TODO LLEGA AL MAR (5)

Oscar Tenreiro

Había yo resultado electo como Secretario de Cultura del Centro de Estudiantes cuando en una reunión de la Junta Directiva, primeras horas de una noche de Agosto de 1959, se leyó una carta enviada desde Chile en la cual se nos invitaba a un Congreso Panamericano de Estudiantes de Arquitectura (que comenzaría el 20 de Septiembre) con gastos de alojamiento pagados para dos personas. El lógico representante nuestro debía ser el presidente del Centro, un estudiante de cuarto Año –yo cursaba tercero– Miguel González, quien finalmente declinó su asistencia a favor mío, lo cual me convirtió junto con el estudiante de último curso Gonzalo Castellanos Monagas en delegados oficiales ante el Congreso. Gonzalo –se dio en lo sucesivo entre nosotros una entrañable amistad– era parte del grupo de estudiantes del quinto año autores del trabajo seleccionado para llevarlo a Chile, una muy interesante intervención en el pueblito del Gran Roque, parte del archipiélago hoy turístico-famoso, el cual habíamos convertido en tema importante gracias a nuestras andanzas de los meses anteriores, incluído Jesús Tenreiro –él trasmitió la inquietud por Los Roques a los cursos superiores– junto con varios amigos, entre quienes hicimos un levantamiento topográfico del pueblo y posteriormente una excursión de un numeroso grupo estudiantil-profesoral que he narrado en otra parte. Ya despuntaba en Gonzalo lo que iba a caracterizar su persona (en el sentido de Jung), ser parte activa de la intelligentsiavenezolana como un apasionado y muy riguroso amante del arte en todas sus expresiones lo cual lo llevó a participar en muchas cosas de interés en los años que siguieron.

Y entre lo que se ocupaba Gonzalo en ese momento estaba su participación en un grupo fundado en 1955, el grupo Sardio, compuesto por escritores y artistas mayoritariamente de izquierdas (él era más bien de centro-izquierda) gentes que a mi me parecían un poco inalcanzables, tal vez por razones de edad porque yo era cinco años menor que Gonzalo, pero también por cuestiones de desarrollo intelectual. Lo componían escritores jóvenes pero conocidos, artistas plásticos establecidos, todos de talante muy combativo hasta el punto de que, tocados ya por la controversia política y la ola revolucionaria made in Cuba,se distanciaron entre ellos, algunos tomaron un camino subversivo, otros sostuvieron su vocación democrática y el grupo terminó disolviéndose en 1959: la historia venezolana de siempre.

Portada del Número 8 de la revista Sardio editada un par de años después de nuestro viaje. Diagramada por Gonzalo Castellanos de quien hay un artículo, al igual que otro de su gran amigo Rodolfo Izaguirre. Puede verse por los títulos cual era la orientación política del grupo. (Internet)

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Por esos días se encontraba Gonzalo supervisando la impresión de uno de los números de la revista del grupo, que se imprimía en un taller que funcionaba en una vieja casa del barrio de San José, en el casco histórico de Caracas, Editorial Arte, manejada por su dueño, un español de apellido De Juan, verdadero pionero de la imprenta en Venezuela gracias a su celo en términos de calidad, a su seriedad profesional mezclada a una simpatía seca, lo cual era garantía de un producto que guardaba un nivel sumamente alto comparable a lo mejor de Europa y superior a lo típico latinoamericano de entonces. Aprovechando ese vínculo de trabajo Gonzalo logró que Editorial Arte nos imprimiera –gratis, aprovechando que en esos  meses post-dictadura los estudiantes universitarios éramos los niños mimados– los textos de la exposición que llevaríamos a Chile, enteramente concebida por él a base de fotografías con sus textos, encoladas a unos paneles de madera laqueada que se transportaron en una caja construida especialmente, paneles y caja, en la carpintería de la Facultad dirigida por Miguel Monje hombre cordial amigo de todos los estudiantes, sus clientes ocasionales para toda clase de cosas. Tanto la supervisión de Sardio como lo de la exposición lo hacía mi amigo apoyado en un amor por la tipografía que rápidamente se me contagió. Aprendí a conocer los tipos de letras de imprenta más comunes –el tipo garamond era el preferido de Gonzalo para Sardio– a saber lo que era un linotipo, máquina un poco estrafalaria que fundía en tiras de plomo las líneas del texto, las galeradas, los distintos tipos de prensas  y en general todo el aparataje tipográfico, siempre atractivo, conocimiento que me fue útil cuando imprimimos el Informe sobre el Congreso una vez que regresamos de Chile, él y yo dirigiendo a la gente –tipos extraordinarios, cálidos, dispuestos, abiertos generosamente a los muchachones imberbes que éramos– de la Imprenta Universitaria recién fundada, hoy desaparecida como han desaparecido tantas cosas buenas de la Venezuela de entonces.

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Debimos reunir dinero para pagar pasajes y gastos. No se me olvida el recorrido que hicimos como pedigüeños Gonzalo y yo por las oficinas de arquitectura establecidas –Vegas, Ferris y Dupouy; Vegas y Galia; Tomás Sanabria; Jorge Romero Gutiérrez– en todas ellas recibidos con ánimo positivo hasta llegar incluso Juan Andrés Vegas, en un gesto generoso muy a lo venezolano de entonces, a prestarme a mí, a quien apenas conocía y sin yo habérsela pedido, una Rolleiflex de negativo 6x6para que documentara el viaje. Y gracias a las contribuciones pudimos comprar un pasaje barato que nos llevaría a Panamá a pasar una noche, para seguir al día siguiente en una línea aérea más que pirata –llamada Cinta-Ala– cuya sola mención provocó sonrisas en el aeropuerto panameño debido a su irregularidad y a que operaba un viejísimo avión DC-4 siempre retrasado que venía de Miami y debía parar en el norte del Perú por combustible antes de seguir a Lima para dormir y continuar el día siguiente a Santiago. Y aún así, avión viejo y todo, el viaje fue particularmente agradable porque para mí todo era motivo de placer –estar en un avión, ver deslizarse el mundo americano allá abajo, sentir que me esperaba el extranjero– y por el trato de la tripulación que era familiar, tal vez para compensar lo rústico de la cabina donde junto con los pasajeros iba parte del equipaje cubierto con una lona. La parada por combustible fue en Talara, una ciudad petrolera en donde me sorprendió la frescura del aire de esta tierra desértica junto al mar, todo un contraste con mi experiencia caribeña de tierra caliente y mar sin la fría corriente de Humboldt que asciende hacia el Ecuador a lo largo de toda la costa peruana. Y llegamos en la tarde de ese día a Lima donde dormimos y tuvimos unas horas para dar un paseo de tarde que me dejó algunas imágenes gratas –casonas, algunas bellas mujeres–de una ciudad que pude conocer mejor unas cuantas décadas después.

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El contacto con Santiago de Chile fue todo un descubrimiento porque mi ignorancia adolescente y lo escaso de las relaciones entre países en esos años no me había permitido hacerme una idea de su carácter más bien europeo, muy marcado en el centro de la ciudad donde quedaba el hotel, radicalmente ajeno al de Caracas. La mañana siguiente a nuestra llegada salimos a dar un paseo para encontrar las calles desérticas por ser un Domingo (21 de Septiembre) y porque la ciudad estaba en la resaca de las intensas celebraciones –siempre muy intensas en Chile– del Día Nacional el 18 anterior. Esa soledad acentuaba el tono gris de los edificios que agrupados en bloques compactos como en los centros urbanos europeos le daban un aspecto severo que nos sedujo, tal vez por el contraste con el desorden visual del centro de Caracas, complementado después por la animación del Lunes, cuando ya nos habíamos mudado para el hotel oficial del Congreso –Hotel Cervantes–, muy modesto, de servicios mínimos, el cual dejamos días después para alojarnos hasta que salimos de Chile en el apartamento de Rafael Escobar, Primer Secretario de la Embajada de Venezuela, quien conocía de oídas del mundo literario a Gonzalo y quería ofrecer hospitalidad a un amigo de sus amigos. Gonzalo conocía personalmente pero personalmente al poeta Vicente Gerbasi (1913-1992) para muchos el mejor poeta venezolano de entonces, Consejero Cultural de la Embajada de Venezuela, quien nos recibió ese mismo Domingo junto a su esposa Consuelo a almorzar en su casa mostrándonos una cordialidad inusual regada con vino blanco chileno y una comida de primera.

Vicente Gerbasi. Foto de Internet de más o menos el tiempo de nuestro encuentro en Chile

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Al comenzar las actividades del primer día del Congreso empezó a perfilarse lo que sería el más importante resultado de la visita: el inicio de un conjunto de relaciones personales que iban a permanecer por años, algunas incluso hasta hoy. La apertura a nuestra versión de las cosas, la curiosidad por Venezuela y el deseo de alternar con nosotros le dio a esos días chilenos un carácter muy especial. Conocí en un plano más personal a gentes con quienes establecí fuertes vínculos en los años que siguieron, mientras que Gonzalo encontró campo propicio para sus inquietudes intelectuales en algunos de los estudiantes de nivel más avanzado. Sentíamos que nuestra visión de la actualidad arquitectónica era más dinámica y acaso mejor informada (Chile atravesaba por una depresión económica que iba a tener fuertes consecuencias políticas­, y nosotros veníamos de un país en ebullición) y si bien es verdad, como ya lo he dicho, que nuestra Escuela era drásticamente joven y en consecuencia podría decirse que más inmadura que sus homólogas de Chile, eso no parecía manifestarse en carencias de nuestra parte, sino que dábamos la impresión de una más que aceptable madurez que se alimentaba sobre todo de la arrogancia de Gonzalo –rasgo que le era propio– y menos de la insuficiencia mía, compensada por mi pasión por la polémica. Parecíamos tener los recursos intelectuales necesarios para afrontar el debate en boga, en el cual prevalecían los argumentos en torno a esa dimensión social de la arquitectura que por esos días era algo parecido a un lugar común. Y como Venezuela venía experimentando en los años anteriores un crecimiento vertiginoso derivado del alza de la economía petrolera, proyectábamos un optimismo y una frescura que contrastaba con el talante más bien recogido de los chilenos, marcado por las dificultades y estrecheces de una economía estancada, compensadas sin embargo con una bonhomía generalizada y un saber vivir en la modestia que nos cautivó.

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Nos ocurrieron cosas muy especiales. Una de ellas la visita a Pablo Neruda en su casa del cerro San Cristobal (que el poeta llamó La Chascona – en el lenguaje popular chileno, mujer de mucho pelo espelucado– homenaje a su segunda esposa Matilde Urrutia) acompañando a Vicente Gerbasi, quien era su amigo, y Rafael Escobar. De ella recuerdo la acogedora calidez del espacio donde nos recibió, tal vez su estudio, lleno de objetos que delataban al afán coleccionista de Neruda y me parecían un poco misteriosos, la presencia de la piedra como material de construcción y el detalle, que era más bien asunto esencial, de que la casa estuviera atravesada por un arroyo. Me mantuve observando y oyendo la voz cascada del poeta, un poco incómodo por la actitud reverencial de Gerbasi y Escobar, muy explicable, pero demasiado pegajosa para mi gusto de adolescente un poco desafiante. Y tal vez por eso no retuve nada de lo que se dijo. Permanecí muy callado ante la locuacidad general porque no tenía nada que decir desde mi ignorancia total de la obra de Neruda y la distancia ideológica de este inmenso militante, aunque por supuesto había conocido –¿quién no? quiero escribir los versos mas tristes esta noche, himno poético común en ese tiempo. ¿Y Gonzalo? Bueno, participaba ocasionalmente en la conversación, soltando algún nombre como era su estilo, refiriéndose a alguna lectura, muy cómodo, casi oficiante.

Y también fue muy especial una reunión preparada por los organizadores del Congreso que nos llevaron a una casona en la cual tocó su guitarra y cantó para nosotros ese personaje de la mitología popular chilena, de personalidad desafiante en su singularidad, que era Violeta Parra, pequeña, reservada, de pocas palabras. Y habrá cantado, lo supongo porque muy poco recuerdo de lo que fue su repertorio,gracias a la vida que me ha dado tanto, verso que me parece escrito para quien soy ahora.

La Violeta Parra que yo conocí (Internet)

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Aprendí que el Pacífico en esa parte del mundo es gris y frío –corriente de Humboldt mediante, ya lo dije– y radicalmente distinto del cálido y azul Caribe nuestro. Ya habíamos tenido una primera impresión en Valparaíso con sus escarpados barrios que casi nacen desde el puerto, con sus ascensores inclinados, que funcionaban impecablemente pese a sus muchos años a cuestas y a la precariedad de ese entonces chileno, ciudad realmente especial a la cual nos llevaron a pasar el día y donde comí por primera vez –confieso que sin demasiado entusiasmo– el loco, molusco propio de las costas de Chile y Perú, que en Chile junto al pastel de choclopodría casi considerarse un plato nacional. Allí, en un restaurant ubicado en esas pronunciadas laderas de la ciudad, durante un almuerzo muy festivo ofrecido a todos los delegados tuve que hablar en público para presentarnos como delegación. Alguien de cada grupo lo iba haciendo por turnos y yo con terror veía aproximarse el mío hasta que al fin me paré y cumplí para darme cuenta de que no era tan difícil pese a la ansiedad que me producía. Y tuve que superarla porque era condición necesaria para hacer lo que me exigía el nuevo papel representativoque comenzaba a ser parte de mi rutina y que ocupó bastante espacio en mi día a día de los años inmediatos.

Y también a la costa me llevó otro día, un fin de semana –Gonzalo tenía otros planes– nuestro nuevo amigo chileno, Gustavo Munizaga Vigil, estudiante de arquitectura de la Universidad Católica, cuya familia tenía una agradable casa en Zapallar, lugar de veraneo de la clase alta santiaguina y sitio realmente hermoso del cual recuerdo las grandes mansiones y los venerables pinares verde oscuro tan distantes de mi visión tropical de un paisaje de costa.

El exclusivo Zapallar de Chile (Internet)

Gustavo Munizaga Vigil en 1959 y una hermosa joven chilena, su amiga, una semana después de nuestra llegada a Santiago.

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TODO LLEGA AL MAR (4)

Oscar Tenreiro

Y tal como he dicho, a mediados de 1957 comencé a participar muy moderadamente en actividades subversivas. Recuerdo por ejemplo que con la colaboración un tanto limitada de un amigo con quien había fundado un servicio de copiado para hacernos de un dinerillo extra que casi nunca llegó, quien tenía vehículo propio, lancé panfletos subversivos en las calles en las semanas anteriores al primero de Enero del 58, y también guardamos varias cajas de esos mismos panfletos en la sede de nuestro negocio mientras el contactoencontraba otros voluntarios.  Y el contactoera Luis Jiménez Damas, ya fallecido, estudiante del último año que se había hecho mi amigo y participaba activamente en la subversión, valioso arquitecto y profesor en los años posteriores. Era él uno entre tantos estudiantes que terminaron constituyendo una red que actuaba en todo el mundo universitario, el cual, repito, fue decisivo en el desmantelamiento del poder político del Régimen dictatorial.

El caso es que desde esos días y en lo sucesivo, mi vida universitaria estuvo estrechamente vinculada a la actividad política. Nunca descuidé mis obligaciones de estudiante, debo insistir en ello, pero me exigí muchísimo tratando de conciliarlas con la esfera política y eso sin duda las afectó, particularmente cuando un año después, a comienzos de 1959 terminé siendo el Presidente del Centro de Estudiantes de Arquitectura, responsabilidad que prácticamente tomaba todo mi tiempo. Los Centros de Estudiantes en ese entonces tenían importancia porque la Federación de Centros Universitarios, que los agrupaba, influía fuertemente en el debate político nacional, dominado por la lucha entre revolucionarios a la cubana (la Revolución Cubana había triunfado en Enero de 1959) representados en varios partidos incluyendo el comunista, y defensores de la democracia desde posiciones social-cristianas  (con las cuales yo me identificaba) y la social-democracia, grupos que formaban un frente político que culminó en un gobierno de coalición entre 1960 y 1965. Era un debate arduo, extraordinariamente difícil, que bordeaba la violencia y estaba cargado de una polarización ideológica que exigía preparación, estudio y discernimiento sometiendo a quienes habíamos dado el paso de asumir posiciones que insisto en llamar testimoniales, a una tensión considerable.

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Me he extendido hablando de estas incidencias políticas porque ellas tuvieron un papel muy importante en nuestra formación. En mi caso imprimieron una particular dinámica a mi vida en esos años cruciales y definieron preferencias que darían forma a mi sensibilidad personal en relación con la arquitectura. El componente social del trabajo del arquitecto, eso que más recientemente se ha llamado la responsabilidad social de la arquitectura empezó a convertirse en asunto primordial que me llevaba a orientar mis intereses y a cultivar una determinada conducta, sentándose así las bases de un visión del ejercicio de la disciplina que orientaría decisiones, modos de actuar, búsquedas, que de modo progresivo me llevaron, podría decirse, a construir un cuerpo ideológico que sirvió de base a lo que soy ahora. Y si bien es verdad que esa maduración de la cual he hablado modificó fuertemente la aproximación a la arquitectura que se delineaba en esos años iniciales, nunca he dejado de ver lo que hago fuera del foco que se hizo presente en ese tiempo, parte de una especie –sé que suena extraño– de ministerio, para el cual cada experiencia, todo intento de abrirse paso entre las distintas caras de la realidad era parte de un discurso ético en el cual pesaba mucho lo colectivo, lo que atañe al cuerpo social. Si bien es cierto que para quien observa mi trabajo ese escenario de fondo puede pasar relativamente desapercibido, para mí nunca desapareció. Ha sido una constante presencia emocional que me llevó a buscar con insistencia y utilizando muchas estrategias que funcionaban de modo irregular, cercanía con el Poder Público para lograr tener acceso a trabajos de Arquitectura Institucional que en el orden económico venezolano están monopolizados por el Estado en sus diversos niveles.

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La propia caída de la Dictadura fue como un cataclismo en la Escuela. Coincidió con la mudanza al nuevo edificio, cuyas superficies externas Villanueva trató con una policromía a base de tonos de azul concebida por Alejandro Otero (la cual por cierto, ya estaba siendo ejecutada cuando tuvimos el cursillo que mencioné) para la cual utilizó mosaico cerámico, material característico de toda la Ciudad Universitaria, el interior con murales estratégicamente ubicados a cargo de otros artistas. Ya había funcionado en él un taller de trabajo del último curso –del cual formaba parte mi hermano Jesús– organizado con el propósito exclusivo de participar en la Bienal de Sao Paulo[1], en un rincón en el cual nos habíamos ubicado utilizando la influencia de mi hermano, para hacer nuestro trabajo de Tercer Año dirigido por Martín Vegas Pacheco tres amigos y yo, lo cual nos permitió congeniar con los mayores y, lo mejor, asistir desde la segunda fila a a las visitas regulares en plan de corrección que Villanueva hacía. Y supongo –no puedo recordar con precisión– que allí nos quedamos hasta que culminamos el Tercer Año a mediados de 1958.

Y ya después del 23 de Enero se iniciaron tiempos bastante agitados. Durante las primeras semanas hubo múltiples asambleas en el recién construido –aún incompleto– Auditorio donde se sumaban capítulos de la cacería de brujas disparada desde el mismo 24 de Enero contra todo sospechoso de alguna relación –así fuese sólo de simpatía– con la Dictadura. Se pronunciaron discursos exaltados contra quienes no gozaban de la aprobación de los más radicales, aquellos que años después dirían lo contrario de lo que en ese momento les ganaba aplausos. Y como resultado hubo no pocos absurdos, no escasas injusticias, como por ejemplo la de expulsar de la Escuela a nuestro querido profesor Ventrillon acusándolo de arbitrario o de favoritismos indebidos (y de simpatizante perezjimenista), denuncias sostenidas por los más mediocres de sus alumnos, resentidos por haber sido supuestamente maltratados por un extranjeroque si algún problema tenía era simplemente el de ser hombre de carácter[2]. Fueron unas semanas que ensombrecieron los aspectos positivos –muchísimos– de los acontecimientos que abrían la puerta hacia la democracia y que para mí constituyeron una enseñanza esencial sobre los oportunismos, las inconsecuencias y sobre todo la carga negativa de las ideologías congeladas.

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Y a medida que iba transcurriendo el tiempo, sembrado intensamente con la controversia política, iba avanzando en nosotros lo que me atrevo a llamar conciencia de ser arquitecto, sometida siempre a los vaivenes de la actualidad.  Y tal como he dicho ya, en esos tiempos venezolanos se inclinaba la balanza, el peso de las distintas cosas que influirían nuestra visión de la disciplina, hacia la dimensión social de la arquitectura. Y comenzaron a menudear en el Taller los temas de la realidad, el discurso profesoral empezó a cargarse de ideología hasta llegar en algunos casos al proselitismo revolucionario; y el populismo que desde entonces impregnó a todos los sectores políticos en liza terminó, como siempre, simplificando lo complejo e imponiendo esquemas. Sectores marxistas con influencia académica se empeñaron en una labor –que no tardó en hacerse sistemática– de descrédito del rol de la arquitectura como expresión cultural, convencidos ideológicamentede que señalaban en la dirección de los nuevos tiempos, y como los sectores democráticos revelaban carencias intelectuales de importancia, no hubo el contrapeso necesario y la Escuela terminó perdiendo nivel intelectual a manos de la simplificación política. Esa coyuntura y el hecho de que nos fuimos haciendo conscientes de lo que ya he mencionado respecto al rol decisivo de la autoformación, fue erosionando el ascendiente que le habíamos venido concediendo a lo que esperábamos de la Escuela. Llegó a hacerse fuerte para mí –y para algunos de mis compañeros cercanos– la idea de que serían mis iniciativas, el cultivo de mis intereses y la profundización personal en el conocimiento, independientemente de lo que me ofrecieran las rutinas académicas, lo que contribuiría a despertar la conciencia de ser arquitecto.

 

 

[1]El trabajo, un conjunto de viviendas para los obreros de la mina de carbón de Naricual en el oriente venezolano, obtuvo el premio mayor compartido con la Universidad Waseda del Japón. El profesor guía fue Carlos Raúl Villanueva y se trataba de la Cuarta Bienal de Sao Paulo de 1957 que incluía una sección de arquitectura y otra dedicada a Escuelas de Arquitectura (Tercer Concurso Internacional para Escuelas de Arquitectura). Ignoro si esas secciones permanecieron en las Bienales posteriores.

 

[2]Ventrillon tuvo en efecto que irse de la Escuela, y estuvo a punto de salir de la Universidad, pero su amistad con el entonces Decano de la Facultad de Ciencias (Jose Vicente Scorza 1924-2016) le permitió crear la Cátedra de “Dibujo para Biólogos” en la Escuela de Biología. Fue una pérdida lamentable para la enseñanza de Arquitectura a manos del radicalismo marxista, culpable de tantas cosas destructivas como bien sabemos hoy los venezolanos.

TODO LLEGA AL MAR (3)

Oscar Tenreiro

Se inició el Segundo año y también el Taller, lo cual equivalía al verdadero comienzo de la carrera: íbamos a dibujar –a imaginar, pensábamos– posibles edificios, lo cual a la vez que nos intimidaba era la razón de estar allí; lo anterior era antesala. Y me resultó difícil aceptar la lógica de la mayor parte de los ejercicios que se nos proponían, concebidos para ir de lo más simple a lo más complejo, criterio que con demasiada frecuencia se aplicaba a un análisisde la arquitectura –división del todo en sus partes– que exigía del estudiante un esfuerzo de fragmentación contra natura. No me parecía lógico diseñarun muro prescindiendo del contexto arquitectónico o natural del cual formaba parte, pero ese fue uno de los temas que se nos propusieron. Y me perturbaba ver como eran premiados los muros más artificialmente complejos a base de caprichos constructivos. Eran de ese tipo los primeros ejercicios, supuestamente simples y accesibles a los principiantes, aunque esa simpleza no fuese tal: lo simple exige un dominio técnico y constructivo que estaba fuera de nuestro alcance. Lo simple puede ser lo menos simple para un comienzo. Y así, de una a otra simplezatranscurrieron los primeros meses hasta que llegó el momento de abordar el primer tema de arquitectura, el cual siguiendo la tradición de años anteriores sería un pre-escolar (kindergartenen la Venezuela de entonces), tema también aparentemente simple.

Y traté, mediando grandes esfuerzos, de inventar –porque era eso lo que se nos proponíael edificio, objetivo que me llevaba entonces a pasearme entre las mesas de dibujo del Taller en plan de meditación, literalmente exprimiéndome el cerebro para encontrar alguna clave que me permitiera trazar las primeras rayas. Era un curiosísimo ejercicio: estaba queriendosacar algo de la chistera, de michistera. Mientras lo hacía pensaba que algunos de los rasgos que se asomaban a mi imaginación eran partes de una fisonomía surgida de mi esfuerzo sin que sospechara que se trataba en realidad de fragmentos de imágenes dibujadas por otros que se habían grabado en mi memoria. Espejismo que me impedía darme cuenta que intentaba lo imposible. Porque no estaba inventando, imitaba. Desde no hace mucho sé que en arquitectura rara vez se inventa: se descubre, se rediseña, se elabora. Todo parece estar dicho ya, o balbuceado, para que vayamos a ello y lo convirtamos en origen.

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Y la cuestión de la imitación requiere un comentario.

Hoy, liberados del peso negativo que la palabra tuvo para los arquitectos en mis tiempos juveniles es posible decir que mucho de lo que hacemos se origina en la imitación. Porque la imitación para nosotros, o para quien tenga alguna aspiración artística, está siempre presente, es una tentación permanente. Pero el rupturismode las vanguardias en los comienzos del siglo veinte exigía una conducta ideológicamente coherente con el objetivo de abrir un capítulo nuevo para el arte –o la arquitectura– que obligaba a considerar pecado mortal la imitación o, incluso, cualquier mirada admirativa hacia lo que se hacía bajo el manto protector de la Academia, entendida ésta, no como el ámbito universitario que cultiva un saber superior sino como el reino institucionalizado de lo político y socialmente correcto: las Academias de la tradición francesa, imitadas en todo el ámbito europeo y ejerciendo como instituciones rectoras. Era por lo tanto imposible siquiera considerar que lo nuevo pudiese nutrirse, aún parcialmente, de la imitación. Se continuaba la línea de pensamiento que maduró con los estertores del romanticismo décimonónico y se expresó abiertamente a comienzos del siglo veinte: la obra de arte aspira a ser creación,a librarse de herencias, a superar la inercia impuesta por lo que antecede.

El plan de estudios de mi escuela estaba ideológicamente influido por esa conciencia de cambio desde cero, si bien muy moderada por décadas de profundos cambios y libre del peso de instituciones rectoras de la estirpe Beaux Arts. Pero de todos modos marcada por las nociones, convertidas ya en normas, que desde los tiempos de la Bauhaus nutrían la formación de los arquitectos, aceptadas desde fines de la Segunda Guerra por las escuelas de arquitectura norteamericanas y por las más actualizadas del mundo europeo. Así que varias décadas, una guerra, un océano y un continente de distancia, en un país tropical de poca importancia, mi caricaturesca conducta era consecuencia de la doctrina que la Bauhaus había manejado en sus mejores tiempos fundada en la idea de que la arquitectura debía nacer ex novo, sin deber nada a la arquitectura heredada, a lo que era vigente en la escena social. Y si bien es cierto que en Weimar o Dessau en medio de la espesa tradición cultural europea ese propósito de higiene dio lugar a obras realmente innovadoras, ellas estaban alimentadas –aunque no se reconociera de modo explícito– de intenciones, propuestas y realizaciones que venían coloreando con muchos tonos la escena cultural de principios de siglo. Eran en muchos casos culminación de esfuerzos en curso, suma de muchos intentos de matar al padre; estaban, se puede decir hoy con énfasis, muy lejos de surgir de la nada, mientras que aquí, al Sur del Mar Caribe en un país en el cual sólo fue el 17 de Diciembre de 1935 al morir el Dictador Gómez, según lo escribió Mariano Picón-Salas,cuando comenzó el siglo veinte, ni siquiera conocíamos del todo a la arquitectura como profesión y a los arquitectos como constructores. Nuestra ventana a la modernidad se abrió tan tardíamente que no había tradición de la cual desembarazarse, así que en lugar de buscar lainspiraciónen nosotros mismos nos correspondía más bien abrirnos sin complejos a la imitación, de la cual podrían salir tal vez ramalazos de originalidad. Surgieron y no fueron sólo ramalazos en la arquitectura que aquí tomó forma. Pero sólo es ahora, cincuenta años después de aquellos paseos por el Taller, cuando sin restricciones ideológicas mediante, acepto que mis años iniciales estuvieron marcados por la imitación. Y no sólo eso, sé hoy que la imitación es parte importante en nuestra evolución hacia la deseada madurez, con la cual se nos revelará lo que sí es nuestro, lo que nos identifica, el lenguaje con las palabras que sólo nosotros podemos decir.

El edificio donde funcionó la Bauhaus en Weimar desde su fundación en 1919 hasta su mudanza a Dessau en 1925, ocupando el edificio de la Escuela de Artes y Oficios proyectado por Henry Van de Velde (1863-1957) Foto de 2012

La escalera principal del edificio de la Bauhaus en Weimar-Foto de 2012

Una de las escaleras secundarias del edificio de la Bauhaus en Weimar con un mural pintado restaurado, el cual, a falta de la información en este momento, atribuyo a Josef Albers. Foto de 2012

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El cambio político venezolano de Enero58 tuvo una influencia decisiva en el ambiente universitario de entonces. Había yo comenzado en Setiembre del 57 el Tercer año y ya habían quedado atrás los tiempos de iniciación, ese primer año con Ventrillon que venía a ser como una preparación para el Taller –denominado en el pensum Composición Arquitectónica– que había ocupado todo el Segundo Año. A poco de comenzado el Tercero la tensión política, la resistencia a la Dictadura, se fue haciendo cada vez más importante hasta culminar el 21 de Noviembre de 1957 con una manifestación estudiantil en el campus nuestro, la Ciudad Universitaria, que tuvo enorme impacto y vino a ser el comienzo del desmoronamiento del Régimen que culminó, como ya he dicho, el 23 de Enero de 1958.

Por mi parte yo me sentía llamadoa participar en alguna forma de lucha. Un celo muy particular se apoderó de mí llevándome a una militancia más bien individual y compartida con algunos amigos cercanos, a favor de la recuperación y consolidación de la democracia, celo que tuvo raíces diversas y entre ellas algunas de carácter familiar.

Desde que éramos niños, tanto mis tres hermanos (Jesús, Pedro Pablo y Edgardo) como mi hermana Carlota, teníamos alguna conciencia de lo que políticamente acontecía en el país, pero eso no era extraño en una sociedad como la venezolana que ha estado siempre muy politizada, en permanente búsqueda de una democracia que le ha resultado esquiva. Lo que podía ser más raro es que germinara en mí tan fuertemente la semilla política si la parte más fuerte del cuadro familiar, la de mis padres, señalaba más bien en una dirección menos agitada, menos riesgosa, más conforme con la tranquilidad burguesa.

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Mi padre no era políticamente activo[1], sus opiniones las mantenía relativamente en privado y podría decirse que guardaba discretamente una conciencia del acontecer político característica del medio donde se desenvolvía, como comerciante muy querido por los vecinos pero poco exitoso, en una ciudad pequeña como Maracay, donde vivíamos (a unos cien kilómetros al Sur de Caracas) hasta que a mis trece años nos mudamos a Caracas mientras mi padre se quedaba en Maracay liquidando su negocio –en bancarrota– y viajando semanal o quincenalmente para estar con nosotros. Papá había quedado huérfano de padre y madre cuando apenas había dejado de ser niño y junto a sus hermanos (era el quinto de ocho hermanos) pasó al cuidado de su abuela por parte de madre quien tenía el sugerente nombre de Escolástica y era de apellido Gil, viuda del General Francia, de quien nada sé salvo el curiosísimo cuento que oí una vez –y no recuerdo de quién– según el cual murió a consecuencias de haberle caído un coco en la barriga mientras dormía en su hamaca en la Hacienda La Trinidad –propiedad del dictador Gómez– en Maracay. Mi madre era la menor de los nueve hermanos de una familia bastante acomodada de Valencia, de origen alemán, huérfana de padre (un personaje importante en la ciudad, promotor de industrias) cuando ella tenía unos doce o trece años. A pesar de su perfil de niña consentida era firme de carácter y dada a hacer valer sus puntos de vista de un modo claro y hasta enfático, si bien estaba enteramente dedicada a las labores de hogar y su educación no había pasado de la escuela básica en el Colegio católico de Nuestra Señora de Lourdes de Valencia. Para nosotros los hermanos ambas personalidades se mostraban como contrarias: mi padre buscando no identificarse demasiado, remando con los demás, opinando en privado mientras que el licor no le soltara la lengua, en cuyo caso se extralimitaba, rasgo que lo hacía pasar malos ratos y acompañaba a una forma benigna de alcoholismo que le hizo mucho daño y afectó fuertemente a la familia. Mi madre en cambio manifestaba sin remilgos su parecer en asuntos de actualidad como que si tratara de compensar la excesiva prudencia de su marido. Yo la veía, y creo que también la veían así mis hermanos, como alguien que no tenía miedo a los riesgos, que hacía un puntoen mostrarse decidida, un modo de ser en el cual me reconozco. Ambos eran católicos firmes (papá había estado en el Seminario Interdiocesano para hacerse sacerdote junto a su hermano Pedro Pablo –quien llegó a ser en 1954 el Primer Obispo de Guanare– pero lo había abandonado al cumplir sus veintiún años), él practicante ocasional si bien siempre cercano al mundo católico, mi madre intensamente piadosa, de Fe firme, estricta aunque también tolerante o más bien inclinada a respetar la posición de los que no coincidían con la de ella. Entre los dos siempre un leve –a veces importante– desacuerdo y una tensión que podía manifestarse fuertemente produciendo en nosotros los hermanos un difícil desasosiego.

Esta curiosa foto de mi padre Antonio Jesús Tenreiro Francia (1904-1978) sentado, muy niño (¿tres años?) junto a su hermano Pedro Pablo (1900-1983) estaba, ampliada y retocada como se hacía en ese tiempo en el cuarto que él ocupaba en nuestra casa de Maracay. Él está vestido de niña lo cual según mi madre se estilaba muy a comienzos del siglo. He sabido que en efecto esa era una costumbre. A todos los hijos siempre nos pareció algo muy particular.

Monseñor Pedro Pablo Tenreiro, hermano mayor de mi padre, Primer Obispo de Guanare. Era una persona jovial…y podía ser severo. (1954)

Mi padre Antonio Jesús Tenreiro Francia, en torno a sus veintiún años.

Mi madre Cecilia Carolina Degwitz Aigster, adolescente.

 

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Hasta qué punto ese desacuerdo parental que en alguna medida ponía en competencia los dos modos de ser, el pasivo de mi padre y el activo de mi madre, además de la obvia distancia entre la rama acomodada del lado de ella con la modesta del lado de mi padre que era el nuestro, reflejado en nuestro modo de vida siempre económicamente limitado; hasta qué punto, repito, esta oposición hizo germinar en mí una inquietud que me llamó a tomar posiciones en el campo político, es algo difícil de responder y queda como hipótesis. Aunque pareciera también relevante pensar que la disposición materna al riesgo se me convirtió en acicate para no temer expresarme en contextos directa o indirectamente represivos. Expresar mi opinión, aún frente a la autoridad, era en efecto un rasgo de mi carácter que fue señalado como un defecto por más de uno de mis maestros en tiempos de escuela y por un par de profesores en la secundaria, hasta llegar a hacerme sufrir ciertos castigos un poco humillantes de los cuales no vale la pena hablar aquí.

Pero también cumplió un papel, acaso decisivo, la cuestión religiosa, muy fuerte en los años formativos e inmediatamente siguientes. Porque viví mi adolescencia con una fuerte vinculación con el cristianismo, el cual, si bien se manifestaba, como ocurre generalmente en la perspectiva católica, en términos represivos (el despertar problemático de la sexualidad como tema principal), también era una referencia ético-moral que determinaba un talante, un tono, que fue parte de mi identidad y me acompañó hasta irse transformando con la mayor edad en algo que se me hace difícil definir y se mueve entre dudas y certidumbres, nostalgias y reminiscencias. Vivencia religiosa que fue fundamento evidente del impulso que me llevó hasta la política movido –ya lo hice notar de pasada– por el deseo de dar testimonio, unconcepto, una idea-fuerzasi se prefiere, que dejaba huellas claras en los más jóvenes, entre quienes como yo se sentían llamados. Deseo que fue como el empujón decisivo[2]hacia mi compromiso político y en cierta forma me ayudó a dejar atrás la timidez e incluso el miedo a ser portavoz de posiciones enfrentadas a la arrogancia y agresividad típica de los sectores universitarios marxistas que se sentían dueños de la situación y actuaban como perdonavidas que apabullaban al adversario.

Mi hermana, Carlota Elizabeth, primera de la izquierda, en torno a 1948, como paje en el matrimonio de una bella dama, de mirada severa, que no logré identificar.

 

[1]Fue sin embargo candidato a Concejal, sin salir electo. por el Partido Democrático Nacional (el PDN, partido oficialista durante el gobierno democrático de Isaías Medina Angarita) en las elecciones democráticas de 1944.

[2]Recuerdo especialmente una conversación sobre ese tema con mi hermana Carlota Elizabeth, un año exacto mayor que yo, fallecida el 19 de Agosto de 1979, quien en una época de su vida compartió esta visión conmigo.