TODO LLEGA AL MAR (8)

Oscar Tenreiro

Ortega y Gasset en su libro El tema de nuestro tiempo publicado en 1923, habla de La Doctrina del Punto de Vista[1].La cual podría explicarse en pocas palabras diciendo que toda apreciación de lo inteligible o lo que nos acontece depende de nuestro punto de vista, o dicho con sus palabras, todo conocimiento es desde un punto de vista determinado. Esta formulación de Ortega nace del deseo de dar a la visión individual un valor considerable si bien nada excluyente, porque al mismo tiempo que escribe que cada individuo es un punto de vista esencial (como modo personal de ver las cosas que se convierte en versión individual de lo que nos rodea) insiste en la complementariedad de los distintos puntos de vista. Nociones que me resultan útiles para decir que ya en esos tiempos cercanos al fin de mis estudios básicos se iba perfilando mi punto de vista respecto a la Arquitectura, el cual estaba marcado desde entonces y continúa marcado hoy por la idea de que la arquitectura responde a necesidades y que es a partir de esa respuesta[2]de donde surge, se desarrolla y evoluciona la forma arquitectónica. Trabajar en un sentido determinado que es personal e intransferible ese conjunto con frecuencia confuso de factores que se potencian o anulan los unos a los otros, mucho más que los impulsos de carácter artístico con todo lo que esta palabra implica, era para mí y es aún hoy, la labor del arquitecto.

Aclaro que entonces no hubiera podido referirme a ese punto de vista que comenzaba a madurar, con las mismas palabras con las que lo digo ahora, pero si sé que desde entonces me distanciaba –ya lo he dado a entender varias veces a lo largo de este texto– de la pretensión del arquitecto que dominado por la idea de que es sobre todo un creador, trata de trascender a priori los límites que impone la necesidad en busca de lo puramente expresivo. Pero así como Ortega insiste en que los distintos puntos de vista son complementarios, ambas posturas, la que privilegia la respuesta a necesidades como origen o la que se nutre sobre todo de la idea de creación, lo son igualmente; no pierden sino moderan su valor de verdad frente a la otra. Pero la que se perfilaba en mí con fuerza era la primera, repito, formulada sólo torpemente, más bien balbuceada y poco definida en mi conciencia. Era allí donde estaba y de allí partí para tomar muchas de las decisiones de los años siguientes.

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Tuve de modo inesperado mi primera experiencia de construcción, la cual logré colar entre las tantas cosas que reclamaban mi tiempo. Se trataba de un encargo que Jesús Tenreiro había recibido de un familiar cercano, una casa en la ciudad de Valencia a 150 kilómetros de Caracas, sobre la cual él había ya elaborado un Anteproyecto que puso en mis manos para que yo continuara su desarrollo puesto que él se ausentaría del país hacia Londres, donde iba a estar un tiempo como becario de nuestra Universidad.

Era una casa-patio, cuyo tratamiento externo imitaba la estructura de la Casa Farnsworth (1946-51) una obra clásica –obra maestra muy admirada en esos años– de Mies van der Rohe, una estructura metálica en la cual las columnas se adosan a las losas de piso y techo y continúan hasta el suelo suspendiendo la casa sobre el terreno.

La casa Farnsworth de Mies van der Rohe (1946-51)

Detalle de la casa
Farnsworth. Obsérvese como las columnas metálicas están adosadas a las losas de piso y techo.

 

El detalle del adosamiento Jesús lo convirtió en tema predominante sin darle demasiada importancia a que se tratase de un detalle típicamente metálico, muy ajeno al sistema constructivo a utilizar: una estructura de columnas y vigas de concreto con losas nervadas. Esa especie de disonancia no era algo convincente para mí, así que la abandoné, como tampoco me pareció bien el sugerir que la losa de piso flotaba sobre el terreno como podía deducirse de los esquemas que me entregó, en los cuales parecía separada del terreno; esto último porque se trataba de un terreno entre medianeras completamente plano y además estaba el patio que exigía la nivelación de toda la casa. Eliminé pues las apariencias como parte de un esfuerzo por apoyarme en lo que a mi ver era lógico, y seguí una disciplina constructiva básica trabajando el desarrollo del proyecto según lo que yo podía saber, es decir lo más técnico, lo que estaba a mi alcance. Y allí residió la trampa que me puso la realidad: no tenía capacidad, podría decir mejor referencias, o más concretamente vocabulario, para replantear con éxito, es decir reformulando su postura, lo que Jesús me había dejado como intención, así que el resultado fue demasiado obvio o elemental y lo obvio es lo que resulta no lo que se busca, y en arquitectura la búsqueda es fundamental[3]. No tenía a mano una búsqueda, algún objetivo expresivo que me permitiera superar lo más obvio, así que casi todo lo perteneciente a la esfera de la estética se me escapaba, estaba poco maduro para ello.

Más allá de mis insuficiencias sin embargo me enseñó mucho el diálogo con los artesanos que en alguna medida me proporcionó experiencia. Así que ya Jesús de viaje y yo en mi papel de arquitecto improvisado, a la venezolana de entonces, seguí adelante limitándome a cumplir el programa y elaborar los planos de proyecto fuera de todo refinamiento, entregándome a la autoridad del constructor y haciendo sugerencias ocasionales durante los viajes de supervisiónque se espaciaban cada quince días. El resultado reveló mis problemas, con la excepción del patio que tenía su encanto y sobre todo su justificación climática, pero lo demás fue rutinario aunque me quedó el orgullo de haber cumplido. Y mi hermano, dueño de más argumentos, talentoso en su capacidad de comprensión de los problemas del diseño, tuvo una anticipación del resultado cuando le mostré los planos en una visita que le hice en Londres en Septiembre de 1959 al regreso del viaje europeo al cual me refiero de inmediato. Y me lo hizo notar sin demasiada discreción.

(A la usanza venezolana de entonces, ni siquiera me molesté en tomar fotos de la casa terminada, así que ahora trato, dirigiéndome a mis parientes no ya tan cercanos –los hijos de mi primo– que me suministren alguna foto familiar en la cual algo pueda verse de la casa. No guardo ningún plano, ni esquema, e ignoro si hay alguno en los papeles que dejó Jesús. Y respecto a la foto sigo en espera)

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El viaje fue en las vacaciones de 1959 y fue tan decisivo en sus consecuencias como el que me había llevado al Sur del continente. Fui a encontrarme con quien sería mi esposa, pero junto a esa dimensión íntima, la experiencia del viejo continente y sobre todo poder ver, recorrer y tocar con el dedo[4]la arquitectura venida de la historia, iba a convertir a los escasos tres meses que duró mi visita en piedra de toque respecto a lo que vendría.

Durante este tiempo europeo hubo una visita a Chartres que me reveló de un modo único la magia de la arquitectura gótica y fue como la chispa que me impulsó un par de años después cuando regresé a París viniendo de Chile, casado, con un hijo y becado por la Universidad Central de Venezuela, a hacer una serie de visitas a monumentos góticos que me enseñaron algunas cosas fundamentales para cualquier arquitecto. Una de ellas, como una lección inequívoca de la arquitectura histórica, alterada solo por los caprichos barrocos,[5]la que nos dice que en lo constructivo es donde afirma sus raíces el fenómeno arquitectónico. Lo tectónico no es un término útil para el ejercicio crítico sino una condición inseparable de la Arquitectura.

Como interrupción del tiempo parisiense tuvo lugar una visita a la Unión Soviética que me permitió reforzar y ampliar muchas de las cosas derivadas de las exigencias de los años anteriores. Si bien era un viaje comercial típico de la política lanzada en esos años por el Régimen Comunista con vistas a impulsar el turismo, su finalidad en mi caso era la de comprobar o no las cosas que repetían en plan de propaganda ideológica los activísimos marxistas de mis años finales de universidad, y tratar de tener un atisbo de lo que era esa sociedad, elevada al nivel de modelo por esa misma propaganda.

He escrito en otra parte[6]con bastante detalle, las incidencias de ese viaje, al igual que otro que emprendí a Italia poco antes de mi regreso a Venezuela que me llevó a Milán, Venecia, Florencia y Roma. Ambos viajes me dejaron una fuerte huella. El de la Unión Soviética fue un pasaje entre tristezas, grises y desencantos, el de Italia una pequeña ventana hacia las inmensas riquezas artísticas de ese país. Y de todo ese tiempo de observación nutrido en primerísimo término por la vivencia benéfica de un amor adolescente preparaba el comienzo de mi adultez y la afirmación de las cosas que sólo se habían insinuado.

Mariano Picón-Salas despidiéndonos en la estación de tren –Gare du Nord en París– a su esposa Beatriz Otañez, a Marta Mosquera escritora argentina y su hija Delia Picón, poco antes de nuestra partida a Rusia en 1959.jpg

Inés Harnecker, hoy pintora en Chile (su hermana Marta sería en los años siguientes ideóloga del comunismo cubano), Delia Picón y mi persona en Italia, 1959.

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De regreso a Venezuela, mi activismo político duró hasta mediados de mi quinto año, comienzos de 1960, cuando se realizaron las elecciones a la Presidencia del Centro de Estudiantes, relevo que me permitió dejar atrás los enfrentamientos dentro de la muy notoria Federación de Centros Universitarios. Podía entonces centrarme más en los estudios por un lado –trabajé en ese tiempo final en un proyecto que hacía las veces del de Fin de Carrera que hoy se practica– y algo que tal vez podría llamarse activismo religioso, logrando interesar en el Movimiento de Schoenstatt a unos cuantos de mis amigos cercanos y no tan cercanos, con quienes me reunía con frecuencia para ver cuales podrían ser nuestras actividades comunes a la vez que mediante cartas y contando con visitas esporádicas de viajeros que paraban en Venezuela en viaje desde Chile a Europa, poníamos mucha esperanzas en que alguien desde el Sur se radicaría aquí en plan fundacional, algo que nunca sucedió.  Y lo central era, lo he mencionado con insistencia, el inicio de mi vida autónoma.

El Taller del Quinto Año cuyas obligaciones cumplíamos ya en plan de conclusión de una etapa, o sea con motivación escasa, tuvo sin embargo cosas de interés. Una de ellas la de que debimos acompañar como jefes de grupo a los estudiantes de semestres inferiores a un viaje de estudios al archipiélago de Los Roques que repetía el que dos años atrás había culminado en la propuesta que habíamos llevado al Congreso de Chile. Fue un viaje extremadamente interesante, diría incluso que memorable y sobre él me extendí en la entrada que publiqué en este Blog el 25 de Junio de 2016. Por lo cual me limitaré aquí a hacer notar que uno de sus resultados fue un esquema para un club comunitario en el Gran Roque, tema de uno de esos ejercicios que llamábamos esquicios (del francés esquisse – esquema o bosquejo– que se usaba en Beaux Arts) y que vino a ser el único trabajo de mi tiempo de estudios que he conservado y que aquí muestro.

Aparte de eso, el trabajo final me tomó larguísimas y constantes vigilias trabajando en casa de una amiga con un par de compañeros con quienes junto a ella funcionábamos como una especie de pequeño clan[7].A lo largo de esos tres últimos meses de estudios nos apoyábamos mucho en estudiar lo publicado en revistas[8]y, siempre, las Oeuvres Complètes[9]y vivíamos en un constante intercambio de comentarios sobre la actualidad que nos rodeaba, siempre aderezada por nuestra visión un tanto primaria, pero pasablemente informada sobre arquitectura y arte en general. Paralelamente a esa especie de reclusión movía todos los hilos que podía para preparar lo que en mi vida personal se iba desplegando.

Mi alejamiento del activismo político me granjeó la antipatía de los más ansiosos, y mi deseo de ser riguroso en mi vivencia religiosa me fue dando una apariencia que bien podía verse como egoísta, o tal como sé que lo juzgaban algunos de mis compañeros[10]como que estaba siendo víctima de un tipo de alienación. Todo ese cuadro en cierta manera me aisló, en radical contraste con lo que hasta ese tiempo me había ocurrido, cuando de la normalidad de estudiante apegado a la rutina pedagógica pasé a la agitación y la intranquilidad de una actividad, la política, basada en la permanente controversia, sujeta además al rendimiento público de cuentas.

Uno de los dibujos de mi entrega de esquicio para un Club Comunitario en el Gran Roque, archipiélago noventa millas náuticas al norte de La Guaira en Venezuela, hoy muy conocido. Los muros eran en concreto con agregado coralino, un material muy común en tiempos de nuestra visita, 7 al 11 de Abril de 1960. (Respecto a ese viaje ver la entrada del 3 de Julio de 2016)

[1]José Ortega y Gasset: «La Doctrina del Punto de Vista», en El tema de nuestro tiempo. Obras Completas, Vol. III, cap. X. Madrid: Revista de Occidente, 1966, pp. 197-203.

[2]Regida por la suma de las búsquedas, experiencias y expectativas del constructor –hoy en día del arquitecto– e influida de modo determinante por el contexto social, cultural, económico, político.

[3]Este aspecto de la disciplina es de muchísima importancia. Está en la base de los mejores logros a la vez que de las mayores distorsiones. Sobre ello volveré más adelante.

[4]¡Toucher du doigt! ¡Tocar con el dedo! es la frase con la que concluye un párrafo del texto que Le Corbusier nos propuso leer cuando le pedimos un mensaje para los estudiantes unos años después de este viaje. El texto está en la pág.21 del su Libro L’Atelier de la Recherche Patiente, publicado en 1960. Más adelante me refiero en detalle a lo que acompañó a su recomendación.

[5]He escrito algunas cosas que se sintetizan en la idea de que la consolidación del Absolutismo, la máxima centralización del Poder, abre la puerta a una intervención de las preferencias y caprichos de los soberanos (incluyendo la autoridad papal) asociada al voluntarismo del arquitecto, él convertido en profesional ad-hoc acompañante o favorecido por la autoridad, que distorsiona las decisiones relativas a la configuración del edificio y hacen por ocultar o alterar la razón constructiva frente a la razón formal. Ver el Blog oscartenreiro.com entradas de Septiembre y Octubre de 2017.

[6]Ver el Blog oscartenreiro.com – Entre lo Cierto y lo Verdadero- entradas del 19 de Noviembre de 2017 y siguientes.

[7]Lo formábamos Alicia Rodriguez Aguerrevere, Hernán Dupouy Yanes, ambos ya fallecidos muy jóvenes, Maximiliano Pedemonte Renodier hijo de extranjeros –padre italiano, madre francesa– y mi persona.

[8]L’Architecture d’Aujourd’hui era preferencial y en ella había aparecido un buen reportaje sobre Vegas y Galia, lo cual hablaba de su interés por nuestra parte del mundo, Villanueva era amigo de su Director André Bloc (1896-1966), a quien le encargó un mural en la Ciudad Universitaria

[9]Más adelante me refiero a la importancia del estudio de los Maestros, asunto crucial en cualquier disciplina, a propósito del testimonio de Lucio Costa.

[10]Actuaba como mentor de nuestro grupo político, vinculado como he dicho al movimiento social cristiano universitario, una persona extremadamente meritoria, Julio González, a quien le debíamos todos –y yo particularmente siempre se lo agradecí– una dedicación a nuestra formación intelectual muy cuidadosa y tenaz sugiriéndonos lecturas (Jacques Maritain, Georges Bernanos, Giorgio La Pira, Nicolás Berdiaev y otros) y también leyéndonos trozos por él seleccionados durante reuniones nocturnas en su apartamento de la Ave. Libertador en Caracas. Eran lecturas que ayudaban a la definición de una visión de la realidad política alimentada por los puntos de vista cristianos. Julio sin embargo podía juzgar con excesivo rigor a todo aquel que se alejase de su círculo de influencia. Usaba el término alienado para designar a quienes abandonaban el activismo: fue mi caso. O sea que me convertí para Julio y algunos otros del grupo en un alienado. Julio murió junto a su esposa y su pequeña hija en el terremoto de Caracas en Julio de 1967. Era una persona excepcional.

 

 

 

 

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PIDO EXCUSAS POR ESTE PARÉNTESIS

A propósito de las muy recientes declaraciones de José Luis Rodríguez Zapatero ex-Jefe de Gobierno de España sobre la situación venezolana, no puedo dejar de recordar aquí lo que le oí por primera vez a uno de mis maestros, el  Ingeniero Estonio-Americano Augusto Komendant (1906-1992):

“La inteligencia tiene límites, la estupidez no”

TODO LLEGA AL MAR (7)

Oscar Tenreiro

Cabe preguntarse aquí la razón por haberle dedicado tanto espacio a un viaje. Y lo he hecho porque lo que experimenté durante los dos meses largos que duró. tuvo un papel decisivo en mi formación. Descubrí la diversidad latinoamericana, la riqueza de sus múltiples tonos, sesgos, sutilezas que se funden en una sola cultura y envuelve a todo el continente de un modo único, impresión que alimentó en mí expectativas de un futuro común imaginado con los mejores trazos, tal vez utópicos pero que conservo hasta hoy. Y conocí gentes, se me revelaron otros modos de ver la realidad, visité lugares, tuve experiencias humanas –encuentros entrañables– que definieron mucho de lo que soy.  Tocó tantos aspectos de mi sensibilidad, de mi posición frente al mundo, que necesariamente influyeron en el desarrollo de lo que he llamado mi conciencia de arquitecto, porque pienso –y he insistido en ello– que Carlos Raúl Villanueva dijo algo verdadero cuando afirmó que el arquitecto es –o debe ser–un intelectual[1], condición que implica ser una persona abierta a todas las manifestaciones de la cultura, dispuesta a lograr que ellas alimenten, junto a otras cosas importantes, su conducta, sus aspiraciones y su forma de relacionarse con los demás, sin que olvidemos que la conducta incluye lo que hacemos y queremos hacer. Y siendo evidente que no sabemos porque es imposible saberlo cuales son los mecanismos psíquicos que hacen que la riqueza de nuestro mundo intelectual alimente lo que hacemos y queremos hacer como arquitectos, no por ello dejamos de darle la importancia que tiene. Sólo podemos conjeturar que algo que hemos observado, el detalle de algún encuentro, el cuadro que excitó nuestra curiosidad, una melodía, aquel espectáculo extraordinario, determinada vivencia, la visita que nos interesó, lo que al leer disparó nuestra imaginación, la permanente actitud de observación, todo eso o una sola de esas cosas, influyó en alguna de las decisiones que hemos tomado cuando se trata de proponer arquitectura. Pero es de la suma de ellas junto a otras tantas de orígenes más precisos –como por ejemplo las destrezas técnicas o expresivas– de donde se alimenta nuestra disciplina, del mismo modo como se alimenta lo que hacemos cuando nos sometemos a prueba en lo que llamamos creación. Por eso insistimos en darle valor a la ampliación de nuestro horizonte intelectual, tanto en tiempos de mayor madurez como –y muy especialmente– cuando fuimos estudiantes, razón por la cual ahora, cuando evoco un trayecto de vida, ahondo en este relato y hablo de lo que para algunos puede ser irrelevante, a raíz de nuestro tránsito de esos días por la geografía física y espiritual Latinoamericana, hito fundamental para mi formación cultural, para mi identidad.

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Reanudé pues mi afiebrada actividad –los estudios junto a la política dan Fiebre,nos lo dijo Miguel Otero Silva– nomás al llegar para cursar el cuarto año y luego un quinto en el cual ya sentía que la Escuela era un estorbo, pero tocado de amores y con proyecto de vida que en cierta medida iba a aislarme de mis pares, esa particular condición surgida de nuestro desarrollo personal que nos lleva a superar la tendencia gregaria –confundirse con el grupo­– de la etapa adolescente. El trabajo de Taller apelaba a nuestra mayor madurez de estudiantes de cursos superiores, progresión que parecía plantear cambios en el entorno estudiantil –compañeros, rutinas, preferencias– y el cultivo de una actitud más crítica, más exigente. Me alejé por ejemplo de amigos que permanecían ajenos a la tensión política, que era grande, los tibios de siempre para quienes lo que ocurría al país no era su problema mientras ellos estuvieran bien, así como dejé de frecuentar y preferí tener lejos a aquellos que seguían viendo la arquitectura en la misma forma elemental de cuando nos iniciábamos, porque ya mis intereses se nutrían de una curiosidad por conocer lo que estaba más allá de nosotros, en el mundo amplio y complejo que nos revelaban las publicaciones, los libros, los comentarios, las afiliaciones personales a las tendencias en boga. En resumen, comenzaba ya a crecer en mí una identidad personal que me planteaba renuncias.

Despuntaba una actitud ante la arquitectura, la cual seguramente influida por mis ansiedades políticas y, permítaseme decirlo, espirituales–para no decir psicológicas que sería menos discutible– e inmerso en la controversia en la cual parecía jugarse el destino de mi país, tomó una dirección que podría resumir así: la arquitectura era una respuesta al mundo, no sólo a mis construcciones personales. Estas formaban parte de la respuesta pero no eran su origen básico. El contexto, que es algo que va más allá de lo que sólo es coyuntura, de lo aparente, de lo novedoso, de lo que interesa a todos, es la clave. Una actitud que viene a ser la misma de hoy, cribada, filtrada por todas las experiencias exitosas o fallidas de tantos años.

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¿Donde iba yo a encontrar sustento intelectual para esta actitud? Si consideramos las ideas, los puntos de vista, las polémicas, el debate que tenía lugar por esos tiempos acerca de la disciplina, era imposible no echar una mirada al corpus doctrinario de Le Corbusier. Porque de los pioneros, de los llamados maestros del Movimiento Moderno, Corbusier fue el único que junto con su obra construida[2]intentó ensamblar con la palabra –que es donde reside el pensamiento trasmisible– un discurso que quiso nutrirse de los grandes temas de la cultura, divulgado por él mismo sistemáticamente buscando imprimirle dirección precisa a ese debate y a la vez proporcionando argumentos para participar de la controversia ideológica que se desplegaba en esos años como evolución de lo que venía diciéndose sobre arquitectura y arte desde la segunda y tercera década del siglo veinte. Mientras que la de los demás Maestros–aún la de aquellos que al construir abrieron puertas tan definitivas como las que él abrió– se expresaba en ámbitos mucho más restringidos, especializados podría decirse. Mies parecía demasiado fascinado consigo mismo, Wright empeñado en ser hijo fiel de un país que se entretenía con su ombligo y ya en ese tiempo de su mayor edad complaciéndose en explorar un lenguaje arquitectónico amanerado, lleno de giros decorativos que lo alejaban demasiado de sus extraordinarios hallazgos de la preguerra e inmediata posguerra; y Aalto (a quien siendo más joven podía considerárselo miembro activo de la cuaternidad de héroes modernos) cultivaba un mutismo que aún hoy, cuando con justicia se redescubre y se divulga su argumentación, parece propia de una personalidad orientada hacia la intimidad.

Todo lo que publicaba y había publicado Le Corbusier estaba afirmado en una ética bien definida y quería ser una especie de código moral. Le Corbusier hablaba para la formación –precisamente– de una actitud. Y lo hacía a partir de una visión culta, que aspiraba a ser amplia, haciendo por eso mismo de sus argumentos materia próxima a cualquiera, fuere cual fuere su origen, su contexto inmediato. El corpus de ideas de Corbu (he usado y seguiré usando este modo de nombrarlo) aspiraba a la universalidad, recordaba tiempos ilustrados.Y siendo verdad que mis virtudes de lector no me llevaron hacia un conocimiento serio de sus escritos –no era entonces un lector asiduo– en esa etapa estudiantil, si sabía en un sentido general de lo que hablaba. Es más, sentía que me hablaba a mí, aquí en este país del trópico que pugnaba por ser y aún no es.

No estaban todavía en el panorama de esos años los teóricos, los promotores de doctorados, los críticos que sirven de puente al mundo editorial, los que insisten en un filosofar de ropaje erudito. La palabra la tenían –era una palabra que podía informar, que abría espacios para pensar– los historiadores que narraban lo que había sido y trataban de ubicar lo que era. Y tampoco habían ocupado aún la escena pero comenzaban a ocuparla con las desastrosas consecuencias que ello tuvo para nuestra cultura arquitectónica –hablo sobre todo de nosotros aquí– los críticos que abrevaban en el marxismo, quienes junto a su empeño en decidir quien es y quien no es, son al mismo tiempo capaces –también desde la ideología– de apoyar tragedias como la venezolana de ahora.

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Decía que Corbusier nos hablaba personalmente. Lo que escribía se presentaba como dirigido a cada quien, sus argumentos eran directos, de sentido común. Esa cercanía era consecuencia de su deseo de estar, como lo dijo expresamente[3]alejado de todo propósito filosófico, haciendo uso de una lógica muy accesible, nada intelectualizada. Su arquitectura por otra parte, no se construía apelando a recursos tecnológicos ajenos –o inalcanzables– para nosotros: eran los mismos que servían de escenario a nuestra cotidianidad en la Ciudad Universitaria de Villanueva. Si otros de los arquitectos héroes parecían promover una arquitectura en cierto modo ajena a nuestro mundo, Corbu era una especie de amigo cercano venido de lejos, pero vestido con los mismos trajes. Cuando circuló en la Escuela, de mesa en mesa de dibujo, el volumen 52-57 de las Oeuvres Complètes con ilustraciones que mostraban el modo manual de doblar barras de acero y la famosa foto de la mujer con la cesta en la cabeza acarreando materiales, lo que observábamos era una demostración clara, sin palabras, de que el concreto armado estaba al alcance pleno de un país que pese a las limitaciones económicas que acompañaron su muy reciente independencia del Imperio Británico, asumía la construcción del Secretariado de Chandigarh usando ese material.  Chandigarh, ciudad nueva ya en ese entonces bien nombrada entre arquitectos y estudiantes, construida ex-nihilo a partir de lo imaginado y estructurado con especial tino –ha evolucionado en algo más de medio siglo sorprendentemente bien– por un europeo que admirábamos entre otras cosas porque supo entender una tierra y una realidad diametralmente distinta a la suya. Todo lo cual equivalía a decir que los instrumentos que hacían posible esa arquitectura, ejemplar en esos tiempos y aún hoy, estaban también a nuestro alcance. Se trataba de un discurso compatible con lo que éramos como sociedad, por encima de los desniveles obvios respecto a los países centrales.

Doblando barras de acero (cabillas) en Chandigarh a la manera de India, década de los cincuenta del siglo pasado. Foto de las Obras Completas de Le Corbusier 52-57

Acarreando materiales en Chandigarh para la construcción del Secretariado. Foto de las Obras Completas 52-57

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Si no manejábamos la idea de modo consciente, de todas maneras recibíamos el mensaje de que la tecnología no era para Le Corbusier –como sí lo es para muchas de las estrellas de hoy– una muleta que se convierte en imprescindible en términos de estilo personal, sino una elección dependiente de contexto y circunstancias. Construyó en concreto armado explorando sus posibilidades constructivas y lo hizo también en piedra o ladrillo cuando lo consideró necesario. Eso sin que olvidemos algo de la mayor importancia porque aludía a la dimensión artística de la arquitectura: Corbu convirtió en valor plástico la imperfección manejada como contrapunto, como contraste, como parte de un todo en el cual coexiste con lo más pulimentado. Seguía los pasos a lo que en pintura llevó al rescate de lo caricaturesco (Klee) mediante el gesto con pinceladas libres e impulsivas que alteraban facciones, que trastocaban proporciones, que ignoraban la perspectiva (Cézanne, Matisse, Picasso, Otto Dix, Beckman y tantos más), y decía con claridad que lo que importaba, más que refinar y sacar brillo, era la presencia del conjunto, era la oración completa más que la frase o la palabra aislada. Su manejo del concreto bruto, o del ladrillo con grandes juntas de mortero rústico, era todo un programa estético que se regó por el mundo –y estuvo sometido al esquematismo de los críticos como brutalismo– y nos decía a nosotros, habitantes de un escenario físico generalmente imperfecto, que no había motivos para la timidez o el temor de pisar en falso a causa de las evidentes insuficiencias de nuestro medio social. Era un mensaje estético, pero de dimensión ética indudable[4]:los recursos técnicos no podían convertirse en requisito de validez para la arquitectura.

Nada de extraño podía tener entonces, ni puede tener ahora cuando se juzga con medio siglo de distancia, que lo que he llamado en mi caso conciencia de ser arquitecto echara raíces en el mensaje corbusiano. Poco me afectaron entonces las críticas acervas con raíz ideológica marxista, tal como desdeño hoy las populistas-revisionistas. Y la más común de aquellas la motivaba la imagen de la mujer con la cesta ¿Cómo justificar, decían, la construcción con acarreo a mano de agregados para vertidos de concreto en sitio, en tiempos en que la prefabricación era común en el glorioso territorio revolucionario soviético? Una pregunta que revela una aplastante ignorancia acerca de contexto y circunstancias. Ignorancia que con otro signo se manifestó en la tendencia que en tiempos posmodernistas –el populismo revisionista– insistió en ver el pasado con los criterios del presente para así lograr audiencia, actitud que abrió paso al esquematismo e hizo más fácil el esfuerzo por encontrar culpables y en consecuencia convertir al más notorio, al más beligerante, al que más influencia tuvo en la opinión como fue el mesiánico Le Corbusier en chivo expiatorio de todos los males de la modernidad. Acusación que pasa por alto que en cierta manera, si usamos un criterio generalista tal como lo escribí más arriba, la voz de Le Corbusier fue la única que formuló de manera ordenada y estableciendo prioridades y puntos de vista fundamentados, los aspectos más sensibles del conjunto de argumentos que definían al Movimiento Moderno. Le Corbusier, para bien o para mal se convirtió por fuerza de las circunstancias –y por supuesto siendo su personalidad un terreno abonado– en portavoz demasiado visible de los planteamientos de la modernidad. Si se le puede acusar de mesianismo, no estaría mal apoyarse en Nietzsche para decir que fue un defecto de su tiempo reflejado en él.

La entrevista en el semanario L’Express de Paris, número del 3 de Diciembre de 1959.

[1]Lo que sigue es parte de lo que escribió Villanueva sobre el arquitecto con motivo de una conferencia que pronunció ante la Academia de Arquitectura de Francia el 19 de Julio de 1954, publicado en: Villanueva CR. (1980) Textos escogidos. Caracas: Centro de Información y Documentación de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Central de Venezuela (pp. 77-80). Es un resumen de una reflexión más amplia, y la considero el fundamento de lo que pienso en relación a nuestra disciplina: “Condensando, podría dar la siguiente definición: El arquitecto es un intelectual, por formación y función. Debe ser un técnico, para poder realizar sus sueños de intelectual. Si tales sueños resultan particularmente ricos, vivos y poéticos, quiere decir que a veces puede ser también un artista.”

[2]He insistido en otra parte sobre la idea, bien fundamentada en las corrientes filosóficas de nuestro tiempo, de que el pensamiento arquitectónico no se expresa en la palabra escrita o hablada sino en el acto mismo de construir o proyectar construir, mediante el dibujo de la imagen o de su prólogo –el proyecto– o en el edificio y los espacios que lo definen y dan vida. Las palabras de la Arquitectura son los muros, paredes, texturas, colores, detalles, el manejo de la luz, tantas de las cosas que son parte del fenómeno arquitectónico. La palabra hablada o escrita es, en consecuencia, previa o posterior al pensamiento específicamente arquitectónico, que no es otro que el edificio, lo que se construye, sea cual sea el medio que esté a la mano.

[3]En una entrevista publicada en el semanario L’Express el 3 de Diciembre de 1959, la cual me fue enviada por Gonzalo Castellanos quien  al llegar de nuestro viaje se fue becado a París y allá se estableció durante dos años, Corbu dice: estoy fuera de todo propósito filosófico

[4]“Ética y Estética son una y la misma cosa”. Ludwig Wittgenstein