DICTADURA

Oscar Tenreiro

Interrumpo mis Confecciones para ocuparme de la situación que nos mantiene en vilo a los venezolanos y que en los que somos mayores parece actuar como una condena a muerte anticipada. Situación política asociada a la más extrema destrucción de un país que pueda concebirse y que ya empieza a ser reconocida desde fuera como un caso único en la historia universal reciente, superando, lo digo una vez más, la coartada de la izquierda ciega, sorda y muda (que bautizó Teodoro Petkoff como borbónica) que se niega a ver la viga en el ojo propio y perdona cuanto desatino y abuso venga de un gobierno que se defina a sí mismo como revolucionario. O lo relativiza acercándose, a veces sin percatarse de ello, al cinismo de todos aquellos que en el mundo justifican la violencia para alcanzar fines políticos, mientras perdonan todo a quienes identifican como de su mismo bando.

Porque aquí ya se ha declarado abiertamente una Dictadura. Las amenazas que ayer lanzó como consignas un Jefe del Estado que avergüenza a cualquiera que mantenga una mínima capacidad crítica y se materializan en la orquestación de una estructura de represión e intimidación, se suman como rúbrica definitiva al desconocimiento abierto al resultado electoral del pasado Diciembre que permitió formar por primera vez en diecisiete años un Poder Legislativo independiente de los caprichos de la dirigencia que se llama a sí misma revolucionaria y ha sido la causante del desmoronamiento (así lo ha llamado con acierto Moisés Naím) de Venezuela. Y desconocer y pretender aplastar a uno de los Poderes del Estado es, ni más ni menos, Dictadura. Ya es imposible negarlo o, repito, relativizarlo. Se ha instalado aquí un Régimen de facto, abusivo, represivo, destructivo, que además de todo, se fundamenta sobre la más descarada corrupción que pueda haberse visto en el mundo occidental, sumada al pavoroso (sí, no estoy exagerando) predominio del crimen en todos los rincones. Porque vivimos con miedo a ser asesinados, tal como vivimos con miedo de la próxima triquiñuela del Régimen.

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En días pasados recibí de un colega, Juan José Pérez Rancel, profesor e investigador de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Central de Venezuela, un correo donde denunciaba que la Ciudad Universitaria ha sido colonizada por una banda criminal dependiente de un PRAN (recluso que domina en la cárcel, y fuera de ella mantiene una estructura de crimen dirigida por teléfonos inteligentes) que ha confiscado la capacidad de movimiento en horas tranquilas, al atardecer y en la primeras horas del día, de estudiantes y profesores, sin que un cuerpo de vigilancia desprovisto de todo material, conocedor del problema por experiencia propia o denuncias, pueda hacer nada frente a ello. A esto se suma la insólita decadencia de las instalaciones que irónicamente son patrimonio de la humanidad, la cual llega hasta el extremo, por ejemplo, de que haya un sólo baño general para toda la Facultad de Arquitectura y que no exista presupuesto de funcionamiento que permita, simplemente, cambiar bombillos quemados. Eso aparte de que se sostiene una estructura de sueldos para profesores y personal completamente alejada de las necesidades mínimas (60 dólares mensuales son los más altos) en un país por el cual circularon ríos de dinero y cuya máxima autoridad cuando discurseaba aún en vida se ufanaba de haber aumentado la matricula universitaria y creaba universidades a diestra y siniestra, insostenibles como lo prueba la situación actual.

Y es legítimo entonces preguntarse donde están las voces de aquellos que en tiempos de democracia protestaban por falta de presupuesto universitario y proponían tomas de espacios e incluso secuestros de autoridades ante carencias que se quedan muy pero muy cortas ante las que en este momento agobian a la primera universidad venezolana.

Que se mantiene abierta no sabemos muy bien por qué. Porque debería cerrarse, así, simplemente, porque no están dadas las condiciones mínimas para la actividad académica. Ante lo cual queda flotando en el aire la versión de que las autoridades no han decidido cerrarla para evitar que el gobierno se haga con ella. Es decir, digámoslo con todas las letras, que la Universidad está de hecho, cerrada por el acoso gubernamental. Cerrada pero con las puertas abiertas, sin que haya lugar a quejas contundentes porque las instituciones están secuestradas por la férrea estructura represiva que se ha creado en casi veinte años de ejercitación revolucionaria.

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Y ese botón de muestra que es la Universidad ¿no nos está diciendo ya, claramente que tenemos en el país una Dictadura? ¿Se va a seguir aplicando a esta modalidad de secuestro de un país mediante el dominio represivo de las instituciones que deberían ser independientes, los esquemas que definían las dictaduras en tiempos anteriores?

No, ya basta, lo digo con toda claridad como lo dicen muchos, muchísimos ya, ante el actual estado de cosas. Vivimos una Dictadura y es una Dictadura feroz.

Decirlo de esta forma me distancia de los analistas y algunos politólogos que a veces parecen condicionados con una suerte de ideología académica que les impide reconocer lo que para los demás es obvio. Porque el hecho simple de que la mayoría aplastante de un país, expresada en la nueva Asamblea Nacional, no tenga derecho a ser oída sino lo contrario, que se la reprima en nombre de la autoridad y de un agudo temor a dejar el Poder y tener que rendir cuentas de la arbitrariedad y del abuso, justifica irrefutablemente el diagnóstico: En Venezuela gobierna un régimen dictatorial. Que además, y es esto lo más terrible de esta nueva forma de Dictadura, controla al pueblo nada más y nada menos que con la alimentación. El control absoluto de la importación y de los mecanismos distributivos ha hecho que el Régimen pueda decidir de alguna manera quien come y quien no. A la mejor manera cubana, sin duda, porque ahora queda en evidencia el sentido de la presencia cubana en todos los niveles del sistema político y administrativo público de Venezuela: son diecisiete años dedicados a una estrategia de confiscación de la voluntad popular que ahora se ha manifestado abiertamente.

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Y ante una Dictadura se imponen mecanismos de acción específicos.

No dejo de considerar de la máxima importancia que uno de ellos sea identificar a quienes con su actitud, con su silencio, con su modo de medrar en el privilegio, con su aquiescencia por omisión, están de acuerdo con la Dictadura.

Entre ellos hay unos cuantos colegas. He tenido la fantasía de mencionarlos con nombre y apellido pero no lo hago por no desencadenar un vendaval de insultos y de justificaciones ideológicas que terminarán ganándose su puesto en la basura de la excusas. Y todos de alguna manera podemos identificarlos. Lo que sí desearía es no verlos pasearse más nunca por las aulas de esa Facultad que ahora sufre las iniquidades de una estrategia política perversa. Que no se atrevan a mostrar la cara, no porque merezcan violencia física, sino porque deben ser confrontados con su cobardía, más allá de las buenas maneras y de las formas corteses. A ellos se les debería reservar la oportunidad de sentarse quietos y protegidos en el Auditorio de la Facultad donde una vez pronunciaron en voz alta propósitos democráticos que ahora han traicionado, para oir algo parecido a lo que el cantante alemán Wolf Biermann, quien había sufrido la represión en tiempos de la RDA, dijo en la celebración de los 25 años (2014) de la caída del Muro de Berlín en la sede del Bundestag. Ya lo mencioné una vez en estos escritos pero ahora lo recuerdo y se los dirijo a ellos:

Para vosotros es castigo suficiente tener que estar sentados aquí y tener que escuchar esto: …Ustedes son el resto miserable de lo que por suerte ha sido superado.

Y lo superaremos.

 

(Hacer los comentarios a través de la dirección otenreiroblog@gmail.com)

 

 

 

 

 

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