DIGRESIONES (13)

Oscar Tenreiro

En la Digresión anterior mencioné rápidamente las observaciones que hace Alberti acerca de la Región y la Ciudad, esparcidas por los distintos Libros del Tratado, sin hacer notar que son fundamentos basados en la observación y en la tradición inmediata que tienen el mérito de servir de orientación para tomar decisiones sobre una actividad que tendría un desarrollo inusitado en la América a punto de ser descubierta, como es la de la fundación de asentamientos urbanos. En De Re Aedificatoria están pues planteados algunos de los primeros principios de las Ciencias Urbanas.

Me quedó también pendiente, antes de dedicar espacio a dos de las obras construidas por Alberti, una de las cuales, Santa María Novella es sumamente conocida y citada, comentar una parte del Tratado (Libro Nueve, Cap. Quinto, Pag 281,10 a 15 de la traducción de Lozano) que ha suscitado numerosas especulaciones de investigadores y académicos (los doctos de Vico), porque en ella Alberti entra en terreno metafísico al intentar definir la belleza de la arquitectura (o hermosura en la traducción) de esta manera:

Por lo cual podemos concluir en estas tres cosas, en las cuales se consuma toda la razón que buscamos: el número, lo que llamamos terminación  y la colocación. Pero hay algo más verdadero que todas estas cosas, con lo cual todas las fases de la hermosura maravillosamente relucen: se llama compostura, la cual decimos que es ciertamente la que preserva toda gracia y hermosura. Y el papel de la compostura es, a las partes que de otra manera son distintas entre sí, constituirlas con arreglo a una cierta razón perfecta, de suerte que entre sí, justamente, contribuyan a hacer la cosa bella…(20 a 35)… De aquí resulta que cuando con la vista, el oído o cualquier otra razón del alma sentimos como si las cosas estuvieran bien compuestas (porque naturalmente deseamos las cosas mejores, y a las cosas mejores nos allegamos con deleite), vemos que ni en todo el cuerpo o en sus partes tiene más fuerza la compostura que en sí misma y en la naturaleza. De suerte que yo declaro que ella conforta al alma y la razón, y tiene campos muy anchos donde se ejercita y florece, abraza toda la vida del hombre y la razón, y no es ajena a la naturaleza de las cosas, porque todo lo que la naturaleza produce, todo ello se modera con la ley de la compostura, y no tiene la naturaleza otro mayor cuidado que el de que las cosas que produce estén perfectas, lo cual en ninguna manera se conseguiría si se quitara la compostura, porque perecería la gran concordancia entre las partes. Y así vale lo dicho hasta aquí: lo cual sí está bien claro nos permite determinar que la hermosura es una cierta concordancia de las partes con la totalidad de la cosa, las cuales se conforman mediante un cierto número, terminación  y colocación como lo pide la compostura, esto es, si la absoluta y principal razón de la naturaleza lo pidiere. El arte de edificar responde a ella, de ella toma para sí dignidad, gracia, autoridad y adquiere valor…

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Al intentar darle sentido más preciso a esos cuatro atributos de la belleza entramos en terreno difícil porque como ya hemos dicho, están vinculados con una metafísica, un espacio filosófico, un modo de pensar, una posición, un punto de vista (Ortega), que es el que les otorga el significado. Dicho en otras palabras, lo que nos dicen depende de nuestra interpretación. Y es lo que hago diciendo que lo que sostiene Alberti es sorprendentemente similar a lo que se sostuvo en los albores del Movimiento Moderno en Arquitectura en las primeras décadas del siglo veinte y sigue estando en la práctica actual de la arquitectura. Alberti habla de número, lo cual me inclino a ver como racionalidad basada en la dimensión técnica, es decir, en todo aquello que es medible, que constituye por decirlo así el soporte esencial del arte de construir: lo dimensional, las certidumbres y seguridades surgidas de las ciencias físicas, de la resistencia de los materiales, de la viabilidad de los tipos estructurales; convertido en punto de partida, origen, de las decisiones asociadas a la propuesta arquitectónica. Entendiendo sin embargo que la manera más lógica de interpretar número en el siglo quince sería en relación con un sistema específico de proporciones que parten de la noción de módulo, de un juego numérico dimensional derivado de la numerología pitagórica, o, lo más propio de ese momento, de la aplicación de la geometría, todas cosas sobre las cuales se ha especulado y han motivado innumerables estudios que revisan desde las unidades de medida adoptadas (que variaban en tiempos renacentistas con los países, las regiones o incluso las ciudades) hasta por ejemplo, la correspondencia entre el diámetro de las columnas y el radio de la cúpula en las iglesias de planta central. Pero nos interesan mucho más las conexiones que pueden establecerse con nuestro modo actual de ver la arquitectura.

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Y en ese preciso sentido es imprescindible comentar el intento sistemático y intensamente elaborado de Le Corbusier con su sistema dimensional regulatorio, El Modulor, basado en la sección dorada, que aspiró a convertir en norma, lo cual revela una postura ante la arquitectura análoga en ese aspecto específico a la de los tiempos renacentistas. Postura que sin embargo se alimentaba de una mirada crítica guiada por su intención de renovar y abrir nuevas fronteras. Mirada crítica que se muestra en algunos puntos del texto que acompaña a la presentación del Modulor en los cuales se distancia de los excesos intelectuales que prevalecieron en la visión renacentista que exacerbó la importancia de las combinaciones geométricas. Y lo dice así (Le Modulor, Collection Ascoral, Editions de L’Architecture d’Aujourd’hui, 1962. Pag.61): El Renacimiento aporta el espíritu de escuela (Pienso que aquí Corbu se refiere a la institucionalización de la profesión de arquitecto), los trazados “intelectuales” sin límite, ajenos a la percepción, fuera del sentido y de la vida, modo de pensar que se hace esterilizante y un buen día mataría la arquitectura…

Y más adelante (pags. 74 y 75): Los grandes teóricos del Renacimiento siguieron caminos tentadores…Componían la arquitectura en el papel con compás o en forma de estrella: los geómetras humanistas habían llegado al icosaedro y al dodecaedro estrellado, obligando a la mente a una interpretación filosofante que se alejaba, en lo que se refiere al arte de la construcción, a los datos mismos del problema: la visión del ojo…La arquitectura no es un fenómeno sincrónico sino sucesivo, hecho de espectáculos que se suman los unos a los otros y se continúan en el tiempo y el espacio, como por otra parte ocurre con la música. Y aquí es muy importante, incluso crucial, decisivo: las estrellas del Gran Renacimiento produjeron una arquitectura ecléctica, intelectualizada, y un espectáculo cuya intención no se ofrece sino por fragmentos… (Dos siglos después de los humanistas renacentistas, Fenelon (François de Fenelon 1567-1622), viviendo las horas verdaderamente peligrosas de la arquitectura –las de la gran tentación de lo “clásico,” preparadoras de la decadencia- había dicho: “Desconfíe usted de los embrujos y atractivos diabólicos de la geometría”.

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La traducción del segundo atributo es problemática. La palabra latina de Alberti es finitio, la cual Lozano traduce como finición, palabra que no figura en el diccionario moderno del español, sino en el francés, y se traduce como terminación o acabado, las mismas palabras, con los que se traduce la palabra latina. Es pues con esa traducción, la de terminación como la asumo, pese a que la traducción moderna que consulté propone delimitación lo cual me parece un intento de abrir espacio a una ambigüedad que si puede verse como intelectualmente atractiva es más bien arbitraria y desorientadora. Y la terminación es propia de lo bello en todo tiempo histórico, si bien nuestra visión actual exigiría incluir el contraste entre lo terminado y lo imperfecto como atributo complementario.

Y del mismo género es la colocación, la cual Alberti señala como el tercer atributo. Lo asocio a la organización del edificio, a su correcta disposición en atención a su uso, atributo al cual el Movimiento Moderno asignó especial importancia cuando se acuñó la palabra funcional (la cual también es relativamente imprecisa y evoca la metafísica de la modernidad) usada hasta el exceso en los tiempos de la posguerra segunda e hizo común hablar de funcionalidad en tiempos de mis estudios, años cincuenta y sesenta del siglo veinte.

Y llegamos al último atributo, el verdaderamente impreciso y de evidente corte filosófico que es la palabra latina concinnitas utilizada por Alberti en el latín original, una cualidad propia de la retórica latina que tiene que ver con el orden general, la coherencia que deben guardar el todo y las partes del discurso. Es por supuesto, Alberti lo recalca, una cualidad de la naturaleza, donde no hay nada que sobre o que falte, palabra que Lozano traduce como compostura, traducción que pese a que tiene, a diferencia de las otras tres cualidades, una indeterminación casi insuperable, es una de las posibles palabras que pueden utilizarse en nuestro idioma. Pero si nos apoyamos en la referencia a la naturaleza también tendría sentido usar la palabra armonía, como lo han propuesto muchos estudiosos, pero también orden, porque el orden es una cualidad de lo natural. Puede hablarse por ejemplo del orden jerárquico; del orden que existe entre el todo y sus partes; del orden de similitud; del orden de intenciones o cometidos; del orden dimensional. Y si sustituyéramos la palabra orden por compostura o armonía el sentido se mantendría. En todo caso, compostura, armonía u orden nos acercan también a nuestro tiempo porque Luis Kahn, por ejemplo, hablaba insistentemente del orden. Así podemos verlo en las transcripciones de sus conversaciones o charlas, porque escribió muy poco. Y al orden se refirió con palabras de las que fui testigo directo (ver las entradas del 10 de Octubre y del 7 de Noviembre de 2010 en este blog) junto a otras tres personas entre las cuales un colega arquitecto venezolano, en 1965. Y dijo entre otras cosas (con aforismos, su manera de hablar de arquitectura):

El nuevo orden de la ciudad es el reconocimiento del orden del agua, del movimiento.

En mis planes quiero expresar el orden del movimiento como diferente del orden de la construcción

El orden del movimiento debe decir lo que debe ser la zonificación

La diferencia entre diseño y cantidad es el orden.

El orden depende de muchos factores. El diseño es personal, el orden no lo es. Sin embargo el orden puede ser concebido por un hombre aún cuando no tenga una comprensión individual

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Concluyendo esta digresión, hago otra para dejar atrás las elaboraciones intelectuales que algunos se empeñan en llamar teoría y es más bien pensamiento sobre (y desde) la arquitectura, para referirnos a la incomprensible paradoja (sobre la cual volveré) que produjo en la arquitectura, que no en las demás artes, el hecho de que el redescubrimiento de los logros del clasicismo helénico crease una suerte de velo (precisamente intelectual y más aún ideológico), que ocultó parcialmente impidiendo asimilarlos, las realizaciones excepcionales de la arquitectura de los siglos precedentes.

Y para hacerlo voy a mencionar a dos monumentos extraordinarios de Italia, muy cerca de donde escribió Alberti, bien consciente de que podría encontrar decenas de ejemplos de análoga importancia en todo el orbe europeo de entonces. Son la Basílica de San Francisco en Asís, construida durante la primera mitad del siglo XIII, y el conjunto del Campo dei Miracoli en Pisa: (el Camposanto, el Bautisterio, la Catedral y la Torre Inclinada) comenzado en el siglo XI y terminado a lo largo de los dos siglos siguientes.

Y lo hago muy rápidamente, es sólo un pasar por encima sin detenerme en detalles, datos y circunstancias, apoyándome unas cuantas imágenes y mis impresiones personales, porque lo que me mueve es sobre todo apoyar mi inquietud sobre el silencio intelectual aún de parte de los más ilustres personajes, y, casi podría decirse, del espíritu de todo un tiempo respecto a una evolución en el dominio de lo construido que en cierto modo se interrumpió, o me atrevo a decir, se frustró, para llegar en un momento dado, a lo que Corbusier llama la muerte de la arquitectura. (Y me apoyo en su autoridad a este respecto, advirtiendo que mi reencuentro con esa frase fue casual, nunca la recordé).

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Asís fue para mí una visita (1962) que me marcó para toda la vida, tal como fue la de Chartres, tres años antes. Como muchas de mis visitas de esos años, tenía motivación religiosa, perseguía las huellas de San Francisco. Pero también la movió la búsqueda del Giotto, cuyo nombre oí por primera vez de mi profesor de Historia del Arte, Eduardo Crema, italiano de los que han enriquecido a Venezuela. Y lo ignoraba todo sobre la Basílica. Hasta el punto de que, siendo ya tarde en tiempo de verano y yendo por la carretera hacia Asís en mi escarabajo, con mi esposa Delia y mi primer hijo durmiendo atrás, vi a lo lejos, sobre una colina ya casi obscura, un celaje rosado coloreado por el sol de la tarde que me impresionó por su enorme tamaño, casi prolongando el accidente natural: eran los contrafuertes en arcos sucesivos del relleno artificial donde se había construido el monasterio anexo a la Basílica de Francisco; sorprendentes, insólitos, no tenía de ellos ninguna noticia previa. Me detuve a un lado de la carretera y apoyándome en el techo del carro tomé una foto de aquel prodigio de lo artificial convertido en natural, en paisaje hecho por el hombre; que se hizo realidad gracias, no puedo dejar de decirlo, a una Fe superior. Fue el inicio de un par de días que no sólo en mí sino en Delia, la madre de mis primeros hijos, ya fallecida, e incluso en mi hijo mayor, de apenas once meses de edad entonces, deben haber dejado huella, de esas huellas que no se ven y se llevan profundamente en el alma.

Incluyo aquí la imagen lejana, conservada maravillosamente en sus colores originales y que pude digitalizar. También la fachada de la Basílica, extraordinaria en proporciones, en geometría, en valor táctil (la hermosísima piedra, expuesta en su valor primordial, impudicia rara en el patrimonio construido de Italia). Imagen que me acompaña diariamente en esa pantalla que se nos ha convertido en habitual.

Y debo interrumpir porque se ha hecho largo.

(Incluyo las imágenes en alta resolución)

La imagen del prodigio de Asís, en foto de hace más de medio siglo

La Basílica. Magnífica. Noble. Austera. Enseñanza que se diluyó en los mármoles de los años sucesivos. Imagen de 1962.

Acercándose a Asís, los enormes muros. Maravilloso riesgo.

Y aún más cerca se ve ya mejor la razón constructiva que me maravilló

 

DIGRESIONES (12)

Oscar Tenreiro

He podido dar un examen general al contenido del tratado De Re Aedificatoria de Alberti, deteniéndome en algunas partes, gracias a las posibilidades que nos da Internet, y como consecuencia me ha parecido útil ocuparme de él de un modo más detallado. Di con la edición facsimilar en pdf de la traducción del latín al español a cargo de Francisco Lozano que se publicó en 1582, la cual va precedida de una especie de nihil obstat, una aprobación, de parte de Juan de Herrera el arquitecto de ese extraordinario monumento de la arquitectura, precisamente de tiempos del Renacimiento tardío, que es El Escorial (1563-84). La complementé con una selección de fragmentos en traducción moderna también obtenidos en Internet. Y descubro muchas cosas que vale la pena comentar.

Alberti

La primera de ellas es que el tratado, al igual que el de Palladio, es bastante menos solemne o de difícil lectura de lo que me había imaginado a partir de los comentaristas, particularmente los que ejercen en función académica, quienes se empeñan en convertir el objeto de su interés en algo complejo para lo cual es necesario algún tipo de iniciación que no esta al alcance de la mayoría. Me recordé del juicio que le merecía a Gianbattista Vico (cuya distinción entre lo cierto y lo verdadero motivó el título de este Blog) el clima intelectual prevaleciente entre los académicos de su tiempo y que expresó con la frase la confabulación de los doctos refiriéndose al papel oscurecedor que cumplen quienes hacen de intérpretes de las ideas de otros o incluso los divulgadores de sus propias ideas, complicándolas con exceso de palabras y conceptos con el fin de aparentar meritoria altura intelectual. Porque, repito, Alberti se expresa con sencillez, con espontaneidad y con toda claridad, de modo que no solamente es posible seguir sus ideas fácilmente sino que hay ciertas partes en las cuales la lectura corre sola, con naturalidad.

De Re Edificatoria, Portada de la traducción al español de 1582

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También entendí mejor por qué se dice que De Re Aedificatoria es el primer escrito de Teoría de la Arquitectura de los tiempos post-helénicos, porque pese a que en algunos momentos Alberti se deja llevar por la tentación de definir los atributos de la arquitectura que conducen a la belleza (la hermosura es el término que se usa en la edición de Lozano) y con ello entra en los territorios movedizos de un filosofar que sólo conduce a sí mismo, el tratado es principalmente un ejercicio de enumeración, descripción y documentación de los conocimientos técnicos vinculados con la construcción; comentarios sobre la región, la ciudad, el terreno donde se construirá y el edificio en sí; un conjunto de referencias históricas con énfasis en la tradición helénica que se intercalan a lo largo de todo el texto e incluyen algunas descripciones; observaciones sobre proporciones, dimensiones, criterios geométricos; y consideraciones acerca de la naturaleza de la arquitectura y las atribuciones y deberes del arquitecto en términos que casi lo convierten en un manual de deontología para arquitectos. Se trata pues de un esfuerzo por recopilar las principales cuestiones, hasta ese momento, relativas al ejercicio de la arquitectura y requeridas por aquello que parece ser lo que más lo motiva: establecer ante la sociedad de su tiempo la profesión de arquitecto. Todas cosas que merecen muy acertadamente el calificativo de Teoría de la Arquitectura si concebimos a ésta como suma de teorías parciales y no en el sentido que se le da hoy en el mundo académico. Porque hoy se habla entre quienes se ocupan de elaborar ideas a propósito de la arquitectura en foros, discusiones y cursos de pregrado o posgrado, como si existiese efectivamente una Teoría específica, unitaria, que puede formularse y trasmitirse a otros como fundamento de nuestro ejercicio. Equívoco respecto al cual he escrito en oportunidades diversas comenzando con un trabajo que presenté en mi Facultad hace algo más de veinte años donde entre otras cosas sostengo que se puede hablar de pensamiento sobre o desde la arquitectura, pero en ningún caso de Teoría. El conocimiento de la arquitectura no se basa en una teoría que le sea propia; es una suma de conocimientos técnicos (cada cual con su propia teoría), del ejercicio de la observación y la descripción (la arquitectura se conoce por vía ostensiva, la arquitectura se muestra) y de la experiencia, compartida con otros o por vía más personal, de proyectar y construir.

Pero el nombre persiste y los teóricos se multiplican.

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Cuando cursé mis estudios (entré a la Facultad en 1955) todavía no existía una burocracia docente ansiosa por justificarse y aparentar méritos y teníamos un profesor bastante serio, Santiago Goiri, nacido en Bilbao y emigrado a Venezuela de niño, miembro de la primera promoción de arquitectos egresada de la Escuela de Arquitectura fundada en 1946, que nos dictaba una materia llamada Teoría de la Arquitectura, la cual, rememorando, veo ahora que estaba concebida con intenciones muy similares a las del tratado de Alberti, no porque Goiri hubiese seguido conscientemente pautas tomadas de tan lejos en la historia sino porque se trataba de un discurso relativo a lo que se quería del arquitecto, lo que se le exigía, menciones al tema de la construcción como ejercicio técnico y todas las demás cosas que, como hemos dicho, están en forma análoga en De Re Aedificatoria. Sorprende ver, me sorprende personalmente, que, si le restamos la insistencia característica de su tiempo y de los siglos que siguieron en referirse casi obsesivamente a la antigüedad clásica, el discurso de Alberti es curiosamente similar en cuanto a sus intenciones, al muy modesto discurso, nada erudito, sencillo y sin pretensiones, deseoso de iniciar a jóvenes que poco sabían de la arquitectura, de nuestro profesor, casi cinco siglos después de Alberti.

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Me ha parecido interesante, luego de mi trabajosa lectura, incluir aquí unas cuantas citas de Alberti como una muestra de su estilo expositivo y como complemento parcial de las cosas que hemos afirmado respecto a su contenido. Las extraigo de la traducción de Lozano porque la contemporánea se toma licencias expresivas que me parecen contrarias a la sencillez del lenguaje albertiano.

Incluyo primero una cita de una obra escrita por Alberti unos años antes de la que nos ocupa que abre un espacio de reflexión de bastante interés. Está en la obra titulada Momus que según leo es un tratado satírico-moral sobre el príncipe y el Estado, escrita unos años antes de De Re, y me llamó la atención sobre ella una de las fuentes consultadas. Así:

Y después, aquellos bravísimos arquitectos que con tanta pericia habían construido el mundo actual, eran ya todos viejos y decrépitos; aquella categoría de técnicos excluía del todo la posibilidad de una realización más bella, elegante y duradera en el tiempo respecto a la ya construida que despertaba la más alta admiración en cualquiera de sus elementos. Y si se hubiera querido poner a prueba a los nuevos arquitectos, ya se había tenido suficiente demostración de su valor en la construcción del arco de Juno, para no dar otros ejemplos: ciertamente la gente no andaba equivocada cuando comentaba que había sido construido con el único fin de caerse durante los trabajos de su construcción…”

Habla pues aquí Alberti con extrema admiración de la arquitectura de los tiempos inmediatamente anteriores a su generación induciéndonos la pregunta de la razón por la cual en cierto modo la ignora a lo largo del tratado al insistir y hasta cierto punto imponer, porque sin duda lo logró y se extendió en la obra de los tratadistas que lo siguieron, la idea de que los méritos principales de la arquitectura, sus más altos valores, se expresaron y cultivaron casi exclusivamente durante el pasado helénico, un punto de vista derivado del enorme impulso de rescate del tiempo clásico que fue propio del Renacimiento y que sin duda estaba, para usar el término Junguiano, en el espíritu de los tiempos. Y a él se pliega necesariamente, como nos plegamos todos en cada momento histórico al espíritu del tiempo que vivimos, cuando dice en el Libro Sexto de De Re… Capítulo III (35-40): El arte edificatorio ( lo cual he podido aprender de los escritores antiguos) derramó en Asia la primera superfluidad (por decirlo así) de su juventud, después floreció entre los Griegos, finalmente alcanzó en Italia la madurez perfecta…Era pues en el pasado greco-romano donde se debía abrevar. Ya no podía haber discusión en los siglos que siguieron. Lo cual no obsta para que Alberti se exprese en sentido crítico respecto a Vitruvio, como lo hace en el Capítulo Primero del Sexto Libro:

Vitruvio, escritor sin duda muy instruido pero de tal manera despedazado con el tiempo, que en muchos lugares faltan cosas y en otros se echan de menos muchas. Se agrega a esto que estas cosas las escribió no adornadas, porque hablaba de manera que a los latinos les pareció haber querido escribir griego, y a los griegos haber hablado latinamente: pero su modo mismo de escribir testifica no haber sido ni griego ni latino. De suerte que es justo que pensemos no haber escrito para nosotros lo que escribió, y no le entendemos… (y de seguidas incluye Alberti este apasionado deseo de preservar la arquitectura del pasado): Nos restarían los viejos ejemplos de cosas puestas en los templos y teatros, de los cuales como de los mejores profesores aprendemos muchas cosas, pero veía (no sin lágrimas) como se van destruyendo de día en día, y que los que por ventura se edifican en nuestros tiempos se deleitan más en nuevos desatinos de necedades que no en aprobadas razones venidas de las obras muy loadas, por lo cual cosas nadie negará que en breve esta parte (por decir así) de la vida y del conocimiento, de todo punto habría de perecer.

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La siguiente cita, del Capítulo II del Libro Primero, que habla del origen de la arquitectura, recuerda lo que hablaba también nuestro profesor Santiago Goiri sobre el origen de la arquitectura (la cubierta, decía Goiri, la protección, es el tema esencial de la arquitectura) con otras palabras y otros ejemplos: Al principio el género de los hombres buscó para sí algunos espacios de sosiego en una región segura, y hallada área (terreno) o planta cómoda y agradable para su necesidad, se asentó allí y ocupó aquel sitio, de suerte que no quiso que en un mismo lugar se hiciesen todas las cosas domésticas y particulares, sino acostarse en una parte, en otra tener el hogar y en otra poner las demás cosas para el uso. Y de aquí comenzó a imaginar como se pondrían los techos para que estuviesen cubiertos del sol y de las lluvias y para hacer ello añadieron después los lados de las paredes, sobre los cuales se pusiesen los techos, porque así entendían que habrían de estar seguros de las heladas, las tempestades y de los vientos lluviosos. Finalmente abrieron en las paredes desde el suelo a lo alto vías y ventanas, por las cuales lo uno se diesen entradas y salidas, y lo otro se recibiesen luces y fresco en los tiempos claros, y recibidos por ventura dentro de la casa se purgasen el agua y los vapores. De esta suerte lo ordenó cualquiera que fue aquel que instituyó al principio estas cosas (aquí una de las constantes citas sobre la antigüedad clásica, en este caso la mitología), o la diosa Vesta hija de Saturno, o Eurialo e Iperbio hermanos, o Gellio y Traso o el cíclope Tisinchio. Así que de esta suerte pienso haber sido estos primeros principios de hacer los edificios, y estos primeros órdenes. Y finalmente entiendo este negocio haber crecido con uso y arte hallados varios géneros de edificios, hasta tanto que la cosa se ha hecho casi infinita, porque unos se constituyen públicos, otros particulares, otros sagrados, otros seglares, otros para el uso y necesidad, otros para ornato de la ciudad y otros para deleite de los templos. Pero nadie negará que todos no manaron de esos principios que hemos dicho, los cuales, las cosas siendo así, es cosa clara que todo el negocio de edificar consta de seis partes que son estas, región, área (terreno, lugar), partición, pared, techo y abertura. Estos principios si fueren primero sabidos vendrá a ser que las cosas que hemos de decir más fácilmente se entiendan……

Y también puede decirse que son de nuestro tiempo las palabras con las cuales define al arquitecto, también un eco lejano de las que siempre hemos oído decir.Están en el Prólogo (30-35):

Pero antes de que vaya más adelante me parece declarar a cualquiera que me tenga por arquitecto por qué no traeré al oficial de carpintería para que le comparéis con todos los varones de las demás ciencias, porque la mano del carpintero es instrumento del arquitecto. Pero determinaré que es arquitecto quien con cierta y admirable razón, y camino, hubiere aprendido a definir con el entendimiento y ánimo, como también determinar con la obra, cualesquiera cosas que por movimiento de pesos, reunión y ayuntamiento de cuerpos sean cómodas hermosamente a los principales usos de los hombres, las cuales para que las pueda hacer tiene necesidad de aprehensión y conocimiento de otras muy buenas y muy dignas: así que tal será el arquitecto.

Y Alberti llega incluso a otorgarle al arquitecto la capacidad, mediante su inventiva en relación a las fortalezas, defensas de la ciudad, artificios diversos y máquinas de guerra, la potestad de ayudar como factor esencial en el ataque o la defensa de las ciudades, llegando hasta decir: y lo que es más principal, el arquitecto vence con pequeño ejército cuando falta el soldado.

Termino con dos imágenes de una obra esencial de Alberti que comentaremos en la próxima Digresión.

Santa Maria Novella, Florencia-Obra canónica de Alberti, donde puso en práctica sus teorías sobre las proporciones, derivadas de la arquitectura clásica (1456).jpg

Estudio geométrico de Santa María Novella de Alberti.jpg

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DIGRESIONES (11)

Oscar Tenreiro

El primer tratado renacentista sobre Arquitectura, como publicación que resumía distintos principios y los ponía al alcance de muchos, se debió a Leon Battista Alberti (1404-1472).

Leon Battista Alberti (1404-1472)

Alberti fue un hombre de extraordinaria altura intelectual; publicó varios libros y decenas de escritos sobre muy diversos temas además de la Arquitectura: Pintura, Escultura, Filosofía, Literatura, Teatro, Oratoria, Política, Historia, Matemáticas, Geometría, Náutica y hasta Agricultura. Su Tratado sobre Arquitectura, De re aedificatoria, aunque escrito en 1452 sólo fue publicado en 1485, después de su muerte. Está organizado en diez libros, de los cuales los cinco primeros se relacionan con las cuestiones básicas de la construcción, luego cuatro al Ornamento, de los cuales el primero lo dedica a la Ciencia de las Proporciones y los otros tres al Ornamento Sagrado, al Público-Profano y al Privado, todos teniendo como referencia primera la arquitectura greco-romana. El décimo está dedicado a la restauración, lo cual es sumamente novedoso porque en los tiempos anteriores imperaba la idea de destruir los vestigios del pasado.

Alberti, su tratado De Re Aedificatoria, publicado en 1485.

La mirada de Alberti está pues dirigida, y como veremos la de Palladio casi un siglo después y la de todos los tratadistas del Renacimiento, al pasado Greco-Romano como modelo, tal como si se tratase, insisto en ello, de un imprescindible reconocimiento sin el cual la Arquitectura carecería de raíces, mensaje que se arraiga al mismo tiempo del nacimiento de la profesión de arquitecto, separada ya, repito, con Alberti como modelo, de la del artesano maestro constructor, del aparejador, del obrero calificado. Encuentro al respecto en la Enciclopedia Británica (pág. 380, Tomo 19 de la Macropedia) consulta obligada a los fines de estas reflexiones, lo siguiente: La Arquitectura del Renacimiento ya no se produjo más por los artesanos sino por hombres educados. En Italia durante los siglos quince y dieciséis el arquitecto fue gradualmente adquiriendo estatus social como resultado de su conocimiento y educación que se relacionaban con la teoría y los principios del diseño más que con el arte de construir…Y es, como mencionaba en la Digresión anterior, esta especie de nacimiento de una Teoría, un tipo de codificación que aspira a ser conocimiento, lo que consolida la idea de Estilo.

Estatua de Imhotep de 1650 A,C. (activo entre 2700 y 2601 A.C.) el legendario arquitecto de las pirámides escalonadas de Sakarahh. Se le dio después el estatus de Dios y patrono del conocimiento médico. Y se le identificó con el Dios griego Asklepios (su nombre griego es Imouthes). Es a menudo representado con esta pose, con la cabeza rapada y un papiro sobre las piernas. (Internet)

Arquitecto de la Catedral de Estrasburgo, cuando los arquitectos eran los Maestros Constructores. Imagen tomada de Summa Artis de José Pijoan

Filippo Brunelleschi (1429-1460) el más famoso arquitecto de los inicios del Renacimiento. Uno de los descubridores de la perspectiva y antecedente necesario de Alberti. (sobre él volveremos) (Internet)

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Ya avanzado el siglo dieciséis, gracias al atractivo intelectual del ejercicio de compilación y sistematización de la construcción, los tratadistas se multiplican. Es un ejercicio que abre acceso al Poder y permite subir en la escala social a los dueños de un saber, en tiempos en los cuales el saber importaba. En Italia pueden mencionarse Sebastiano Serlio, Giacomo da Vignola (cuyo tratado se utilizaba aún en el siglo 19 en la Escuela de Bellas Artes de París, contra cuyo uso reacciona Le Corbusier muy justificadamente), Andrea Palladio, de quien nos ocuparemos más adelante; en Francia, Androuet du Cerceau, Philibert Delorme, Jean Bullant (a quienes mencioné a propósito de Fontainebleau y Blois), el flamenco Vredeman de Vries, el alemán Wendel Dietterlin y el inglés John Shute. A ellos vendrán a sumarse los interpretadores de los tratados, los arquitectos en ejercicio, que cumplen el papel de profesores de arquitectura, comunicadores de sus experiencias, vehículos del conocimiento técnico, que agregaban a lo aprendido la narrativa fundada en sus certidumbres personales, no siempre acertadas pero provistas de un carácter canónico al cual debía ser fiel todo arquitecto en ciernes. Se va consolidando la profesión, el saber académico del arquitecto.

Respecto al supremo valor que se le otorga en lo sucesivo al pasado helenista puede ser útil hacer algunas precisiones.

Tengo un ejemplar en facsímil de Los Cuatro Libros de la Arquitectura de Andrea Palladio, publicado en 1570. Es sorprendente observar como dedica más de una tercera parte del Primer Libro al estudio detallado de los Órdenes Clásicos (Dórico, Jónico, Corintio y Compuesto), y todo el Cuarto Libro (en total casi la mitad de todo el Tratado) al estudio también detallado de una serie de templos Romanos.

Andrea Palladio (1508-1580) (Internet)

Portada del Tratado de Palladio

Estudio de la reducción del diámetro de una columna de Orden Corintio


Los Órdenes Dórico, Jónico y Corintio en las pilastras superpuestas a las fachada

Y mientras que el Primer Libro comienza analizando los materiales de construcción y el Tercero dedica un espacio importante a las estructuras de puentes, no deja ningún espacio para lo que pudiéramos llamar aplicación directa, fuera de artificios decorativos, de ese conjunto de conocimientos constructivos a la arquitectura, porque ésta siempre aparece revestida con aplicaciones de los órdenes clásicos. Es más, en el Tercer Libro muestra una invención personal (así la denomina) de mucho interés consistente en un puente de piedra sobre el cual construye una serie de estancias dedicadas al comercio, siguiendo el modelo del Ponte Vecchio florentino. Pero esas estancias, construidas como he dicho en piedra según las normas técnicas propias del material, también se engalanan con aplicación ornamental de vestiduras clásicas (pilastras y sus capiteles con los distintos órdenes, cornisas de imitación), llegando en la sección central al extremo de convertirla en la reproducción de un templo griego. Es en cierto modo, más allá del respeto que inspira este héroe de la arquitectura, una caricatura. Talentosa y refinada pero caricatura al fin, por lo cual es posible decir en tono crítico y desapegado que para uno hoy en día, lo verdaderamente importante del libro, extraordinaria enseñanza porque Palladio fue una figura central de la arquitectura del Renacimiento, es la descripción e ilustración de los edificios construidos por el mismo Palladio, obras de importancia decisiva en la evolución de la Arquitectura. Lo demás se agota en la identificación y descripción de los recursos imitativos de la antigüedad helénica.

Puente de Palladio

Ponte Vecchio, Florencia. (internet)

Ponte Vecchio, Florencia

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Volviendo a Alberti podemos encontrar pistas para entender mejor el camino que toma el desarrollo de la arquitectura a partir de los tiempos renacentistas. En el libro Sexto de su Tratado, donde se ocupa de las Proporciones, Alberti intenta definir la belleza en la Arquitectura con las siguientes palabras entre otras: Es…La Armonía entre todas las Partes sea cual sea su razón de ser, ajustadas entre sí con tal Proporción o Conexión que nada podría ser agregado disminuido o alterado sino para lo peor. Definición que tiene el mérito de intentar establecer criterios a respetar, pero al mismo tiempo la debilidad de todos los intentos que se dieron a lo largo de la historia de definir lo bello: se recurre a conceptos vagos que tienen rango filosófico pero que difícilmente pueden ser vistos como conocimiento. Sólo cuando Alberti se refiere a las proporciones, las cuales establecen los tratadistas en general según principios geométricos y matemáticos, se pisa terreno firme y pueden elaborarse algunas reglas que sumadas y enriquecidas tuvieron un importante rol en la arquitectura de los siglos posteriores. Porque armonía, ajuste, agregar, disminuir, alterar, son conceptos que se resisten a la precisión, con lo cual quien estudia el tratado buscando pautas para su acción inevitablemente termina recurriendo, apoyándose podría decirse, en la imitación de lo que el autor ha construido, para evitar el error. Y ocurre en consecuencia que sea la repetición de tipos, el uso de recursos ya probados, el deseo de reproducir efectos, lo que se realice en la práctica de los arquitectos, tal como ha ocurrido a lo largo de los siglos y sigue ocurriendo hoy. Sin que dejemos de tomar en cuenta que lo más sencillo de imitar termina siendo aquello que ya desde Vitruvio, lo he mencionado ya, se confunde con venustas, la belleza, es decir el ornamento, y específicamente al que viene dado por la herencia greco-romana. Lo cual generaliza una suerte de internacionalización del lenguaje arquitectónico basada en la decoración greco-romana, cada región del mundo aplicando el ornamento clásico y entendiendo a su manera (y con frecuencia desvirtuándolo) lo más difícil, lo más sutil, que es lo relativo a las proporciones, aspecto que se restringía al uso de principios geométricos y dimensionales que dependían de la habilidad y el talento (o torpeza) de cada arquitecto.

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Esa preponderancia de lo ornamental era un aspecto muy querido, muy cultivado por la vanidad cortesana en el enorme espacio cultural y social que se va consolidando y expandiendo en los siglos venideros en torno al Poder Absolutista, el cual en general concibe el exceso como imprescindible en la medida en la cual se quiere impresionar y establecer el prestigio mediante los símbolos construidos. Así el ornamento pasó a ser el principal instrumento utilizado por el arquitecto que buscaba la belleza tal como la entendía  la vida palaciega.

En resumen, pienso que los tratadistas, al intentar codificar los instrumentos teóricos (muchos comentaristas dicen que con ellos se inicia la Teoría de la Arquitectura) a disposición del arquitecto entre los cuales los únicos que podían considerarse trasmisibles en términos de conocimiento eran los ornamentales (ellos a su vez estrecha y exclusivamente unidos al pasado helenista), contribuyeron a restringir la dirección del desarrollo de la arquitectura, y promovieron una suerte de encajonamiento que se esparció por el mundo de los países europeos y terminó institucionalizándose en la formación del arquitecto con la tradición educativa Beaux Arts, impidiendo entender mejor, como vehículos de la belleza arquitectónica, las enseñanzas provenientes de las tradiciones constructivas medievales, aspecto que pasó a ser casi mal visto en los tres siglos que median hasta el barroco y el neoclasicismo decimonónico. Se apuntaba necesariamente a un callejón sin salida. Cualquier intento de innovación tenía, casi por necesidad, que orientarse hacia el exceso. La cuestión de las proporciones por ejemplo se convirtió en juego geométrico abigarrado y profuso que podía producir extraordinarios resultados si estaba a cargo de hombres de genio como fue el caso del barroco de Borromini (1599-1667) o podía llegar al gigantismo y la desmesura que he mencionado a propósito de Versalles o la arquitectura zarista.

Y ahora puedo decir que regresé al origen de estas reflexiones.