VER LA VIDA (14)

Oscar Tenreiro

Inevitablemente, los desencuentros entre Cecilia y Chucho iban a tener consecuencias para nosotros los hijos. Como es lógico, los mayores fueron los primeros afectados, aunque sin duda el primogénito, Jesús Antonio, iba a ser el más expuesto, hasta un punto en el que se convirtió progresivamente en algo parecido a un padre subrogante, para lo cual contribuyó la actitud de Cecilia, quien fue apoyándose más y más en él, repitiendo una historia bastante común en el espacio psicológico familiar: el hijo varón mayor como sustituto frente a la ausencia relativa o real del pater familia. Porque las diferencias hicieron que papá, siguiendo las reglas no escritas del machismo en boga, decidiera ausentarse o aislarse para participar a la distancia en la vida familiar. Y así Cecilia asumió la responsabilidad casi exclusiva de todo lo relacionado con los niños y era ella quien orientaba y dirigía, contando según las circunstancias y el tipo de decisiones a tomar, con el apoyo del hijo mayor, quien fue llenando parcialmente el vacío de la ausencia paterna.

En realidad, las tensiones entre Cecilia y Chucho comenzaron en los primeros tiempos del matrimonio expresadas en la desconfianza que mi amigo, el difunto sacerdote Anselmo Cerró Udis llamaba la sospecha, según él una sombra siempre presente en las relaciones humanas superable en lo fundamental con la vivencia cristiana. Se fue creando entre ellos una distancia que hacía difícil el intercambio sereno y la transparencia de la relación. La tirantez se fue intensificando en los años siguientes y llegó a causar una separación temporal, motivo de la mudanza de mi madre a Caracas con sus tres hijos, ya nacida Carlota Elizabeth en noviembre de 1938, por una corta temporada que cesó más o menos al año gracias a una bienvenida y oportuna reconciliación. Y menos de una década después, cuando había terminado yo el Tercer Grado, a mis siete años –1947– hubo otra separación que también llevó a Cecilia a mudarse con todos nosotros, esta vez a la casa de su madre, la abuela Elizabeth, en Valencia, donde pasamos todo el año escolar siendo alumnos del Colegio La Salle. De nuevo hubo otra reconciliación, de la cual me enteré cierto día en el cual husmeaba buscando algo en la cartera de Cecilia y había allí un telegrama de papá (en esos tiempos el telégrafo era el modo de comunicarse) donde le proponía a Cecilia regresar. Me acerqué contento y curioso a ella, preguntando, y me lo confirmó: regresábamos a Maracay, al hogar.

**********

Los más pequeños no estábamos realmente conscientes de las razones para estar en Valencia, y si bien el tiempo valenciano fue en muchos sentidos bastante grato, en primer lugar porque la Tía Alesia y la Abuela Elizabeth, únicas ocupantes de la casa familiar, fueron siempre cariñosas y generosas, también lo fue porque la casa era agradable y la proximidad –medianera por medio– con la fábrica de Sombreros Degwitz nos proporcionaba distracciones muy particulares que incluyeron en cierto momento el trabajo pagado con 5 o 10 bolívares semanales que nos entregaban el día de cobro en unos sobrecitos iguales a los de los obreros. Eran labores sencillas como ayudantes de las distintas operaciones de la planta industrial, muy completa si bien ya rozando la obsolescencia. Y ese tiempo de Valencia también nos permitió estar cerca de nuestros muy numerosos primos, con quienes nos llevábamos muy bien, aparte de que tenían juguetes de todos los tipos y tamaños que siempre animaban nuestras visitas

Nuestra experiencia escolar de Valencia fue también positiva, pese a que mi rendimiento bajó no obstante la presión ejercida por el Hermano Elías, español, con quien me llevaba razonablemente bien, encargado principal del Cuarto Grado. Pude además conocer al Hermano Ginés, persona cálida y sencilla, vasco venezolanizado, quien se hizo muy popular después en el país por su labor investigativa del mundo natural y tuvo una vida particularmente larga e interesante. Ginés –como le decíamos– recién había fundado en Valencia la Sociedad de Ciencias La Salle, que iba a convertirse en una institución muy fuerte, de la cual Jesús se hizo miembro activo como estudiante –cursaba ya Segundo Año de Secundaria– y yo simplemente me mantuve cerca como observador y ayudante en algunas tareas para ordenar el material recolectado, ya que los más chiquitos no podían ser miembros. Pero se inició una relación con Ginés que se prolongó mucho después en Caracas gracias a mi culto al mundo submarino y a Jesús lo llevó incluso a hacerle unos proyectos a la institución poco tiempo después de terminar la carrera de arquitectura.

**********

Para mí pues lo de Valencia fue un simple paréntesis que no me dejó ningún sentimiento de ruptura, y me parece que fue así para todos los hermanos lo cual es una buena demostración de que papá y mamá manejaban sus diferencias evitando involucrarnos, respetando nuestro espacio.

Pero había algo que parecía hacer explotar las diferencias entre ellos y se empezó a repetir con alguna frecuencia ya instalados de nuevo en Maracay: los viernes de copas de papá y sus secuelas, a lo cual me referí al comienzo de esta serie de reflexiones. Decía líneas más arriba que papá proyectaba sus deseos de expansión personal hacia un círculo de amigos, ámbito en el cual encontraba cauce para aspectos de su forma de ser que la rutina encasillaba y restringía; lugar que podía considerar suyo. En la anécdota sobre los libros que me pedía traerle, pueden encontrarse algunas claves para entender mejor lo que los viernes de copas significaban para papá.  Hoy me parecen esos deseos perfectamente justificables, sin que deje de decir que el querer estar en sintonía con gente cercana, personas que en algunos casos tenían aspiraciones intelectuales análogas a las de papá, tenía el problema como siempre ocurre en estos grupos, de necesitar como estímulo para su dinámica, para que la conversación fluyera y se activara, de unos traguitos. En resumen, el grupo dependía en exceso de los whiskisitos, y lo que comenzaba como una conversación alegre a la cual podía integrarse cualquiera, se transformaba en una celebración ruidosa con rasgos propios antipáticos: tomaba forma la cuerdita. A lo cual se sumaba como agravante el hecho de que papá tenía mala bebida, ese modismo coloquial que se aplica a una persona que unos pocos tragos le hacen perder la compostura de un modo que hace sonrojar a quienes le tienen aprecio. De allí venía sin duda, y la entiendo porque a nosotros nos pasaba igual, la antipatía que mi madre le tenía al grupitoantipatía que no ocultaba y forzó a papá a buscar lugar para su grupo fuera de casa, donde alguno de los amigos o en el bar de Jaime Roca.

**********

Papá regresaba a casa luego de sus viernes de copas generalmente pasadita la media noche y nos despertaba el rumor de las discusiones. Al día siguiente todo volvía a la normalidad, pero la resaca quedaba y se iba formando un reclamo que siempre fue difícil de expresar en conversaciones posteriores. Jesús Antonio tuvo incluso que hacerse presente en algunas de esas discusiones, lo cual agregó sustancia a su rol de figura sustitutiva y dijo como es natural una palabra en su evolución emocional y en la nuestra. Pero ya en una mayor edad y con la ayuda de su curiosidad acerca de los mecanismos psíquicos, Jesús cultivó puntos de vista sobre nuestra vida familiar que nos enseñaron mucho a todos los hermanos, y a pesar de que a veces ciertas carencias afectaban su criterio, tuvo una capacidad singular para ver la historia doméstica con justeza y madurez. Una manera de ver la vida de la cual mucho aprendí y aún me sostiene. Y su particular comprensión de la figura paterna sumada a la estrecha vinculación con mamá, unidas a la ya mencionada conexión constante durante toda su vida con el universo psíquico mediante lecturas sistemáticas, exploraciones personales, experiencias de psicoterapia e intercambio con conocedores, le hicieron posible guardar un equilibrio que lo convirtió en un buen interlocutor sobre el tema familiar para todos nosotros. Hacía un poco de vocero de las razones de papá aparte de sentirse humanamente cercano a él. Cercanía que tuvo una expresión especial cuando durante la emergencia que obligó a trasladar a Chucho al Centro Médico de Caracas le correspondió tenerlo en sus brazos en el momento de la muerte. Fue el 16 de noviembre de 1978 al comienzo de la noche. En ocasiones, Jesús Antonio hablaba de ello con orgullo.

**********

Mamá podía en efecto ser rígida, en eso se revelaban sus herencias alemanas. Ella había integrado a su modo de ver la vida ideales femeninos propios del conservadurismo social, persistentes en una Venezuela que iba cambiando pero seguía cultivando un machismo cultural–como ocurría en definitiva en todo el mundo– que prescribía puntos de vista acerca del papel de la mujer en el hogar, generalidades y particularidades de la vida en pareja, modos de proceder ante los conflictos, que si bien eran por decirlo así coartadas favorables al hombre, los aceptaban y promovían las mujeres convirtiéndose en defensoras de una especie de statu quo favorable al predominio masculino.

Por otra parte, el apego a la formalidad y a la contención educada que sin duda había sido parte de su formación le hizo siempre difícil aceptar con benevolencia el espacio social más personal de Chucho, mucho más distendido, abierto e informal. Ese espacio en el cual la diferencia de tonos entre ellos le hizo difícil a Cecilia el manejo del deseo paterno de expansión

Y ocurre que me encuentro precisamente en estos días con una carta de Chucho para mí, con motivo de mi primer matrimonio en Chile en Diciembre de 1960 (el seis) que por su espontaneidad y franqueza permite acercarse a quien era él, a sus preocupaciones, a cómo se veía a sí mismo y a la vida matrimonial. La reflexión dolida que hace sobre la lucha que anduvo siempre con él por alcanzar una mínima prosperidad, aparece en primer plano, así como un cierto pesimismo sobre lo que puede esperar para sí mismo que sorprende si se piensa en su poca edad (56 años). Su visión de la comprensión mutua sigue la pauta común y a la vez revela el sesgo machista –hijo de su tiempo­– que apunta sobre todo a la mujer, para después deslizar una observación con humor en clave caricaturesca que lleva el pensamiento hacia lo que recién comenté. También, al elogiar la inteligencia en el trato mutuo muestra claramente que pese a todas sus ausencias buscó proceder con una justeza que muchas veces no logró alcanzar.

Carta a un hijo que se casa

Sé que al poner la carta aquí fuera de la intimidad cometo una indiscreción, pero presumo, considerando que lo hago para definir mejor su figura, que no le va a importar.  En segundo lugar, no quiero dar la impresión de que papá haya estado siempre –como la carta pudiera sugerir– dispuesto a dar consejos sencillos, paternales y sinceros, porque si eso fue así en esta instancia, en otras como ya he dicho, sobre todo en nuestra infancia, se mantuvo ausente.

Y finalmente digo que admiraré siempre su fe sencilla. Su fe por ejemplo en la Virgen del Coromoto (recordemos que su hermano fue el Primer Obispo de Guanare) hace pensar en sus tiempos juveniles de seminarista. Fe que a mí ya me resulta inalcanzable, y a la vez me ayuda a destacar  que un hombre que la profesa y se expresa así revela, pese a lo que otros aspectos de su personalidad pudieran hacer pensar, que vive un compromiso ético superior, para mí lo más importante, lo que más atesoro de su legado.

 

 

 

VER LA VIDA (13)

Oscar Tenreiro

Nuestro colegio era mixto en los años iniciales, desde Pre-escolar hasta Tercer Grado, y ya de Cuarto Grado en adelante niños y niñas estaban en secciones separadas. Ingresé a Pre-Escolar, Kindergarten se le decía entonces, a los tres años, la misma edad con la que se ingresa ahora, pero en ese tiempo al terminar Kinder se podía pasar al Primer Grado de Primaria y aprobando todos los años podía uno estar listo para la Universidad a los quince años, como, para bien y para mal, ocurrió conmigo y mis hermanos.

De los preparativos para ese comienzo escolar que por lo visto yo deseaba mucho, tengo un recuerdo que está, junto con otro que mencionaré después, entre los más remotos de los que tengo memoria. Mamá hacía, yo observaba, los preparativos del material escolar en la tarde anterior a mi primer día, los cuales consistían en forrar con un papel verde el único cuaderno que debía llevarse, e incluir lápices, goma de borrar, sacapuntas y tal vez alguna tijera y una regla en un estuchito. Cuando todo estuvo listo, mostré con gesto exaltado el lápiz y el cuaderno a las muchachas que ayudaban en la casa, Faustina –¡especial nombre![1]– en la cocina y Teresa Martínez la cargadora a quien le decíamos Cacá. Tomé el lápiz en la derecha y el cuaderno en la izquierda y levanté los brazos para mostrárselos en actitud triunfal mientras ellas celebraban sonreídas mi entusiasmo. Fue en el recibo entre el primero y el segundo patio, y la imagen la conservo perfectamente viva.

Si es verdad que no puedo afirmar hasta qué nivel estábamos juntos en el colegio niños y niñas, sé que estudié junto con niñas en el Tercer Grado porque me enamoré de dos de ellas. O más bien de una y le puse un papelito en su pupitre diciéndoselo, porque la otra simplemente me gustaba. La del papelito creo que era de apellido Ramírez. Era menuda, bonita, de lo más activa. Lo del papelito no resultó, ya explicaré por qué. La otra era morena, panameña como su hermano – buen amigo mío– y tenía como nombre Edélfida. A ella le dediqué unas líneas hace unos años a propósito del poema de Vallejo que mencioné pensando en las viejecillas de pelo blanco de la familia Flores, nuestros vecinos. Porque no cesa de venirme a la mente el comienzo del primer verso de Idilio Muerto[2]–el nombre del poema–cada vez que pienso en algunas de las niñas y mujeres, incluyendo las de más edad, de los tiempos de mi niñez: –¿Qué estará haciendo esta hora…? y unos versos más adelante ¿que será de su falda de franela; de sus afanes; de su andar?

No estoy exagerando cuando hablo de enamoramiento, porque los niños se enamoran, y no sólo de niñas de su edad sino de mujeres hechas y derechas que para el niño desempeñan el papel de algo así como diosas efímeras. Ocurre a pesar de que en estos tiempos se tiende a pensar que los niños no tienen sentimientos de ese tipo. Los tuve y no fui el único entre mis compañeros de clase o mis amigos de entonces: me enamoré y también me desenamoré sin mucho problema, porque a esas edades por lo visto no se sufre lo que los venezolanos llamamos guayaba, y Ortega[3]califica como algo parecido a una estupidez transitoria en la cual los pensamientos insistentes sobre la que es motivo del enamoramiento nos reducen a una cierta inutilidad.

César Vallejo. Idilio Muerto es de su libro Heraldos Negros publicado en 1919.

**********

La niña Ramírez me hizo pasar un mal rato de los que no se olvidan, como queda aquí demostrado, y me apenó haber escrito el fulano papelito: lo consideró como una afrenta, un insulto y presentó la hojita a la maestra acusándome de no sé que cosas inaceptables ante mi silencio asombrado y avergonzado; y el ceño duro de la maestra que consideró importante tomar medidas para que este abusador que era yo tuviese su merecido. Se imponía algún tipo de castigo que no recuerdo, pero sí que estaba acompañado de una queja ante mi madre para que corrigiera con urgencia mi denigrante manera de proceder.

Tuve allí con el affaire del papelito que por cierto no contenía nada más –me lo imagino–que la consiguiente pregunta de si quería ser mi novia, pregunta que podía haber sido contestada con un sí o un no también de papelito en vez de armar tan humillante alharaca; tuve esa vez digo, mi primera experiencia de lo que sin entrar en honduras pudiéramos llamar conducta femenina, asunto que en materia sentimental es tan difícil de entender y menos aún de pronosticar. Que me perdone alguna feminista que lea estas líneas, pero situémonos ¿qué era lo terrible que había en mi pregunta como para reaccionar de modo tan airado? Tengo ochenta años –lo del papelito fue cuando tenía siete– y setenta y tres años después todavía no encuentro la razón de tanta molestia. ¿Fue necesidad de hacerse notar y el papelito era el pretexto? ¿Podía ser yo una amenaza que era necesario contener? Porque antes de decidirme a enviar el papelito yo me portaba con ella tan correctamente como puede portarse un niño normal con una compañera; y los aspavientos y gesticulaciones de la niña mientras me denunciaba ante la maestra –yo allí parado, paralizado– eran tan exagerados que parecía que estaba denunciando un crimen. El caso es que, como decía, todo el incidente fue para mí en cierto modo una iniciación, especialmente si se deja fuera ver el asunto como cosas de niños sin importancia y se adopta más bien la actitud de examinar raíces y motivaciones psicológicas que son útiles para entender el mundo adulto. Y entender también lo mal que se manejaban las cosas infantiles en esos tiempos, porque en lugar de que algún adulto capaz de poner las cosas en su sitio, calmar a la niña y tal vez reflexionar ante sus padres acerca de lo hermoso de las relaciones humanas, tuve que aguantar varios chaparrones. Así es la vida, me pudiera haber dicho algún adulto en vez de dejarme allí entregado a mis pensamientos.

**********

Pero sigamos adelante con esos enamoramientos porque son interesantes. Vayamos por ejemplo al que suscitaban las maestras, que afectaban a veces a todo un curso como me lo recordaba mi hermano Edgardo a partir de una maestra que causó sensación, no en el Colegio San Pedro Alejandrino sino en el Colegio Valles de Aragua a donde nos cambiaron a los dos cuando yo estudiaba Sexto Grado y él Cuarto. Hermosa mujer que tenía el mágico nombre, porque por lo visto todas las que llevo en la memoria tienen nombres mágicos, de Ofir. Se llamaba Ofir Molina, y me recuerda Edgardo que todo el salón estaba enamorado de ella, a lo cual le dije que yo también, pero me acordé sólo cuando él mencionó el nombre[4]. Ofir en efecto era bella. Usaba esas faldas largas que estaban de moda, que parecían una pantalla de lámpara y se ven ahora en las series de televisión de los años cuarenta. Y era de modales suaves… ¿Un defecto? Sí, muy menor: me parece que tenía bigotes.

Y tendría que cerrar el capítulo de los enamoramientos infantiles para que, más adelante, si me atrevo y el tono de lo que escribo lo permite, abordar los adolescentes que como es natural también los tuve, pero cierro los de esta etapa recordándome de uno en Sexto Grado y en el Colegio Valles de Aragua, del cual fue objeto Violeta Ochoa a quien le mandé también un papelito…que fue aceptado y cuyas consecuencias he olvidado por completo, así que no serían muy definitivas.

Y concluyo por ahora diciendo que también me enamoré de mi prima Clara, algo más de diez años mayor que yo, quien se veía hermosísima el día de su boda. No estoy totalmente seguro, pero creo que mi hermana Carlota y yo éramos parte del cortejo.Y recuerdo a Clara reinando esa noche, agasajada y sonriente. Al día siguiente retornaría la normalidad en mi espíritu infantil.

Certificado de Primero a Segundo Grado del Colegio San Pedro Alejandrino, firmado por Mercedes Hernández.

**********

Supongo que el episodio con mi compañera comenzó a alimentar en mi colegio la idea de que yo era demasiado inquieto o diríamos más bien incómodo porque tendía a actuar por mi cuenta o no era suficientemente dócil ante las exigencias formales. Yo no me veía en absoluto como rebelde o problemático, y siempre he pensado, cuando ya adulto examinaba mi desempeño en esos años, que me apartaba de los patrones típicos y era difícil para las maestras llevarse conmigo, pero no merecía ser tratado de manera selectiva para corregirme. Porque era más bien celoso cumplidor de mis tareas de estudiante y en general mi rendimiento era más que aceptable. Pero lo cierto es que para la directora del colegio que había sucedido a Mercedes Hernández, María de Lourdes Poveda, quien se encargó de la Dirección cuando yo estudiaba Tercer Grado, era demasiado independiente y un poco revoltoso en clase–hablaba mucho– lo cual fue llevándola progresivamente a verme con poca simpatía, como uno de esos alumnos que deben ser controlados en pro de la disciplina general. Y si bien no se repitieron incidentes como los del papelito, sí había quejas de que eso que llamaban Conducta en los boletines semanales, es decir el comportamiento en clase, no era el mejor: alborotaba demasiado y se me calificaba como indisciplinado. Y así fue como un día cualquiera, no recuerdo bien por qué razón, tuve un desencuentro con la maestra que requirió que me dejaran[5]después de la salida general, sentado haciendo planas en la oficina anexa a la Dirección. Y como yo consideraba el castigo injusto, no respeté el tiempo de retención y, tal vez sin terminar la plana,aproveché un descuido de la persona encargada de vigilar y me escapé, corriendo sin parar desde el Colegio hasta la casa, que como he dicho era un trayecto de sólo cuadra y media. Esa infracción fue considerada de gravedad y requirió que mamá tuviese que ir junto conmigo a entrevistarse con la Sra. Poveda, persona severa, poco simpática con los niños y además inflexible, quien para colmo de males, como ya dije, no me tenía muy buena voluntad.

A ese incidente iba a sumarse otro más definitivo en Quinto Grado, que vino a ser la rotura definitiva de Cecilia con la Sra Poveda a propósito de mi conducta y constituyó para mí una demostración de confianza y de respaldo que creó con mi madre un vínculo afectivo particularmente fuerte que marcó toda mi infancia. Ella vino a ser quien le daba el valor real a mi deseo de relativa independencia y sobre todo a mi rechazo de las imposiciones de autoridad manejadas por adultos sujetos a impulsos neuróticos que tanto daño pueden hacer a la sensibilidad infantil. Una situación que en mi caso se hacía más incómoda porque se le sumaba la evidente antipatía y animosidad con la que me trataba Cacá, la cargadora, quien tal vez por las mismas razones por las cuales mi comportamiento autónomo incomodaba en el ámbito escolar, me tomó inquina y parecía complacerse en demostrarme antipatía y rechazo, siempre en forma encubierta y puntual –es decir, no siempre sino en ciertas situaciones– al mejor estilo de esos personajes de la literatura que son como una sombra en la vida del protagonista. Y entiendo mejor ahora, a tono con estas reflexiones, el por qué de mi identificación con el personaje de Dickens a quien mi madre introdujo en mi vida.

**********

[1]Faustina es el nombre de la mujer que Goethe conoció en su viaje a Roma de 1786 y se hizo su amante. Jesús Antonio el mayor hacía notar muchos años después la coincidencia de nombres en tono de broma.

[2]Reproduzco íntegramente el poema de Vallejo para calmar la curiosidad que supongo en el lector; y porque me da gusto hacerlo, a la vez que aclaro que la única de mis musas que tal vez fuese andina fue la que rechazó mi papelito:

Idilio Muerto- Soneto de César Vallejo publicado en su libro Heraldos Negros de 1919-Lima

[3]Estudios sobre el Amor es una recopilación de artículos sobre el tema que fue publicado como libro en Buenos Aires en 1939. Consulté en Internet la edición en pdf, pero lo leí hace años en edición de La Revista de Occidente que perdí.

[4]Ofir fue un puerto o región mencionada en la Biblia que fue famosa por su riqueza. Se cree que el Rey Salomón recibía cada tres años un cargamento de oro, plata, sándalo, piedras preciosas, marfil, monos y pavos reales de Ofir…podía haber estado en el suroeste de Arabia en la región del actual Yemen… (Wikipedia)

[5]Que al alumno lo dejaran quería decir que cuando salían todos uno debía quedarse sentado en algún lugar designado por la maestra durante, digamos, media hora más. A veces haciendo planas, es decir escribiendo cien veces por ejemplo no debo hablar en clase y cosas por el estilo.

 

 

VER LA VIDA (12)

Oscar Tenreiro

Un día que habrá sido de Julio o Agosto de 1945, estuvo de visita en nuestra casa la Señora Peña de quien ya hablamos, maestra de Jesús Antonio durante el último grado de educación primaria, el sexto. La veo de pie –iba de pasada– conversando con mamá al borde del segundo patio mientras le entregaba un regalo, un libro grande y grueso, para ese joven a quien apreciaba tanto entre todos sus alumnos del San Pedro Alejandrino. Regalo que vino a tener una significación muy especial para el regalado y para el resto de los hermanos, cada uno a su manera. Se trataba de una edición especial en español de La Divina Comedia de Dante Alighieri ilustrada por Gustavo Doré[1].

Jesús se entregó de inmediato a la lectura, que sumada a relecturas posteriores llevaron a este clásico esencial a estar en él siempre como referencia; y durante la última década de su vida se refería a pasajes, frases, a la inagotable variedad de sus símbolos, como referencias para la conversación –y la reflexión íntima– buscando recalcar algún punto de vista o destacar algún pensamiento. Y en lo que a mí se refiere y lo creo igual para mis hermanos, si bien no éramos tan ávidos lectores por razones de edad y de modos de ser, también nos iniciamos en esa lectura tan particularmente profunda atraídos por las hermosas ilustraciones, motivo permanente de una gran curiosidad que hacía mover nuestra imaginación infantil al hojear el libro sentados en la cama de mi padre, porque allí en su cuarto reposaba el libro en una estantería junto a Don Quijote y un ejemplar empastado de Los Santos Evangelios que heredé. Puedo decir que en los años posteriores la resonancia en mi conciencia de esas imágenes regresaba a raíz de cualquiera de los comentarios que sobre La Divina Comedia o a partir de ella inundan el mundo de la literatura y el pensamiento. O cuando veía alguna de las tantas interpretaciones que le debe la pintura universal. Como la del Purgatorio de nuestro Cristóbal Rojas, del cual había una ennegrecida copia en la Iglesia de Maracay en uno de los altares laterales, imagen que me detenía a observar y comparaba con las de Doré, impresionado por el sufrimiento que trasmitían. Sin que dejemos de hablar de Beatriz porque es imposible dejar de hablar de ella, esa mujer luminosa que llevamos en el alma y que Doré propone resplandeciente: mujer, eterno femenino…que también a un niño hace soñar.

En el medio del camino de nuestra vida / me encontraba en una selva oscura…es el comienzo de La Divina Comedia.

**********

Que en el Maracay de los años cuarenta del siglo veinte, una ciudad-pueblo como la que hemos descrito, aparentemente desconectada del mundo, surja sin embargo la figura de una maestra que además de estar consciente del valor de una obra esencial de la cultura universal, piense que es importante ponerla al alcance de un muchacho de diez años en quien ve condiciones especiales y con quien ha establecido un vínculo de afecto nacido del deseo de educar y educarse, es una especie de milagro. O más que eso, o en lugar de eso, es la prueba de que la educación depende de las personas mucho más que de los sistemas y las técnicas pedagógicas. Y que tener iniciativas no convencionales fundadas en la experiencia y en una relación personal con el alumno a partir de la cual es posible intuir lo que le conviene a su formación, es más importante que cumplir con normas y programas. Porque Jesús no sólo se sumergió en la Divina Comedia con tan poca edad, sino que recordó siempre el gesto de la Señora Peña como un hito en su crecimiento personal. Y de eso hablaba cada vez que la conversación se aproximaba al tema.

Ese regalo nos abrió los ojos hacia la representación de un más allá cargado de poesía y de sugerencias. El ocio, siempre tan presente en los tiempos infantiles, podía entonces transformarse en oportunidad para volar en la nave segura de un mundo clásico comprometido con lo más permanente que muy poco tiene que ver con el consumo actual para niños, siempre acompañado de monstruos que no están en El Infierno de Dante a causa de una transacción moral-religiosa –castigo para el que hace mal– sino porque los dragones que vuelan o los misteriosos personajes que quieren acabar con la vida del protagonista dan buena imagen para la televisión y ayudan a vender un libro.   No es una inglesa habilidosa sino un poeta inmortal que no paga derechos de autor quien ocupó algunas veces nuestra capacidad de evocar, tal como lo haría cualquier niño que logre escapar de la oferta de dragones y gestos mágicos a cambio de dinerillo globalizado. Y si hoy, cuando reviso con ayuda de Internet las imágenes que estaban en el libro –el original desapareció– me maravillo por ejemplo con las visiones de Doré para la esfera celeste en Il paradiso, las que más me atraían cuando era niño eran las de los sufrientes del Inferno, o ver a un musculoso Caronte en su barca apaleando a los condenados. Seducción que ejerce la desesperanza, que a Jesús fascinaba y lo llevó a escribir en una parte, al fondo de su autorretrato –de las pocas cosas que pintó en su vida– Lasciate ogni speranza voi ch’entrate [2] terrible frase que Dante coloca en la boca de la caverna del Infierno.

Beatriz, eterno femenino, la Fe para algunos, se le aparece al Dante para guiarlo.

“Lasciate ogni speranza voi ch’entrate” dice a la entrada del Infierno.

El Demonio Caronte, de ojos de fuego, recoge a los condenados del Infierno

En el Infierno, Hércules toma en sus manos a Dante y Virgilio.

Uno de los tantos monstruos del Infierno.

El Dante y Virgilio en el Purgatorio.

Nuestro Cristóbal Rojas (1858-1890) pintó esta versión del Purgatorio al final de su vida. Había una copia en la Iglesia de Maracay

La Divinidad se muestra en El Paraíso ante Dante y Virgilio

En un nivel superior Beatriz, Eterno Femenino, Fe: vinculo entre Dante y lo más alto.

Nuestro Cristóbal Rojas siguió trabajando sobre la Divina Comedia hasta un año antes de su muerte (1889). Aquí “Dante y Beatriz en El Leteo” . De El Paraíso.

**********

Y cabe pensar que la Señora Peña nunca imaginó que su gesto tuviera tanta repercusión, lo cual emparenta su regalo con el cuadrito que me habló desde las paredes junto a la dirección del colegio. Muestras muy especiales ambas de la complejidad de los trayectos que siguen en nuestra psique personal ciertas vivencias.

Yo no tuve una Señora Peña en mis tiempos de colegial, pero sí algunos maestros y maestras que supieron encauzar mis inquietudes o que, por lo menos, me ayudaron a expresarme y a interesarme en el conocimiento. Y he podido ver, a lo largo de mi vida y de la vida de mis hijos que, pese a todo lo que pudiera actuar en contrario, si recurrimos a la metáfora puede decirse que nunca falta un ángel de la guarda en la vida del niño o del pre-adolescente, una persona movida por el afecto a quien está dispuesto a aprender, que asume el papel de pivote, de apoyo al proceso de formación, y abre alguna puerta que estimula y facilita. Como tuvimos en el San Pedro Alejandrino, entre las cuales mencioné dos, pero pude mencionar otras.

Como por ejemplo la Señora Schick a quien recuerdo no por afable o comprensiva sino por su acendrado esfuerzo por cumplir con su deber al buen estilo nórdico. Porque la señora Schick como su nombre lo sugiere, era proveniente de algún país del norte de Europa tocado por la guerra, que había terminado recalando en Maracay donde debía soportar un calor que evidentemente la agobiaba y la obligaba a usar durante las clases en el corredor del segundo piso junto a un viejo y desafinado piano, un pañuelo para secarse el sudor. Hablaba un español de marcado acento de por allá que nos hacía difícil entenderla; y como supongo que hablaba inglés a juzgar por lo que nos enseñaba, deben haberle dado el encargo de iniciarnos en ese idioma y en la música porque nos hizo aprender dos sencillísimos clásicos de la música infantil en inglés: Mary had a little lamb y My bonnie lies over the ocean[3] canciones que todavía canto. Y me parece ver todavía a la esforzada señora marcándonos los tiempos con palmadas y tratando de hacerse entender ante un grupo demasiado movido, bullicioso y juguetón que llegó hasta empujar una vez a mi hermana Carlota quien al caer se golpeó fuertemente la rodilla con un borde de las patas del piano, sufriendo el derrame del líquido sinovial que la hizo estar vendada un tiempo y le produjo unos cuantos trastornos en su vida adulta.

**********

Mientras relato estas cosas imagino a un populista izquierdoso pensando que a los Tenreiro-Degwitz nos educaron bajo influencia extranjera. Su credo ideológico prescribe cantar el Tucusito y leer a Rómulo Gallegos o el Popol-Vuh, en lugar de canciones en inglés o libros europeos, por clásicos que puedan ser. Le respondo que las cosas que nos enseñaron o hacia las cuales nos orientaron nunca fueron excluyentes, sino que se sumaron a nuestro mundo de referencias de modo natural como puntos de partida del proceso siempre complejo del aprendizaje. Y que, si bien es cierto que nunca leí ni yo ni mis hermanos el Popol Vuh, no sólo supimos en su momento lo que era, sino que Rómulo Gallegos también estaba en las estanterías no demasiado pobladas de nuestra casa –Obras Completas en Papel Biblia– dispuesto a suscitar nuestra curiosidad.

Y agrego a esa influencia extranjera lo que he comentado un par de veces en escritos anteriores y siempre le agradeceré a mi madre: que me regalara en mi cumpleaños número diez –o tal vez once– una edición en español de tapa dura de David Copperfield de Charles Dickens.

Mamá, lo he dicho ya, no era nada intelectual, o profesional. Era ante todo una mujer de sus hijos y de su hogar que no presumía, ni tenía fundamento para ello, de acercarse al mundo del intelecto. Pero tenía algo muy especial que le permitió actuar con tino en distintas circunstancias: era intuitiva y tenía mucha confianza en sí misma sin estar en absoluto apegada a lanzar opiniones sobre los eventos más lejanos a ella; en eso era distinta de sus hermanas, exceptuando tal vez la mayor, Elizabeth, más bien reservada. Porque mamá tenía opiniones sólo de las cuestiones que le eran inmediatas. No era, me ayudo con el inglés, opinionated, dada a opinar con arrogancia sobre cualquier cosa; iba con la vida que vivía, la que estaba a su alcance. Así que haberme hecho ese regalo tan sugerente en un momento clave de mi pre-adolescencia, debe atribuirse a la intuición. Me hizo feliz y me identifiqué con David, tal vez porque al apenas llegar a la segunda página, leí: …Fui un hijo póstumo, condición filial que desconocía y cuando me la explicó mi madre despertó en mí analogías. Que también surgieron ahora al revisar el ejemplar que le regalé a Juan Antonio mi hijo menor y leer la frase que concluye el libro –que hago mía– dirigida por David Copperfield a su esposa:

¡Que tu rostro siga junto al mío cuando llegue mi última hora! ¡Que cuando la realidad se desvanezca, como las sombras que ahora alejo de mí, pueda encontrarte a mi lado!…

**********

Jesús Antonio, desdeñoso, me daba a entender que Dickens era lectura auto-indulgente, fácil. Ya él a los catorce-quince años volaba alto y pensaba acaso que Dickens era para niños. Esa sombra me la quitó Jorge Luis Borges muchos años después con su respeto a la altura literaria de Dickens, que insistía en hacer notar. En todo caso al terminar con David pedí dinero a mi madre y fui a una librería que quedaba en la Bolívar a unas cuatro cuadras, más allá de la iglesia, a comprarme Historia en Dos Ciudades, escrita por Dickens diez años después de Copperfield, para nunca más olvidarme de la guillotina de la Revolución Francesa y las mujeres haciendo calceta a su alrededor mientras contaban las cabezas cercenadas: ¡una! ¡dos! ¡tres! …

La terrible guillotina como imagen de una Revolución

[1]Gustavo Doré (1832-1883) fue un artista alsaciano francés, pintor, escultor e ilustrador, considerado en su país el último de los grandes ilustradores e internacionalmente uno de los más famosos ilustradores del Siglo XIX. Entre sus trabajos más notables pueden citarse las ilustraciones para Don Quijote, La Biblia y la Divina Comedia (tomado de Wikipedia).

[2]Abandonad toda esperanza los que aquí entran.

[3]Internet me informa que es una tonada de origen escocés