(2) ENCONTRARNOS

Oscar Tenreiro

Presentamos públicamente Todo Llega al Mar el pasado Viernes 20 de Septiembre. Ya he escrito antes sobre ese libro tan próximo a lo autobiográfico con imágenes de una arquitectura que quiso ser, junto a otra que cobró forma. Y sobre la importancia que tiene para mí y espero que tenga para quienes cercanos o lejanos han hecho objetivo importante de su vida del esfuerzo de construir, imaginar arquitectura o pensarla simplemente. Lo cual quiere decir que de alguna forma mi esperanza es que el libro sea una contribución a la tarea de ampliar los horizontes culturales de quienes vivimos aquí. Sin que deje de pensar en los que están más lejos, fronteras afuera, con quienes por encima de las diferencias de modos de vida, medios a la disposición, idioma y tantas otras cosas, compartimos aspiraciones y afanes.

Fue un momento que me conmovió por muchas razones. Una de ellas el impacto de las palabras de Enrique Larrañaga quien dijo cosas que si bien podría calificar de halagadoras, mucho más que eso y de un modo que me sorprende por lo inusitado –es por ello que me movieron emocionalmente– me enseñan a ver mejor mi conducta o mis obsesiones, me impulsan a la introspección. Efecto que también tuvieron pero por otros motivos, las palabras de mi hijo Esteban, ingeniero, promotor y constructor del lugar donde se realizó el acto (un pequeño hotel y sitio de eventos que llamó Verticem Space, proyectado por mí) quien siempre guiándose por el discurrir cronológico del libro, trasmitió de un modo muy natural las sensaciones y vivencias que a través de su desarrollo tuvo en algunas de las obras que aparecen en el libro, comentando cómo jugaba en los montones de arena de una de ellas –la casa Dib– mientras yo hacía la inspección, o contando lo que ante su curiosidad le dijo un obrero encargado del doblado de barras de acero en el sitio de obra de la Plaza Bicentenario. Y cuando digo por otros motivos me refiero a que sus palabras me hicieron ir hacia la relación padre-hijo y el modo como dejamos en nuestros hijos, sin estar conscientes de ello, ciertas huellas que se agrandan con el tiempo y se instalan en la memoria.

Y fueron también muy significativas, de modo diferente porque las orienta el punto de vista de un observador más alejado, las palabras que desde Valencia envió José María Lozano y esa tarde leyó Ramón Fermín, en las cuales este amigo entrañable de España hace comentarios que aluden a mis pasiones y mis inquietudes y se aventuran incluso a establecer conexiones muy sensibles que no puedo negar que me llegaron hondo. Y tiene Lozano además una fuerte comprensión del drama venezolano que hizo manifiesta al   expresar como cierre su solidaridad con nuestra lucha por recuperar la democracia.

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La ocasión se prestó, y así lo hice notar cuando cerré el acto e invité a examinar el libro, para hacer un llamado a ver esta acción de comunicar y testimoniar que es en definitiva Todo llega al Mar, como una realización en cierto modo colectiva, más que como un logro personal que alimenta un ego. Como un logro –lo sugerí al principio­– de la cultura arquitectónica venezolana, tan necesitada de pensamiento estructurador, de crónica reflexiva, de intentos para discernir sobre raíces y motivos. Me referí a lo que nos afecta a todos y que a menudo interfiere en las relaciones entre arquitectos: a los celos. Que están siempre en el origen de la mezquindad, ese defecto tan típicamente venezolano si examinamos someramente nuestra cortísima historia, presente de modo permanente en nuestro día a día impulsándonos a disminuir lo que no nos concierne directamente. Y dije entonces que desearía a esta altura de mi vida, cuando por razones de edad y considerando el momento que vive Venezuela no estoy robándole espacio a nadie en particular, pueda considerarse este libro con mente abierta y sin esas actitudes defensivas que parecen haber marcado aquí las relaciones entre arquitectos. Sobre todo en este momento tan difícil que vive el país, con una crisis económica única en su historia, la democracia usurpada, la situación general a niveles de catástrofe, criminales ejerciendo como dueños del Estado.

El acto fue en las terrazas de Verticem Space…un “espacio intermedio” que se abre hacia la lejanía de los Valles del Tuy

Otro aspecto de la reunión

Luis Polito al habla, Enrique Larrañaga, mi persona, Esteban Tenreiro y Ramón Fermín.

Enrique Larrañaga habla. Detrás de nosotros las colinas de la “Zona Protectora” de Caracas y más allá las que delimitan, azuladas, Los Valles del Tuy ¡20 de Septiembre de 2019!

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Ha sido necesario, a tono con las peculiaridades actuales de nuestro país, idear una forma para que la distribución no institucional del libro en Venezuela cuente con una reserva mínima de ejemplares. De la muy pequeña Primera Edición – ciento cincuenta ejemplares– me correspondió sólo una tercera parte que ya está medianamente comprometida, por lo cual hemos ideado un procedimiento para que los ejemplares en mi poder no se agoten y sean más bien parte de un fondo editorial rotativo que permite que cada adquisición financie la producción de otro ejemplar sustitutivo, parte de una Segunda Edición. Y como la técnica tipográfica digital utilizada permite tirajes muy pequeños, de veinte unidades, sólo se requiere un grupo de veinte participantes como garantía de la sustitución. Esta Segunda Edición sería seguida eventualmente de una Tercera y así sucesivamente.

Hicimos conocer ese Proyecto Editorial al terminar la presentación y se abrió una lista para los primeros veinte participantes. Aprovecho esta entrada del Blog para decirle a quienes se interesen en participar en las listas sucesivas, que lo hagan saber enviando un correo a la dirección nubia.rodriguez@gmail.com para recibir la información correspondiente.

Y con esta información de tipo muy práctico concluyo la reseña de lo que ocurrió una tarde que permanecerá especialmente en nuestra memoria, en especial en la de Nubia mi mujer y este casi ochentón que seguirá diciendo algunas cosas en este Blog…mientras el cuerpo aguante.

(1) 14 de Septiembre de 1992

Oscar Tenreiro

Me entero revisando mis papeles que precisamente hoy se cumplen 27 años de la muerte de Augusto Komendant, nacido en Estonia, hecho ingeniero en su país y en Alemania, emigrado a los Estados Unidos después de la guerra, amigo y compañero de trabajo de muchos arquitectos entre los cuales en lugar fundamental Luis Kahn, con quien construyó y soñó obras maestras; innovador –entre los más importantes del siglo veinte– de la tecnología del concreto armado.

La fecha me habría pasado desapercibida, como me sorprende que me pase con las fechas de las muertes de algunas de las personas más importantes de mi vida, si no hubiera sido porque estaba dedicado por un par de días a recordar y documentar mi relación con este personaje excepcional, amigo y sobre todo maestro, visitante de nuestro país un par de veces al compás de algunos de los trabajos que hicimos juntos. Y la recordé, no porque lo tuviera presente en la memoria sino porque casualmente se encontraba en Venezuela hasta ayer un coterráneo suyo, curador de una gran exposición sobre la obra y la vida de Komendant en el Museo de Arquitectura de Estonia, presencia que me obligó a revisar planeras y archivos en búsqueda de información que complementase la ya recogida por este joven estonio –su nombre es Carl-Dag Lige– en otra visita de hace algo más de un año.  Y entre los papeles apareció una tarjeta que me mandó su hija titulada In Memoriam en la cual bajo un dibujo de la cara de su padre estaban las fechas de su nacimiento – 2 de Octubre de 1906 – y de su muerte.

Esa inmersión por estos días en documentos que reviven el pasado, me despertaron no sólo las obsesiones de hace más de treinta años (mi última experiencia con Komendant fue en 1987) sino puntos de vista y modos de ver nuestra disciplina que todavía viven en mi conciencia como certidumbres que se oponen a la marea de simplificaciones y reduccionismos características de los tiempos que vivimos. Una de ellas, propia de la que se ha llamado la arquitectura del espectáculo, ve al ingeniero como una especie de traductor pasivo en términos técnicos de las ideas elevadas e inspiradoras del arquitecto; situándose en el polo opuesto otra que se cultiva en los países más atrasados o con menos tradición arquitectónica –como es el caso de Venezuela– según la cual el arquitecto es una especie de embellecedor, siempre suave y amanerado, de las ideas recias y realistas de un ingeniero que deberá tener siempre el control sobre lo que debe hacerse.

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Komendant y Jesús Tenreiro en mi casa. Probablemente en 1985.

A Komendant no era posible encasillarlo entre esos dos extremos. Desde el manejo de los primeros esquemas, su papel era extremadamente activo en la definición del camino a seguir. No asumía un papel rector imponiendo soluciones, sino que actuaba a la manera de un pastor que evitaba que las ovejas –llamando así a las ideas que están en juego al comienzo de todo trabajo– se descarriaran fuera del espacio de lo racional y justificable desde su perspectiva de ingeniero. Con la particularidad de que en él lo racional y lo justificable se afirmaban en una amplísima y variada experiencia y un manejo técnico de primera mano, recortados sobre el telón de fondo de un conjunto de principios éticos nacidos de su convicción de que estructura y arquitectura son inseparables y que la concepción de la arquitectura debe incluir siempre principios estructurales y constructivos firmes. Para él, entre los atributos de la arquitectura perdurable están los que atañen a la estructura y su construcción: no hay gran arquitectura que no atienda y dé respuesta apropiada y meritoria a las necesidades constructivas. Para él la arquitectura adquiría su dimensión más alta si respondía, al unísono con sus respuestas a necesidades y aspiraciones materiales y poéticas –estéticas– a las demandas y exigencias del ámbito de lo constructivo, entre las cuales siempre incluía, junto al rigor técnico, a la eficiencia y la economía. Y lo defendía buscando superar lo rutinario, situándose fuera de la zona de confort fundada en el camino ya recorrido, porque Komendant amaba la innovación, aceptaba el riesgo, quería ir más allá de lo que estaba asegurado por la repetición acrítica de lo que otros –o él mismo– habían hecho ya. Y sin embargo rechazaba la arbitrariedad, las decisiones basadas en caprichos o impulsos individuales.

Esa visión, que coincidía ampliándola y enriqueciéndola con la que comenzaba a desarrollarse en mi conciencia de ser arquitecto, estaba sin duda enraizada en el Movimiento Moderno, algo de lo cual Komendant no necesariamente era consciente, debido a que, más que una actitud intelectual, surgía en él de la práctica: de su manera natural de asumir la disciplina. Y no está demás decir que las tesis del posmodernismo, que ya tomaban forma cuando tuve el privilegio de trabajar con él, alimentaron una visión contraria defendida aún hoy, según la cual las necesidades artísticas –personales: el estilo propio– se imponen sobre la racionalidad constructiva. Postura que obligó a aplicar el adjetivo tectónico a la arquitectura como la veía Komendant y seguimos viéndola muchos, hasta dar la impresión de que la verdadera arquitectura –sin adjetivos– es la que admite el juego de los caprichos y las inspiraciones más o menos arbitrarias dictadas por la búsqueda de la novedad. O por una falsa idea de la creatividad o de los contenidos artísticos de la disciplina.

Komendant, el recientemente fallecido “Flaco” Alvarez y mi persona en la galería del Consulado de Vzla. en Nueva York el 10 de Abril de 1986, en la apertura de la exposición que organizamos “Graphics on Venezuelan Architecture”

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Ya he escrito en este mismo Blog y quienes me conocen de cerca me lo han oído más de una vez, que Komendant me cedió los derechos de la traducción al español y la edición del libro Dieciocho años con el arquitecto Luis Kahn que publicó en 1975, un año después de la muerte de Kahn, el cual es un examen de las circunstancias y experiencias que tuvo como participante en la concepción de las obras maestras de un arquitecto esencial: el último maestro del siglo veinte. Fue posible la traducción gracias al patrocinio y financiamiento del Colegio de Arquitectos de Galicia, institución que respaldó los esfuerzos del colega gallego Carlos Pita hasta hacer posible la salida del libro en 2001. Pocos lo conocen aquí en nuestro país porque fue imposible que nuestra Facultad se interesase en divulgarlo, pero tiene el mérito de hacer accesible al espacio de nuestro idioma una útil herramienta para comprender mejor la naturaleza de las relaciones entre dos personas excepcionales, compensando este las deficiencias de aquel y viceversa, y sobre todo las distintas y contradictorias facetas –porque el recuento de Komendant es sincero y no oculta lo problemático– que se presentan en el proceso de hacer realidad una arquitectura que supera lo rutinario y aspira a la permanencia. Es una contribución clave a la tarea de ampliar y profundizar el conocimiento de nuestra disciplina, despojándola del aura de coto cerrado dominado por los impulsos y las chispas creativas, alejado de la comprensión general.

Portada del libro “18 años con el arquitecto Luis Kahn” en español. Publicado en 2001.

Porque es necesario y siempre conveniente, lo he dicho muchas veces a propósito de este libro, ver a alguien digno de especial admiración, aquí Luis Kahn, como una persona común en el sentido de que lo afectan, como nos afectan a todos, períodos difíciles de desencuentro consigo mismo, dudas respecto a lo que debe hacer, o inseguridades originadas en fluctuaciones del ánimo. Ese papel tan esencial lo cumple con creces este libro el cual por otra parte pone en primer plano, al desentrañar la colaboración entre dos personalidades que son referenciales, la importancia de lo personal como oposición al anonimato típico de las grandes empresas de consulting que ya comenzaban a copar la escena en los años ochenta del siglo pasado y que hoy parecen haberse impuesto. La calidad de los resultados expresada en edificios como las Torres Médicas de Filadelfia (1957-61), los Laboratorios Salk en La Jolla, California  (1959-65) o el Museo Kimbell en Dallas Fort Worth (1967-72), todos ellos de valor patrimonial universal, son una reivindicación del diálogo personal entre responsables, el mejor antídoto contra la imagen del arquitecto genial y aspaventoso, dueño único de un lenguaje que se impone por encima de todo otro criterio en la configuración de la forma final del edificio.

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La importancia del diálogo interpersonal viene a ser uno de los mensajes que deja la entrevista que le hice a Komendant en Enero de 1985 –hace más de treinta y cuatro años– en su casa de Upper Montclair New Jersey, la cual incluí en la traducción española. Aún conservo la grabación en un cassette que decidí donar al Museo de Arquitectura de Estonia, pero fue necesario digitalizarla llevándola al formato de audio mp3 para quedarme con una copia antes de entregársela al curador visitante. Debí pues oírla de nuevo recordando y reviviendo algunas de las cosas de mayor importancia que aprendí de este hombre que tuve el privilegio de tratar de modo muy personal y con quien tuve experiencias venezolanas de mucho peso en mi vida profesional. El trabajo que originó nuestro contacto personal, que fue el Terminal de Transporte y Mercancías en los terrenos de la actual Mersifrica (1975), sólo llegó hasta Anteproyecto y se lo tragó el juego político, así como se tragó al proyecto de la Galería de Arte Nacional en Caño Amarillo –lo que iba a ser el Parque Cultural de Caracas (1980)– en este caso sumándose al oportunismo de colegas de cuyo nombre es mejor no acordarse. Hubo sin embargo otras oportunidades entre las cuales destacan la Plaza Bicentenario y el Teatro del Oeste (1981), edificios que pese a su destino desigual y también en gran medida difícil, se hicieron realidad parcial. Uno de ellos, el Teatro, muy fragmentariamente, y la Plaza, aunque castigada por la indiferencia y el deterioro típicos del poder público venezolano no pierdo la expectativa de verla algún día rescatada e integrada a los espacios públicos a disposición de los habitantes de Caracas, tal como fue concebida.

Primera Etapa (reconstrucción reciente en 3D-en gris claro las etapas sucesivas) del Terminal de Transporte y Mercancías con comercio y oficinas, propuesto en los terrenos del Mercado Mayorista de Coche

Corte fugado del módulo base del terminal. Es una estructura de vigas Vierendeel de concreto postensado.

La Plaza Bicentenario, junto a Miraflores, en 1986.

Komendant en visita de obra a la Plaza Bicentenario a fines de 1982, en diálogo con los ingenieros Martín Meiser (fallecido hace unos tres años) y Andrés Prypcham

Corte Fugado del Teatro del Oeste- Versión inicial

Lo que se construyó del Teatro del Oeste en lo que iba a ser el corazón del Parque Cultural de Caracas-Caño Amarillo

Lo que iba a ser el Parque Cultural de Caracas. A la izq. arriba la Plaza Bicentenario junto a Miraflores; a la derecha, diagonal a la estación del Metro la Galería de Arte Nacional y el Teatro del Oeste junto a la Quinta Santa Inés en cuyo lado izquierdo se ubicaba la escuela de Artes Plásticas Armando Reverón cuyo proyecto completo fue autoría de Henrique Hernández y Jesús Tenreiro. Hacia la derecha puede verse en “La Planicie” el Museo de Historia Militar. Abajo, parcialmente en los derechos de aire del Metro, un desarrollo de vivienda. Fue este un parque activo para Caracas, sueño truncado por la ambición política y el oportunismo.

En todo caso, este volver a vivir lo experimentado en carne propia, me lleva a ocuparme durante un par de entradas próximas en este blog, de completar mi testimonio de discípulo que habla de uno de sus maestros mediante algunas observaciones de carácter estrictamente personal que pueden serle útiles a otros para la tarea de comprender mejor la letra pequeña –que muchas veces se hace grande si bien un poco oculta– en la descripción de los procesos característicos de nuestra disciplina.

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Tarea por cierto, la de ser útil a otros, que es una de las finalidades de la publicación del libro que presentamos este próximo Viernes a las cinco de la tarde, sobre mi trabajo y aspectos de un modo de ver las cosas, el cual lleva el título Todo llega al mar, libro que fue publicado –ya lo he dicho aquí– por la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Valencia, España, y podrá estar a disposición de los interesados aquí en Venezuela, precisamente a partir de este 20 de Septiembre.

El libro es antológico, abarca más de cincuenta años de ejercicio. Eso lo hizo grande y profuso: tiene 421 páginas y 800 y tantas ilustraciones. Su presentación permitirá, aparte de llevar al conocimiento de los presentes los aspectos más o menos anecdóticos que condujeron a la publicación, oír las reflexiones del colega Enrique Larrañaga, las palabras que envió desde Valencia el colega español José María Lozano, y la visión que desde la ingeniería aportará mi hijo Esteban Tenreiro-Picón, además de unas palabras finales a mi cargo. Junto con ello explicaremos el proceso que se seguirá para adquirir los ejemplares que podrán ser vendidos (los de la edición actual tienen carácter no venal).

 

RECOMENZANDO (4)

El Hombre Nuevo, el Buen Salvaje y el Espíritu de Secta en la Venezuela de hoy. (2)

Oscar Tenreiro

Si hemos hablado del origen esencialmente religioso del concepto del hombre nuevo, igual ocurre con la idea –o mito– del buen salvaje. Aparte de todo lo que hemos dicho, cuando los clérigos del siglo dieciséis elogiaban al salvaje americano lo hacían considerando al aborigen como prójimo que debía ser amado y respetado en el sentido evangélico, es decir, confiriéndole una dignidad como la de todos los seres humanosUn concepto que Jacques Maritain (1882-1973) llamó siglos después la dignidad de la persona humana, recalcando sus raíces cristianas, elaboradas por Santo Tomás de Aquino.

Ambos conceptos, como dijimos, han sido apropiados por la práctica política radical distorsionando sus fundamentos. El hombre nuevo asociado a las expectativas revolucionarias deviene en una caricatura, porque está justificado por objetivos políticos inequívocamente materialistas que dependen de circunstancias externas que lo alejan del sí mismo. Y por otra parte, la bondad atribuida al aborigen, cuando según la analogía que propusimos se convierte en el hombre del pueblo revolucionario, se erosiona y se hace relativa porque dependerá de su sujeción política –con todo lo que eso significa– a los fines de la revolución. La mirada afectuosa y admirativa hacia el hombre del pueblo-buen salvaje se suspende en cuanto éste se convierte en ser deliberante que cuestiona e inquiere sobre la legitimidad de la dirección del Estado. La visión condescendiente se agota si ejerce su soberanía personal, aunque lo haga solo como cuestionamiento moral –no subversivo, guerrero– porque la preservación del poder revolucionario no tolera disidencia alguna expresada y sostenida desde fuera. Actitud que es de evidente carácter sectario.

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Aquí tocamos el tercer tema del título.

Todo grupo cuyos miembros se comprometen con un determinado objetivo y en función de ello cultivan las relaciones entre sus miembros a partir de actividades de formación de conciencia (charlas, reuniones informales, grupos de estudio, deliberaciones diversas) dirigidas por un líder o grupo de líderes, tiende a hacerse secta. Y es propio de las sectas, precisamente, reprimir la disidencia o verla como una traición. Nadie puede manifestarse fuera de los límites fijados por la dirección del grupo, que funciona generalmente a la manera de una Gran Conducción –tal como llama Kafka a la autoridad suprema– invisible y rígida. Autoridad que requiere ser objeto de culto para reafirmar su infalibilidad. El culto a la personalidad, práctica característica de las monarquías de siempre, de los autoritarismos de todo tipo y muy especialmente de las revoluciones modernas. O sus caricaturas, como lo sabemos los venezolanos.

El Espíritu de Secta se hace presente en toda organización que funciona autoalimentándose y protegiéndose de influencias externas. Así ha ocurrido con los grupos cristianos que actúan a favor de una espiritualidad novedosa –una ascesis no tradicional– suscitando en no pocos casos escrutinios provenientes de las altas jerarquías eclesiásticas. Sin que dejemos de mencionar la infinidad de sectas cismáticas –o próximas a ello– que se han producido a lo largo de los siglos en el desarrollo de la cristianización universal. Y sectas se han formado también y se siguen formando en el seno de otras religiones.

Pero hay que hacer una distinción: las sectas religiosas promueven una revisión hacia adentro que apunta hacia la intimidad, focalizada más bien en modos específicos de vivir y practicar los preceptos religiosos sin pretensión de sojuzgar sino de convencer. No tratan de apropiarse de las estructuras de poder sino de influirlas. Las sectas religiosas actúan en general dentro de sus propios límites buscando ganar adeptos. Las sectas religiosas no persiguen. Las sectas religiosas son perseguidas.

Con las sectas políticas cuyo fin es la subversión del Poder establecido ocurre algo muy diferente. Sin duda son también perseguidas, pero funcionan buscando éxito hacia afuera, el objetivo de su acción está más allá de los límites de la secta. Se desinteresa del mundo íntimo –su hombre nuevo es simple herramienta para sus fines­– y se focaliza en la acción externa. Porque la secta política radical quiere transformarse en fuerza que actúa con fines de subversión y de modificación de las estructuras del Poder, subversión que puede ser violenta y cruenta. Y una vez tomado el Poder y en marcha los cambios que propone, amplía los mecanismos de represión típicos de la secta, los desarrolla hasta institucionalizarlos. El culto a la personalidad, la propaganda permanente, los programas de ideologización, la represión selectiva, el castigo de la traición, son evoluciones de prácticas sectarias. Lo que en la etapa preparatoria se realizaba en los límites de un grupo o de una constelación de grupos, con la toma del poder se convierte en mecanismo apoyado por recursos del Estado. El Poder revolucionario se refuerza expresándose y actuando como secta. Es sectario por naturaleza. Por eso, entre otras razones, no puede ser democrático. La democracia es su enemiga.

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Forma parte pues de la actividad de las sectas subversivas revolucionarias la violencia contra otros, contra los representantes del poder establecido –la violencia también se hace selectiva– la cual puede incluir, la ha incluido históricamente, la eliminación física del oponente o incluso de sus propios miembros si se desvían de los objetivos trazados. Así ocurrió con las sectas que antecedieron a las revolucionarias, las de origen nihilista de los años finales del zarismo ruso, las cuales describe magistralmente Dostoyevski en su novela Los Demonios. En ella hace un retrato descarnado y demoledor –conocía el monstruo por dentro– de lo que serían en las décadas posteriores las células revolucionarias del marxismo-leninismo.

Hace hablar así a uno de sus miembros:

…Rusia aparece cubierta de una red inmensa de pequeños grupos. Cada uno de estos núcleos de activistas, haciendo nuevos prosélitos y multiplicándose indefinidamente, procura mediante una propaganda sistemática menoscabar el prestigio de las autoridades locales, sembrar la confusión entre la población rural, promover el cinismo y el escándalo, el descreimiento en todo lo habido y por haber, el ansia de algo mejor y, por último, recurriendo a los incendios como medio especialmente eficaz para impresionar al pueblo, lanzar el país a la desesperación si ello es necesarioLos Demonios- Fedor Dostoyevski- Tercera Parte pág. 701-Alianza Editorial 2016. (Es inevitable preguntarnos aquí: ¿no es precisamente hacia la desesperación a donde se ha lanzado a Venezuela?).

Pero además de la promoción del cinismo y el escándalo, la secta política puede aceptar la actividad criminal si ésta contribuye –a criterio del liderazgo– a los fines revolucionarios. Dudo que algún revolucionario se escandalice de esta observación, porque el terrorismo ha estado siempre en el horizonte de toda célula revolucionaria, y el terrorismo es crimen. Pero aparte de eso bastaría examinar cuidadosamente la fenomenal evolución de la actividad criminal en Venezuela a lo largo de las dos últimas décadas y cómo desde lo más alto se estimuló la impunidad.

Y se entiende mejor la aceptación estratégica –no programática– del crimen puro y simple, en nombre de objetivos finales porque, desde el momento en el que está dispuesto a aceptar la violencia, al sectario se le plantea un dilema de muy difícil solución: definir con claridad los límites dentro de los cuales ella se justifica. Tarea ímproba porque siempre se encontrarán razones para justificar lo que actúa a favor de la salvaguarda del Poder Revolucionario: dentro de los límites de la secta la revolución viene a ser la suprema justificadora de cualquier violencia realizada en su nombre. Y la última palabra justificativa o no del crimen la tendrá, no el sectario y su conciencia, sino el Líder objeto de culto –llámese Stalin, Lenin, Mao o Fidel– y su versión personal de la moral revolucionaria, que variará con las circunstancias y con su buen o mal juicio. En resumen, el crimen es tolerado en virtud de la dificultad y en cierta medida la imposibilidad de decir de modo claro cuando no se justifica la violencia. La violencia mortal incluyendo al crimen en nombre de la revolución ha sido una de las tentaciones permanentes del andar revolucionario.

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Dostoyevski también fue un cultor del mito del Buen Salvaje. En la estupenda biografía  del americano Joseph Frank (1918-2013), en el volumen dedicado a los últimos años de la vida del escritor, se habla y se ilustra con muchos de sus textos –apuntes, fragmentos de sus escritos– acerca de su creencia casi religiosa en lo que los revolucionarios más recientes llaman los poderes redentores del pueblo. Para él se trataba del pueblo ruso como depositario de todas las mejores herencias –despojadas del pulimento pro-europeo y recalcadas por su extrema religiosidad natural– y de modo similar lo era para muchos de sus compatriotas que simpatizaban o formaban parte de lo que en Rusia se llamó el Movimiento Eslavófilo.

Luego de su muerte (Dostoievski murió en 1881) a lo largo de lo que quedaba del siglo diecinueve prolongándose hasta las décadas del veinte anteriores a la Segunda Guerra, el culto al hombre sencillo como fundamento del cambio social se tuvo que confrontar con desarrollos perversos de la idea como fue la glorificación del pueblo de ascendencia aria cultivada por el nazismo acompañada del antisemitismo criminal, o las políticas represivas del estalinismo contra los más vulnerables –el pueblo llano– que condujeron al exterminio de millones. Pero aún así la visión exaltada del hombre sencillo-buen salvaje ha seguido disfrutando de prestigio entre las mentes pensantes del mundo occidental, si bien con las adaptaciones propias de las distintas perspectivas nacionales y a pesar de haberse probado en los procesos políticos la relativa ingenuidad de puntos de vista similares a los del gran escritor. Si a ello sumamos lo que mencionaba mucho más arriba acerca de los cambios que trajo el mejor conocimiento de la psique humana, podría pensarse que el mito del Buen Salvaje sería relegado al olvido; sin embargo, la fascinación que produce el hombre en las márgenes de la sociedad como portador de valores que se pierden con su integración a ella, sigue vivo y bien, tanto en la visión revolucionaria como en la del populismo de cualquier signo: todos los movimientos contestatarios quieren apoyarse en el culto al ámbito de lo popular y todo movimiento político pretende ser mensajero de las aspiraciones populares. Culto y aspiraciones que confieren una legitimidad aparente.

Dostoyevski, retrato por Vasily Perov (1872)

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La secta tiene para la mayor parte de las personas un atractivo natural. El sectario deposita en la secta muchas de las ansiedades en torno a la propia identidad y a las decisiones que el contexto exige. En la secta en cierto modo se descansa, es como un remanso regido por el consenso. Y si los objetivos de la secta se van logrando, en esa misma medida su atracción se hace mayor. El sectario acepta como válidas y superiores las razones y objetivos de la secta, ella lo representa. Ser parte de la secta es –lo he dicho con frecuencia– renunciar a la soberanía sobre sí mismo. Y por esa misma razón, en un tiempo histórico en el cual la masificación, la indiferenciación, se impone y lo personal se desdibuja, cuando encontrarnos con los motivos que nos definen como seres irrepetibles se hace difícil en la marea uniforme que lo arropa todo, abrazar una secta es como descansar de esa difícil búsqueda que nos exige introspección, dejar de lado la siempre presente dificultad de conocerse a sí mismo para entregarla al grupo y a los que lo dirigen o manipulan.

Por esas mismas razones, el sentido de secta es de utilidad especial para los procesos contestatarios o revolucionarios que exigen actuar en concierto, como ya dijimos, con directrices emanadas de un líder que interpreta la realidad y decide el camino a seguir, la estrategia a respetar, exigiendo de los miembros menores del grupo sujeción total. La secta impulsa a actuar entendiendo que lo que le conviene a la secta es idéntico a lo que le conviene al que forma parte de ella. Cuando se es parte de una secta, todo individuo exterior a ella pasa a convertirse en ajeno, extraño, incluso potencial enemigo, a pesar de todas las cercanías que pudo haber habido con éste. Por esa razón el sectario puede separarse de su familia, de sus amigos, de su pasado incluso, en aras de los objetivos de la secta.

Seguramente por eso es que en un país en el cual parece imponerse como un peso imposible de contrarrestar la masificación y la uniformidad, en un país donde la soledad acecha gracias al individualismo y el culto al trabajo: en los Estados Unidos de América, hay sectas de todo tipo, desde la internacionalmente conocida Ku Klux Klan,

El Ku Klux Klan (Internet)

hasta la muy reciente secta sexual con el raro nombre de NXIVM, pasando por miles de otras entre las cuales la de los que sostienen que la tierra es plana, las de los negadores de la evolución o el cambio climático, las de las conspiraciones, los OVNI, o sectas desviadas de su origen evangélico como la del Templo del Pueblo de Jim Jones que en 1978 impulsó en Guayana Esequiba https://es.wikipedia.org/wiki/Jonestown varios asesinatos y el suicidio colectivo de más de 900 personas.

Vista aérea del mar de cadáveres en Jonestown (Guayana Inglesa-Esequibo) luego del suicidio colectivo.

Sin que olvidemos sin embargo que la ley en un país democrático, y sobre todo en la tradición estadounidense, en fin de cuentas regula, limita y en muchos casos desmantela a las sectas (hay en este momento un juicio contra NXIVM) como es normal en una sociedad donde rige la Ley. Y si bien es cierto que toda organización política corre el riesgo del sectarismo, la dinámica democrática actúa como factor regulador y moderador de esa tendencia.

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El Hombre Nuevo, el Buen Salvaje y el Espíritu de Secta, son conceptos que han sido manejados por los ideólogos de la revolución bolivariana. En ellos se fundamenta mucha de la retórica de sus portavoces. Examinarlos someramente como he intentado hacer, revela hasta qué punto han sido usados con hipocresía y falsedad intelectual. Es necesario decirlo cuando va quedando claro con la crisis actual que no sólo ha sido disfrutar de beneficios lo que ha conseguido apoyos para el Régimen, sino que las voluntades de los más desinteresados –los más puros podría decirse– han sido captadas a base de nociones vacías que han hecho el papel de señuelos. Y como la ideologización en fin de cuentas ha prendido en algunos sectores, es importante que dejemos clara la debilidad de los razonamientos que la apoyan.

El tema del Hombre Nuevo, por ejemplo, figuró en el discurso del Gran Jefe e influyó para que se le reconociera un aura de abnegación y profundidad que no pasó de ser, como casi todo en él, una pose. Pose que se entremezclaba con pronunciamientos de tinte religioso propios de esa condición de simulador que se empeñan en ocultar, adornar o justificar los despistados –o adulantes– del Régimen que todavía insisten en que lo caracterizaba un pensamiento.  Bastaría para apoyar lo que digo examinar la primera fila de la dirigencia revolucionaria que él mismo apoyó y colocó en lugares claves. En ellos no hay novedad alguna a menos que sea la refinación de la maldad, o el nivel al que ha llegado su corrupción. El historial personal manchado de toda clase de culpabilidades incluyendo al asesinato y la tortura es de tal modo evidente que uno se pregunta cómo hacen los que aún apoyan al Régimen para no ver en cada uno de esos dirigentes una negación tajante de todos los principios ideológicos que han invocado para sustentar la legitimidad de la revolución. Conocerlos y seguir hablando del hombre nuevo sólo es posible si se apela a aquello en lo cual han sido ejemplares: el uso del cinismo. Un cinismo refinado elevado a la categoría de virtud.

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En eso precisamente, en una mezcla de mitos, medias verdades, además de puro y simple cinismo que permite convertir al vicio en virtud (la debilidad hacerla fortaleza, decía Mao) lo que constituye la sustancia ideológica de la revolución bolivariana. Repiten con ello lo que ha sido tradición Latinoamericana: se habla de representar al pueblo y en nombre de éste se adelantan políticas que actúan en su contra. Y cuando ese pueblo reacciona y se rebela, ya en la desesperación como es el caso venezolano, deja de ser bueno y salvaje para convertirse en traidor. El pueblo que sirvió de apoyo para asaltar el poder, cuando ya no es dócil se transforma en enemigo merecedor de represión.

Solo así puede entenderse la indiferencia de los dirigentes del Régimen ante la explosión de un país del cual más de cuatro millones de sus ciudadanos han escapado agobiados por limitaciones de todo orden. Para los ideólogos revolucionarios tutelados por la experiencia cubana, los protagonistas del éxodo son los impuros, los réprobos contaminados con el deseo de una libertad falsa. Son candidatos a la disidencia y lo prueba su búsqueda de otros horizontes. Para el Régimen el emigrante es un potencial enemigo, el que emigra descubre con su acción su calidad de contrarrevolucionario. Si resulta indiscutible que la emigración forzada impulsada por la política de destrucción económica es uno de los peores males de la situación venezolana, para los ideólogos en el Poder no es sino una desviación inducida por los enemigos de la revolución que debe ser vista con distancia. Eso explica que muchos cómplices del Régimen que son hijos de emigrantes y por eso mismo conocen todos los desajustes que la emigración trae consigo, sean silenciosos ante tan inmenso daño.

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Pero tanto el silencio culpable como la inexplicable indiferencia, son también prueba de los efectos del espíritu de secta en el proceso de oscurecimiento de la racionalidad individual. El espíritu de secta actúa produciendo una especie de abjuración respecto a lo que se creía y defendía, además del distanciamiento de los afectos, por más entrañables que hayan podido ser. Desde tiempo atrás he escrito sobre ello desde el ángulo ético, pero tomé conciencia mas clara de la cuestión de la secta hace unos años, cuando la hija de una amiga lejana, para explicarse la razón de haber roto relaciones con su madre, quien con la actitud obstinada del converso se negaba a aceptar razones que no fuesen las revolucionarias, me dijo que había entendido que su madre se había hecho miembro de una secta. Su observación me sirvió para explicarme mejor el derrumbamiento de vínculos establecidos, de relaciones humanas que habían madurado con los años. El revolucionario necesita del espíritu sectario para sostenerse psicológicamente. Se aleja de quien está fuera de su secta porque lo ve como alguien que persiste en el error, por cercano que haya sido.

En Venezuela, el Líder y sus cómplices lucharon luego de unos primeros años de relativa flexibilidad, y sobre todo a partir del conato de Golpe de Estado de Abril de 2002, por establecer y consolidar el espíritu sectario porque vieron en él su supervivencia. Para lograrlo recurrieron a toda clase de mecanismos represivos y de formación ideológica que han sido parte de una tutela que desde Cuba y basándose en la experiencia dinástico-totalitaria de ese país a lo largo de medio siglo, se extendió a todos los niveles del Régimen venezolano. Y es así como hoy en Venezuela puede decirse que ejerce el poder una secta. La fundó un simulador y la sostiene una pandilla criminal. Simulador cuyo pensamiento se resume en la palabra hipocresía.