Viviendas en la Avenida Bolívar

A modo de introducción

En el centro mismo de Caracas, a poca distancia de la Plaza Mayor (Bolívar), se construyó, a partir de 1948, la Avenida Bolívar, eje vial que debía ser la principal arteria de la ciudad y por ello mismo bautizada con el nombre de nuestro héroe máximo, que ya de tanto repetirlo, usarlo para cuanta cosa existe, prostituir su memoria, manipularlo, hemos terminado por verlo (el abuso del nombre, no el personaje) como una vergonzosa muestra de nuestras pequeñeces como sociedad.

El esquema que dio origen a la Avenida es de 1939, cuando las autoridades de la ciudad, recuperada a medias la democracia cuatro años antes por deceso del Caudillo de entonces Juan Vicente Gómez, resolvieron invitar a Caracas al arquitecto y urbanista francés Maurice Rotival (1892-1980), quien propuso para la ciudad lo que bautizó como Eje Monumental, consistente en una avenida que arrancaba desde la colina de El Calvario y se prolongaba hasta el Parque de Los Caobos, a ambos lados de la cual se construirían edificios destinados a transformar la imagen urbana. El esquema sufrió una modificación parcial, en el origen de la Avenida, cuando a los pocos años, durante el gobierno de Isaías Medina Angarita, se decidió construir el conjunto de El Silencio (1942-1945), primer proyecto importante de Carlos Raúl Villanueva (1900-1975), que obtuvo por concurso. Constaba de algo menos de 1000 apartamentos y vino a ser el primer intento venezolano de hacer ciudad utilizando la arquitectura, la construcción, como instrumento.  Ese esquema le permitió al mismo Rotival, unos años después, proponer la organización de los primeros edificios, bloques simétricos a ambos lados de la Avenida rematados por dos torres de 30 pisos, todo para uso de oficinas gubernamentales (1949-1954). Si dejamos de lado los apresuramientos producidos por el deseo dictatorial de parecer extremadamente eficiente, e interferencias que alteraron las proporciones de las torres (Pérez Jiménez ordenó en una visita subirle dos pisos para llegar a la Cota 1000 s.n.m.), que llegaron a castigar algunas de las etapas de construcción, la calidad constructiva de esos edificios fue excepcional. Desde entonces, al pasar los primeros años de uso cuidadoso y entrado el país en ese proceso de debilitamiento de las responsabilidades públicas que he atribuido sin dudar a la generalización de la visión populista, todo el conjunto descendió de categoría hasta convertirse en los que es hoy, casi un desecho, una semiruina de nivel mínimo de mantenimiento, que ostenta un deterioro asombroso en el centro mismo de la capital. Es un populismo que atribuye al Estado petrolero la responsabilidad paternalista de “redistribuir el ingreso” manteniendo al sector privado en una suerte de marginalidad dependiente de favores clientelares, heredero de una situación cultural en la que la producción industrial y el desarrollo agrícola eran y siguen siendo actividades secundarias frente al comercio importador, los servicios y las oportunidades de enriquecimiento que ofrece por todas partes la corrupción.

Es una situación que ha venido a ser el verdadero sustento de la “revolución¨ que tomó el Poder hace ya doce años, obsesionada por viejas tesis marxistas “a la cubana” que han sido su norma de actuación y han enceguecido a su máximo dirigente hasta convertirlo en dueño del destino del dinero petrolero, reproduciendo una grotesca situación de caudillismo atrasado con su propia versión de democracia. Su tesis en relación a Caracas parece haber sido manipular políticamente las áreas marginales que han crecido en colinas de tierras también marginales, sometidas a procesos de invasión progresivos desde hace décadas. Prospera allí “la ciudad informal”, de viviendas precarias, hacinadas, que se han ido endureciendo y densificando sobre si mismas, sin espacio público, con un mínimo nivel de servicios y recibiendo apoyo esporádico no sujeto a planes coherentes, en forma de aceras, escaleras, redes de agua comunitarias, electricidad robada, regalos de materiales. Allí el Régimen disemina dinero a través de “misiones” que consisten en dádivas a cambio de fidelidad electoral, supuestas “cooperativas” que reciben contratos menores, “consejos comunales” dominados políticamente y con asignaciones presupuestarias que han estimulado infinidad de corruptelas, todo en una danza de despilfarro de enormes proporciones que sólo se puede entender en el contexto de un Petroestado.

Y junto a eso se ha abandonado a la ciudad “formal” que se considera patrimonio de los opositores políticos, los que tienen trabajo estable, obreros y empleados que no viven de la buhonería (que ocupa a un impresionante porcentaje de la población activa), la clase media, los sectores más educados, los que usan la ciudad en términos de intercambio civilizado a pesar de la actividad delictiva de pesadilla que ha invadido la ciudad haciéndola la más peligrosa del mundo, excluyendo Ciudad Juárez, del Méjico en guerra contra los gangs de la droga.

Y ocurre que esa absurda concepción de lo público, que desconoce los más elementales criterios de la formación de ciudad o vida ciudadana, ha terminado por erosionar la simpatía y el apoyo políticos hacia el Caudillo.

Y por eso, repentinamente, a pesar de la seguridad que le da el avasallamiento comunicacional que ninguna institución pública controla (todos los Poderes están en manos de la “revolución”) y se expresa en cadenas de radio y televisión prácticamente diarias y de varias horas de duración, el Caudillo decide huir, de nuevo, hacia adelante.  Se da cuenta de que ha carecido de una política seria y consistente de construcción de viviendas. Se apresura pues a lanzar una, porque en menos de dos años se jugará su suerte en elecciones. Da órdenes aquí y allá, improvisa nombramientos, y una vez más, con el mismo estilo con el que actúan los jeques petroleros, mete la mano en las divisas que llegan a abundantísimas gracias al barril a más de cien dólares y lanza a la calle centenares de millones que compran voluntades, arman las expectativas de todos los oportunistas y ponen a un puñado de profesionales que han vendido su conciencia a improvisar soluciones. Es una nueva locura, una más de las que hemos padecido los venezolanos desde la llegada de este Régimen al Poder.

Formando parte de ese “puñado de profesionales”, lo dije alguna vez con cierto dolor pero hoy más bien con estupor, hay gentes que estuvieron ligadas a mí, profesional y académicamente. La explicación del por qué decidieron, como dijo una vez Albert Speer “abandonar la soberanía sobre su conciencia”, no me resulta fácil, pero hay una evidente: el Poder sin límites y la arrogancia sin consecuencias visibles, transforma al ser humano para mal.

Y en lo que se refiere a Caracas, los afanes de construir viviendas han justificado todos los absurdos hasta unos niveles que sólo pueden calificarse de surrealistas. No hay espacio ni necesidad de detallarlos, pero uno de ellos sin duda tiene que ver con la construcción de viviendas en las márgenes de la Ave. Bolívar, lo cual se ha propuesto ignorando las cuestiones más elementales, derivadas todas no sólo de nuestra propia experiencia (como los casos que cito en el texto) sino de la experiencia internacional.

Queda expuesta así, en toda su gravedad y una vez más ante nuestra impotencia, el alcance de la situación venezolana. Nos hemos referido a ella muchas veces. Hoy lo hacemos de nuevo en estas líneas con la esperanza de que se salte más allá de los esquemas ideológicos que legitiman situaciones como la nuestra, que los justifican. Y se juzgue con lucidez.

Oscar Tenreiro / 8 de mayo 2011

Se ha resuelto construir en las márgenes de la Av. Bolívar, decisión digna de aplauso porque derrumba el mito del llamado Parque Vargas, manipulación de otros tiempos. Pero lo que el Régimen hace con la mano lo desbarata con el pie. Veamos por qué.

Para empezar, no se conoce el Proyecto, hecho en encerronas por los mismos que alguna vez criticaron ese modo de proceder. Dicen que será vivienda para damnificados de las lluvias, de mínimos niveles de ingreso. Eso, en un lugar muy céntrico que ha tenido en cierto modo, junto a las torres que iniciaron su construcción hace más de medio siglo, al Silencio y los edificios anexos, el papel de símbolos de la capital de Venezuela.

Se hará pues vivienda barata en las márgenes de la Avenida mas sonora de la capital. Los animó a ello, seguramente, el que a menos de diez cuadras de distancia está El Silencio, también vivienda (económica pero no barata) y en general señalada como una obra importante de Carlos Raúl Villanueva. Pero El Silencio fue construida hace setenta años, cuando la vivienda de interés social no era un lema populista, cuando se entendía que allí debía construirse en términos de subsidio para lograr que los edificios conservaran una dignidad que no podía pagar el inquilino. Subsidio que asumiría el mantenimiento en virtud del papel simbólico de los edificios en la ciudad y que nunca se dio con regularidad, haciendo de El Silencio un conjunto urbano siempre en lucha con la decadencia.

Todo lo cual plantea algunas preguntas importantes.

1) Ha habido una discusión reiterada entre arquitectos, con la participación de gente de las ciencias sociales, cuyo tema central es que si se construye vivienda para los más pudientes en el centro de la ciudad se obliga a los menos pudientes a dejarlo (si es que ya viven allí, que no es este caso). Son forzados a marcharse a los suburbios.

Un argumento irrefutable, con la salvedad de que en ninguna ciudad del mundo, ni marxista ni capitalista, los centros de las ciudades se dejan a los que menos tienen. A menos que sea por deterioro, como precisamente es en Caracas, o en ciudades del este de los Estados Unidos. Y no es por injusticia social sino por factores económicos, culturales, y sociales de mucho peso, todos asociados al principio de la sostenibilidad. Anotemos ejemplos: en Berlìn, por ejemplo, la Karl Marx Allée, construida en tiempos comunistas (1952-1960) larga avenida muy central con enormes edificios a cada lado, se destinó a funcionarios de la Nomenklatura, académicos, empleados administrativos, obreros calificados y gente representativa de la “clase media” del socialismo duro. No a los estratos más bajos. ¿Qué motivó esta condición? Argumentos económicos vigentes también en un contexto socialista, culturales que atañen al modo de vivir la ciudad, sociales a patrones de vida, y muchas otras cosas propias de la condición de centralidad en una gran ciudad,

2) La cuestión de la sostenibilidad se extiende a asuntos muy concretos ¿Pueden pagar los que vivirán allí el mantenimiento de los ascensores y las áreas comunes? ¿Pueden cuidar los jardines u otros espacios en Planta Baja en una zona de la ciudad tan importante? Eso no se contesta con la cháchara del socialismo (o del populismo, que sería la cháchara de la Cuarta). Si pongo gente a vivir en el centro de una capital, debo exigirle capacidad para evitar su deterioro o su ruina a largo plazo. Ese es un tema que las Alcaldías no se han planteado hasta hoy pero la modernización de la gestión urbana lo requerirá en algún momento y un desarrollo como el que se propone debe contemplarlo. Y si se acepta, como pudiera ser este caso, que los habitantes no podrán asumir esos costos, el criterio de sostenibilidad sería la capacidad de subsidio que tenga el sector público promotor del desarrollo.

Dejar estos temas en suspenso tiene que alarmarnos a todos. Y lo que dijo el máximo dirigente de estos proyectos, en un arranque de inspiración, de que son los políticos los que deben decidir y los profesionales obedecer, hace pensar que el asunto lo resolverá el sapientísimo Caudillo por televisión.

3) Se dice sin que podamos comprobarlo que los edificios no tendrán estacionamientos. Habrá lugar para vehículos privados en la futura Plaza de La Hoyada, a cierta distancia, lo cual parece lógico, pero…¿Cuando se construirá la Plaza? ¿Hay proyecto o es también secreto? Y aparte de eso ¿Cual va a ser el destino de las plantas bajas? ¿Se va a dejar la posibilidad de uso comercial como es la vocación natural de todo ese sector? Si eso es así ¿Habrá espacio en subsuelo para suministros, depósitos y similares?  Agrego con alarma: ¿Donde van a jugar los niños? ¿A qué pre-escolar van a ir, en qué escuela van a estudiar?

Por supuesto que ventilar estas cosas le parecerá una insolencia a cualquier rojo-rojito o cultor del populismo, pero son temas reales si se piensa que lo que se haga hoy debe garantizar a la ciudad y su gente un mejor futuro. Aunque aceptemos que eso está fuera del alcance “ideológico” de la mascarada que vivimos.

Por último, puede decirse que estas cosas no se pensaron tampoco en el caso de Parque Central a sólo unos centenares de metros de allí y que se procedió con arrogancia análoga a la de hoy. Pero no está demás recordar que Parque Central está ocupado por clase media con una cierta capacidad de pago y tiene enormes espacios comerciales, condiciones que sin embargo no han podido evitar un deterioro radical. Es una muestra de la imprevisión y las dificultades que los subsidios que este tipo de desarrollos plantean.

Sabemos que hacer estas preguntas no es revolucionario. Lo único revolucionario es el petróleo que paga todos los desatinos.

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