contratos llave en mano a grandes empresas nacionales o transnacionales omitiendo convocar a la comunidad de arquitectos a través de concursos o selección de méritos.

Un botón de muestra más para los que quieran pensar.

Un aspecto del acceso al Centro Penitenciario de Brians, cerca de Barcelona, España, proyecto de un destacado arquitecto de la segunda generación democrática española: Esteban Bonell.