RAFAEL ARÉVALO GONZÁLEZ: CONSTANCIA, SACRIFICIO Y ESPERANZA (5)

Oscar Tenreiro

Si la conducta de Arévalo disparaba la mala conciencia política de quienes figuraban en la cima de la vida literario-cultural venezolana de su tiempo, pienso que igualmente los distanciaban de él dos prejuicios.

El primero sería la distancia con la cual se tiende a ver el ejercicio del periodismo desde los medios literarios. En el pasado, entre escritores, el periodismo era considerado como una actividad menor que roza desde fuera los límites de lo propiamente literario. Es sólo en el último medio siglo que se acepta la visión, el tono e incluso la técnica periodística como un género literario de pleno derecho[1]. Ese prejuicio tradicional se muestra en un pasaje del libro de Mariano Picón Salas Formación y Proceso de la Literatura Venezolana de 1940[2], a propósito del juicio del crítico y escritor Julio Planchart Loynaz (1885-1948) sobre la novela Peonía de Manuel Vicente Romerogarcía, novela que continuamente se menciona en Venezuela como la primera novela criolla[3]. Dice Picón Salas lo siguiente: Planchart arguye bien que la improvisada cultura de Romerogarcía y su tendencia al periodismo hacen de Peonía una obra heterogénea…frase que deja en evidencia que Planchart considera al periodismo –y Picón Salas parece asentir– escribir para la noticia, para la actualidad, para la polémica, para la denuncia, una actividad que puede actuar como deformación profesional que resta rigor a las formas literarias y en cierta manera actúa como peso muerto –tendencia– que restringe la libertad expresiva del escritor. El periodista pues, en esos tiempos de fines del XIX y principios del XX era visto como una especie de pariente del escritor, lejano y de valor menor. Los escritores pertenecían a un espacio cultural con raíces mucho más firmes que estos escribidores de actualidad y noticias. Tal vez por eso fue que Arévalo Gonzalez escribió sus dos novelas y sus Apuntaciones Históricas: para superar las barreras que lo separaban del mundillo de los escritores. Y si la aparente debilidad formal de ambas novelas –que ha trascendido–no lo ayudó, eso no demerita su huella como hombre de la cultura comprometido a fondo con la escritura como medio de participación en el intercambio social de un país que nacía.

Foto tomada por mí de Mariano Picón Salas, en París en 1959.

Julio Planchart Loynaz (1885-1948)

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Hay un segundo prejuicio que se muestra en la primera parte de la frase de Planchart sobre Romerogarcía, cuando dice su improvisada cultura. Adjetivación a la cual puede responderse diciendo que toda cultura personal tiene algo de improvisación: asomarse al muy vasto universo de la cultura exige llenar lagunas, suplir limitaciones, abrirse a lo sorpresivo, correr riesgos de no entender: ser capaz de improvisar. Y puede agregarse, además, oponiéndose al argumento de Planchart, que las virtudes culturales no necesariamente suman valor a lo que se escribe. De modo que lo que en realidad está haciendo el crítico con la argumentación comentada por Picón Salas, es buscar un modo elegante para distanciarse de Peonía y de su autor. Con lo cual nos da claves para inferir que la intelligentsia literaria-cultural podría haber visto a Arévalo González de modo análogo.  Porque Romerogarcía era, como Arévalo González, telegrafista; y también como él, había abandonado sus estudios universitarios. No eran viajados porque no tenían los medios para ello, ni se habían paseado por cenáculos del extranjero. Ambos fueron autodidactas, se cultivaron a sí mismos mediante la lectura y el ejercicio de la escritura, apoyándose, además, en una muy activa curiosidad cultural, muy evidente en Arévalo. Fueron amigos hasta que Cipriano Castro los separó. Por haber sido nada menos que Jefe del Estado Mayor de las milicias con las cuales Castro avanzó desde el Táchira hasta Caracas a la cabeza de su Revolución Restauradora, Romerogarcía frecuentaba las altas esferas, y eso le permitió actuar como mediador en los intentos de Cipriano Castro de granjearse el apoyo de Arévalo González. Habló con él sobre ello al menos en un par de oportunidades para recibir un drástico rechazo[4], actitud que los enemistó. Así fue al menos durante los primeros meses de la dictadura porque en 1902 Romerogarcía se hizo disidente y se fue al exilio[5].

Caricatura de Manuel Vicente Romerogarcía. La Mamola era un diario donde colaboraba.

Romerogarcía podía ser visto entonces por la gente de los mundillos o por un crítico literario, como un simple telegrafista sin roce académico. Tal como podía verse a Arévalo, quien igualmente era sospechoso de cultura improvisada. Y a pesar de que dejó una indiscutible huella como escritor-periodista en la sociedad venezolana de entonces, siempre quedaba espacio para no considerarlo parte de los cenáculos literarios más vanidosos, aparentemente más al día, ideologizados respecto a como debía escribirse –el modernismo o la visión positivista por ejemplo– lo cual probablemente Planchart consideraba más representativo o interesante para un crítico.

Si se toman en cuenta las imprevisibles vías que en los mundillos literarios siguen las desbordantes autoestimas –el ego– de cada quien, no es improbable que se haya querido mirar en menos a Arévalo desde el punto de vista intelectual y cultural. Que se lo haya querido mantener a distancia. Su andar solo pues, al cual me he referido, aludiendo a que no formó parte de las roscas políticas, se aplica con parecida razón a las roscas literarias.

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Y porque la historia, incluyendo la cultural, se escribe generalmente partiendo de las historias o recuentos existentes, yendo a las opiniones de los contemporáneos y si se habla de literatura leyendo lo que el consenso general recomienda leer; por todo lo que hemos dicho Arévalo González quedará siempre un poco lejos, en segunda fila. O desaparecido hasta el punto de que Picón Salas ni siquiera se tropezó con él en sus investigaciones para su libro sobre Cipriano Castro. Y así mismo ocurrirá con El Pregonero, pese a su importante tiraje (Arévalo habla de veinte mil ejemplares, cifra muy[6]sustancial para lo que era Caracas a comienzos del siglo XX), porque su tónica editorial siempre principista y anti-gubernamental, sujeta permanentemente a presiones autoritarias, exige ponerlo un poco lejos como para ser equilibrado, sobre todo si el historiador no escribe como ideólogo de un sesgo sino buscando objetividad o neutralidad. Esa neutralidad la quiso buscar –en mi opinión– Manuel Caballero al ver desde bastante lejos a Arévalo, como ya comentamos, en su libro sobre Gómez. Y me parece que por las mismas razones Polanco en su biografía del dictador –que también cité– cuestiona su conducta. En cuanto a El Pregonero, el diario venía herido de muerte desde los tiempos de Castro, con su director en La Rotunda varias veces y Odoardo León Ponte, su dueño, exiliado en Panamá donde murió repentinamente en 1905. Desde entonces el diario quedó en manos de sus herederos, su publicación interrumpida por las represalias, Arévalo González varias veces en prisión, hasta que, ya en los tiempos de Gómez –el objeto de estudio de ambos historiadores– cierra sus puertas definitivamente el 11 de Julio de 1913 al comienzo de la más larga prisión de Arévalo.  En esa oportunidad el diario fue allanado y se destruyeron los ejemplares de la edición del día salvándose sólo unos pocos porque –se dice– los escondió uno de los muchachos de venta al pregón. Abrupto cese que ausenta al diario del panorama político de un Régimen que duraría 22 años más, al tiempo que su director pasa quince años en prisión sin figuración alguna en el juego político bajo Gómez. Olvidado hasta el punto que Polanco, Caballero y muchos más pasan por alto la particular trascendencia de la actitud de resistencia pasiva que ya hemos comentado. Omisiones históricas, una por distancia, otra por silencio, que son frecuentes en sociedades frágiles e inmaduras como la nuestra: cosas importantes se olvidan, documentos se destruyen, memorias se pierden, versiones de lo ocurrido se establecen aún siendo incompletas o abiertamente falsas.

El Pregonero. Primera Página de la edición que lo sacó de circulación el 11 de Julio de 1913.

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¿Qué lleva a un hombre como Arévalo González a convertirse en defensor de una moral pública, de una ética republicana, de un proceder afirmado en una idea superior de clara raigambre cristiana definida hoy como el bien común? ¿Cómo explicarse que su celo moralista haya sido de tal género como para, además de defender sus puntos de vista en clave académica o puramente intelectual haya querido hacerlo en forma pública corriendo los riesgos típicos de un país donde campeaba la barbarie política, riesgos que lo llevaron a sacrificar su propia vida?

Es del proceso de búsqueda de respuestas a estas preguntas de donde más obtenemos enseñanzas de Rafael Arévalo González.

Si comenzamos por la última, podemos suponer que Arévalo actuaba por convicciones con raíces religiosas. Cuando era joven, sin embargo, no sólo no era religioso sino que en cierto modo hacía notar su ateísmo. Fue progresivamente que se convirtió en creyente. De este modo se expresa en sus Memorias[7]: …Era yo entonces (en su juventud) un empecinado materialista; no leía sino libros de ateos; casi de memoria me sabía las obras de Luis Büchner, principalmente la titulada ” Fuerza y Materia” [8]…En cierta ocasión me fajé muy bien, y en un artículo me declaré “enemigo personal de Dios”. Ruidosamente me aplaudieron y felicitaron los que eran más mentecatos que yo. ¿Cómo fue mi conversión? La fe no me tomó por asalto el corazón; pasó primero por el cerebro cuando este analizó este sólido argumento de Descartes: ¡Qué mayor absurdo, atribuirle un efecto inteligente a una causa ciega! Esto me hizo meditar. 

También fue masón en su juventud. Lo fue a instancias de su padre y lo dejó presumiblemente después de su matrimonio en 1896, cuando tenía treinta años. Y para entender algunas cosas del devenir histórico nuestro siempre conviene tener en cuenta que la masonería tuvo muy fuerte presencia en toda América y mucha en Latinoamérica, e igualmente en Venezuela, en tiempos de la lucha a favor de la república y etapas posteriores, cuando la iglesia católica y la masonería estaban enfrentadas en un pulso sordo que se manifestaba a veces abiertamente, como ocurrió en los tiempos del fascismo español. Ser masón en su primera juventud incluso le salvó la vida a Arévalo González, tal como narra en un pasaje de sus Memorias al referirse a un incidente cuando vivía aún en Río Chico y uno de esos caudillos locales que actuaban con su ley personal y disponían de las vidas de los otros quiso tomar represalias con él. Pasó pues por una experiencia muy común, la de dejar atrás las certidumbres afirmadas en una militancia juvenil, para madurar en la reflexión, punto de llegada que no es aventurado atribuir a la soledad y la vulnerabilidad del prisionero.

Porque sin duda hay resonancias religiosas en su riesgosa insistencia en la crítica que en un sentido amplio podría llamarse moral, pero sobre todo las hay en la mansedumbre que lo lleva a soportar la cárcel como si fuese una puesta a prueba de la solidez de sus puntos de vista, evitando en sus alegatos a favor de la posición que sostenía –rasgo admirable– exponer o subrayar los padecimientos a los que fue expuesto, los cuales apenas menciona. Evita así de un modo que parece deliberado que esos padecimientos le envenenaran el alma o sirvieran de abono al resentimiento y la amargura. Porque resulta ejemplar constatar que a lo largo de sus Memorias no sea posible encontrar manifestaciones de odio o imprecaciones a sus carceleros sino más bien vigencia plena de una actitud crítica reflexiva y contenida. Al tiempo que tampoco se dejó llevar por una visión piadosa de sí mismo, una elaboración de sus tropiezos y derrotas como argumentos evangelizadores, rasgo ejemplar en esos tiempos de permanente confrontación del tradicionalismo religioso con la visión positivista.

Símbolo masónico en el billete de un dólar estadounidense. El ojo de Dios, Gran Arquitecto del Universo.

 

[1]La novela A Sangre Fría del estadounidense Truman Capote (1924-1984) concebida como un reportaje periodístico, es una obra pionera de la simbiosis periodismo / literatura o realidad / ficción. Es una de las primeras novelas-reportajes del mundo cultural de los Estados Unidos.

[2]Formación y proceso de la Literatura Venezolana / Mariano Picón Salas / Universidad Católica Andrés Bello / 2010 Reedición a cargo de Cristian Álvarez.

[3]…Peonía tiene un alto valor histórico. Es la primera gran tentativa de criollizar plenamente nuestra novela; de meter la lengua popular en una gran obra narrativa…Op. Cit. Pág 124.

[4]Pág. 166 y siguientes de las Memorias.

[5]Regresó a Venezuela en tiempos de Gómez y debe salir en 1909 de nuevo al exilio a Europa donde se reconcilia con Castro, viaja a Colombia y se radica en Aracataca (el pueblo donde nació Gabriel García Márquez) dedicándose a la agricultura y la destilación de licores. Muere en 1917. Había nacido en 1861.

[6]Pág, 214 de las Memorias.

[7]Op. Cit.Página 24.

[8]Ludwig  Büchner (1824-1899), filósofo, escritor y médico alemán (http://www.filosofia.org/mat/mm1855a.htm). El título de la obra en alemán es Kraft und Stoff publicada en 1854. Se puede leer en Internet mediante el link anterior en versión en pdf. En el prólogo dice Büchner: El único mérito que tiene nuestra obra es el de no negar cobardemente las consecuencias que se desprenden de un estudio imparcial de la Naturaleza, basado en el empirismo y en la filosofía…y más adelante: Nada nos parece más insensato como los esfuerzos hechos por algunos naturalistas distinguidos para conciliar las ciencias naturales con los artículos de la fe religiosa.

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RAFAEL ARÉVALO GONZALEZ: CONSTANCIA, SACRIFICIO Y ESPERANZA (4)

Oscar Tenreiro

Incluyo aquí la carta-telegrama que envió Rafael Arévalo Gonzalez el 25 de Febrero de 1928 al dictador Juan Vicente Gómez pidiéndole la libertad de los estudiantes universitarios presos en el Castillo de San Carlos de Puerto Cabello. Algunos la habrán llamado ingenuidad; creo que es más bien como dije al comienzo de estas reflexiones, un espejo en el cual el tirano vio reflejado su cinismo. Y descargó su ira enviándolo a prisión y acelerando su muerte.
Mencioné esta carta en la segunda entrada sobre Arévalo González. el pasado 31 de Enero

Las Memorias de Arévalo González permiten conocerlo mejor. Ayudan a clarificar su conducta y acercarse a su pensamiento. Por estar inconclusas sin embargo, dejan en suspenso muchas cosas y dan la sensación de cierto desorden que incomoda la lectura. La edición de 1976 que tuve a mi alcance y he comentado, da la impresión de haber sido llevada a imprenta con cierto apresuramiento porque el texto está en un solo bloque, sin separación de párrafos según temas y con no pocas repeticiones, con el agravante de que no siguen una sucesión cronológica clara. Por momentos uno se pierde entre los episodios que se narran. Defectos que llevaron a la realización en los años noventa de una segunda edición financiada por la Fundación Ricardo Zuloaga y dirigida por Luis Enrique Alcalá. No me fue posible tener acceso a un ejemplar de esta edición, pero por Internet puede llegarse a una versión en pdf cuya lectura recomiendo a pesar de los problemas ya mencionados, superados los relativos a la organización del texto http://revistasic.gumilla.org/wp-content/uploads/2015/06/Memorias-R.-Arévalo-G.pdf. No puede decirse que se trata de una pieza literaria con especiales méritos, pero sí revelan un deseo de comunicación asumido con mucha sinceridad que ayuda a situar a Arévalo en su contexto y penetrar sus intenciones a la vez que sus limitaciones. Todo lo cual sumado a la espontaneidad de la narración tiene la virtud de vincularnos directamente a la persona que escribe, reproduciendo el siempre presente milagro de la palabra impresa: hacernos compañeros, distantes o próximos, del autor. Fueron escritas, como ya he mencionado, un par de años antes de su muerte, lo cual se muestra en los párrafos dedicados a las omisiones de la sociedad venezolana de entonces respecto a la situación del país bajo Gómez.

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Rafael Arévalo González, probablemente antes de su tercera prisión gomecista.

Elisa Bernal, esposa de Rafael Arévalo González (esta foto y la anterior son tomadas de la biografía de Arévalo por Mariela Arvelo)

Y al decir que las Memorias no son una pieza literaria se puede entender parcialmente la distancia que los historiadores de la cultura han tomado respecto a Arévalo González. En primer lugar, por sus imperfecciones literarias, que en algunas partes le da al texto un tono como de relato doméstico, imperfecciones sin embargo muy explicables si tomamos en cuenta las circunstancias en las cuales las escribió, recién salido de una nueva y última prisión, pobre y casi menesteroso, la salud afectada, marcado por la impresión de que el régimen dictatorial, usando sus mismas palabras, parecía eterno. Eran apuntes que esperaban una revisión que la enfermedad terminal hizo imposible.

Aparte de eso están los comentarios que han llegado hasta nosotros sobre las novelas que siendo muy joven escribió –Escombros (1892) y Maldita Juventud (1904)–ambas publicadas por él mismo y la primera vendida enteramente según él lo dice en las Memorias [1], comentarios que no son favorables y podrían considerarse negativos[2]. Y es que puede decirse con la información que existe, que Arévalo, seguramente por ausencia de suficiente espíritu crítico, específicamente literario, cometió el error de abordar el género de la novela –­tan complejo, tan difícil– desde una perspectiva excesivamente pedagógica, persiguiendo un objetivo que podríamos llamar moral en el caso de Maldita Juventud, y ético-político –siempre su preocupación– en Escombros, ambos objetivos en verdad abiertamente ideológicos, como incluso el título de cada novela lo sugiere. Escribió la primera cuando apenas tenía veintiséis años en tiempos del presidente Raimundo Andueza Palacio cuyos afanes continuistas combatió –según él, dejó a Venezuela en escombros [3]– y la segunda a los treinta y ocho años, en La Rotunda en condiciones muy adversas a raíz de su experiencia al ser hospitalizado, llevado desde la prisión al Hospital Vargas de Caracas[4]por padecer escarlatina. En el hospital, escribe Arévalo,…había visto…de cerca en el salón de sifilíticos, donde sin serlo fui alojado… las manifestaciones externas de esa terrible enfermedad. Tuvo además el proyecto –que interrumpió– de escribir otra novela con el título Quien siembra vientos, a fines de 1923, recién hecho preso como sospechoso (¡!) de haber participado en la conjura que llegó hasta el asesinato de Juan Crisóstomo (Juancho) Gómez, hermano del dictador, asesinato nunca aclarado totalmente, uno de los incidentes más confusos de la política venezolana, muy propio de la oscuridad del autoritarismo. También Arévalo González escribió un libro, Apuntaciones Históricas [5],que se publicó por capítulos en Atenas [6] la revista literaria que fundó y sobre la cual me extenderé un poco. En la versión como libro, publicada en 1913, agregó un cierto número de ensayos[7]. Sobre este libro no existen, que hayan llegado hasta hoy, comentarios que alienten su lectura. Agreguemos a estos aportes literarios la publicación en 1933[8]recién salido de su última prisión en La Rotunda, de su traducción del inglés –aprendió el idioma como autodidacta– hecha durante su tiempo de cárcel, de la novela de corte policíaco Aventuras de un ex-presidiario del muy prolífico escritor británico (una especie de antecesor del belga Georges Simenon (1903-1989), escritor al por mayor, de centenares de novelas de misterio) Edward Phillips Oppenheim (1866-1946) https://es.wikipedia.org/wiki/Edward_Phillips_Oppenheim un hecho cultural sin duda alguna, que si podía ser visto con menosprecio en el mundillo de los apóstoles caraqueños del modernismo [9]literario  à la Ruben Darío, era de importancia en un medio tan limitado culturalmente, tan estrecho e inseguro. Pues bien, nada se menciona sobre esto en los recuentos históricos.

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Y porque tiene importancia especial dada su conexión con las inquietudes culturales del momento –lo que queremos destacar– es esencial decir que Arévalo González funda en 1908 una revista literaria, Atenas, que después se transformó en 1915, en Revista de Ciencia y Arte, en la cual colaboraron, especialmente poco después de su aparición, importantes figuras de la intelligentsia literaria venezolana. Atenas era quincenal y deja de publicarse en 1921 poco después de la muerte de Elisa su esposa, quien la administraba y de las ventas directas o por suscripción podía obtener algún sustento para ella y sus numerosos hijos durante las prisiones de su esposo. Estuvo publicándose durante doce años hasta 1921 con una interrupción de un año durante 1909[10], persistencia en el tiempo que no es nada desdeñable. Con la interrupción en 1915 de la publicación de la muy reconocida revista literaria, políticamente neutral, El Cojo Ilustrado, fundada en 1892, queda Atenas como única revista cultural en Caracas. En el primer número hay un texto titulado Propósitos[11]que define las intenciones de la revista: Sí; aspiramos a que los hombres de ciencias y de artes, vean en esta publicación un mensajero de vastos alcances, capaz de esparcir por toda la República y aún más allá de las fronteras, cuanto conciban…y puedan expresar sus plumas para apresurar el progreso moral y material de Venezuela…Y luego menciona a los colaboradores, entre los cuales hay nombres que habrían de sonar mucho, entre otras razones porque se los vincula con el mundo cultural –literario– de más alto nivel de entonces: Rufino Blanco Fombona, Pedro Emilio Coll, Esteban Gil Borges, Manuel Díaz Rodríguez, Andrés Mata, Santiago Key Ayala, Francisco Pimentel y Luis Manuel Urbaneja Achelpohl.  Atenas estuvo activa durante mucho más tiempo que la revista Cosmópolis, muy mencionada en los recuentos sobre literatura porque se le atribuye la introducción del modernismo en Venezuela: nombrarla a propósito de la renovación literaria venezolana es casi un lugar común. Y Cosmópolis fue fundada en 1894 –duró sólo hasta el año siguiente–precisamente por dos de quienes Arévalo cita como colaboradores de Atenas: Pedro Emilio Coll y Luis Manuel Urbaneja Achelpohl, además de Pedro César Dominici. Es obvio asumir que una persona tan celosa de su proceder como Arévalo González tuvo contacto personal con cada uno de los nombrados para pedirles que lo acompañaran. Y si entre los colaboradores figuran dos de los responsables de haber fundado 15 años antes una revista literaria promotora según los comentaristas de un movimiento literario, puede concluirse en que la figura de Arévalo tenía capacidad de convocatoria entre los más exigentes ¿No es este hecho suficiente para que Atenas –y su fundador– no se hayan evaporado de los recuentos histórico-literarios al uso?

Portada de El Cojo Ilustrado, de 1905.

Reproducción tomada de la Biografía de Arévalo González escrita por Mariela Arvelo

Pedro Emilio Coll (Internet)

Manuel Díaz Rodríguez. En sus Memorias Arévalo González dice que Díaz Rodríguez estaba siempre en actitud “de dar lecciones” Tal como en esta foto.

Francisco Pimentel (Job Pim)

Luis Manuel Urbaneja Achelpohl

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El clima político en el cual Arévalo decide fundar la revista era de optimismo y confianza en que se estaba iniciando una etapa más alentadora: se salía de una dictadura que, a pesar de la estima que le tienen los anti-imperialistas acartonados y esquemáticos a causa del famoso incidente de la deuda externa[12], era vista en general como un yugo autoritario personalista y corrupto que cesaba con la toma del poder por Gómez, quien por su parte daba espacio para pensar que establecería las bases de un ejercicio democrático. Era un momento pues de prudente confianza; y en los editoriales que redactaba para El Pregonero y que Arévalo comenta en sus Memorias  se puede notar que le daba al nuevo gobierno el beneficio de la duda.

Pero las expectativas de Arévalo González con la revista y su relación con la intelligentsia de entonces iban a cambiar. Todos los colaboradores que mencionó[13]en ese número introductorio de Atenas, con la única excepción de Urbaneja Achelpohl quien parece ser que se ubicaba al margen de la política, es decir, era un indiferente o más bien cuidaba sus espaldas y sus intereses; todos esos colaboradores digo, en los años que habrían de seguir, de una forma u otra, se convirtieron en gomeros, como se les decía en la Venezuela de entonces a los participantes cercanos o lejanos, como funcionarios o como favorecidos, de la longeva dictadura de Juan Vicente Gómez. Compruebo con estupor que sólo uno de los nombrados, Francisco Pimentel (1889-1942) (quien usó el seudónimo Job Pim como humorista), fue opositor abierto a la dictadura. Muchos se hicieron diplomáticos porque era usual ofrecerlos para ganar su silencio. Castro le ofreció cargos a Arévalo, entre los cuales cita en sus Memorias varios, dos de los cuales me parecen significativos por su importancia: el Consulado en Le Havre, Francia, y la Presidencia del Estado Zulia. Ambos los rechazó con argumentos que necesariamente lo marcaban. ¿Cuántos de los colaboradores iniciales de Atenas, luego sujetos de favores, iban a apoyar abiertamente la revista fundada y manejada por un adversario moral de primer orden de la dictadura gomecista? ¿Cuántos de entre ellos superarían el miedo de ser vistos en mala compañía [14]?

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Así habla Arévalo del miedo en sus Memorias poco antes de su muerte (Pág. 286):…tuvo mucha razón Pío Gil[15]cuando opinó que la gran enfermedad nacional es el miedo, y como una comprobación de lo que he dicho en diversas ocasiones; que no son los asalariados de la clase baja, sino los prohombres de la clase directiva los que tienen la culpa de que en Venezuela se hayan sucedido y arraigado, una tras otra, tantas tiranías. Cuando entre nosotros se habla del atraso de nuestra Patria …se añade que esto sucede porque nuestro pueblo no está preparado. Y en este caso se quiere expresar con el vocablo pueblo, no el conjunto de todos los habitantes, sino a los obreros, a los jornaleros, a los peones …Pero es el caso que en las muchas manifestaciones cívicas que en mi larga vida pública he presenciado no he visto hombres de pro, de los que usan frac, sino hijos del pueblo de los que usan blusa…Que nuestro pueblo no tiene la requerida preparación ciudadana; que no conoce ni sus derechos ni sus deberes y que por esto no podemos librarnos de los absolutismos; pero ¿no los conocen los Grisanti, los Arcayas. los Díaz Rodríguez, los Gil Fortoul, los Vallenilla Lanz, los Gil Borges, los Carlos Borges, los Andrés Mata, los Andrés Vegas, los Dominicis, los Pedro Emilio Coll, los Eloy González, los Fernández García, los Antonio Alamo y tantos y tantos (¡legión!) que con su prestigio científico, literario y social, han dado el mejor apoyo al despotismo horrendo y, al parecer, eterno de Juan Vicente Gómez?…Cuando Chocano[16]vino a Caracas dijo que, habiendo visto en torno de ese tirano a todos sus compañeros de El Cojo Ilustrado que eran la flor y nata de la intelectualidad venezolana, pensó que el gobierno que tenía Venezuela era lo mejor que podía tener, ¿Cómo pensar de otro modo? ¿Cómo admitir la prostitución moral de toda una generación de intelectuales? ¿Que no todos hemos nacido para mártires? ¿Que el espíritu de sacrificio no se da silvestre? ¿Y quien pretende tanto? Basta con que les hagan el vacío a los malos gobiernos. No se les exige que luchen hasta estrellarse; pero que siquiera se abstengan de poner sus luces, sus célebres nombres, y su prestigio social al servicio de gobiernos que deshonran cuando se los sirve.

 ¿No nos habla este lamento a los venezolanos de hoy?

[1]Pág 140 de la edición de 1977)

[2]En el Diccionario de Historia de Venezuela de la Fundación Polar, la entrada sobre Arévalo González, redactada por Roberto J. Lovera de Sola dice: Su obra propiamente literaria resulta discutible. Sus novelas …resultaron fallidas pues en ellas vertió, respectivamente, sus preocupaciones sobre la corrupción política durante el régimen de Raimundo Andueza Palacio y su angustia ante el contagio de las enfermedades venéreas; no son obras de imaginación pura sino trabajos en los cuales la creación está contaminada con las tesis que el autor sostiene en ellas

[3]¿No nos dice algo a  los venezolanos de hoy?

[4]Pág. 196 de las Memorias. Fue escrita en La Rotunda, durante la última prisión bajo Castro que sufrió Arévalo González. Con la fecha de publicación de la novela puede pensarse que Arévalo salió de la prisión en ese mismo año 1904. No hay otra fuente a la mano para deducirlo.

[5]Mariela Arvelo sugiere en su biografía que hay material para un segundo tomo de Apuntaciones Históricas.

[6]Atenas era quincenal y deja de publicarse en 1921 poco después de la muerte de Elisa Bernal de Arévalo quien la administraba y sobrevivía económicamente, con sus diez hijos, ayudada por las ventas directas y por suscripción.

[7]Consideraciones ingenuas, El ciudadano esclarecido, Réplica a un amarillo, y Contestación a Tavera Acosta- pág. 107 de la biografía de Mariela Arvelo

[8]Deduzco la oportunidad de publicación por una imagen de la portada del libro que aparece en la biografía de Mariela Arvelo  (pág. 106) con la fecha 1933.

[9]https://es.wikipedia.org/wiki/Modernismo_(literatura_en_español)

[10]Biografía de Mariela Arvelo Pág. 116

[11]Op, Cit. Pág. 114.

[12]Me refiero al famoso (en Latinoamerica) Bloqueo Naval a Venezuela https://es.wikipedia.org/wiki/Bloqueo_naval_a_Venezuela_de_1902-1903motivado por la negativa coyuntural de Cipriano Castro a pagar la deuda externa venezolana, que convirtió a Castro durante unos meses en un héroe nacional cuya figura se exaltó en el continente. Pasó de despreciable dictador que oprimió y trató a Venezuela como su propiedad, buen antecedente de Gómez, en un postizo líder de la dignidad tanto entonces como sobre todo para los historiadores marxistas del siglo-veinte pos-dictaduras-venezolanas, que le perdonan las peores cosas a quien se enfrente, aunque sea de mentirillas, al Imperio. A Castro el marxismo le perdona todo por la famosa proclama que comienza: La planta extranjera…tal como hoy en día perdonan la corrupción política y moral de la llamada revolución bolivariana porque se viste con el barniz anti -norteamericano.

[13]Mariela Arvelo sólo menciona algunos, los que transcribí; pero hay otros menos sonoros.

[14]En la pág. 284 de las Memorias, Arévalo narra el celo, hasta con explosiones de ira, del Dr. Carlos F. Grisanti, quien iba a tener importantes responsabilidades diplomáticas bajo Cipriano Castro, para que no vieran entrar a su casa, con la revista, al repartidor de Atenas. Con Gómez Grisanti hasta llegó a ser  Presidente del Congreso títere, en 1922.

[15]Pedro María Morantes (1865-1918), abogado, escritor y polemista político que se opuso personalmente a la dictadura de Cipriano Castro. Escribió al respecto dos libros, El Cabitoy Cuatro años de mi cartera, casi de carácter panfletario, que denunciaron la corrupción de ese Régimen y sobre todo de su máximo responsable.https://es.wikipedia.org/wiki/Pedro_María_Morantes

[16]José Santos Chocano (1875-1934) poeta peruano conocido como “el cantor de América”, según Wikipedia su vida fue rocambolesca y estuvo ligada a la de los dictadores y los caudillos latinoamericanos de su tiempo.

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RAFAEL ARÉVALO GONZÁLEZ: CONSTANCIA, SACRIFICIO Y ESPERANZA (3)

Oscar Tenreiro

Mi respeto por los autores que he mencionado me impide pensar que fueron sus prejuicios los que los llevaron a ubicar a Arévalo González en la parte semioscura de la escena histórica, verlo desde lejos, o simplemente no verlo. Pero lo que ocurrió con ellos exige buscar allá del simple pasar por alto para mejorar nuestra percepción de lo que ha ocurrido y viene ocurriendo entre nosotros los venezolanos. Por una parte, cuando se lanza la mirada hacia el pasado con deseos de indagar y entender, lo haga una persona de limitadas luces o un intelectual de alto vuelo, lo primero que capta el interés son los hechos más significativos, y a partir de ellos se va penetrando en los procesos que los determinaron y las personas que formaron parte de la intrincada red de pequeños y grandes aportes, individuales o de grupos, que les dieron forma. Hablar de hechos en ese tiempo venezolano es sobre todo hablar de luchas entre partidos o facciones con vistas a debilitar o afirmar las palancas del poder, o de conjuras destinadas a derribar o exaltar liderazgos, asuntos que no se vinculan directamente con la actitud de vigilancia crítica que ejerció Arévalo González orientada a la controversia pública civilizada –la prensa– y no a promover asociaciones políticas. Por eso, Arévalo González es respecto a esos hechos, en cierta medida, lo que en inglés se llama un outsider, alguien un poco forastero, que opina y promueve sin estar directamente involucrado en el manejo de los hilos del confuso juego general.  Lo hace notar –lo cité más arriba–Guillermo Meneses (1911-1978) el importante escritor venezolano, con admiración pero sin duda también con extrañeza, lo cual nos advierte que en un contexto en el cual lo que predomina es la conjura, la zancadilla política y la constante y con frecuencia irracional disensión, pase desapercibido su aporte, acaso por considerarlo irrelevante.

Por otra parte, Arévalo González fue en realidad un derrotado, un derrotado que estuvo prisionero durante veintitantos años de su vida sin que esa entrega de su libertad tuviera, aparentemente, repercusión alguna en la marcha general de las cosas [1].Y siendo completamente cierto que de los prisioneros poca gente se acuerda (como vemos que ocurre en el tiempo actual venezolano) mientras la vida sigue un curso ajeno al padecimiento de quien está aislado en una cárcel, estar preso implica el riesgo cierto de ser relegado al olvido. No creo por ejemplo que nuestros líderes de la Independencia o la opinión pública aún restringida que hubiere entonces, se ocuparan de Francisco de Miranda, el visionario impulsor del inmenso despertar de un continente. Desde que se le hizo preso [2]hasta morir en 1816 su ausencia no se hizo notar –­no se le menciona más– y lo que es más significativo,  la memoria histórica apenas permite conocer algunas cosas sueltas, y  sus dos años finales de reclusión en La Carraca están sumergidos en una casi total oscuridad. Así pudo ocurrir en esa pocilga indigna que era La Rotunda. Allí en cierto modo desaparecía Arévalo cada vez que lo apresaban. En alguna medida se perdió tras los sucios muros la huella más inmediata de su andar. Allí se congelaron sus sueños y debió pensar en las madrugadas tristes y silenciosas en las cuales hablaba consigo mismo, que todo lo que sacrificó lucía vano, olvidable. Difícilmente podría haberse imaginado que la  persistencia de su legado se impondría por sobre la crueldad que lo quiso acallar.

De nuevo los calabozos de La Rotunda (Internet)

Un preso político (anónimo) en La Rotunda, portando perno y grillete en los tobillos para impedir su movilidad: los grillos que impusieron Castro y Gómez (Internet)

De nuevo aquí el cuadro (fragmento) de autor desconocido que muestra a Rafael Arévalo González en su celda

Los grillos, en los pies de Arévalo (pesaban diez kilos y producían llagas)

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Cabe decir además que cuando Picón Salas escribe Los días de Cipriano Castro, no habían sido publicadas las Memorias de Arévalo. Al igual que es probable que la investigación que debió hacer Picón Salas, llevada a cabo en tiempos dictatoriales –Pérez Jiménez (1948-58)– haya tropezado con limitaciones en sus fuentes de información, de modo que las omisiones de quienes habían historiado los comienzos de nuestro siglo XX pudieron filtrarse hasta él.

Pero si bien pueden ser esas las razones en su caso, hay otro aspecto de la cuestión que no sólo lo afectaría a él sino a Polanco, Caballero, o cualquiera que en los tiempos que fueron publicados sus libros hubiera tenido noticias de la vida de Arévalo González: no se había instalado aún, de pleno derecho y claramente identificada como conducta de contenido subversivo de corte político, la no-violencia y uno de sus correlatos: la resistencia pasiva. https://es.wikipedia.org/wiki/Resistencia_no_violenta  Siendo cierto por ejemplo que la huelga como derecho obrero en ciertas condiciones es una forma de resistencia no-violenta, activa, que se practica desde larga data, la huelga de hambre, de tipo pasivo, era muy poco común y hoy en día su utilización se ha extendido por el mundo[3]. La no-violencia irrumpe en la conciencia mundial hace menos de un siglo impulsada por la conducta y las enseñanzas de Mahatma Gandhi (1869-1948). Es sobre todo a partir de su ejemplo y su singular liderazgo ético cuando se empiezan a considerar en todo su valor moral y su posible impacto para influir en las conciencias de los detentadores del poder, las distintas formas de resistencia no-violenta [4], entre ellas –es importante notarlo– el encierro voluntario.  Hoy se ha convertido en un tipo de conducta de alta jerarquía ética, herramienta utilizada por los espíritus superiores que entienden que es un medio para convencer sin violentar, para expandir una idea sin imponerla, un instrumento de especial contenido cívico en un ámbito social y político que aspira a ser democrático. Nada de eso estaba del todo claro en tiempos de la vida Arévalo González, y aún hasta casi terminado el siglo XX. Sin embargo, intuitivamente, siguiendo convicciones que podemos conjeturar, este hombre obstinado y valeroso actuó según esos principios convirtiéndose sin proponérselo en un temprano pionero de la no-violencia en el mundo americano y tal vez en el ámbito universal.

Mahatma Gandhi siendo confrontado por un policía durante una manifestación pacífica en Suráfrica en 1913 (Internet)

Martin Luther King fue un apóstol de la resistencia no violenta. Aquí hablando en una concentración en 1962 (Internet)

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  Digamos finalmente, para abundar desde una perspectiva más personal en el tema del olvido, que si me atengo a lo que ha sido mi modo de ver la historia venezolana pos-independencia, la de quienes conozco y podría decir que la de mi generación –y de las que han seguido–resulta lógico que una personalidad como la de Arévalo González no figure entre la constelación de referencias que se nos presentan para entender mejor lo que hemos sido. Porque su legado, como ya he dicho muchas veces, es de carácter ético; su actuación estuvo motivada por principios. Y aparte de que en nuestra educación temprana se nos hablaba sólo de la etapa heroica, auténtica o disminuida, de la Guerra de Independencia, cuando correspondía hablar de los inicios republicanos, más que de los fundamentos de una ética republicana, se hacía referencia a la lucha de más de cinco décadas entre facciones que se suponía constituidas a partir de ideas y principios que solo se enumeraban, lo cual es casi lo mismo que ignorarlos. En resumen, la narración predominante sobre el período republicano, la que recibí yo y mis compañeros de generación, se atiene sobre todo a los hechos, sólo marginalmente a las ideas que orientaron a los distintos grupos de opinión que los impulsaron. Ideas que muchas veces se usaban como pretextos sin realmente examinar sus consecuencias, por lo cual muchos se autocalificaban, sin serlo, de liberales o conservadores[5] –federación o centralismo– movidos más bien por conveniencias y apetitos que por las ideas que decían orientarlos y muy pocos sabían explicar. Y los hechos son, vuelvo a decirlo, un batiburrillo de difícil comprensión que se examinaba muy superficialmente. Si como excepción en ese escenario borroso puedo referirme en mi caso personal a la admiración que me inspiró Fermín Toro (1806-1875), se lo debo a Gonzalo García Bustillos (1929-2004)[6], quien muy jovencito y recién graduado de abogado, durante una suplencia que ejerció estudiando yo cuarto año de secundaria en el Colegio La Salle de Tienda Honda, nos habló con pasión y admiración de este importante personaje, hombre de ideas que además tenía fama de excelente orador. Nos leyó algunos párrafos que afirmaban los principios democráticos del discurso inaugural de Toro en la Convención de Valencia de 1858  https://es.wikipedia.org/wiki/Convención_Nacional_de_Valencia. Lo hizo con vehemencia y destacaba algunos párrafos entre los cuales recuerdo vagamente uno que aludía a quienes como perros famélicos aspiraban a cargos públicos para robar el dinero del pueblo. Y podría explicarse esta excepción porque García Bustillos era en ese momento –1954– un opositor activo a la dictadura de Pérez Jiménez y a través de las palabras de Fermín Toro buscaba despertar en nosotros el celo democrático.

Fermín Toro. Retrato de Antonio Herrera Toro (1897) (Internet)

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Celo era precisamente lo que movía a Arévalo González, con la característica fundamental de que Arévalo nunca tuvo una figuración en la marcha institucional de la república distinta del alcance de su modesta labor de periodista. No formó parte de los principales partidos en liza –liberales y Conservadores– ni se vinculó a grupos de opinión o mundillos intelectuales[7]. En resumen, no participaba de modo activo y comprometido en conexión con allegados que se apoyan mutuamente siguiendo el patrón típico de la sociedad venezolana. Mundillos que en el lenguaje coloquial nuestro se denominan roscas. Grupos mayores o menores análogos a los que abundan en la adolescencia y definen muchas cosas –quien es y quien no es– en el espacio provinciano de relacionados, amigos o amigotes, que terminaban –y terminan hoy por igual– decidiendo muchas cosas en los medios políticos de una sociedad inmadura. Sociedad que demuestra su fragilidad y su ausencia de espesor cultural al cultivar lo que se ha llamado el amiguismo, origen de muchos males aún en la Venezuela contemporáneaY allí tocamos tierra, porque según lo que puede leerse en sus Memorias, el carácter puntilloso de Arévalo González –siempre insistiendo en sus principios– lo mantuvo alejado de las distintas roscas perdonavidas y excluyentes del tiempo en el que vivió. ¿No es este andar solo algo que usualmente entre nosotros programa o impone el olvido? ¿No podemos acaso decirlo a partir de la experiencia de nuestras vidas?

Antonio Leocadio Guzmán, uno de los fundadores del Partido Liberal venezolano. Retrato de Martín Tovar y Tovar. Su hijo, Antonio Guzmán Blanco, como Presidente de Venezuela fue un autócrata manipulador disfrazado de demócrata. Y se enriqueció groseramente (Internet)

Tomás Lander (1787-1845) fue también uno de los fundadores del partido Liberal (Internet)

Bandera del Partido Liberal de Venezuela.

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La mixtificación de nuestras herencias históricas se ha hecho corriente entre los jerarcas del Régimen que hoy ahoga a Venezuela y para ello ha contado con el aporte de su intelectualidad cómplice, muestra clara de su mediocridad e ignorancia selectiva. Se ha centrado con frecuencia en la manipulación interesada de los motivos que rigieron los actos de algunas de las figuras del pos-independentismo y particularmente en los acontecimientos bélicos en los cuales participaron. La violencia armada se presenta como una especie de necesidad coyuntural cuya inevitabilidad exige aceptación y por supuesto justificación. Y así se habla de un acontecimiento que marcó mucho los acontecimientos del tiempo de Arévalo y que con justicia puede considerarse la insensatez colectiva mayor de nuestra historia si no incluimos la que ahora estamos sufriendo: me refiero a la llamada Guerra Federal. Ella se describe y se comenta en términos militares de enfrentamientos entre enemigos sin destacar la inmensa torpeza moral que fue, las tragedias que desencadenó. Y su futilidad, en particular a la vista de lo que ocurrió después de concluida: continuaron, incluso con mayor fuerza, los vicios que se querían derrotar y el federalismo político e institucional fue en realidad letra muerta, la guerra no sirvió ni para justificar su nombre. Fue insensatez como es insensatez toda guerra. Y me refiero a ella de modo específico porque sólo es ahora cuando leo en las memorias de Arévalo González de manera clara, una condena al absurdo que fue, juicio que deja de lado cualquier comentario atenuante que intente justificarla aún parcialmente: …Fui, pues, engendrado y concebido en días calamitosos, cuando nuestra desventurada Venezuela estaba dando traspiés, aniquilada, desangrada, empobrecida, recién salida de una guerra de cinco años, que tronchó un sinnúmero de vidas, que, vorágine tremenda, devoró riquezas y riquezas; todas las riquezas acumuladas por la laboriosidad de los hijos de esta tierra tantas veces empapada en sangre de hermanos[8]

Y lo irónico, lo que debería hacernos reflexionar, es que quienes han justificado la Guerra Federal como manifestación de una violencia justiciera o porque ven que lo que cada bando decía defender es una temprana escenificación de la lucha cruenta entre buenos y malos que promueven, son los mismos que hoy han destruido a Venezuela. Los mismos que en nombre de una sedicente revolución que anida en sus almas –un poco frustradas– justifican la iniquidad y se han hecho cómplices de la indignidad que actualmente padecemos. Son los descendientes directos de quienes quisieron callar a Arévalo González.

Acuarela de autor desconocido (1860), probablemente un viajero extranjero, representando soldados federalistas durante la Guerra Federal (1850-1863) (internet)

[1]He usado muchas veces esta frase para designar el acontecer, el devenir histórico de cualquier sociedad. Lo tomé de la obra Principios de la Ciencia Nueva (1725) del filósofo napolitano Giambattista Vico (1680-1744) que leí hace muchos años. Me llevó a ella un ensayo (no recuerdo el título, tal vez fue La Expresión Americana) del escritor cubano José Lezama Lima (1910-1976). De cuya obra sólo puedo decir además de elogiar ese excelente ensayo, que intenté leer su novela Paradiso y me fue imposible.

[2]Estuvo primero en el Castillo de San Carlos de Puerto Cabello, luego en El Morro de Puerto Rico y finalmente en La Carraca desde fines de 1814 (murió en Julio de 1816).

[3]La Asamblea Médica Mundial  AMM adoptó en 1991 la Declaración de Malta en la cual instruye sobre las medidas a tomar respecto a la Huelga de Hambre (Internet)

[4]Así la define Wikipedia:La resistencia pasiva está basada en la doctrina de la no violencia la cual es descrita como: una ideología que representa toda una propuesta en positivo para entender los conflictos y transformar la sociedad. Desde una perspectiva no-violenta, los avances históricos de la humanidad han sido posibles por su capacidad de evolucionar cooperativamenteLa Resistencia pasiva se define a su vez así: La resistencia pasiva o pacífica es una forma de lucha política, basada en la doctrina de la no violencia, consistente en diversos tipos de acciones pacíficas hostiles al poder político, tales como la desobediencia civil, manifestaciones y marchas pacíficas, encierros voluntarios…

[5]Lo mismo que ocurrió cien años después entre adecos, supuestamente social-demócratas, y copeyanos, supuestamente social-cristianos.

[6]Vinculado al partido social-cristiano Copei desde muy joven. Abogado, Hombre culto, de ideas, muy discursivo y cordial, fue Embajador de Venezuela ante la OEA, Embajador en Cuba y Ministro de la Secretaría de la Presidencia en el gobierno de Luis Herrera Campins (1979-1984).

[7]Fundó una revista literaria, Atenas, pero la manejaba más como administrador y garante de su publicación que como integrante de un grupo literario.

[8]Pág. 86 de las Memorias

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