TODO LLEGA AL MAR (9)

Oscar Tenreiro

El tiempo final de carrera lo pasé separado del trajín político, ocupado en parte con la casa de mi primo y entre esos amigos cercanos con quienes trabajábamos el proyecto de último año, que culminó a principios de Julio de 1960, siendo nuestro acto de graduación el 3 de Agosto de ese año.

Debía trasladarme a Chile donde vivía la que sería mi esposa, así que me enredé en muchas gestiones, organicé asuntos y manipulé aquí y allá para lograr el objetivo de viajar, vivir un tiempo en ese país a base de ahorros de mi trabajo durante un año como profesor de Dibujo Lineal en la Escuela de Artes Plásticas de Caracas y recibir el monto de una beca de mi universidad. Hice cuanto era posible para obtener la beca aprovechando las puertas que se me habían abierto –en cuanto a conocer los procedimientos– y entre lo que me impuse para mejorar el monto que me correspondía y así poder llevar a cabo mis planes, estaba casarme legalmente en Venezuela para que la beca fuese matrimonial. Y la única forma de lograr esto último era casándome por Poder–sin la presencia de la novia, representada por una amiga, y con autorización de mi padre por no ser yo aún mayor de edad–lo cual hice justo después de terminar la carrera.

Un mes después salía en dirección a Chile, país que veía con explicable afecto. Me esperaban dos años, que para ser justo respecto a lo que significaron para mi formación, debo sumar a mi escolaridad.

Pero antes de seguir debo mencionar dos cosas importantes. Una que resulta imposible saber cómo influiría, o ha influido, en mi esfuerzo por desempeñarme como arquitecto; otra cuyas consecuencias fueron más directas, mas previsibles.

Comencemos por la primera, que es el amor a la naturaleza.

Fue el mar, manifestación primordial de lo natural, lo que fue objeto de mi amor temprano, intensificado fuertemente cuando me asomé al mundo submarino. Me hice desde entonces, cuando apenas tenía catorce años, un apasionado de todo lo que éste ofrecía al disfrute y a la imaginación, un apasionamiento que acompañó todos mis años de estudiante. Y después, ya mucho mayor, se complementó con la navegación y gracias a ella –conocí todas las islas y los miles de kilómetros del litoral­­­– con la admiración hacia el territorio costero de nuestro país, a su cambiante verdor que va desde el verde intenso del extremo oriental que arrancó al Almirante la expresión Tierra de Gracia, hasta las secas planicies de la península de Paraguaná que se interpone antes del Golfo de Venezuela. Y podría decir hoy, con la perspectiva que me ha dado el tiempo, que no concibo la idea de alejarme de este Caribe que he llamado en alguna parte nuestro progenitor. Y pienso que ese sentir, unido a la fijación emocional nacida del afecto con la ciudad donde nací, a su clima, al perfil de la serranía que la separa del mar, a la vegetación de sus colinas del Sur que preceden los valles desde los cuales se abre la tierra interna, forma parte de mi persona, se ha ido grabando en lo que soy a lo largo de una historia que comenzó en los años en los que me inicié en la búsqueda de la arquitectura. Y no soy capaz de saber cómo dirige mi mente, como lleva mi mano, como modela mis deseos para decidir lo que hago. Así que me limito a decir que existe, que es real.

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La influencia de la segunda en la solución de dudas, en lo que nos ayudará a resistir a la tentación[1]es más directa, porque me estoy refiriendo al estudio de la arquitectura que otros han hecho. Estudio que lo hacen posible los libros y también ¿por qué no? las revistas. Y esto último lo digo porque bastantes veces se afirma que los estudiantes de arquitectura no deberían ver tantas revistas (hoy puede hablarse de tanto Internet) porque éstas confunden y estimulan las modas. Opinión análoga a la que Gropius tenía sobre el estudio de la arquitectura histórica. El prejuicio, pues, arranca desde que comenzó la renovación de los estudios de arquitectura, pero no lo comparto porque creo que del examen de esas otras arquitecturas surge una forma importante de conocimiento de nuestra disciplina. Hay desde luego el peligro de las modas, pero hay también muchos otros beneficios que dependen de quien examina la información. Y debo decir que en mis años finales de escolaridad le dediqué mucho espacio a ese examen. Vi mucho –sin extenderme pero con atención– las imágenes de la arquitectura de Le Corbusier y Mies. Y me interesé intensamente en la arquitectura que se hacía en Venezuela porque eran tiempos de mucha actividad para los pocos arquitectos actuantes, hasta el punto de que se ha hablado de esa época como dorada para nuestra arquitectura. Había pues buenas referencias a la mano que uno trataba de asimilar, desarrollándose un deseo de imitación que progresivamente podía ser el camino hacia el conocimiento. Hoy puedo decir que ese fue mi caso. Al principio se manifestó con alguna torpeza, pero a medida que el estudio se hizo más riguroso como ocurrió cuando de regreso a Venezuela en 1962 me dediqué a un examen sistemático de la obra de Le Corbusier utilizando las Oeuvres Complètes, se fue transformando en fundamento para la mejor comprensión de la organización del edificio, para la más consciente identificación de la aproximación moderna a la arquitectura: la imitación abrió paso hacia los orígenes conceptuales –y formales– de esa arquitectura. Una profundización que podía ir germinando como visión personal. Y cuando pude construir, que fue poco después de mi regreso, comenzó a transformarse en desarrollo autónomo.

Escribió Lucio Costa:…Estudié a fondo la obra de los creadores, Gropius, Mies van der Rohe, Le Corbusier –sobre todo éste porque  abordaba la cuestión en su triple aspecto: lo social, lo tecnológico y lo artístico, o sea lo plástico en su amplia exhaustividad[2].¿Qué mejor reconocimiento que éste por un arquitecto de los grandes que mucho tiempo después de sus años universitarios continuó formándose en el estudio de otros arquitectos y sus arquitecturas?

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Comenzó el 13 de Agosto de 1960 mi tiempo chileno. Que fue sobre todo un tiempo para hacer realidad proyectos íntimos: mis inquietudes religiosas, fundar una familia –tuve mi primer hijo un año después– conocerme como adulto autónomo. Y para someter a prueba mis destrezas como arquitecto mientras continuaba mi formación.

Ya he escrito más arriba cuan quieto era Chile en ese tiempo, con su crisis económica de larga data y sometido a tensiones políticas análogas a las venezolanas, en muchos aspectos de signo contrario (analogías que me hicieron pensar tiempo después que Venezuela y Chile son como yin y yang, dos realidades opuestas pero complementarias que se integran). Quería emplear mi tiempo en trabajar en temas relacionados con la vivienda social, ese había sido el motivo para solicitar la beca y lo aderecé con habilidad –no tenía definido el lugar preciso donde esa aspiración podría realizarse– ante el organismo de mi universidad que me concedería la beca, indefinición que poco importó entonces a quienes debían otorgármela. Así que me di a la tarea de buscar un lugar donde pudiera encontrar apoyo para ese propósito, el cual desde Caracas y siguiendo las sugerencias de algunos amigos chilenos podía ser la Corporación de la Vivienda (Corvi). Allí me dirigí encontrando buena acogida a mi propuesta: trabajar sin recibir sueldo –la beca me sostenía– pero proveyéndome de un lugar de trabajo e integrándome a la actividad del organismo. Y comencé como parte del personal profesional del Taller Zona Norte en Noviembre de 1960 poco después de mi matrimonio eclesiástico el seis de ese mes.

Fue un aprendizaje múltiple. Tuve por una parte mi primera impresión de la burocracia y su papel aletargador entre quienes se habitúan a ella. Pude también constatar cómo se desarrollan celos entre los profesionales de dentro, respecto a los profesionales de fuera con los errores de juicio y las actitudes defensivas. Y lo peor, el muy bajo interés por la creatividad, ahogada por la rutina establecida que los de dentro aceptan resignados. Tampoco fui objeto de algún intento de diálogo motivado por mi juventud e inexperiencia sobre qué hacer o cómo hacerlo: la misma historia de mis futuras experiencias burocráticas que incluyeron una en Francia de corta duración en esos mismos años iniciales y otra en los Estados Unidos como profesor mucho tiempo después: cada quien en lo suyo y nadie responde por nadie.

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Taller Zona Norte era el Departamento que se encargaba de los diseños para la parte norte del país, de clima y naturaleza diferente de la del Centro y Sur de Chile, territorio larguísimo y particularmente estrecho (4300 km –8000 con la Antártida–por apenas 177 de promedio) que por eso mismo planteaba esa diferenciación. Y desde los primeros días me encargaron diseñar un Colectivo tipo es decir un edificio-tipo de apartamentos, para la ciudad de Tocopilla, hoy con 30.000 habitantes, ubicada a 1500 kilómetros al norte de Santiago y 180 Km. al norte de Antofagasta, la ciudad más importante de la zona norte del país, hoy con un poco más de medio millón de habitantes.

Vino a ser ése mi primer trabajo profesional. Culminé el Anteproyecto a lo largo de un tiempo un poco largo –unos cuatro meses– que podría justificarse por las naturales dudas e inseguridades de un recién graduado que apenas conocía las disponibilidades constructivas del país. Entre ellas, por ejemplo las condiciones básicas para la estructura –­muros para rigidez en los dos sentidos – en un país de muy fuerte actividad sísmica como Chile, donde además se había producido uno el 22 de Mayo de ese mismo año 1960 con características casi de cataclismo. Aparte de que debí conocer los materiales disponibles y las muy estrictas normas de áreas mínimas que en ese entonces se utilizaban. Las paredes externas las propuse de bloques de concreto para las cuatro fachadas, característica que hoy me sorprende porque ese fue precisamente el material que utilizo en mi más reciente trabajo –el Hotel de Oripoto– aquí en Caracas 50 años después. Pese a su porosidad que exige precauciones en ambiente húmedo, se conserva muy bien en el tiempo si se protege de la lluvia, lo cual en este caso no era problema porque en el desértico norte de Chile prácticamente no llueve. Indagué sobre materiales para la tabiquería interna y la propuse parcialmente en aglomerado de madera, un material producido por la empresa Cholguán donde trabajaba un amigo, Rafael Chanes –fallecido muy joven–quien había diseñado y construido una casa-tipo usando esos materiales en un suburbio de Santiago. Propuse también un tabique en cada vivienda en paneles de concreto liviano.

Es un trabajo muy medido, sin pretensión alguna, que cumplía con lo que se me había propuesto. Llegué a él siguiendo los mismos pasos que sigo hoy cuando se me pide dar una respuesta arquitectónica: trabajar desde lo que conozco y en cierta medida ir construyendo la respuesta. Puede verse como un método de trabajo.

Reconstrucción actual según los planos que conservo del Colectivo-Tipo.

Otro aspecto de la reconstrucción actual en 3D del Colectivo-Tipo para la ciudad de Tocopilla-Norte de Chile. El lote permitió dos unidades-tipo.

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El Colectivo-Tipo para Tocopilla ni se llevó a proyecto ni se construyó, pero me sirvió para que me enviaran con gastos pagos en viaje de trabajo al norte, corto viaje –unos cuatro días– que es de los más interesantes que he hecho.

No soy capaz de evocar hoy los detalles de esa visita al Norte Grande porque se confunden en mi memoria pero sí puedo decir que fue una experiencia única conocer la maravilla natural que es el Desierto de Atacama, enorme territorio de más de 150.000 Km2, tierra interna (antes de llegar a las alturas andinas) de las ciudades chilenas al norte de Santiago, a partir de La Serena, hasta Arica en la frontera con Perú pasando por otras ciudades entre las cuales Antofagasta, la principal. Mi viaje comenzó en Arica, en la frontera con Perú a donde llegué en avión y bajé al sur por tierra, acompañado por un funcionario de la Corvi, hasta Antofagasta pasando por Iquique. Y fue desde Antofagasta donde me adentré en el desierto, yendo primero a Calama y un poco más allá a la inmensa mina de cobre llamada Chuquicamata para ir luego al Sur hasta San Pedro de Atacama y Toconao y de allí regresar a Antofagasta. Logré trasladarme en auto-stop, lo que los venezolanos llamamos pidiendocolitas, y comenzando desde Antofagasta hasta San Pedro de Atacama, desdedonde unos americanos de la Braden Copper me llevaron hasta la mina para luego regresar en autobús desde Calama. La primera colita desde Antofagasta a San Pedro fue nocturna, en camión de volteoy la tomé junto con un grupo de obreros que como yo hacían auto-stop, apretujándonos para protegernos del frío nocturno, fuerte en ese desierto.

Conservo todavía las fotos que tomé y de cuando en cuando las reviso, entre ellas la de un desarrollo de vivienda de la Corvi –Salar del Carmen–[3]proyecto del arquitecto Mario Pérez de Arce Lavín (1917-2010) que es una de las buenas obras de vivienda social que se construyeron en Chile en esos años y que aún hoy admiro.

Un cementerio en el Desierto de Atacama, norte de Chile, foto de 1961.

En el Desierto de Atacama, norte de Chile, foto de 1961

En el Desierto de Atacama, norte de Chile, foto de 1961.

Desarrollo de vivienda social Salar del Carmen en Antofagasta, Norte de Chile, obra del Arq. Mario Pérez de Arce Lavín (1917-2010). Foto tomada en 1961, al igual que las que siguen.

Detalle en una casa en el conjunto de vivienda social Salar del Carmen del Arq. Mario Pérez de Arce Lavín (1917-2010)

Entrada a una casa en el conjunto de vivienda social Salar del Carmen del Arq. Mario Pérez de Arce Lavín (1917-2010)

Un aspecto del conjunto de vivienda social Salar del Carmen del Arq. Mario Pérez de Arce Lavín (1917-2010). En este Blog apareció el 31 de Agosto de 2013 un comentario completo sobre este conjunto.

 

 

[1]“Hoy en día la diferencia entre un buen arquitecto y uno malo reside en que el mal arquitecto sucumbe a la tentación, el bueno la resiste”Ludwig Wittgenstein / Cultura y Valor / 1930.

[2]Lucio Costa, Registro de una vivencia 1986-94, reproducido en Con a Palavra Lucio Costa,aeroplano editores. Selección de Textos a cargo de Maria Elisa Costa, Río de Janeiro 2000

[3]Hice unos comentarios sobre este proyecto en una de las entradas de este Blog, la del 31 de Agosto de 2013.

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UN INCISO ÚTIL

Oscar Tenreiro

Me ha parecido útil, especialmente para los arquitectos venezolanos, incluir hoy unas fotos que tomé en Londres con motivo de la visita que hice a mi hermano Jesús, de regreso a Venezuela luego del viaje que he mencionado en la entrada que publiqué ayer. En ese momento había un buen grupo de jóvenes arquitectos venezolanos allí, casi todos trabajando en lo que en ese tiempo se llamaba el London County Council y fue sustituido en 1965 por el Greater London Council. Esta institución estaba a cargo del programa de las ciudades satélites de Londres, entre las cuales recuerdo los nombres de Harlow y Stevenage las cuales visité en esa oportunidad, programa que había acaparado atención internacional y que en alguna medida sirvió de modelo a las propuestas de Ciudad Fajardo (Guarenas-Guatire) y Ciudad Losada (Charallave-Cúa) para Caracas a mediados de la década del sesenta del siglo pasado.

También estaba en Londres, trabajando en la autoridad que se ocupaba del programa para construcción de escuelas prefabricadas conocido como CLASP (Consortium of Local Authorities Special Programme) Henrique Hernández (1930-2009) del curso anterior al de Jesús Tenreiro. Por razones que no recuerdo, quien me llevó al aeropuerto a embarcarme hacia Caracas conduciendo un pequeño Renault Dauphine fue Henrique con Jesús de copiloto. Ambos iban a cumplir como bien lo saben los arquitectos setentones de hoy –tal vez no tanto los más jóvenes, por desgracia – un papel destacado en el mundo de la arquitectura venezolana.

Si bien no podría decirse que se trataba de tres amigos –había distancia pero mucho respeto– en el trayecto Londres-Aeropuerto todo fue cordialidad, discreta como era el estilo tanto de Jesús como de Henrique mientras yo más muchacho seguía la pauta marcada por ellos. Sobre ambas personalidades, acompañando una de las fotos que incluyo hoy, escribí una nota inserta en este Blog el 30 de Marzo de 2009 que titulé Contrarios y Complementarios, invito a leerla.

También incluyo un par de fotos en las que aparecen algunos de los arquitectos cercanos a Jesús que coincidieron en ese tiempo londinense: Marta Valmitjana, Nelson Douaihi y Magalie Ruz.

Jesús Tenreiro a la izquierda y Henrique Hernández en el aeropuerto de Londres en 1959. Esta foto fue publicada en este Blog como parte de una nota titulada Contrarios y Complementarios el 30 de Marzo de 2009

Jesús Tenreiro a la derecha y mi persona en el Aeropuerto de Londres en Agosto de 1959

De izquierda a derecha Magalí Ruz, Nelson Douaihi (1934-2015), su esposa Vilma Capriles y Jesús Tenreiro (1936-2007) en Londres 1959.

Marta Valmitjana a la izquierda, Jesús Tenreiro y Magalie Ruz en Londres en 1959

 

TODO LLEGA AL MAR (8)

Oscar Tenreiro

Ortega y Gasset en su libro El tema de nuestro tiempo publicado en 1923, habla de La Doctrina del Punto de Vista[1].La cual podría explicarse en pocas palabras diciendo que toda apreciación de lo inteligible o lo que nos acontece depende de nuestro punto de vista, o dicho con sus palabras, todo conocimiento es desde un punto de vista determinado. Esta formulación de Ortega nace del deseo de dar a la visión individual un valor considerable si bien nada excluyente, porque al mismo tiempo que escribe que cada individuo es un punto de vista esencial (como modo personal de ver las cosas que se convierte en versión individual de lo que nos rodea) insiste en la complementariedad de los distintos puntos de vista. Nociones que me resultan útiles para decir que ya en esos tiempos cercanos al fin de mis estudios básicos se iba perfilando mi punto de vista respecto a la Arquitectura, el cual estaba marcado desde entonces y continúa marcado hoy por la idea de que la arquitectura responde a necesidades y que es a partir de esa respuesta[2]de donde surge, se desarrolla y evoluciona la forma arquitectónica. Trabajar en un sentido determinado que es personal e intransferible ese conjunto con frecuencia confuso de factores que se potencian o anulan los unos a los otros, mucho más que los impulsos de carácter artístico con todo lo que esta palabra implica, era para mí y es aún hoy, la labor del arquitecto.

Aclaro que entonces no hubiera podido referirme a ese punto de vista que comenzaba a madurar, con las mismas palabras con las que lo digo ahora, pero si sé que desde entonces me distanciaba –ya lo he dado a entender varias veces a lo largo de este texto– de la pretensión del arquitecto que dominado por la idea de que es sobre todo un creador, trata de trascender a priori los límites que impone la necesidad en busca de lo puramente expresivo. Pero así como Ortega insiste en que los distintos puntos de vista son complementarios, ambas posturas, la que privilegia la respuesta a necesidades como origen o la que se nutre sobre todo de la idea de creación, lo son igualmente; no pierden sino moderan su valor de verdad frente a la otra. Pero la que se perfilaba en mí con fuerza era la primera, repito, formulada sólo torpemente, más bien balbuceada y poco definida en mi conciencia. Era allí donde estaba y de allí partí para tomar muchas de las decisiones de los años siguientes.

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Tuve de modo inesperado mi primera experiencia de construcción, la cual logré colar entre las tantas cosas que reclamaban mi tiempo. Se trataba de un encargo que Jesús Tenreiro había recibido de un familiar cercano, una casa en la ciudad de Valencia a 150 kilómetros de Caracas, sobre la cual él había ya elaborado un Anteproyecto que puso en mis manos para que yo continuara su desarrollo puesto que él se ausentaría del país hacia Londres, donde iba a estar un tiempo como becario de nuestra Universidad.

Era una casa-patio, cuyo tratamiento externo imitaba la estructura de la Casa Farnsworth (1946-51) una obra clásica –obra maestra muy admirada en esos años– de Mies van der Rohe, una estructura metálica en la cual las columnas se adosan a las losas de piso y techo y continúan hasta el suelo suspendiendo la casa sobre el terreno.

La casa Farnsworth de Mies van der Rohe (1946-51)

Detalle de la casa
Farnsworth. Obsérvese como las columnas metálicas están adosadas a las losas de piso y techo.

 

El detalle del adosamiento Jesús lo convirtió en tema predominante sin darle demasiada importancia a que se tratase de un detalle típicamente metálico, muy ajeno al sistema constructivo a utilizar: una estructura de columnas y vigas de concreto con losas nervadas. Esa especie de disonancia no era algo convincente para mí, así que la abandoné, como tampoco me pareció bien el sugerir que la losa de piso flotaba sobre el terreno como podía deducirse de los esquemas que me entregó, en los cuales parecía separada del terreno; esto último porque se trataba de un terreno entre medianeras completamente plano y además estaba el patio que exigía la nivelación de toda la casa. Eliminé pues las apariencias como parte de un esfuerzo por apoyarme en lo que a mi ver era lógico, y seguí una disciplina constructiva básica trabajando el desarrollo del proyecto según lo que yo podía saber, es decir lo más técnico, lo que estaba a mi alcance. Y allí residió la trampa que me puso la realidad: no tenía capacidad, podría decir mejor referencias, o más concretamente vocabulario, para replantear con éxito, es decir reformulando su postura, lo que Jesús me había dejado como intención, así que el resultado fue demasiado obvio o elemental y lo obvio es lo que resulta no lo que se busca, y en arquitectura la búsqueda es fundamental[3]. No tenía a mano una búsqueda, algún objetivo expresivo que me permitiera superar lo más obvio, así que casi todo lo perteneciente a la esfera de la estética se me escapaba, estaba poco maduro para ello.

Más allá de mis insuficiencias sin embargo me enseñó mucho el diálogo con los artesanos que en alguna medida me proporcionó experiencia. Así que ya Jesús de viaje y yo en mi papel de arquitecto improvisado, a la venezolana de entonces, seguí adelante limitándome a cumplir el programa y elaborar los planos de proyecto fuera de todo refinamiento, entregándome a la autoridad del constructor y haciendo sugerencias ocasionales durante los viajes de supervisiónque se espaciaban cada quince días. El resultado reveló mis problemas, con la excepción del patio que tenía su encanto y sobre todo su justificación climática, pero lo demás fue rutinario aunque me quedó el orgullo de haber cumplido. Y mi hermano, dueño de más argumentos, talentoso en su capacidad de comprensión de los problemas del diseño, tuvo una anticipación del resultado cuando le mostré los planos en una visita que le hice en Londres en Septiembre de 1959 al regreso del viaje europeo al cual me refiero de inmediato. Y me lo hizo notar sin demasiada discreción.

(A la usanza venezolana de entonces, ni siquiera me molesté en tomar fotos de la casa terminada, así que ahora trato, dirigiéndome a mis parientes no ya tan cercanos –los hijos de mi primo– que me suministren alguna foto familiar en la cual algo pueda verse de la casa. No guardo ningún plano, ni esquema, e ignoro si hay alguno en los papeles que dejó Jesús. Y respecto a la foto sigo en espera)

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El viaje fue en las vacaciones de 1959 y fue tan decisivo en sus consecuencias como el que me había llevado al Sur del continente. Fui a encontrarme con quien sería mi esposa, pero junto a esa dimensión íntima, la experiencia del viejo continente y sobre todo poder ver, recorrer y tocar con el dedo[4]la arquitectura venida de la historia, iba a convertir a los escasos tres meses que duró mi visita en piedra de toque respecto a lo que vendría.

Durante este tiempo europeo hubo una visita a Chartres que me reveló de un modo único la magia de la arquitectura gótica y fue como la chispa que me impulsó un par de años después cuando regresé a París viniendo de Chile, casado, con un hijo y becado por la Universidad Central de Venezuela, a hacer una serie de visitas a monumentos góticos que me enseñaron algunas cosas fundamentales para cualquier arquitecto. Una de ellas, como una lección inequívoca de la arquitectura histórica, alterada solo por los caprichos barrocos,[5]la que nos dice que en lo constructivo es donde afirma sus raíces el fenómeno arquitectónico. Lo tectónico no es un término útil para el ejercicio crítico sino una condición inseparable de la Arquitectura.

Como interrupción del tiempo parisiense tuvo lugar una visita a la Unión Soviética que me permitió reforzar y ampliar muchas de las cosas derivadas de las exigencias de los años anteriores. Si bien era un viaje comercial típico de la política lanzada en esos años por el Régimen Comunista con vistas a impulsar el turismo, su finalidad en mi caso era la de comprobar o no las cosas que repetían en plan de propaganda ideológica los activísimos marxistas de mis años finales de universidad, y tratar de tener un atisbo de lo que era esa sociedad, elevada al nivel de modelo por esa misma propaganda.

He escrito en otra parte[6]con bastante detalle, las incidencias de ese viaje, al igual que otro que emprendí a Italia poco antes de mi regreso a Venezuela que me llevó a Milán, Venecia, Florencia y Roma. Ambos viajes me dejaron una fuerte huella. El de la Unión Soviética fue un pasaje entre tristezas, grises y desencantos, el de Italia una pequeña ventana hacia las inmensas riquezas artísticas de ese país. Y de todo ese tiempo de observación nutrido en primerísimo término por la vivencia benéfica de un amor adolescente preparaba el comienzo de mi adultez y la afirmación de las cosas que sólo se habían insinuado.

Mariano Picón-Salas despidiéndonos en la estación de tren –Gare du Nord en París– a su esposa Beatriz Otañez, a Marta Mosquera escritora argentina y su hija Delia Picón, poco antes de nuestra partida a Rusia en 1959.jpg

Inés Harnecker, hoy pintora en Chile (su hermana Marta sería en los años siguientes ideóloga del comunismo cubano), Delia Picón y mi persona en Italia, 1959.

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De regreso a Venezuela, mi activismo político duró hasta mediados de mi quinto año, comienzos de 1960, cuando se realizaron las elecciones a la Presidencia del Centro de Estudiantes, relevo que me permitió dejar atrás los enfrentamientos dentro de la muy notoria Federación de Centros Universitarios. Podía entonces centrarme más en los estudios por un lado –trabajé en ese tiempo final en un proyecto que hacía las veces del de Fin de Carrera que hoy se practica– y algo que tal vez podría llamarse activismo religioso, logrando interesar en el Movimiento de Schoenstatt a unos cuantos de mis amigos cercanos y no tan cercanos, con quienes me reunía con frecuencia para ver cuales podrían ser nuestras actividades comunes a la vez que mediante cartas y contando con visitas esporádicas de viajeros que paraban en Venezuela en viaje desde Chile a Europa, poníamos mucha esperanzas en que alguien desde el Sur se radicaría aquí en plan fundacional, algo que nunca sucedió.  Y lo central era, lo he mencionado con insistencia, el inicio de mi vida autónoma.

El Taller del Quinto Año cuyas obligaciones cumplíamos ya en plan de conclusión de una etapa, o sea con motivación escasa, tuvo sin embargo cosas de interés. Una de ellas la de que debimos acompañar como jefes de grupo a los estudiantes de semestres inferiores a un viaje de estudios al archipiélago de Los Roques que repetía el que dos años atrás había culminado en la propuesta que habíamos llevado al Congreso de Chile. Fue un viaje extremadamente interesante, diría incluso que memorable y sobre él me extendí en la entrada que publiqué en este Blog el 25 de Junio de 2016. Por lo cual me limitaré aquí a hacer notar que uno de sus resultados fue un esquema para un club comunitario en el Gran Roque, tema de uno de esos ejercicios que llamábamos esquicios (del francés esquisse – esquema o bosquejo– que se usaba en Beaux Arts) y que vino a ser el único trabajo de mi tiempo de estudios que he conservado y que aquí muestro.

Aparte de eso, el trabajo final me tomó larguísimas y constantes vigilias trabajando en casa de una amiga con un par de compañeros con quienes junto a ella funcionábamos como una especie de pequeño clan[7].A lo largo de esos tres últimos meses de estudios nos apoyábamos mucho en estudiar lo publicado en revistas[8]y, siempre, las Oeuvres Complètes[9]y vivíamos en un constante intercambio de comentarios sobre la actualidad que nos rodeaba, siempre aderezada por nuestra visión un tanto primaria, pero pasablemente informada sobre arquitectura y arte en general. Paralelamente a esa especie de reclusión movía todos los hilos que podía para preparar lo que en mi vida personal se iba desplegando.

Mi alejamiento del activismo político me granjeó la antipatía de los más ansiosos, y mi deseo de ser riguroso en mi vivencia religiosa me fue dando una apariencia que bien podía verse como egoísta, o tal como sé que lo juzgaban algunos de mis compañeros[10]como que estaba siendo víctima de un tipo de alienación. Todo ese cuadro en cierta manera me aisló, en radical contraste con lo que hasta ese tiempo me había ocurrido, cuando de la normalidad de estudiante apegado a la rutina pedagógica pasé a la agitación y la intranquilidad de una actividad, la política, basada en la permanente controversia, sujeta además al rendimiento público de cuentas.

Uno de los dibujos de mi entrega de esquicio para un Club Comunitario en el Gran Roque, archipiélago noventa millas náuticas al norte de La Guaira en Venezuela, hoy muy conocido. Los muros eran en concreto con agregado coralino, un material muy común en tiempos de nuestra visita, 7 al 11 de Abril de 1960. (Respecto a ese viaje ver la entrada del 3 de Julio de 2016)

[1]José Ortega y Gasset: «La Doctrina del Punto de Vista», en El tema de nuestro tiempo. Obras Completas, Vol. III, cap. X. Madrid: Revista de Occidente, 1966, pp. 197-203.

[2]Regida por la suma de las búsquedas, experiencias y expectativas del constructor –hoy en día del arquitecto– e influida de modo determinante por el contexto social, cultural, económico, político.

[3]Este aspecto de la disciplina es de muchísima importancia. Está en la base de los mejores logros a la vez que de las mayores distorsiones. Sobre ello volveré más adelante.

[4]¡Toucher du doigt! ¡Tocar con el dedo! es la frase con la que concluye un párrafo del texto que Le Corbusier nos propuso leer cuando le pedimos un mensaje para los estudiantes unos años después de este viaje. El texto está en la pág.21 del su Libro L’Atelier de la Recherche Patiente, publicado en 1960. Más adelante me refiero en detalle a lo que acompañó a su recomendación.

[5]He escrito algunas cosas que se sintetizan en la idea de que la consolidación del Absolutismo, la máxima centralización del Poder, abre la puerta a una intervención de las preferencias y caprichos de los soberanos (incluyendo la autoridad papal) asociada al voluntarismo del arquitecto, él convertido en profesional ad-hoc acompañante o favorecido por la autoridad, que distorsiona las decisiones relativas a la configuración del edificio y hacen por ocultar o alterar la razón constructiva frente a la razón formal. Ver el Blog oscartenreiro.com entradas de Septiembre y Octubre de 2017.

[6]Ver el Blog oscartenreiro.com – Entre lo Cierto y lo Verdadero- entradas del 19 de Noviembre de 2017 y siguientes.

[7]Lo formábamos Alicia Rodriguez Aguerrevere, Hernán Dupouy Yanes, ambos ya fallecidos muy jóvenes, Maximiliano Pedemonte Renodier hijo de extranjeros –padre italiano, madre francesa– y mi persona.

[8]L’Architecture d’Aujourd’hui era preferencial y en ella había aparecido un buen reportaje sobre Vegas y Galia, lo cual hablaba de su interés por nuestra parte del mundo, Villanueva era amigo de su Director André Bloc (1896-1966), a quien le encargó un mural en la Ciudad Universitaria

[9]Más adelante me refiero a la importancia del estudio de los Maestros, asunto crucial en cualquier disciplina, a propósito del testimonio de Lucio Costa.

[10]Actuaba como mentor de nuestro grupo político, vinculado como he dicho al movimiento social cristiano universitario, una persona extremadamente meritoria, Julio González, a quien le debíamos todos –y yo particularmente siempre se lo agradecí– una dedicación a nuestra formación intelectual muy cuidadosa y tenaz sugiriéndonos lecturas (Jacques Maritain, Georges Bernanos, Giorgio La Pira, Nicolás Berdiaev y otros) y también leyéndonos trozos por él seleccionados durante reuniones nocturnas en su apartamento de la Ave. Libertador en Caracas. Eran lecturas que ayudaban a la definición de una visión de la realidad política alimentada por los puntos de vista cristianos. Julio sin embargo podía juzgar con excesivo rigor a todo aquel que se alejase de su círculo de influencia. Usaba el término alienado para designar a quienes abandonaban el activismo: fue mi caso. O sea que me convertí para Julio y algunos otros del grupo en un alienado. Julio murió junto a su esposa y su pequeña hija en el terremoto de Caracas en Julio de 1967. Era una persona excepcional.