VER LA VIDA (6)

Oscar Tenreiro

Para reconstruir el ambiente y los movimientos de mi padre luego de haber dejado el Seminario y comenzado su vida adolescente caraqueña estoy obligado a hacer conjeturas. Mi madre lo sobrevivió casi treinta años y habría podido responder a mis preguntas, pero murió hace ya tiempo –en 2004– y su conciencia disminuyó mucho antes de que yo pudiese siquiera pensar en escribir estas cosas. Pero esa obligación a suponer sin comprobar no parece ser un problema si pensamos que estoy tratando de conocer aspectos de la vida de alguien que fue, como también lo soy yo, uno más entre muchos que han vivido aquí y han dejado una huella no para la gente en general sino para sus cercanos, para quienes los conocieron y recibieron algo de él o ella. Es para decirlo en lenguaje que pudiera considerarse literario buscar las huellas de un desconocido, condición que en alguna forma nos afecta a todos. De hecho, se ha convertido para mí en constante pensamiento desde que me reconozco como viejo, y experimento la fuerza que lleva hacia el olvido, compañera de quien se va alejando de la vida. Mientras que tiempo atrás, no mucho, la consideraba aplicable a otros. Entenderlo mejor me ayuda a percibir de modo más completo, a sentir la hermosura de la vida aún con sus tropiezos. Cualidad que acaso se concentra en una frase: tener conciencia de sí; ser y estar. Vivir teniendo conciencia. Es el mayor don.

Se me ha hecho más claro también cuan ensimismados vivimos y cuanta distancia afectiva nos separa de quienes nos rodean, aun siendo activa y constante la convivencia. Y si afino este sesgo, si exagero, voy directo al lugar común para decir que vivimos en soledad. Mi padre vivió muy solo, hasta cierto punto se negó a la convivencia en el seno de una familia que era rica en vitalidad. Tal vez su lucha consigo mismo le impidió ver que la soledad puede desaparecer, anularse, ante el simple hecho de vivir y convivir con quienes nos acompañan de cerca o con alguna distancia. Y con ello se muestra algo superior: la vida en general nos habla de la trascendencia, señala lo que no puede expresarse. Pero a la vez –es la paradoja propia de estas reflexiones– usurpa su lugar. Cuando vivir se convierte en el centro, su dinamismo nos avasalla y oculta lo trascendente, busca ocuparlo todo. No vemos el más allá de la vida, porque vivimos. La vida con su brillantez desvía la mirada de lo esencial. Es la razón principal por la que los más jóvenes ignoran a los de más edad.

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Ignoré a mis padres en la parte final de sus vidas. Y en particular a mi padre. No traté de acompañarlo, lo vi de lejos, la vida me ocupaba demasiado. Seguiré intentando que de alguna forma hable a través de estas líneas, si bien será una voz débil por lo poco que sé de él. Mi deseo es serle justo sin importar el afán que tuvo de estar en su propio mundo separándose del que fue nuestro en los años de iniciación. Más que cualquier reclamo me importa agradecerle la vida que me dio, la mía y la de mis hermanos. También el que haya tratado de superar sus dificultades y siempre disminuir las nuestras, pese a todo su empeño de estar lejos. Y es que nunca dejó de estar cerca a su manera. Mi madre lo decía con cariño luego que él se fue, se apagaron los reclamos y quedó sólo el amor adulto.

Y debe haber quedado en ella también la huella de los años en los que se conocieron y decidieron hacer planes para un futuro juntos. Sobre esos tiempos confieso que me gusta pensar e imaginar, porque son tiempos no marcados por la sombra de las obligaciones y las diferencias, tiempos de proyectos de vida.

Y cuando lo hago, cuando trato de ir hacia un noviazgo que como todo noviazgo se presentaba como la antesala de tiempos destinados a la felicidad, se me hace presente un fenómeno que es común y sin embargo apenas se considera: sabemos poquísimo de la juventud de nuestros padres porque ellos se perfilan en nuestra conciencia ya muy establecidos. Coincidiendo con nuestro crecimiento y la afirmación de nuestras personas, los padres dejan atrás, aparentemente olvidada y sujeta a recuerdos en los cuales no estamos incluidos, su primera juventud, que es oscurecida en cierto modo por todo lo que trae consigo hacerse padre o madre, por el esfuerzo de convertirse en nuestros padres.

Antonio Jesús y Cecilia, de novios, en la casa de la familia Degwitz en Valencia.

Y sorprende entonces, me sorprende a mí ahora mientras me entrego a estas descrpciones, que de ese tiempo de primera juventud tan importante en la formación de la personalidad, los hijos sabemos muy poco. Pareciera que nuestros padres se hubiesen abierto a la vida sólo después de nuestro nacimiento. Y si ocurre que somos hijos de padres de treinta años[1]y no de veinte, como hoy se hace cada vez más común en ciertos sectores de nuestras clases medias, todavía menos sabremos de la etapa en la que ellos definieron muchas cosas, tomaron decisiones importantes, como la de casarse y concebirnos.

Tanto mi padre, pues, como mi madre, vivieron vidas jóvenes de las que muy poco sé, con la diferencia, que ya he hecho notar, de que ella nos contaba cosas y en ciertos momentos decidía evocar episodios, momentos o deseos de tiempos anteriores. Tal vez yo podría decir algo similar respecto a mis propios hijos, pero es indudable que en tiempos más recientes si bien sigue presente una cierta dificultad para conocer lo anterior a la  irrupción del hijo en el seno familiar, los vínculos que facilitan ese conocimiento se han multiplicado y sobre todo la fluidez de la comunicación entre padres e hijos se ha hecho mucho mayor y más transparente, más apegada a la veracidad. Sin que pueda decirse que haya desaparecido la dificultad, porque es estructural, inescapable, siempre estará allí como un obstáculo: conocemos de las vidas jóvenes de nuestros progenitores sólo una fracción.

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 De todas maneras, algo puede conjeturarse sobre los tiempos adolescentes de Antonio Jesús en la Caracas de 1920.

Entre otras cosas, por ejemplo, sé que comenzó a trabajar en 1921, a los diecisiete años de edad, en un comercio que alcanzó cierta notoriedad al menos hasta comienzos de la década del cuarenta, El Bazar Americano, fundado en 1916, el cual según datos que incluyó mi padre en un Curriculum Vitae elaborado muchos años después, era propiedad de Enrique Arvelo cuyo nombre aparentemente era sonoro en su tiempo. Vendían máquinas registradoras y artefactos eléctricos y estaba ubicado en una de las cuadras más concurridas del centro de la ciudad de Caracas que terminaba en la esquina de Sociedad. Allí se desempeñó como cobrador, oficinista y vendedor entre 1921 y 1923. Pasó después a ser empleado de las empresas fundadas por William H. Phelps, norteamericano radicado en Venezuela, fundador de una familia que sería muy influyente. Estuvo primero en El Almacén Americano donde desempeñó labores similares a las de su anterior empleo hasta convertirse unos años después, en 1927, por un corto período, en agente viajero, vendedor itinerante de los vehículos Ford, representados en el país por El Automóvil Universal, empresa igualmente propiedad de Billy (así se hacía llamar) Phelps, para desempeñar después una serie de cargos administrativos que lo llevaron a radicarse fuera de Caracas, primero en la sucursal de la ciudad de Maracay como sub-gerente durante dos años, luego en La Guaira y finalmente en La Victoria, donde estuvo cerca de cinco años hasta que fue trasladado a Valencia en 1934. En Valencia estuvo también cinco años, los dos primeros antes de casarse con mi madre el 22 de junio de 1935, a quien conoció luego de unos meses de haber llegado a Valencia. Continuó en Valencia[2]ya casado, hasta mediados de 1940 cuando con la familia se trasladó a Maracay para abrir en 1941 su propio negocio, la Casa Philco, que vendía artefactos eléctricos para el hogar de la marca Philco, bastante conocida en Venezuela en esos años.

Antonio Jesús y Cecilia con Jesús Antonio el mayor, tal vez Diciembre de 1936 (Jesús nació el 9 de Abril de ese año)

Antonio Jesús y Cecilia recién casados. La romanilla de la izquierda y la palma Washingtonia en un porrón son elementos característicos de las casas venezolanas republicanas. Esta foto la usé para un cuadro que pinté, cuya reproducción incluí en Ver la Vida (1).

Todo el proceso de formación en el mundo comercial de mi padre, fue pues especialmente largo, algo menos de veinte años, suficiente prueba de sus destrezas y su adaptabilidad, de lo cual fue prueba un punto alto, el haber ganado durante su último año como Gerente en La Victoria, junto con un colega de Maracaibo, Luis Villegas Febres, el concurso interno de ventas del Automóvil Universal.  Le valió un ascenso a Gerente en Valencia y el premio consistía en un viaje durante tres meses a los Estados Unidos –corría 1934– que incluía visitas a la fábrica Ford en Detroit, a distintos centros de distribución y a la Exposición Universal de Chicago que se realizó entre junio y noviembre de ese año. Haber merecido ese premio fue motivo de orgullo para él porque lo logró a pesar de que La Victoria, su sede, era una ciudad semi-rural muy pequeña. Orgullo justificado si se piensa que es un logro absolutamente personal en un país donde todo ocurría siguiendo las pautas de una red de influencias y vínculos sociales y económicos particularmente fuertes y limitantes. Y él no era más que un empleado de origen modesto.

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Decido quedarme con este punto alto porque ese fue un momento importante de la profesión de comerciante de Antonio Jesús. Había seguido en su evolución el típico esquema del self-made man, que comienza muy joven en lo más sencillo y se hace acreedor a sucesivos ascensos que lo llevaron hasta la Gerencia de una sucursal importante como era la de Valencia. De allí el lógico paso era como en efecto ocurrió, el de fundar su propio negocio ya maduro, a los 37 años y con cuatro hijos. Lo que vendría en lo sucesivo fue una lucha constante con adversidades que sin duda se debieron a su poca capacidad para ser agresivo y sumarse a las prácticas competitivas del mundo comercial. Su temperamento era ajeno a toda especulación, no era capaz de aprovecharse, trataba de actuar con transparencia; y era leal. Todas estas virtudes, para un comerciante eran defectos. Sin embargo, haber ganado el concurso de ventas fue lo que inició el proceso que lo llevaría a establecerse por su cuenta, además de permitirle conocer los Estados Unidos, que en ese momento era como el resumen de una particular modernidad que impactaba con fuerza en Venezuela pese a nuestros problemas políticos. Problemas que precisamente el año siguiente iniciaría con la muerte del Dictador en diciembre un proceso promisor abierto a nuevas referencias entre las cuales de modo señalado la del país que asomaba como un nuevo centro de poder que atraía todas las miradas y expectativas de un mundo que se enfrentaba a las crisis que llevaron hasta la Segunda Guerra. Nunca hablé con él sobre el impacto que en su sensibilidad tuvieron esos tres meses, pero el hecho significativo de haber conservado entre sus papeles personales un puñado de fotos que lo recuerdan y llegan hasta mí para ayudarme a hablar de un momento de su vida que se abría a un futuro positivo, me indica algo. El no fue toda su vida otra cosa que un hombre de trabajo que luchaba por abrirse paso, y parecía abrírsele un espacio promisorio.

Antonio Jesús, con un bastón en el centro de la foto, camina hacia la entrada de la Exposición Universal de Chicago en Junio de 1934

Pabellón Ford de la Feria de Chicago (1934) Justo debajo del aviso Ford pequeño camina semioculto Antonio Jesús, delatado por el bastón.

Antonio Jesús antes de abordar el dirigible que recorría los terrenos de la exposición.

El Pabellón Ford de la Exposición Universal de Chicago 1934, desde el dirigible.

Con Luis Villegas Febres el otro ganador del concurso de ventas, en un distribuidor Ford en Detroit.

Con un americano de la Ford en Kingston, Jamaica (escrito por mi padre detrás de la foto), esperando tomar un hidroavión. Supongo que Kingston fue una de las escalas en el viaje a EUA, el cual se hacía haciendo escalas en distintos puntos del Caribe.  e.

 

[1]Nací el 12 de Noviembre de 1939 cuando mi padre tenía 35 años. No se casó tan joven. Mi madre tenía 29, cumpliría treinta un mes después. Tampoco era tan joven como era común en su tiempo.

[2]En Valencia nacieron mis dos hermanos mayores, Jesús Antonio el 9 de abril de 1936 y Pedro Pablo el 27 de agosto de 1937, Carlota Elizabeth quien les sigue, nació el 12 de noviembre de 1938 en Maracay, yo en Caracas exactamente un año después. Edgardo el menor nació también en Maracay el 14 de abril de 1941.

 

VER LA VIDA (5)

Oscar Tenreiro

Si tomar hoy en día la decisión de dejar los estudios para sacerdote católico requiere la fuerza de carácter necesaria para enfrentarse a las expectativas que se crean alrededor del aspirante, quien por lo regular es visto como un luchador a favor de una opción de vida que se aparta de lo común y por lo tanto su renuncia se ve como derrota; si eso es así hoy, digo, hacerlo hace cien años, en una sociedad en la cual la clerecía y sobre todo la moral católica dominaba la dinámica de las relaciones humanas, requería no sólo carácter sino coraje.  Coraje tuvo que haber tenido mi padre cuando decidió dejar tras sí el recinto protegido del Seminario Inter-diocesano de Caracas y realizar su adolescencia en la vida civil como cualquier venezolano de su edad. Un coraje por cierto que podía verse bastante ajeno a su aparente carácter tal como yo lo conocí, más bien temeroso del conflicto abierto.

Nunca hablé con él sobre esa decisión, pero ya he mencionado que le oí decir una vez que la mujer era muy importante para él y que el celibato le parecía en su caso un requisito imposible de cumplir. Así que asumió como dije la vida civil al tiempo que su hermano Pedro Pablo continuaba sus estudios hasta ordenarse sacerdote y hacer carrera en las jerarquías de la Iglesia Católica llegando a ser el primer Obispo de Guanare. No hubo en Antonio Jesús –esto es importante– crisis de Fe, su ruptura era una decisión de vida, no de abandono de lo religioso profundo, porque siempre se consideró a sí mismo como un católico de Fe firme.

Monseñor Pedro Pablo Tenreiro Francia. Obispo de Ortosia

La imagen que los hermanos nos fuimos formando de él desde niños era sin embargo la de alguien que alejado de lo piadoso era indiferente a lo que nos señalaba la rigurosidad practicante del lado materno. Lo veíamos, era mi caso al menos, en situación dudosa y hasta cierto punto cuestionable, incompatible con lo católicamente correcto,fronterizao ambiguapara ojos clericales o apegados a la práctica, tal como ella se había ido instalando en nuestra mirada infantil o pre-adolescente. Mas al revisarla hoy desde la perspectiva predominante en mi personal aproximación al misterio cristiano, y sobre todo considerándola con el talante hacia lo religioso predominante en la sociedad venezolana (más bien abierto, tolerante y nada apegado a los requisitos formales), me resulta muy coherente con su modo de vivir y sobre todo respetuosa dentro de su silencio y su aparente abandono. En resumen, a esta edad avanzada y siendo fiel al deseo de apegarme a lo esencial, para mí la manera de ser religioso de Antonio Jesús fue complementaria e igualmente profunda –cualidades que se me escaparon en el entonces que evoco– a la que heredamos de la estricta formalidad materna, más fiel a lo establecido, muy auténtica y vivida con una pasión que construyó en todos los hijos un indudable fundamento, un punto de partida.

Jesús Tenreiro Francia, muy joven, unos tres años tal vez después de dejar el Seminario

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Ante este escenario familiar constituido por dos legados, dos modos de entender la trascendencia alejados en su forma, pero en realidad, como he dicho, complementarios y afirmativos tanto en lo aparente como en lo más profundo, se recorta cualquier evocación del pasado mío y de mis hermanos. Aun tratando de ver el pasado con la neutralidad que se me hace posible, evitando prejuicios y poniendo en primer plano la vida, resulta evidente que en nuestro discurrir, nuestras expectativas, en nuestro comportamiento ante las exigencias externas, en nuestra manera de ver la vida se proyecta la dimensión religiosa, sea por certeza o duda, por afirmación o interrogación, por crisis o persistencia. Esa tutela que lo religioso ha ejercido, tutela que puedo sentirme inclinado a rechazar y cuyos términos más formales lucho por superar o entender mejor, ha estado planeando, impregnando podría decirse, mis reflexiones más recientes. Y como en fin de cuentas no la veo como algo negativo sino más bien como apoyo y estímulo para el pensamiento y la consideración de las cosas que más me importan, termino por definirme, por aceptar de muy buen grado, lo he dicho otras veces, que he sido y soy un católico cultural, mi paso por la vida ha estado de un modo o de otro conformado, modelado por herencias católicas, aún aquellas que formalmente parecen poco religiosas o quieren identificarse con la aceptación de sesgos y matices alejados de la Fe formal.

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Pero he dicho que mi padre optó por ser como cualquier adolescente venezolano.

Eso quiere decir que debía empezar a confrontarse con la contradicción. Porque en tiempos de la adolescencia de mi padre y aun durante mi propia adolescencia, era común entre hombres la necesidad de mantener en el ámbito público la formalidad de las relaciones interpersonales y el apego a una moralidad regimentada por la Iglesia Católica, mientras se vivían privadamente conductas plagadas de desencuentros, precisamente de corte moral. El deseo de aparentar lo que no se era en términos de vida y preferencias invitaba a los más acomodaticios, a los menos recios, a la insinceridad. Y se hacía común la creación defensiva de vidas dobles contradictorias, una pública adaptada a lo establecido y a satisfacer apariencias, y otra privada regida por los usos y tradiciones del machismo rural de tierra adentro, que entre otras muchas características era favorecedor de la poligamia encubierta, amigo de los submundos de burdeles y prostitución, proclamador del derecho de sujeción de la mujer, y anticlerical casi siempre, sobre todo si se abrazaba la masonería, que estaba a la mano y tenía muchos adeptos. La mujer por el contrario estaba sometida a una especie de vigilancia social que exigía de ella total sinceridad y excluía cualquier posibilidad de una doble vida a riesgo de convertirse en marginada y de dudosa moralidad, es decir excluida.

Esta escisión de las personalidades podía ser análoga a la presente en otras sociedades latinoamericanas, pero en el medio venezolano se manifestaba de modo mucho más agudo debido al atraso político producto de décadas de inestabilidad y el consiguiente atraso cultural. Porque en la Venezuela de principios del siglo veinte se había impuesto una rigidez política autoritaria ruralista y caudillista muy distante de los cambios de actitud ante los prejuicios sociales y culturales que ya se hacían sentir en los circuitos urbanos de todo el mundo. Una regimentación de la vida pública que parecía tener vocación de permanencia: el Dictador Juan Vicente Gómez tenía doce años en el poder cuando mi padre dejó el Seminario en 1920. Lo dominaría todo hasta el 17 de Diciembre de 1935.

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Salió pues del Seminario Antonio Jesús –he dicho 1920 sin seguridad– a luchar con la vida en soledad, sin el apoyo de una familia. Porque si su abuela Escolástica era, como todo lo indica, bondadosa y dispuesta a ayudar como lo demuestra haberse encargado solícita de sus nietos, es fácil suponer que muy poco sabía de los estímulos y circunstancias de un adolescente.  Los hermanos estaban cada quien en lo suyo, la mayor ya casada, Pedro Pablo enfocado en su mundo sacerdotal en ciernes y tres hermanas menores Mercedes Amalia, Rosa y María Cristina –Cristina en familia– jóvenes casaderas previsiblemente protegidas y obligadas a las discreciones femeninas de esos tiempos. Cualquier intercambio personal para compartir puntos de vista y orientaciones debía buscarlo en la amistad, con el agravante de que no eran compañeros de clase con quien compartes diariamente y durante años vas conociendo y transformándolos en amistades que a veces duran toda la vida, sino que tendría que desenvolverse entre relaciones de trabajo –el comercio en su caso­– gentes de trato más distante, separados por jerarquías o actividades, muchos de presencia fugaz. Todo lo cual iba a hacerlo madurar de modo menos pausado. Espacio afectivo un tanto movedizo, en el cual con seguridad florecía el machismo y sus distorsiones

Detrás de esta foto de Escolástica Gil de Francia, ya antes publicada, hay un comentario de Pedro Pablo el sacerdote

La nota de Monseñor Tenreiro detrás de la foto

Foto de Escolástica Gil de Francia tomada en 1934 en casa de Cristina Tenreiro Francia de Gornés en La Florida.

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Y el machismo dejaría su huella. Lo demuestra incluso mi relato porque se revela en él la poca comunicación que tuve con Antonio Jesús sobre los temas familiares. Igualmente escasa en mis hermanos, porque como se decía respecto al anecdotario familiar en la Venezuela de entonces, esas son cosas de mujeres. Pero podría demostrarlo por igual su comportamiento respecto a nosotros, situado él en un mundo aparte, grave, siempre serio y distante de las piruetas infantiles, atento a las cosas que de verdad importan para mantener una familia. En cierta forma, para él éramos hijos de Cecilia. Nos hicimos personas sobre todo en permanente relación con el lado materno, él a la distancia. Lo cual hubiera podido convertirnos en continuadores del ciclo machista, porque los hijos guardan en su memoria lo que recibieron y son propensos a reproducirlo con sus propios hijos. A menos que factores relacionados con la educación, con el ambiente, con las adquisiciones de la vida formativa, apunten en sentido distinto y modifiquen –o amplíen– la tradición. Esto último fue nuestro caso como el de muchos venezolanos de nuestro tiempo. Fuimos parte de unas generaciones que impulsaron cambios de actitud. Venezuela, y nosotros con ella, luchaba por dejar de lado los atavismos del pasado, se modernizaba la vida social junto con la vida en general. Ya no había condiciones para perpetuar ciertos ciclos, aunque haya algunos que persisten en el espacio político.

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Tema, este de los ciclos, que nos lleva a recordar las palabras de ese psiquiatra venezolano sabio que fue José Luis Vethencourt (1924-2008). Se refería a los padres abandonantes, un tipo psicológico persistente en la Venezuela de siempre y de hoy, sobre todo a nivel popular: el padre que tiene hijos los abandona y busca otra mujer para también tener hijos y abandonarlos. Decía Vethencourt que las parejas abandonadas, paradójicamente, educan por su parte hijos abandonantes. Si su hijo es quien abandona están tomando una revancha, están compensando la humillación sufrida humillando por persona interpuesta. Las madres, sin tener conciencia de ello educan a sus hijos para que abandonen.

Eso es posible decirlo de manera análoga respecto al machismo tanto para el padre como para la madre, si uno reflexiona sobre la pasividad resignada de muchas mujeres ante los hábitos y conductas vinculados al predominio del hombre. O, por otra parte, observa cómo el padre machista se ausenta, se distancia, se cierra a las preguntas del niño o las dudas del adolescente convirtiéndose así en modelo negativo que busca ser imitado, si no con razones con su autoridad, porque la autoridad seduce. Antonio Jesús, con su evidente soledad para orientar su desarrollo personal, encarnó ese papel, pero tuvo un mérito especial: no interfirió en los esfuerzos formativos de Cecilia. Y a Cecilia por su parte, no le fue fácil deshacerse del impacto que en ella tuvo el machismo heredado, y en alguna forma lo expresó sobre todo en sus relaciones con nuestra hermana Carlota, sola entre cuatro varones. Podría decirse que siguió la pauta de conducta señalada por Vethencourt: la niña estaba casi obligada a repetir los modos de ser de su madre. Y no lo hizo. Pero más allá de esos sesgos inspirados en ella por su propia educación, tuvo a su manera la misma virtud de Chucho, la de dejarnos libertad total en nuestras decisiones y preferencias. Muy probablemente mi hermana –fallecida muy temprano– no diría lo mismo, pero la tutela materna fue laxa, firme sólo –algo sabio– en lo fundamental, que para ella era lo religioso y las relaciones familiares, que cultivó y estimuló en las dos direcciones, paterna y materna. Firme sin embargo en el ejemplo, no en la injerencia.

Cecilia Degwitz adolescente, sentada. A su derecha su hermana Carlota de pie. A su izquierda una amiga, Elena Moser.

 

VER LA VIDA (4)

Oscar Tenreiro

Jacobus Korndörfer y Bárbara Freiler son pues los más antiguos residentes en Venezuela de todos mis ancestros maternos alemanes, porque Johannes Carl Aigster, el de Altona, debe haber llegado a Valencia o Puerto Cabello (el lugar preferido por los alemanes junto a Maracaibo) a fines de 1860 y casó aquí con Wilhelmina Grimm nacida también en Altona[1]. Según la leyenda familiar había estado antes en Australia y Bolivia, en busca de oro[2]. Son los padres de mi abuela materna Elizabeth y cinco hermanos más, nacidos todos en Venezuela.

Jacobus y Bárbara como parte del grupo de la Colonia Tovar sufrieron a su arribo a Venezuela y los años inmediatos numerosas penalidades que vale la pena comentar brevemente con el fin de conocer los obstáculos que esperaban en esos años iniciales de la República a quienes querían radicarse aquí viniendo del extranjero sin bienes de fortuna, y al mismo tiempo apreciar cuan temprano se manifestó en nuestra sociedad el mal de la improvisación. Baste decir que si hoy ocurriera lo que ocurrió a estos alemanes deseosos de una nueva vida, se hubiera convertido en tema internacional.

Las dificultades comenzaron con el traslado a Le Havre, Francia, desde Baden, específicamente desde el pueblo de Endingen am Kaiserstuhl, de donde salieron el 18 de Diciembre cruzando el Rin hasta Estrasburgo y de allí caminando en pleno invierno hasta Le Havre, una distancia de 770 kilómetros.  Tampoco el viaje marítimo habrá sido placentero. Lo hicieron en un barco fletado por Codazzi y sabemos lo que podía ser un barco fletado en ese tiempo. Su nombre era Clemence, e inició su travesía hacia Venezuela el 19 de Enero de 1843. Las condiciones en las que iban a viajar durante 45 días, el tiempo promedio del cruce del Atlántico para estos buques de vela de pasajeros, serían las de una tercera clase de la época y tal vez menos que eso, muy cercanas al hacinamiento porque el grupo era muy grande, casi 400 personas, 374 según uno de los testimonios. Y para completar las dificultades, se declaró durante el viaje una epidemia de viruela que cobró la vida de dieciséis (o quince) de los colonos antes de llegar a La Guaira el 4 de Marzo, 43 días después de haber zarpado de Le Havre. Cabe imaginarse lo que habrá sido para los no infectados convivir hacinados con enfermos graves de una enfermedad que tan feamente se manifiesta en la piel, presos seguramente del temor –diría pánico– de contraerla dadas las condiciones del barco. Y complicando más su penuria, aparte de que los sometieron a dos semanas de cuarentena al llegar a La Guaira, el barco hubo de trasladarse hasta Choroní para el desembarque, en vista de que no se había terminado el camino desde Puerto Maya (bahía al oeste de la Guaira, justo al norte del emplazamiento de la Colonia), que debía construir Sinder Pellegrini uno de los socios de Codazzi[3]. Hay versiones que indican la participación principal de Codazzi en la construcción del camino que ya existía en ese momento entre Maracay y Choroní, por lo cual esa pudo haber sido la razón de escoger a Choroní para el desembarco. De allí iría el grupo a  Maracay –ciudad principal de los Valles de Aragua, zona agrícola domesticada –no muy lejos de La Victoria que era el punto de partida de una de las conexiones principales de la Colonia con los centros de consumo, camino que según testimonios del mismo Codazzi fue trazado y construido por él y estaba terminado para ese momento.

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Sea lo que sea, el desembarco en Choroní parece una solución realmente de emergencia. Si bien es cierto que se trata de uno de los lugares más hermosos de la costa venezolana, e incluso del Caribe, no es menos cierto que carece de condiciones para ser considerado un puerto siendo más bien una cala muy poco protegida y desde luego poco recomendable aún si sólo fuese para pasar la noche. A una embarcación de cierto tamaño le resulta sumamente incómodo y riesgoso recalar en Choroní, que está conformado por dos bahías, una muy abierta al mar y otra más protegida, muy pequeña, donde desemboca el río que le da nombre al lugar. La bahía más abierta –hoy Playa Grande– tiene oleaje demasiado fuerte, y la más protegida –hoy Puerto Colombia– es muy pequeña y sólo apropiada para botes pequeños que penetran la desembocadura del río para encontrar protección. Así que debe presumirse que un velero trasatlántico estaría obligado a echar anclas a cierta distancia de la costa, casi en mar abierto, realizándose el desembarque mediante botes, en tiempo de mar fuerte como es marzo. Imaginémonos entonces el tiempo que puede haber tomado el desembarque de personas y equipajes y además de ello cuales habrán sido ya en tierra las condiciones para pernoctar, si incluso hoy parece tarea difícil alojar tantas personas de una sola vez en el pequeño poblado que le da nombre al lugar. Si uno pudiera suponer que los recién llegados ya aclimatados al calor tropical a lo largo de dos semanas, pueden haberse maravillado con la espléndida naturaleza del lugar –la claridad del mar, la brisa de los alisios, la exuberante vegetación– llegar a su destino desde allí iba a requerirles un enorme esfuerzo físico. Los testimonios de la época hablan de que el camino a Maracay era particularmente pedregoso y difícil de transitar, sorteando los grandes peñascos de la ribera del río, rodeados de vegetación semisalvaje, remontando una montaña que sube hasta más de 1000 metros de intrincada selva pluvial, hasta llegar a Maracay a 50 km. de distancia. La pernocta en Maracay, por no estar prevista, debe haber sido muy improvisada y si bien la caminata hasta La Victoria es en terrenos y condiciones naturales más amables, son 40 kilómetros de trayecto por una llanura muy calurosa.

Choroní por satélite (Google Earth). El río corre por el lado derecho (este) del pueblo de Puerto Colombia y desemboca en una pequeña cala profunda. A la derecha Playa Grande separada por un promontorio. Bahía muy abierta y con fuerte oleaje.

Playa Grande es un lugar paradisíaco.

Panorámica de la Colonia Tovar en 1844, de Ferdinand Bellermann (1814-1889). Las pendientes de los techos, muy pronunciadas, aún siendo de paja denotan la influencia alemana. Bellermann, un gran pintor naturalista alemán que vivió mucho tiempo en Venezuela y amó nuestra naturaleza, amigo de Humboldt, documentó magistralmente la naturaleza venezolana.

Esta es la Colonia Tovar en nuestros días. La foto es tomada del libro de Perez Rancel mencionado en el texto. La Colonia ha sido inundada de arquitectura de muy baja calidad maquillada “estilo alemán” de un modo generalmente muy improvisado. Ha habido restauraciones dignas y serias de algunos de los viejos edificios pero la mayoría es caricaturesca. Lo que esta foto muestra muy bien es el paisaje extraordinario.

 

Desde La Victoria hasta la Colonia son otros 40 km, ascendiendo desde los 600 metros hasta casi 2000, por un camino que por estar recién construido debía ser difícil aparte de muy poco transitado. Y los colonos, debido a que no estaba lista sino una pequeña parte de las viviendas que se les ofrecieron, hubieron de alojarse en viviendas que eran simples cobertizos con techos de hojas de palma, sin suficiente protección para el frío propio de la altura y la lluvia de la temporada lluviosa que comenzaba.

En resumen, el pasaje desde Alemania a este punto del trópico sudamericano fue para estos alemanes llenos de esperanzas y expectativas un verdadero calvario que habría de continuar con la construcción de sus alojamientos en la Colonia y la domesticación del suelo para la explotación agrícola, tarea dura y problemática. Calvario sembrado de los típicos episodios pintorescos propios del folclórico proceder venezolano –que compensan un poco lo abiertamente negativo– como por ejemplo la versión que no he podido confirmar de que el entonces presidente de la república Carlos Soublette haya acudido especialmente a La Victoria para saludar al grupo. Un consuelo formal podría decirse, pero también psicológico.

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Volviendo hacia el mundo personal hay varias cosas que puedo decir de estos esfuerzos memoriosos. Una de ellas el contraste entre las dos corrientes que llegaron hasta nosotros los hermanos: del lado paterno la ventana al pasado es estrecha, mientras que del lado materno en mucho más amplia y presente en la conciencia de los que quedamos –Edgardo y yo– al igual que en la de los tres que se fueron. Eso no es tan extraño porque al menos en nuestro medio es bastante común que las madres se conecten más con su familia que con la del marido. Pero aparte de eso es un hecho que del lado Tenreiro el rastro de los orígenes se pierde demasiado rápidamente en virtud de la desaparición tan prematura de los dos abuelos y lo que se llevaron con ellos. Es esa circunstancia, aparte de otras que iremos viendo a medida que voy desenredando la madeja de esta autobiografía interesada, la que hizo más tenues nuestros nexos con el ámbito progenitor paterno. Muchos de los datos que he obtenido del lado de mi madre, por ejemplo, han venido de otros miembros de la familia descendientes de los mayores, que se ocuparon de reunir alguna información. Y del lado de mi padre el único que indagó con cierto cuidado hacia el lado Tenreiro y lo hizo muy parcialmente, fue mi primo-hermano mayor –a quien ya he mencionado– Tomás Pérez Tenreiro, historiador miembro de la Academia Nacional de la Historia, quien parece haberse interesado más en los antecedentes de su padre Francisco Pérez Alcántara quien luchó junto a Cipriano Castro, y entiendo que era descendiente de Francisco de Paula Linares Alcántara, presidente de Venezuela brevemente en 1877, que en los de su madre Josefina, la hermana mayor de Antonio Jesús mi padre. Preferencia lógica para un historiador.

Y es verdad que Francisco el padre de Tomás tenía mucho que contar. A mí me tocó oírle fugazmente uno de sus relatos, cuando durante una visita que hice no sé por cual razón a casa de mi tía Josefina –no creo que ella viviera todavía– tío Francisco se sentó conmigo, muchacho de catorce años, en un sofá que debe haber sido también de mimbre, en la minúscula salita de la también minúscula casita de La Campiña en Caracas donde vivían, a echarme cuentos de su juventud de los que sólo recuerdo que surgió algunas veces el nombre de Cipriano Castro.

Esta foto (1937 probablemente) de la abuela Elizabeth con Felicitas Acosta la esposa de Ricardo, el tercer hermano mayor de mi madre, cargando un bebé que debe ser Cecilia, la mayor de sus hijos, tiene para mí un carácter simbólico: están las tres generaciones venezolanas descendientes de alemanes y el lugar es la carretera Valencia-Puerto Cabello, que atraviesa también selva pluvial a unos 50 km al oeste de la  serranía mucho más alta que remontaron los inmigrantes de la Colonia Tovar.

Esta foto, probablemente 1947, es también muestra de las tres generaciones. La abuela Elizabeth del lado izquierdo, al lado de ella junto al radio mi hermano Jesús, justo debajo de mi madre. En el centro viendo hacia su lado derecho mi hermano Edgardo y a su izquierda yo con cara de asombro al lado de la muy elegante Felicitas. Al lado de mi madre, Alesia, Ricardo y Guillermo, sus hermanos. Detrás de mí Julieta Araujo la esposa de Guillermo. Todos los demás son primos: de derecha a izquierda: Ana Teresita, Herminia y Ricardo José en el suelo, Irmgard mordiéndose la mano, Hermann asomándose por el hombro de tío Guillermo y a su lado Cristina. Carlitos al lado de Edgardo. Debe haber sido un Año Nuevo

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 También habría que tomar en cuenta que en mi padre se juntan dos historias de emigración, mientras que del lado de mi madre, sus padres Guillermo y Elizabeth ya eran nacidos en Venezuela: la condición de emigrado se había quedado en sus padres. Rudesindo yéndose a Cuba y Lorenzo su hijo a Venezuela suman, podría decirse, dos rupturas, dos renuncias, dos dramas. Y digo dramas porque siempre, en algún sentido, emigrar es dramático. Lo es dejar para siempre atrás la tierra en la que nacimos y nos formamos. Cuando emigrar es parte de un estilo de vida, como ocurre con quienes van de país en país por razones de su profesión o porque tienen una afición a lo trashumante, no se vive como drama, pero llega al alma si se decide pertenecer, integrarse sin regreso, al lugar al cual se emigró. En ese caso es posible decir que la salud psicológica del emigrante exige cortar drástica o progresivamente –esto último sin necesariamente tener conciencia de ello– alejar de sí los vínculos, con sutierra y sucultura originales. A figurar un nuevo origen que se construye en el lugar escogido: aferrarse a la nueva tierra como si fuese –y lo es– una tabla de salvación. Y en virtud de esa reacción el emigrado puede llegar a hacerse excluyente respecto a la nueva nacionalidad, ultranacionalista que defiende hasta el extremo al país que lo acogió. Es agradecimiento y mimetización defensiva. No se quiere desentonar entre los nuevos coterráneos con actitudes o puntos de vista germinados en ámbitos extraños a ellos. Se desarrolla en fin de cuentas una nueva manera de ver la vida.

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Y no puedo menos que pensar, luego de describir el proceso que llevó a unos alemanes de tierras frías y domesticadas a trasplantarse al corazón de unas montañas salvajes y a la vez nuestras cuando conocemos sus parajes, rincones y atalayas, montañas que abren sus brazos frente al mar para enlazar este y oeste y convertirse en umbral de la inmensidad de Suramérica, lo que pudo significar para esta gente y en particular para quienes fueron parte de la estirpe que me legó un nombre alemán y aspecto de extranjero, esa escena múltiple de mares, tierras, vegetaciones, relieves y climas que finalmente pudieron contemplar, sabiendo o no que contemplaban, desde ese lugar fundacional, al cual un europeo como ellos –Codazzi– llamó anfiteatro[4]. A mí, debo confesarlo, cuando lo rememoro, cuando lo escenifico en la imaginación a medida que escribo, me alimenta una sensación como de orgullo al poder contemplar todas las mañanas parte de la serranía a donde llegaron estos extranjeros, no muchos kilómetros más hacia el Este montañoso donde vivo, orgullo mezclado con una nostalgia que no alcanzo del todo a comprender porque es la que acompaña al retiro progresivo de todo lo que nos ha dado forma. Porque a los de aquí, al contrario de lo que ocurre con los europeos, nos marca el alma la naturaleza mucho más que la civilización. Ella también habrá inspirado nostalgia a los recién llegados de hace un siglo. Porque la inspiró muchísimo antes, como nos lo recordó hermosamente nuestro poeta Eugenio Montejo (1938-2008) en sus palabras al recibir el Premio Nacional de Literatura en 1998:

El almirante Colón fue el primero de los europeos en nombrar nuestra tierra y también el primero en retener en su memoria una de las palabras aquí nacidas. En la relación que pocos días después de haber llegado a Tierra Firme escribió desde La Española a los reyes católicos mencionó a Paria, la palabra que había escuchado a los indígenas, la misma que él supuso era el nombre del lugar en que ocurrió el encuentro…No fue esta, por cierto, una mención para salir del paso, o del párrafo, como podría creerse. No. Años más tarde, con no pocas vicisitudes a cuestas, en el borrador de sus testamentos rememora la antigua voz Caribe cuando escribe: “De Paria no me acuerdo sin que llore”. Se trata de una de las más hermosas y espontáneas expresiones que haya inspirado nuestra geografía…y además documenta el dato de la primera nostalgia que en un hijo de Europa despertó la tierra americana.

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[1]Lo más probable es que Wilhelmina haya venido a Venezuela soltera, de adolescente, con sus padres Fritz Grimm y Elizabeth Stahl y conoció aquí a Juan Carlos Christofer Aigster, pero de ello no hay certeza.

[2]Uno de mis primos me refiere la anécdota de que J. C. C. Aigster guardaba una bolsa de pepitas de oro que se usaron para los anillos matrimoniales de mis abuelos maternos Guillermo y Elizabeth. Según parece tenía pasaporte británico, lo cual lo salvó de la represión venezolana (prisión para todo alemán) desatada por Cipriano Castro en 1902 a causa de que la deuda externa venezolana se quiso cobrar a cañonazos imperiales.

[3]Recordemos que la Colonia Tovar fue una empresa privada, en fin de cuentas un negocio que debía autosostenerse. Sus fallas se deben atribuir a los socios promotores. Es obvio que en este caso falló Pellegrini y que fue necesario tomar decisiones de urgencia que las iban a terminar sufriendo –o pagando– los colonos.

[4]Así llamó Codazzi a la zona cercana a las fuentes del río Tuy (Palmar del Tuy era su nombre) donde se emplazó el centro “histórico” de lo que sería la Colonia Tovar.