TODO LLEGA AL MAR (12)

Oscar Tenreiro

No es que no hubiera pensado que podía quedarme en Francia en una época en la que los venezolanos no emigrábamos, sino que veía con ansiedad positiva la posibilidad de iniciarme en un contexto económico en el cual las oportunidades estaban a la vista. En efecto, Venezuela se movía hacia adelante a pesar de las tensiones políticas, pero había optimismo y los más jóvenes, en general, no concebían la posibilidad de estar fuera. Intentarlo todo dentro del país parecía ser un consenso para la inmensa mayoría de los que comenzábamos nuestra vida profesional.  Y a ello no era ajeno mi hermano Jesús, en muchos sentidos mi apoyo en la distancia, quien me escribía poco antes de que hubiésemos empezado la preparación de nuestro regreso acerca de la conveniencia de hacerlo señalándome además la posibilidad cierta de ser parte del cuerpo docente de nuestra Escuela. Recuerdo claramente la carta en la cual me lo dijo y recuerdo también que le contesté diciéndole lo poco convencido que estaba sobre la posibilidad de ser profesor, yo, que tenía tantas inseguridades no resueltas. Y al mismo tiempo llegaba a decirle, ante sus argumentos que apelaban al orgullo de ser de esta tierra y deberse a ella, él quien para los superficiales era una especie de europeo –porque Jesús siempre fue fiel y apasionado hombre de aquí– llegaba yo a llamarle la atención repito, sobre una frase que rescaté de un texto de Unamuno en la cual dice con otras palabras que hay personas, quizá pueblos enteros incapaces de vivir desde el fondo del alma. Pretendía ilustrar con ellas una visión negativa –y fantasear sobre un no-regreso– de las indiferencias venezolanas que en ese entonces juzgaba desde mi intensa y rígida religiosidad.

Pero a pesar de todas las dudas y argumentos partimos un día de Setiembre de 1962 manejando hacia Nápoles con nuestro bebé de diez meses y las maletas que cabían en el Volkswagen, para embarcarnos en el Irpinia en clase turista llevando también al escarabajo alemán, y once días después desembarcar en La Guaira.

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Para un matrimonio con un niño y otro en camino –mi mujer esperaba nuestro segundo hijo– las cosas no iban a ser fáciles. Ya al poco tiempo de regresar pude darme cuenta de que trabajar en vivienda social que era lo que más deseaba, no iba a estar tan a la mano. Toqué puertas aquí y allá, una de ellas en la oficina encargada de la nueva Ciudad Guayana y nada conseguí hasta que finalmente Oscar Carpio, Director de la Escuela de Arquitectura, con Julián Ferris como Decano, me ofreció un cargo de Profesor Instructor Interino a Dedicación Exclusiva que comencé a ejercer en Diciembre de 1962.

Y poco después, se presentaron dos circunstancias que irían a tener peso: una, la de construir, otra la de profundizar en el conocimiento de la disciplina.

Vayamos a la primera.

Un amigo, Pedro Sosa Franco, condiscípulo durante la carrera a quien frecuenté en París donde él también se encontraba por razones de estudio, me propuso asociarnos –sin acuerdo legal, simple amistad– y así lo hicimos durante algunos años. Pedro tenía algunos contactos en sectores que podían interesarse en construir, y fue uno de ellos lo que motivó inicialmente nuestra asociación. Se trataba de un par de ingenieros vinculados a una de las petroleras extranjeras en Venezuela quienes deseaban construirse sus casas en un par de lotes para casas pareadas en una parte de la ciudad que recién en ese año comenzaba a urbanizarse. Sus nombres, Valera y Sarjeant ilustraban sus procedencias: un criollo de los Andes y un trinitario venezolanizado. Eran los comienzos de 1963. Como ya he dicho, la economía marchaba y había optimismo a pesar de la subversión de inspiración cubana, la misma que hoy dirige a Venezuela, así que no me resultaba difícil pensar que las casas se iban a construir. Con lo cual llegamos a una situación que nos diferenciaba claramente de los demás países Latinoamericanos: un joven como yo, sin experiencia ninguna, con una formación intelectual bastante incompleta, podía construir.

Y lo asumí con una gran naturalidad. La construcción era para mí un campo inexplorado. Sabía poquísimo de diseño de detalles, para lo cual la construcción es la fuente principal de conocimiento, pero hice los mayores esfuerzos para proponerlos de acuerdo con el sentido común, algo que por supuesto no iba a garantizarme resultados del todo satisfactorios, pero ponía en manos de los artesanos –abundantes y de calidad, generalmente europeos meridionales– su solución definitiva. Los usos establecidos por otra parte, dejaban para la intervención profesional formal el cálculo y diseño final de la estructura a cargo de algún ingeniero conocido, pero las instalaciones las proyectaban dibujantes con un conocimiento básico (había pocos ingenieros sanitarios o mecánicos), que tomaban el Anteproyecto y a mínimo costo realizaban cálculos y proponían soluciones, todo a la medida de la fragilidad institucional venezolana. Era sin embargo en forma rudimentaria, y llamo la atención sobre ello, un procedimiento análogo al que seguía cualquier arquitecto francés que en lugar de trabajar con conocidos hubiera acudido a un bureau d’études: planteaba un Anteproyecto y entregaba a otros la realización del proyecto. Con la gran diferencia de que en un país como Francia hacía mucho tiempo que construir había dejado de ser asunto de artesanos y pequeños constructores.

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He hablado del cómo, pero ¿cuales iban a ser mis instrumentos para responder al qué?

Durante los años de escolaridad un estudiante de arquitectura recibe sin duda un entrenamiento que permite organizar el edificio, y si se trata de un estado de cosas como el venezolano, dominado sin discusión alguna por la tradición de la modernidad, rendido a las influencias de los modos de abordar la arquitectura nacidos a principios del siglo veinte y consolidados en la segunda posguerra, eso es más cierto aún. Habían pasado para mí cinco años de ir y venir sobre temas de organización de los elementos de un programa, de hablar de circulaciones internas, de rozar el tema de las proporciones (rozar, porque era sólo una referencia light), de discutir sobre la orientación, la protección solar, la topografía, de ver arquitecturas de otros en un medio en el cual se construía con particular intensidad, de referirse a las características del esqueleto estructural, concepto, el de esqueleto, característicamente moderno, y de unas cuantas cosas más que permiten al joven arquitecto no estar del todo desprovisto de instrumentos. Pero faltaba sin duda, o era escaso, comprensible para esa edad tan temprana, todo lo referido a los fundamentos, a lo que guía el esfuerzo técnico, al conjunto de razones o intuiciones que le dan dirección a lo que quiere hacerse, aquello que en nuestra disciplina sólo se logra con el aplomo de los años y los múltiples intentos. Como he dicho más arriba, fue la imitación lo que orientó mis esfuerzos.

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En esos años la estética del ladrillo-concreto estaba en el ambiente. Hacía poco tiempo que Corbu había terminado las casas Jaoul (1954-56) y a partir de ellas los críticos, como ya comenté unas líneas atrás se habían dedicado a inventar el brutalismo dándole el rango de estiloque en realidad devino en moda que prosperó en todo el orbe. Moda que no por serlo dejaba de inspirar buenas cosas como ocurrió en Venezuela con la hermosa casa de Jaime Hoyos[1], arquitecto colombiano-venezolano (en Colombia comienza en ese tiempo a generalizarse esa estética hasta convertirse en tema cuasi-ideológico) construida en 1962. Pero había habido ya una segunda generación de la estética del ladrillo-concreto que trabajaba el ladrillo fuera del canon brutalista, uno de cuyos ejemplos podría ser las casas de bajo costo que Louis Kahn construyó en Filadelfia en el conjunto de Mill Creek en 1959-61 o las de alto nivel que I.M. Pei construyó en Society Hill, Filadelfia, en el mismo tiempo de nuestras casas, 1963-64.

Durante unos años durante mis viajes hice pequeños dibujos (11×7 cm.) de lo que me interesaba. Visité las casas Jaoul en 1985 y tuve una muy interesante conversación con Mme Jaoul. Por cierto, su hijo,geólogo, había estado en Venezuela.

Una de las casas Jaoul (Internet)

Las casas del conjunto de Mill Creek de Luis Kahn. Lo visité junto con Domingo Alvarez –el flaco– en 1965 y subimos a las torres. Los muchachos de los apartamentos se burlaban cuando decíamos que el arquitecto era famoso.

Otro aspecto de las casas (de interés social) de Mill Creek-Filadelfia de Luis Kahn.

A la derecha una de las casas (tipo town-house americano) de I.M. Pei en Society Hill, Filadelfia, de 1963-64. Al fondo se ve una de las dos torres del conjunto que es de un alto nivel económico. El ladrillo está trabajado con una finura de alto costo. También visité este conjunto en 1965.

Esa fue la dirección que tomó mi esfuerzo imitativo. Y su rasgo más propio, más original si se quiere –realizado de manera incompleta o tal vez sólo balbuceado– era la división de la planta por una doble altura en la cual se ubicaba en Planta Baja la escalera principal y un estar familiar, espacio al cual se llegaba desde la calle por un pasillo cerrado que quería ser una analogía del zaguán de nuestras casas tradicionales. Todo eso aparte de las sorpresas de la inexperiencia como me ocurrió con las proporciones –los antepechos de las ventanas demasiado altos–  o el manejo de la luz natural, esto último expresado en las dificultades que tuve para convertir las tomas de luz sobre la escalera en cañones de luz, intención que era un leve despropósito. Y también el manejo de la topografía con desniveles que se llevaron a las casas de modo demasiado literal, además de la mala solución –o más bien la no-solución– del adosamiento lateral entre ellas

Las casas Valera-Sarjeant. Todavía incompletas. Foto de 1963.

Foto tomada cuando ya las casas estaban ocupadas pero no transformadas como están hoy. Ignoro la fecha en la que la tomé.

Otra foto del mismo día de la anterior.

La doble altura tomada desde la planta alta. La cruza un puente que en ese momento aún no tenía barandas (1963-4).

Desde el estar hacia el comedor a través de la doble altura. La escalera tampoco tenía todavía barandas (1963-64)

Pero pese a todas esas limitaciones debidas a mi incapacidad para hacerme un cuadro claro de los puntos débiles que pueden convertirse en problema –algo que depende de un talento natural que me era esquivo– la experiencia de construir me proporcionó un campo seguro de conocimiento que compensaba mi falta de destrezas, cuestión que hoy me revela, junto a otras evidencias, cuan lento ha sido mi desarrollo, obligándome constantemente a la práctica de prueba-error, práctica –ya lo mencioné–típica del Taller en las escuelas de arquitectura, la cual desde otra perspectiva podría juzgarse como constitutivo de nuestra disciplina. Porque me atrevo a decir que los arquitectos trabajamos siempre siguiendo esa mecánica: intentando reproducir lo que imaginamos, o lo que imitamos, para encontrarnos con obstáculos o impedimentos que nos obligan a intentarlo de nuevo, hasta encontrar lo que nos convence. Y allí queda para bien o para mal.

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Pensando que una buena preparación previa en la fase de proyecto me debía ayudar a encontrar el camino de mi prueba y error, dediqué muchísimo tiempo a trabajarlo. Junto con mi socio, quien había conseguido el trabajo, hacíamos uso de un espacio de la oficina ya establecida de Gustavo Legórburu (1930-2013) y Américo Faillace, amigos mayores conocidos a través de Jesús Tenreiro, quienes compartían una amplia oficina del Centro Comercial Mata de Coco en Chacao. Allí estuvimos sin pagar alquiler, como sus huéspedes, durante varios meses mientras culminábamos nuestro proyecto. Pedro mi socio, gracias a su constante cordialidad era una buena compañía para tantas horas de trabajo, casi desproporcionadas para el tamaño del encargo, en las cuales me dediqué muy cuidadosamente a estudiar los alzados dibujando a mano croquis escrupulosamente construidos que me ilustraban sobre las posibilidades del ladrillo a la vez que me distraían de problemas más importantes, o mejor, más significativos, cuyo efecto final no es difícil identificar en la obra construida.

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Hablar de ésta opera prima y los desvelos que la acompañaron obliga a decir algo de lo que era ejercer la arquitectura en Venezuela en ese tiempo y después de él llegando en algunos aspectos hasta hoy. A pesar de las oportunidades de construir que en ese entonces estaban a la mano, el rol del arquitecto era aceptado de modo muy incompleto y precario. Se le asignaba un valor tan bajo en términos económicos e incluso de aceptación social-cultural que establecerse de modo formal se hacía muy difícil. Ya he dicho que la asociación que había formado con Pedro Sosa Franco se basaba en simple amistad sin tener respaldo legal, pero además de eso los honorarios que recibimos por las casas eran tan escasos que resultaba imposible pensar en constituir una empresa, un estudio de arquitectura formalizado y estable. Continuábamos cada uno por su lado trabajando durante todo el día, él en una oficina del gobierno, yo en la Facultad de Arquitectura, para con los respectivos sueldos poder contribuir al sostén de nuestras familias, ambos con dos hijos y yo con un tercero en camino. Con lo cual queda dicho que el proyecto Valera-Sarjeant lo hacíamos como moonlighting, fuera del horario de nuestra diaria actividad formal. Había pues en mi situación –la de mi socio mucho más cómoda que la mía– un sacrificio en la organización del tiempo normal de trabajo extremadamente agudo, que nos obligaba a trabajar 13 o 14 horas diarias y llegar a nuestras casas muy avanzadas las noches, situación que continuó durante al menos dos años más y tendría efectos no solo sobre lo que hacíamos sino sobre nuestras relaciones cercanas y lejanas.

Interior de una de las casas Jaoul. La escalera del trópico es familia directa de la escalera francesa. (Internet)

[1]Tuve mucho contacto que podría llamar social con Jaime Hoyos, arquitecto colombiano radicado en Venezuela, en los años inmediatamente posteriores a mi regreso. Era yo un admirador de su casa y fue durante una visita a ella que comenzamos a frecuentarnos. Unos cuantos años mayor que yo, tal vez diez o algo más, estaba casado con una hermosa mujer noruega, algo dura de carácter como puede esperarse de alguien del norte, a quien según entiendo había conocido en Europa, con quien tuvo dos hijos cuyo destino desconozco. Jaime estuvo un tiempo radicado en Valencia-Venezuela donde construyó al menos una casa, la de Saúl Branger, muestra de muy buena arquitectura; y sé que hizo otras cosas de igual calidad. Fue factor importante en la oficina de Julián Ferris y autor en ese tiempo de excelentes proyectos entre ellos la Biblioteca Nacional que no se construyó y parte de la Universidad de Oriente. Jaime Hoyos merece ser recordado y sus obras estudiadas. Su casa es de primera línea y vocación patrimonial. Pero Venezuela es ingrata, lo sabemos.

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TODO LLEGA AL MAR (11)

Oscar Tenreiro

También me interesó la conferencia de Paul Bossard (1928-1998), luego de la cual fue nuestro anfitrión en la visita a su conjunto de viviendas en proceso de terminación –Cité des Bleuets, en el suburbio de Créteil– de escala más bien modesta comparada con los grands ensambles como el terrible Sarcelles que ya habíamos visitado.

Sarcelles en una especie de gigante de los Grands Ensambles parisinos. Ignoro cual es su situación actual.

Bossard buscó, en colaboración con la empresa de prefabricación Coignet, una textura natural colocando piedra bruta en los moldes de vaciado de los elementos prefabricados en los bordes de los entrepisos, proyectados hacia afuera como aleros de protección, un intento que aparte de darle profundidad a la fachada y protección a las ventanas –de madera, otro rasgo especial– se aleja del convencional mosaico de cerámica blanco-grisáceo o de tonos pastel, típico de los ensembles. Lo de la piedra es un recurso que bien pudo estar inspirado en las piezas prefabricadas de los balcones de las celdas de los monjes de La Tourette de Le Corbusier pero usando lajas que resaltan diferenciándose –tal vez demasiado– de las demás superficies. Con el uso de ventanas de piso a techo formando además cortina en ciertos sectores, logró una mejor iluminación y una calidez que resalta al usar el color como acento. En resumen, era una experiencia fundada en aspectos útiles y siempre vigentes en la arquitectura –color, texturas, búsqueda de la luz natural, calidez– fuera de todo criterio estilístico pero derivados de la experiencia de Corbu. Pude percibir ese vínculo que en definitiva apuntaba al deseo de proponer un lugar para vivir fuera del adocenamiento de la mayor parte de los conjuntos de vivienda que visitamos.

Uno de los edificios de Cité des Bleuets de Paul Bossard, en Créteil, suburbio de París.

Detalle de los balcones de las celdas de los monjes en La Tourette de Le Corbusier. Son piezas prefabricadas vaciadas sobre una cama de piedra picada. Foto de 2008

Otro aspecto del conjunto de Bossard. (Internet)

Entre los demás arquitectos que hicieron exposiciones sólo mencionaría por la impresión que me dejó –algo de interés y mucho de rechazo– la de Émile Aillaud (1902-1988) un arquitecto cuyo mérito radicaba en practicar una operación de maquillaje de los edificios producto de la prefabricación. Logró introducir la curvatura en la huella del edificio y que la cerámica aplicada en los paramentos exteriores siguiera patrones libres a la manera de nubes que actuaban suavizando la rusticidad elemental de la arquitectura. Se conoció bastante el conjunto llamado Les Courtillières en Pantin, un suburbio parisino, en el cual un edificio de más de un kilómetro de largo serpenteaba rodeando un espacio de parque; y años después cuando las técnicas de prefabricación y el dinero disponible lo permitieron construyó edificios de planta cilíndrica o, como en el caso de un conjunto inmediato a La Défense –el extremo opuesto del Eje Monumental que comienza en el Louvre y pasa por el Arco de Triunfo–asociaciones de semi-cilindros revestidos de nubes de color. Todo ello cediendo a una pulsión decorativa que reconocía la pobreza de una arquitectura que a mí, un joven sin experiencia y apenas salido de unos estudios básicos, me lucía como un kitsch a la francesa que pretendía emular la libertad formal de un Niemeyer sin una pizca de su genio.

Vista aérea de la Cité des Courtillières conjunto de Émile Aillaud en Pantin, suburbio parisino (Internet).

Otro aspecto de la Cité des Courtillières de Émile Aillaud.(Internet)

Una de las torres de Émile Aillaud en La Défense, París.(Internet)

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Los Grands Ensembles y en general su calidad arquitectónica y urbana, pese a ser en definitiva una solución numérica, dejaban una impresión dudosa. La organización de los conjuntos de bloques estaba determinada generalmente salvo algunas excepciones que no podría nombrar hoy, por puras consideraciones de rendimiento económico de los sistemas constructivos, con muy poca atención hacia aspectos de calidad urbana surgidos de concepciones no utilitarias del espacio público: lo fundamental era número y eficiencia económica. La calidad arquitectónica de los servicios comunes era mediocre, y se construían posteriormente como operaciones independientes de la concepción del conjunto. No era pues de dudar que se llegara a hablar de un millón de viviendas al año, lo cual, si es verdad que era una necesidad numérica en vista del enorme déficit de viviendas de Francia da también una idea del importante efecto –problemático– que sus deficiencias tendrían en la calidad urbana de las ciudades francesas. El deterioro social e incluso físico era previsible y fue objeto de intensos debates en los años posteriores produciendo correctivos que tuvieron interés –como el programa Pour une Architecture Nouvelle PANy soluciones compensatorias de menos interés, puramente formales y apegadas a las tentaciones posmodernistas, como el oportunismo de Ricardo Bofill en los Espaces d’Abraxas y las excentricidades de Manolo Nuñez con sus Arènes de Picasso, ambos de los primeros años ochenta.

“Los Espacios de Abraxas” Conjunto de vivienda en Noissy-Le -Grand, suburbio de París, de los primeros años 80, puro posmodernismo de Ricardo Bofill.
(Internet)

“Les arènes de Picasso”, conjunto de vivienda de Manolo Núñez, apoteosis del maquillaje, también de los primeros ochenta. (Internet)

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Al tomarle un mínimo pulso a las ideas que circulaban sobre arquitectura, para lo cual era muy útil la experiencia de nuestro curso, me resultó evidente que entre los arquitectos con encargos oficiales y sobre todo entre los funcionarios, el mensaje de Le Corbusier se ignoraba de modo deliberado. En el discurso más común sobre la arquitectura y la ciudad su aporte no existía. Hasta cierto punto, fue mi impresión entonces, para un amplio sector profesional vinculado al establecimiento el tiempo de Le Corbusier había pasado.

Yo no estaba en capacidad de juzgar acerca de los orígenes de ese silencio. Lo veía en primer término como consecuencia de la mezquindad y la envidia, además del siempre presente chauvinismo (Le Corbusier en definitiva era un extranjero suizo) que hay en mayor o menor grado en la mentalidad típicamente francesa. Hoy puedo ver que en aquellos tiempos ese silencio sentaba las bases de la posterior campaña de descrédito hacia Corbu desatada en con el posmodernismo y alimentada por un chauvinismo cultural de signo contrario particularmente en los Estados Unidos. Y también puedo ver hoy que se fundaba en la ignorancia respecto a la totalidad del legado corbusiano, en la tendencia –tal vez compensación de la presencia enorme de Corbu en el discurso global de la inmediata posguerra– a tomar en cuenta sólo las partes más coyunturales de su pensamiento. En todo caso, este no es el lugar para adentrarme en el tema por lo demás importante y de necesaria aclaración, sino para hacer notar mi sorpresa de entonces.

Pero ignorar a Corbu se explica también por una razón adicional.

Prosperaba en ese entonces en Europa el debate sobre la Planificación Territorial y Urbana, que se quería ver –y así también hoy– como una aplicación de conocimientos estrictamente técnicos, como ciencia exacta, visión que impulsó fuertemente el prestigio del Urbanismo como herramienta imprescindible para la comprensión de la ciudad[1]. Las izquierdas marxistas de esos años hicieron tanta militancia a favor de la Planificación basándose en las prácticas soviéticas –que se calificaban a priori de exitosas– que no era posible hablar de la ciudad sin recurrir a la retórica con revestimiento científico, delUrbanismo. Y en esa retórica no podía figurar la arquitectura; hablar de arquitectura cuando se hablaba de ciudad era mal visto[2]Y prosperó entonces, como decía, una especie de culto a la Planificación Urbana que careció en muchos casos de efectividad real, precisamente por su negación del valor esencial de la arquitectura para construir la ciudad. Fue incapaz por ejemplo de ayudar en Francia a corregir los graves errores cometidos en los grandes planes de construcción de viviendas en la periferia de las grandes ciudades francesas y sobre todo la parisién, agobiadas por una arquitectura escandalosamente mediocre carente de ideas acerca de la configuración y enriquecimiento del espacio público. Esto, por supuesto, hoy es historia y se reconoce ya abiertamente que la ciudad y su espacio público se construyen con la arquitectura. Ahora bien, la higiénica distancia que los urbanistas de esos años –distancia que se cultiva también hoy– marcaban respecto a la arquitectura, vino a ser razón importante para que se diera esa especie de confabulación por el silencio respecto a Corbu, sin dejar de mencionar la mezquindad.

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Tanto lo que aprecié en el curso como lo que podía ver fuera de él, en la ciudad o en los comentarios, me dejó la impresión de que la arquitectura francesa de ese momento estaba estancada, dominada por el peso de una eficiencia ingenieril administrada por los Bureau d’Études–oficinas de consultoría que actuaban como intermediarios entre el Estado y los arquitectos– con mínima participación de nuestra disciplina en las decisiones tanto de política de inversiones como del quéhacer y cómohacerlo, con un peso enorme del Estado y un mínimo espacio para la iniciativa privada. Era muy poco, pensaba, lo que podía haber de interés; y de hecho, no creo que podría citar un nombre dentro de ese panorama que captara mi atención. Así que me dediqué en los tiempos libres que me dejaba mi compromiso de trabajo con la SETAP de Lagneau, a las excursiones que ya he narrado en otra parte para aprender de la arquitectura histórica, específicamente del gótico, conocer la ciudad y algunos de sus rincones, y a tratar de llenar algunas lagunas.

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Esto último nos llevó hasta Lyon con nuestras dos amigas, Ana y Alicia, a conocer La Tourette, una excursión que fue una nueva prueba para mí de que la máxima enseñanza, podríamos decir la rúbrica del aprendizaje de un arquitecto, está en la arquitectura construida. Y por supuesto en el estudio documental de planos e imágenes. En este caso muy a la mano porque el incesante espíritu de comunicación de Corbu y su fama generalizada hizo circular los documentos básicos sobre La Tourette por el mundo entero.

Así que ya conocía este monasterio, su disposición en el paisaje, su organización, sabía de los materiales utilizados, de las incidencias que llevaron a construirlo. Pero la palabra definitiva, la que me dejó huella profunda, la tuve cuando visité la iglesia adyacente al claustro, en su lado norte.

Todavía había monjes en La Tourette en ese entonces, no como hoy cuando a causa de la disminución de la iglesia católica, se ha convertido en lugar solitario destinado a eventos culturales además de las visitas del peregrinaje arquitectónico universal. Así que ni mi mujer ni Alicia y Ana pudieron entrar a la zona de clausura:  todo el monasterio menos la iglesia y el recibo con sus locutorios. Y me adentré a las distintas dependencias pero sin poder entrar a las celdas.

Fuimos después juntos a la iglesia. Aún recuerdo la emoción que sentí al entrar a ese espacio absolutamente desnudo y sin embargo lleno –me permito la licencia descriptiva a falta de palabras– del sentido de lo sagrado que menciona Corbu a propósito de Ronchamp, su otra obra maestra. No esperaba, cuando juzgaba a partir de planos y fotografías, que de tanta aparente rigidez, la de una especie de caja de zapatosconstruida en imperfecto concreto, con un techo plano de losas del mismo concreto que parecen suspendidas como un plafón, sin otra ruptura de su monotonía que no sea la del acceso a la cripta y del otro lado los accesos y la sacristía señalada por una pared roja inclinada que recibe luz; que de esa simplicidad deliberada pudiera resultar una atmósfera tan hermosa, tan conmovedora. El secreto, lo sé mucho mejor ahora que en ese entonces, está en las proporciones (la obsesión de Corbu hoy tan olvidada) y en una feliz intuición respecto al manejo de la luz y el color. Quedó derrotada para mí a causa de esa vivencia, toda la retórica moderna (porque Corbusier no es el típico moderno, hoy lo digo con énfasis) que busca la solemnidad del espacio para el culto fugando hacia lo alto mediante cambios de direcciones de los elementos estructurales, inclinando más o menos las superficies de muros y techos, jugando con el volumen. En ese entonces no hubiera podido decirlo de ese modo porque era sólo un sentimiento. Pero no lo olvidé y se guardó en mi memoria hasta transformarse en concepto. Tampoco olvidé el papel esencial del color, que en la cripta donde están los altares secundarios se expresa en una puesta en escena memorable. El color como acento, como contribución eficaz a la creación de una atmósfera, como manifestación de la luz. Más allá de su eventual papel decorativo inspirado en el gusto de un seleccionador de tonos, Corbusier muestra en La Tourette –rasgo presente por lo demás en toda su obra– que el color en su arquitectura es la presencia de lo animado, de lo dinámico, de lo que se mueve con nosotros, de la vida. Y por eso es primario, porque señala lo esencial.

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La otra enseñanza, y desde la perspectiva que me ha dado el tiempo y las circunstancias la considero la más importante, es que la imperfección no disminuye el valor de la arquitectura. En La Tourette, edificio construido con limitaciones presupuestarias importantes, hay muchísimas imperfecciones constructivas directa consecuencia de la escasez de fondos. Algunas de esas imperfecciones pondrían los pelos de punta a cualquier arquitecto del éxito actual, pero es mínimo el efecto que tienen en el impacto que el edificio causa, en las palabras que nos dice. Y pensé en aquella visita que se me decía que la perfección en arquitectura y en el arte en general es una cualidad que no se impone sobre las otras: nuestro juicio sobre lo perfecto o imperfecto depende de circunstancias. Circunstancias y coyunturas que lo hacen relativo. Lo que juzgamos perfecto o imperfecto lo es en relación a un modelo (a un canon formulado claramente, fruto de un consenso no escrito, o simplemente el que llevamos en el alma); la perfección y la imperfección son conceptos siempre relativos. Esa convicción empezó a germinar en mí en La Tourette y aún hoy trato de hacer militancia con ella, sobre todo cuando veo los caminos que transita la arquitectura actual. Recuerdo en particular lo rudimentaria que era la hoja metálica movible de los aéreateurs verticales, demasiado liviana, giraba con esfuerzo, parecía abollada, su cierre no era hermético pudiendo comprometer el control climático del edificio; la notoria rusticidad del concreto visto con toscas juntas entre vaciados pobladas de rebarbas; La pintura de sitios claves como la cripta de los altares –lugar mágico– ya un tanto erosionada. Y así muchas cosas que seguramente inquietaban a los monjes. Pero todo eso era parte de una personalidad; en cierto modo teníaque ser así. ¿Y es que acaso las grandes arquitecturas que nos emocionan, heredadas de los tiempos, no están plagadas de defectosoriginales o causados por el tiempo y el uso?

La iglesia de La Tourette. Foto de 1961 escaneada recientemente al igual que todas las que siguen con excepción de la última. Está levemente movida porque es un Kodachrome de muy baja sensibilidad (50 ASA)

La Tourette 1961

La cripta de los altares secundarios. La luz natural que entra por las grandes aberturas (los “cañones de luz”) y los colores primarios, son elementos de la arquitectura que acompañan el drama de lo sagrado.

Arquitectura

Padre Nuestro…

Cuarenta y siete años después (2008) nueva visita a La Tourette.

La iglesia de La Tourette en el paisaje. El volumen sinuoso corresponde a la cripta de los altares secundarios. (1961)

Los “cañones de luz” sobre la cripta. Nótense los terminales (los pequeños cilindros) de los cables del postensado del concreto. Alta tecnología de su tiempo

[1]En ese tiempo el Urbanismo se había convertido en la disciplina a estudiar si se hablaba de la ciudad. Se minimizaban los rasgos que esa disciplina comparte con las ciencias sociales en general, es decir su carácter dependiente de variables no siempre exactas dada su dependencia de la fuerte y errática influencia del contexto político y económico, en muchos casos impredecible. Hoy en día vemos más claro que muchos de los supuestos de las teorías urbanas son de tal modo dependientes de realidades múltiples y en cierta medida indeterminadas que terminan siendo especulaciones. Seductoras pero especulaciones al fin. Hoy podemos decirlo con claridad.

[2]Hace unos tres años estuvo de visita en mi casa, traído por el común amigo Víctor Artis, el Arq. Gustavo Ferrero Tamayo, un verdadero prócer de los estudios urbanos en Venezuela. Recuerdo perfectamente que hablando generalidades sobre Ciudad Guayana –el motivo de la visita era hablar de lo que ella significó como nueva ciudad– cuando en la conversación yo intervenía, Ferrero me interrumpía un tanto irritado: ¡…pero eso es arquitectura…! : si hacía notar puntos de vista como arquitecto; le parecía que me estaba desviando del tema ciudad.

 

TODO LLEGA AL MAR (10)

Oscar Tenreiro

Fuera de mi actividad de becario y el viaje al Norte, el resto del tiempo pasado en Chile, que duró hasta Noviembre de 1961, algo más de un año, poca relación tuvo con la arquitectura, aparte de la oportunidad que me brindó el arquitecto Jaime Bendersky Smuclir (1922-1976) de ser su asistente –de modo informal, como invitado suyo– en su cátedra de Taller de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Chile, labor que no recuerdo cómo se originó pero que revela la generosidad que en ese tiempo era común de parte de los chilenos hacia los venezolanos. Porque era evidente que yo tenía poco que aportar, aparte de acompañar a Bendersky en las correcciones asintiendo y asomando tímidamente alguna observación inspirada en mi audacia. Pero así y todo fue un mínimo entrenamiento que algún beneficio me reportó cuando finalmente regresé a Venezuela y me inicié como profesor interino en mi Escuela, responsabilidad que también me quedaba grande.

Y si la arquitectura no ocupó demasiado espacio, lo demás, la vida en toda su amplitud, sí fue intensa y de un modo importante, porque no sólo, como ya he dicho, me casé, sino que en Octubre de 1961, exactamente el 20 de ese mes, fui padre. Delia mi mujer dio a luz en la madrugada a Oscar Rafael en la Clínica Santa Ana de Santiago. Su médico fue el Dr, Monckeberg quien pese a nuestra insistencia no me dejó asistir al parto como era indispensable si se seguía –tal como lo habíamos hecho– el método de parto psico-profiláctico desarrollado por el francés Fernand Lamaze y cultivado en esos tiempos en Francia por su discípulo Pierre Vellay, con seguidores en Chile. Fue el único de mis primeros cuatro hijos que no vi nacer.

Y aquí recurro a un lugar común: tener un hijo nos cambia. Desde entonces todo dio un salto, fue distinto, mi punto de vistase hizo otro.

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No sería completa mi evocación del tiempo chileno sin hablar de lo que posteriormente se convirtió en vocación firme, la escritura.

En otra parte he dicho que durante nuestro viaje latinoamericano Gonzalo Castellanos llevaba con él como compañera permanente una Olivetti Lettera, esas máquinas de escribir portátiles que el deseo de refinar el diseño industrial de Adriano Olivetti –una especie de Steve Jobs de la época– convirtió en mercancía refinada a la vez que accesible a todos. Gonzalo cada cierto tiempo se sentaba cómodamente y tecleaba cartas a sus amigos o escribía notas que después le serían útiles en sus intentos de escritor, como fue el caso del texto que estaba incluido en el Informe que sobre el Congreso y el viaje imprimiríamos como un pequeño libro y al cual me he referido más arriba. Y no sólo el ver a Gonzalo en actitud pensante mientras el tecleo esperaba su turno, influyó en mí, sino que la fascinación que me producía el diseño del hermoso artefacto de color azul sirvió como de aguijón para que yo me decidiera a poner en letra de máquina mis ideas. El pequeño gusto de usar el artefacto de diseño me llevó a aprender a teclear aunque fuese con dos dedos –como aún lo hago hoy– para proporcionarme a mí mismo el placer de leer el limpio resultado. Fue pues la imitación, de nuevo, un origen; el goce del uso del objeto el instrumento, y  el blanco y negro de lo impreso la gratificación final: comenzó a establecerse en mi rutina el hábito de escribir. Así pues que me compré en Caracas antes de irme a Chile mi Olivetti y desde allí en adelante todas mis cartas pasaron por ella. Pero no sólo fueron cartas, también escribí mi primer ensayo corto para enviarlo a Caracas con el fin de publicarlo en la revista Punto que se editaba en mi Escuela, a la cual me refiero más adelante porque me ocupé de su contenido durante un corto tiempo al regresar a Venezuela.

El ensayo en cuestión lo motivó una visita a Brasilia en Mayo de 1961. Lo veo hoy como un episodio importante porque por primera vez traté de expresar con mispalabras, que se referían amispuntos de vista, imperfectos y adolescentes como podían ser, lo que la vivencia de la arquitectura y la ciudad me sugería. Y ahora cuando releo lo escrito, que apareció en el número (4) de Noviembre de ese mismo año, me resulta interesante ver cómo el deseo de expresar una inquietud, de preguntarse en voz alta ante otros –en parte la razón para escribir– produjo líneas que si bien hoy redactaría de otra forma diciendo mis razones con menos dudas, puedo sin embargo suscribir sin ruborizarme:

Pero el aspecto “Brasilia Realización” es diferente al “Brasilia Espíritu”. Si podemos dudar de los principios que le dieron origen, no podemos negarle valor a una obra que ha tomado forma gracias al esfuerzo común…Brasilia siempre permanecerá como una respuesta concreta a una necesidad concretaLa arquitectura de Niemeyer es lo que le da un sentido especial a Brasilia…me inclino a creer que Brasilia perdurará en la Historia, más como una realización de nuestro siglo, como un ensayo, que como un ejemplo que inicie caminos nuevos. Y si hay algo que impedirá que el tiempo la opaque demasiado, será la arquitectura de Niemeyer, que ha conseguido darle unidad y coherencia a una estructura urbanística que desconcierta, entusiasma y a veces decepciona.

Las fotos que siguen son de la visita que con mi mujer y mi hijo menor hice a Brasilia en 2001. Habían pasado cuarenta años desde la visita de tiempos chilenos. La ciudad que recién surgía en 1961 contrata con la ciudad ya estabilizada. Y siempre dignificada, no es posible dudarlo, por la arquitectura de Oscar Niemeyer.

Es indiscutible el dominio de la escala monumental que demuestra Niemeyer en la Plaza de los Tres Poderes.

El Palacio del Planalto, sede del Poder Ejecutivo.

La Corte Suprema al fondo, a la derecha el Pabellón-Museo Kubitschek

El Memorial JK- Mausoleo de Juscelino Kubitschek (foto de Internet).

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Dejé finalmente Chile en Noviembre de 1961, el mes en que cumpliría veintidós años. Volví treinta años después para encontrarme con un país muy distinto[1]. Un Chile distinto no sólo porque de la crisis económica permanente quedaba sólo un leve recuerdo, sino porque la bonhomía y apertura a lo diverso que tanto había elogiado se había ido con ella. Y se abrió inmediatamente para nosotros un corto ciclo europeo cuyo punto de origen estaba en París, a donde había pedido que se cambiara la beca venezolana después de hacerme acreedor a una mínima beca francesa (sólo cubría el costo de unos libros básicos) por haber sido aceptado a un cursillo sobre Políticas de Vivienda, Prefabricación y Urbanismo de tres meses de duración organizado por el Ministerio de Construcción francés. Apostábamos ahora a este cambio y hacia París partimos a fines de Noviembre de 1961.

Nos recibieron provisionalmente dos amigas cercanas, Alicia Rodríguez Aguerrevere y Ana Díaz Rodríguez (quien se casaría con mi hermano Jesús unos cuatro años después) que estaban en París siguiendo unos cursos de Planificación del Desarrollo en el IRFED[2]del Padre Lebret. Con ellas estuvimos hasta contar con nuestro propio apartamento en el Arrondissement18 de París, Rue Stephenson, barrio modesto al Noreste del París histórico, con mucha inmigración norafricana, mal vista por el parisino medio a causa del problema argelino objeto de mucha tensión en esos meses. Eran los tiempos del terrorismo de derechas de la OAS[3]que llenaba fuertemente la actualidad política.

Antes de estar establecidos debí ya integrarme a mi curso, que consistía en una serie de conferencias a cargo de funcionarios o personalidades del campo de la planificación urbana y territorial o vinculadas –desde la gestión pública o con el rol de contratistas– a la construcción pública de viviendas con énfasis en los sistemas de prefabricación pesada. Incluyó también muchas visitas a la mayor parte de los grandes conjuntos de viviendas ya ocupados o en construcción –los grands ensemblesde los alrededores de París– a plantas de prefabricación y a instituciones públicas del sector.

Personas como el padre Louis Joseph Lebret, quien representaba una aproximación humanista-cristiana al tema de la Planificación, en ese entonces (años cincuenta del siglo veinte) muy marcado por la propaganda soviética, fueron de una enorme importancia en la lucha entre democracia y totalitarismo que hoy poco se recuerda.

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Entre los conferencistas hubo los de corte burocrático –la mayoría–pero también unos cuantos de muy buen nivel. Como el ilustre sociólogo Paul Henry Chombart De Lauwe (1913-1998), quien nos habló de su estudio Famille et Habitation, –hoy visto como un clásico, el cual compré apenas pude– de especial interés por lo que revelaba respecto a la relación de las familias con las viviendas que ocupaban, asunto clave en momentos en los que se adelantaba un programa de construcción en Francia de alcances excepcionales, tal vez el programa de vivienda más importante de la historia europea. Ese estudio tenía la particularidad de haber incluido en sus investigaciones a las Unités de Le Corbusier, particularmente la de Nantes-Rezé. Otro conferenciante importante fue el ingeniero, devenido después en sociólogo urbano, Jacques Dreyfus (1920-2004) quien nos habló de sus muy interesantes estudios sobre el confort climático adelantados en el CSTB (Centre Scientifique et Technique du Bâtiment-Centro Científico y Técnico de la Construcción) y publicados en su libro Le Confort dans L’Habitat en PaysTropical,el cual compré y estudié algún tiempo después[4]. El CSTB, por otra parte, que conocimos con cierto detalle, cumplía un papel de muy buen nivel en el control de aspectos técnicos relacionados con los programas de vivienda franceses[5].

Famille et Habitation, un libro clásico de Sociología Urbana, de Paul Henry Chombart de Lauwe

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Hubo también conferencias a cargo de arquitectos. Fueron en general poco interesantes porque se trataba de personajes de corte burocrático, pero hubo excepciones. Una fue la de Georges Candilis (miembro del llamado Team X, muy publicitado) quien acompaño su charla con un documental muy bueno producido conjuntamente con Ionel Schein (1927-2004)[6]quien lo acompañaba ese día, de su proyecto para Toulouse Le Mirail el cual venía a ser la primera exploración (junto con las experiencias inglesas de los Smithsons también del Team X) de un tipo de asociación entre edificios de vivienda que buscaba alejarse de la repetición de bloques individuales para proponer continuidades y cambios de dirección que favorecían un espacio urbano más dinámico, distinto del típico espacio libre residual entre bloques que caracterizaba los conjuntos urbanos de la política de vivienda en Francia. Una exploración que si bien tuvo interés y ayudó a la liberación de algunas de las rigideces conceptuales de la modernidad terminó teniendo problemas análogos a los que pretendía solucionar.

Toulouse Le Miráil de Georges Candilis, quería ser una demostración de las tesis urbanas del Team X. La realidad terminó derrotando las expectativas que la publicidad otorgó a este grupo.

Tuvo consecuencias para mí la charla de Guy Lagneau (1915-1996) de la firma Lagneau-Weil et Dimitrijevic –en su juventud colaborador de Auguste Perret– quien mostró su proyecto para el Museo de Arte Moderno de Le Havre[7]con ciertos detalles constructivos de Jean Prouvé, y su vivienda-tipo metálica para el Sahara en colaboración también con Jean Prouvé, además de algunos trabajos en Mauritania, todo lo cual me interesó hasta el punto que me acerqué a él planteándole la posibilidad de trabajar en su estudio en condiciones similares a como había trabajado en Chile, es decir, sin sueldo pero integrado como un miembro de su equipo profesional, lo cual aceptó de buen grado y me llevó a trabajar con su firma desde fines del mes de Febrero de 1962 hasta poco antes de mi regreso a Venezuela.

Museo de Le Havre (1960-61) de Guy Lagneau, Weil y Dimitrijevic.

[1]Asistí al V Seminario de Arquitectura Latinoamericana (SAL), el cual se realizó junto con la Bienal de Arquitectura de Chile, en 1991.

[2]El IRFED, Institut International de Recherche et de Formation Education et Développement fundado tres años antes (1958) por el sacerdote católico Louis Joseph Lebret (1897-1966) (fundador en 1941 de la Asociación Economie et Humanismeen la ciudad de Lyon) era visto con mucho interés a causa de su aproximación a la Planificación del Desarrollo Económico –tema muy en boga en esos tiempos– desde un punto de vista cristiano, como contrapeso a la Planificación de inspiración marxista que desde la Unión Soviética se convertía en paradigma para los sectores políticos de izquierda revolucionaria. Era muy bien visto por el partido social-cristiano venezolano COPEI quien participaba en el gobierno de coalición (1960-65) presidido por Rómulo Betancourt, y de hecho, el gobierno venezolano financió numerosas becas de estudio en ese Instituto, entre las cuales las de nuestras amigas. El IRFED existe todavía con otro nombre, Centre International Développement et civilisations-Lebret-Irfed. Sus actividades siguen siendo inspiradas por la idea de una Economía de rostro humano lo cual puede resumir su inspiración ideológica. El gobierno venezolano de entonces le encargó a ese instituto algunos trabajos de análisis de la realidad venezolana que terminaron olvidados en el trajín de lo inmediato y urgente, destino venezolano inescapable. Lebret estuvo al menos dos veces en Venezuela durante esos años.

[3]OAS: Organization de l’Armée Sécrète que se oponía a la autodeterminación de Argel propuesta por De Gaulle considerándola una derrota ante el FLN (Front de Libération National) argelino el cual a su vez había adelantado una lucha terrorista contra la ocupación francesa.

[4]Me he referido antes a que en el libro de Dreyfus, en el capítulo donde se estudian las características del movimiento del aire en la ventilación cruzada, se favorece la adopción de la ventana vertical de piso a techo debido a su especial eficacia, lo cual constituyó para mí un sorpresivo apoyo técnico a la invenciónque Le Corbusier bautizó como aireador vertical, principio que utilicé en mi propia casa y en otras experiencias.

[5]Siempre lo vi –sin posibilidad alguna de influir para que ello ocurriera– como un modelo muy interesante para nuestro país, donde los programas de vivienda han carecido de una tutela técnica capaz de promover formas de superación de sus agudas carencias.

[6]Ionel Schein fue el autor de una obra de divulgación que tuvo mucha circulación: Paris construit. Guide de lArchitecture Contemporaine (1961) y de otras obras de crítica arquitectónica y urbana entre ellas Caracas et la difficulté d’être  une ville-1972. Tuve la impresión de que acompañaba el día de nuestra conferencia a Candilis como co-autor del documental sobre Toulouse Le Mirail, hasta el punto de que pensé que se trataba de un hombre de cine. Schein tuvo a fines de los sesenta y primeros setenta mucha relación con los arquitectos venezolanos autores de Parque Central Daniel Fernández-Shaw y Enrique Siso y estuvo varias veces en Venezuela. Había yo recién terminado mi casa de Alto Hatillo cuando un día me encontré una nota de Schein escrita con marcador fino sobre la pared externa de mi estudio con su firma (al exterior de la casa había acceso libre) en la cual me decía con palabras que ya olvidé que él admiraba al mismo arquitecto que yo, Le Corbusier. La nota desapareció al poco tiempo.

[7]Fue el primer museo importante construido en Francia después de la guerra y se acababa de inaugurar cuando Lagneau nos habló.