RAFAEL ARÉVALO GONZÁLEZ: CONSTANCIA, SACRIFICIO Y ESPERANZA (3)

Oscar Tenreiro

Mi respeto por los autores que he mencionado me impide pensar que fueron sus prejuicios los que los llevaron a ubicar a Arévalo González en la parte semioscura de la escena histórica, verlo desde lejos, o simplemente no verlo. Pero lo que ocurrió con ellos exige buscar allá del simple pasar por alto para mejorar nuestra percepción de lo que ha ocurrido y viene ocurriendo entre nosotros los venezolanos. Por una parte, cuando se lanza la mirada hacia el pasado con deseos de indagar y entender, lo haga una persona de limitadas luces o un intelectual de alto vuelo, lo primero que capta el interés son los hechos más significativos, y a partir de ellos se va penetrando en los procesos que los determinaron y las personas que formaron parte de la intrincada red de pequeños y grandes aportes, individuales o de grupos, que les dieron forma. Hablar de hechos en ese tiempo venezolano es sobre todo hablar de luchas entre partidos o facciones con vistas a debilitar o afirmar las palancas del poder, o de conjuras destinadas a derribar o exaltar liderazgos, asuntos que no se vinculan directamente con la actitud de vigilancia crítica que ejerció Arévalo González orientada a la controversia pública civilizada –la prensa– y no a promover asociaciones políticas. Por eso, Arévalo González es respecto a esos hechos, en cierta medida, lo que en inglés se llama un outsider, alguien un poco forastero, que opina y promueve sin estar directamente involucrado en el manejo de los hilos del confuso juego general.  Lo hace notar –lo cité más arriba–Guillermo Meneses (1911-1978) el importante escritor venezolano, con admiración pero sin duda también con extrañeza, lo cual nos advierte que en un contexto en el cual lo que predomina es la conjura, la zancadilla política y la constante y con frecuencia irracional disensión, pase desapercibido su aporte, acaso por considerarlo irrelevante.

Por otra parte, Arévalo González fue en realidad un derrotado, un derrotado que estuvo prisionero durante veintitantos años de su vida sin que esa entrega de su libertad tuviera, aparentemente, repercusión alguna en la marcha general de las cosas [1].Y siendo completamente cierto que de los prisioneros poca gente se acuerda (como vemos que ocurre en el tiempo actual venezolano) mientras la vida sigue un curso ajeno al padecimiento de quien está aislado en una cárcel, estar preso implica el riesgo cierto de ser relegado al olvido. No creo por ejemplo que nuestros líderes de la Independencia o la opinión pública aún restringida que hubiere entonces, se ocuparan de Francisco de Miranda, el visionario impulsor del inmenso despertar de un continente. Desde que se le hizo preso [2]hasta morir en 1816 su ausencia no se hizo notar –­no se le menciona más– y lo que es más significativo,  la memoria histórica apenas permite conocer algunas cosas sueltas, y  sus dos años finales de reclusión en La Carraca están sumergidos en una casi total oscuridad. Así pudo ocurrir en esa pocilga indigna que era La Rotunda. Allí en cierto modo desaparecía Arévalo cada vez que lo apresaban. En alguna medida se perdió tras los sucios muros la huella más inmediata de su andar. Allí se congelaron sus sueños y debió pensar en las madrugadas tristes y silenciosas en las cuales hablaba consigo mismo, que todo lo que sacrificó lucía vano, olvidable. Difícilmente podría haberse imaginado que la  persistencia de su legado se impondría por sobre la crueldad que lo quiso acallar.

De nuevo los calabozos de La Rotunda (Internet)

Un preso político (anónimo) en La Rotunda, portando perno y grillete en los tobillos para impedir su movilidad: los grillos que impusieron Castro y Gómez (Internet)

De nuevo aquí el cuadro (fragmento) de autor desconocido que muestra a Rafael Arévalo González en su celda

Los grillos, en los pies de Arévalo (pesaban diez kilos y producían llagas)

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Cabe decir además que cuando Picón Salas escribe Los días de Cipriano Castro, no habían sido publicadas las Memorias de Arévalo. Al igual que es probable que la investigación que debió hacer Picón Salas, llevada a cabo en tiempos dictatoriales –Pérez Jiménez (1948-58)– haya tropezado con limitaciones en sus fuentes de información, de modo que las omisiones de quienes habían historiado los comienzos de nuestro siglo XX pudieron filtrarse hasta él.

Pero si bien pueden ser esas las razones en su caso, hay otro aspecto de la cuestión que no sólo lo afectaría a él sino a Polanco, Caballero, o cualquiera que en los tiempos que fueron publicados sus libros hubiera tenido noticias de la vida de Arévalo González: no se había instalado aún, de pleno derecho y claramente identificada como conducta de contenido subversivo de corte político, la no-violencia y uno de sus correlatos: la resistencia pasiva. https://es.wikipedia.org/wiki/Resistencia_no_violenta  Siendo cierto por ejemplo que la huelga como derecho obrero en ciertas condiciones es una forma de resistencia no-violenta, activa, que se practica desde larga data, la huelga de hambre, de tipo pasivo, era muy poco común y hoy en día su utilización se ha extendido por el mundo[3]. La no-violencia irrumpe en la conciencia mundial hace menos de un siglo impulsada por la conducta y las enseñanzas de Mahatma Gandhi (1869-1948). Es sobre todo a partir de su ejemplo y su singular liderazgo ético cuando se empiezan a considerar en todo su valor moral y su posible impacto para influir en las conciencias de los detentadores del poder, las distintas formas de resistencia no-violenta [4], entre ellas –es importante notarlo– el encierro voluntario.  Hoy se ha convertido en un tipo de conducta de alta jerarquía ética, herramienta utilizada por los espíritus superiores que entienden que es un medio para convencer sin violentar, para expandir una idea sin imponerla, un instrumento de especial contenido cívico en un ámbito social y político que aspira a ser democrático. Nada de eso estaba del todo claro en tiempos de la vida Arévalo González, y aún hasta casi terminado el siglo XX. Sin embargo, intuitivamente, siguiendo convicciones que podemos conjeturar, este hombre obstinado y valeroso actuó según esos principios convirtiéndose sin proponérselo en un temprano pionero de la no-violencia en el mundo americano y tal vez en el ámbito universal.

Mahatma Gandhi siendo confrontado por un policía durante una manifestación pacífica en Suráfrica en 1913 (Internet)

Martin Luther King fue un apóstol de la resistencia no violenta. Aquí hablando en una concentración en 1962 (Internet)

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  Digamos finalmente, para abundar desde una perspectiva más personal en el tema del olvido, que si me atengo a lo que ha sido mi modo de ver la historia venezolana pos-independencia, la de quienes conozco y podría decir que la de mi generación –y de las que han seguido–resulta lógico que una personalidad como la de Arévalo González no figure entre la constelación de referencias que se nos presentan para entender mejor lo que hemos sido. Porque su legado, como ya he dicho muchas veces, es de carácter ético; su actuación estuvo motivada por principios. Y aparte de que en nuestra educación temprana se nos hablaba sólo de la etapa heroica, auténtica o disminuida, de la Guerra de Independencia, cuando correspondía hablar de los inicios republicanos, más que de los fundamentos de una ética republicana, se hacía referencia a la lucha de más de cinco décadas entre facciones que se suponía constituidas a partir de ideas y principios que solo se enumeraban, lo cual es casi lo mismo que ignorarlos. En resumen, la narración predominante sobre el período republicano, la que recibí yo y mis compañeros de generación, se atiene sobre todo a los hechos, sólo marginalmente a las ideas que orientaron a los distintos grupos de opinión que los impulsaron. Ideas que muchas veces se usaban como pretextos sin realmente examinar sus consecuencias, por lo cual muchos se autocalificaban, sin serlo, de liberales o conservadores[5] –federación o centralismo– movidos más bien por conveniencias y apetitos que por las ideas que decían orientarlos y muy pocos sabían explicar. Y los hechos son, vuelvo a decirlo, un batiburrillo de difícil comprensión que se examinaba muy superficialmente. Si como excepción en ese escenario borroso puedo referirme en mi caso personal a la admiración que me inspiró Fermín Toro (1806-1875), se lo debo a Gonzalo García Bustillos (1929-2004)[6], quien muy jovencito y recién graduado de abogado, durante una suplencia que ejerció estudiando yo cuarto año de secundaria en el Colegio La Salle de Tienda Honda, nos habló con pasión y admiración de este importante personaje, hombre de ideas que además tenía fama de excelente orador. Nos leyó algunos párrafos que afirmaban los principios democráticos del discurso inaugural de Toro en la Convención de Valencia de 1858  https://es.wikipedia.org/wiki/Convención_Nacional_de_Valencia. Lo hizo con vehemencia y destacaba algunos párrafos entre los cuales recuerdo vagamente uno que aludía a quienes como perros famélicos aspiraban a cargos públicos para robar el dinero del pueblo. Y podría explicarse esta excepción porque García Bustillos era en ese momento –1954– un opositor activo a la dictadura de Pérez Jiménez y a través de las palabras de Fermín Toro buscaba despertar en nosotros el celo democrático.

Fermín Toro. Retrato de Antonio Herrera Toro (1897) (Internet)

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Celo era precisamente lo que movía a Arévalo González, con la característica fundamental de que Arévalo nunca tuvo una figuración en la marcha institucional de la república distinta del alcance de su modesta labor de periodista. No formó parte de los principales partidos en liza –liberales y Conservadores– ni se vinculó a grupos de opinión o mundillos intelectuales[7]. En resumen, no participaba de modo activo y comprometido en conexión con allegados que se apoyan mutuamente siguiendo el patrón típico de la sociedad venezolana. Mundillos que en el lenguaje coloquial nuestro se denominan roscas. Grupos mayores o menores análogos a los que abundan en la adolescencia y definen muchas cosas –quien es y quien no es– en el espacio provinciano de relacionados, amigos o amigotes, que terminaban –y terminan hoy por igual– decidiendo muchas cosas en los medios políticos de una sociedad inmadura. Sociedad que demuestra su fragilidad y su ausencia de espesor cultural al cultivar lo que se ha llamado el amiguismo, origen de muchos males aún en la Venezuela contemporáneaY allí tocamos tierra, porque según lo que puede leerse en sus Memorias, el carácter puntilloso de Arévalo González –siempre insistiendo en sus principios– lo mantuvo alejado de las distintas roscas perdonavidas y excluyentes del tiempo en el que vivió. ¿No es este andar solo algo que usualmente entre nosotros programa o impone el olvido? ¿No podemos acaso decirlo a partir de la experiencia de nuestras vidas?

Antonio Leocadio Guzmán, uno de los fundadores del Partido Liberal venezolano. Retrato de Martín Tovar y Tovar. Su hijo, Antonio Guzmán Blanco, como Presidente de Venezuela fue un autócrata manipulador disfrazado de demócrata. Y se enriqueció groseramente (Internet)

Tomás Lander (1787-1845) fue también uno de los fundadores del partido Liberal (Internet)

Bandera del Partido Liberal de Venezuela.

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La mixtificación de nuestras herencias históricas se ha hecho corriente entre los jerarcas del Régimen que hoy ahoga a Venezuela y para ello ha contado con el aporte de su intelectualidad cómplice, muestra clara de su mediocridad e ignorancia selectiva. Se ha centrado con frecuencia en la manipulación interesada de los motivos que rigieron los actos de algunas de las figuras del pos-independentismo y particularmente en los acontecimientos bélicos en los cuales participaron. La violencia armada se presenta como una especie de necesidad coyuntural cuya inevitabilidad exige aceptación y por supuesto justificación. Y así se habla de un acontecimiento que marcó mucho los acontecimientos del tiempo de Arévalo y que con justicia puede considerarse la insensatez colectiva mayor de nuestra historia si no incluimos la que ahora estamos sufriendo: me refiero a la llamada Guerra Federal. Ella se describe y se comenta en términos militares de enfrentamientos entre enemigos sin destacar la inmensa torpeza moral que fue, las tragedias que desencadenó. Y su futilidad, en particular a la vista de lo que ocurrió después de concluida: continuaron, incluso con mayor fuerza, los vicios que se querían derrotar y el federalismo político e institucional fue en realidad letra muerta, la guerra no sirvió ni para justificar su nombre. Fue insensatez como es insensatez toda guerra. Y me refiero a ella de modo específico porque sólo es ahora cuando leo en las memorias de Arévalo González de manera clara, una condena al absurdo que fue, juicio que deja de lado cualquier comentario atenuante que intente justificarla aún parcialmente: …Fui, pues, engendrado y concebido en días calamitosos, cuando nuestra desventurada Venezuela estaba dando traspiés, aniquilada, desangrada, empobrecida, recién salida de una guerra de cinco años, que tronchó un sinnúmero de vidas, que, vorágine tremenda, devoró riquezas y riquezas; todas las riquezas acumuladas por la laboriosidad de los hijos de esta tierra tantas veces empapada en sangre de hermanos[8]

Y lo irónico, lo que debería hacernos reflexionar, es que quienes han justificado la Guerra Federal como manifestación de una violencia justiciera o porque ven que lo que cada bando decía defender es una temprana escenificación de la lucha cruenta entre buenos y malos que promueven, son los mismos que hoy han destruido a Venezuela. Los mismos que en nombre de una sedicente revolución que anida en sus almas –un poco frustradas– justifican la iniquidad y se han hecho cómplices de la indignidad que actualmente padecemos. Son los descendientes directos de quienes quisieron callar a Arévalo González.

Acuarela de autor desconocido (1860), probablemente un viajero extranjero, representando soldados federalistas durante la Guerra Federal (1850-1863) (internet)

[1]He usado muchas veces esta frase para designar el acontecer, el devenir histórico de cualquier sociedad. Lo tomé de la obra Principios de la Ciencia Nueva (1725) del filósofo napolitano Giambattista Vico (1680-1744) que leí hace muchos años. Me llevó a ella un ensayo (no recuerdo el título, tal vez fue La Expresión Americana) del escritor cubano José Lezama Lima (1910-1976). De cuya obra sólo puedo decir además de elogiar ese excelente ensayo, que intenté leer su novela Paradiso y me fue imposible.

[2]Estuvo primero en el Castillo de San Carlos de Puerto Cabello, luego en El Morro de Puerto Rico y finalmente en La Carraca desde fines de 1814 (murió en Julio de 1816).

[3]La Asamblea Médica Mundial  AMM adoptó en 1991 la Declaración de Malta en la cual instruye sobre las medidas a tomar respecto a la Huelga de Hambre (Internet)

[4]Así la define Wikipedia:La resistencia pasiva está basada en la doctrina de la no violencia la cual es descrita como: una ideología que representa toda una propuesta en positivo para entender los conflictos y transformar la sociedad. Desde una perspectiva no-violenta, los avances históricos de la humanidad han sido posibles por su capacidad de evolucionar cooperativamenteLa Resistencia pasiva se define a su vez así: La resistencia pasiva o pacífica es una forma de lucha política, basada en la doctrina de la no violencia, consistente en diversos tipos de acciones pacíficas hostiles al poder político, tales como la desobediencia civil, manifestaciones y marchas pacíficas, encierros voluntarios…

[5]Lo mismo que ocurrió cien años después entre adecos, supuestamente social-demócratas, y copeyanos, supuestamente social-cristianos.

[6]Vinculado al partido social-cristiano Copei desde muy joven. Abogado, Hombre culto, de ideas, muy discursivo y cordial, fue Embajador de Venezuela ante la OEA, Embajador en Cuba y Ministro de la Secretaría de la Presidencia en el gobierno de Luis Herrera Campins (1979-1984).

[7]Fundó una revista literaria, Atenas, pero la manejaba más como administrador y garante de su publicación que como integrante de un grupo literario.

[8]Pág. 86 de las Memorias

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RAFAEL ARÉVALO GONZÁLEZ: CONSTANCIA, SACRIFICIO Y ESPERANZA (2)

Oscar Tenreiro

He hecho una rápida semblanza biográfica de Arévalo González para situar al personaje en su contexto. Al hacerlo he estado obligado a entrar fugazmente en ese batiburrillo político-militar que fue el siglo XIX venezolano desde la Independencia hasta entrado el siglo XX, mezcla con frecuencia incomprensible de vanidades, codicias, deslealtades, rencores, inmadurez ciudadana y republicana. A lo cual se suma la violencia armada de montoneras y caudillos locales, el enfrentamiento violento entre facciones. Un conjunto de fenómenos que interferían o determinaban el intercambio social y económico y hace irremediable establecer conexiones entre los sucesos y accidentes de la esfera pública y el trayecto vital de quien interesa estudiar o rememorar. Esto resulta aún más cierto en el caso de Rafael Arévalo González, cuya vida y realización personal giró en torno a su papel como periodista crítico activo de las incidencias políticas de su tiempo.

En realidad, para la mayoría de los venezolanos de entonces, los ires venires del Poder Público se situaban como asunto central de la existencia. Lo privado, la iniciativa individual, el esfuerzo personal por hacer algo, por aportar industria al espacio social, económico y cultural, se ubicaban en segundo término. El concepto de libre iniciativa y mínima interferencia del Estado que tanta importancia tuvo por ejemplo en la evolución del sistema jurídico y el intercambio económico republicano de Los Estados Unidos de América, que era en ese tiempo el modelo a seguir, tropezaba con modos de proceder heredados de un régimen colonial monárquico, conservador y radicalmente tradicionalista, ajeno y hasta antagónico a un tipo de ordenamiento social abierto a nuevas prácticas como el que se iba asomando con el liberalismo económico asociado a la Revolución Industrial. En esa Venezuela –y hasta cierto punto la actitud persiste hoy– el Gobierno era visto como una especie de deidad que en el cumplimiento de la función reguladora interfería en toda actividad haciendo indispensable estar en sintonía con él. Era como un obstaculizador fardo cuyo peso podía orientarse en cualquier dirección, árbitro tutelar que definía y encauzaba los atributos de la vida social. Había que observarlo de cerca, vigilarlo. Mucho dependía de lo que en la esfera pública estuviera aconteciendo.

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 Agreguemos a lo anterior dos cosas. En una república en temprana etapa de formación, surgida de una guerra, resulta esencial configurar el nuevo Estado. Es un empeño que exige atención y participación activa de los sectores sociales más educados que por ello mismo están dentro del campo de atracción de las más importantes instituciones republicanas que tratan de consolidarse. Y hay otro aspecto en el caso venezolano:  el papel que le tocó jugar a nuestros antepasados en la Guerra de Independencia. Que fue tan intenso y arrollador que trastocó jerarquías, aniquiló familias, destruyó, saqueó, desangró y dejó un país maltrecho y casi destruido, además de promover auto-exilios –hoy suena familiar la situación– hacia los territorios que se extendían más allá de las fronteras originales de la antigua Capitanía General. Y lo que más influiría en la inestabilidad de los tiempos de paz: dejó innumerables jefes y subjefes que se sabían parte de los ejércitos vencedores y esperaban ser favorecidos o recompensados. Gentes que sufrieron por décadas –desde que los españoles se retiraron– la inercia de seguir conquistando lugares, de imponer la fuerza por sobre la razón, de armar contingentes, de errar por los caminos haciendo botines, en fin, participar de alguna brizna de poder. De esa especie de caldo problemático surge otra guerra, esta vez interna, civil, que fue terrible y apenas había pasado al nacer Arévalo González. El camino bélico trazado por dos guerras como ilusorio modo de resolver diferencias, se hizo demasiado fuerte en la sociedad venezolana. Tan fue así, que desde tiempos de la Independencia ha sonado esta frase atribuida a Simón Bolívar: Ecuador es un convento, Colombia una universidad y Venezuela un cuartel. Esa presencia militar permanente la revela casi con estridencia la lectura de las Memorias de Arévalo González, en las cuales en casi todos los episodios y las distintas incidencias públicas y privadas que narra tiene figuración central o marginal algún General. Es sorprendente la cantidad de jerarcas militares que ocupaban cargos públicos, que figuraban en empresas, o ejercían algún tipo de liderazgo económico-social en su localidad. Mueve a la risa si no fuese una de las principales razones de nuestras tragedias, entre las cuales la vida de Arévalo. Y si no estuviéramos hoy, siglo y medio después, en una situación análoga.

Esta interpretación de la “Emigración a Oriente” de 1814 pintada en 1913 por Tito Salas (1877-1974), si parece demasiado retórica y plásticamente afrancesada, representa bien sin embargo el drama de destrucción y sufrimiento de la Guerra de Independencia.  Bolívar aparece semi-derrotado, siempre en un caballo blanco.

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Rafael Arévalo González fue pues un venezolano más de los que observaban atentos el desarrollo político de un país que andaba a tientas siempre albergando algún conflicto armado en ciernes. Entendió, no sabemos por cuales vías precisas o experiencias personales, que había que participar en el debate público señalando opciones para un discurrir cruzado por demasiadas ambiciones y expectativas encontradas que desconocían las ventajas de la paz y el encuentro entre iguales. Y lo hizo de un modo comprometido convirtiéndose en activísimo defensor de los derechos y deberes democráticos. Eso lo define como ser humano. Pero para hacerle justicia debe agregarse que lo hizo en permanente riesgo de que su acción lo llevara a entregarle su libertad y tal vez su vida a las ganas primitivas y vengadoras de dos de los tiranos –Castro y Gómez– que iniciaron nuestro siglo veinte. El instrumento que utilizó para hacerlo fue la prensa, desde los diversos diarios que le abrieron las puertas en tiempos de Andueza Palacio (1890-1892) como fue el diario La Razón, durante la segunda presidencia de Joaquín Crespo (1892-1898), incluyendo la breve sucesión de Ignacio Andrade (1898-1899) para hacerse primero Redactor y luego Director de El Pregonero durante Cipriano Castro (1889-1908), labor que continuó en tiempos de Juan Vicente Gómez, hasta que, a consecuencia de las prisiones de Arévalo, el diario no se publicó más, y trascendió que los esbirros del tirano se encargaron de destruir todos los ejemplares que se guardaban en los talleres de la imprenta.[1]

Rafael Arévalo González

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El esquematismo de los enfrentamientos políticos de su tiempo le granjeó a Arévalo González el calificativo de godo, en la jerga política de entonces sinónimo de oligarca, asociado a los privilegios sociales y económicos, alineado con la causa de los ricos y poderosos; en definitiva, conservador ajeno a las necesidades populares, todo lo que él no era. Sin embargo, llamarlo de ese modo sembraba sospechas sobre sus pronunciamientos y ayudaba a apuntalar la polarización entre buenos malos –Arévalo era de los malos– que tan útil ha sido para mantener impunes las agresiones a la democracia y los delitos de todo orden que se les permiten a los buenos. Un juego de sospechas que ha caracterizado la lucha política venezolana[2]y terminó favoreciendo en nuestro tiempo la ruptura de la continuidad democrática.  Era un calificativo que se le lanzó durante esas décadas del XIX, a guisa de dardo ponzoñoso, a algunas de nuestras más importantes figuras políticas, como fue el caso de José Antonio Páez. La palabra godo se refería a lo que los marxistas llamaban hasta hace poco y algunos dinosaurios aún usan para insultar o devaluar, un reaccionario. Alguien que reacciona por motivaciones ideológicas contra el cambio, la renovación, la modificación del statu quo.  En un país cargado de deseos de reivindicación, esa etiqueta era un arma efectiva que daba pie a prejuicios que podían favorecer a quienes etiquetaban, en este caso al Partido Liberal –amarillo– cuyos representantes usufructuaron el poder durante más de la mitad de nuestro siglo diecinueve favoreciendo autoritarismos preñados de corruptelas grandes y pequeñas, o de represión focalizada y generalizada, hasta que el partido desapareció con las dictaduras de principios del siglo veinte.

Este cuadro de Arturo Michelena (1863-1898) pintado en 1890, representa a José Antonio Páez en el momento de su famoso grito de “Vuelvan Caras” Apenas algo más de 25 años después de este hecho, los artilugios de la inmadurez política lo transformaron de héroe en villano.

José Antonio Páez. Fragmento del retrato pintado en 1874 por Martin Tovar y Tovar  (1827-1902).

Y la verdad de la vida de Arévalo González es que nunca buscó ni apoyó privilegios especiales surgidos de una posición social o política. Centró sus esfuerzos en la necesidad de preservar el civismo y la democracia, de combatir la corrupción y de respetar la Constitución. Fundaba sus alegatos en razonamientos que permitirían llamarlo ideólogo del republicanismo. Y los exponía públicamente gracias a su actividad como periodista que le permitía llevarlos hasta el público en general. Su lucha es análoga a la de muchos que como él en distintos puntos del continente americano quisieron ejercer una especie de pedagogía cívica que permitiera superar los atavismos del atraso cultural y la fragmentación que acechaba. Si nos atenemos a los hechos, tratar a Arévalo de godo era una manifestación del deseo de etiquetar que ya he nombrado para devaluar al adversario incómodo. Además, una persona con los atributos de un godo no asume el papel de conciencia pública, de vigilante si nos aproximamos al sentido que se le da a esa palabra en inglés.[3]En este caso vigilante de la moral pública, consciente como estaba de que las instituciones, débiles y confiscadas –como lo están hoy– por el poder autoritario, no iban a respaldar por sí mismas ningún intento de corrección o castigo. Conducta que no concuerda en absoluto con el calificativo de godo, el cual se revela tan vacío como son vacíos los calificativos a los cuales nos tiene acostumbrados el populismo de izquierdas y derechas o el revolucionarismo oportunista de raíz marxista que tanto daño ha hecho a Venezuela.

Esta es la bandera del Partido Conservador venezolano que apoyaba a Páez. El partido de los “godos”. El rojo no es pues propiedad exclusiva de un sector político.

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Pese a la importancia que puede concedérsele en una sociedad en formación al carácter pedagógico y testimonial de la vida de Arévalo González, su nombre y su legado –ya lo he dicho– es poco conocido. Su esfuerzo intelectual –ético en el sentido más amplio–ha sido oscurecido un poco, pese a que a partir de sus experiencias es posible encontrar ciertas claves que ayudan a complementar el conocimiento de una etapa de nuestra historia dominada por el sinsentido. Sorprende que gentes muy acuciosas e intelectualmente insospechables lo hayan pasado por alto. Un caso especial sería el de Mariano Picón-Salas, nuestro extraordinario ensayista, quien con su siempre atractivo estilo literario ha auscultado con profundidad los temas que trata. En uno de sus más importantes libros –Los días de Cipriano Castro, publicado en 1953 obra fundamental para la comprensión de lo que ocurrió entre nosotros en los años iniciales del siglo veinte, ignora a Arévalo González hasta el punto de ni siquiera mencionarlo.

Cipriano Castro en su despacho (Internet) Tal vez en 1905.

Tomás Polanco Alcántara en su libro Juan Vicente Gómez – Aproximación a una biografía, publicado en 1990, lo cita de pasada dedicándole cuatro o cinco cortos párrafos [4]y equivoca el nombre del diario que dirigía Arévalo al decir El Progreso en lugar de El Pregonero. Pone además en duda la pertinencia –por poco realista– del gesto de Arévalo de lanzar en 1913, enfrentándola a la falsa candidatura presidencial de Juan Vicente Gómez, la de Félix Montes[5], hombre probo que a consecuencias de ese hecho se fue al exilio mientras que Arévalo era reducido a una nueva prisión, la más larga de su vida: ocho años y cinco meses. Y finalmente Manuel Caballero, en su libro Gómez el Tirano Liberal publicado en 1993, si bien nombra a Arévalo e incluso cita frases de algunos de sus editoriales, lo hace en ciertos puntos en tono desdeñoso, desde lejos y sin referirse a las represalias que sufrió; y en relación a lo de la candidatura, califica a Félix Montes como una especie de compendio de todas las grisuras [6] frase que luce frívola e injusta.

Caballero habla también de ingenuidades en el texto del editorial, calificativo que merece examen porque nos ayuda a situar el sentido de los pronunciamientos periodísticos de Arévalo González. Porque fue respetar y exigir el respeto de principios que en el ambiente de entonces los sabidos de la política y los de hoy podían llamar ingenuidades, lo que más castigó el ego de Juan Vicente Gómez. Lo desnudaron y revelaron su insinceridad, al mismo tiempo que convirtieron el gesto en episodio crucial para Arévalo, uno de los más significativos de su vida, el acto más radical a favor de sus convicciones sobre los derechos ciudadanos. No sólo porque estuvo en el origen de su cruel, larga e injusta prisión y todo lo que ella desencadenó en cuanto al sufrimiento personal y familiar –la cual estaba dispuesto a sufrir como lo revela en sus Memorias– sino por su terminante y provocador valor ético, que vino a ser como un espejo en el cual el tirano vio reflejada su verdadera índole. Si por una parte despertó con su quieta y sin embargo certera ingenuidad –sin duda bien meditada por Arévalo– la ira represiva del tirano, también abrió para sus compatriotas un necesario espacio de reflexión. Poco aprovechado en su tiempo y hasta hoy, como he dicho, un poco ensombrecido, pero que espera ser colmado cuando los venezolanos recuperemos la capacidad de vernos mejor a nosotros mismos, la cual ha estado siempre alterada por los acontecimientos inmediatos y hoy pareciera derrotada o profundamente golpeada por la actual tiranía. Vernos y examinarnos para comprometernos a fondo con nuevas formas de compromiso con el perfeccionamiento de nuestra democracia. La historia de la candidatura de Félix Montes en resumen, fue una radical demostración de ciudadanía destinada a sentar un precedente. Y por encima de todo eso la consumación en el espíritu de quien la impulsó –Arévalo González–del concepto de resistencia pasiva, que asociado al de no violencia lo convierte, en su modesto país y en su pequeña y modesta comunidad  en pionero de un estadio avanzado de la evolución de la civilidad.

Juan Vicente Gómez en el palco presidencial del Circo de Toros de Maracay. A la derecha aparece su hijo Florencio, bien endomingado. Esta foto llegó a mí entre los papeles que heredé de mi padre.

[1]Tal vez sea esta la razón por la cual ha sido tan difícil documentar a Arévalo González. Ignoro si en la Biblioteca Nacional existen ejemplares de El Pregonero.

[2]Fue este tipo de oposición falsa lo que caracterizó la interacción de adecos y copeyanos en la etapa democrática iniciada en 1958 e interrumpida por la crisis actual. Es una polarización interesada y falaz que se volvió contra las instituciones y sentó las bases de lo que ha venido ocurriendo en el momento actual (2021). En ese sentido el Partido Liberal Amarillo fue una anticipación de lo que ocurrió con las izquierdas light de fines del siglo veinte, representadas en Venezuela por la deriva populista del partido Acción Democrática.

[3]Según el diccionario inglés y español (Internet): Una persona que trata de un modo no oficial, de prevenir el crimen o capturar y castigar a quien ha cometido un crimen, especialmente porque piensa que organizaciones oficiales … no controlan el crimen efectivamente.

[4]Juan Vicente Gómez-Aproximación a una biografía– Tomás Polanco Alcántara – Academia Nacional de la Historia-Grijalbo- Caracas 1990-Pág 182.

[5]Félix Montes (1878-1942) era abogado y profesor de la Universidad Central de Venezuela. Fue colaborador de la revista literaria El Cojo Ilustrado y en 1936, mientras estaba en el exilio, dos días antes de la muerte de Gómez, fue nombrado Miembro de Número de la Academia de Ciencias Políticas y Sociales con el sillón 14. Nunca se incorporó. http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=montes-felix

[6]Manuel Caballero; Gómez el Tirano Liberal ; Monte Avila Editores, 1993. Pág. 153

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RAFAEL ARÉVALO GONZALEZ: CONSTANCIA, SACRIFICIO Y ESPERANZA (1)

 Reanudo mi actividad en este Blog mencionando a una venezolana ejemplar que nos acaba de abandonar y presentando a otro importante hombre de aquí, quien vivió en tiempos anteriores.

In Memoriam Edina Barradas

Edina Barradas, jovencísima profesora del liceo Agustín Codazzi de Maracay, le dio clases en Secundaria a Jesús Tenreiro en 1949. La corrección, brillantez y calidez personal de ese estudiante le llegó al corazón a Edina y lo decía cada vez que alguien cercano a Jesús estaba a su alcance. Jesús a su vez hablaba con cariño especial de Edina. La mencioné fugazmente en este Blog el 19 de Septiembre del año pasado. Y la conocí sesenta años después que Jesús porque su hijo y colega mío Oscar Rodríguez Barradas la trajo una vez a conocer mi casa y a charlar un poco. En Agosto de este año empezamos a escribirnos, ella residenciada en Houston, una más de la diáspora. Me prodigó cariño en los meses siguientes y me habló de su interés por leer lo que aquí aparecía. Su último mensaje, el dos de Enero de este año, me deseaba un buen año y me decía una frase que me llegó a lo íntimo impulsándome a seguir.

Hace unos días el tocayo me escribió que Edina se había ido. Me sentí muy triste porque ella era para mí parte de las referencias que  hablan de lo que ha sido mi vida y la de los míos (ella hablaba también de mi madre). Ya no me podrá decir que mis trabajosas líneas también le hablaban. Y lo repito, me pongo triste, nos vamos yendo todos. Edina fue una de esas personas plenas de humanidad de las que ha sido pródiga nuestra Venezuela. Amo su memoria. Y para sus hijos y familia va este cortísimo homenaje. 

 

RAFAEL ARÉVALO GONZALEZ: CONSTANCIA, SACRIFICIO, ESPERANZA (1)

Oscar Tenreiro

La descripción del acontecer público venezolano durante el siglo diecinueve es una constante confusión de nombres y eventos que complican hallar el hilo cronológico y humano. Me ocurre, tal como a muchos, que los continuos saltos en los acontecimientos políticos que influían de modo determinante en la sociedad con la consiguiente mescolanza de nombres, fechas, intrigas, revueltas y asuntos propios del discurrir normal, me hacen difícil seguir los hechos del ámbito político-social nuestro a partir de 1830, carencia que he querido suplir con algunas lecturas. Entre ellas hay un libro que permanecía casi escondido en una estantería de mi biblioteca y me llamó especialmente la atención. Lo heredé de mi hermana Carlota Elizabeth (1938-1979), quién en los meses anteriores a su trágica muerte, debido a su cargo en el Ministerio de la Juventud, recibía obras publicadas fuera de los circuitos comerciales. Se trata de las Memorias de Rafael Arévalo González (1866-1935), tituladas con su nombre y el subtítulo la Venezuela del dolor, publicadas por sus hijas en 1977 con introducción de Luis Villalba Villalba (1906-1999) entonces presidente de la Sociedad Bolivariana de Venezuela.

El libro me interesó por varias razones: una, que ya sabía algo de Arévalo Gonzalez a través de su biznieta, colega y antigua estudiante mía, Adina Arévalo Lares, quien me habló de él  y me regaló un librito editado por su familia titulado Carta a mi Nelly donde está el texto de ese sensible documento, una carta que le escribió Arévalo González a su hija que contraía matrimonio, acto al cual no podría él asistir pues se encontraba preso en la siniestra cárcel de La Rotunda [1], sórdido lugar de castigo para quienes se enfrentaban a Gómez. En esa oportunidad estuvo recluido en el edificio-símbolo de la condición represiva de aquella dictadura durante casi nueve años. Sería liberado y unos años después vuelto a encerrar en el infamante edificio hasta obtener su libertad dos años y medio antes de su muerte el 20 de abril de 1935. Había nacido en Río Chico el 13 de septiembre de 1866.

Vista externa de La Rotunda (foto tomada de la biografía de Arévalo González escrita por Mariela Arvelo)

Patio interno de la Cárcel de La Rotunda. La huella circular es el origen de su nombre. Foto de 1936 (Internet). Esta cárcel, construida entre 1844 y 1854 sigue en clave caricaturesca, como era típico en la Venezuela de entonces y aún después, el modelo del Panóptico inventado por el británico Jeremy Bentham (1748-1832) en 1791 (Internet).

Ya no caricaturescos sino construidos con todo cuidado fueron los pabellones panópticos de la Carcel de Isla de Pinos en Cuba (hoy Isla de la Juventud) construidos entre 1926 y 1931 (Internet). Hablé de ellos en una entrada de este Blog, el 30 de Octubre de 2008, con el título “De nuevo las cárceles”

La Rotonda neoclásica central de la Plaza de la Concordia inaugurada en 1940. Fue proyecto de Carlos Raúl Villanueva. Al fondo la iglesia neogótica de Las Siervas del Santísimo, proyectada por Erasmo Calvani. (Internet)

La segunda razón es que, un siglo después, los venezolanos estamos viviendo circunstancias claramente análogas a las de los tiempos de Arévalo González. No sólo somos sojuzgados también por un tirano y su camarilla, sino que el espíritu represivo del déspota lo ha llevado a usar la cárcel y la tortura superando la crueldad y el cinismo de la barbarie dictatorial que suponíamos superada. Y eso ocurre –otra vertiente de la analogía entre el ayer y el hoy– ante la inconciencia o simple complicidad de muchos que se arropan con las redes de la ideología porque sostienen a una revolución y ellos son revolucionarios, o han preferido adaptarse y convivir con la ilegalidad y el abuso para mejor provecho de sus intereses personales. Buscando una comodidad, un tipo de tregua, consistente en archivar el espíritu crítico. Comodidad que Arévalo González nunca quiso para él, convencido como estaba de que los valores democráticos debían ser defendidos a toda costa como único camino para la realización plena de la sociedad venezolana.

La tercera razón es que la firmeza de la conducta de Arévalo González dirigida a respaldar su compromiso desde muy temprano en su vida y con especial empeño con una ética cívica que no se diferencia de la creencia en la solidaridad entre los hombres, podría ser un modelo para los jóvenes venezolanos de hoy, demasiado ocupados con la trivialidad rampante de las redes sociales que los impulsa a un cierto tipo de ceguera –o prejuicio– social y cultural que invita a desdeñar  la responsabilidad social y su correlato político. La lucha por el perfeccionamiento de la democracia –asunto esencial– se ve como problema de otros y en su lugar se hace prioritaria la acumulación de recursos para construir una posición individual. Posicionarse es lo que se valora, y se busca hacerlo en cualquier parte distinta del complicado y ensombrecido país en el cual nacieron, agobiado por una crisis económico-social que no tiene precedentes, por sus características y por su profundidad –insisto en hacerlo notar– en la historia universal más reciente.

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El padre de Arévalo González, de nombre Demetrio, era un hacendado recién instalado en Río Chico, Estado Miranda, quien como estudiante de medicina había sido incorporado en el papel de practicante a un batallón gubernamental enviado a la zona desde Caracas por el gobierno de Julián Castro en los comienzos de la guerra civil[2]venezolana que conocemos como Guerra Federal. Allí Demetrio conoció a quien sería su esposa, Águeda González[3], razón que lo impulsó a asentarse en Río Chico, decisión facilitada por el deseo de Leonardo Hernández con quien había hecho amistad, dueño de importantes haciendas de cacao –producto de gran valor en esos años– de que le administrara sus propiedades. Abandonó pues Demetrio definitivamente sus estudios, se casó y se radicó en Río Chico donde nacería Rafael en 1866 para regresar con su padre a Caracas junto a sus tres hermanas y su hermano, el menor de todos, a raíz de la muerte de su madre cuando él tenía nueve años de edad. En Caracas terminó su enseñanza secundaria y en las vacaciones luego de su año final, Demetrio se lo llevó a Río Chico donde Rafael, repitiendo en cierto modo la historia de su padre, resolvió quedarse porque se enamoró; y si bien no llegó hasta el matrimonio en esa ocasión, vivió unos años en el pueblo ejerciendo actividades agrícolas hasta que atraído por la nueva forma de comunicación que no mucho tiempo antes, en 1856, había llegado a Venezuela, resolvió hacerse telegrafista. Así lo narra en sus Memorias: …me hice amigo de los telegrafistas y me dediqué a aprender aquel arte, primero por curiosidad y luego con el propósito de que me sirviera de medio para viajar por otras regiones de la República que anhelaba conocer. Cuando estaba algo adelantado entre trasmitir y recibir, vine a Caracas para estudiar la parte teórica y graduarme…[4].

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Fue mientras terminaba su preparación como telegrafista y con seguridad gracias a su roce con el ambiente estudiantil de Caracas a mediados de la década del ochenta, que empiezan a despertarse en él inquietudes políticas y ese celo republicano y democrático que habría de ser parte de su personalidad. Da fe de esa inquietud su participación como activista en distintos acontecimientos derivados de la sátira política bautizada como La Delpiniada [5] https://bibliofep.fundacionempresaspolar.org/dhv/entradas/l/la-delpiniada/, homenaje bufo montado por los estudiantes universitarios de entonces, experiencia que podría decirse lo inició en el periodismo político gracias a que su activismo estaba orientado por la publicación y distribución de hojas sueltas contrarias al gobierno de Guzmán redactadas por los realizadores de la sátira, quienes finalmente fueron reducidos a prisión, incluyendo a Arévalo. La Delpiniada se escenificó en marzo de 1885 durante el primer gobierno de Joaquín Crespo –que duraría hasta Abril de 1886– quien era tutelado por Antonio Guzmán Blanco. Guzmán regresaría al poder brevemente antes de abandonar el país en 1887 y refugiarse en su palacete parisiense de la Rue La Pérouse, Distrito 16, el de la aristocracia francesa.

Esta es la portada del programa de la Delpiniada. Es un retrato de Delpino y Lamas. Un poemita atribuido a Delpino circuló la noche del homenaje en el Teatro Caracas y quedó para la posteridad. Dice así: Pájaro que vas volando / parado en tu rama verde;/ pasó un cazador matóte; / ¡más te valiera estar duerme!

Termina Arévalo su preparación como telegrafista y comienza a conocer Venezuela gracias a su paso por Barcelona –a dónde regresa unos años después– y luego Zaraza, Aragua de Barcelona y Cumaná. Llegó a Caracas a establecerse definitivamente en tiempos de los sucesores de Guzmán, Juan Pablo Rojas Paúl (1888-1890) y Raimundo Andueza Palacio (1890-1892), este último empeñado en continuar en el poder hasta que Joaquín Crespo se impone militarmente, lo derroca y se adueña de la Presidencia durante seis años –hasta 1898– siendo sucedido por Ignacio Andrade. La Presidencia de Andrade, liberal amarillo como todos los presidentes incluido Guzmán Blanco, surge de elecciones hechas siguiendo una nueva Constitución (1893) que pretendía recuperar el hilo constitucional. Elecciones sin embargo claramente amañadas por las huestes del crespismo en contra del candidato más fuerte de la oposición, José Manuel Hernández (1853-1921), conocido como el Mocho Hernández https://es.wikipedia.org/wiki/José_Manuel_Hernández) quien se alza en armas poco después de la toma de posesión de Andrade. Crespo pierde la vida el 16 de abril de 1898 en uno de los enfrentamientos con él, el de La Mata Carmelera en el actual Estado Cojedes.

Es a mediados del gobierno de Crespo cuando Arévalo conoce a Elisa Bernal Ponte con quien se casaría el 10 de agosto de 1896[6]y con quien tuvo diez hijos, el primero de ellos una niña, Olga.[7]

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Con Cipriano Castro, quien derroca a Ignacio Andrade en Octubre de 1899 y se hace del poder hasta Diciembre de 1908 como resultado de la llamada Revolución Restauradora por él comandada, se inicia un período decisivo para Arévalo González. En esos años se consolida y afirma su vocación de periodista vigilante del acontecer político venezolano estimulada por su presencia como articulista polémico en diferentes diarios y revistas, actividad que culminó con su nombramiento como Redactor del importante diario caraqueño El Pregonero[8]. Al mismo tiempo empieza a ser víctima Arévalo del rencor y la arrogancia dictatoriales: sus opiniones críticas sobre los distintos aspectos del ejercicio de un poder no democrático le ganaron represalias que anuncian lo que sería su tragedia personal: bajo Castro, entre 1899 y 1908, fue reducido a prisión cinco veces[9]. Y el siguiente dictador, Juan Vicente Gómez, férreo e imperturbable dueño de Venezuela durante veintisiete años, acentúa los esfuerzos por humillarlo y silenciarlo, haciéndolo preso también cinco veces[10]robándole su libertad durante más de quince años. Un castigo de desproporción insólita si se piensa que nunca Arévalo González participó en conspiraciones armadas, sostuvo más bien con ejemplar persistencia una actitud de no violencia activa, de oposición usando juicios críticos, blandiendo sólo ideas en un contexto como el venezolano de su tiempo, caracterizado por el enfrentamiento cruento, por la constante recurrencia al uso del machete y el fusil. Ese especial mérito, ese ejemplo singular lo definen bien estas sencillas palabras de Guillermo Meneses publicadas en el diario El Nacional el 20 de Septiembre de 1966[11]: Si nos detenemos a examinar las razones políticas por las cuales pasó tantos años preso. nos quedamos admirados de que nunca fue detenido como conspirador…Se le detuvo muchas veces por escribir. Nada más.

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Así fueron sus prisiones en tiempos de Gómez: La primera, de sólo un mes, en la Rotunda, fue producto de un incidente propio de una Venezuela sin ley.[12]La segunda en el Castillo de San Carlos en la barra del Lago de Maracaibo en 1910, sobre la cual no he podido conocer la duración precisa. La sufrió por haber divulgado en su periódico el informe de un magistrado de la Corte Suprema donde hacía constar el terrible estado de la cárcel de La Rotunda. La tercera fue en La Rotunda durante ocho años y cinco meses, desde Julio de 1913 hasta Diciembre de 1921, causada por atreverse a lanzar a Félix Montes (1878-1942) como candidato presidencial que se opondría a Gómez. La cuarta durante dos años también en La Rotunda entre el 12 de Julio de 1923 y el 21 de Julio de 1925, por haber sido absurdamente declarado sospechoso de participación intelectual en el asesinato de Juancho Gómez, hermano del dictador. Y la quinta cuatro años y medio, desde el 25 de Febrero de 1928 hasta el 15 de Octubre de 1932, esta vez por haber enviado un telegrama a Gómez pidiéndole la libertad de los estudiantes universitarios presos a causa de la –muy recordada en Venezuela– sublevación estudiantil de 1928. Esta prisión fue en el Castillo Libertador de Puerto Cabello, como el de San Carlos vestigio militar colonial de gruesas paredes, húmedos y abrasadores calabozos en los sótanos, más sórdido y tenebroso aún que La Rotunda. En resumen, si a las de Gómez sumamos las prisiones de tiempos de Cipriano Castro[13], Arévalo González estuvo preso más de veinte de los sesenta y ocho años que vivió, acusado de delitos de opinión inexistentes en el sistema jurídico venezolano, víctima del autoritarismo militar que aún hoy nos ahoga.

Menos de tres años después de su última liberación, el 20 de abril de 1935, murió de cáncer Arévalo González. Su esposa había muerto el 25 de agosto de 1921.

(Seguiremos hablando de Arévalo González)

[1]La Rotunda fue demolida a la muerte de Gómez y en su lugar se construyó una plaza con el simbólico nombre de La Concordia (propuesto, según parece por el Presidente interino heredero del Poder gomecista, Eleazar López Contreras). La plaza fue proyecto de Carlos Raúl Villanueva. En los años ochenta fue intervenida y modificada.

[2]Demetrio  debe haber llegado a Río Chico a fines de 1859 o comienzos del sesenta.

[3]Pág. 85 del libro Rafael Arévalo González o la Venezuela del dolor, edición no comercial de 1977. Lo identificaré en lo sucesivo como Memorias.

[4]De sus Memorias, pág 90 de la edición de 1977.

[5]La Delpiniada fue una ocurrencia de los estudiantes universitarios de entonces y consistió en la representación formal en un teatro importante de la ciudad (el Teatro Caracas) del homenaje a un poeta, Francisco Antonio Delpino y Lamas, más bien escribidor de versos de cierto ingenio, hombre de extracción popular –vivía en el humilde barrio El Guarataro de Caracas– homenaje que quería ser una parodia de  la ridícula adulación destemplada y cursi que muchos representantes de la intelligentsia  gobiernera caraqueña  le prodigaban al General Antonio Guzmán Blanco, autoritario Presidente de Venezuela en varias oportunidades entre 1870 y 1887, ejerciendo directamente o mediante personajes títeres como Joaquín Crespo, quien era el presidente en ese momento. Para conocer mejor lo que fue La Delpiniada puede acudirse a este link: https://bibliofep.fundacionempresaspolar.org/dhv/entradas/l/la-delpiniada/

[6]Fecha tomada de la biografía escrita por Mariela Arvelo (El Caballero Andante y la Pluma de Oro – Vida y Obra de Rafael Arévalo González. Edición Mariela Sigala de Gómez Tamayo. 2016), Pág. 122. La puso en mis manos la colega y ex-discìpula Adina Arévalo Lares.

[7]Sus hijos fueron: Olga (1897), Nelly (1898), Lilia Josefina (1900), Jorge (1901), Graciela (1903), Mery (1905) quien viviría muy poco, Elba (1907), María Gladis de Jesús (1910), Amneris (1912), y Héctor (1913) quien fallecería a los dos años. (Fuente: Geni- Internet, complementada por la Biografía de Mariela Arvelo)

[8]Diario propiedad de Odoardo León Ponte (1866-1905), quien le ofreció el cargo de Redactor a Arévalo. Más tarde Arévalo se convirtió en el Director. Fue el primer diario venezolano impreso con rotativa y vendido al pregón.

[9]Memorias, pág. 163

[10]La primera prisión de 1910 se menciona en la biografía de Mariela Arvelo (Op. Cit. Pág. 256 y 162). No se habla de su duración. En las Memorias se dice que ocurrió, sin ningun dato sobre duración y lugar

[11]Biografía de Mariela Arvelo, Pág.289

[12]Fue atacado con intenciones de asesinarlo y se defendió. Había publicado en su periódico El Pregonero, un Editorial  que cuestionaba la concesión de una pensión vitalicia a los herederos del corrupto gobernador del Territorio Federal Yuruary, hoy Estado Bolívar, Pedro Vicente Mijares. El atacante fue un sobrino de Mijares. (pág. 247 de las Memorias)

[13]No hay datos fidedignos sobre oportunidad y duración de las prisiones en tiempos de Cipriano Castro.

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