VER LA VIDA (24)

Oscar Tenreiro

Pedro Pablo, el segundo en edad de los hermanos, tenía grandes orejas heredadas del lado Tenreiro. Muy parecidas a las de Monseñor Tenreiro. Característica física muy difícil de disimular que insiste en aparecer en sucesivas generaciones para incomodidad tanto del que la tiene como de la de sus padres. Aunque afortunadamente hoy la operación de cirugía plástica que las domestica no es costosa y se practica de modo regular. En realidad, todos éramos orejones –las fotos lo dejan claro– pero en Jesús y Carlota el rasgo se atenuó en la adolescencia, yo lo tuve disminuido, al igual que Edgardo siempre discreto con su apariencia.

De bebé tenía otro rasgo que mamá hacía notar cuando mostraba fotos: Pedro Pablo ponía sus piernas rígidas cuando lo sentaban en la cama o en una poltrona amplia, tal como aparece en esta foto junto a Jesús la cual por detrás tiene una dedicatoria con fecha. La foto debió haberse tomado cuando tenía cinco meses y apenas se sentaba (nació el 27 de Agosto del 37).

Jesús y Pedro Pablo en Valencia en mayo de 1938

Y siempre según mamá y deduciéndolo de su postura en las fotos en las que siempre aparece como esperando autorización, fue un bebé muy dócil y risueño que dio muy poca guerra y se adaptaba fácilmente a las disciplinas típicas de esas edades: para comer, para dormir, para sus necesidades básicas. Lo cual no siempre fue así, porque cuando empezó a ir al colegio era inquieto y poco dado a seguir las pautas escolares. Y deduzco de su manera de ser cuando pude empezar a conocerlo mejor, que tenía como suspendido, es decir como impulso no expresado del todo, el deseo de evadirse de lo que lo rodeaba. De dejarse llevar por su vida interior. Rasgo que me parece que conservó hasta adulto si me atengo a una mínima conversación cuando ambos éramos ya bastante maduros.

Abajo a la izquierda Pedro Pablo en 1941. Edgardo en brazos de la abuela Elizabeth.

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Si me voy hacia atrás y exploro su huella en el ámbito familiar, es evidente que Pedro Pablo vivía sin ese deseo de mostrarse, de hacerse presente en los demás, que tenía por ejemplo Jesús y que yo he tenido toda mi vida. Para no hablar de la actitud adulta de Carlota, poco antes de su muerte, que exacerbó ese rasgo, el cual Jesús describió una vez diciendo que era capaz de contarle su vida a un compañero de ascensor mientras iba de la Planta Baja al piso quince.

Por ser el segundo y porque la precocidad del primero era avasallante, Pedro Pablo daba la impresión de ser callado y discreto. Lo cual era una simple impresión porque Pedro más que discreto era cauteloso. Mamá siempre dijo que él era de los hermanos el más parecido en carácter a papá. Y papá era cauteloso. Siendo de personalidad fuerte Pedro Pablo trataba de expresarse en forma contenida; un modo distinto, incluso opuesto al de su hermano más figurante que era Jesús. Pedro, en efecto, pese a su cautela desarrolló una personalidad claramente autónoma capaz de llevarlo muy temprano en edad, a decisiones que eran de él y de nadie más. Personalidad que incluía una característica que lo hizo muy especial entre nosotros: era contemporizador y afable y nunca buscaba los conflictos, muy al contrario de lo que ocurría conmigo. Y ni qué decir de Jesús.

Pedro, Carlota y Jesús en Maracay, tal vez en Septiembre de 1939. Uno de los mecedorcitos siempre a la mano para las fotos.

Foto tomada en el Hotel Jardín, en una fiesta de carnaval en 1938. El risueño Pedro Pablo y Jesús.

Piñata de los dos años de Carlota en Maracay. Pedro Pablo y Jesús esperan instrucciones. A la derecha mi corral.

Detalle de una foto con Pedro Pablo muy atento.

Una vez tuve una pelea muy fuerte con él, no recuerdo por qué motivo. Fue dura, de irnos a las manos con violencia. Y en un momento dado, mientras me apretaba contra su pecho tratando yo de zafarme lo mordí en el pecho con rabia; y aparte de gritar y suspender drásticamente el pleito por el dolor, los dientes le quedaron marcados en una herida de color morado que se veía bastante mal. Acúsome padre, es lo que se me ocurre decir cuando lo recuerdo, a la vez que reflexiono y me digo que entre hermanos puede en efecto haber violencia cruel, lo sabemos desde tiempos bíblicos. Nunca le pregunté si recordaba aquella pelea. A mí me quedó el arrepentimiento.

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Tuve poca conexión con él en tiempos de la infancia, poco me enteraba de lo que hacía, de lo que prefería, de lo que inventaba (por ejemplo sacarle la máxima espuma –casi sólida– al jabón azul con agua en un plato hondo de peltre, lo cual hacíamos de cuando en cuando), pese a que al menos en una ocasión inventamos algo juntos que tuvo consecuencias importantes y la narro así, de entrada. Un día de mis cinco o seis años, Pedro Pablo siete u ocho se presentó ante mí a media mañana, probablemente de un sábado, con un paquete grande de muchas cajas de fósforos de los de palitos de madera, que eran los que circulaban en Venezuela antes de la creación de la Fosforera Nacional. Lo interesante, lo atractivo de una caja de fósforos para un niño no es que se use uno por uno para prender algo sino que se prendan todos los fósforos a la vez dentro de la caja, saliendo la correspondiente llamarada, como creo que todo niño ha visto alguna vez y ha hecho mientras no lo ven. Y eso fue exactamente lo que se nos ocurrió a Pedro Pablo y a mí cuando se presentó con su paquete: prenderíamos una a una cada caja y así tendríamos una buena cantidad de llamaradas. Conseguimos pues una ponchera de peltre donde iríamos poniendo una a una las cajas encendidas. Y nos escondimos a entregarnos a ver las llamas en el sitio menos indicado: la sala de la casa, detrás del sofá. Empezamos inmediatamente, una caja, dos cajas, tres… y todas las cajas prendidas se iban juntando en la ponchera. Pero de repente un ruido, era mamá que llegaba de la calle, había que esconder todo. Y se nos ocurrió rodar la ponchera que todavía tenía algunas llamas hacia debajo del sofá. Hola mamá y demás saludos fue el siguiente capítulo, lo cual hicimos sin que pensáramos que debajo del sofá pasaba algo. Y pasaba. El forro del asiento empezó a quemarse y Cacá dio unos griticos de alarma al ver el humo mientras nosotros ayudábamos a mover el sofá, que por cierto era bastante pesado. Sí, se estaba quemando el forro, no con llamaradas, pero quemándose. Corrieron a coger agua, creo que nosotros ayudamos, alguien volteó el sofá y el agua, que se lanzaba salpicándola para no dañar el resto del mueble, calmó el avance de lo quemado. Se veía un gran hueco y los resortes del asiento sonaban shhhhhh con el salpique del agua.

Ya controlado el incendio vino el regaño; no hubo azotes porque eso ya no se acostumbraba, pero lo merecíamos.  Y el castigo consistió en dejarnos sentados el resto del día en los mecedorcitos que había a la entrada de la sala y del cuarto de Edgardo y yo; en los cuales están sentados Jesús y Pedro Pablo en la foto que acompaño.

Esta foto de Jesús y Pedro Pablo en los mecedorcitos en Maracay -1943 (donde nos sentaron castigados a Pedro y a mí) ilustra bien ambas personalidades. Al fondo el cuarto de Edgardo y yo.

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Lo anterior no quiere decir que Pedro Pablo fuese muy travieso sino simplemente que podía aparecerse de repente con un paquete de cajas de fósforos de procedencia desconocida. Aunque repensando ahora el incidente parece lógico pensar que lo había sacado de la despensa de la cocina, porque curucutear era una de sus habilidades. Yo sabía que como papá fumaba, compraba los fósforos por paquetes de muchas cajas, pero no se me había ocurrido curucutear en la despensa y menos aún en su escaparate, en cuyo cuarto, sin embargo, hacíamos incursiones para sacarle algunos bolívares de su monedero, incursiones en las cuales Pedro Pablo y Jesús tenían amplia experiencia. Y lo curioso es que papá nunca se quejó, lo cual me hace pensar que simplemente aceptaba la travesura, o, como lo que nos llevábamos era el sencillo (yo lo usaba para comprar estampillas), no se daba cuenta.

Y sea con dinero regalado, sea inocentemente sustraído del monedero de papá, Pedro Pablo tenía una habilidad especial para aparecerse con cosas que generalmente eran producto de una sagacidad natural –¿malicia tal vez?– que los demás no teníamos, sumada a una curiosa capacidad para ahorrar, no sólo dinero, sino cosas, con lo cual quiero decir que de repente se aparecía con algo que había encontrado no sé donde y podía ser usado en actitud de juego. Como lo que mencioné: un pedazo de jabón azul, agua, todo en un plato de peltre, y un tenedor para batir. Por eso tenía como una especie de reserva en las gavetas de su escaparate o en alguna otra parte, cosas que tenían algún interés o que podían aportarse a un determinado juego. Como lo del paquete de fósforos. Y por eso también, cuando era mayor, se aparecía con cosas bastante más sustanciales producto de su tendencia a sumar recursos –de dinero– es decir ahorrar, que sumaba pacientemente sin decírselo a nadie y así mostrar repentinamente el resultado.

Diploma de Cuarto Grado: era buen estudiante.

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Más o menos a sus once años nos mostró un buen día un radio portátil de pilas que había comprado. Yo me sorprendí muchísimo y aunque nunca supe en detalle cómo había logrado adquirirlo, lo más probable es que haya ahorrado guardando los regalos de cumpleaños en efectivo de los tíos. Porque los hermanos de mamá nos regalaban dinero con bastante generosidad y entre cumpleaños y navidad podíamos reunir bonitas sumas, hasta el punto de que recuerdo haber llegado a tener una vez hasta quinientos bolívares. Así que Pedro Pablo pudo haber reunido algunos cientos hasta completar una cantidad que mediando una ayudita menor de mamá pudo comprar el radio. Lo cierto es que un día se apareció con el artefacto, porque se trataba de un artefacto. Era marca Andrea y tenía forma de maletín grueso, voluminoso, con asa porque las pilas eran pesadísimas, y estuvo prestando servicio a la familia durante un cierto número de años. Estaba por supuesto a disposición de todos los hermanos, de modo que yo lo usé para oír mis juegos de béisbol durante algún paseo y Jesús para oír música clásica por Radio Nacional. Pedro Pablo se lo llevó cuando lo inscribieron en el internado del Colegio San José de Los Teques, para estudiar el cuarto año de secundaria y de allí en adelante no vi más el radio que bien pudo transformarse en algo inútil gracias al avance de la tecnología.

El radio de Pedro Pablo formó parte de la vida familiar un tiempo. Aquí un ejemplo de Internet

Otra muestra de su capacidad de ahorro fue cuando tenía unos catorce años y se apareció un día con una cámara fotográfica bastante elemental pero de cierta calidad (porque si mal no recuerdo era marca Zeiss o Voigtländer), con la cual se podían tomar fotografías con buena técnica básica, como lo prueban las dos que aquí muestro. Una la debe haber tomado él cuando Jesús, Carlota y yo junto a los hermanos Lairet (Julio y Andrés ambos hoy médicos, Andrés cardiólogo) íbamos por el Playón de Ocumare en dirección al cerro desde donde arrancaba el camino que iba hacia la bahía de Maya, vecina de Ocumare. También es de él la foto de Edgardo y yo frente al reventadero de Ocumare con cielo gris de lluvia, yo de aproximadamente trece años poco antes de mudarnos a Caracas. Pero no desarrolló Pedro Pablo una afición a la fotografía, sino que tomaba fotos aquí y allá de las cuales se han conservado muy pocas. Sin embargo, a mí me sirvió su cámara para iniciar mi propia afición, que fue muy intensa y, más moderada, la tengo hasta hoy.

Caminando por El Playón de Ocumare, Julio y Andrés Lairet con nosotros. Pedro fue el fotógrafo. Tal vez 1950.

Otra foto tomada por Pedro Pablo el mismo año de la anterior.

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Pedro Pablo era particularmente ordenado con sus cosas, algo necesario para una persona previsiva, porque fue con esa virtud como se fue perfilando en el ámbito familiar, rasgo que se hizo muy fuerte en él con la mayor edad hasta convertirse para una persona como yo, muy poco previsiva, en un punto de incomodidad en nuestras relaciones. Pero en la infancia la previsión no sólo es una rareza sino una indiscutible virtud si se manifiesta en una familia numerosa. Si por ejemplo faltaba algo cuando íbamos a pescar al muelle de Ocumare, Pedro Pablo lo tenía. El hilo de algodón número ocho que era el recomendado para poner el anzuelo por su resistencia y por ser difícil de ver –se suponía– para los peces, lo tenía Pedro Pablo, también los anzuelos adecuados e incluso conocía bien cómo amarrarlos al hilo y donde poner el correspondiente peso de plomo. Y sacaba catacos (una sardina más grande) con bastante facilidad. Yo, por el contrario, me iba de pesca sin tener completo lo necesario, víctima de una actitud un poquito atropellada que todavía padezco.

Esta silueta le fue hecha a papá en un tarantín de los de la Feria de Chicago de 1934. El parecido con el perfil de Pedro Pablo es claro. Mamá lo decía.

Ya un poco mayorcito su tendencia en el ámbito escolar a dejarse llevar le trajo algunos problemas. Estando en el Liceo Agustín Codazzi estudiando el segundo Año, por ejemplo, simplemente no iba a clases, si bien salía de la casa diciendo que iba. Y preferentemente con su gran amigo de ese tiempo Andrés Osechas, se iba a jugar tenis al Hotel Jardín (podía entrar el que quería y además conocían a papá), o a bañarse en la piscina y practicar clavados, en los cuales ya dije que adquirió soltura. Ante la alarma de sus mayores que pensaban que esa distracción era una grave falta que ameritaba correcciones drásticas, las cuales, por cierto, y sobre todo en esa época donde se respetaba poco el fuero de la infancia o la adolescencia, siempre tienden a ser inadecuadas. Y no sé si él estaría de acuerdo en lo que yo señalo ahora: pienso, lo pensé siempre, que no fue la mejor decisión tratar de corregir las escapadas de Pedro Pablo poniéndolo como interno en el Colegio San José de Los Teques[1], pero allí lo inscribieron y estuvo separado de nosotros durante el Cuarto Año, y si hablo por mí, nos hizo falta su presencia en la casa. Aunque había un lado positivo: cuando lo íbamos a visitar los fines de semana, pasábamos por el internado de mujeres –que se llamaba María Auxiliadora– a saludar a una de las hermanas Angarita (Omaira creo) que era gente amiga de la casa. Para mí en esas visitas se hacía realidad el sueño que todo hombre tiene de estar rodeado en plan de simpatía o de alegría (sin que necesariamente figure el componente escabroso) de decenas de niñas lindas que se interesaban en estos muchachones que éramos nosotros –los cuatro varones porque Pedro nos acompañaba– durante el tiempo que duraba la visita. A uno se le iban los ojos con las más bonitas.

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Andrés Osechas era hijo de un odontólogo que nos atendió a todos, y una señora francesa muy agradable y graciosa, de nombre Lissette, en mi recuerdo una hermosa mujer, dulce como no puede esperarse de un francés, que nos cantaba en su idioma Mon pays et Paris (https://www.youtube.com/watch?v=ciGz2zgR3nE) canción que ahora sé que es de Josephine Baker y que ella –la señora Osechas– tenía la delicadeza y la disposición de ánimo para, como si fuese un teatro familiar, cantar en el segundo patio de nuestra casa ante unos niños como nosotros que la escuchábamos alelados, entre ellos como espectador también su hijo. Y la cantaba agregando una invención vocal como estribilllo (un pihuihuihui hui), que se nos quedó grabado a todos y que ahora, desde este momento crepuscular en el cual evoco a mi hermano, me parece un pequeño milagro ocurrido en López Aveledo Sur Número 1, Maracay, Estado Aragua, año indefinido, probablemente 1947.

[1]Era un internado muy conocido en el centro de Venezuela regentado por los Salesianos y su muy celebrado director era el Padre Ojeda.

VER LA VIDA (23)

Oscar Tenreiro

El texto que sigue fue leído en la Iglesia del Cementerio del Este en Caracas, el 13 de Diciembre de 2007, durante la Misa de Cuerpo Presente que allí se celebró en memoria de Jesús Antonio Tenreiro Degwitz. En la entrada de la semana pasada (llamada 2) prometí hacerlo conocer aquí. Lo ubiqué en mis archivos y así lo hago.

EN LA AUSENCIA DE JESÚS EL JOVEN

Cuando todavía éramos niños y vivíamos en Maracay, todos los hermanos Tenreiro vimos en el cine Roxy, que quedaba a media cuadra de nuestra casa, una película que nos impresionó. Era de aventuras, y trataba sobre el amor de hermanos. Transcurría en el desierto y creo que terminaba con la quema de una figurita vestida de uniforme que representaba a uno de los hermanos, fallecido en la lucha. Todavía recuerdo que salí del cine inflamado por una solidaridad fraternal infantil y poderosa. No tengo claro si hablábamos de la misma manera sobre la experiencia, pero de lo que sí estoy seguro, tan vivo es el recuerdo, es de que esa solidaridad nos invadió a todos durante cierto tiempo. Para mí fue la temprana e inesperada conciencia de lo que podría ser el amor entre hermanos de sangre.

Los cinco hermanos, hijos de Jesús el viejo y Cecilia, no hemos sido un dechado de concordia fraternal. Ha habido entre nosotros episodios difíciles que han dejado su huella. Pero siempre he tenido la impresión de que la religiosidad piadosa y expansiva de Cecilia y la rebelde e íntima de Jesús el viejo, quienes nunca renunciaron a encontrarse, nos señalaron la importancia del hilo misterioso y poderoso que es la relación entre hermanos de sangre.

Ya Carlota se fue hace más de veinte años arrastrada por una tragedia incomprensible. Ahora abandona el juego Jesús, como gustaba hacer en nuestras diversiones infantiles.

Pero entendemos mejor esta partida.

Cuando hace nueve años superó la crisis que casi lo llevó a la muerte, se inició una etapa que para mí fue la mejor de su vida. Porque se abrió al mundo y a las cosas con generosidad. Saltó por encima de los desencuentros y ejerció desde su sillón habitual una especie de sacerdocio de la aceptación y de la búsqueda de sentido en las cosas de antes y las de ahora. No pocas veces me ayudó a superar una tendencia depresiva vinculadaal desasosiego por la marcha de las cosas en esta tierra nuestra. Jesús creía que vendrían mejores tiempos y vimos una muestra de ello el mismo día en el que comenzó su último calvario. Su cuerpo sufría, sin embargo, constantes disminuciones.

Ese mensaje de dignidad y de superación de la adversidad física es para mí su mejor legado. No quiero decir que se convirtió en otro, pero el Jesús joven de tiempos recientes fue más bien como un regazo paternal. Creo haber vuelto a encontrar a través de él, a lo largo de estos últimos años, la solidaridad fraternal, infantil y bienvenida de aquellos días de Maracay. También mantuvo una Fe sólida en la trascendencia vinculada al misterio cristiano, que marcaba con fuerza algunas conversaciones que incluían con frecuencia alusiones a un día como éste. Por eso, sabemos que recibirá tranquilo una oración personal.

Caracas 13 de diciembre de 2007

 

El texto lo leyó Juan Antonio Tenreiro Rodríguez, el más joven de mis siete hijos, quien tenía diecisiete años. Lo hizo con una sencillez y transparencia que todavía hoy al recordarla me conmueve, contribuyendo a darle a ese momento un sentido especial.

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Agrego hoy un par de cosas.

La primera es que el 10 de diciembre de 2018, casi exactamente once años después de Jesús, falleció mi hermano Pedro Pablo,  segundo en edad. En su memoria podría decir muchas de las cosas que escribí sobre Jesús, particularizando en lo que para mí fueron sus últimos tiempos en la vida: lo haré más adelante, cuando estos intentos de hurgar y reconstruir un pasado familiar vayan acercándose al presente

Recalco algo importante: en mis tiempos de niño hubiera dado todo por cualquiera de mis hermanos y pienso que ellos lo habrían dado todo por mí. Agrego además, que de toda familia no afectada por patologías psicológicas o fragmentaciones traumáticas, se puede decir lo mismo: los hermanos-niños se profesan un amor sin reservas del cual no son conscientes. Amor en fin, que todo diga y cante, pero no un amor a la mujer como en el verso de Rubén Darío[1] sino amor desinteresado hacia quien compartiendo contigo el origen de sangre te acompaña a descubrir la vida con el mismo entusiasmo tuyo, la misma pasión tuya, entendiendo los sueños tuyos, sueños infantiles que quieren remontar todos los ríos.

Sin embargo, ese amor se resquebraja, se oscurece o, siguiendo a César Vallejo se hace espuma, [2]con el paso del tiempo. La llegada de la adolescencia y después la adultez con su más amplia comprensión del mundo, con frecuencia también afectada por muchas distorsiones, altera las relaciones al interior de la familia, al decir lo cual no estoy sino reafirmando lo que es experiencia general y ha sido señalado desde siempre. Pero a ese cuadro habría que agregar algo que se menciona más recientemente y fue nuevo para mí cuando hace más de treinta años, lo dijo refiriéndose a los desencuentros y enfrentamientos entre quienes se suponen llamados a la concordia, el cura católico amigo nuestro desde Maracay, Anselmo Cerró: la emergencia de la sospecha en la conciencia. La sospecha entendida tal como la define de modo muy simple el diccionario, como creencia o suposición que se forma una persona sobre algo o alguien a partir de conjeturas fundadas en ciertos indicios o señales. La sospecha se revela como distancia y a la vez recelo respecto a la conducta de quienes hasta ese momento hemos amado sin reserva alguna; dudas sobre sus razones, motivos, impulsos, puntos de vista, que vemos como parcialmente ajenos a las razones, motivos, impulsos y puntos de vista nuestros. En otras palabras, empezamos a reconocernos diferentes, diferencia que erosiona la capacidad de amar, de identificarse con el otro.

Y la sospecha fue progresivamente apareciendo en los hermanos haciendo que ese sentimiento fuerte, desinteresado y en muchos sentidos elevado, de amor entre nosotros, comenzara a alejarse hasta que, con la adultez, con los matrimonios de cada quien (trayendo consigo las naturales conjeturas de las respectivas parejas), con la vida en fin, se presentaron las disensiones, los desacuerdos y las separaciones que son características en muchas familias. Y no fuimos –lo digo en el texto que escribí– el dechado de concordia y amor fraterno que parecía anunciarse. El conflicto estuvo muchas veces a flor de piel y las separaciones se mostraron sin excusas. Sin rompimientos definitivos, pero con distancias calculadas, de las que ensombrecen.

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Unas palabras sobre la película, cuyo argumento no describiré, con la confianza de que los medios disponibles ahora para poder llegar a ella, moverán a quien se interese en asomarse a los incontables caminos por los cuales el cine –rico en sugerencias como todo arte– lleva mensajes a la conciencia.

Éramos habituales sin duda del Cine Roxy, ya lo he dicho varias veces. Los sábados en matiné (3 de la tarde) pasaban las películas de aventuras para público infantil y juvenil –algo viejas– y también cortos de dibujos animados, o series de cinco o seis episodios repartidos entre igual número de sábados generalmente dedicados a westerns –de vaqueros– o esos personajesque los americanos han decidido bautizar con el inadecuado nombre de los super-héroes: Batman (a quien llamábamos El Murciélago) y Superman. Debe haber sido pues un sábado en matiné cuando pasaron la película que todos los hermanos veríamos por lo menos dos veces a causa del gran impacto que tuvo entre nosotros hasta arrancarnos muy sentidas lágrimas de emoción: el título era Beau Geste y había sido producida en 1939 (https://lamanodelextranjero.com/2014/04/30/beau-geste-un-entierro-vikingo-en-el-infierno/   https://www.zendalibros.com/beau-geste-vivio-como-quiso-murio-como-quiso/). Estaba basada en la novela de Percival Christopher Wren de 1924 y los actores principales eran Gary Cooper, Ray Milland, Susan Hayward y Broderick Crawford, siendo el Director William Wellman. Trataba de las incidencias relacionadas con tres hermanos ingleses que deciden alistarse en la Legión Extranjera Francesa.

No mentí al decir que luego que la vimos se exacerbó en nuestra conciencia la importancia de la relación de hermandad. Es ciertamente una película de aventuras, pero para nosotros fue una especie de homenaje al amor fraternal, homenaje sintetizado en el proverbio árabe que cierra (o abre, no lo recuerdo bien) la película y el cual reza así: El amor de un hombre hacia una mujer aumenta o disminuye como la luna…pero el amor de hermano hacia hermano es sólido como las estrellas y resiste como la palabra del Profeta.

El proverbio árabe, tal como aparece en la película

Ese proverbio – poco importa si era auténtico o lo inventó Wren– era la suma emocional de lo que la película nos dejó, lo que anidó en mí y en los otros cuatro niños como resultado de la saga de los hermanos Geste narrada en ella. Sencilla, sin pretensiones y también comercial como casi siempre el cine, sin embargo con el poder de convicción del buen cine capaz de reavivar en nosotros el orgullo de ser hermanos. Es eso sobre todo y no tanto los detalles de la trama lo que nos importó.

Sorprendente efecto por cierto en la sensibilidad infantil que se presta a un comentario breve dirigido a los sociólogos ideologizados que ven en toda huella del enfoque americano una amenaza cultural: en una familia modesta cualquiera, de un pueblo modesto cualquiera, de un país modesto cualquiera, de la modesta Hispanoamérica, un producto típico de Hollywood puede hacer florecer buenas cosas. ¿No suele ocurrir lo mismo con todo lo que la vida ofrece, venga de donde venga?

El libro

El poster

El fuerte Zinderdeuf, escenario básico de la película

Durante la filmación de una de las escenas claves

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Si Jesús hubiera podido asistir en persona a su funeral, pienso ahora que tal vez se habría sonrojado al ver que en tan solemne y crucial momento, en lugar de hablar de filósofos importantes, de alguno de los compositores admirados por él, o de su cultivo insistente de la psicología junguiana de los arquetipos (tal como lo hizo el sacerdote que habló después de la lectura de Juan) yo había escogido hacer referencia a una película intelectualmente simple y hasta esquemática. Tendría que haberle dicho para quitarle el sonrojo, que por eso mismo fue que la tomé como punto de partida: por su sencillez y ausencia de pretensiones, por ser instrumento al alcance de cualquiera, y por su relación inesperada y  especial, con lo que vivíamos inconscientemente los hermanos cuando no era la muerte el tema, sino la vida y el optimismo de estar abriéndose a ella con la permanente alegría y espontaneidad que está a la mano cuando se tienen pocos años.

Y podría haberle dicho también si le hubiera hablado como ahora hablo, que quise saltar por encima de todo lo acumulado en tantos años a causa de la lucha de cada quien por abrir su propio espacio, para ver su muerte –esperando la mía– ligero de equipaje [3]como uno pensaba que podría vivir cuando el afecto se imponía sobre todo lo demás. Sin que deje de reconocer que en mi escrito hay también el deseo de alejarse de los entramados del intelecto que se hacen ideología y en muchas familias –lo fueron en la nuestra– terminan impidiendo los encuentros basados en la simple expresión del afecto.

Que uno se ha querido, pudiera ser lo que más importa decir cuando se lamenta una ausencia, porque el amor puede olvidarse, pero no desaparece. Si se profesó en total sinceridad, aunque fuese por un instante, tiene sentido recordarlo.

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Y es tan hermoso el poema de Antonio Machado de cuya estrofa final menciono un verso,  tan a propósito en relación a Jesús Tenreiro –y a lo que ha motivado nuestra vida– que aquí está completo:

Retrato, de Antonio Machado

 

[1]La frase está en el primer verso de una de las estrofas del poema Divagación de Rubén Darío:  Amor en fin que todo diga y cante / Amor que encante y deje sorprendida / A la serpiente de ojos de diamante / Que está enroscada al árbol de la vida. Lo usa Mariano Picón Salas para el título de sus reflexiones sobre el amor incluidas en su libro Regreso de Tres Mundos (Obras Selectas, UCAB 2008, Pág, 1452)

[2]Es del primer verso del poema Intensidad y Altura de César Vallejo (1892-1938): Quiero escribir, pero me sale espuma,

[3]De la última estrofa del poema Retrato publicado en 1912, de Antonio Machado (1875-1939) : Y cuando llegue el día del último viaje, / y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, / me encontraréis a bordo ligero de equipaje, casi desnudo como los hijos del mar.

VER LA VIDA (22)

Creo que la amistad prospera, al igual que la hermandad, de un modo puro, intenso hasta dejar huellas en el alma, sobre todo en la infancia. Digo esto fuera de todo fundamento psicológico, porque a estas alturas no creo haber leído nada digno de mención, escrito por alguien confiable, sobre la amistad –confesión que hago con rubor– sino declaraciones que la enaltecen, muchos testimonios acerca de la importancia que le concede alguien cuando le preguntan sobre cosas su manera de ver la vida, aparte por supuesto de las siempre presentes manifestaciones de la sensiblería un poco barata que el alcohol despierta. También lo digo, pensará cualquiera que me conoce un poco, porque acepto que se me acuse de ser incapaz –psicológicamente– de tener amigos, ante lo cual respondería que le otorgo justeza a la acusación, pero que examinándome hacia adentro la encuentro incompleta, porque si de buen grado reconozco que desde hace por lo menos tres décadas se me ha  hecho fuerte el descreimiento en la amistad, pienso que la he practicado en mi vida con mucha convicción en tiempos más jóvenes. Y más bien me he sentido bastante frustrado cuando tratando de pasar por alto desavenencias, distancias creadas por bandazos de la vida, errores de juicio públicos y privados, posiciones, creencias, impulsos o prejuicios religiosos –o políticos– y demás asuntos que puede enumerar un viejo, me he acercado a amigos que mucho estimé y a quienes  creo haberles tratado de entregar afecto y presencia, para encontrarme con que ya la amistad desapareció. Como que se hubiera definitivamente pasado otra página y ya no fuese posible estar un rato, uno al lado del otro para decir: hemos vivido una vida completa y a pesar de todas las distancias y errores –tuyos y míos– sigo siendo tu amigo. O por ejemplo: soy tu hermano, más allá de todas mis sospechas. Una vez me lo dijo, por cierto el flaco Alvarez[1]…por teléfono, pero se interpuso  mi irreductible distancia ante quien no denuncie la tragedia venezolana. La verdad es que no he tenido esa experiencia…y la he buscado con viejos amigos; y creo que también, sin mucha insistencia lo reconozco, con mis hermanos.

Pero vayamos otra vez a la infancia: lo que es irrefutable es que el niño no sospecha de sus amigos. El niño se entrega a sus amigos, tal como también se entrega a sus hermanos[2].  Y la sospecha no importuna, apareciendo como una sombra que a veces se apodera de nosotros –lo confieso– sino cuando podemos llamarnos adultos. Es por eso, por la ausencia de sospecha, que llamo pura y auténtica a la amistad infantil.

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Los amigos de lo que me atrevo a llamar primera infancia se confunden en el recuerdo como si fueran todos la misma persona, o mejor dicho, uno los recuerda imagen tras imagen como si estuvieran colocados en un solo espacio emocional; pero ya cuando se va entrando en la que también me atrevo a llamar pre-adolescencia, se individualizan más y se puede recordar mucho tiempo después que uno fue amigo de alguien en el sentido de amistad personal, de afinidad, o de gusto de vivir compartido.  Puedo decir que tuve algunos amigos en esos años – nueve en adelante– con quienes compartí algunas cosas que no he olvidado.

Uno de ellos fue sin duda Franco Russo.

Franco fue cercano a la altura del Quinto y Sexto Grados.  Tenía un hermano menor llamado Andrés que era más de  mi edad. Cuando estudiábamos Tercer Grado a Franco lo promovieron un año sin presentar examen porque demostraba muchas destrezas y facilidad de comprensión, así que de Tercer Grado lo pasaron a Cuarto y ya no quedamos juntos, aunque seguimos frecuentándonos en el colegio y hasta después de cambiarme al Valles de Aragua. Ya en Sexto con la bicicleta, yo me acercaba a su casa que quedaba un poco lejos de la nuestra, en la cual había cosas interesantes porque a papá Russo le gustaba la caza, razón por la cual una vez que me invitaron a almorzar probé por primera única vez en mi vida la carne de lapa,ese roedor grande que hay en los bosques venezolanos y cuya carne es una exquisitez.[3]Debido a esa afición, en uno de los cuartos de su casa, había un rifle de aire, un rifle de balas calibre 22, y me parece que guardada, menos al alcance, una escopeta calibre 12 o algo así. Yo ya había tenido contacto con un rifle de aire, en casa de mi tío Oscar en Valencia quien tenía un terreno detrás de su casa, del otro lado del río Cabriales, una pequeña finca. Y desde ese momento se desarrolló en mí un interés especial en esa arma, que podía estar al alcance de uno, no era peligrosa y permitía cosas como matar pajaritos si los había, actividad que si la refiero así del modo como lo hago escandalizará a más de uno y lo hará pensar que yo era un asesino en ciernes; pero confieso que practicaba esa afición aunque poco frecuentemente.

Lo muy curioso de estas fotos de una lapa es que las tomé aquí en mi casa hace unas dos semanas.

La lapa nos visita habitualmente.

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En todo caso, el otro aspecto interesante para mí de la amistad con Franco era su habilidad manual, que era considerable. Franco construía barcos en miniatura con palitos de helado de madera pegados entre sí usando además hilo, pedacitos de tela y palitos de fósforo para ciertos detalles, velámenes o grúas. Sacaba los modelos de Mecánica Popular o de alguna otra revista y hacía esos barquitos, fascinantes para mí y para él su orgullo, si bien Franco era un tipo bastante abierto y nada echón como decimos en Venezuela. No se la echaba de habilidoso o conocedor, simplemente hacía lo que le gustaba. El caso es que decidí imitarlo y poner a prueba mis propias habilidades, por lo cual comencé a reunir palitos de helado, que se le podían pedir regalados a los que llevaban los carritos de helado por la ciudad, o simplemente los recolectaba del consumo de mis hermanos, porque comer helado de palito era bastante común en Maracay entonces. Y disfruté mucho de ese pasatiempo durante meses, y debo reconocer que no me quedaban tan buenos como los de Franco, era simplemente un imitador no tan aventajado.

En casa de Franco Russo había un patio lateral que en su parte delantera servía para guardar un carro y después lo ocupaba en el centro un arbolito que probablemente era de semeruca, fruta pequeña que en el oriente venezolano llaman ceresita[4]. A ese arbolito acudían de vez en cuando pajaritos con los cuales el hermano de Franco y yo tratábamos de ejercitar nuestra puntería ante el disgusto de su mamá que nos advertía de cuando en cuando, sospechando de lo que hacíamos, que nos dejáramos de hacer lo que precisamente estábamos haciendo y lo negábamos, es decir cazando pajaritos. Le decíamos que estábamos disparando al blanco. Sí lo sé, es un asunto condenable del cual lamento no arrepentirme, a la vez que afirmo que sería incapaz hoy de alentar cacerías de pajaritos. Uno cambia a lo largo de la vida…

Una mata de semeruca. Pueden ser más altas.

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Otro amigo que menciono, entre otras razones porque resultó una sorpresa grata ver como sus preferencias infantiles definieron su profesión de adulto, fue Carlos José Motamayor, quien era un poquito mayor que yo y si mal no recuerdo también pasó al Valles de Aragua para su Sexto Grado y siguientes. Y digo su nombre completo porque más adelante, ya adultos treintones, Carlos José fue un destacado locutor deportivo de la televisión venezolana, habiendo demostrado en esos tiempos de niño un gusto muy especial por la locución por radio de eventos deportivos que imaginaba. Era el constante narrador, en voz alta y cuidando bien su dicción, de muchos de los juegos que organizábamos. Y su pasión eran las carreras de caballo, que se oían por radio en toda Venezuela gracias a un juego de apuestas  (el 5 y 6) que favoreció a mucha gente. Imitaba el estilo de narración de los locutores más conocidos y sabía el nombre de los caballos más famosos, de los más ganadores. Durante mis visitas a su casa construíamos, en varias visitas porque el asunto tomaba tiempo, una pista en el piso de tierra del corral poniendo barandas de alambre y señales de distancia –supuestamente de cien en cien metros– con palitos a los cuales pegábamos papeles, y finalmente poníamos a correr a unos caballitos de plástico, que movilizábamos utilizando dados. Mientras la carrera se desarrollaba Carlos José trasmitía de un modo tan realista que no era difícil imaginarse que manejábamos un verdadero hipódromo.

Luego de nuestra mudanza a Caracas no lo vi más y fue una sorpresa grande verlo un buen día figurar como narrador deportivo, actividad que desarrolló hasta hacerse bastante conocido particularmente como narrador de fútbol. Falleció Carlos José en Mayo del 2019.

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Ken (Kenneth) MacCartney debe haber sido compañero mío en el Quinto Grado del San Pedro Alejandrino porque no tengo imagen de él estudiando en el Valles de Aragua, donde ya dije que nos cambiaron a los tres hermanos menores y allí permanecimos hasta que Carlota y yo terminamos el Segundo Año y Edgardo el Sexto Grado. Era hijo de escoceses como su sonoro nombre lo indica y su padre trabajaba en la Industria Textil Sudamtex, muy moderna, ubicada en las afueras de la ciudad. Nos hicimos bastante amigos. Tenía un hermano mayor cuyo nombre se me escapa, amigo de Jesús, quien en un momento dado desapareció por haber sido enviado a estudiar a los Estados Unidos.

Ken aprendió el español muy rápidamente, andaba en bicicleta y dábamos vueltas por Calicanto, donde vivía con su familia en una casa en la cual pude apreciar por primera vez los modos de vida americanos porque mi impresión era que ellos se habían hecho ciudadanos de los Estados Unidos. Era una casa aislada como todas las casas de Calicanto, forma urbana que quiérase o no era una señal de modernidad que dejaba atrás como si se tratase de un pasado a ser superado, el tipo de casa republicana del damero como la nuestra. Y en esa casa había detalles definitivamente americanos. Uno de ellos que me parecía curioso era que en la puerta con tela metálica mosquitera que daba a la parte de atrás, había abajo una puertita pivotante para el perrito de la casa, uno de esos perros como los del whiski Black and White, de color negro,[5]que entraba y salía cómodamente por la curiosa puertita. El otro era su bicicleta que también era del tipo americano y frenaba dándole a los pedales al revés, pesadísimas y con carrocería decorativa–parafangos anchote, cubre-cadena adornado– bicicletas que también tenían los hijos de las familias gringas que vivían en Caracas en la urbanización Las Mercedes.

Ken y su familia eran por supuesto de religión anglicana y yo cada tanto le decía a Ken que por qué no se convertía al catolicismo, indiscreción que le producía una sonrisa y es una muestra temprana de mi tendencia a ser indiscreto. O impertinente según un amigo fallecido.

Una vez me invitaron a la playa, creo que fue a Turiamo, e hicieron parrilla de salchichas, algo que para mí era el colmo de la modernidad porque creo que a esas alturas de mi vida yo había asistido una vez a una ternera  (para los no venezolanos: festejo rural para comer carne asada en varas) en el terreno-finca que tenía mi tío Oscar en Valencia, pero nunca había visto esas parrilleras desarmables o plegables tipo americano. Ese día a la hora de almorzar se me cayó la salchicha a la arena por una torpeza mía y papá Mac Cartney llegó hasta decirme estúpido, de buen modo pero estúpido al fin, lo cual me hizo estar callado media hora con cara de pocos amigos hasta que Ken me pidió excusas en nombre de su padre. Después que nos mudamos a Caracas nunca más supe de él.

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Jesús Meneses Perez fue también un gran amigo, tal vez con el que alterné más asiduamente. Era un año mayor que su tocayo mi hermano, y había padecido poliomielitis de niño quedando con el rostro parcialmente afectado además de que debía caminar con una prótesis que le sujetaba la pierna izquierda. Con los estándares actuales hubiera sido considerado impedido, pero entonces simplemente hacía vida como la de todo el mundo y congeniamos mucho por afinidades de carácter y porque le gustaba inventar juegos en la espaciosa casa, con un terreno grande lleno de árboles, donde vivía, detrás del circo de toros. Creo que eran varios hermanos pero recuerdo sólo a una hermana, Mercedes, que vi muy poco, al igual que a sus padres, siempre lejanos porque la casa era grande y ellos poco se ocupaban de las andanzas de su hijo. Sé que su padre se llamaba Olegario. Volví a ver a Jesús muchos años después, a mediados de los setenta, y estaba dedicado a vender seguros.

Lo más particular de él es que era también melómano, apasionado de la música. Tenía en su casa, para su uso exclusivo, un tocadiscos Philco como el nuestro, aparatos de 78, 33 1/3 y 45 rpm al cual podían ponérsele varios discos que iban cayendo en secuencia. Y como ya Jesús mi hermano, en ese momento (mis diez años, Jesús trece-catorce) era un experimentado amante de la música, conversaban entre ellos hasta que Jesús se dio cuenta que en materia de óperas mi amigo tenía una especie de obsesión por Don Giovanni de Mozart y de allí no salía. A cada sugerencia de escuchar otra ópera mi amigo regresaba a Don Giovanni en cualquier descuido, con el consiguiente disgusto de Jesús. Por mi parte, como mi relación de amistad se daba en otras áreas, nunca me ocupé de situar sus gustos musicales, que si bien como es de suponer iban más allá de Don Giovanni, yo era incapaz de ofrecerle conversación al respecto así que me limitaba, en las visitas a su casa, a oír junto con él alguna pieza sin que hoy pueda hacer alguna precisión.

Parecido a este era el tocadiscos Philco que había en nuestra casa y en la de Jesús Meneses. La calidad del sonido no era mala para esos tiempos. Tenían buen volumen. Jesús lo disfrutó enormemente.

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No he sabido nada nuevo desde hace tantos años sobre Franco, Ken o Jesús. De Carlos José sí porque era una figura pública. Desconozco pues si viven, y ochentoso como soy, dado que eran mayores que yo, pienso que podrían haberse ausentado. En todo caso me gusta hacerlos vivir un rato en estas líneas. Y los recuerdo con especial cariño.

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[1]Domingo Alvarez Jiménez falleció el 28 de Diciembre de 2018. https://www.eluniversal.com/entretenimiento/29370/fallecio-domingo-alvarez-disenador-del-museo-de-los-ninos

[2]Cuando murió mi hermano Jesús, escribí algo sobre el amor de hermanos que cuando lo encuentre lo pondré aquí.

[3]Mientras escribo estas líneas ha aparecido en el terreno de nuestra casa un ejemplar de lapa que llega hasta nosotros desde las zonas verdes aledañas. Hace poco –escribo a fines de Mayo de 2010– vi una que atravesó frente a nuestra terraza tranquilamente. Decidimos ponerle diariamente en un cuenco de arcilla restos de lechosa y mango que le gustan. También aparecen regularmente picures y rabipelados. Tal vez se dejaron ver inicialmente porque buscaban agua debido a la gran sequía que sufrimos hasta hace poco este año 2020.

[4]La ceresita mereció una pieza musical de Luis Mariano Rivera (1906-2002) que se cantó mucho en el país en los años setenta del siglo veinte y la dejó grabada Gualberto Ibarreto (1947).https://www.youtube.com/watch?v=a89eTlQgrp8

[5]Según Internet, se trataba de un Terrier escocés.