VER LA VIDA (36)

Oscar Tenreiro

Las festividades del amanecer venezolano motivadas por las Misas de Aguinaldo ,esa celebración típicamente nuestra hoy un poco olvidada, tenían que aparecer en nuestra vida infantil y junto con ellas los patines y la patinada. Fue en un Diciembre de 1951.

Esas misas venezolanas se celebran anualmente en la madrugada (entre las cinco y las seis) desde el 16 de Diciembre hasta el día de Navidad. Las convirtió en tradición local el rasgo particular de acompañarlas musicalmente con los villancicos, versión criolla que llamamos aguinaldos[1], y fueron autorizadas desde tiempos coloniales por las jerarquías eclesiásticas hasta convertirse en parte de nuestra pequeña historia. Historia a la cual se le fue agregando, en acuerdo con nuestra constante búsqueda de la diversión libre, y supongo que desde comienzos del siglo veinte, la realización de patinadas festivas que poco atienden a la misa. Esta queda sobre todo para las beatas–señoras mayores asiduas visitantes de la iglesia– y los más religiosos.

Se patina en grupos por las calles aledañas a la iglesia, donde reinan los fuegos artificiales. Entremezclados en el gentío los adultos lanzan cohetes–más peligrosos– que suben alto, y los más jóvenes, así lo hacíamos, siguen a las niñas que entran o salen de misa, lanzando triquitraquis, buscapiés comerciales y caseros, saltapericos, nombres locales que aluden al tipo de artificio. Para los más niños quedan los triquitraquis pequeños y unas cebollitas de las que se tiran y explotan, mis preferidas incluso hoy porque las encuentro divertidas. Todo en un ambiente de celebración que se supone supervisado por alguna autoridad o por los mayores, sin que en realidad lo estuvieran, como siempre ocurre en este mundo nuestro.

La parte difícil es levantarse a las cuatro de la madrugada, y así fue ese año. El día anterior a la primera misa, aparte de hacer acopio de triquitraquis comprados en la calle con dinero paterno, nos habíamos dedicado a preparar nuestros buscapiés artesanales, muy efectivos y de simple fabricación. Consistían en llenar de pólvora pitillos de los de tomar refrescos (llamados pajita o caña en España, en esa época de papel encerado), previamente entorchados en una de sus puntas para luego una vez llenos entorcharlos de nuevo. El entorchado servía de mecha y al prenderla e iniciarse la combustión de la pólvora salía como un pequeño cohete: era todo un evento pirotécnico. Y lo más curioso era que la pólvora la podía comprar un niño como yo en una pulpería que quedaba no me acuerdo donde, a la cual llegaba en mi bicicleta y decía deme un kilo de pólvora y allí mismo te daban, sin misterio alguno, una bolsita llena con un kilo que sacaban de un tonel que tenían en la parte de atrás. Creo por cierto que yo compré ese Diciembre por lo menos tres kilos que no me costaron gran cosa, tal vez seis bolívares, no más. Y estuvimos toda la tarde llenando pitillos, Pedro Pablo, Edgardo, algún amigo que no recuerdo y yo, empleando dos kilos y quedándome uno que utilicé después de un modo bastante peculiar que describiré.

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Las Misas de Aguinaldo de ese año fueron muy divertidas. Lo de los pitillos de pólvora resultó una maravilla a pesar del riesgo de las quemaduras, que confieso nos preocupaba poco. Y lo de la patinada también, con el problema de que patinar en asfalto rugoso es un poco incómodo, sobre todo con esos patines antiguos que se adaptaban al zapato –y los destrozaban– pero trasmitían la vibración a todo el cuerpo[2]. Así que había que buscar mejor las calles más lisas, porque el asfalto no estaba en toda la ciudad como está ahora, muchas calles eran de concreto. Y por supuesto, el objetivo preferido del arsenal de fuegos artificiales era el griterío sobre todo femenino, los aspavientos que se hacían estridentes si un velo de los que debían llevar las damas en el templo y continuaban llevándolo a la salida, cogía fuego a causa de un triquitraqui, como he contado que pasaba a propósito de la Semana Santa de Valencia. Se armaba entonces el correspondiente revuelo que terminaba llegando como chisme al Padre Cabrera quien pedía a las autoridades que prohibieran esto o aquello. Y lo prohibían, pero nadie le hacía caso a la prohibición y los policías a esas horas descansaban.

Y cuento lo de la pólvora. Me había quedado en efecto pólvora sin usar en los pitillos. Así que pensando lo que podía hacer con ella me vinieron a la mente las imágenes de las películas de piratas o de batallas en las cuales un reguero de pólvora actuaba de mecha para hacer explotar el polvorín del enemigo ¿Por qué no ver cómo se prendía un reguero parecido? Era una buena idea, pero había que encontrar donde hacer el reguero. No podía ser en los patios de la casa porque se manchaba el piso, y como en cualquier patio donde lo intentara se iba a manchar el piso, decidí entonces hacer el reguero en el cuartico de cachivaches que quedaba frente a la cocina de la casa pegado de la medianera, el cual tenía una claraboya para iluminación, sin ventilación. Y puse manos a la obra una tarde cualquiera recién llegado del colegio, mamá no estaba en casa y los demás hermanos no estaban cerca. Dado que el cuarto era muy pequeño hice el reguero yendo y viniendo como si fuera una letra eme y como me sobraba pólvora puse más en todo el reguero, lo cual probó ser un gran error. Ya sólo quedaba prenderlo como en las películas. Se me hizo difícil pero finalmente lo logré levantándose unas llamaradas que casi llegaron al techo, me rozaron la cara chamuscándome parcialmente las pestañas y moviéndose rapidísimamente a lo largo de la eme consumieron toda la pólvora. ¡Vaya espectáculo! Quedé unos segundos sin habla, realmente paralizado, y el cuarto se llenó completamente de un humo tan espeso que tardó en salir por la puerta –que debí abrir de par en par– por lo menos media hora. ¡Dios bendito! ¿Ahora qué iba a decir ante la evidencia del piso manchado (menos mal que era de cemento) y el humero? No pude hacer otra cosa que tratar, ayudando con un periódico, a que el humo saliera por la puerta y esperar el regaño después de intentar borrar la mancha con escoba y coleto. Duró meses allí, rebelde, para dejar un recuerdo imperecedero de mi experimento: la pólvora regada en el suelo servía de mecha para volar un polvorín: Hollywood no mentía. ¡Ah! una cosa más: mamá no se dio cuenta, llegó ya escapado el humo, nadie me acusó y cuando notó la marca en el piso yo había logrado atenuarla.

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Tuve un compañero de curso en el San Pedro Alejandrino que he olvidado mencionar y fue sin embargo vehículo de imágenes muy vivas de mi memoria. Se llamaba Oscar Ganteaume, un par de años, tal vez tres, mayor que yo. Su familia era dueña de una muy antigua hacienda al Este de Maracay, un poco más allá de Turmero, llamada Paya, muy extensa, originalmente dedicada al cultivo de la caña, pero en lo que yo pude ver, más bien orientada al café. Tenía que yo recuerde dos hermanos, pero creo que eran más: Harry, el mayor y Alfredo, de mi edad o aún menor. Congeniábamos bastante bien, pero debo decir con franqueza que lo que más me interesaba de su amistad era la posibilidad de que me invitara a pasar el día allá en su hacienda, un lugar que recuerdo con especial agrado y hasta nostalgia, tan especial era. Y mi entusiasmo durante las visitas era tal que precisamente por ser más niño es muy probable que resultara un poco pesado para mi tocayo, más bien un tipo circunspecto.

La primera vez que me invitó a almorzar pasaron dos o tres cosas que me dejaron impactado. La primera era la casa, con amplios corredores y esa austeridad de la arquitectura de haciendas venezolana –y latinoamericana– que le da una personalidad tan especial a los amplios corredores sombreados, las altas puertas dobles de madera para entrar a las distintas estancias, los materiales naturales, el patio central, en fin todos aquellos elementos de nuestra imaginería arquitectónica que iban después a grabárseme en el alma. La otra es que él tenía una autonomía de movimiento en el extenso territorio de la hacienda, que se me antojaba privilegiada. Se movía por todas las dependencias externas (patio de secado del café, depósitos del grano, maquinaria de ensacar, sitios de trabajo) con una soltura que recalcaba el drástico contraste con nuestro estilo de vida más citadino y modesto; y lo hacía además en un viejo jeep [3]manejado por él mismo –yo de copiloto– el cual había que prenderlo dándole vuelta al orificio de la llave con un destornillador que estaba debajo del asiento. Se había partido dentro del cilindro la llave original y por eso tal procedimiento, pero desde mi visión infantil pensé (no pregunté por no parecer desinformado) que a falta de llave bastaba un destornillador, lo cual me llevó a intentarlo, fracasando por supuesto, con un vehículo de los que vendía papá. Eso del destornillador fue la tercera cosa que me impresionó de la visita a la hacienda.

En lo sucesivo, los sábados en la mañana –en esos tiempos había clases los sábados– hacía todo lo posible para que Oscar me invitara a su casa-hacienda, pero la verdad es que él se resistía un poco, tal vez porque yo era demasiado niño para él, así que logré sólo un par de invitaciones más. Pero fue una visita posterior, con mamá tal vez para algún cumpleaños, la que realmente me hizo pensar que esa hacienda era un sitio único. Fue una tarde, y mientras mamá se quedaba con las demás señoras, nosotros y los amigos que concurrieron dimos vueltas libremente por todas las viejas construcciones de la hacienda hasta descubrir un espacio grande donde había montañas de café ya seco por las cuales nos deslizábamos como que si fueran un tobogán. Fue una tarde única que confirmó mi devoción por ese lugar. Nunca la pude satisfacer porque no volvimos más. Y hace unos años, al regresar al sitio original cerca de Turmero en las afueras del Maracay actual, la decepción por el cambio tan drástico y empobrecedor fue tan grande, que una vez más lamenté la insensibilidad de los venezolanos frente al patrimonio construido del pasado.

Una vieja foto del patio de secado del café de la Hacienda Paya que obtuve de Internet. Bajo el techo alto del edificio del fondo estaban las montañas de café seco. La casa de la Hacienda estaba en otra parte, colindando con la carretera a Maracay.

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Uno de los Ganteaume, Alfredo, sufrió un accidente que quiero relatar aquí porque es una muestra de las peculiaridades de este lugar del mundo.

Tiene que ver con la llamada Revolución de Octubre de 1945, esa caricaturesca y perversa versión venezolana del Octubre ruso, en la cual fue derrocado el gobierno democrático de Isaías Medina Angarita a manos de un alzamiento civil-militar. Golpe de Estado que se realizó un 18 de Octubre, día, o más bien noche, de la cual me quedó una impresión muy particular. Porque ya he dicho antes que nosotros vivíamos a un par de cuadras de la sede administrativa de la Gobernación en esa época y que a través de los patios internos de esas manzanas se trasmitían los rumores de cada casa. Rumores que esa noche no eran rumores sino el ruido intimidante acompañado de miedo, de disparos de todos los calibres que nos llegaban desde la Gobernación y que durante al menos una hora no nos dejaron dormir a pesar del deseo de mamá de tranquilizarnos con buenas palabras. Así que en vez de ladridos o de quejas de un moribundo, como he relatado, nos llegaron esa noche los ecos de una pequeña guerra sobre la cual papá comentaba a mamá la noche siguiente junto al radio –lo oí porque estaba cerca– que habían asesinado a Anibal Paradisi, su amigo, el Presidente del Estado Aragua (como se llamaba su cargo en esos tiempos) a la entrada del edificio. Ambas cosas, el rumor de la batalla y su consecuencia, una muestra de lo que hemos sido en este país difícil.

Aníbal Paradisi Marrero (foto de Internet) Presidente del Estado Aragua asesinado en ejercicio el 18 de Octubre de 1945. Aquí de levita para alguna ocasión solemne.

Y de las andanzas militares de esa noche quedaron diversas huellas en la ciudad al alcance de la curiosidad de los niños. huellas que estuvieron aparentes primero y luego escondidas por varios años. Yo tuve en mis manos cartuchos de balas que alguien, tal vez yo mismo, había recogido de las calles. Y ocurrió que Alfredo Ganteaume encontró no un cartucho sino una bala de fusil entera en algún sitio poco accesible o a la vista durante al menos cuatro años, empezó a jurungarla y según una versión que corrió entre nosotros utilizó un compás escolar…haciendo que la bala explotara arrancándole tres dedos. Fue una noticia que nos impresionó mucho. Y allá fuimos, al Hospital Central que también quedaba cerca, en uno de los lados de la Plaza Bolívar, a visitar a Alfredo, a quien recuerdo acostado y adolorido, semidormido con el brazo vendado –no sé si el derecho o el izquierdo– y en los brazos los tatuajes de la pólvora. Se recuperó bastante rápidamente y no creo haberlo visto en el tiempo que siguió, tampoco a Oscar. De ellos sólo supe después que se hicieron empresarios importantes. Y si leyeran esto aprovecho para saludarlos con afecto que no se ha borrado. Y Oscar, si vive, me debe una invitación, y si no, ya nos veremos en otra hacienda.

[1]El aguinaldo criollo es un tipo de villancico muy ruidoso y festivo que se canta acompañado de instrumentos venezolanos: cuatro, tambora, furruco (de percusión, para el ritmo) y maracas. Incluyo un link que permite oír uno de los aguinaldos clásicos, si la antipática norma de Youtube de hacer propaganda –que a veces es de nuestra Dictadura– permite llegar sin problemas:  https://www.youtube.com/watch?v=wvlUYKV6Q4M

[2]Eran marca Winchester y tenían unos ganchos ajustables para adaptarlos al zapato (que no era blando como los de ahora). También había botas con patines, pero eso era material demasiado refinado para nuestros tiempos maracayeros.

[3]El jeep, una de los aportes industriales de los Estados Unidos debidos a la Segunda Guerra, era el clásico vehículo de trabajo de esos años. Ya me referiré en próxima entrada cómo apareció en mi mundo de entonces.

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