VER LA VIDA (38)

Oscar Tenreiro

En las temporadas de vacaciones la presencia femenina empezó a ser importante, señal de que la adolescencia se asomaba. Aparte de las amigas de siempre, cada año había nuevas caras que le daban a Ocumare un interés adicional. Entre nosotros y las amistades habituales iba surgiendo algo que es típico de esa etapa de la vida: la idea de grupo, amigos de ambos sexos que se sienten identificados y se relacionan con una dinámica que quiere ser propia. Frecuentábamos los mismos sitios, nos reuníamos en las noches desde temprano en el kiosco de Lourdes o en alguna de las casas quedándonos hasta tarde, planeábamos excursiones –a Maya por ejemplo, la excursión que para mamá fue un suplicio– organizábamos alguna caimanera de playa, o competencias de atletismo en la franja de arena húmeda junto al mar como ocurrió un año al sumarse al grupo un aficionado a este deporte[1]cuyo nombre no recuerdo.  Todo ese movimiento nutría  la pequeña comunidad de amigos que tenía un cierto atractivo para los recién llegados, ahora también gente de Caracas. Las vacaciones se convertían en un ejercicio de sociabilidad, en tiempo de encuentros, con el disfrute de la naturaleza como telón de fondo. Si se nos aplicaba la terminología psicológica, se trataba del despertar de la sexualidad. Quedaba atrás el ensimismamiento de la infancia, y empezábamos a vivir hacia afuera, a tratar de ser parte de un espacio afectivo más amplio. Y las vacaciones de playa se convirtieron en un período ideal para intentar acercarse y conocer a un mundo que comenzaba a brillar: el de la mujer. Mujer que no había dejado de ser niña y que para un casi-niño como yo aún no tenía figura. Para hacer que la tuviera, que se hiciera realidad en un nombre, ayudaba sin duda la convivencia en el grupo porque adquiríamos soltura, dejábamos atrás el juego y podíamos –si sabíamos cómo comportarnos, como atraer su atención– ir a la conversación. Y si había afinidad y simpatía mutua también podía haber enamoramiento. Eso pasó a ser esencial.

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En realidad, ya desde hacía un par de años Jesús y Pedro Pablo se movían en un nivel diferente al de los menores, estando Carlota en una posición intermedia por edad y por ser mujer, porque las mujeres siguen sendas diferentes. Jesús sobre todo vivía ya en otro mundo, y gracias a su desenvoltura no le faltaban admiradoras quinceañeras o próximas a serlo que empezaban a pensar en sus fiestas de debut social, a la usanza de entonces. Niñas que lo veían a uno, tan jovencito, como si fuera parte secundaria del paisaje sin expresar interés alguno en acercarse (¿qué interés puede tener para una adolescente un muchachón?) si bien el que yo fuera grande y diera la impresión de ser mayor me hacía pensar que no todo estaba perdido. Lo cual no quiere decir que no quisiéramos ser parte de la escena de los mayores, si bien manteniéndome en la periferia y sabiendo que era allí donde podría aparecer mi Beatriz; así que me asomaba a lo que iba desplegándose con alguna timidez y no poca convicción. Pedro Pablo se independizaba y andaba por su lado, Carlota adoptaba vestimentas de mujer y siguiendo la influencia de las primas que regresaban de estudiar en los Estados Unidos, aprendía a maquillarse.

La oportunidad de encontrar un rostro –eran los rostros lo principal– que atrajese mi atención y se disparara la simpatía mutua, estaba al alcance; el deseo de que germinara el enamoramiento del cual muy poco se conoce aparte del pequeño sufrimiento de la comparsa valenciana, que fue grande sólo por unos días.

Pero en esos grupos heterogéneos con diferencias de edad de tres o cuatro años, los más jóvenes tienen todas las de perder: las niñas que ya se pintaban los labios se interesaban en los mayores, no en un muchachito inseguro como yo. En los paseos avanzaban con ritmo propio: caminaban muy adelante, como apurados, o se quedaban atrás decidiendo cambios en la ruta que no le participaban al pelotón, donde yo me encontraba. Entre ellos estaba Omar González, de la edad de Pedro Pablo, quien tenía estilo de castigador, un modo de moverse, llevar una pajilla en la boca, andar en shores, echar chistes, hablar de una cierta manera, en fin, un tumbaíto [2] –estilo particular– que ponía a todas las niñas a suspirar por él. Bien parecido, estaba muy consciente de su presencia unida a la seguridad de quien ya sabe comportarse frente al sexo opuesto. Su hermana mayor Gladys era linda, de la edad de Jesús o unos meses mayor y en sintonía con él hasta el punto de que tuvieron más adelante un discreto jujú[3] .  Al mismo subgrupo se integraba Pedro Pablo quien cortejaba a Violeta, niña de muy bellos ojos y gran simpatía, una de las muchas hermanas Angarita.  Omaira la mayor y Jesús se acercaban…Y con el mismo apellido sin ser pariente, Cheíto, otro castigador simpático y entrador de buen aspecto y estilo sobrado sumamente efectivo.

Jesús con mucho pelo al lado de Mireya Michelena, con los ojos cerrados y una niña no identificada.

A la derecha Omar González con sus shores, luego  Marlene Michelena, Luis Enrique González (hijo de Josefina, pintora) Mireya Michelena y yo muy peinadito.

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 Entre las chicas había unos rostros que me hacían pensar. Me gustaba especialmente María Cristina Barrios, su rostro y su pelo negro de facciones suaves. Una vez me mantuve al lado de ella durante todo un paseo al bufiadero muy atento a posibles traspiés, dándole la mano para ayudarla a subir o sortear algún obstáculo, feliz de tenerla cerca y de ser por unas horas su compañero de paseo. En un momento dado se golpeó un dedo y se quejaba mientras yo decía algunas cosas como qué te pasó o déjame ver; y repentinamente apareció Cheíto, quien iba más adelante, según creí a la distancia apropiada para que no molestara; inmediatamente le tomó la mano y muy fiel a su estilo le dio un beso en el dedo para que se te alivie el dolor: Nunca un gesto me ha llegado tan directo al corazón. Me había imaginado cosas, me parecía que se sonreía conmigo, la ayudaba a subir por el camino pedregoso dándole la mano y a ella parecía gustarle un contacto que yo trataba de prolongar descuidadamente…y de repente ese modo de Cheíto alzarle el brazo y besarle el dedito, derrotó todas mis esperanzas.

Y así por el estilo. Podía pasarse uno toda la temporada de vacaciones anhelando pasear con una niña agarrados de manos; nada había mejor en la imaginación. En la playa se paseaban parejas así, caminandito, que hacían pensar –aún lo pienso– que ir tomados de la mano ante los demás, ante el paisaje, es la expresión máxima de un amor correspondido. Y si ya al final, cercano Septiembre, nada parecido a eso había pasado (y debo confesar que nunca me pasó en Ocumare) se sentía uno derrotado, dejado de lado por las mejores cosas de la vida. Y a eso se debió aquel comentario decidido de un recién llegado, al comienzo de una de las temporadas, a quien acabábamos de conocer y más nunca vi: yo, al comienzo de las vacaciones lo primero que hago es buscar pareja: si no es esta, es aquella; porque se te pasan las vacaciones y tú solo…Un punto de vista demasiado mundano para mi gusto, porque a mí me motivaba un rostro idealizado que nunca tomó forma precisa en aquel escenario de mar.

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 El paseo al bufiadero [4]era clásico. Se repetía todos los años y lo hacíamos en grupos grandes como si fuese una romería, llenaba una tarde y el grupo paseante iba cambiando. En el camino uno podía desviarse hacia una de las puntas de la bahía, la del extremo este, trayecto dificultoso pero interesante que permitía observar la fauna marina con mar tranquilo o tratar de pescar cuando íbamos solos alguno de los parguitos parguetes que por allí abundaban y jamás picaron. El bufiadero estaba fuera de la bahía, hacia el este en dirección a Cata. Se llegaba allá caminando desde La Boca (del río), primero por una carretera de acceso restringido que permitía llegar a una playita aislada muy acogedora pero también de uso militar, es decir, ningún uso. Luego se pasaba cerca del arranque del muelle construido en tiempos de Gómez, semidestruido por las marejadas producidas casi todos los años por lejanos huracanes caribeños y de allí se tomaba la vía de La Punta que acabo de mencionar o podía seguirse hacia el bufiadero subiendo el cerro y dejando atrás un pequeño cuartel militar custodia del abandonado muelle. Era un camino escarpado no muy largo que llevaba a una fila desde la cual se bajaba a la plataforma rocosa que se cortaba con el mar para formar un borde marino con las hendiduras entre las láminas rocosas que al paso de los siglos se fueron convirtiendo en cavernas. Al entrar las olas por las hendiduras e inundar la caverna el aire se comprimía y salía con gran estruendo por distintos agujeros en la plataforma y del lado del mar, a veces junto con grandes chorros de agua. Era todo un espectáculo que no creo que haya existido con esas dimensiones en ninguna otra parte de la costa venezolana. La mala noticia es que durante la construcción de la carretera que une a Ocumare con Cata lanzaron material de relleno sobre la explanada y taparon los agujeros acabando con el fenómeno: una típica agresión a la naturaleza a manos de constructores… en democracias y en dictaduras.

Un bufadero de otras tierras. Lo más parecido al nuestro que pude encontrar.

Carlota y nuestra prima Nelly Bermúdez Tenreiro –felices– en un recodo del camino al bufiadero. Abajo los peñeros en La Boca (del río).

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Ya en Valencia había aparecido de una manera muy particular y a muy temprana edad, esa otra dimensión de la sexualidad, tan fundamental, la cual a falta en este momento de referencias sobre terminologías psicológicas identificaré como la conciencia de los genitales y todo lo que depende de ellos en términos de sensaciones. Lo que los anglosajones llaman genitalia refiriéndose en general a los genitales masculinos y femeninos. Éramos aún niños cuando uno de los dos mayores, creo que fue Pedro Pablo, descubrió que a una de las muchachas que trabajaba en la casa de Valencia ayudando con la limpieza (estaba yo en cuarto grado: 8 años) le gustaba que la rozaran mientras se agachaba para exprimir el coleto [5], lo cual constituyó una noticia de especial interés para los cuatro hermanos varones, que inmediatamente quisimos comprobar usando cada quien su personal modo de aproximación y deslizamiento, todo lo cual  tuvo resultados muy agradables para todos incluyendo a la muchacha. Duró algún tiempo hasta que cesó por alguna razón que se me escapa, pero continuó activa para mí cuando retornamos a Maracay gracias a la complacencia de una muchacha que trabajaba allá, me parece que se llamaba Azucena, quien me tenía especial simpatía. Colmó ella parcialmente mis juveniles ansiedades eróticas –bastante inocentes por lo demás–durante un buen tiempo hasta nuestra mudanza a Caracas, por lo cual le estaré eternamente agradecido…hasta que en Caracas apareció Julia, ya yo de quince años.  Pero Julia y mi interés por ella lo dejo para más adelante.

Y es que si nos aproximamos a esta etapa de la vida nuestra desde una mirada adulta libre de prejuicios es lógico suponer que las distintas manifestaciones de la sexualidad puramente genital se nos presentarían a todos los hermanos de una manera u otra. Así fue, y sobre ello a veces intercambiábamos puntos de vista o comunicábamos inquietudes a la manera de esos tiempos, es decir siempre a cubierto de los adultos y más como un espacio nuestro que compartíamos, como es usual, con los amigos, dejando de lado de forma natural reservas que a esas edades son menores. No es sin embargo mi intención en estas reconstrucciones de lo vivido traspasar los límites de la intimidad de quienes ya no están, o incluso exponer la mía, convencido como estoy de que como decía mi filósofo preferido nadie tiene  el derecho de penetrar en la intimidad de otro, sino también porque no me impulsan los motivos que por ejemplo en el ambiente periodístico-cultural estadounidense llevan a a hablar de lo íntimo en público sin reservarse nada, tal como si fuera una obligación cívico-moral o algo políticamente correcto. Queda aquí, pues, ese aspecto de mi modo de ver la vida como sugerencia y llamado a la imaginación. Y como soy del mismo barro pensativo del cual habla César Vallejo debo tratar de mantener ciertas reservas sobre las Marías que se van [6]reales o no.

Jesús, Carlota y yo durante un paseo a Maya.

[1]De esas competencias de playa surgió mi interés en el Atletismo. Admiré a Asnoldo Devonish, medalla de bronce del Salto Triple en Helsinki en 1952, surgido del mundo petrolero. También seguí en los años siguientes a atletas como el veterano Brígido Iriarte, y los más jóvenes Rafael Romero y Arquímedes Herrera, velocistas, o Héctor Thomas (decatlón). Y otros menos notorios.

[2]El tumbaíto es un estilo manifestado en el movimiento, en la manera de moverse. Es como una coreografía que se convierte en motivo de admiración para la mujer. Para un tumbaíto caribeño puede ayudar: https://www.youtube.com/watch?v=QEaV2bjlqNU

[3]https://jergozo.com/diccionario-venezolano/definir/jujú

[4]La palabra correcta es bufadero https://es.wikipedia.org/wiki/Bufaderoy se trata de un fenómeno natural que se da en los litorales rocosos.

[5]En Venezuela lo que en otros países se llama mopa, un trenzado que se humedece para limpiar los pisos, se ha sustituido por el coleto, una tela áspera gruesa que absorbe agua y se arrastra por el suelo con ayuda de un haragán.

[6]Dios mío, estoy llorando el ser que vivo; / Me pesa haber tomado de tu pan; / pero este pobre barro pensativo / no es costra fermentada en tu costado: / tú no tienes Marías que se van! (del poema Los Dados Eternos de César Vallejo ). https://es.wikisource.org/wiki/Los_dados_eternos

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