VER LA VIDA (37)

Oscar Tenreiro

El cuatro, instrumento de cuerdas que por los primeros años cincuenta del siglo veinte se hizo muy popular entre los adolescentes venezolanos, llegó al ambiente en el que nos movíamos, y de allí a nosotros para quedarse en mi caso hasta después de tener mi primer hijo. Fuimos parte de una verdadera fiebre nacional. Podían recibirse clases o aprender a tocarlo usando unos cuadernos que llevaban el pomposo nombre de Método (para aprender a tocar el cuatro), se compraban en las librerías y contenían los asuntos básicos para iniciarse en el instrumento, lo cual, combinado con el oído musical de cada quien y lo que podían ayudar los consejos de algún amigo que lo tocara bien, era más que suficiente para andar por allí cantando y acompañándose con el instrumento. Porque el cuatro es, básicamente, un instrumento de acompañamiento, si bien quienes lo dominan lo han convertido en instrumento de concierto cuya versatilidad ha evolucionado considerablemente https://www.youtube.com/watch?v=FX1ve-PZIJ8.

Corría 1951 cuando nos llegó –antes del cuatro– la fiebre de la armónica, que en Venezuela se llamaba, y aún se sigue llamando, sinfonía de boca o simplemente sinfonía.En una de las temporadas vacacionales en Ocumare apareció un amigo con una y al poco tiempo ya yo tenía mi Hohner, alemana, Pedro Pablo y Edgardo también y poco tiempo después pude tocar de oído –porque nadie nos enseñó– algunas típicas melodías venezolanas o algún bolero como Solamente una Vez de Agustín Lara que mamá cantaba https://www.youtube.com/watch?v=WbfWHFjlLP0. Pero cuando apareció el cuatro, también en Ocumare al año siguiente, dejamos de lado las sinfonías y por mi parte me dediqué a tratar de dominar el nuevo instrumento hasta lograrlo razonablemente bien. Siempre dentro de una medianía que me caracterizaba como un aficionado de poco alcance que sin embargo iba a todas partes con su cuatro y aprovechaba cualquier oportunidad para rasgar las cuerdas y cantar un poco (he dicho que papá no cantaba mal). Piezas más bien elementales pero suficientes para animar un poco el ambiente.

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Decía que a los adolescentes de la clase media venezolana se les hizo casi imprescindible en los primeros años cincuenta aprender a tocar cuatro. Hasta Pedro Gluecksman hijo de judíos austríacos, buen amigo de quien he hablado varias veces, se compró uno y lo chapurreaba cuando íbamos los sábados, ya mayorcitos, a pasear  al malecón de Macuto, a la orilla del mar, trasladándonos en un Vauxhall –él era mayor que yo y manejaba– que pertenecía a su madre, amable señora conocida en su familia como Fritzi. Y nos sentábamos a rasgar cuerdas frente al Hotel Alemania, regentado por la mamá de Max Pedemonte quien no tocaba cuatro pero era nuestro amigo, a veces sumándose algún paseante que servía de maraquero, porque hasta maracas llevábamos, aún sin saberlas tocar. Era Venezuela expresándose dentro de una clase media formada por aportes de tierras lejanas y sin embargo, pese a todo lo que pueda decirse, sensible a las tradiciones arraigadas en nuestro espacio geográfico y cultural. Gente que compartía nuestra geografía del alma.

Aprendió también Carlota a tocar cuatro, un poco Edgardo, algo Pedro Pablo y nada Jesús. Y ya viviendo en Caracas, tanto se había instalado la música venezolana en el gusto general, que oíamos con frecuencia a Los Torrealberos [1]con Mario Suárez canturreando en la rama de un samán los gallos buscan el día, mientras Jesús al desocuparse el tocadiscos elevaba su espíritu con la Muerte de Amor de Tristán e Isolda la ópera de Wagner o cualquier otra pieza de alto nivel. Contraste de preferencias en lo cual es tan rica Venezuela.

No tocaba yo tan mal el cuatro, pero tampoco tan bien. Me servía para cantar cuando nos reuníamos con amigos. Cultivé la afición hasta grande, para lo cual basta decir que viajé con el cuatro hasta Chile cuando me casé allá y luego lo cargué conmigo a Francia donde lo tocaba en reuniones de amigos. Como por ejemplo cuando estuvimos compartiendo una noche con Arístides Calvani[2], él de visita en París, a quien conocíamos del mundo socialcristiano, ya encumbrado en la política nacional, quien se lució esa noche ante nosotros como buen tocador de cuatro. Y fue de regreso a Venezuela en 1962, o sea a los 23-24 años cuando me rendí a la evidencia de que no valía la pena seguir garrapateándolo.

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Ya me había pasado algo análogo a lo del cuatro durante nuestro exilio en Valencia. Se apoderó de mí entonces un irresistible deseo de aprender a tocar violín que le participé a mamá apenas se presentó la ocasión. Pudo haber tenido relación con lo que ya he dicho sobre herencias, pero en realidad me cautivaba la forma como se produce el sonido de ese instrumento, hasta que aprender a tocarlo adquirió la fuerza de los caprichos infantiles. El deseo se convirtió en obsesión antes de que apareciese el cuatro como sustituto.

Y sobre este cambio de un instrumento por otro puede darse una razón familiar de bastante peso y no sólo la derrota de una posible vocación. Porque es obvio que poner a un hijo a estudiar violín iba a requerir un profesor que exigiría pagos mensuales, comprar partituras que son en general caras y difíciles de conseguir, aparte de que el instrumento, si es de una mínima calidad, resulta bastante costoso. Mientras que comprar un cuatro que no tenía que ser hecho en Barquisimeto y sus alrededores –los más caros– y se podía aprender con un simple manual y algo de oído, poco impacto iba a tener sobre el presupuesto familiar. ¿No es esto suficiente razón en una familia numerosa? Después de todo, como ha quedado comprobado, yo no iba a ser ni de lejos un virtuoso. Carezco por completo de oído musical fino, destreza manual y la disciplina que un buen ejecutante de violín requiere, de ello no tengo hoy dudas.

La obsesión por el violín originó por otra parte una anécdota muy particular. La respuesta inicial de mamá cuando le hablé de mi deseo fue que, como no teníamos el dinero necesario, había que lograr que el tío Hermann de Caracas nos regalara el violín que había sido de su hijo mayor, el primer nieto de los abuelos Degwitz, a quien le decían Guillermito (Guillermo Degwitz Celis, médico graduado en 1946), quien había recibido clases del instrumento. Cuando vayamos a Caracas se lo pedimos me dijo Cecilia. ¿Y cuando vamos? pregunté. Me dio una fecha que apunté cuidadosamente en una especie de agenda personal que llevaba yo en Valencia usando una libreta pautada de la fábrica de Sombreros Degwitz. Allí escribí un recordatorio en clave para que nadie supiera de mi ansiedad: ese día debía recordarle a mamá su promesa. Y el epílogo de esta historia está en que nunca se pidió el violín, tal vez porque tío Hermann no era particularmente generoso y su talante serio pudo intimidar a mamá; tal vez porque mi obsesión era un poquitín absurda; sea por lo que sea, nunca pude ni siquiera ponerle las manos al violín de Guillermito. Trasladé el recordatorio en clave a distintas páginas de la libreta con las fechas de visitas previstas a Caracas y la petición nunca se hizo: es el destino de gran parte de los deseos infantiles.

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No sólo el cuatro ocupó nuestra atención por esos años sino un deporte marino que se empezaba a hacer muy popular en el mundo y que llegó a Venezuela con fuerza a mediados de la década de los cincuenta: la pesca submarina y en general el interés por el mundo submarino. A mí me llegó de modo particularmente fuerte a través de mis nuevos amigos caraqueños: Max Pedemonte, quien nombré antes y había conocido en el autobús Chacaíto-Carmelitas que nos llevaba al Colegio La Salle de Tienda Honda, y a los Gluecksman, Juan y Pedro, pero especialmente Pedro. Ellos ya habían empezado a practicar la pesca submarina porque papá Gluecksman tenía una pequeña lancha Chris-Craft de madera, un bote con motor fuera de borda­, con el cual se movían con soltura sobre todo en Turiamo donde iban con frecuencia porque la tía de Pedemonte regentaba un modesto hotel destinado a los técnicos que trabajaban en las obras de la Base Naval en construcción.

Algo tan simple como la máscara para ver bajo el agua era una novedad, al igual que el tubo de respirar osnorkel [3] y las aletas para los pies o chapaletas [4], e incluso el fusil de resorte –especialidad italiana– que disparaba un arpón, instrumentos que empezaban a popularizarse por todo el mundo. Jesús ya había usado la máscara y comentaba sobre los contornos y colores del paisaje submarino excitando la curiosidad de todos los hermanos. Lo cierto es que me veo a mí mismo un día cualquiera cerca del muelle de Turiamo, recién puesta una máscara prestada, caminando torpemente con las chapaletas puestas entre las piedras coralinas para adentrarme en el mar, esa primera vez sin usar snorkel y haciendo uso de toda la prudencia que se le pide a un primerizo. Llego a una profundidad que me permite flotar cómodamente y aprecio el fondo a través del agua transparente típica en ese lugar. Se despliega ante mí el nuevo panorama natural: piedras y erizos entremezclados, arena blanca o más bien blancuzca como fondo de la escena –veo desde arriba sin sumergirme– en la que pequeños peces de múltiples colores, se mueven entre grieta y grieta. La sensación de vida activa me asombra. Pero hay una diferencia: lo que veo es sólo antesala, más allá, a medida que se hace más profundo hay cosas menos amables, que ya no parecen tan familiares: las piedras coralinas –los llamados cerebros– mucho más grandes e intimidantes, antesala de la arena del fondo que desciende y se pierde en un azul profundo contra el cual se recortaban los pilotes del muelle, terra ignota para mis ojos de principiante. Ya era suficiente, debía regresar, un leve temor de cosas que podían ser difíciles me obligó, y de nuevo caminar entre las piedras para salirme porque además estaba solo, los amigos se habían ido a otra parte.

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A partir de esa primera experiencia, conocer el mundo submarino se convirtió para mí en una obsesión. La motivación inicial, muy propia de la adolescencia, tuvo que ver con lo deportivo: la pesca con fusil y arpón era un ejercicio de destrezas cuya práctica me enganchó. Y no tardaría en sumarse el interés por la observación usando lo que en español tiene el aparatoso nombre de escafandra autónoma y en inglés se conoce como scuba diving, el uso de botellas de aire comprimido. Unos cuatro años después de aquella mañana en Turiamo me fui junto con Pedro Gluecksman hasta Sears, la cadena de tiendas americana que tenía una sede en Caracas, a comprarme, con mis ahorros de dibujante de arquitectura en la oficina de José Antonio Ruiz Madriz, un par de botellas con su correspondiente válvula, que habrían de durarme unos cuantos años y fueron el primer paso hacia muchos episodios que podrían merecer el nombre de aventuras. Porque me dediqué a conocer el mundo submarino a mi alcance, lo que equivale a decir el venezolano. Y pasé por una etapa en la adolescencia y la adultez temprana en la cual el mar y particularmente su misterio y sus criaturas lo fueron todo para mí, mucho más que cualquier otra cosa, incluyendo la carrera que había escogido. Porque la Arquitectura se me mostró inicialmente como una posibilidad, como un reto podría decir, que se fue delineando y hasta cierto punto poseyéndome, lentamente, hasta hacerse objetivo principal de mis aspiraciones; pero en esos primeros años este deambular por el espacio marino venezolano, por arrecifes, por islas, pedazos de mar limitados por riberas amables o agrestes, se hizo pulsión permanente que orientaba muchas de mis decisiones. Descifrar el mundo submarino se hizo parte de mi modo de ver la vida. Nada se impuso por sobre mi culto hacia el mundo silencioso, como lo denominó con acierto el francés Jacques Ives Cousteau. Y ya maduro, en mi cuarta y quinta décadas de vida, tomé decisiones arriesgadas, poco razonables para una mentalidad conservadora, dictadas por mi amor al mar. Decisiones que sin embargo me proporcionaron algunos de los más estimulantes momentos de encuentro con el medio natural, durante los cuales se produjeron convivencias, con los amigos y más adelante con mi familia cercana, que veo hoy con la más profunda gratitud.

Después de aquellos momentos de revelación en Turiamo, en las pocas temporadas de Ocumare que nos quedaron hasta que la casa salió de las manos nuestras, la observación submarina ya convertida en pesca submarina se hizo parte de nuestras actividades siendo La Ciénaga el lugar más a la mano para practicarla como principiantes. Allí vimos por primera vez un tiburón –de los llamados gata, inofensivo– un grupo de mantas-rayas volando literalmente en el canal central de la bahía, los inevitables peces-loro que se constituyeron en nuestra presa más fácil y las langostas que cazábamos como manjar.

Y la sorpresa fue que, en nuestros inicios como pescadores quien más puntería tenía y por consiguiente más contribuyó a algunos de los almuerzos preparados por Gregorita, fue Pedro Pablo, el menos deportivo pero el más preciso de los hermanos.

 

Esta foto de mi hermano Edgardo y yo (1956) es de los tiempos en que ya la pesca, e incluso la fotografía submarina (en primer plano a la izquierda una caja submarina para Rolleiflex propiedad de Pedro Gluecksman, quien tomó la foto) y un espíritu de grupo (las camisetas) eran asunto principal para nosotros.

Max Pedemonte se lanza a pescar

Esta foto, que me muestra con una picúa (barracuda) recién pescada, tiene fecha precisa: 6 de Abril de 1955.

Esta foto (1956) es tomada en los terrenos del hotel de Turiamo regentado por la familia de Max Pedemonte. Muestro un sábalo (izq.) y un carite.

 [1]Los Torrealberos era un grupo musical que hizo de la música folclórica venezolana con arpa, cuatro y maraca su especialidad. Lo dirigía Juan Vicente Torrealba y el cantante era Mario Suárez quien después actuó por su cuenta. En los años cincuenta fueron inmensamente populares entre la clase media venezolana. Muchas piezas de su autoría son aún conocidas entre nosotros. https://www.youtube.com/watch?v=Zt5KUrCip0E

[2]Arístides Calvani https://es.wikipedia.org/wiki/Arístides_Calvani, importante personaje de la Democracia Cristiana venezolana, en esos tiempos parte de la coalición del gobierno democrático de Venezuela, era hombre de pensamiento, y seguramente por eso mismo gustaba de comunicarse con la gente joven. Nuestras amigas Alicia Rodríguez Aguerrevere y Ana Díaz Rodríguez (Ana unos años después se casaría con mi hermano Jesús) lo conocían más que yo, y sabiendo que estaba de paso por París, lo invitaron una noche a conversar. Yo acudí con Delia Picón, mi esposa entonces, y mi hijo mayor Óscar en su cuna portátil. Por supuesto llevé el cuatro, pero casi no toqué porque Calvani se apoderó de él y se convirtió en el centro musical de la reunión, aparte de que por su condición de persona pública no me atreví a pedírselo para lucirme yo.

[3]Tubo para respirar que se adapta a la máscara submarina. Palabra no aceptada por la RAE. Viene del tubo de respiración para el motor diesel en los submarinos alemanes de la Segunda Guerra Mundial.

[4]Así se le dice en Venezuela a las aletas que se ponen en los pies para facilitar la natación y particularmente para el buceo y snorkeling

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