El triunfo del cinismo

Lo digo más abajo, pensé que tendrían éxito pero no tanto. Pero así van las cosas en este ambiente en el que se viene moviendo la arquitectura.

Ya tuve una ventana sobre el tema muchos años atrás, cuando en 1985 Aldo Rossi organizó la Terza Mostra, como llamó en ese momento a la sección de Arquitectura de la Bienal de Venecia. Desde aquí había puesto a mi grupo de estudiantes a trabajar en una propuesta para “los Castillos de Romeo y Julieta”, unas ruinas ubicadas cerca de Montecchio Maggiore, en el Véneto, para las cuales se pedía una proyecto de aprovechamiento. Trabajó el curso muy duramente y logramos un producto no exento de interés y hasta digno de una segunda mirada, lo cual me llenó de ingenuo optimismo.

Y para la Bienal fui a observar lo que había pasado. Nuestro trabajo (para el cual contamos con la asesoría de Augusto Komendant) estaba allí expuesto junto a muchos otros. Y además, en lugar preferente, los premios, los Leones dorados, los importantes.

En resumen: Daniel Liebeskind que para el tema Piazze di Palmanova presentó unas enormes maquetas de madera de unas “máquinas” que imprimirían algo, hechas según creo por sus alumnos de la Cranbrook Academy. Peter Eisenman, a propósito del mismo tema en que participábamos nosotros, prefiguraba veinte años atrás el actual mamotreto de la Ciudad de las Artes de Galicia. Y lo acompañaba de una “Memoria” que siempre me ha parecido (hasta el punto de haber transcrito parte de ella en un librito de notas que me acompañaba) un ridículo prodigio de filosofía “light”. El ya hoy muy olvidado Robert Venturi había sido premiado por su idea para el Ponte dell’Academia. Seguían una serie de premios que sería largo reseñar aquí, sin que me olvide que junto a lo de Eisenman en el tema de los Castillos recibió Maria Grazia Sironi, mas bien artista gráfica y pintora, quien se ha ocupado de establecer relaciones entre la música y la arquitectura. Y no debo olvidar a Franco Purini quien disfrutaba en esos tiempos de la arquitectura de papel, un bien ganado prestigio por sus estupendos dibujos de una arquitectura más o menos inventada.

Ya sabemos que a Liebeskind y Eisenman les esperaba un futuro de mucha actividad pero lo que me interesa ahora es que el estupor que me causaron los premios me llevó a conocer las anécdotas que estaban detrás de ellos, que los justificaban podría decirse.
Regresando de Venecia, en efecto, pasé por París Y siguiendo mis impulsos y los datos que me dio un amigo arquitecto, llamé a Bernard Huet (1932-2001) miembro del Jurado de la Bienal. Nos citamos en un café y tuvimos una larga conversación que me inició en lo que me pareció entonces y me confirmó la vida posteriormente, el mundo subterráneo de las influencias y arreglos del mundillo de la arquitectura prestigiosa. Lo primero que me dijo Huet es que los premios a los extranjeros más conocidos ya estaban asignados de antemano. Que cuando Rossi hizo las invitaciones a los “Venturi et al” las hizo garantizándoles un premio. Y durante las deliberaciones del Jurado se cuidó de lanzarle un dardo a las distintas mafias, de Roma, de Florencia o de Venecia. Hago constar que la palabra mafia la usó Huet.

También me habló en un tono laudatorio de dos proyectos, con los cuales evidentemente se identificaba (no con los otros, me pareció), el de Venturi y el de Maria Grazia Sironi. Yo, ingenuo y creyente en que la arquitectura es construcción, creencia que mantengo hasta hoy, sentí ciertos escalofríos cuando recordaba el escenográfico puente del primero, a la vez que me causaba profunda extrañeza que lo de Sironi, un juego de pequeñas señales acústicas y pictóricas en el paisaje que poco entendí y hoy recuerdo de modo confuso, le hubiera parecido tan bien.

Comprendo ahora mejor, que entre diletantes de la arquitectura, o preferiblemente, entre personas que discursean de modo culto sobre lo que la arquitectura debe ser, la ideología ha hecho, hace y hará estragos. Y proporciona base para señalar, para sentar preferencias y moverse con soltura en ese espacio en el que todo parece posible y nada es comprobable sino como apuesta que siempre puede ser refutada, que es el Proyecto. Todo lo que no ha sido construido navega bien en el mar de la ideología, y Huet lo que me estaba expresando, para mi cierta rabia y no poca frustración, era una preferencia ideológica.

Regresé a Venezuela, mi hogar de estrechas fronteras pero mundo esencial, con preguntas que no podía contestar y que sólo hoy dos décadas después lo hago con mínima tranquilidad. A esa burbuja brillante y atractiva de los foros internacionales no se le pueden pedir muchas cosas; y desde luego una que está fuera de su alcance es la de la veracidad. Ocurre con ellos lo que ocurre con todas las tentaciones de la gloria que enseñan los mitos: te muestran el mundo a tus pies para seducirte, pero debes entregar algo a cambio y entre ellas una condición que es la que mejor permite vivir, la de la transparencia. Ganar ciertas glorias exige opacarse, esconder, calcular. Y si bien es cierto que todos en algún momento hemos estado dispuestos a dejarnos tentar, no viene mal haber perdido la apuesta, con ello hemos ganado, aunque nos demos cuenta un poco tarde.

Y ya he ido demasiado largo. Mientras escribo esto me llega la información de que se alzan críticas a la Bienal. Una de ellas venida de un personaje que hace un cierto tiempo acumuló credenciales para estar muy bien ubicado en alguna de las anteriores versiones. Tal vez ahora le molesta haber pasado al olvido. Pero en las críticas hay muchos aciertos. Se califica a la Bienal con bastante razón como populista. Se dice que ha premiado la miseria, lo cual en el caso que nos ocupa a los venezolanos no puede ser más cierto. Pero lo más significativo es que ha dejado muy en claro la hipocresía que cunde en estos espacios, la ignorancia, la frivolidad. Pero eso no es nuevo. Lo nuevo, para mí al menos, es verlo tan claro.

EL TRIUNFO DEL CINISMO
Oscar Tenreiro / 1 septiembre 2012

Era perfectamente previsible el éxito publicitario, se hablaría del asunto, se compraría el libro, pero ¿León de Oro? Sí, en efecto recibieron un premio mayor. Que en definitiva deja muy bien probado el desenfoque unido a la superficialidad de quienes dirigen la creación de prestigios en el mundo de la arquitectura. Y también en el mundo del Arte en general, mejor no olvidarlo. Y que lo vayan comprendiendo los comentaristas que se reducen a dar noticia de cuanta cosa se lleva fuera. Con esto se sentirán confundidos y tratarán de adaptarse, de mover la silla más allá.

Un amigo cercano me comenta, al saber lo del premio, que ya no son los colonizadores los que ofrecen baratijas a los nativos, sino al revés. Son chucherías que le permiten al europeo con afanes críticos dar a entender que corre con los asuntos del mundo, que reacciona crítico ante el vendaval de arquitecturas del espectáculo, al señalar en la dirección adecuada. Se frotará las manos Mr. Wiel Arets, presidente del Jurado designado por David Chipperfield y desde hace unos días Decano del Instituto Tecnológico de Illinois, súbdito de Su Majestad holandesa, autor de múltiples edificios entre los cuales torres de oficinas que nada tienen que envidiarle a la invadida estructura caraqueña. Más aún, son de la más avanzada tecnología, como la Torre V en Eindhoven, de menos altura que Confinanzas, pero revestida con paneles esmaltados con un patrón impreso que va desde transparente a traslúcido en un ritmo aleatorio de manera que, dependiendo del ángulo, hora del día y densidad del patrón, se ve hacia el interior o se aprecia el reflejo de los alrededores. ¡Fantástico! ¡Maravilloso! eso sí, para holandeses, gentes civilizadas que no invaden edificios.

Aunque atención, la crisis de los del Sur es peligrosa ¿Qué pasaría si esa gente meridional, menesterosa, decide invadir esa torre para convertirla, como dice el veredicto del Jurado y la retórica del Think Tank, en autopromoción de los pobres? Se dispararían todas las alarmas. Por eso David Cameron, hace poco, propuso en el Reino Unido ajustar las normas para la inmigración. Tienen miedo ahora de los europeos del Sur. Pero, menos mal, en Holanda no podrían llegar a Eindhoven para formar una vibrante comunidad ¿O sí? (ver foto).

II
Pero vayamos al asunto central. La historia es la misma de siempre. Somos vistos como casos de estudio. Los europeos cultos se dan el lujo de ignorar o pasar por alto (para eso los ayudan los arribistas de aquí), que no hay posible autopromoción de los pobres que no pase por una búsqueda incesante de perfeccionamiento de la democracia. Ellos ya tienen la democracia y en realidad, tal como decía el embajador español en Venezuela de hace unos años, felizmente alejado del cargo, a nosotros nos viene bien un Jefesote. No nos merecemos la dignidad ni la transparencia. No se han dado cuenta que si hay algo que ha caracterizado a América Latina es una permanente lucha buscando la democracia. Que hemos venido haciendo nuestra la idea de que la redención de los pobres pasa por allí, no por la anarquía manipulada que hizo posible la invasión de la estructura de Confinanzas. Lucha que nos diferencia de otros lugares del mundo y que ha venido a ser parte integrante, inseparable, de nuestra identidad. ¿Cómo puede eso colocarse fuera del escenario de una Bienal de Arquitectura? Ya es, como lo decíamos la semana pasada, cinismo puro que un gobierno autoritario adorne sus arbitrariedades vistiendo de gala un programa mediocre como la Misión Vivienda, pero que los directivos de la Bienal acepten tomar una comunidad de humillados y ofendidos dirigida por asalariados de ese mismo gobierno como escenario de fondo para una venta de arepas a 8 euros con sillas de Philip Starck, salsa como música de fondo y presentarlo como alusión a los territorios comunes (common grounds) en las ciudades de hoy, es una muestra de ignorancia. Eso, por más Decano de Illinois que Wiel Arets sea. Y si además no figuran en el panorama los dramas de niños caídos al vacío, de extorsiones diarias a manos de delincuentes, de venta de espacios, de promiscuidad, de complicidad con autoridades complacientes; más que ignorancia es idiotez. Que no la puede ahogar la tertulia de cócteles en Manhattan, Londres, Venecia o Amsterdam, o las especulaciones académicas de las grandes universidades.

Con lo que se comprueba además que la crisis europea vista desde el privilegio no garantiza una mirada más aguda. Ya lo hemos visto venir en los comentarios de diarios o revistas que promueven una perspectiva diferente pero no hacen más que refugiarse en lugares comunes como más por menos, arquitectura sostenible, nuevas direcciones, etc. etc. cuando podrían señalar muy simplemente hacia la buena arquitectura. Durante los años festivos fueron incapaces de encontrarla, de jugar a favor de ella, de mostrarla, tan ocupados estaban siguiendo la corriente. Y ahora quieren corregir rumbos recurriendo a los conocedores de las reglas de Internet, quienes se disfrazan con lo de aquí pero tienen sus habilidades de escaladores allá.

Y decíamos que los comentaristas empezarían a mover la silla, pero también la moverán aquí los que no han pisado firme en nuestras realidades. Mal muy nuestro, estar ansioso por abrevar en lo de afuera. Empezarán a pensar que el camino del Think Tank es el más conveniente para un éxito rápido. Que esos jóvenes dieron en el clavo. Esa es la parte peor del asunto, el Jurado de Venecia señala en la dirección equivocada creyendo que hace lo contrario y eso, hoy, tiene inmediatas consecuencias. Del momento, es verdad, pero consecuencias al fin.

Pero no hay mucho que hacer, venderle el alma al diablo está de moda. Y funciona.

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