ENTRE LO CIERTO Y LO VERDADERO

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Oscar Tenreiro

En la última sesión del Seminario 6X, hablé de mi relación profesional con Augusto Komendant, aspecto de mi vida que me gusta destacar como producto de un impulso disparado por la necesidad de responder a las preguntas que me planteaba –corría el mes de Septiembre de 1976– el proyecto del Terminal de Transporte y Mercancías / Sede de los Mercados de Caracas, que me había encargado  el Centro Simón Bolívar. Pero no es sobre mi relación profesional sobre lo que quiero escribir hoy sino sobre la personal, que estuvo llena de vivencias que fueron tan importantes como las que nos deparó lo estrictamente técnico y profesional.

Ya el gesto de ofrecerme alojamiento en su casa durante el par de días que duró nuestro primer contacto, en Octubre del 76, revelaba su deseo de hacer de nuestro encuentro el inicio de una relación personal. Se situaba a distancia de la típica relación mercantil basada en términos económicos, común en los Estados Unidos y en el mundo en general, para proponer una relación entre dos personas comprometidas en un trabajo común. Estaba aún muy vivo en él, a sus 72 años, su deseo de imaginar y realizar construcciones que ocuparan su energía psíquica, fuerte y dispuesta a expresarse: buscaba una relación creativa. Y tal vez por eso, con su apertura me advertía que se trataba también de un encuentro entre dos personas, de maestro a discípulo podía entenderse, pero también de amistad, asimétrica por las diferencias de edad, él nacido en 1906, yo en el 39, pero amistad en fin. Un modo de proceder, un estilo, una actitud, que estableció entre nosotros una particular sintonía, porque el señalamiento hacia lo personal ha sido mi modo de moverme en el mundo del trabajo, lo considero parte de un todo inseparable. Eso aparte de que dejé ver desde el principio que mi deseo de contacto con él no sólo partía de la admiración y el respeto, sino también de la toma de distancia respecto a quienes –numerosos en el mundo– se habían revelado incapaces de entender el deseo que él había expresado con su libro Dieciocho años con el Arquitecto Luis Kahn de establecer con claridad el papel que le tocó jugar en la génesis de algunos de los más significativos edificios –patrimonio universal–que se construyeron en dieciocho años de colaboración entre dos seres excepcionales.

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Habíale enviado yo una carta describiendo lo que hasta el momento habíamos establecido para el proyecto, carta que fue complementada por una maqueta en plexiglas que desde entonces fue conservada hasta su muerte en su taller de trabajo, allí en el nivel inferior de su casa, ubicada en Upper Montclair, New Jersey, cuyo terreno, de suave pendiente bajando desde el borde de una terraza, veía hacia el estuario del río Hudson, una hermosa vista en la cual destacaba claramente, lejano y cercano, sobre el agua en el horizonte, el perfil sur de Manhattan con las Torres Gemelas y los rascacielos cuyas superficies vidriadas reflejaban el sol poniente en la tardes claras como si estuvieran incendiándose. A esa terraza me convocaba, en ocasión de ese viaje y los que vendrían, al menos cuatro o cinco, al final del día de trabajo siempre intenso, a que lo acompañara a libar un par de scotchs antes de la cena, licor que yo prefería sustituir por un tinto ante su leve contrariedad –el vino no era bebida de la casa– ingredientes importantes para estimular el disfrute del paisaje y prepararse para hablar del mundo y de las cosas, hilando él entonces anécdota tras anécdota de su intensísima y rica vida.  Nos sentábamos cómodamente junto a una mesita mientras Elmi, su esposa, Eti, señora amiga que vivía con ellos, y Nubia quien estrenaba un peinado-despeinado de esos que nunca pasan de moda pero no gustan a las señoras de edad, se hacía entender por sobre su imperfecto inglés mientras se preparaba lo necesario para concluir el día.

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Y así fui enterándome, en esas conversaciones de crepúsculo animadas por una cordialidad paternal y cálida como no puede esperarse de un nórdico pero sí de quien ama las cosas del mundo, de las incidencias de su alistamiento en el ejército americano concluida la guerra como ingeniero de campaña, labor que le fue asignada personalmente por el General Patton luego que lo detuvieran en una carretera, tal vez en el verano de 1945, buscando refugio como muchísimos lo hacían, por parte de la avanzada de una columna en la que oficiaba el mismísimo General ante quien lo llevaron luego de un interrogatorio preliminar. Se dieron cuenta los americanos con esa facilidad tan suya de aprovechar a su favor los conocimientos de otros, que este refugiado podía ser útil para ayudar a superar los miles de obstáculos con los cuales las fuerzas nazis derrotadas habían sembrado el territorio, particularmente la enorme cantidad de puentes que debía reconstruirse, aparte de las reparaciones de vías interrumpidas, el establecimiento de lugares de aprovisionamiento y todo aquello que se necesitaba para consolidar el desenlace guerrero. Me enteré entonces que lo habían en efecto llevado ante Patton quien exploró con preguntas sus conocimientos, para terminar encargándole algunas labores inmediatas que al cumplirlas satisfactoriamente comenzaron a convertirse en credenciales para su integración definitiva como ingeniero militar. Y gustaba el Dr. Komendant –debía llamárselo Doctor– de revelar cosas de impacto, una de ellas el número de puentes que había sobre el río Rhin, muchísimos de los cuales los alemanes habían destruido parcial o completamente. Hoy he olvidado la cifra pero sé que era tan grande que mi anfitrión se reía con gusto ante la ignorancia de sus interlocutores, yo en este caso. Y no olvidaré tampoco lo que me contó como una de sus primeras tareas que lo hicieron sentirse en lo que se llama situación límite  una vez que le correspondió conducir a una columna de blindados a través de un puente semidestruído cambiando su trayectoria de un lado a otro del tablero según la destrucción de la estructura o esperando cada vehículo sus órdenes antes de avanzar, él a pie junto al blindado, operación que concluyó sin accidentes para constituirse en una de las pruebas de su idoneidad como ingeniero. Y cosas muy curiosas y hasta divertidas, como su asombro ante las enormes cantidades de pelotas de tenis que había que almacenar en depósito tras depósito, demostración de las desmesuras americanas de esos tiempos de inmediata posguerra.

Desaparecieron para mí los detalles de cada episodio, pero me quedó muy claro lo que insistía en decir en cuanto a que esas actividades post-bélicas le proporcionaron una experiencia directa sobre las grandes estructuras que nunca hubiera conseguido en tiempos más normales, aparte de que le hicieron comprobar de modo directo la capacidad de los americanos de abrirle puertas a la incorporación de conocimientos mediante la inmigración de personas como él, de muy alto nivel técnico, que encontraban en los tiempos de paz que se iniciaban campo para realizarse y ayudar a otros con su conocimiento. Asunto este último que le quedó muy claro cuando recién llegado a los Estados Unidos en conversación con un profesor cuyo nombre no recuerdo, en la cual exploraban juntos las oportunidades eventuales de trabajo, este le dijo lo siguiente: ¿quiere usted ser conocido?…escriba un libro…consejo del cual salió su primer libro de amplia difusión Prestressed Concrete Structures, publicado en 1952, aporte importante a la ingeniería estructural, uno  de los clásicos del ramo.

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Y había en la conversación casi siempre, a mi pedido o porque a él se le ocurría,  espacio para recordar su amistad con Luis Kahn, escenario de fondo muy importante para entender la relación entre ellos. Recordaba por ejemplo cuando antes de ir a su oficina a conocer a Kahn respondiendo a su llamado, pidió informacion y le dijeron: Kahn is an expensive small architect. Evocaba también los momentos en los cuales Kahn llegaba en tono depresivo afectado por críticas desfavorables, por simples oscilaciones de su carácter o por dificultades (¡los grandes también las tienen!) para responder a un encargo, como le ocurrió cuando Adriano Olivetti le encargó el proyecto de la planta Olivetti en Harrisburg, Pennsylvania, y a último minuto nada había hecho. Pero también iba a las ocasiones de amistad en las cuales se entregaban al goce de su complementariedad psíquica, origen de sus mejores proyectos. Y volvía entonces en el recuerdo a la terraza de Upper Montclair cuando sentados él y Lou en las tardes claras, ante los reflejos del atardecer en los edificios allá a la distancia, levantaba su scotch para brindar con su amigo: ¡Manhattan is burning Lou! ¡Yes, Manhattan is burning August!

El Dr. Komendant, en los años ochenta

Su esposa Elmi. Años ochenta

La señora Eti a la hora del té. Años ochenta

En su taller en casa. Años ochenta.

Con Martin Meiser en su taller en los años ochenta. Por la ventana se atisba la terraza desde donde él veía arder Manhattan.

Con Elmi su esposa. Años noventa. Ya le había dado el ACV que afectó su habla. Moriría un par de años después

Con mis hijos Daniel y su esposa Carla Braschi.

En nuestra casa de Caracas, años ochenta

A continuación incluimos aquí un vínculo con el Museo de Arquitectura de Estonia, donde se realizó en 2020, lamentablemente coincidiendo con el inicio de la pandemia, una exposición muy completa sobre Augusto Komendant. Se trata de un video de 20 minutos de duración en el cual el curador de la exposición, Carl-Dag Lige, hace una presentación informal de los proyectos –parte de la exposición– realizados entre mi persona y el Dr. Komendant. Está narrado en inglés por el señor Lige, quien realizó el video para vincular la exposición con nosotros y a través nuestro con los venezolanos. Para los participantes en el Seminario 6X este documento es complementario de las sesiones Cuarta, Quinta y Sexta.