VER LA VIDA (28)

Oscar Tenreiro

Los viajes a Valencia fueron parte importante de nuestra vida familiar en los años infantiles y pre-adolescentes. En general los motivaba el Año Nuevo porque Navidades la pasábamos siempre en Maracay, pero de muy niños nos llevaban a los cumpleaños de la abuela el primero de Diciembre. Más grandecitos eran ocasiones festivas en las que esperábamos encontrarnos –y jugar– con nuestros numerosos primos. Y en general disfrutar de cosas que Maracay no nos ofrecía, como por ejemplo la exploración de ese lado de la familia y el baño en piscina donde dos de los tíos. A causa de las desavenencias parentales vivimos allá estudiando yo Cuarto Grado en 1946-47 tiempo en el que  agotamos la búsqueda curiosa puertas adentro, y también experimentamos los efectos de un prolongado cambio de ambiente.

Se me escapan las fechas, pero me parece que debido al estricto duelo que guardó mamá, estuvimos en Valencia la Semana Santa del año de la muerte de la abuela Elizabeth el 16 de febrero de 1949 y también, dejando a Ocumare relegado, las vacaciones de ese año, durante las cuales recuerdo como una experiencia interesante que estuvimos no sólo curioseando sino incluso trabajando en la fábrica de Sombreros Degwitz, la cual cerraría sus puertas pocos años después. En 1951 pasamos allá los carnavales, con octavita y todo.

La experiencia de Sombreros Degwitz la permitió y estimuló el tío Guillermo, el segundo en edad de los tíos, quien era el Gerente de la fábrica, la cual quedaba al lado de la casa de los abuelos, donde pasamos buena parte de esas vacaciones escolares. Ocupaba la fábrica todo el lado sur de la manzana[1]y lo más interesante era que se trataba de una industria autónoma: se bastaba a sí misma. Y por supuesto, toda la maquinaria era alemana. Sin duda el gran orgullo del abuelo, que no alcanzó a disfrutar debido a su temprana muerte.

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Estábamos autorizados a husmear por todos los rincones a condición de no entorpecer.  El impacto visual de las maquinarias y lo ingenioso de su mecánica excitaba la curiosidad y la imaginación, comenzando por ejemplo con la caldera de gasoil, un gran cilindro acostado sobre el lado largo, en uno de cuyos extremos por una abertura podía verse el quemador con sus llamas, visión que me impresionaba y me hacía pensar en el infierno. Esa caldera producía vapor esencial para los procesos empezando por una máquina que movía una enorme rueda –de por lo menos tres metros de diámetro– conectada con un generador de electricidad que abastecía todos los sistemas. Ver el comienzo de su movimiento todas las mañanas temprano era un espectáculo. Más allá una máquina también voluminosa escardaba la lana, importada en grandes pacas que se apilaban en un patio anexo, material básico de los sombreros. No recuerdo cómo se iba transformando la lana, pero en un momento dado de una de las máquinas salían unos conos que anticipaban ya la forma del sombrero. A lo largo de los distintos puestos de trabajo, por una red de tuberías circulaba el vapor que se usaba en el moldeado y demás preparativos, en algunas de las cuales, sobre todo en las que tenían surtidores de vapor que se aplicaba para hacer manejable el material, nos deteníamos a observar absortos la habilidad de los obreros para moldear el futuro sombrero sin quemarse las manos. En la etapa final había una especie de gran plancha que le daba la forma final a la copa, después de lo cual empezaban las tareas de acabados que culminaban con la impresión de un sello con una prensa manual en la cinta del lado interno del sombrero y la colocación en cajas para su transporte. Allí en esos pasos finales, nos pusieron a trabajar durante toda una semana, dirigidos por los obreros –había muchas mujeres– que rápidamente nos adoptaron y nos daban las instrucciones necesarias. Yo me ocupé de la prensa que imprimía la marca en letras doradas gracias a un papel dorado que se prensaba contra un molde con letras y números poniendo en el medio la cinta del sombrero. Después de un tiempo equivocándome bastante logré un resultado aceptable. Y lo mejor vendría el sábado en la mañana, día de pago, cuando junto con los sobrecitos del dinero de los obreros nos entregaron uno a cada uno de con algunos bolívares, no recuerdo cuantos, inesperada recompensa…

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Para fin de año viajábamos desde Maracay para llegar en la tarde a tiempo de cambiarnos y esperar la llegada de los numerosos primos, especialmente los Degwitz Figueredo, muy próximos en edad, a quienes se sumaban a veces los que venían de Caracas. Y empezaba esa especie de permanente actitud de juego que es privilegio infantil. Jugar en el sentido que la palabra tiene para un niño, que más que a un juego específico se refiere a una actitud: estar con alguien de la misma o parecida edad, en plan de hacer algo juntos sin interferencias de los mayores, y sobre todo reír y hacer reír al otro. Y de eso se trataba en las tardes-noches que precedían la llegada del Año Nuevo: ir de aquí para allá a todo lo largo de la casa produciendo un bullicio que no alterara demasiado a los mayores, con el patio de atrás como lugar preferido junto a la medianera de la fábrica de sombreros. Y entre los primos había algunos con los que había que contar para aumentar el disfrute. Uno de ellos era Carlitos, la otra Ana Teresita, ambos hijos de Ana Teresa Figueredo y Carlos el hermano de Cecilia; los dos de una simpatía desbordante y sobre todo productores permanentes de ocurrencias. Anita se hizo muy cercana a Carlota y Carlitos mantuvo contacto estrecho con nosotros hasta la adolescencia temprana, y aún después en su amistad con mi hermano Edgardo. Murió demasiado joven, dejando en mí –hablo de como lo vi siempre– la imagen de la simpatía viviente, esa cualidad que algunas personas tienen de llevar cordialidad en todo instante, haciendo presente el placer de estar vivo. Conocí después de Carlitos a un par de personas así y se me antoja cuando estoy en clave de imaginar posteridades, que estarán en el lugar destinado a quienes, al parecer y sin ahondar demasiado, vieron la vida en actitud sonreída.

Foto de familia en Diciembre de 1940, Estoy en el regazo de la abuela, a su derecha Jesús; a sus pies Pedro Pablo y la prima Elena. En la última fila a la derecha, en el extremo, Tía Alesia con Carlitos y a su derecha mamá con Carlota. Papá de pie detrás de la abuela y de la prima Clara; a su izquierda Hermann, a su derecha Guillermo. Edgardo no había nacido.

Diciembre de 1941. Ya Edgardo nació y está en brazos de la abuela; a su lado Pedro Pablo, Jesús sentado en el suelo a la derecha al lado de la prima Elena. Mamá con Carlota cargada arriba a la derecha y después de tía Carlota y Alesia papá me tiene cargado y se asoma con dificultad. En el extremo opuesto a mamá, el tío Ricardo cargando a la prima Herminia

Un fragmento de esta foto ya la publiqué al hablar de Carlota. Aquí los primos que más se conectaban. Yo de marinero en el medio, Edgardo detrás y también Carlota. A mi derecha el primo Oscar, a mi izq. Gustavo, de Caracas; detrás de Edgardo Carlos Henrique también de Caracas, en los extremos del lado izquierdo Ana Teresita, del derecho Elena. La fecha: 1945.

 

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El cambio escolar repentino también tuvo consecuencias. No me aventuro a especular en el caso de los hermanos, pero para mí, aún a mi poca edad –ocho años– tuvo repercusiones. Por un lado, no muy positivas si me refiero al rendimiento, porque fue el año de primaria en el que tuve peores notas. Pero en otros aspectos fue bueno. Por una parte era un colegio –Colegio La Salle–mucho más estructurado que el San Pedro Alejandrino. Funcionaba en un edificio construido especialmente, no muy atractivo, de arquitectura rígida y desangelada, triste, normada por criterios españoles propios de la organización La Salle-España que se aplicaron no sólo en Valencia sino en Caracas (Tienda Honda-Sebucán), y Barquisimeto. El resultado no era el mejor, pero en fin de cuentas tenía una compostura de la cual carecía la casona del San Pedro Alejandrino. Así que venía a ser un mejoramiento de nivel, a lo cual habría que agregar que el cuerpo de maestros y profesores –Jesús y Pedro Pablo ya estaban en secundaria– lo integraban Hermanos Cristianos de origen español con buena preparación, que ejercían un tipo de pedagogía que pese a ser tradicional, era bastante eficaz. Y en Cuarto Grado se encargaba de aplicarla el Hermano Elías con quien tuve una buena relación si dejo fuera su poco sentido del humor y esa tiesura española que tan distante resulta para cualquier niño de esta parte del mundo.   Se trataba en fin de cuentas de un típico colegio de curas de esos tiempos venezolanos, en el cual el deporte era el fútbol y donde había una constante referencia al escenario religioso que está en el origen de la congregación.

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Escenario que podría pensarse tuvo en mí un efecto particular si se considera el curioso –por inesperado– impulso que tuve y se mantuvo durante un tiempo, ya a la puerta de las vacaciones de fin del próximo curso que haríamos en Maracay, de entrar en el mundo eclesiástico. Dicho en otras palabras, de hacerme sacerdote. Y lo juzgo curioso porque surgió de un modo sorpresivo, como algo íntimo, impulsivo, que podría comparar, por la dificultad de encontrar las razones que lo motivaron, con el deseo que tuve y explicaré más adelante de aprender a tocar violín, comparación que equipara ambos deseos como caprichos que podrían esperarse de un niño de mi edad, comparables tal vez  a fantasías vinculadas a un ambiente distinto, menos rutinario, sensación de cambiar, de destacarse sobre lo inmediato que se presenta en uno muchas veces, niño o no,  y en este caso deja espacio para preguntarse si no es de ese modo que maduran las vocaciones tempranas que terminan siendo posiciones duraderas ante la vida. Impulso, capricho o fantasía, sobre el cual conversaba con un amigo cuya figura recuerdo con claridad y el nombre menos, que sé que estaba entre Lara y Ojeda, y así lo llamaré. Era también lo suficientemente fantasioso como para sumarse a mi deseo; pero a la vez particularmente ingenuo como lo demuestra lo que me contó después de haber visto el año anterior, por segunda vez, la película Escuela de Sirenas con Esther Williams[2]: salió del cine decidido a irse de Venezuela cuando fuera mayor en búsqueda de un ambiente similar al que se describe en esa película. Pensó que ese era su destino. A él, me decía, ese modo de vida lo había maravillado y quería buscarlo. Me contó que tuvo eso en la cabeza cierto tiempo hasta darse cuenta de que semejante intención era imposible de cumplir.

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 Y en realidad Lara-Ojeda no era tan ingenuo si vemos el asunto fuera del peso de la ideología: era simplemente un niño sensible a los estímulos como lo era yo o cualquiera, que antes del despertar de su sexualidad –8 yo como he dicho, él tal vez 10– reaccionaba a uno tan fuerte como el de una película llena de imágenes rosadas, bien maquilladas, que mostraban un mundo en el que todos tenían su puesto fuera de sospecha alguna. Para él, hacerlo posible en su vida era un objetivo razonable. De habitante en ciernes de una ciudad pueblerina en la cual lo primitivo y bárbaro se mezcla con lo sencillo y auténtico, quería pasar a ser protagonista de una vida fácil con dinero disponible, parte de un mundo amabilísimo y cursi, rodeado de sirenas, mujeres hermosas que danzan coreografías acuáticas, tal como si saltara a vivir en la pantalla a la manera de la película que muchos años después produjo y dirigió Woody Allen[3]. Deseo de ser parte de un mundo que, si la ideología no interfiere, quedaría claro que es perfectamente análogo al que se le ofrece, en nombre de la revolución y las múltiples patrañas totalitarias, a los niños que participan en un acto público lanzando loas al padrecito Fidel casi gritando y con dicción tajante y ensayada. Tan inducido artificialmente es uno como el otro.

En todo caso, ahora la fantasía de Lara-Ojeda era radicalmente distinta y coincidía con la mía: también deseaba ser sacerdote, lo cual por cierto resultaba creíble en él por su mayor edad –ya dije que le supongo dos años más que yo– y era además muy religioso. O sea que éramos un par de muchachos fantasiosos que queríamos cambiar nuestro mundo, hacerlo ideal. Lo lograríamos mediante nuestra transformación en sacerdotes.

Y veo ahora al echar el cuento sobre este episodio tan particular, que sin estar consciente de ello, estaba repitiendo en cierta medida la historia de mi padre cuando entró al Seminario de Caracas en 1918 de 13-14 años.  Una emulación completamente casual que sin embargo hace pensar.

Lo cierto es que ese par de fantasiosos, mi amigo Lara-Ojeda, flaco, de anteojos, de pelo castaño claro, y yo, decidimos un día, no sé cómo ni cual fue el camino que seguimos para ser recibidos, acercarnos al Seminario de Valencia a hablar con un cura conocido de él acerca de nuestra intención, cosa que hicimos. Y tengo clara la imagen de él y yo identificándonos en la entrada hasta ser conducidos a una oficina donde nos sentamos frente a un cura que estaba detrás de un escritorio. Nos oyó con mucha atención y al final de nuestros alegatos nos dijo que todo estaba muy bien pero que había que esperar que el tiempo actuara. Éramos demasiado jóvenes para tener seguridad acerca de nuestro deseo. Nos invitaba además a tener un corto momento de oración en la capilla antes de irnos.

Y allá fuimos, lo recuerdo muy bien. Era un lugar sombrío en el cual destacaba un Cristo bastante grande que estaba sobre el Altar mayor –reconstruyo e imagino– y ante él, arrodillados y silenciosos Lara y yo pronunciamos algunas oraciones. No era una representación, era un momento auténtico como pocos he tenido y eso lo hace vívido.

No iba a durar mucho mi impulso. Al regresar a Maracay ya no insistí más en la idea y vendría la Primera Comunión con otro estado de ánimo. Además, como he dicho ya, yo nunca hubiera podido ser sacerdote: aparte de que la mujer es demasiado importante para mí, perseverar en un mundo austero y delimitado me hubiera sido imposible.

No era el Cristo de Velásquez que aquí vemos el que estaba en la capilla del Seminario, pero sería tal vez una mala copia. Desde luego allí había un Cristo.

[1]Quedaba entre la Calle Constitución, hoy llamada Ave. 100 y la actual Ave Urdaneta, a lo largo de la Calle Comercio que era el límite del lado más largo. Los suministros eran por la Calle Comercio y la fachada comercial por la Ave. 100.

[2]Estrenada en EUA en 1944. Los actores: Esther Williams, Red Skelton. Tuvo mucho éxito en el mundo y también aquí, manteniéndose en las carteleras venezolanas en los dos o tres años que siguieron. En ella el tenor colombiano Carlos Julio Ramírez interpretó la canción Muñequita Linda de María Grever que pese a su evidente cursilería fue muy celebrada https://www.youtube.com/watch?v=MLtbbMdICwU. Aún se canta e inspira pensamientos románticos. Ví la película un par de veces.

[3]Hablo de La Rosa Púrpura del Cairo rodada en 1985, con Mia Farrow, Jeff Daniels, Danny Aiello, Edward Herrmann y otros.

VER LA VIDA (27)

Oscar Tenreiro

Desde que aprendimos a nadar, la playa de Ocumare dejó de ser un riesgo. Supimos sortear sus fuertes olas con infantil destreza, hasta el punto de que cualquier playa tranquila nos parecía aburrida, un fastidio. Si bien las noticias –porque nunca fuimos hasta allá cuando niños– sobre la Playa Grande de Choroní en días de mar fuerte hablaban de ella como más difícil que el difícil Ocumare y se decía siempre de ahogados allá, durante la temporada vacacional.

Poco tiempo después ya sabíamos correr las olas, distracción que agregó otro goce al baño. Y entre los cinco destacó Pedro Pablo como quien mejor sabía sortear las olas grandes, y dio muestras de ello una tarde temprano en la que empezó a encresparse el mar de tal manera que decidimos salirnos porque estaba demasiado fuerte. Salirse de un mar fuerte requiere tanta habilidad como entrar, para evitar que las olas que vienen detrás te revuelquen. Hay que dejarse llevar por una última ola y al apagarse salir rápido, con decisión. Así nos salimos, pero se quedó muy atrás Pedro Pablo confiado en sus habilidades, al tiempo que a lo lejos se veía alzarse una fenomenal ola que nos hizo gritar advirtiéndole el peligro; tuvimos miedo. Pero Pedro Pablo, con su estilo displicente, se regresó a enfrentarla y logró pasarla por debajo antes de reventar, sin mayores apuros. Serían tal vez las tres o un poco más, a las cinco ya había entrado en la bahía un poderoso mar de leva de los que son un verdadero espectáculo de la naturaleza. Nos habíamos salido a tiempo. No había adultos por ahí aconsejándonos, disfrutábamos de la independencia de las vacaciones, y en la casa, a tiro de piedra del sitio en el que estábamos, no había movimiento.

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Durante las primeras temporadas de playa fueron tomando forma ciertos hábitos, uno de ellos el cambio del calzado: las alpargatas eran de uso obligatorio. Lo cual no venía mal y era sobre todo económico, aparte de que en mi caso siempre he tenido problemas de pies, porque los tengo muy anchos, porque los tengo planos, porque tengo un modo peculiar de caminar que hace que entren por el hueco frontal de la alpargata todas las posibles piedritas que pueda haber en el camino. O sea que después de un rato de caminar de aquí para allá tenía que quitármelas para sacudir las piedritas. Lo cierto es que, si bien como todos los hermanos usaba mis alpargatas, mi autonomía de vuelo era muy reducida. Así que siempre me quedaba un poco atrás de los demás para sacudir las piedritas.

Por otro lado, como la tela de las alpargatas, y sobre todo la de esa época, se estira, al cabo de algún tiempo, para que no se nos salieran, había que ponerles unos guarales adicionales que cruzaban por encima del pie uniendo los tirantes laterales, de lo cual se encargaba mamá inmediatamente después de comprarlas.

Las alpargatas a su vez causaban algunos problemas, uno de ellos, que la suela al mojarse manchaba la planta del pie. Pero el verdadero problema es que no ofrecían suficiente protección contra las niguas, unos insectos parásitos –como si fueran pulgas– que se alojan en los pies, pican y molestan, venidos de la tierra, a donde llegan llevados por los cerdos y seguramente por otros vectores que no alcanzo a precisar. Andábamos en alpargatas por la parte de atrás de la casa, o de las casas cercanas, de las vacacionales a la orilla de la playa o de tierra adentro en el Playón, y en todo ese extenso territorio podía perfectamente haber pasado algún cerdo realengo[1], así que no tardaban en aparecer en los pies una serie de puntitos negros que picaban, cada uno una nigua con sus huevos, las cuales mamá debía extraer con un alfiler. Y tengo el recuerdo de haber sido sometido a esa operación de limpieza algunas veces, la cual por cierto no era sino levemente molesta, pero eso sí, un trabajo más para la madre de familia.

La típica alpargata venezolana

En esta ampliación de una foto que ya mostré, nosotros cuatro menos Pedro Pablo quien tomó la foto, caminando en El Playón acompañados de los hermanos Lairet (Andrés y Julio) pueden verse mis alpargatas (estoy a la derecha) y las de mi hermano Edgardo (izquierda). Jesús Antonio y Carlota no las usaban; uno por privilegio de mayor, la otra por niña…

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Ese andar por detrás de las casas me dejó, desde la primera vez que lo hice de muy niño, una experiencia puramente sensorial que se repetía siempre que lo hacía de nuevo, y ya más grande me llevaba hacia atrás en el tiempo. Hoy en mi recuerdo se ha transformado en una especie de alegoría sobre el clima costero venezolano marcado por esas brisas permanentes que son los vientos alisios. Su persistencia en la memoria me llevó a escribir sobre ella, y lo hago ahora de nuevo porque me permite volver hacia uno de esos momentos que nos dispensa la Madre Naturaleza. Que, si como ya he dicho, me dejo llevar por mi modo de ver la vida, me transportan hacia algo superior, abren por sí solas una ventanita hacia la Fe que me resisto a perder totalmente.

Cuando uno se asoma al mar, es decir, lo ve de cerca, a nivel del suelo y avanzada la mañana –digamos a las once– en cualquier punto de la costa de nuestro país, nos envuelve, como un abrazo de afecto, una brisa suave y persistente que reconcilia con el mundo y con uno mismo. Así recuerdo haberlo vivido más de una vez, cuando desde un sitio protegido del sol directo pero abierto generosamente en todas direcciones, uno de esos balcones o terrazas que se resumen en el de la casa nuestra de Ocumare, me sentaba viendo la superficie del mar, limitada por el horizonte. Brisa paradisíaca en el sentido, no de un paraíso de figuras luminosas imaginado en el Renacimiento e interpretado por un romántico como son las del Dante-Doré que aquí he mostrado, sino como una muestra mucho más terrena de la bondad: el simple movimiento de las masas de aire en un cielo sereno y azul que nos lleva a desear que el tiempo se detenga. Para dejar pasar el aire por la piel y decir con Alberto Caeiro: [2] Toda la paz de la Naturaleza a solas / viene a sentarse a mi lado. Se hacía –se hace– posible entonces saborear la vida en el instante que todos buscamos instintivamente. El que buscaba mi padre cuando rodaba su silla de extensión hacia el borde de la arena y mamá se sentaba a su lado.  En la sombra.

Pero siguiendo el ritmo de cualquier día, impulsado por la curiosidad o el hastío infantil, si me alejaba del mirador marino e iba hacia la parte de atrás de la casa convirtiendo al terreno en barrera que detenía la brisa, la impresión cambiaba radicalmente. No sólo la hermosura del amplio horizonte desaparece transformada en reclusión mucho menos atractiva, sino que se instala un repentino silencio al desaparecer el rumor de las olas y el golpe del viento en la cara. Se abalanza sobre uno el calor real no atenuado por el paso del aire, se imponen las condiciones que se le atribuyen al clima de nuestras latitudes. Surgía entonces con este simple traslado de aquí para allá, un mundo diferente, el de los torditos, pajaritos negros de nuestras playas, explorando el árbol de uva de playa o los almendrones, el correr de los cotejos y el ruido de los pasos sobre las hojas caídas, los cangrejos –a veces los azules– que querían salir sigilosos de sus madrigueras: era el ambiente de tierra adentro que se iniciaba, o que terminaba, según la dirección de nuestro movimiento. Ya no estábamos en el mar, allí empezaba nuestra tierra.

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Probar puntería parece tener siempre un atractivo especial en niños y adultos. Yo cedí a ese atractivo de modo especialmente fuerte. He contado cuanto me atraía el rifle de aire de mi amigo Franco Russo y cómo me ejercitaba buscando matar pajaritos, un objetivo nada recomendable pero que estaba vivo en mis deseos y reconozco con rubor. Sin que haya mencionado que un rifle de aire que había donde mi tío Oscar en Valencia ya había estado en mis manos y me había quedado el deseo de tener uno, deseo que sólo se cumplió cuando adulto. Todavía está el rifle por allí en un closet de mi casa. Pero quedó a mi alcance un instrumento para probar puntería que habría de ocupar toda mi atención durante un buen tiempo convirtiéndose en una fiebre: la china, o dicho en español más universal la honda –tirachinas en España–construida con una horqueta, una vieja tripa de rueda de bicicleta cortada en tiras y un pedazo de cuero sacado de alguna cartera de mujer en desuso.

China parecida a la venezolana.Demasiado bien hecha y los tirantes de una goma especial. (Internet)

La horqueta debía ser de un árbol de madera dura y era siempre difícil encontrar una apropiada. Las mejores eran de palo de guayaba, pero los arbolitos de guayaba no estaban tan a la mano, así que la mía era de una madera cualquiera, no recuerdo cual, y le instalé las gomas y el cuerito para la piedra imitando otras chinas hasta lograr un resultado aceptable. Y comencé a probar puntería en la parte de atrás de la casa con los cotejos[3] que merodeaban. Hasta lograr darle a uno que ha quedado para mí como la única víctima de mi china, si no tomo en cuenta que sólo lo aturdí y se recuperó. Pero así y todo me preparé en esa misma vacación para ir de caza. Que consistió en una sola salida junto con un amigo lugareño cuyo nombre ya no tengo, quien con su china se presentó en nuestra casa una mañana y salimos juntos camino del cerro de La Punta, como ya he dicho, el límite oeste de la bahía, al cual comenzamos a subir tomando el camino que llevaba hacia Maya, la bahía que sigue a la de Ocumare, a ver si veíamos alguna palomita que sabíamos propias de esa zona. Anduvimos por esas laderas rocosas y muy secas, tan secas que parecía el peor escenario para encontrarnos con una paloma, durante un par de horas con ningún resultado, hasta que por fin ante la evidencia del fracaso emprendimos el regreso un poco derrotados.

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Pero no todo estaba perdido. En el tope de una pared que limitaba el patio de una de las casas construidas al pie del cerro estaban tranquilamente un par de palomas. Eran palomas caseras evidentemente, pero para estos dos cazadores frustrados se ofrecían como un objetivo inesperado de la excursión de caza. Mi amigo tenía puntería y la ejercitó inmediatamente derribando la primera y un poco después la segunda… ¡éxito total! Las dos palomas, muertas ya, quedaron en nuestra propiedad sin problemas…hasta que se sintieron los gritos escandalizados de una señora que desde el patio de la casa lanzaba toda clase de calificativos dudosos contra este par de salvajes que acababan de matar dos de sus palomas.

Salimos corriendo cerro abajo cada uno con una paloma en la mano. las cuales para completar el cuadro bárbaro me parece que eran blancas. Pero a nosotros, impertérritos, nos interesaban sólo los trofeos de caza. Así se los presentamos al llegar a la casa a Gregorita Balcázar la cocinera, pidiéndole que las cocinara. Sospechó algo al principio, pero acabó por aceptar que eran palomas semi-silvestres (que tal vez lo eran, por cierto). Y las cocinó con salsa y todo, porque Gregorita era una gran cocinera. Mamá sólo se enteró cuando estaban en los platos. Mi amigo y yo almorzamos un buen guiso de paloma.

Y digo para terminar que espero ser perdonado por quienes lean de nuestra travesura en nombre de la muy significativa manera de ver la vida que tenían un par de niños que lo que más les importaba es hacer el papel de cazadores. Y acercarse, aunque fuese por una vía un tanto dudosa, a la imagen adulta, puede ser una de las cosas más importantes para cualquier niño. Yo mismo hace mucho tiempo que me perdoné. Y tal vez volvería a ser cómplice de un asesinato de palomas.

[1]Realengo se le dice en Venezuela, si es persona, a quien vaga sin pertenecer a un lugar u obedecer a la ley, y si es animal, sin tener dueño.

[2]En su libro El Guardador de Rebaños (1925) que Fernando Pessoa presentó como escrito por su heterónimo Alberto Caeiro.

[3]Lagartija común

VER LA VIDA (26)

Oscar Tenreiro

He mencionado antes una de mis fascinaciones en Ocumare: la de contemplar las rompientes en el lado oculto –desde la playa– de La Punta, donde las estribaciones de roca volcánica del cerro que separa Ocumare de la bahía de Maya entran en el mar como negras láminas de bordes filosos. Allí podía quedarme si hubiera ido por mi cuenta desde las primeras veces que estuve a los seis o siete años, viendo como las olas atacaban una y otra vez las rocas, y la masa de agua regresaba a encontrarse con nuevas olas formando surtidores de espuma. Coreografía que podía repetirse siguiendo el ritmo de las olas,  aparentaba repentina calma o adquiría súbita energía que hacía saltar agua y espuma. Se formaban hermosas e intimidantes figuras que representaban el enorme poder del mar y me hacían desear que arreciara el viento y crecieran las olas para sumarse a esa especie de escándalo acuático. Uno asistía a una representación siempre variada –cada ola, cada rompiente, cada figura de espuma, diferente– todo acompañado del sonido del agua luchando consigo misma sumado al del viento, obligándonos a gritar.

Repito que aún siendo tan niño podía pensar en quedarme allí mucho tiempo observando y esperando, sobre todo en los días de mar fuerte, el impacto de la próxima ola, porque podía ser esa la que saltara más, pero también porque me resistía a irme. Sin saberlo estaba en actitud de contemplación como puede estar un niño cuando algo captura su atención y lo sume en algo parecido a la ensoñación. Contemplaba sin saber lo que es contemplación. Sentía, podía decir, que éramos tutelados, especialmente un día cuando observaba desde  un poco más arriba, junto a una cruz grande de madera que alguien había instalado en el sitio como recuerdo de alguna muerte o como homenaje religioso, tropecé en el borde y perdí momentáneamente el equilibrio debiendo agarrarme de la cruz para no trastabillar. Se lo conté a mamá exagerando y ella le dio un significado oculto. Yo también.

Pienso hoy que esos fenómenos que muestran el poder de la naturaleza como constante repetición de un dinamismo que viene desde siempre y seguirá mucho más allá del tiempo nuestro en un eterno movimiento –una cascada, un poderoso río, las olas rompiendo, el paso de las nubes, una tormenta eléctrica a lo lejos– son una forma de lenguaje que nos habla a todos, y en cierto modo nos inmoviliza, aún siendo muy niños, para recordarnos nuestra fragilidad. Veíamos las rompientes durante un buen rato desde arriba del cerro sobre las rocas. Y desde que las vi la primera vez me daba miedo pensar que pudiera estar allí abajo luchando infructuosamente con el mar: moriría sin remedio y dependería solo de que el Dios tutelar me quisiera tender la mano.  Me sentía pequeño, frágil, indefenso ante tanto poder. Su materialización en ritmos, sonidos, súbitos saltos que parecían advertencias, su total invasión de los sentidos, tenían en mí el mismo efecto semi-hipnótico que cumplen las oraciones repetitivas. Practicadas por muchos credos religiosos para hacer del murmullo y del movimiento pausado y rítmico los dueños del momento, facilitando –es un despojarse­­– la concentración y el silencio psicológico, el movimiento de la conciencia hacia asuntos superiores.  En vez de la oración monótona y repetitiva estaba presente en ese lugar del paisaje la inagotable lucha entre mar y tierra, también monótona, también repetitiva, lucha entre el movimiento y la estabilidad, figura de algo que se me escapaba. Y me detenía pensando, observando. Contemplaba.

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Pero más allá de La Punta, como he dicho varias veces, estaba la bahía de Maya, destino de un primer paseo cuando éramos muy chiquitos con Cacá como acompañante, que no volvimos a repetir porque no resultaba suficientemente atractivo comparado con el esfuerzo de llegar allá caminando por el cerro. El paseo podía ser fuerte por el calor y la sequedad de los cerros de la cordillera central, que cuando se aproximan al mar se van haciendo secos, escarpados y difíciles. Aparte de eso, en la playa de Maya lo único especial son unas formaciones rocosas del lado este de la bahía que forman pequeñas piscinas naturales, pero nada más porque la playa es peor que la de Ocumare.

Las tales piscinas por otra parte, ya a edades mayores, parecían una diversión para niños pequeños que las ínfulas de la pre-adolescencia en Jesús y Pedro Pablo les hacían mirar en menos. Y como los menores siempre resultan arrastrados por las simpatías o antipatías de los mayores, a nosotros –Edgardo y yo– tampoco Maya nos atraía demasiado. Así que Maya quedó en segundo término hasta que aparecieron otros motivos para que, Jesús sobre todo, la considerara un paseo adecuado: la aparición de nuevos amigos… y amigas. Así que en una de las vacaciones ya más grandecitos Jesús se dedicó a organizar un paseo a Maya formando un grupo donde destacaban sus nuevas amistades. Edgardo y yo podíamos ir sin problemas fue lo que dispuso, pero Carlota no, porque iba a obligarnos a ir más despacio debido a su lesión en la rodilla, exacerbada por una caída en uno de esos paseos. Y por supuesto Carlota se quejó, hubo discusiones y tuvo que intervenir mamá, quien para doblegar la decisión de Jesús, la cual secundábamos los otros tres varones, en un momento dado y de acuerdo con su carácter, dijo que Carlota iba sin discusión, que además iría ella también para ayudarla, y no se hablaba más del asunto. La suma de mamá al paseo nos cayó como una bomba, pero había que aceptarla, claro. Y partimos pues todos, un grupo grande, con mamá y Carlota incluidas.

Todo fue bien hasta que comenzó la parte fuerte del ascenso, que debe haber sido suficientemente intensa si hablo del efecto que fue haciendo en mamá, quien empezó a sudar a chorros y llegó un momento en el que ya no podía dar un paso cuando aún no habíamos llegado a la parte más alta. Lo recuerdo todo como un pequeño sufrimiento y veo aún a mamá sentada en una piedra buscando aire mientras nosotros no hallábamos qué hacer. Devolverse no era una opción, había que seguir. Y así, de descanso en descanso llegamos a la cima desde donde el trayecto se hizo más amable hasta que llegamos a Maya, improvisamos un sitio de sombra y allí se instaló mamá mientras nosotros nos dedicábamos a correr por la playa y alrededores. Y sería tal vez porque el baño de mar la recuperó o porque hacía menos calor, el camino de regreso lo hizo sin problemas y dejó bien sentada para nosotros la idea de que ella no aceptaría ningún tipo de discriminación con Carlota. Así era ella con sus decisiones: las afirmaba con su conducta. Daba el ejemplo podría decirse, no ordenaba lo que ella no podía hacer. Fue una de sus enseñanzas.

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Cecilia planeó en una de nuestras primeras vacaciones un viaje en bote con Juan Plate a la Ciénaga, bahía con arrecifes coralinos y una hermosa y no muy grande laguna interna rodeada de manglares que queda a unas seis o siete millas náuticas hacia el oeste de Ocumare. Era la primera vez, me parece, que me embarcaba en un bote de pesca de los típicos de la costa venezolana que en los años siguientes se hizo común llamar peñeros. Por alguna razón que podía ser falta de repuestos o el precario equipamiento de esos años del fin de la Segunda Guerra, el bote no tenía motor o el motor se negó a arrancar, por lo cual fue necesario irse a puro remo. Y es el tamaño de los remos, enormes y pesados; la forma como el bote avanzaba, remando Juan y su ayudante; el bogar en silencio interrumpido sólo por nuestro bullicio, lo que me quedó grabado de ese primer paseo por mar.

Juan era un tipo fornido. Cuando yo era ya adulto y nos llevaba a hacer pesca submarina, era capaz de montarse en el hombro un motor fuera de borda Evinrude de 48 caballos con total facilidad y sin pestañear, llevarlo desde un galpón en La Boca del río hasta el bote, cien metros más allá, el último tramo del camino con el agua a la rodilla y fondo lodoso, para finalmente colocarlo en el bote.

Pero esa vez lo que me llamó la atención fue cómo tomaba los muy pesados y voluminosos remos y los colocaba en su sitio, una concavidad tallada en la borda del bote, con un trozo de madera al que se enganchaba un mecate doble abrazando al remo. El bote era de los que se usan para echar las redes –el chinchorro de la costa central venezolana–grande y muy barrigón, particularmente pesado, en cuya proa había quedado una de las redes de la faena habitual cubierta por una lona. Nos habíamos montado todos en La Boca, mamá dirigiendo con el bastimento: agua en abundancia, cosas de comer, naranjas, cambures, cada quien con sombrero y mamá directora de operaciones.

Y a la Ciénaga. Uno de los remos a cargo de Juan y en el asiento de más adelante –simples tablas– su ayudante, y divididos entre proa y popa nosotros cinco.  Recuerdo bien mi sorpresa al ver que avanzábamos sin pausa y más rápido de lo que podía haber pensado y se activaba mi curiosidad de principiante ante la entrada al unísono de los remos en el agua. que salían después, una vez movidos hacia adelante por el impulso de palanca del remar, para dejar en la superficie unos pequeños remolinos, más visibles del lado de sotavento.

Ya nos alejábamos de la playa y empezábamos a doblar La Punta con sus rompientes, ahora mucho menos amenazantes vistas desde mar adentro, sitio donde muchos años después el mismo Juan me llevaba a pescar sábalos junto con mi compañero de pesca submarina[1]. No mucho tiempo después pasábamos Maya y tal vez luego de media hora o algo parecido ya estábamos entrando en La Ciénaga, lugar que me maravilló, en esa época apenas visitado porque no tiene acceso terrestre y los vacacionistas éramos muy pocos. El agua transparente, mucho más salada que la de Ocumare donde está mezclada con agua de río, y múltiples peces de muchos tamaños y colores que veíamos desde fuera porque aún no existían, o no habían llegado a Venezuela, las máscaras que unos años después se hicieron comunes, erizos visibles entre las piedras del fondo y un poco más allá el azul un poco misterioso porque el mar siempre lo parece, que iba haciéndose más intenso con la profundidad. A los manglares se acercó Juan para recolectar ostras –ya hoy no las hay– pegadas de las raíces a flor de agua. Hizo su cosecha que nos comimos con limón que él había llevado. Y chapoteamos con el entusiasmo y la alegría de nuestras cortas edades ante la presencia de Cecilia como atenta benefactora. Y quedó en todos nosotros la inquietud de volver, atendiendo a esta llamada temprana de un mundo natural. Y lo haríamos con alguna frecuencia porque ya adolescentes el lugar era ideal para iniciarse en los secretos del buceo de superficie y la pesca submarina que iba a convertirse en una de mis pasiones.

A la derecha, el oeste, Ocumare con la depresión de El Playón llena de casas que penetra hacia el sur.  Aun más al sur el pueblo de Ocumare de la Costa. La Boca está arriba a la derecha. A la izquierda de la bahía de Ocumare, Maya (las piscinitas están al terminar la playa a la derecha). Siguiendo al oeste La Ciénaga: toda la laguna interna está rodeada de manglares. La próxima bahía es Yapascua, Y finalmente la entrada a la gran bahía de Turiamo.

Estos no son los manglares de La Ciénaga, pero así son los manglares. (Internet)

Ostras en las raíces de los manglares (Internet).

En los años setenta, Pedro Gluecksmann en La Boca de Ocumare observa el escamado de un par de sábalos pescados por mi. La picúa (barracuda) en el suelo la había pescado él. El experto es un amigo de Juan Plate y los niños, como siempre, unos curiosos que se acercaron.

[1]Mi compañero de pesca submarina y después de buceo, de superficie y profundo, quien fue mi gran amigo –hoy fallecido– era Pedro Gluecksman a quien conocí en Caracas a poco de nuestra mudanza. Fue instrumental en mi descubrimiento del mundo submarino y juntos improvisamos múltiples exploraciones en tiempos de mis estudios de arquitectura y aún mucho después. Aquí una foto de cuando nos escapábamos de Caracas en los años setenta.