VER LA VIDA (38)

Oscar Tenreiro

En las temporadas de vacaciones la presencia femenina empezó a ser importante, señal de que la adolescencia se asomaba. Aparte de las amigas de siempre, cada año había nuevas caras que le daban a Ocumare un interés adicional. Entre nosotros y las amistades habituales iba surgiendo algo que es típico de esa etapa de la vida: la idea de grupo, amigos de ambos sexos que se sienten identificados y se relacionan con una dinámica que quiere ser propia. Frecuentábamos los mismos sitios, nos reuníamos en las noches desde temprano en el kiosco de Lourdes o en alguna de las casas quedándonos hasta tarde, planeábamos excursiones –a Maya por ejemplo, la excursión que para mamá fue un suplicio– organizábamos alguna caimanera de playa, o competencias de atletismo en la franja de arena húmeda junto al mar como ocurrió un año al sumarse al grupo un aficionado a este deporte[1]cuyo nombre no recuerdo.  Todo ese movimiento nutría  la pequeña comunidad de amigos que tenía un cierto atractivo para los recién llegados, ahora también gente de Caracas. Las vacaciones se convertían en un ejercicio de sociabilidad, en tiempo de encuentros, con el disfrute de la naturaleza como telón de fondo. Si se nos aplicaba la terminología psicológica, se trataba del despertar de la sexualidad. Quedaba atrás el ensimismamiento de la infancia, y empezábamos a vivir hacia afuera, a tratar de ser parte de un espacio afectivo más amplio. Y las vacaciones de playa se convirtieron en un período ideal para intentar acercarse y conocer a un mundo que comenzaba a brillar: el de la mujer. Mujer que no había dejado de ser niña y que para un casi-niño como yo aún no tenía figura. Para hacer que la tuviera, que se hiciera realidad en un nombre, ayudaba sin duda la convivencia en el grupo porque adquiríamos soltura, dejábamos atrás el juego y podíamos –si sabíamos cómo comportarnos, como atraer su atención– ir a la conversación. Y si había afinidad y simpatía mutua también podía haber enamoramiento. Eso pasó a ser esencial.

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En realidad, ya desde hacía un par de años Jesús y Pedro Pablo se movían en un nivel diferente al de los menores, estando Carlota en una posición intermedia por edad y por ser mujer, porque las mujeres siguen sendas diferentes. Jesús sobre todo vivía ya en otro mundo, y gracias a su desenvoltura no le faltaban admiradoras quinceañeras o próximas a serlo que empezaban a pensar en sus fiestas de debut social, a la usanza de entonces. Niñas que lo veían a uno, tan jovencito, como si fuera parte secundaria del paisaje sin expresar interés alguno en acercarse (¿qué interés puede tener para una adolescente un muchachón?) si bien el que yo fuera grande y diera la impresión de ser mayor me hacía pensar que no todo estaba perdido. Lo cual no quiere decir que no quisiéramos ser parte de la escena de los mayores, si bien manteniéndome en la periferia y sabiendo que era allí donde podría aparecer mi Beatriz; así que me asomaba a lo que iba desplegándose con alguna timidez y no poca convicción. Pedro Pablo se independizaba y andaba por su lado, Carlota adoptaba vestimentas de mujer y siguiendo la influencia de las primas que regresaban de estudiar en los Estados Unidos, aprendía a maquillarse.

La oportunidad de encontrar un rostro –eran los rostros lo principal– que atrajese mi atención y se disparara la simpatía mutua, estaba al alcance; el deseo de que germinara el enamoramiento del cual muy poco se conoce aparte del pequeño sufrimiento de la comparsa valenciana, que fue grande sólo por unos días.

Pero en esos grupos heterogéneos con diferencias de edad de tres o cuatro años, los más jóvenes tienen todas las de perder: las niñas que ya se pintaban los labios se interesaban en los mayores, no en un muchachito inseguro como yo. En los paseos avanzaban con ritmo propio: caminaban muy adelante, como apurados, o se quedaban atrás decidiendo cambios en la ruta que no le participaban al pelotón, donde yo me encontraba. Entre ellos estaba Omar González, de la edad de Pedro Pablo, quien tenía estilo de castigador, un modo de moverse, llevar una pajilla en la boca, andar en shores, echar chistes, hablar de una cierta manera, en fin, un tumbaíto [2] –estilo particular– que ponía a todas las niñas a suspirar por él. Bien parecido, estaba muy consciente de su presencia unida a la seguridad de quien ya sabe comportarse frente al sexo opuesto. Su hermana mayor Gladys era linda, de la edad de Jesús o unos meses mayor y en sintonía con él hasta el punto de que tuvieron más adelante un discreto jujú[3] .  Al mismo subgrupo se integraba Pedro Pablo quien cortejaba a Violeta, niña de muy bellos ojos y gran simpatía, una de las muchas hermanas Angarita.  Omaira la mayor y Jesús se acercaban…Y con el mismo apellido sin ser pariente, Cheíto, otro castigador simpático y entrador de buen aspecto y estilo sobrado sumamente efectivo.

Jesús con mucho pelo al lado de Mireya Michelena, con los ojos cerrados y una niña no identificada.

A la derecha Omar González con sus shores, luego  Marlene Michelena, Luis Enrique González (hijo de Josefina, pintora) Mireya Michelena y yo muy peinadito.

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 Entre las chicas había unos rostros que me hacían pensar. Me gustaba especialmente María Cristina Barrios, su rostro y su pelo negro de facciones suaves. Una vez me mantuve al lado de ella durante todo un paseo al bufiadero muy atento a posibles traspiés, dándole la mano para ayudarla a subir o sortear algún obstáculo, feliz de tenerla cerca y de ser por unas horas su compañero de paseo. En un momento dado se golpeó un dedo y se quejaba mientras yo decía algunas cosas como qué te pasó o déjame ver; y repentinamente apareció Cheíto, quien iba más adelante, según creí a la distancia apropiada para que no molestara; inmediatamente le tomó la mano y muy fiel a su estilo le dio un beso en el dedo para que se te alivie el dolor: Nunca un gesto me ha llegado tan directo al corazón. Me había imaginado cosas, me parecía que se sonreía conmigo, la ayudaba a subir por el camino pedregoso dándole la mano y a ella parecía gustarle un contacto que yo trataba de prolongar descuidadamente…y de repente ese modo de Cheíto alzarle el brazo y besarle el dedito, derrotó todas mis esperanzas.

Y así por el estilo. Podía pasarse uno toda la temporada de vacaciones anhelando pasear con una niña agarrados de manos; nada había mejor en la imaginación. En la playa se paseaban parejas así, caminandito, que hacían pensar –aún lo pienso– que ir tomados de la mano ante los demás, ante el paisaje, es la expresión máxima de un amor correspondido. Y si ya al final, cercano Septiembre, nada parecido a eso había pasado (y debo confesar que nunca me pasó en Ocumare) se sentía uno derrotado, dejado de lado por las mejores cosas de la vida. Y a eso se debió aquel comentario decidido de un recién llegado, al comienzo de una de las temporadas, a quien acabábamos de conocer y más nunca vi: yo, al comienzo de las vacaciones lo primero que hago es buscar pareja: si no es esta, es aquella; porque se te pasan las vacaciones y tú solo…Un punto de vista demasiado mundano para mi gusto, porque a mí me motivaba un rostro idealizado que nunca tomó forma precisa en aquel escenario de mar.

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 El paseo al bufiadero [4]era clásico. Se repetía todos los años y lo hacíamos en grupos grandes como si fuese una romería, llenaba una tarde y el grupo paseante iba cambiando. En el camino uno podía desviarse hacia una de las puntas de la bahía, la del extremo este, trayecto dificultoso pero interesante que permitía observar la fauna marina con mar tranquilo o tratar de pescar cuando íbamos solos alguno de los parguitos parguetes que por allí abundaban y jamás picaron. El bufiadero estaba fuera de la bahía, hacia el este en dirección a Cata. Se llegaba allá caminando desde La Boca (del río), primero por una carretera de acceso restringido que permitía llegar a una playita aislada muy acogedora pero también de uso militar, es decir, ningún uso. Luego se pasaba cerca del arranque del muelle construido en tiempos de Gómez, semidestruido por las marejadas producidas casi todos los años por lejanos huracanes caribeños y de allí se tomaba la vía de La Punta que acabo de mencionar o podía seguirse hacia el bufiadero subiendo el cerro y dejando atrás un pequeño cuartel militar custodia del abandonado muelle. Era un camino escarpado no muy largo que llevaba a una fila desde la cual se bajaba a la plataforma rocosa que se cortaba con el mar para formar un borde marino con las hendiduras entre las láminas rocosas que al paso de los siglos se fueron convirtiendo en cavernas. Al entrar las olas por las hendiduras e inundar la caverna el aire se comprimía y salía con gran estruendo por distintos agujeros en la plataforma y del lado del mar, a veces junto con grandes chorros de agua. Era todo un espectáculo que no creo que haya existido con esas dimensiones en ninguna otra parte de la costa venezolana. La mala noticia es que durante la construcción de la carretera que une a Ocumare con Cata lanzaron material de relleno sobre la explanada y taparon los agujeros acabando con el fenómeno: una típica agresión a la naturaleza a manos de constructores… en democracias y en dictaduras.

Un bufadero de otras tierras. Lo más parecido al nuestro que pude encontrar.

Carlota y nuestra prima Nelly Bermúdez Tenreiro –felices– en un recodo del camino al bufiadero. Abajo los peñeros en La Boca (del río).

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Ya en Valencia había aparecido de una manera muy particular y a muy temprana edad, esa otra dimensión de la sexualidad, tan fundamental, la cual a falta en este momento de referencias sobre terminologías psicológicas identificaré como la conciencia de los genitales y todo lo que depende de ellos en términos de sensaciones. Lo que los anglosajones llaman genitalia refiriéndose en general a los genitales masculinos y femeninos. Éramos aún niños cuando uno de los dos mayores, creo que fue Pedro Pablo, descubrió que a una de las muchachas que trabajaba en la casa de Valencia ayudando con la limpieza (estaba yo en cuarto grado: 8 años) le gustaba que la rozaran mientras se agachaba para exprimir el coleto [5], lo cual constituyó una noticia de especial interés para los cuatro hermanos varones, que inmediatamente quisimos comprobar usando cada quien su personal modo de aproximación y deslizamiento, todo lo cual  tuvo resultados muy agradables para todos incluyendo a la muchacha. Duró algún tiempo hasta que cesó por alguna razón que se me escapa, pero continuó activa para mí cuando retornamos a Maracay gracias a la complacencia de una muchacha que trabajaba allá, me parece que se llamaba Azucena, quien me tenía especial simpatía. Colmó ella parcialmente mis juveniles ansiedades eróticas –bastante inocentes por lo demás–durante un buen tiempo hasta nuestra mudanza a Caracas, por lo cual le estaré eternamente agradecido…hasta que en Caracas apareció Julia, ya yo de quince años.  Pero Julia y mi interés por ella lo dejo para más adelante.

Y es que si nos aproximamos a esta etapa de la vida nuestra desde una mirada adulta libre de prejuicios es lógico suponer que las distintas manifestaciones de la sexualidad puramente genital se nos presentarían a todos los hermanos de una manera u otra. Así fue, y sobre ello a veces intercambiábamos puntos de vista o comunicábamos inquietudes a la manera de esos tiempos, es decir siempre a cubierto de los adultos y más como un espacio nuestro que compartíamos, como es usual, con los amigos, dejando de lado de forma natural reservas que a esas edades son menores. No es sin embargo mi intención en estas reconstrucciones de lo vivido traspasar los límites de la intimidad de quienes ya no están, o incluso exponer la mía, convencido como estoy de que como decía mi filósofo preferido nadie tiene  el derecho de penetrar en la intimidad de otro, sino también porque no me impulsan los motivos que por ejemplo en el ambiente periodístico-cultural estadounidense llevan a a hablar de lo íntimo en público sin reservarse nada, tal como si fuera una obligación cívico-moral o algo políticamente correcto. Queda aquí, pues, ese aspecto de mi modo de ver la vida como sugerencia y llamado a la imaginación. Y como soy del mismo barro pensativo del cual habla César Vallejo debo tratar de mantener ciertas reservas sobre las Marías que se van [6]reales o no.

Jesús, Carlota y yo durante un paseo a Maya.

[1]De esas competencias de playa surgió mi interés en el Atletismo. Admiré a Asnoldo Devonish, medalla de bronce del Salto Triple en Helsinki en 1952, surgido del mundo petrolero. También seguí en los años siguientes a atletas como el veterano Brígido Iriarte, y los más jóvenes Rafael Romero y Arquímedes Herrera, velocistas, o Héctor Thomas (decatlón). Y otros menos notorios.

[2]El tumbaíto es un estilo manifestado en el movimiento, en la manera de moverse. Es como una coreografía que se convierte en motivo de admiración para la mujer. Para un tumbaíto caribeño puede ayudar: https://www.youtube.com/watch?v=QEaV2bjlqNU

[3]https://jergozo.com/diccionario-venezolano/definir/jujú

[4]La palabra correcta es bufadero https://es.wikipedia.org/wiki/Bufaderoy se trata de un fenómeno natural que se da en los litorales rocosos.

[5]En Venezuela lo que en otros países se llama mopa, un trenzado que se humedece para limpiar los pisos, se ha sustituido por el coleto, una tela áspera gruesa que absorbe agua y se arrastra por el suelo con ayuda de un haragán.

[6]Dios mío, estoy llorando el ser que vivo; / Me pesa haber tomado de tu pan; / pero este pobre barro pensativo / no es costra fermentada en tu costado: / tú no tienes Marías que se van! (del poema Los Dados Eternos de César Vallejo ). https://es.wikisource.org/wiki/Los_dados_eternos

VER LA VIDA (37)

Oscar Tenreiro

El cuatro, instrumento de cuerdas que por los primeros años cincuenta del siglo veinte se hizo muy popular entre los adolescentes venezolanos, llegó al ambiente en el que nos movíamos, y de allí a nosotros para quedarse en mi caso hasta después de tener mi primer hijo. Fuimos parte de una verdadera fiebre nacional. Podían recibirse clases o aprender a tocarlo usando unos cuadernos que llevaban el pomposo nombre de Método (para aprender a tocar el cuatro), se compraban en las librerías y contenían los asuntos básicos para iniciarse en el instrumento, lo cual, combinado con el oído musical de cada quien y lo que podían ayudar los consejos de algún amigo que lo tocara bien, era más que suficiente para andar por allí cantando y acompañándose con el instrumento. Porque el cuatro es, básicamente, un instrumento de acompañamiento, si bien quienes lo dominan lo han convertido en instrumento de concierto cuya versatilidad ha evolucionado considerablemente https://www.youtube.com/watch?v=FX1ve-PZIJ8.

Corría 1951 cuando nos llegó –antes del cuatro– la fiebre de la armónica, que en Venezuela se llamaba, y aún se sigue llamando, sinfonía de boca o simplemente sinfonía.En una de las temporadas vacacionales en Ocumare apareció un amigo con una y al poco tiempo ya yo tenía mi Hohner, alemana, Pedro Pablo y Edgardo también y poco tiempo después pude tocar de oído –porque nadie nos enseñó– algunas típicas melodías venezolanas o algún bolero como Solamente una Vez de Agustín Lara que mamá cantaba https://www.youtube.com/watch?v=WbfWHFjlLP0. Pero cuando apareció el cuatro, también en Ocumare al año siguiente, dejamos de lado las sinfonías y por mi parte me dediqué a tratar de dominar el nuevo instrumento hasta lograrlo razonablemente bien. Siempre dentro de una medianía que me caracterizaba como un aficionado de poco alcance que sin embargo iba a todas partes con su cuatro y aprovechaba cualquier oportunidad para rasgar las cuerdas y cantar un poco (he dicho que papá no cantaba mal). Piezas más bien elementales pero suficientes para animar un poco el ambiente.

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Decía que a los adolescentes de la clase media venezolana se les hizo casi imprescindible en los primeros años cincuenta aprender a tocar cuatro. Hasta Pedro Gluecksman hijo de judíos austríacos, buen amigo de quien he hablado varias veces, se compró uno y lo chapurreaba cuando íbamos los sábados, ya mayorcitos, a pasear  al malecón de Macuto, a la orilla del mar, trasladándonos en un Vauxhall –él era mayor que yo y manejaba– que pertenecía a su madre, amable señora conocida en su familia como Fritzi. Y nos sentábamos a rasgar cuerdas frente al Hotel Alemania, regentado por la mamá de Max Pedemonte quien no tocaba cuatro pero era nuestro amigo, a veces sumándose algún paseante que servía de maraquero, porque hasta maracas llevábamos, aún sin saberlas tocar. Era Venezuela expresándose dentro de una clase media formada por aportes de tierras lejanas y sin embargo, pese a todo lo que pueda decirse, sensible a las tradiciones arraigadas en nuestro espacio geográfico y cultural. Gente que compartía nuestra geografía del alma.

Aprendió también Carlota a tocar cuatro, un poco Edgardo, algo Pedro Pablo y nada Jesús. Y ya viviendo en Caracas, tanto se había instalado la música venezolana en el gusto general, que oíamos con frecuencia a Los Torrealberos [1]con Mario Suárez canturreando en la rama de un samán los gallos buscan el día, mientras Jesús al desocuparse el tocadiscos elevaba su espíritu con la Muerte de Amor de Tristán e Isolda la ópera de Wagner o cualquier otra pieza de alto nivel. Contraste de preferencias en lo cual es tan rica Venezuela.

No tocaba yo tan mal el cuatro, pero tampoco tan bien. Me servía para cantar cuando nos reuníamos con amigos. Cultivé la afición hasta grande, para lo cual basta decir que viajé con el cuatro hasta Chile cuando me casé allá y luego lo cargué conmigo a Francia donde lo tocaba en reuniones de amigos. Como por ejemplo cuando estuvimos compartiendo una noche con Arístides Calvani[2], él de visita en París, a quien conocíamos del mundo socialcristiano, ya encumbrado en la política nacional, quien se lució esa noche ante nosotros como buen tocador de cuatro. Y fue de regreso a Venezuela en 1962, o sea a los 23-24 años cuando me rendí a la evidencia de que no valía la pena seguir garrapateándolo.

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Ya me había pasado algo análogo a lo del cuatro durante nuestro exilio en Valencia. Se apoderó de mí entonces un irresistible deseo de aprender a tocar violín que le participé a mamá apenas se presentó la ocasión. Pudo haber tenido relación con lo que ya he dicho sobre herencias, pero en realidad me cautivaba la forma como se produce el sonido de ese instrumento, hasta que aprender a tocarlo adquirió la fuerza de los caprichos infantiles. El deseo se convirtió en obsesión antes de que apareciese el cuatro como sustituto.

Y sobre este cambio de un instrumento por otro puede darse una razón familiar de bastante peso y no sólo la derrota de una posible vocación. Porque es obvio que poner a un hijo a estudiar violín iba a requerir un profesor que exigiría pagos mensuales, comprar partituras que son en general caras y difíciles de conseguir, aparte de que el instrumento, si es de una mínima calidad, resulta bastante costoso. Mientras que comprar un cuatro que no tenía que ser hecho en Barquisimeto y sus alrededores –los más caros– y se podía aprender con un simple manual y algo de oído, poco impacto iba a tener sobre el presupuesto familiar. ¿No es esto suficiente razón en una familia numerosa? Después de todo, como ha quedado comprobado, yo no iba a ser ni de lejos un virtuoso. Carezco por completo de oído musical fino, destreza manual y la disciplina que un buen ejecutante de violín requiere, de ello no tengo hoy dudas.

La obsesión por el violín originó por otra parte una anécdota muy particular. La respuesta inicial de mamá cuando le hablé de mi deseo fue que, como no teníamos el dinero necesario, había que lograr que el tío Hermann de Caracas nos regalara el violín que había sido de su hijo mayor, el primer nieto de los abuelos Degwitz, a quien le decían Guillermito (Guillermo Degwitz Celis, médico graduado en 1946), quien había recibido clases del instrumento. Cuando vayamos a Caracas se lo pedimos me dijo Cecilia. ¿Y cuando vamos? pregunté. Me dio una fecha que apunté cuidadosamente en una especie de agenda personal que llevaba yo en Valencia usando una libreta pautada de la fábrica de Sombreros Degwitz. Allí escribí un recordatorio en clave para que nadie supiera de mi ansiedad: ese día debía recordarle a mamá su promesa. Y el epílogo de esta historia está en que nunca se pidió el violín, tal vez porque tío Hermann no era particularmente generoso y su talante serio pudo intimidar a mamá; tal vez porque mi obsesión era un poquitín absurda; sea por lo que sea, nunca pude ni siquiera ponerle las manos al violín de Guillermito. Trasladé el recordatorio en clave a distintas páginas de la libreta con las fechas de visitas previstas a Caracas y la petición nunca se hizo: es el destino de gran parte de los deseos infantiles.

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No sólo el cuatro ocupó nuestra atención por esos años sino un deporte marino que se empezaba a hacer muy popular en el mundo y que llegó a Venezuela con fuerza a mediados de la década de los cincuenta: la pesca submarina y en general el interés por el mundo submarino. A mí me llegó de modo particularmente fuerte a través de mis nuevos amigos caraqueños: Max Pedemonte, quien nombré antes y había conocido en el autobús Chacaíto-Carmelitas que nos llevaba al Colegio La Salle de Tienda Honda, y a los Gluecksman, Juan y Pedro, pero especialmente Pedro. Ellos ya habían empezado a practicar la pesca submarina porque papá Gluecksman tenía una pequeña lancha Chris-Craft de madera, un bote con motor fuera de borda­, con el cual se movían con soltura sobre todo en Turiamo donde iban con frecuencia porque la tía de Pedemonte regentaba un modesto hotel destinado a los técnicos que trabajaban en las obras de la Base Naval en construcción.

Algo tan simple como la máscara para ver bajo el agua era una novedad, al igual que el tubo de respirar osnorkel [3] y las aletas para los pies o chapaletas [4], e incluso el fusil de resorte –especialidad italiana– que disparaba un arpón, instrumentos que empezaban a popularizarse por todo el mundo. Jesús ya había usado la máscara y comentaba sobre los contornos y colores del paisaje submarino excitando la curiosidad de todos los hermanos. Lo cierto es que me veo a mí mismo un día cualquiera cerca del muelle de Turiamo, recién puesta una máscara prestada, caminando torpemente con las chapaletas puestas entre las piedras coralinas para adentrarme en el mar, esa primera vez sin usar snorkel y haciendo uso de toda la prudencia que se le pide a un primerizo. Llego a una profundidad que me permite flotar cómodamente y aprecio el fondo a través del agua transparente típica en ese lugar. Se despliega ante mí el nuevo panorama natural: piedras y erizos entremezclados, arena blanca o más bien blancuzca como fondo de la escena –veo desde arriba sin sumergirme– en la que pequeños peces de múltiples colores, se mueven entre grieta y grieta. La sensación de vida activa me asombra. Pero hay una diferencia: lo que veo es sólo antesala, más allá, a medida que se hace más profundo hay cosas menos amables, que ya no parecen tan familiares: las piedras coralinas –los llamados cerebros– mucho más grandes e intimidantes, antesala de la arena del fondo que desciende y se pierde en un azul profundo contra el cual se recortaban los pilotes del muelle, terra ignota para mis ojos de principiante. Ya era suficiente, debía regresar, un leve temor de cosas que podían ser difíciles me obligó, y de nuevo caminar entre las piedras para salirme porque además estaba solo, los amigos se habían ido a otra parte.

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A partir de esa primera experiencia, conocer el mundo submarino se convirtió para mí en una obsesión. La motivación inicial, muy propia de la adolescencia, tuvo que ver con lo deportivo: la pesca con fusil y arpón era un ejercicio de destrezas cuya práctica me enganchó. Y no tardaría en sumarse el interés por la observación usando lo que en español tiene el aparatoso nombre de escafandra autónoma y en inglés se conoce como scuba diving, el uso de botellas de aire comprimido. Unos cuatro años después de aquella mañana en Turiamo me fui junto con Pedro Gluecksman hasta Sears, la cadena de tiendas americana que tenía una sede en Caracas, a comprarme, con mis ahorros de dibujante de arquitectura en la oficina de José Antonio Ruiz Madriz, un par de botellas con su correspondiente válvula, que habrían de durarme unos cuantos años y fueron el primer paso hacia muchos episodios que podrían merecer el nombre de aventuras. Porque me dediqué a conocer el mundo submarino a mi alcance, lo que equivale a decir el venezolano. Y pasé por una etapa en la adolescencia y la adultez temprana en la cual el mar y particularmente su misterio y sus criaturas lo fueron todo para mí, mucho más que cualquier otra cosa, incluyendo la carrera que había escogido. Porque la Arquitectura se me mostró inicialmente como una posibilidad, como un reto podría decir, que se fue delineando y hasta cierto punto poseyéndome, lentamente, hasta hacerse objetivo principal de mis aspiraciones; pero en esos primeros años este deambular por el espacio marino venezolano, por arrecifes, por islas, pedazos de mar limitados por riberas amables o agrestes, se hizo pulsión permanente que orientaba muchas de mis decisiones. Descifrar el mundo submarino se hizo parte de mi modo de ver la vida. Nada se impuso por sobre mi culto hacia el mundo silencioso, como lo denominó con acierto el francés Jacques Ives Cousteau. Y ya maduro, en mi cuarta y quinta décadas de vida, tomé decisiones arriesgadas, poco razonables para una mentalidad conservadora, dictadas por mi amor al mar. Decisiones que sin embargo me proporcionaron algunos de los más estimulantes momentos de encuentro con el medio natural, durante los cuales se produjeron convivencias, con los amigos y más adelante con mi familia cercana, que veo hoy con la más profunda gratitud.

Después de aquellos momentos de revelación en Turiamo, en las pocas temporadas de Ocumare que nos quedaron hasta que la casa salió de las manos nuestras, la observación submarina ya convertida en pesca submarina se hizo parte de nuestras actividades siendo La Ciénaga el lugar más a la mano para practicarla como principiantes. Allí vimos por primera vez un tiburón –de los llamados gata, inofensivo– un grupo de mantas-rayas volando literalmente en el canal central de la bahía, los inevitables peces-loro que se constituyeron en nuestra presa más fácil y las langostas que cazábamos como manjar.

Y la sorpresa fue que, en nuestros inicios como pescadores quien más puntería tenía y por consiguiente más contribuyó a algunos de los almuerzos preparados por Gregorita, fue Pedro Pablo, el menos deportivo pero el más preciso de los hermanos.

 

Esta foto de mi hermano Edgardo y yo (1956) es de los tiempos en que ya la pesca, e incluso la fotografía submarina (en primer plano a la izquierda una caja submarina para Rolleiflex propiedad de Pedro Gluecksman, quien tomó la foto) y un espíritu de grupo (las camisetas) eran asunto principal para nosotros.

Max Pedemonte se lanza a pescar

Esta foto, que me muestra con una picúa (barracuda) recién pescada, tiene fecha precisa: 6 de Abril de 1955.

Esta foto (1956) es tomada en los terrenos del hotel de Turiamo regentado por la familia de Max Pedemonte. Muestro un sábalo (izq.) y un carite.

 [1]Los Torrealberos era un grupo musical que hizo de la música folclórica venezolana con arpa, cuatro y maraca su especialidad. Lo dirigía Juan Vicente Torrealba y el cantante era Mario Suárez quien después actuó por su cuenta. En los años cincuenta fueron inmensamente populares entre la clase media venezolana. Muchas piezas de su autoría son aún conocidas entre nosotros. https://www.youtube.com/watch?v=Zt5KUrCip0E

[2]Arístides Calvani https://es.wikipedia.org/wiki/Arístides_Calvani, importante personaje de la Democracia Cristiana venezolana, en esos tiempos parte de la coalición del gobierno democrático de Venezuela, era hombre de pensamiento, y seguramente por eso mismo gustaba de comunicarse con la gente joven. Nuestras amigas Alicia Rodríguez Aguerrevere y Ana Díaz Rodríguez (Ana unos años después se casaría con mi hermano Jesús) lo conocían más que yo, y sabiendo que estaba de paso por París, lo invitaron una noche a conversar. Yo acudí con Delia Picón, mi esposa entonces, y mi hijo mayor Óscar en su cuna portátil. Por supuesto llevé el cuatro, pero casi no toqué porque Calvani se apoderó de él y se convirtió en el centro musical de la reunión, aparte de que por su condición de persona pública no me atreví a pedírselo para lucirme yo.

[3]Tubo para respirar que se adapta a la máscara submarina. Palabra no aceptada por la RAE. Viene del tubo de respiración para el motor diesel en los submarinos alemanes de la Segunda Guerra Mundial.

[4]Así se le dice en Venezuela a las aletas que se ponen en los pies para facilitar la natación y particularmente para el buceo y snorkeling

VER LA VIDA (36)

Oscar Tenreiro

Las festividades del amanecer venezolano motivadas por las Misas de Aguinaldo ,esa celebración típicamente nuestra hoy un poco olvidada, tenían que aparecer en nuestra vida infantil y junto con ellas los patines y la patinada. Fue en un Diciembre de 1951.

Esas misas venezolanas se celebran anualmente en la madrugada (entre las cinco y las seis) desde el 16 de Diciembre hasta el día de Navidad. Las convirtió en tradición local el rasgo particular de acompañarlas musicalmente con los villancicos, versión criolla que llamamos aguinaldos[1], y fueron autorizadas desde tiempos coloniales por las jerarquías eclesiásticas hasta convertirse en parte de nuestra pequeña historia. Historia a la cual se le fue agregando, en acuerdo con nuestra constante búsqueda de la diversión libre, y supongo que desde comienzos del siglo veinte, la realización de patinadas festivas que poco atienden a la misa. Esta queda sobre todo para las beatas–señoras mayores asiduas visitantes de la iglesia– y los más religiosos.

Se patina en grupos por las calles aledañas a la iglesia, donde reinan los fuegos artificiales. Entremezclados en el gentío los adultos lanzan cohetes–más peligrosos– que suben alto, y los más jóvenes, así lo hacíamos, siguen a las niñas que entran o salen de misa, lanzando triquitraquis, buscapiés comerciales y caseros, saltapericos, nombres locales que aluden al tipo de artificio. Para los más niños quedan los triquitraquis pequeños y unas cebollitas de las que se tiran y explotan, mis preferidas incluso hoy porque las encuentro divertidas. Todo en un ambiente de celebración que se supone supervisado por alguna autoridad o por los mayores, sin que en realidad lo estuvieran, como siempre ocurre en este mundo nuestro.

La parte difícil es levantarse a las cuatro de la madrugada, y así fue ese año. El día anterior a la primera misa, aparte de hacer acopio de triquitraquis comprados en la calle con dinero paterno, nos habíamos dedicado a preparar nuestros buscapiés artesanales, muy efectivos y de simple fabricación. Consistían en llenar de pólvora pitillos de los de tomar refrescos (llamados pajita o caña en España, en esa época de papel encerado), previamente entorchados en una de sus puntas para luego una vez llenos entorcharlos de nuevo. El entorchado servía de mecha y al prenderla e iniciarse la combustión de la pólvora salía como un pequeño cohete: era todo un evento pirotécnico. Y lo más curioso era que la pólvora la podía comprar un niño como yo en una pulpería que quedaba no me acuerdo donde, a la cual llegaba en mi bicicleta y decía deme un kilo de pólvora y allí mismo te daban, sin misterio alguno, una bolsita llena con un kilo que sacaban de un tonel que tenían en la parte de atrás. Creo por cierto que yo compré ese Diciembre por lo menos tres kilos que no me costaron gran cosa, tal vez seis bolívares, no más. Y estuvimos toda la tarde llenando pitillos, Pedro Pablo, Edgardo, algún amigo que no recuerdo y yo, empleando dos kilos y quedándome uno que utilicé después de un modo bastante peculiar que describiré.

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Las Misas de Aguinaldo de ese año fueron muy divertidas. Lo de los pitillos de pólvora resultó una maravilla a pesar del riesgo de las quemaduras, que confieso nos preocupaba poco. Y lo de la patinada también, con el problema de que patinar en asfalto rugoso es un poco incómodo, sobre todo con esos patines antiguos que se adaptaban al zapato –y los destrozaban– pero trasmitían la vibración a todo el cuerpo[2]. Así que había que buscar mejor las calles más lisas, porque el asfalto no estaba en toda la ciudad como está ahora, muchas calles eran de concreto. Y por supuesto, el objetivo preferido del arsenal de fuegos artificiales era el griterío sobre todo femenino, los aspavientos que se hacían estridentes si un velo de los que debían llevar las damas en el templo y continuaban llevándolo a la salida, cogía fuego a causa de un triquitraqui, como he contado que pasaba a propósito de la Semana Santa de Valencia. Se armaba entonces el correspondiente revuelo que terminaba llegando como chisme al Padre Cabrera quien pedía a las autoridades que prohibieran esto o aquello. Y lo prohibían, pero nadie le hacía caso a la prohibición y los policías a esas horas descansaban.

Y cuento lo de la pólvora. Me había quedado en efecto pólvora sin usar en los pitillos. Así que pensando lo que podía hacer con ella me vinieron a la mente las imágenes de las películas de piratas o de batallas en las cuales un reguero de pólvora actuaba de mecha para hacer explotar el polvorín del enemigo ¿Por qué no ver cómo se prendía un reguero parecido? Era una buena idea, pero había que encontrar donde hacer el reguero. No podía ser en los patios de la casa porque se manchaba el piso, y como en cualquier patio donde lo intentara se iba a manchar el piso, decidí entonces hacer el reguero en el cuartico de cachivaches que quedaba frente a la cocina de la casa pegado de la medianera, el cual tenía una claraboya para iluminación, sin ventilación. Y puse manos a la obra una tarde cualquiera recién llegado del colegio, mamá no estaba en casa y los demás hermanos no estaban cerca. Dado que el cuarto era muy pequeño hice el reguero yendo y viniendo como si fuera una letra eme y como me sobraba pólvora puse más en todo el reguero, lo cual probó ser un gran error. Ya sólo quedaba prenderlo como en las películas. Se me hizo difícil pero finalmente lo logré levantándose unas llamaradas que casi llegaron al techo, me rozaron la cara chamuscándome parcialmente las pestañas y moviéndose rapidísimamente a lo largo de la eme consumieron toda la pólvora. ¡Vaya espectáculo! Quedé unos segundos sin habla, realmente paralizado, y el cuarto se llenó completamente de un humo tan espeso que tardó en salir por la puerta –que debí abrir de par en par– por lo menos media hora. ¡Dios bendito! ¿Ahora qué iba a decir ante la evidencia del piso manchado (menos mal que era de cemento) y el humero? No pude hacer otra cosa que tratar, ayudando con un periódico, a que el humo saliera por la puerta y esperar el regaño después de intentar borrar la mancha con escoba y coleto. Duró meses allí, rebelde, para dejar un recuerdo imperecedero de mi experimento: la pólvora regada en el suelo servía de mecha para volar un polvorín: Hollywood no mentía. ¡Ah! una cosa más: mamá no se dio cuenta, llegó ya escapado el humo, nadie me acusó y cuando notó la marca en el piso yo había logrado atenuarla.

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Tuve un compañero de curso en el San Pedro Alejandrino que he olvidado mencionar y fue sin embargo vehículo de imágenes muy vivas de mi memoria. Se llamaba Oscar Ganteaume, un par de años, tal vez tres, mayor que yo. Su familia era dueña de una muy antigua hacienda al Este de Maracay, un poco más allá de Turmero, llamada Paya, muy extensa, originalmente dedicada al cultivo de la caña, pero en lo que yo pude ver, más bien orientada al café. Tenía que yo recuerde dos hermanos, pero creo que eran más: Harry, el mayor y Alfredo, de mi edad o aún menor. Congeniábamos bastante bien, pero debo decir con franqueza que lo que más me interesaba de su amistad era la posibilidad de que me invitara a pasar el día allá en su hacienda, un lugar que recuerdo con especial agrado y hasta nostalgia, tan especial era. Y mi entusiasmo durante las visitas era tal que precisamente por ser más niño es muy probable que resultara un poco pesado para mi tocayo, más bien un tipo circunspecto.

La primera vez que me invitó a almorzar pasaron dos o tres cosas que me dejaron impactado. La primera era la casa, con amplios corredores y esa austeridad de la arquitectura de haciendas venezolana –y latinoamericana– que le da una personalidad tan especial a los amplios corredores sombreados, las altas puertas dobles de madera para entrar a las distintas estancias, los materiales naturales, el patio central, en fin todos aquellos elementos de nuestra imaginería arquitectónica que iban después a grabárseme en el alma. La otra es que él tenía una autonomía de movimiento en el extenso territorio de la hacienda, que se me antojaba privilegiada. Se movía por todas las dependencias externas (patio de secado del café, depósitos del grano, maquinaria de ensacar, sitios de trabajo) con una soltura que recalcaba el drástico contraste con nuestro estilo de vida más citadino y modesto; y lo hacía además en un viejo jeep [3]manejado por él mismo –yo de copiloto– el cual había que prenderlo dándole vuelta al orificio de la llave con un destornillador que estaba debajo del asiento. Se había partido dentro del cilindro la llave original y por eso tal procedimiento, pero desde mi visión infantil pensé (no pregunté por no parecer desinformado) que a falta de llave bastaba un destornillador, lo cual me llevó a intentarlo, fracasando por supuesto, con un vehículo de los que vendía papá. Eso del destornillador fue la tercera cosa que me impresionó de la visita a la hacienda.

En lo sucesivo, los sábados en la mañana –en esos tiempos había clases los sábados– hacía todo lo posible para que Oscar me invitara a su casa-hacienda, pero la verdad es que él se resistía un poco, tal vez porque yo era demasiado niño para él, así que logré sólo un par de invitaciones más. Pero fue una visita posterior, con mamá tal vez para algún cumpleaños, la que realmente me hizo pensar que esa hacienda era un sitio único. Fue una tarde, y mientras mamá se quedaba con las demás señoras, nosotros y los amigos que concurrieron dimos vueltas libremente por todas las viejas construcciones de la hacienda hasta descubrir un espacio grande donde había montañas de café ya seco por las cuales nos deslizábamos como que si fueran un tobogán. Fue una tarde única que confirmó mi devoción por ese lugar. Nunca la pude satisfacer porque no volvimos más. Y hace unos años, al regresar al sitio original cerca de Turmero en las afueras del Maracay actual, la decepción por el cambio tan drástico y empobrecedor fue tan grande, que una vez más lamenté la insensibilidad de los venezolanos frente al patrimonio construido del pasado.

Una vieja foto del patio de secado del café de la Hacienda Paya que obtuve de Internet. Bajo el techo alto del edificio del fondo estaban las montañas de café seco. La casa de la Hacienda estaba en otra parte, colindando con la carretera a Maracay.

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Uno de los Ganteaume, Alfredo, sufrió un accidente que quiero relatar aquí porque es una muestra de las peculiaridades de este lugar del mundo.

Tiene que ver con la llamada Revolución de Octubre de 1945, esa caricaturesca y perversa versión venezolana del Octubre ruso, en la cual fue derrocado el gobierno democrático de Isaías Medina Angarita a manos de un alzamiento civil-militar. Golpe de Estado que se realizó un 18 de Octubre, día, o más bien noche, de la cual me quedó una impresión muy particular. Porque ya he dicho antes que nosotros vivíamos a un par de cuadras de la sede administrativa de la Gobernación en esa época y que a través de los patios internos de esas manzanas se trasmitían los rumores de cada casa. Rumores que esa noche no eran rumores sino el ruido intimidante acompañado de miedo, de disparos de todos los calibres que nos llegaban desde la Gobernación y que durante al menos una hora no nos dejaron dormir a pesar del deseo de mamá de tranquilizarnos con buenas palabras. Así que en vez de ladridos o de quejas de un moribundo, como he relatado, nos llegaron esa noche los ecos de una pequeña guerra sobre la cual papá comentaba a mamá la noche siguiente junto al radio –lo oí porque estaba cerca– que habían asesinado a Anibal Paradisi, su amigo, el Presidente del Estado Aragua (como se llamaba su cargo en esos tiempos) a la entrada del edificio. Ambas cosas, el rumor de la batalla y su consecuencia, una muestra de lo que hemos sido en este país difícil.

Aníbal Paradisi Marrero (foto de Internet) Presidente del Estado Aragua asesinado en ejercicio el 18 de Octubre de 1945. Aquí de levita para alguna ocasión solemne.

Y de las andanzas militares de esa noche quedaron diversas huellas en la ciudad al alcance de la curiosidad de los niños. huellas que estuvieron aparentes primero y luego escondidas por varios años. Yo tuve en mis manos cartuchos de balas que alguien, tal vez yo mismo, había recogido de las calles. Y ocurrió que Alfredo Ganteaume encontró no un cartucho sino una bala de fusil entera en algún sitio poco accesible o a la vista durante al menos cuatro años, empezó a jurungarla y según una versión que corrió entre nosotros utilizó un compás escolar…haciendo que la bala explotara arrancándole tres dedos. Fue una noticia que nos impresionó mucho. Y allá fuimos, al Hospital Central que también quedaba cerca, en uno de los lados de la Plaza Bolívar, a visitar a Alfredo, a quien recuerdo acostado y adolorido, semidormido con el brazo vendado –no sé si el derecho o el izquierdo– y en los brazos los tatuajes de la pólvora. Se recuperó bastante rápidamente y no creo haberlo visto en el tiempo que siguió, tampoco a Oscar. De ellos sólo supe después que se hicieron empresarios importantes. Y si leyeran esto aprovecho para saludarlos con afecto que no se ha borrado. Y Oscar, si vive, me debe una invitación, y si no, ya nos veremos en otra hacienda.

[1]El aguinaldo criollo es un tipo de villancico muy ruidoso y festivo que se canta acompañado de instrumentos venezolanos: cuatro, tambora, furruco (de percusión, para el ritmo) y maracas. Incluyo un link que permite oír uno de los aguinaldos clásicos, si la antipática norma de Youtube de hacer propaganda –que a veces es de nuestra Dictadura– permite llegar sin problemas:  https://www.youtube.com/watch?v=wvlUYKV6Q4M

[2]Eran marca Winchester y tenían unos ganchos ajustables para adaptarlos al zapato (que no era blando como los de ahora). También había botas con patines, pero eso era material demasiado refinado para nuestros tiempos maracayeros.

[3]El jeep, una de los aportes industriales de los Estados Unidos debidos a la Segunda Guerra, era el clásico vehículo de trabajo de esos años. Ya me referiré en próxima entrada cómo apareció en mi mundo de entonces.