VER LA VIDA (31)

Oscar Tenreiro

Pero la vida continúa de un modo muy distinto al de los mundos virtuales. Si podía ser importante sumergirse en las atmósferas creadas por la música, lo era por igual vivir la infancia sin pasar por encima –como si no existieran­– sus demandas, sus visiones, sus episodios vitales, su simplicidad que no es tan simple, su magia en fin como la vemos cuando somos adultos y se hace recuerdo. Eso era lo mío. Vivir una cotidianidad en la cual iba apareciendo el mundo real con sus exigencias. Se perfilaban pues las diferencias entre los hermanos: la puerta por donde debía yo entrar, como en el cuento de Borges, era distinta de la de mi padre subrogante. Era otro mi modo de ver la vida. 

Caminaba diariamente de la casa al Valles de Aragua, mi nuevo colegio del cual hablaré, recorriendo unas escasas tres cuadras que incluían el paso por la Plaza Girardot frente a la Catedral, en una de cuyas esquinas estaba el terminal de los autobuses o camionetas que hacían el viaje hasta Valencia. El paso por la plaza podía ofrecer algunas diversiones gracias a la vida pueblerina. Una de ellas –cómica– me ocurrió al regresar del colegio cuando me integré a un pequeño grupo formado alrededor de un ciego que tocaba la sinfonía de boca y esperaba donativos. Quedé en la primera fila después de unos minutos y en un momento dado, cuando el ciego había terminado una pieza y había algún silencio, detrás de mí un guasón dijo en voz alta como hablando conmigo pero en realidad para que todo el mundo lo oyera: …¡dile que te toque la paloma y te la pare de golpe [1] frase que todo el grupo oyó y especialmente el ciego quien  lleno de indignación cívica regañó en voz muy alta al gracioso –que se había escabullido–  quien para el ciego era quien estaba frente a él…o sea yo. Pocas veces en mi vida me he sentido peor. El resto del público me miraba con reproche y yo no hallaba cómo explicar que la insolencia no era de mi autoría.

Pero lo más característico de mi rutina de las mañanas al pasar frente al quiosco de periódicos instalado en la esquina opuesta a la de la Catedral (el Valles de Aragua quedaba en la Ave. Bolívar) frente al Liceo Agustín Codazzi, era repasar los titulares de los periódicos –sección deportiva– para enterarme del resultado del béisbol, si no lo sabía ya gracias a mi radio nocturno. Pero también de cuando en cuando me sentaba en alguno de los bancos junto con mis compañeros de clase a echar los últimos cuentos antes de llegar a casa un tiempo antes del almuerzo. Tiempo en el cual disfrutaba como si fuese la más espléndida bebida, de un vaso de pepsicola con hielo mientras leía El Nacional sentado en el mismo mecedor de mis mañanas de ahora –Cecilia lo conservó y lo heredé. O me permitía comerme con especial deleite unos cuadritos del chocolate Savoy que guardaba escondidos en mi gaveta del escaparate, botín de la última celebración del cumpleaños. Y cuando apareció en la misma cuadra frente a donde estaba el negocio de papá, más allá de la casa de la familia Taylhardat, un negocito regentado por italianos recién llegados, muy limpio, minúsculo, todo era nuevo, reunía algo de mis ahorros y compraba por dos bolívares un sandwich de jamón que la señora preparaba con un cuidado que parecía litúrgico. Y yo, el único y asiduo cliente un par de veces por semana –no perdía por ello el apetito del próximo almuerzo– me acercaba a ver oficiar a la señora y comer algo sabroso de aperitivo.

El mecedor de mi madre es hoy mi mecedor.

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Tal vez podría decirse de la música, tal como ocurre con las artes en general, que para lograr abrir la primera trinchera que permitirá la ocupación posterior del territorio sensible de una persona con el objetivo ulterior de apreciarla y gozarla es necesario ejercer una forma benigna de violencia. Hay infinitas experiencias personales al respecto. Y sin saberlo, eso era lo que hasta cierto punto hacía Jesús cuando en Maracay nos invitaba a sentarnos con él a oír sumúsica. A esa suave violencia le debo yo y sé que se lo debieron en parte mis hermanos incluyendo a Carlota, los fundamentos sobre los cuales cada quien iba a desarrollar sus personales vivencias musicales. El deseo de compartir su entusiasmo se empezó a expresar siendo él aún un niño, cuando en Valencia organizó la asistencia de toda la familia –con Cecilia incluida– a un concierto de la Orquesta Sinfónica de Venezuela dirigida por Vicente Emilio Sojo en el Teatro Municipal, concierto en el cual me propuse llegar al final sin bostezar demasiado y del cual retengo la característica figura de Sojo con sus frondosos bigotes.

Vicente Emilio Sojo (1887-1974)

Fue durante nuestro exilio valenciano y yo tenía ocho años. Ya más adelante en Maracay y a lo largo de los años durante los cuales iba formando su discoteca, la invitación a oír música junto con él en la sala de la casa frente al tocadiscos era insistente. Con frecuencia interfería con planes personales y buscábamos maneras de escabullirnos, lo cual era mi caso, pero Carlota fue su bastante asidua compañera de audición de ópera, al igual que Pedro Pablo quien habría de desarrollar después un gusto especial por esa forma musical. En todo caso lo que era común era que Jesús inundara de música la sala de la casa y sus alrededores inmediatos incluyendo el cuarto de Edgardo y yo. Inundación que mucho más tarde, ya cincuentón o sesentón, siguiendo lo que le dictaba su estado de ánimo convertía su hogar a ciertas horas en zona de exclusión para quien no fuese atento oyente. Y nunca quiso oír música con audífonos, lo consideraba inaceptable interferencia…y los demás debían oír lo que él.

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Asomaba tímidamente en mí el deseo de buscar un camino hacia la música que iba a depender de mi sensibilidad, distinta y, tal como lo descubrí después, en algunos aspectos antagónica a la de Jesús, distinción de la cual desde luego yo no era consciente ni lo fui durante mucho tiempo. Para él sin embargo nosotros sus hermanos o la gente en general, como acabo de decir, debíamos seguir sus pasos. Sus inclinaciones, sus preferencias musicales, eran para él las que garantizaban el rigor y la profundidad necesarios. Cualquier otra vía la consideraba, podría decirse, menor o desdeñable. Así se iba perfilando su modo de ver la vida: a partir de sus pasiones y del modo excluyente como las cultivaba dependía su aceptación del otro o de los otros.

Pero aún así, escabulléndome de tan fuerte influencia traté en esos años infantiles y de primera adolescencia de acercarme a la música por mi cuenta. Lo cual se expresa en lo que ocurrió un día cuando estando Jesús fuera de casa, me puse a curucutear en su discoteca y tropecé con un disco Columbia de formato pequeño (venían en formatos de 10 y de 12

Mi primera selección en disco.

pulgadas) que era la grabación[2]de la Obertura de la Gran Pascua Rusa de Rimsky Korzakov https://www.youtube.com/watch?v=hbDYtAHTQoE por uno de los lados y por el otro la Sinfonía Clásica de Prokofiev, nombres que estimularon mi curiosidad y la puse en el tocadiscos. La obra de Korzakov, que fue la que oí, es una pieza melodiosa con un tema que podría llamarse pegajoso que se repite insistentemente al tiempo que utiliza los máximos recursos sonoros de la orquesta sinfónica completa a la manera de una tradición musical rusa que construye la obra usando la abundancia. Y me ocurrió que la disfruté e incluso quedé con ganas de volver a oírla. ¡Sí había una música que quería volver a oír! Y me quedé sentado oyendo música en el mismo sofá en el que me había aburrido.

Busqué esa tarde un poco más en la discoteca y di con ese clásico del cual ya había oído el nombre: la Quinta Sinfonía de Beethoven. Que ya desde el tan tata tan del comienzo me hizo ver que no todo en la música tenía que rendir tributo a razones, historias y textos, o remontarse a mitologías cantadas (Wagner) en un alemán que me parecía en aquellos días demasiado áspero y duro. Por el momento en mi horizonte aparecían cosas más ajustadas a mi comprensión que no exploré sino muchos años después cuando me esforcé en acercarme a la música y vivirla. Permanecer en su periferia sin tratar de profundizar era una falla en mi formación que no podía permitirme.

Así era la primera colección de música clásica de Columbia Records en vinilo 33 r.p.m.

 

Jesús me invitó una vez a acompañarlo para recoger en un lugar hacia los lados del Colegio San Pedro Alejandrino unos discos que habían llegado de Caracas porque pensaba que en la parrilla de su bicicleta podría no caber todo el paquete. Así que fui con él y dividimos el paquete para el regreso. Recuerdo dos de los álbumes del pedido. Uno de ellos incluía varias obras para orquesta entre las cuales la Obertura de Rienzi, ópera de juventud de Wagner, que tocamos inmediatamente –forzado Jesús por mi curiosidad– al llegar a la casa. Se me reveló al oírla una liviandad y encanto inesperado si mi referencia era lo que hasta ese momento conocía del repertorio wagneriano, porque es una obra facilona, para oídos poco exigentes, muestra temprana del genio de Wagner en el manejo de la orquesta. Mis comentarios, sin embargo, motivaron en Jesús la actitud de un entendido que me hizo saber que se trataba de una obra menor que muy poco representaba del desarrollo maduro del compositor y podía perfectamente dejarse de lado. Me di cuenta con su advertencia de lo que muchos años más tarde pude entender mejor, que nos separaba no sólo el conocimiento de una obra cualquiera sino la actitud crítica surgida de la capacidad de distinguir y adelantar juicios sobre lo que oía. Se había convertido –lo pienso ahora– desde tan temprana edad, en un wagneriano, no sólo por esa observación que se apoyaba en manifestaciones del mismo compositor en su etapa madura sino porque ya en esas fechas había cumplido el requisito que se le exige a todo fan de Wagner: haber leído la autobiografía del compositor Mi vida [3], el cual cumple el papel de guía para acercarse a la figura del genio romántico tan bien representada por este personaje esencial.

Edición actual en alemán de Mi Vida, de Richard Wagner.

 

Y aquí me permito una licencia cronológica: siendo ya Maracay un recuerdo lejano, quise llenar en lo posible las lagunas de mi formación musical a fines de mi tercera década de vida con cuatro hijos y ya construida la casa del Alto Hatillo, donde aún veo recortarse sobre el cielo del amanecer las montañas de nuestro norte caraqueño. Y no dejo de pensar que hay un hilo conductor claro entre aquellas tardes de Maracay con la música a todo volumen en la sala de la casa y el deseo, que se convirtió para mí en proyecto personal, de profundizar mis conocimientos musicales para ser capaz de gozarla y discernir acerca de lo que más me interesaba conocer en profundidad amplificando mi goce de oyente.

Fui en esos años formando una discoteca y adopté paralelamente, en busca de una forma ordenada de ir hacia los distintos momentos de la evolución de la música, una de las rutinas heredadas directamente de Jesús: oír Radio Nacional de Venezuela de modo sistemático, institución que bajo la Dirección Musical de Alfredo Gerbes Izaguirre (1930-2018), amigo cercano de mi gran amigo y colega de los veintitantos años Gonzalo Castellanos Monagas, emitía una programación de primerísima calidad que incluía obras de distintos momentos de la historia de la música escogidas con un tino realmente ejemplar, dedicando los domingos a la ópera. Sin que dejaran de difundir la música contemporánea como ocurrió por ejemplo con las obras del polaco Krzystof Penderecki (1933-2020) quien visitó Venezuela varias veces como director invitado de la Orquesta Sinfónica de Venezuela o como integrante de coloquios sobre música promovidos por el Consejo Nacional de la Cultura. Recuerdo por ejemplo que su obra Treno a las víctimas de Hiroshima https://www.youtube.com/watch?v=Pu371CDZ0ws que lo hizo muy famoso, fue difundida por Radio Nacional antes de su estreno en Venezuela en 1979 en el Aula Magna  de nuestra Universidad Central con Luis Morales Bance dirigiendo un programa dedicado a cuatro obras de Penderecki. Pieza corta –9 minutos– que recordé y oí de nuevo precisamente el pasado 6 de Agosto de 2020 al cumplirse 75 años de aquel holocausto.

Penderecki poco antes de su muerte el 29 de Marzo de este año 2020

Y no puedo dejar de mencionar al recordar mi experiencia como oyente y sus consecuencias en mi formación y en la de muchos que encontraban en Radio Nacional un invalorable respaldo a sus expectativas como oyentes, la extraordinaria labor de Gerbes[4], a quien muy rara vez se lo nombra cuando se habla de la evolución de la cultura musical venezolana, pero quien de manera callada le dio espesor, rigor y alcance a la programación musical de esa emisora ejerciendo un tipo de pedagogía que tuvo muy extendidas repercusiones. Tenía Gerbes un conocimiento enciclopédico de la música, siempre renovado y muy al día y su labor la hizo modestamente, sin aspavientos publicitarios y con recursos económicos muy limitados (Radio Nacional tenía muy poco apoyo presupuestario) si se comparan por ejemplo con los enormes subsidios que el estado venezolano dedicó a los proyectos de José Antonio Abreu (1939-2018) carnada para convertirlo en áulico del Régimen. La contribución de Gerbes fue esencial no sólo en Radio Nacional sino en la Emisora Cultural de Caracas, radio privada que trasmitía en FM fundada por Humberto Peñaloza (1975-2006) a la cual se integró activa desde su fundación hasta 2005 cuando la presión de la dictadura obligó a su venta y posterior desaparición.

Alfredo Gerbes y su esposa en tiempos de la Radio Nacional (foto suministrada por su hija Karin Gerbes)


Alfredo Gerbes cuando ya estaba en la Emisora Cultural de Caracas (foto suministrada por su hija Karin Gerbes)


Alfredo Gerbes a la derecha, con Humberto Peñaloza y Jaime Suárez de la Emisora Cultural de Caracas. Reportaje de Lisseth Boon para Estampas del diario El Universal

[1]Para quienes no son venezolanos va la información de que en el lenguaje coloquial nuestro, paloma es el pene.

[2]Casi todas las grabaciones Columbia de esos años (1950 etc.) eran con la Orquesta de Filadelfia dirigida por Eugene Ormandy (1899-1985) húngaro que sustituyó como Director Titular de esa orquesta al famosísimo Toscanini.

[3]Tengo dudas respecto a que ese libro lo hubiese leído Jesús en Maracay (antes de sus 17 años), pero lo que sí puedo asegurar es que fue una lectura importante para él en su adolescencia.

[4]Alfredo Gerbes (1930-2018) entró a dirigir la programación musical de Radio Nacional de Venezuela en 1963 donde permaneció hasta 1974 cuando se integró al equipo de la Emisora Cultural de Caracas, fundada por Humberto Peñaloza (1975-2006)donde estuvo hasta 2005. En esta última emisora su labor como asesor musical fue igualmente intensa y fundamental.

VER LA VIDA (30)

Oscar Tenreiro

Se dice que la afición a la música es una virtud familiar. Sobran los ejemplos de familias en las cuales cada quien domina un instrumento con mayor o menor habilidad y es común que padres que viven con la música tengan hijos que los emulan y los superan.  Porque en general el gusto por la música y la pasión por dominar un instrumento y la facilidad para hacerlo parece convertirse en parte de una identidad que se comparte o se hereda junto con el oído musical y la habilidad motriz correspondiente.

En nuestra familia inmediata había poco de eso, pero algo había. Ya dije que papá cantaba  y en La Victoria lo hacía en los saraos. Mamá tocaba algo de piano y guitarra, y cuando soltera gustaba de cantar acompañadose. Tenía una bonita voz que oíamos ocasionalmente  cuando pequeños porque a veces tomaba la guitarra y nos cantaba. No lo hizo más y a  papá nunca pude oírlo. Porque la música no estaba presente en ellos con la intensidad que caracteriza a las familias musicales. Así que nuestras aficiones de tiempos pre-adolescentes (como cuando aprendimos a tocar cuatro, sobre lo cual contaré algo) tenían que ver más con un afán imitativo que con el hecho de alguna facilidad especial o lo del buen oído. Sin que pueda ser esto demasiado terminante.

Porque el tema merece un examen más cercano. Si la ausencia de la pasión o de práctica habitual de un instrumento podía ubicarse en Chucho y Cecilia, no podía extenderse tan fácilmente al resto de la familia, particularmente del lado de la abuela Elizabeth. En su casa en Valencia permanecía en vida latente una familiaridad con la música que venía de lejos. En la sala había un piano que pasó a nuestra casa en Maracay y terminó en Caracas para las lecciones que Carlota recibió durante un par de años. Y abuela lo tocaba a veces para entretenernos siendo nosotros muy pequeños durante las visitas a Valencia con motivo de Año Nuevo o el primero de diciembre para su cumpleaños. Ocasiones en las que abuela tomaba las partituras apiladas en la parte superior del instrumento y tocaba para nosotros. Celebrábamos especialmente una de las piezas que aludía a un tren cuyo pito lo figuraba la repetición de una nota alta, momento que era nuestro preferido del pequeño concierto. Tía Alesia también tocaba un poco, pero parecía ser que sus habilidades pianísticas habían quedado en su pasado como quedaron las muy leves de mamá.

Además, entre los sobrinos de abuela había un violinista: Enrique Guillermo Aigster hijo del tío Carlos Aigster, conocido en Valencia por su arte, más bien menor, que practicaba en la Catedral y en clases privadas.  Y el propio abuelo Guillermo tocaba, según parece muy bien, la flauta, instrumento que se conservaba en uno de los escaparates de la abuela junto a la leyenda familiar de que había pertenecido a José Laurencio Silva el prócer de la Independencia (1791-1873). En eso, el ser melómano, y muchas otras cosas, era fiel a su ascendencia alemana, porque es bien sabido que los alemanes parecieran llevar la música en la sangre, y no cualquier música sino lo que pudiéramos llamar los fundamentos de la música, el tronco del cual han salido las principales ramas del desarrollo musical de occidente. Y eso no solo se siente en la vida normal de Alemania o de un alemán de cierto nivel cultural (tal vez se puede decir algo análogo de otros países de Europa), sino en lo que pudiéramos llamar las preferencias musicales características de ese país.

Así pues, lo que venía del lado materno puede verse como un fundamento, si no decisivo, sin duda de significación respecto a la inmensa pasión por la música que tuvo nuestro hermano Jesús. Y en alguna medida si se estiran más las cosas, en la opción de vida como educador musical y compositor de uno de los biznietos de la abuela, Alfonso Tenreiro Vidal, hijo de nuestro hermano Edgardo e Isabel Vidal, compositor venezolano residente en EUA suficientemente conocido en su medio. En él, como lo fue en Jesús cuando vivía, la música está presente como un modo de ver la vida.

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Pero hay una muestra particularmente significativa de pasión por la música que quedó en la casa de Valencia como huella de los intereses del abuelo, fallecido 25 años antes de que nosotros apareciéramos por su casa. De ella voy a hablar haciendo primero un pequeño paréntesis dedicado a su interés en la filatelia, del cual nos enteramos no tanto porque nos lo hubieran dicho, sino porque tuvimos a nuestra entera disposición –porque a nadie más le interesaron– una colección de álbumes que estaban guardados en algún escaparate. Eran alemanes por supuesto y los revisábamos asombrándonos de algunas cosas, entre ellas el valor impreso en las estampillas de los primeros años de hiperinflación de la República de Weimar entre 1918 al fin de la Primera Guerra y 1922 cuando él murió. Era de varios millones de los marcos de entonces, lo que nos llevaba a fantasear sobre ir a Alemania a venderlas para hacernos ricos en marcos…de los posteriores a la guerra, que valían bastante. Álbumes por cierto que me arrepiento hoy de no haber conservado, sobre todo tomando en cuenta que por un tiempo, en Maracay, me interesó la filatelia y tenía mi propio álbum, así que me hubieran venido bien los ejemplares del abuelo.

Estampillas de la hiper-inflación alemana de tiempos iniciales de la República de Weimar. (internet)

Y vuelvo a la música para decir que la muestra de la cual hablo respecto al legado musical del abuelo estaba allí silente pero claramente demostrativa en el tocadiscos y sus alrededores, zona que pudimos explorar exhaustivamente cuando en 1946 estuvimos como ya dije exiliados durante un año en Valencia. El tocadiscos estaba en un mueble ubicado frente al patio, pegado a la parte externa del dormitorio de abuela. Siempre terminábamos llegándonos hasta allí, siendo Jesús el que se sentía suficientemente apto para manipularlo, nosotros los más chiquitos más bien como mirones, él oyendo lo que le llamaba la atención. Estaba casi enteramente picado de polillas, con otros muebles pegados a él donde se guardaban los discos –bastantes– y libros vinculados a la música, es decir, lo que tenía relación con un oyente asiduo de los años veinte del veinte. El aparato en sí era muy viejo, de los que había que cambiarle la aguja –de un acero que supongo especial– cada tres o cuatro discos, que se tomaban de un recipiente cercano donde estaban a un lado de otro recipiente para las usadas, que con frecuencia se confundían con las nuevas. Giraba a 78 revoluciones por minuto, porque habría que esperar hasta 1948 para la aparición del long play de Columbia Records de 33 1/3 r.p.m., hecho de vinilo en lugar de goma laca. Ese era el material de los de 78, se tocaban por un solo lado, se quebraban fácilmente, eran bastante pesados y se guardaban en álbumes muy voluminosos. Pero estaban por todas partes.

Victrola RCA Victor 1930 (Internet). Parecida a esta era la Victrola de casa de la abuela.

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Entre los discos disponibles, que yo recuerde, había sobre todo música clásica, sin que yo sea capaz hoy de dar más que unos cuantos nombres. Había piezas de piano, muchas áreas de ópera interpretadas por Caruso [1], aparte –esto probó ser muy importante para Jesús– de gruesos álbumes de muchos discos con un par de óperas completas que tal vez eran de Richard Wagner, estandarte alemán sin duda, el compositor que se convirtió después para él, ya mayor, en una especie de icono casi religioso.

Y también había en los muebles de los discos algunos libros, parte de ellos en alemán pero uno en español que probó ser, junto con los discos, el verdadero abreboca de lo que sería la pasión musical del mayor de los hermanos: una Enciclopedia de la Ópera. Allí, en los ratos de ocio característicos de la infancia, pudimos ver que aparte de las muy conocidas había muchísimas otras de compositores menos nombrados que formaban parte de esa especie de universo autónomo que es el de la ópera, constituido por millones de personas en el mundo que funcionan como una secta un tanto excluyente y del cual yo, sin exagerar porque amo muchas óperas y las disfruto ocasionalmente, me resistí siempre a formar parte a pesar de la fuerte presión que en cada uno de los hermanos ejerció Jesús. Porque sin duda la música fue para él pasión, permanente disfrute y parte esencial de su identidad y su modo de ver la vida. Y las raíces de esa pasión comenzaron a formarse en esos discos y libros que como tributo al inevitable olvido habían quedado del deseo humano de solaz y esparcimiento de un hombre –el abuelo– para florecer y expandirse en el alma de un niño de un modo impredecible, sorpresivo.

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Es difícil describir los caminos que siguió el interés por la música en cada uno de nosotros, pero lo que sí es muy claro es que en el caso de Jesús el mayor, los discos y libros de la casa de la abuela en Valencia tuvieron algo, tal vez mucho que decir, respecto a su muy temprano interés por adentrarse en ese universo. Para él, casi desde los tiempos de la curiosidad en torno al tocadiscos, la música se hizo constitutiva de su personalidad. Porque Jesús vivió con la música como permanente compañera. Apoyo y punto de partida para lanzar la imaginación lejos. Para tal vez ausentarse de la realidad inmediata, práctica que a todos nos resulta necesaria.

Mientras los hermanos menores tratábamos de ejercitarnos de un modo light tocando sinfonía o rasgando un cuatro, Jesús Antonio ya recorría caminos musicales avanzados. A sus catorce-quince años era selectivo y afirmaba sus preferencias. Y no estoy hablando de la música popular, todavía no invadida por la tradición rock de guitarra eléctrica, batería, etc., hoy de rigueur, entonces nonata, sino de la que llamamos música clásica. Siguiendo su especial precocidad, apoyado por papá que como ya he mencionado compró un tocadiscos Philco para la casa en el cual ya habían sonado los discos de 78 rpm heredados y unos cuantos comprados; al empezar a venderse los de 33 1/3 y gracias a que la Casa Philco tenía la distribución de Columbia Records para Maracay, Jesús le hacía a papá encargos específicos. Cuando los discos eran producidos por Columbia –que casi copaba el mercado– papá se los incluía en sus pedidos comerciales, y cuando eran de otros sellos Jesús los encargaba a Don Disco, en Caracas y le pedía a papá que los recogiera cuando viajaba, lo cual ocurría con cierta frecuencia. Así, pudo  formar una pequeña discoteca que iba mucho más allá de lo básico y muy conocido. Por qué vías fue posible para él ir pasando de ser oyente de los discos de 78 del abuelo a sus propios gustos que iban echando raíces, es algo que se me escapa y de lo cual nunca conversamos, pero haciendo los esfuerzos memoriosos de ahora me sorprendo. Porque ya en el año anterior a nuestra mudanza a Caracas en 1953, en su modesta colección estaba una pequeña pero significativa parte del mundo musical. Recuerdo vagamente por ejemplo que estaban Bach y Mozart no representados muy ampliamente, algunos de los conciertos de Beethoven y varias de las Sinfonías incluyendo la Sexta tan popularizada entonces por la película Fantasía de Walt Disney que fue estrenada en Venezuela en 1947-48 [2]y la vimos varias veces; un par de sinfonías de Brahms; las óperas italianas más conocidas,  la ópera Fausto de Gounod con las desventuras de Margarita que a todos nos conmovían cuando nos sentábamos con Jesús a oírla y él nos explicaba el argumento; El Holandés Errante (la única ópera de Wagner que me atrae, tal vez por el ámbito marino y porque es corta) y si mal no recuerdo Lohengrin, Tanhäuser, La Walkiria y Tristán e Isolda entre las de Richard Wagner compositor a quien le profesó siempre una inmensa admiración. Y podría seguir, a riesgo de que se me confunda –ya me habrá pasado– lo de Maracay con lo que estuvo después en su muy amplia discoteca. Pero lo cierto es que un muchacho de diecisiete años, que era su edad cuando nos mudamos, tenía una discoteca tan provista como la de cualquier adulto y ya había quedado atrás el tocadiscos Philco para ser sustituido por uno High Fidelity de marca que no recuerdo, que apareció un día en la casa gracias al apoyo de papá. De allí en adelante el refinamiento técnico de sus equipos de sonido fue en continuo mejoramiento y yo por mi parte conté siempre con su asesoría para adquirir los míos.

La ópera Fausto de Gounod. Reproducción de la puesta en escena inglesa de 1864 (Internet) Al fondo Margarita. Mefistófeles en primer plano y el viejo Fausto mira a su amada. La desdicha de Margarita nos golpeó…

Cuadro de Albert Pinkham Ryder (1896)  inspirado en El Holandés Errante, ópera de Richard Wagner (Internet). Los misterios del mar…

[1]No entiendo por qué, me ha quedado en la memoria –o lo he inventado­– que uno de los discos era el aria E lucevan Le stelle de la ópera Tosca de Puccini, cantada por Caruso, aria que termina con las conmovedoras frases, hoy tan significativas para quien esto escribe: ¡Y nunca he amado tanto la vida! ¡Tanto la vida!  https://www.youtube.com/watch?v=D9Y1TRvXB-4

[2]Fantasía fue estrenada en Estados Unidos en 1940, pero fue relanzada con modificaciones en 1946 . Nosotros debemos haberla visto en el Cine Roxy de Maracay en 1947 cuando yo estudiaba Quinto Grado. La vimos varias veces –yo dos o tres– y Jesús criticaba fuertemente la vulgarización que la música sufría al convertirla en música incidental para dibujos animados.

VER LA VIDA (29)

Dije antes que el año en el que murió la abuela Elizabeth, en 1949 el 16 de febrero, no fuimos en Semana Santa a Ocumare sino la pasamos en Valencia. Y la Semana Santa estuvo muy lejos de ser aburrida. Fue más bien toda una experiencia vinculada a los ritos católicos de esas fechas, que por el carácter pintoresco y evocador que el ritual establecido tiene, en un niño se estimula la imaginación y hay lugar para esa actitud de jugar que he mencionado.  Así que la disfrutamos bastante, sin que perdiésemos de vista el significado de aquello en lo que participábamos, de lo cual se encargaba de informarnos mamá y la tía Alesia. Las procesiones fueron ocasiones que pese a la solemnidad triste de la imaginería que las caracteriza, nos ofrecieron bastantes oportunidades para buscar una forma de divertirnos buscando salirnos de la vigilancia directa y echándonos alguna escapadita por entre la multitud. A mí particularmente me gustaba mucho andar con la vela y el cucurucho de cartón que protege de la cera derretida, porque las procesiones eran en las tardes y se prolongaban hasta que estuviera casi oscuro. Asunto este de las velas, por cierto, que de vez en cuando ocasionaba alarma porque a alguna mujer se le prendía el velo que llevaba en su cabeza (porque en esa época las mujeres debían usarlo para participar en los ritos católicos), muchos de simple tul muy livianitos, lo cual generalmente evitaba el riesgo de una quemadura porque el velo terminaba quemándose completo en el suelo. Y más de un cuento hubo sobre la presencia en la procesión de zagaletones fuera de control que se entretenían prendiendo velos. Pasó más de una vez.

Para los jóvenes: estos son los velos de antes. (Internet)

También era entretenido ir en el carro de la tía Alesia a visitar los monumentos, palabra un poco rimbombante, sin embargo incorporada a la tradición católica de Semana Santa para designar los arreglos florales y decorativos de la capilla o altar donde se guarda la hostia consagrada durante el Jueves y el Viernes Santo. Había que visitar un determinado número de monumentos en las distintas iglesias de la ciudad para ser merecedor de indulgencias, y eso hacía bastante movida y atractiva para un niño la tarde-noche en cuestión. Y mi recuerdo es que en efecto los monumentos de las distintas parroquias se hacían con esmero y no se escatimaba en arreglos florales que dentro de los límites pueblerinos que podían esperarse no estaban exentos de buen gusto.

Y lo que venía a ser como el cierre de la Semana Santa si bien ocurría el Viernes Santo en la tarde, era el Sermón de las Siete Palabras a cargo de Monseñor Jesús María Pellín, trasmitido desde la Iglesia de Santa Teresa en Caracas y retrasmitido por las emisoras locales. Monseñor Pellín había adquirido fama por su facilidad oratoria y su habilidad para establecer vínculos entre las palabras de Cristo tal como aparecen en el Evangelio y los hechos nacionales de actualidad. Y sin que pueda asegurarlo respecto a esta Semana Santa valenciana, si recuerdo un par de veces haber estado junto al radio con papá y mamá atentos al famoso sermón, el cual papá insistía siempre en escuchar.

Procesión del llamado Nazareno de San Pablo –Miércoles Santo– el presente año, frente a la Iglesia de Santa Teresa en Caracas (las de Valencia en 1949 eran mucho más austeras).(Internet)

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Cuanto de toda esta ritualidad quedó en mí como referencia de algo más sólido, más allá de lo simplemente escenográfico y representativo, es difícil decirlo. Son vivencias que se producen como manifestaciones culturales de una sociedad de la cual uno forma parte, a la cual  es integrado cuando niño por sus padres, si es que ellos mismos lo consideran necesario. Y en toda sociedad la religión es un componente esencial. Y lo era particularmente en la Venezuela de mi niñez: lo religioso se recibe, podría decirse, como un mensaje del ambiente, del medio, como algo que está en todos los hilos de la intrincada red de las costumbres. Y así como puede conectarse con inquietudes más profundas y estimular vínculos emocionales que abren a la Fe, pueden también pasar como letra muerta, como algo que se recibe y resbala sin sustancia o impacto real. Esa Semana Santa de Valencia sin duda fue un hito, y podría tal vez decirse lo mismo de muchos de los ritos católicos a los cuales nos llevaba a participar Cecilia. Y sin saberlo, era ella la que establecía la diferencia. La que agregaba la sustancia que confería espesor a lo simplemente representativo. Junto con la escenografía, la coreografía, la puesta en escena en suma, había una cuestión que superaba lo aparente: la auténtica Fe de Cecilia (y como he dicho bastante, a la distancia la de Chucho), que venía a ser como un velo que protegía de la superficialidad o de lo meramente epidérmico.

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He dicho ya que el hermano de mamá de quien heredé el nombre tenía una pequeña piscina en su casa y la frecuentábamos llevados por mamá y la tía Alesia, que aportaba su carro. Desde que sabíamos que ese sería el programa nos atrapaba un estado de ánimo exultante. He hablado aquí de la sensación de cosquilleo –en la barriga, dice uno– que sentía al aproximarnos a la playa de Ocumare llegando para las vacaciones. Esa sensación peculiar que sólo sentí de niño, se repetía llegando a la casa de mi tío disparada por la inminencia del goce. Comenzaba uno cambiándose apresuradamente para salir corriendo a lanzarse al agua hacia el puro disfrute. Y allí nos pasábamos chapoteando varias horas, mamá sentada con la esposa del siempre cordial Oscar –buen amigo de Chucho– y tía Alesia, ellas atendiendo a nuestras llamadas para que nos vieran haciendo la última pirueta y tragando tanta agua que en el camino de regreso no era cosquilla sino molestia en el estómago.

Los cinco hermanos en la piscina. Podría ser en 1946.

Yo, ese mismo año.

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En ese mismo año de la Semana Santa pasamos los carnavales en La Entrada, un sector de los suburbios, hoy integrado a la ciudad, que quedaba a ambos lados de la carretera a Puerto Cabello ya subiendo por las estribaciones montañosas de la Cordillera que separa del mar, más alto que Valencia y por ello de clima más benigno, donde el abuelo Guillermo tenía una casa para temperar. Más hacia Puerto Cabello están Las Trincheras, lugar de aguas termales que tuvo buenos tiempos en el período gomecista a comienzos del siglo y donde acudimos una vez en esos carnavales a bañarnos quedándome en el recuerdo sólo algunas imágenes, entre las cuales el olor azufroso, las burbujas que salían del fondo de uno de los estanques grandes que nos decían eran sólo para adultos y la dificultad para adaptarse a la temperatura del agua.

De los días en La Entrada hay poco en mi memoria. Recuerdo los paseos por el borde de la carretera en fila india cuando nos bajábamos del autobús para ir hacia la estación del tren de Las Trincheras.  Desde allí había un paseo que hoy podríamos llamar escénico que llegaba a un lugar donde el camino se interrumpía por el corte hecho en el terreno para el paso de la vía férrea. Era una garganta profunda y en su fondo, unos diez o quince metros más abajo pasaban los rieles. Para cruzarla restituyendo la continuidad del camino, había un puente colgante peatonal de madera y cables de acero. Desde los bordes de la garganta se podía ver pasar a la bufante y humeante locomotora de vapor del Ferrocarril Inglés que lentamente, como corresponde a un ferrocarril de cremallera[1] subía con no muchos vagones desde Puerto Cabello, pero lo excitante era para nosotros pararse en el arranque del puente que temblaba de lo lindo con el impacto del chorro de humo negro de la chimenea de la locomotora. Era una gozadera infantil permitida por Cacá, –Teresa Martínez, quien nos llevaba de paseo– el temblequeo del puente rodeados del humo espeso y el característico ruido de un tren de vapor.

Parecidas a esta, que se ha conservado en la Hacienda Santa Teresa, cerca de Caracas, eran las locomotoras del ferrocarril inglés. (Internet)

Rieles de un ferrocarril de cremallera. La locomotora tiene una rueda dentada que engrana en la cremallera. (Internet)

He nombrado ya varias veces a Cacá, Teresa Martínez, quien fue nuestra cargadora hasta que en Maracay ayudó con todos nosotros y especialmente con Edgardo. Aquí está muy joven con Jesús en Valencia, en 1937. Se ve que a Jesús lo acababan de sentar allí para la foto porque luce incómodo.

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A mis once años tuvo lugar en Valencia algo en lo cual participamos todos los hermanos y en lo que a mí concierne fue el reverso de los breves impulsos que tuve por hacerme sacerdote. Me refiero a una de esas manifestaciones sociales de ocasión nacida de un grupo de madres valencianas entre las que estaba incluida Cecilia: la formación de una comparsade carnaval que con su inocente cursilería fue sin embargo un punto alto en mi vida de pre-adolescente. Fue organizada para el carnaval de 1951, a mis once años. Había muerto dos años atrás la abuela Elizabeth (1949) y me encontraba estudiando primer año de secundaria en el Valles de Aragua de Maracay.

Las comparsas, como ha sido tradicional aquí, consisten en un cierto número de parejas con igual disfraz temático, que concurren a las fiestas programadas para esos días con el fin de animarlas. Nuestra comparsa era de tema español, y su nombre según recuerdo Fantasía Andaluza o algo parecido, siendo el disfraz una adaptación libre de un atuendo andaluz, cuya fidelidad no creo que pueda garantizarse.

La primera impresión que tuve, aparte de acostumbrarme al disfraz, que no dejaba de parecerme incómodo porque los disfraces siempre me han incomodado, es que las niñas del grupo eran muy lindas y cuando nos reuníamos en algún lugar a esperar trasladarnos a la fiesta, contribuían a crear un ambiente que nos animaba mucho. La parte menos grata era que a uno le asignaban su pareja sin derecho a apelación, lo cual no dejó de contrariarme cuando me di cuenta que las que más me interesaban estaban de pareja con otro, un competidor que no sabía que era mi competidor y sin embargo para mí un intruso.

Al llegar la comparsa a alguna fiesta había lógicamente que bailar y a eso nos inducían las madres presentes, que actuaban como las conductoras del grupo. ¡A bailar muchachos! se nos decía. Lo cual a unos cuantos del grupo nos ponía en apuros…porque aún no dominábamos ese indispensable aspecto de la convivencia social entre hombres y mujeres. Surgía en ese momento una impresión de contrariedad mientras pensaba, o pensábamos porque yo no era el único con el problema, qué era lo que correspondía hacer. Hasta que algún adulto conocedor de esas posibles dificultades ponía en el tocadiscos un pasodoble lo cual –lo recuerdo muy bien– nos salvó la vida en esa primera fiesta. Porque el pasodoble, ese ritmo español, es facilísimo de bailar: simplemente se va de aquí para allá chás, chás, chás, chás y se regresa chás, chás, chás, chás. Nada más fácil. Ni siquiera hay que tener mucho sentido del ritmo ni hay que mover las caderas, sólo es menester deslizarse en un sentido y luego regresar al punto de partida o cerca de él. Así que me inicié como bailarín –conste aquí que no bailo mal– con el pasodoble. Y gracias sean dadas a España, digo, bastante tiempo después de aquella vez en que la Madre Patria estuvo a la altura. Quedando constancia aquí que me daba cierta envidia ver bailar con total soltura a algunos de los mayores, como por ejemplo mi primo Hermann y … ¡Jesús Antonio y Pedro Pablo!

Aquí la Comparsa. En la fila de atrás, a la izquierda Jesús; el quinto de izq. a der. Pedro Pablo y yo el penúltimo de esa fila. La primera niña de la izq. de pie, es Carlota. Edgardo está en el centro, arrodillado, con los brazos cruzados.

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Había en el grupo, aparte de mi prima Herminia que siempre me gustó, pero a quien estaba obligado a ver de lejos para respetar las prevenciones que existían respecto a primos y primas, una niña catirita, delgada y no muy alta, quien me interesó sin que ella nunca lo supiera gracias a que me hice amigo de quien a tan temprana edad –el tendría unos doce años– se autocalificaba de su novio. Porque todos sabemos que la mejor manera para que un amigo se antoje de tu novia es ponerse a contarle cosas de ella, que era precisamente lo que este muchacho– un poco gordito y muy simpático– hacía conmigo, contarme distintos cuentos sobre ella, cómo la había conocido, donde estudiaba, datos sobre su familia y ese tipo de cosas de muchacho bastante sencillas, suficientes para que yo me interesara en ella, interés que fue aumentando con el desarrollo del carnaval hasta convertirse en un verdadero enamoramiento. Sin embargo, completamente unilateral, porque la niña no creo que se haya enterado nunca de que yo soñaba con ella y que me latía el corazón cuando lograba que aceptara bailar conmigo, lo cual debe haber ocurrido dos o tres veces en todo el carnaval. Así que cuando llegó el momento de regresar a Maracay, sin éxito sentimental alguno, fue como si se me viniera el mundo encima. Mientras ya en la carretera, mamá al volante con su particular destreza, íbamos ya en dirección a la habitual rutina de colegio y estudio, por primera vez en mi vida experimenté, pensando y reviviendo lo ya vivido, chagrin d’amour como dicen los franceses, mientras oía hundido en la punta de atrás por el radio del carro sintonizado por Jesús Antonio –Radio Nacional, por supuesto– la opereta Rose-Marie [2] que más nunca volví a oír, cuya canción más conocida Indian Love Call https://www.youtube.com/watch?v=vzvwk1hy7jU ahora reconocida por mí mientras escribo estas líneas gracias a Internet, me pareció en ese momento la melodía de amor más triste del mundo. Sentimiento que por supuesto mi amada de pelo rubio ni siquiera podía imaginárselo.

Y no la volví a ver. Sé que se casó, tuvo hijos y fue feliz sin saber que yo, durante una semana, cuando éramos ambos niños, había soñado con ella.

La opereta con la melodía que me derritió fue llevada al cine.

[1]La cremallera de los ferrocarriles en una cinta continua de varias filas de dientes de acero que están ubicados en el eje central de los rieles normales. La locomotora tiene instalada una rueda movida por el mismo vapor de la caldera que engrana en esos dientes y proporciona tracción adicional. Es un sistema que se usa para vías con una pendiente mayor al 8%.

[2]Rose-Marie es una opereta https://en.wikipedia.org/wiki/Rose-Marie con música de Rudolph Frimi (1879-1972) y Herbert Stothart (1885-1949), este último autor de la música del Mago de Oz. Rose Marie tuvo mucho éxito cuando se estrenó en Broadway en 1924. También se hizo una película en 1936 con Nelson Eddy y Jeanette MacDonald. De ella se hizo muy famosa la canción Indian Love Call. Probablemente la estaban trasmitiendo en el momento de nuestro regreso a Maracay por Radio Nacional de Venezuela la cual Jesús siempre sintonizaba. Siempre me ha sorprendido que el recuerdo que tengo permanezca tan nítido, ahora refrescado por Internet.